jueves, 14 de mayo de 2026

AMOR COMO VALOR SUPREMO

 

    Se ha solido identificar de tanto en tanto el fin de la historia con acontecimientos tremendos o maravillosos. Algo de eso se fantasea actualmente con motivo de los saltos en el campo tecnológico comunicacional y muy concretamente con la denominada inteligencia artificial. De ésta, no poco estamos viendo y lo demás está por verse. Aunque cabe pensar que el devenir humano continuará siendo por un largo futuro una abundosa caja de sorpresas.

    La originalidad del ser humano radica en su condición de inteligente, poseedor de un conocimiento espiritual, que supera las limitaciones de lo material y sensible, a pesar de las exageradas interpretaciones que de éste han formulado pensadores empiristas como Hume. La capacidad de “leer en profundidad” -así se traduce el vocablo latino intellectus - acompañada por otra facultad que es la voluntad, constituye al hombre como persona. Lo volitivo es tendencia hacia lo que el conocimiento presenta como apetecible, como bueno. El ser humano no se queda, por tanto, en la mera contemplación de la realidad, sino que tiende a su fruición en base a opciones. En ello se fundamenta el ser libre, capaz de decidir.  Al animal lo guían sus instintos, la persona se autodetermina por decisiones.  Esto entraña un valor de inmensurable riqueza; pero también una tentación, por el peligro de escoger lo malo y dañino bajo la apariencia de bien.  Pero la libertad en su definición positiva, antes que decisión ante alternativas, entraña la posibilidad de adherirse a un bien, en lo cual consiste la perfección personal. La libertad no se reduce a voluntarismo, pues tiene, como norte y plenitud, lo bueno en su apertura infinita.

    La dinámica personal no se queda, pues, en una simple adhesión o fruición de cosas, ni aun en el relacionamiento funcional o utilitario entre personas, sino que tiende al encuentro o compartir interpersonal. Éste significa una genuina comunión de libertades. Los pecados capitales, comenzando por la soberbia y la avaricia, constituyen entonces un desvío del camino humano hacia su verdadera perfección. Por cierto que el Papa Pablo VI formuló el concepto de civilización del amor como sinónimo de una nueva sociedad, de la deseable convivencia humana, la cual entraña, más allá de leyes o estructuras justas, una co-existencia solidaria, servicial, fraterna.

    En la Biblia aparecen tres cartas de Juan, discípulo del Señor Jesucristo. En la primera de ellas encontramos la siguiente frase de un contenido sumamente rico y profundo: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1 Jn 4, 8). Conjuga dos principios de máxima profundidad, uno cognoscitivo, epistemológico, y otro entitativo, ontológico, que tienen, como connatural acompañante o consecuencia,  el precepto ético primario y radical del amor. De la riqueza encerrada en aquella sentencia valga enunciar ahora una tríada de expresiones.

    Una primera sería lo que sirve para valorar la inteligencia artificial. El devenir humano no se juega sólo o principalmente en lo intelectivo, sino en la orientación de la voluntad, en la decisión libre. No en simples logros o selecciones, sino en selecciones y adhesiones.

    Una segunda es lo que ayuda a orientar la socialidad humana en el ámbito económico, político o ético-cultural, en lo científico, técnico y tecnológico. El norte definitivo a seguir es el encuentro, la comunión de personas y comunidades, más allá de simples convergencias y acuerdos.

    Una tercera indica por dónde va una auténtica espiritualidad y religiosidad. Ya para los judíos y luego para los cristianos la revelación divina puso bien en claro que por encima de ofrendas, sacrificios rituales, observancias legales, debía prevalecer el cuido de los más débiles, el trato mutuo respetuoso y fraterno, la apertura del corazón a Dios y al prójimo.  

    En situaciones como la actual venezolana esto tiene aplicaciones muy concretas a la hora de formular propuestas, así como de jerarquizar orientaciones y decisiones, superando interpretaciones reductoramente economicistas y soluciones estrictamente políticas. Lo cultural, y dentro de ello lo ético espiritual, ha de jugar un papel primordial.

viernes, 8 de mayo de 2026

TRIADA PRIORITARIA NACIONAL

     Prioridad es una necesidad que ocupa un primer plano en el orden operativo. Constituye, por tanto, una tarea que interpela con especial urgencia. Una buena planificación exige una adecuada selección en lo tocante a prioridades.

