domingo, 8 de marzo de 2026

RECONSTRUCCIÓN CULTURAL DE VENEZUELA

      Cultura es un término manejado en muchos sentidos, pero hay dos de primer orden que nos interesan aquí, a saber, uno de carácter sectorial y otro global.

    En sentido restringido lo cultural se usa para denominar principalmente el campo de lo artístico y literario, algo que suena “elitesco” y refinado y se aplica a determinadas obras, actividades, centros e instituciones.

    En sentido amplio, cultura se refiere al modo como los pueblos desarrollan su múltiple relación con la naturaleza, con el prójimo, consigo mismo y con Dios. En esta interpretación cultura globaliza el quehacer humano, abarcando tanto lo cotidiano y popular como lo más cultivado; comprende así la totalidad de la vida de un pueblo, particularizándose también según tiempos y espacios; tiene que ver tanto con lo instrumental, como con lo institucional y lo ideal valorativo. Puede hablarse así de cultura y culturas, al igual que de identidades y de encuentros de culturas como la que se dio hace unos cinco siglos entre lo hispano y lo indígena.

    En esta acepción de cultura como englobante de lo social, se pueden distinguir tres ámbitos: el económico (relativo al tener), el político (concerniente al poder) y el ético-cultural (campo de lo valorativo personal y relacional, de lo espiritual y ecológico, y por supuesto de lo artístico y literario).

    Bajando a tierra se puede entonces afirmar que la crisis venezolana de estos últimos tiempos es cultural. En efecto es económica (caída dramática de la producción, inflación, empobrecimiento generalizado), política (proyecto totalitario, disolución del estado de derecho, vaciamiento de lo constitucional) y ético-cultural (ruptura de una sana convivencia, galopante corrupción, hegemonía comunicacional).

    Cuando se habla de recuperación o reconstrucción del país es imprescindible, por tanto, tener en cuenta la dimensión y los varios aspectos de la crisis nacional, acentuada en lo que va del presente siglo y milenio y que, entre otras, ha propiciado la intervención norteamericana del 3 de enero. Es ineludible una revisión a fondo -el vocablo exacto sería conversión- que concierne a cada venezolano, comenzando por uno mismo y el grupo familiar y social en el que se encuentra inmerso. El yo-no-fuimismo es lo más expedito en estos casos para eludir el problema. Una actitud que denunció fuertemente Jesús en su predicación fue la del fariseísmo, consistente en juzgar al otro y justificarse a sí mismo; echar la culpa y no asumirla, eludiendo una sincera y efectiva conversión. En esto no se puede cambiar de escenario sin cambio de los protagonistas del drama o tragedia, en la medida obviamente variada de responsabilidades, que sólo Dios conoce a fondo.

    Es preciso ir a la raíz y dimensión de los problemas y no contentarse con soluciones parciales, epidérmicas, o restringirse a los efectos sin enfrentar las causas. De allí la importancia de lo que se debe hacer en el campo familiar y educativo, así como lo tocante a la responsabilidad de las instituciones religiosas. No es indiferente o de poco valor la estructuración y funcionamiento de la familia venezolana matricentrada, o la reducción del aporte educativo a lo meramente técnico y pragmático. Valores como responsabilidad, solidaridad, participación, derechos y deberes humanos, apertura ética y religiosa están en la base de una convivencia deseable y obligante. En lo que respecta a las instituciones religiosas es básica la conjunción de lo trascendente y lo terrenal, evitando concepciones alienantes del compromiso histórico. En lo que toca directamente a los católicos -mayoría en el país- la Doctrina Social de la Iglesia es un conjunto de principios, criterios y orientaciones para la acción, que urge conocer y aplicar.  

