Cultura es un término manejado en muchos sentidos, pero hay dos de primer orden que nos interesan aquí, a saber, uno de carácter sectorial y otro global.
En sentido restringido lo cultural se usa para denominar principalmente el
campo de lo artístico y literario, algo que suena “elitesco” y refinado y se
aplica a determinadas obras, actividades, centros e instituciones.
En sentido amplio, cultura se refiere al modo como los pueblos desarrollan
su múltiple relación con la naturaleza, con el prójimo, consigo mismo y con
Dios. En esta interpretación cultura globaliza el quehacer humano,
abarcando tanto lo cotidiano y popular como lo más cultivado; comprende así la
totalidad de la vida de un pueblo, particularizándose también según tiempos y espacios;
tiene que ver tanto con lo instrumental, como con lo institucional y lo ideal
valorativo. Puede hablarse así de cultura y culturas, al igual que de
identidades y de encuentros de culturas como la que se dio hace unos cinco
siglos entre lo hispano y lo indígena.
En esta acepción de cultura como englobante de lo social, se
pueden distinguir tres ámbitos: el económico (relativo al tener), el político
(concerniente al poder) y el ético-cultural (campo de lo valorativo personal y
relacional, de lo espiritual y ecológico, y por supuesto de lo artístico y
literario).
Bajando a tierra se puede entonces afirmar que la crisis venezolana de
estos últimos tiempos es cultural. En efecto es económica (caída dramática de
la producción, inflación, empobrecimiento generalizado), política (proyecto
totalitario, disolución del estado de derecho, vaciamiento de lo
constitucional) y ético-cultural (ruptura de una sana convivencia, galopante
corrupción, hegemonía comunicacional).
Cuando se habla de recuperación o reconstrucción del país es imprescindible,
por tanto, tener en cuenta la dimensión y los varios aspectos de la crisis nacional,
acentuada en lo que va del presente siglo y milenio y que, entre otras, ha propiciado
la intervención norteamericana del 3 de enero. Es ineludible una revisión a
fondo -el vocablo exacto sería conversión- que concierne a cada
venezolano, comenzando por uno mismo y el grupo familiar y social en el que se encuentra
inmerso. El yo-no-fuimismo es lo más expedito en estos casos para eludir
el problema. Una actitud que denunció fuertemente Jesús en su predicación fue
la del fariseísmo, consistente en juzgar al otro y justificarse a sí
mismo; echar la culpa y no asumirla, eludiendo una sincera y efectiva conversión.
En esto no se puede cambiar de escenario sin cambio de los protagonistas del
drama o tragedia, en la medida obviamente variada de responsabilidades, que
sólo Dios conoce a fondo.
Es preciso ir a la raíz y dimensión de los problemas y no contentarse con
soluciones parciales, epidérmicas, o restringirse a los efectos sin enfrentar
las causas. De allí la importancia de lo que se debe hacer en el campo familiar
y educativo, así como lo tocante a la responsabilidad de las instituciones
religiosas. No es indiferente o de poco valor la estructuración y
funcionamiento de la familia venezolana matricentrada, o la reducción del
aporte educativo a lo meramente técnico y pragmático. Valores como
responsabilidad, solidaridad, participación, derechos y deberes humanos,
apertura ética y religiosa están en la base de una convivencia deseable y
obligante. En lo que respecta a las instituciones religiosas es básica la
conjunción de lo trascendente y lo terrenal, evitando concepciones alienantes
del compromiso histórico. En lo que toca directamente a los católicos -mayoría
en el país- la Doctrina Social de la Iglesia es un conjunto de
principios, criterios y orientaciones para la acción, que urge conocer y
aplicar.
Al hablar de la presente grave crisis es obvio que no se la puede aislar
del conjunto histórico nacional. Hay deudas y errores de larga data. Pero el
desafío hay que asumirlo seriamente ahora hacia la edificación de una nueva
sociedad como convivencia justa, libre, solidaria, pluralista, democrática,
ética y religiosamente robusta. En marco humanista cristiano me gusta recordar
aquella sentencia del sacerdote en el Edipo Rey de Sófocles: “Nada son
los castillos, nada los barcos, si ninguna persona hay en ellos”.