    Personalmente me gusta pensar y trabajar con tríadas. Ayuda a precisar y jerarquizar ideas y prácticas. Entre los pensadores Hegel destaca por su sistematización triádica. Desde el punto de vista de la reflexión y la acción cristianas no tiene nada de extraño lo relativo a tríadas, ya que centro y eje la fe es la afirmación de Dios creador y salvador como Trinidad, comunión, amor. El Papa Francisco en su encíclica ecológica Laudato Si´, citando a San Buenaventura subraya: “cada criatura lleva en sí una estructura específicamente trinitaria tan real que podría contemplarse fácilmente si la mirada humana no fuera tan parcial, oscura y frágil” (LS 239). 

    Volcando los ojos a nuestra situación de crisis global nacional y a los imperativos que se plantean para la reconstrucción del país, podría estructurarse una tríada de prioridades a la hora de jerarquizar decisiones. En la línea de búsqueda de soluciones no resulta extravagante que Washington haya planteado formal y oficialmente su intervención en forma también triádica.

    Antes de formular una trilogía de prioridades para la recuperación nacional no podría menos de manifestar extrañeza ante el planteamiento, que no raramente se hace, de subrayar lo económico como el primer ámbito de atención.  No porque lo económico no juegue un papel fundamental en el funcionamiento social (marxista y liberales coinciden en esto), sino porque después de 25 años de progresivo deterioro del país, no hay duda de que el daño ha tenido su raíz fundamental en el proyecto ideológico-político de corte totalitario del llamado Socialismo del Siglo XXI. Causante principal de la crisis no ha sido un mal manejo técnico de la economía, sino una concepción homoneizante y hegemónica de la convivencia social, dentro de la cual ha entrado en juego la centralización económica, conjugada con factores ético-culturales como el pecado capital de la avaricia y una generalizada corrupción administrativa.

    En lo tocante prioridades respecto de la urgente reconstrucción nacional, pueden señalarse las siguientes:

1.       Desmonte de la represión o, en positivo, restablecimiento del estado de derecho, de la vigencia de la Constitución, del clima de libertad y respeto de los derechos humanos; esto implica, entre otros, la libertad incondicionada de todos los presos políticos, civiles y militares, así como el poner término a la hegemonía comunicacional.

2.       Agenda electoral, reestructurando organismos como el CNE y el TSJ, fijando fechas para el proceso, estableciendo mecanismos y garantías de transparencia (registro de votantes, veeduría internacional).

3.       Regreso de exiliados o, en otros términos, reintegración abierta a la cuarta parte de la población venezolana (¡!), hoy ex patriada.

     Hablar adecuadamente de prioridades se lo entiende, obviamente, en el marco situacional de un país que sufre una patente contradicción: riqueza en potencial económico (petróleo, minas, tierras…) junto a un pueblo viviendo mayoritariamente en pobreza y con fuertes índices de miseria. Y de una nación que exige particular cuidado de su educación y de una pedagogía ciudadana hacia la corresponsabilidad y la solidaridad.

     Cambiar cosas importa, pero, todavía más, cambiar personas y comunidades en orden a una calidad de vida moral y espiritual. No pocas veces se restringe el llamado al cambio ético a lo relativo a corrupción administrativa e irrespeto a los derechos humanos; pero no se pone la debida atención a la formación de personas y comunidades en la positividad de valores como gratuidad social, fraterna convivencia y calidad de vida. En esto tienen particular responsabilidad las instituciones religiosas, que se contraen con frecuencia a lo íntimo personal, sin extender la mirada al relacionamiento interpersonal y la comunión social también en perspectiva trascendente. Los cristianos, que creemos en un Dios Trinidad, amor, tenemos en esto una vocación-misión muy especial.