    Al hablar de la presente grave crisis es obvio que no se la puede aislar del conjunto histórico nacional. Hay deudas y errores de larga data. Pero el desafío hay que asumirlo seriamente ahora hacia la edificación de una nueva sociedad como convivencia justa, libre, solidaria, pluralista, democrática, ética y religiosamente robusta. En marco humanista cristiano me gusta recordar aquella sentencia del sacerdote en el Edipo Rey de Sófocles: “Nada son los castillos, nada los barcos, si ninguna persona hay en ellos”. 

domingo, 22 de febrero de 2026

CAMINO DE DAMASCO

     El camino de Damasco fue hace unos dos mil años escenario de un cambio de gran repercusión histórica. Pablo, judío radical, formado en la línea rígida, legalista, del farisaísmo, y convertido en activo perseguidor la una secta emergente que sería llamada el camino, se dirigía a la ciudad siria en misión oficial con clara intención punitiva.

    El libro Hechos de los Apóstoles ((9, 1-9) narra el trascendental episodio de la conversión del acérrimo enemigo a fogoso militante de la nueva agrupación religiosa de cristianos, que se abría paso en el amplio mundo helenista. Fue un cambio en profundidad, que repercutió progresivamente en el ámbito del Imperio Romano confiriendo al evangelio en efectiva universalidad.

    Conversión, ética y psicológicamente hablando, significa cambio, pero en profundidad. No es simple superficial mudanza y, menos, cosmética afectación. Es honda reorientación de la libertad y su escala de valores. El ser humano como sujeto de libertad es agente de cambio. Para bien o para mal. El ejemplo de la fruta prohibida escogida por Adán en los inicios de la humanidad, como relata el Génesis, es muestra patente. Pero hay elecciones para bienes grandes, y muy grandes. Jesús comenzó su predicación con un vivo llamado a la conversión; y la vida cristiana, para no hablar de la creyente y humana en general, es permanente reclamo a una positiva reorientación personal. La cual es fruto de la voluntad humana, ciertamente, pero también y, sobre todo, don divino.

    Mientras el hombre peregrino en su recorrido temporal está invitado a progresar y a cambiar y convertirse hacia lo que Dios le establece como meta suprema y la propia conciencia vislumbra. La esperanza constituye, en este sentido, un horizonte abierto como propuesta y exigencia.

    La historia es escenario de incansables mudanzas. Y tenemos que actuar siempre las mejores. Así como nunca excluir la posibilidad de conversión. En este contexto la reconciliación como reencuentro es, felizmente, posibilidad siempre presente e interpelante en el acontecer humano. Al igual que el arrepentimiento y el perdón. Éste, que no está divorciado de la justicia y la reparación, prepara y acompaña a la reconciliación hacia cambios constructivos. Son categorías que tejen la convivencia de seres humanos, libres y llamados a la bondad, pero permanentemente tentados. No sin razón cuando los discípulos de Jesús le pidieron al Maestro que los enseñase a orar, él les entregó la oración del Padre Nuestro, que termina invocando la liberación de tentaciones. La experiencia ha elaborado un refrán: “la tentación hace al ladrón”.

    Con respecto a reencuentros, la caída del Muro de Berlín me enseñó mucho. La división de esa ciudad la percibí de cerca. Estuve allí antes, durante y ya caído el muro; también en el cincuentenario de su construcción. Cuando lo contemplaba pensaba en la tragedia que acompañaría su demolición: enfrentamientos, muertes, persecuciones… Pero ¿Qué pasó? Que yo sepa no hubo ningún ahorcado, fusilado o cosas por el estilo. La reunificación alemana se dio, obviamente con sus tensiones y altibajos, pero sin catástrofes.

    Recuerdo esto a propósito de la reunificación de Venezuela. Es norte es claro y obligante: reconstitucionalización, democratización, reinserción de emigrados, reencuentro ciudadano, paz. Urgen cambios y conversiones. Juntar justicia y perdón, reparación y reconciliación y factores semejantes no es fácil, pero sí imperativo. Debemos amasar el futuro con mucha esperanza. Cristianos, creyentes y compatriotas todos en general, debemos desempolvar principios sanos y atornillar obligantes compromisos.