   

lunes, 20 de abril de 2026

TRANSICIÓN A LA VENEZUELA IRREMPRASABLE

     Aunque alguna vez el tono o la explicitación no hayan sido lo suficientemente expresivos, eso no mengua la línea dominante crítica y la denuncia persistente de la representación oficial de la Iglesia con respecto al régimen gobernante de nuestro país en todo el presente siglo-milenio. El Episcopado ha utilizado calificativos que hasta ni políticos ni politólogos se han atrevido a emplear.

    Prueba de lo anterior es lo dicho por la Conferencia Episcopal Venezolano en “Carta fraterna” de su CXIII Asamblea Extraordinaria (12 enero 2020), publicada en Compañeros de camino, 2008-2021, serie que recoge la documentación del Episcopado: “Para quienes hoy están al frente del gobierno, lo que cuenta no es el bien común sino el interés desmedido de riqueza y poder hegemónico, capaz de resquebrajar todo intento de vivir en auténtica democracia. Vivimos en un régimen totalitario e inhumano en el que se persigue la disidencia política con tortura, represión violenta y asesinatos, a esto se añade la presencia de grupos irregulares bajo la mirada complaciente de las autoridades civiles y militares, la explotación irregular de recursos mineros que destruyen amplias extensiones del territorio venezolano, el narcotráfico y la trata de personas”.

    La palabra episcopal no se ha quedado en denuncias; ha formulado propuestas. Ha planteado repetidas veces la necesidad de una refundación del país, precisando aspectos concretos de la necesaria reconstrucción, tanto en lo económico, como en lo político y lo ético cultural. Ha insistido en la participación y corresponsabilidad de todos los ciudadanos para la realización de esta obligante tarea, que exige la toma de “conciencia del protagonismo de todos los miembros del pueblo venezolano, único y verdadero sujeto social de su ser y quehacer” (Exhortación 12 de julio 2021).

    Lo pasado es fundamentalmente material de archivo y consulta. El presente es la realidad con que contamos y con la cual hemos edificar, desde ya, el proyecto nacional deseable y obligante. En relación a éste subrayaré cinco puntos del último mensaje del Episcopado, a raíz de su asamblea de febrero pasado, explicitando la numeración correspondiente:

    1.” Una sociedad se reconcilia y se reconstruye, no con héroes, sino con personas libres, responsables, capaces de convivir dignamente y de construir un futuro lleno de esperanza” (10).

    2. La soberanía, que reside intransferiblemente en el pueblo (11), se vio desconocida el 28 de julio 2024. “Los hechos del tres de enero de este año (…) muchos estiman que abren caminos para lograr la democratización” (No. 12). “En función de garantizar la soberanía y la autodeterminación sobre nuestro destino (…) necesitamos: reconstruir la institucionalidad democrática; restituir la independencia de los poderes públicos; contar con un Tribunal Supremo de Justicia y un Consejo Nacional Electoral creíbles y que garanticen elecciones libres y justas (…) En este proceso debemos participar todos los venezolanos que estamos aquí y los que están fuera” (No. 14).

    3. “Una vez más, solicitamos la plena liberación de todos los presos políticos o detenidos por causas injustas” (No. 17).

    4. “Un aspecto fundamental (…) debe ser la superación del empobrecimiento que hoy azota a un porcentaje mayoritario de la población, y que es una de las causas del inmenso y doloroso éxodo de muchísimos compatriotas. En este sentido, es imperativo que los recursos que se reciban por la reactivación de la industria petrolera se destinen a mejorar la calidad de los salarios y a implementar programas sociales” (No. 19).

    5. “Como Iglesia católica, nos comprometemos a que nuestras diócesis, parroquias, comunidades, instituciones educativas y sociales, sean espacios de encuentro, escucha y acompañamiento, que generen signos claros y creíbles de fraternidad y reconciliación” (No. 20).

    La Iglesia plantea con carácter de urgencia la reconstitucionalización (democratización, estado de derecho) del país; lo hace dentro de su misión de ser signo e instrumento de efectiva comunión también ciudadana. La interpelación es de Jesús el Señor “(…) toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá subsistir” (Mateo 12, 25).

                              

 

sábado, 4 de abril de 2026

LAICOS EN LA IGLESIA

     La Iglesia en cuanto comunidad cristiana se distribuye en tres sectores: ministerio pastoral o jerárquico (clérigos), laicado y vida religiosa (consagrada).