    Después de casi tres décadas de descarrilamiento es preciso recomponer vías superando proyectos totalitarios, ensimismamientos partidistas, encajonamientos ideológicos. Reunir la familia venezolana vaciada con una cuarta parte de emigrados y dividida con enguerrillamientos internos. No olvidemos la advertencia del Señor: “Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir” (Mc 3, 25).

     Pablo en camino hacia Damasco, de fundamentalista y perseguidor se convirtió en apóstol de buena nueva y constructor de comunidades en la línea de la hermosa y exigente ley suprema del amor. 

sábado, 7 de febrero de 2026

ALFABETIZACIÓN CÍVICA

 

    Un ciudadano común no tiene por qué conocer los nombres de los directivos de la asamblea nacional ni de los ministros en ejercicio, como tampoco el listado de códigos que rigen el ordenamiento de la República ni de los convenios internacionales vigentes. Pero hay algunas cosas que sí resultan de conocimiento obligante y constituyen una especie de abc en materia de orientación cívica.

    En un pequeño libro titulado Doctrina Social de la Iglesia (DSI), que escribí y subí a mi blog perezdoc1810.blogspot.com, luego de sintetizar algunos temas fundamentales en esa materia, incluí algo que entiendo como de conocimiento básico y necesario para un ciudadano común y corriente de este país: el Prólogo y los Principios Fundamentales de nuestra Constitución, así como la tabla de la Declaración universal de derechos humanos proclamada por la ONU en 1948. Por cierto que hace poco en un encuentro con jóvenes universitarios comprometidos en servicios sociales de variada índole les preguntaba si habían leído alguna vez esos textos y respondieron negativamente.

    El principio filosófico básico de que “la raíz de la voluntad está en el intelecto” se refleja en una frase sencilla corriente: “nadie quiere lo que no conoce”. Las consecuencias de esto para un buen comportamiento ético y una actitud constructiva social son más que evidentes. Si importante es saber sumar y restar, igualmente o más es tener herramientas mentales básicas para fundamentar una convivencia humana digna de tal nombre.

    Hay dos ejemplos que me gusta recordar. El primero es el del Arzobispo de Caracas Rafael Arias Blanco (autor de la carta pastoral que contribuyó sensiblemente a la caída de una dictadura en enero de 1958); él, unos años antes, en un catecismo para los primeros grados de instrucción elemental, había introducido ya una lección sobre DSI; dos décadas después el Papa Juan Pablo II, en un documento sobre la formación de la fe, afirmó que la instrucción en esa materia social debía estar presente desde los inicios mismos de la enseñanza catequística.

    La corresponsabilidad de todos los ciudadanos en la construcción de la polis exige un conocimiento de los principios básicos del ordenamiento constitucional del país, de los derechos humanos -que tienen como su otra cara los deberes-, de elementos teóricos y orientaciones prácticas elementales que estimulen el compromiso de personas, familias y grupos sociales por el bien común y la participación cívica también electoral. En este orden de cosas se inscriben los elementos fundamentales de la política como realidad en la cual estamos inmersos desde nuestro nacimiento y en que hemos de participar en diversas formas según capacidades, vocaciones, circunstancias y oportunidades. Es oportuno recordar que en nuestras escuelas se estudió en un tiempo Moral y Cívica”, y en 1992 se inició el Programa Educación Religiosa Escolar (mediante un convenio Estado-Iglesia) oficialmente marginado por el nuevo régimen. Eran valiosos instrumentos ad hoc.

    Los sistemas dictatoriales y totalitarios no brotan y crecen en el vacío (ámbito que, por lo demás, algo o alguien llena siempre). A veces se usa entre nosotros la expresión “no somos suizos” para explicar comportamientos sociales anárquicos o manejos gubernamentales arbitrarios. Se olvida que lo definitivamente determinante en un pueblo no es la geografía, sino su educación y el manejo de su libertad. Teniendo presente, sin embargo y obviamente, que lo intelectual y volitivo no se dan en el ser humano al estado puro y que ese mismo está siempre debilitado tanto por la tentación como por el pecado. Un experimentado escritor latino antiguo dejó una expresiva sentencia: “veo y pruebo lo mejor pero sigo lo peor”.