    El primero está constituido por una tríada: obispos, presbíteros (ordinariamente llamados sacerdotes) y diáconos.  El segundo lo integran los laicos, denominados también seglares. Y el tercero lo forman los religiosos (as), que profesan tres votos (promesas, compromisos), a saber:  castidad, pobreza y obediencia.

    De estos tres sectores el de los laicos totaliza prácticamente la entera Iglesia. Pensemos que los católicos en Venezuela sean unos 20 millones; pues bien de estos todos son laicos menos unos 10.000, que suman, más o menos por partes iguales, los miembros de los otros dos sectores. Es decir, la Iglesia está compuesta fundamentalmente por laicos, con muy pocas excepciones. Esto significa que en la generalidad de las parroquias… ¡el único no laico es el párroco!

    Esto ha de llevar a los católicos a una seria reflexión acerca de la responsabilidad cristiana no sólo respecto de la Iglesia sino del país.

    Lamentablemente la mentalidad dominante es de un marcado clericalismo, que en la práctica identifica a la Iglesia con el clero. Lo cual no es ninguna innovación, pues tiene una larga tradición, reforzada a partir de la separación protestante del siglo XVI. Ésta en general minimizó la función de la jerarquía y subrayó el papel de los laicos. La respuesta católica, de carácter beligerante, acentuó todavía más la potestad del clero. Se recalcó la distinción de Iglesia docente/discente (del latín aprender) u oyente, y de pastores/fieles. En los tratados teológicos sobre la Iglesia la reflexión sobre el laicado (y los religiosos) estaba ausente. Resultado: una concepción bien piramidal en cuanto a autoridad, disciplina, iniciativa… Ello no implicaba, por supuesto, la ausencia de los “fieles”, quienes actuaban su vida cristiana, practicaban la religiosidad popular, y realizaban obras caritativas, hasta expresiones de notable santidad como es el caso de un Tomás Moro, una Teresa de Jesús y un José Gregorio Hernández.

    El Concilio Plenario o Sínodo Nacional de Venezuela (2000-2006) en uno de sus 16 documentos, el dedicado a los laicos, expuso muy bien esta materia con su metodología de ver-juzgar-actuar; destacó, justo al comienzo, una significativa afirmación con tintes de proclama: “Los signos de los tiempos muestran que el presente milenio será el del protagonismo de los laicos”. Un innegable desafío al ejercicio de la misión de estos en la Iglesia y en el mundo.

    Afirmar el protagonismo laical no implica en modo alguno opacar el papel del ministerio pastoral o jerárquico -fundado en la institución de los Apóstoles por el Señor Jesucristo- pero sí lo relativiza dentro del conjunto eclesial y, además, subraya el papel transitorio de obispos, presbíteros y diáconos para el sólo tiempo del peregrinar de la Iglesia en la historia. En el cielo no habrá jerarquía sino sólo la de Dios Trinidad y Cristo Señor.

    Resulta clave, en consecuencia, identificar bien lo propio y peculiar del laico, a saber, su condición secular (palabra procedente de saeculum en latín, que quiere decir siglo, mundo), llamado, por tanto, a vitalizar la convivencia humana histórica en el sentido del Evangelio, del amor. El laico se ha de definir como miembro de la Iglesia en el corazón del mundo, constructor de una nueva sociedad abierta a lo definitivo.

    El laico está llamado a actuar en comunión con la jerarquía, con los pastores, pero con responsabilidad inalienable. Tomando iniciativas que le corresponden por su fe y su bautismo. No es un brazo largo del clero, sino protagonista de una misión que le es propia, la evangelización de lo económico, lo político y lo ético-cultural. Miembro participativo y corresponsable de la comunidad eclesial, el campo propio de su misión evangelizadora es el ancho y vasto mundo, comenzando por el inmediato familiar, que es su Iglesia doméstica.

    Esta Venezuela en aguda crisis urge un laicado protagonista de nuevos tiempos.

jueves, 19 de marzo de 2026

INTELIGENCIA ARTIFICIAL, VOLUNTAD NATURAL

 

    Cuando se habla del cambio situacional global contemporáneo se suele utilizar el calificativo epocal para significar su magnitud y peculiaridad. No se queda, simplemente en algo grande, impresionante. Es tan especial que para calificarlo hay que inventar un término. Se trata de un cambio de época, cuyas manifestaciones se dan particularmente en las ciencias de la vida y en la esfera comunicacional.

    No es de extrañar que ante tan peculiar metamorfosis no falten quienes piensan que estamos llegando a las últimas páginas de la historia (tiempos apocalípticos), cosa que, por lo demás, ya se ha dicho antes en tiempos de extraordinarias transformaciones. Conviene a este propósito recordar que el paso de lo temporal a lo definitivo, escatológico, es secreto de quien tiene en sus manos el poder supremo, creativo. Si es así, podría pensarse que en los inicios de este tercer milenio estaríamos apenas comenzando a tejer historia.

    Lo cierto es que lo que está sucediendo con la inteligencia artificial es algo que supera lo inimaginable y deja en el estupor. Y, más cierto todavía, que lo por ver dejará pequeño a lo visto.

    Un pensamiento que surge fácil en medio de la estupefacción es que parecería que el ser humano se desvanecerá ante la dimensión y el poder de la máquina. Y que robots y utensilios por el estilo serán entes más útiles y confiables que el frágil homo del devenir histórico. Y que ya no será necesario pensar, porque habrá otro que lo hará -y todavía mejor - que nosotros. Y que pensando, ni se cansará, ni se aburrirá.

    La inteligencia artificial -apenas en sus comienzos- constituye un imponderable desafío a la actual humanidad. El Génesis dice que el Ser Supremo hizo al hombre a su imagen y semejanza. Cabe pensar entonces que ésta tiene bastante todavía por producir.

    La inteligencia artificial exige que tomemos en serio la natural con su haber, sus posibilidades, la responsabilidad que exige y, sobre todo, su sentido -telos-. La Biblia insiste, a este propósito, en el valor de la sabiduría, que es más que simple conocimiento (ofrece, por cierto, un libro específico sobre el tema). Es aquí donde el intelecto humano ha de tomar viva conciencia de que no se da como única facultad del hombre, que es espíritu in-corporado. A más de la inteligencia, que adquiere sus ideas abstrayéndolas de los datos sensoriales y tiene como horizonte la verdad, el hombre cuenta con otra facultad, la voluntad, cuyo objetivo es el bien, el cual introduce al mundo de los valores, a la esfera de lo ético, es decir, a lo más profundo y trascendentemente personal.

    Una afirmación iluminadora en este tema es la definición que ofrece Juan en su Primera Carta: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4, 8). Allí aparece que lo más definitorio humano no es el conocimiento, sino la orientación de la voluntad y la realización de ésta en el amor, que teje la comunión interpersonal. En el “último día” seremos juzgados, no simplemente en base al producto de nuestras manos o al contenido y producto de nuestro cerebro, sino, fundamentalmente, a la orientación de nuestro corazón. Léase, al ejercicio de nuestra libertad, como escogencia personal ante lo que la inteligencia le presenta como bien y la conciencia como deber.

    La inteligencia artificial es un instrumento que amplía de modo inimaginable el conocimiento y la praxis del ser humano; pero es eso, un instrumento que la persona y su comunidad han de utilizar para su perfeccionamiento, el cual se ha de orientar hacia la verdad y el bien y, en última instancia, hacia el amor.

    El problema clave no es lo que el hombre alcance o no con la inteligencia natural ayudada por la artificial, sino lo que el ser humano haga con ésta de bueno. Lo definitivo lo juega la voluntad en el ejercicio de la libertad. Y la persona alcanza su plenitud mediante la decisión existencial que pone la voluntad al servicio de lo noble y digno, hacia la construcción de sí mismo en amoroso relacionamiento con Dios y con el prójimo.

    Una antropología integral implica desarrollar y articular las potencialidades del ser e instrumental humanos y, por ende, de la inteligencia artificial, hacia la mayor y mejor auto realización y relación interpersonal. 