    Por último, si importante nos es el conocimiento de las ciencias y dentro de ellas las sociales y políticas, lo que definitivamente interesa es la rectitud ética y espiritual en el actuar.  De allí lo clave de cultivar y poner por obra valores que generen autenticidad personal y positividad societaria. No en vano ha quedado como brújula para la posteridad aquello de Simón Bolívar de que “moral y luces son nuestras primeras necesidades”.

domingo, 25 de enero de 2026

IGNORANCIA CIUDADANA CULPABLE

 

    Un ciudadano común no tiene por qué conocer los nombres de los directivos de su asamblea nacional ni de los ministros en ejercicio, como tampoco el listado de códigos que rigen el ordenamiento de la República ni de los convenios internacionales vigentes. Pero hay algunas cosas que sí resultan de conocimiento obligante y constituyen una especie de abc en materia de orientación política.

    En un pequeño libro titulado Doctrina Social de la Iglesia, que escribí y subí a mi blog perezdoc1810.blogspot.com, luego de abordar algunos temas fundamentales en esa materia incluí algo que entiendo como de conocimiento básico y necesario para un ciudadano común y corriente de este país: el Prólogo y los Principios Fundamentales de nuestra Constitución, así como la tabla de la Declaración universal de derechos humanos proclamada por la ONU en 1948. Por cierto que hace poco en un encuentro con jóvenes universitarios comprometidos en servicios sociales de variada índole les preguntaba si habían leído alguna vez esos textos y respondieron negativamente.

    El principio filosófico básico de que “la raíz de la voluntad está en el intelecto” se refleja en una frase sencilla corriente: “nadie quiere lo que no conoce”. Las consecuencias de esto para un buen comportamiento ético y una actitud constructiva social son más que evidentes. Si importante es saber sumar y restar, igualmente o más es tener herramientas mentales básicas para fundamentar una convivencia humana digna de tal nombre.

    Hay dos ejemplos que me gusta recordar. El primero es el del Arzobispo de Caracas Rafael Arias Blanco (autor de la carta pastoral que contribuyó poderosamente a generar la caída de una dictadura en enero de 1958); él, unos años antes, en un catecismo para los primeros grados de instrucción elemental, había introducido ya una lección sobre Doctrina Social de la Iglesia; dos décadas después el Papa Juan Pablo II, en un documento sobre la formación de la fe, afirmó que la instrucción en esta materia debía estar presente desde los inicios mismos de la enseñanza catequística.

    La corresponsabilidad de todos los ciudadanos en la construcción de la polis exige una formación correspondiente en los principios básicos del ordenamiento constitucional del país, de los derechos humanos -que tienen como su otra cara los deberes-, de elementos teóricos y orientaciones prácticas que estimulen el compromiso de personas, familias y grupos sociales por el bien común y la participación cívica también electoral. En este orden de cosas se inscriben los elementos fundamentales de la política como algo en lo cual estamos inmersos desde nuestro nacimiento y llamados a tomar parte en diversas formas según capacidades, vocaciones, circunstancias y oportunidades.

    Los regímenes dictatoriales y los sistemas totalitarios no brotan y crecen en el vacío. No olvidando, por lo demás, que los vacíos los llena siempre algo o alguien. A veces se usa entre nosotros la expresión “no somos suizos” para justificar realidades marcadas o por comportamientos sociales anárquicos o por manejos gubernamentales autoritarios. Se olvida que lo definitivamente determinante en la persona no es la geografía, sino su educación y el manejo de su libertad. Teniendo presente, además, que lo intelectual y volitivo no se dan en el ser humano al estado puro y que en ese mismo ser siempre están dando vueltas tanto la tentación como el pecado; en este sentido no hay que olvidar una vieja sentencia latina: “veo y pruebo lo mejor pero sigo lo peor”.

    Por último, si importante nos es el conocimiento de las ciencias y dentro de ellas las sociales y políticas, lo que definitivamente interesa es la rectitud ética y espiritual en el actuar.  De allí lo clave de cultivar y poner por obra valores que generen autenticidad personal y positividad societaria. No en vano ha quedado como brújula para la posteridad aquello de Simón Bolívar de la moral y las luces como primeras necesidades.

lunes, 12 de enero de 2026

COMUNIDAD POLÍTICA CREYENTE

     Una lección de origen aristotélico y usada para justificar el pensar filosófico es la siguiente: “¿Que no hay que hacer filosofía? Eso es ya filosofar”. Se legitima simplemente porque el pensar filosófico se refiere a preguntas y respuestas últimas sobre las cosas.

    Esto me recuerda lo que -el ahora canonizado santo- José Gregorio Hernández escribió en el Prólogo de sus Elementos de Filosofía: “Ningún hombre puede vivir sin tener una filosofía (…) En el niño observamos que tan luego como empieza a dar indicios del desarrollo intelectual, empieza a ser filósofo: le ocupa la causalidad, la modalidad, la finalidad de todo cuanto ve”.

    Algo semejante puede decirse sobre el quehacer político del ser humano en el mundo. El negarlo como realidad es ya afirmarlo. Porque nace, se desarrolla y muere en sociedad. Así cuando alguien dice que “no se mete” en política, la verdad es que está ya metido, aunque sea mal metido o pretendiendo una inconsistente “neutralidad”. El término política equivale a ciudadanía (vocablos que vienen de civitas y polis, latino y griego, que se traducen por ciudad).

    Uno nace, pues, político y filósofo. Porque Dios nos creó a los seres humanos sociales y pensantes. Seres relacionales y preguntones.

    Ahora bien, la confusión en lo político viene de no aclararse debidamente los modos de darse y actuarse la ineludible politicidad. Se pueden señalar, en efecto, tres niveles o maneras de entenderse la palabra política: a) como actuación ciudadana simplemente tal, b) como alineamiento partidista, es decir en grupos dirigidos a tomar, ejercer, recuperar el poder o autoridad en la comunidad civil, política, c) como ejercicio de este poder.

    Cuando se habla de la relación Iglesia-política hay que tener bien presente el sentido en que se asume Iglesia, pues este término ofrece tres acepciones: a) comunidad de creyentes, b) sector de los laicos o creyentes caracterizados por su presencia en el mundo para transformarlo en la línea del Evangelio, c) jerarquía o conjunto de ministros al servicio autorizado de la comunidad eclesial.

    Cuando se combinan la tríada de niveles con la de acepciones resulta, por ejemplo, que la jerarquía no puede evadirse de su corresponsabilidad ciudadana, pero su tarea no es- ni puede ser partidista ni de ejercicio de poder; y que el laico está en la política, en todas sus acepciones, como pez en el agua y su compromiso depende entonces de capacidades, circunstancias, inclinaciones, oportunidades.

    La historia, por otra parte, ha registrado participaciones de la jerarquía en política, que hoy se consideran ya inaceptables (pensemos en los estados pontificios antes de la unificación italiana). Y hoy subsisten expresiones peculiares de la relación Iglesia-política normalmente aceptadas (Estado de la Ciudad del Vaticano, diplomacia pontificia, concordatos). La Iglesia es una entidad histórica y no puramente espiritual. De modo que la relación Iglesia-política no se la puede despachar con formulaciones simplistas. Lo que sí es cierto que la misión evangelizadora del llamado Pueblo de Dios le impone una dinámica fundamentalmente ético-espiritual en su etapa de peregrinaje terreno, temporal. Y lo cierto también es algo que el Concilio Plenario de Venezuela destacó en su documento 13, que es una especie de manual de Doctrina Social:

    “Una de las grandes tareas de la Iglesia en nuestro país consiste en la construcción de una sociedad más justa, más digna, más humana, más cristiana y más solidaria. Esta tarea exige la efectividad del amor. Los cristianos no pueden decir que aman, si ese amor no pasa por lo cotidiano de la vida y atraviesa toda la compleja organización social, política, económica y cultural”. Aquí Iglesia se entiende en su sentido global (CIGNS, 90).