 

 

domingo, 8 de marzo de 2026

RECONSTRUCCIÓN CULTURAL DE VENEZUELA

      Cultura es un término manejado en muchos sentidos, pero hay dos de primer orden que nos interesan aquí, a saber, uno de carácter sectorial y otro global.

    En sentido restringido lo cultural se usa para denominar principalmente el campo de lo artístico y literario, algo que suena “elitesco” y refinado y se aplica a determinadas obras, actividades, centros e instituciones.

    En sentido amplio, cultura se refiere al modo como los pueblos desarrollan su múltiple relación con la naturaleza, con el prójimo, consigo mismo y con Dios. En esta interpretación cultura globaliza el quehacer humano, abarcando tanto lo cotidiano y popular como lo más cultivado; comprende así la totalidad de la vida de un pueblo, particularizándose también según tiempos y espacios; tiene que ver tanto con lo instrumental, como con lo institucional y lo ideal valorativo. Puede hablarse así de cultura y culturas, al igual que de identidades y de encuentros de culturas como la que se dio hace unos cinco siglos entre lo hispano y lo indígena.

    En esta acepción de cultura como englobante de lo social, se pueden distinguir tres ámbitos: el económico (relativo al tener), el político (concerniente al poder) y el ético-cultural (campo de lo valorativo personal y relacional, de lo espiritual y ecológico, y por supuesto de lo artístico y literario).

    Bajando a tierra se puede entonces afirmar que la crisis venezolana de estos últimos tiempos es cultural. En efecto es económica (caída dramática de la producción, inflación, empobrecimiento generalizado), política (proyecto totalitario, disolución del estado de derecho, vaciamiento de lo constitucional) y ético-cultural (ruptura de una sana convivencia, galopante corrupción, hegemonía comunicacional).

    Cuando se habla de recuperación o reconstrucción del país es imprescindible, por tanto, tener en cuenta la dimensión y los varios aspectos de la crisis nacional, acentuada en lo que va del presente siglo y milenio y que, entre otras, ha propiciado la intervención norteamericana del 3 de enero. Es ineludible una revisión a fondo -el vocablo exacto sería conversión- que concierne a cada venezolano, comenzando por uno mismo y el grupo familiar y social en el que se encuentra inmerso. El yo-no-fuimismo es lo más expedito en estos casos para eludir el problema. Una actitud que denunció fuertemente Jesús en su predicación fue la del fariseísmo, consistente en juzgar al otro y justificarse a sí mismo; echar la culpa y no asumirla, eludiendo una sincera y efectiva conversión. En esto no se puede cambiar de escenario sin cambio de los protagonistas del drama o tragedia, en la medida obviamente variada de responsabilidades, que sólo Dios conoce a fondo.

    Es preciso ir a la raíz y dimensión de los problemas y no contentarse con soluciones parciales, epidérmicas, o restringirse a los efectos sin enfrentar las causas. De allí la importancia de lo que se debe hacer en el campo familiar y educativo, así como lo tocante a la responsabilidad de las instituciones religiosas. No es indiferente o de poco valor la estructuración y funcionamiento de la familia venezolana matricentrada, o la reducción del aporte educativo a lo meramente técnico y pragmático. Valores como responsabilidad, solidaridad, participación, derechos y deberes humanos, apertura ética y religiosa están en la base de una convivencia deseable y obligante. En lo que respecta a las instituciones religiosas es básica la conjunción de lo trascendente y lo terrenal, evitando concepciones alienantes del compromiso histórico. En lo que toca directamente a los católicos -mayoría en el país- la Doctrina Social de la Iglesia es un conjunto de principios, criterios y orientaciones para la acción, que urge conocer y aplicar.  

    Al hablar de la presente grave crisis es obvio que no se la puede aislar del conjunto histórico nacional. Hay deudas y errores de larga data. Pero el desafío hay que asumirlo seriamente ahora hacia la edificación de una nueva sociedad como convivencia justa, libre, solidaria, pluralista, democrática, ética y religiosamente robusta. En marco humanista cristiano me gusta recordar aquella sentencia del sacerdote en el Edipo Rey de Sófocles: “Nada son los castillos, nada los barcos, si ninguna persona hay en ellos”. 

domingo, 22 de febrero de 2026

CAMINO DE DAMASCO

     El camino de Damasco fue hace unos dos mil años escenario de un cambio de gran repercusión histórica. Pablo, judío radical, formado en la línea rígida, legalista, del farisaísmo, y convertido en activo perseguidor la una secta emergente que sería llamada el camino, se dirigía a la ciudad siria en misión oficial con clara intención punitiva.