    El presente artículo busca facilitar la comprensión del tema explicitando los sentidos de las palabras clave, que si no, se vuelve todo un revoltillo con la inevitable confusión resultante. Todos, creyentes y no creyentes, en nuestra cédula de identidad tenemos necesariamente esta inscripción: “político de nacimiento”. 

jueves, 1 de enero de 2026

FORMACIÓN DE CUADROS

     Los desafíos que plantean las novedades históricas para nuestra Iglesia y su marco situacional nacional y global han de llevan a una actualización continua con miras a respuestas que correspondan a la densidad y amplitud de los escenarios en los cuales se sitúa la misión evangelizadora y el quehacer concreto.

    La historia es continuidad y ruptura, herencia y creación continua por su condición temporal, que es permanente sucesión. Hay momentos, y en uno de ellos estamos, en que ésta se manifiesta de modo extraordinario si se toman en cuenta la profundidad y alcance de los cambios.

    Quienes protagonizaron el Concilio Plenario de Venezuela, muy conscientes de lo anterior, formularon toda una serie de decisiones y propuestas como respuesta a la realidad nacional y a las perspectivas que encaraban. Ello los llevo a producir 16 documentos sobre los principales aspectos que reclamaban la atención de la Iglesia en las varias dimensiones de su misión. A 25 años del inicio de aquella asamblea el balance de aplicación, que registra innegables aplicaciones, exhibe también decisiones que esperan adecuada respuesta. A ello habría que añadir nuevos desafíos que esperan ineludibles compromisos.

    Nada decide la voluntad que antes no haya pasado por la inteligencia. Esto lleva a la necesidad de una formación adecuada para una respuesta conveniente. El compromiso cristiano y el de la comunidad Iglesia reclaman una formación correspondiente e las tareas que se plantean en el escenario de la acción. Una tarea fundamental consiguientemente es la educación que haga posible un actuar a la altura de las exigencias.

    Individualmente y con las comunidades en que está integrado, el creyente debe prepararse en doctrina y práctica para ponerse a la altura de las exigencias situacionales que les plantea el ejercicio de la encomienda evangelizadora. 

    Urge, por tanto, la organización de iniciativas y de centros formativos que capaciten para el ejercicio de la misión en sus diversos campos de quehacer. Y esa formación ha de tenerse en los varios niveles de Iglesia y en los diversos sectores del Pueblo de Dios. A título de ejemplo valga la pena recordar que el Arzobispo de Caracas Arias Blanco por los años cincuenta del siglo pasado y el Papa Juan Pablo II unos veinte años después a propósito del Sínodo sobre Catequesis, subrayaron la necesidad de preparar en Doctrina Social de la Iglesia a partir de la etapa más elemental de la formación en la fe.

    ¿Cómo se está hoy en materia de formación del laicado, cuya misión es una presencia transformadora en el mundo a la luz del Evangelio? A menudo se espera ver florecer lo que no se ha sembrado, o se tienen que llorar las consecuencias de la ausencia de orientaciones sociales en los ámbitos económico, político y ético-cultural, tarea a la cual no se le ha dado la importancia que merece.  Hay grandes vacíos que es preciso llenar.