    El libro Hechos de los Apóstoles ((9, 1-9) narra el trascendental episodio de la conversión del acérrimo enemigo a fogoso militante de la nueva agrupación religiosa de cristianos, que se abría paso en el amplio mundo helenista. Fue un cambio en profundidad, que repercutió progresivamente en el ámbito del Imperio Romano confiriendo al evangelio en efectiva universalidad.

    Conversión, ética y psicológicamente hablando, significa cambio, pero en profundidad. No es simple superficial mudanza y, menos, cosmética afectación. Es honda reorientación de la libertad y su escala de valores. El ser humano como sujeto de libertad es agente de cambio. Para bien o para mal. El ejemplo de la fruta prohibida escogida por Adán en los inicios de la humanidad, como relata el Génesis, es muestra patente. Pero hay elecciones para bienes grandes, y muy grandes. Jesús comenzó su predicación con un vivo llamado a la conversión; y la vida cristiana, para no hablar de la creyente y humana en general, es permanente reclamo a una positiva reorientación personal. La cual es fruto de la voluntad humana, ciertamente, pero también y, sobre todo, don divino.

    Mientras el hombre peregrino en su recorrido temporal está invitado a progresar y a cambiar y convertirse hacia lo que Dios le establece como meta suprema y la propia conciencia vislumbra. La esperanza constituye, en este sentido, un horizonte abierto como propuesta y exigencia.

    La historia es escenario de incansables mudanzas. Y tenemos que actuar siempre las mejores. Así como nunca excluir la posibilidad de conversión. En este contexto la reconciliación como reencuentro es, felizmente, posibilidad siempre presente e interpelante en el acontecer humano. Al igual que el arrepentimiento y el perdón. Éste, que no está divorciado de la justicia y la reparación, prepara y acompaña a la reconciliación hacia cambios constructivos. Son categorías que tejen la convivencia de seres humanos, libres y llamados a la bondad, pero permanentemente tentados. No sin razón cuando los discípulos de Jesús le pidieron al Maestro que los enseñase a orar, él les entregó la oración del Padre Nuestro, que termina invocando la liberación de tentaciones. La experiencia ha elaborado un refrán: “la tentación hace al ladrón”.

    Con respecto a reencuentros, la caída del Muro de Berlín me enseñó mucho. La división de esa ciudad la percibí de cerca. Estuve allí antes, durante y ya caído el muro; también en el cincuentenario de su construcción. Cuando lo contemplaba pensaba en la tragedia que acompañaría su demolición: enfrentamientos, muertes, persecuciones… Pero ¿Qué pasó? Que yo sepa no hubo ningún ahorcado, fusilado o cosas por el estilo. La reunificación alemana se dio, obviamente con sus tensiones y altibajos, pero sin catástrofes.

    Recuerdo esto a propósito de la reunificación de Venezuela. Es norte es claro y obligante: reconstitucionalización, democratización, reinserción de emigrados, reencuentro ciudadano, paz. Urgen cambios y conversiones. Juntar justicia y perdón, reparación y reconciliación y factores semejantes no es fácil, pero sí imperativo. Debemos amasar el futuro con mucha esperanza. Cristianos, creyentes y compatriotas todos en general, debemos desempolvar principios sanos y atornillar obligantes compromisos.

    Después de casi tres décadas de descarrilamiento es preciso recomponer vías superando proyectos totalitarios, ensimismamientos partidistas, encajonamientos ideológicos. Reunir la familia venezolana vaciada con una cuarta parte de emigrados y dividida con enguerrillamientos internos. No olvidemos la advertencia del Señor: “Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir” (Mc 3, 25).

     Pablo en camino hacia Damasco, de fundamentalista y perseguidor se convirtió en apóstol de buena nueva y constructor de comunidades en la línea de la hermosa y exigente ley suprema del amor.