    El Concilio Plenario de Venezuela insistió por activa y por pasiva en este aspecto de la necesidad de formación. Como ejemplo valga el Desafío 3, del documento 7 sobre los laicos: “Proporcionar a los laicos, en todas las etapas de su vida, una formación desde la fe integral, gradual y permanente”.  Laicos y no laicos hemos de actuar esta interpelante, básica y urgente tarea. 

viernes, 26 de diciembre de 2025

LA OTRA CARA DE LA NAVIDAD

     Pudiera hablarse de dos caras de la Navidad. Una, la que se ha universalizado también en regiones no específicamente cristianas y consiste en un tiempo particularmente festivo, de luces y regalos, de vacaciones y encuentros.

    Para los cristianos la interpretación de la Navidad reviste un sentido de alegría, que en la práctica exhibe diversos niveles de profundidad y de acento religiosos. Para muchos la conmemoración se queda, sin embargo, en lo que pudiera llamarse superficial, prevaleciendo el ambiente general celebrativo.

    La cara navideña predominante para los cristianos subraya los aspectos bíblicos luminosos respecto de la humanización del Hijo de Dios y su comienzo visible terrenal en Belén tales como:  el canto de los ángeles, la adoración gozosa de los pastores, la visita de los magos guiada por la estrella. Alegría y luminosidad puestos ahora de relieve por el pesebre -feliz invención de Francisco de Asís- y los cantos decembrinos, que en Venezuela, por cierto, tienen un jubiloso estilo con los aguinaldos. La liturgia de la Iglesia envuelve la celebración de la Navidad con regocijo y esplendor litúrgicos, enmarcándola en varias semanas de preparación y recuerdo. En nuestro país se dan también expresiones regionales simpáticas de compartir como son, por ejemplo, las posadas.

    La Navidad es, pues, alegría y positividad porque celebra la entrada en el devenir histórico del Hijo de Dios encarnado como “camino, verdad y vida” (Jn 14, 6), salvación temporal y eterna para toda la humanidad. Ahora bien -y es la razón de puntualizar otra cara-, la humanización del Hijo de Dios se ha concretado en un mundo cargado también de negatividad, de pecado, lo que explica por qué el plan salvador de Dios ha entrañado también abnegación, trabajos, sufrimientos y muerte de Jesús. San Pablo en su Carta a los Filipenses dice que Cristo “siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo (…) y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y una muerte de cruz” (2, 6-8).

     Este misterio de vida-muerte explica el porqué de la otra cara. De ésta recordemos algunos acontecimientos del primer tiempo del Señor. La entrada de Jesús a nuestro mundo estuvo acompañada del drama existencial de José, el esposo de María. El original embarazo significó para él inicialmente causa de una profunda crisis al ignorar la verdadera causa; y para María un silencio costoso. Luego la obligación de un censo los obligó a una penosa emigración de su pueblo en Galilea. El nacimiento no pudo darse en una casa por no encontrarse posada para ellos, sino en un pesebre rodeado de animales.  La alegría con los Magos, llegados de improviso y vigilados como sospechosos, fue seguido por un exilio urgente y forzado del pequeño núcleo familiar a Egipto, a causa de la matanza de niños ordenada por el tirano Herodes. Regresados a Nazaret, siguió una vida cotidiana sostenida por el carpintero en un entorno simple y en un país sometido por legiones imperiales.

    La otra cara es este otro aspecto de la vida y acción salvadora de Jesús, la cual ha de reflejarse en algún modo en el ser y actuar de los cristianos durante su peregrinar por este mundo. La espiritualidad creyente ha de incorporar también la propia cruz (pruebas, sufrimientos, renuncias, penitencias) recordando aquello de Jesús: “El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser mi discípulo (Lc 14, 27).

    Estos son someramente algunos aspectos de la otra cara que los Evangelios dibujan someramente del primer tiempo de Jesús, quien asumió de verdad la condición humana, en coordenadas de pobreza y dificultades, de las cuales los escritores primitivos ofrecieron sólo algunos trazos.

    Esta otra cara implica una seria exigencia para quien escribe y para los hermanos en la fe: tomar la vida cristiana en serio, siguiendo los pasos de Jesús y su mandamiento máximo del amor. Y celebrar la Navidad en coherencia con el misterio de la fe.