El camino de Damasco fue hace unos dos mil años escenario de un cambio de gran repercusión histórica. Pablo, judío radical, formado en la línea rígida, legalista, del farisaísmo, y convertido en activo perseguidor la una secta emergente que sería llamada el camino, se dirigía a la ciudad siria en misión oficial con clara intención punitiva.
El libro Hechos de los Apóstoles ((9, 1-9) narra el trascendental
episodio de la conversión del acérrimo enemigo a fogoso militante de la nueva
agrupación religiosa de cristianos, que se abría paso en el amplio mundo
helenista. Fue un cambio en profundidad, que repercutió progresivamente en el
ámbito del Imperio Romano confiriendo al evangelio en efectiva universalidad.
Conversión, ética y psicológicamente hablando, significa
cambio, pero en profundidad. No es simple superficial mudanza y, menos,
cosmética afectación. Es honda reorientación de la libertad y su escala de valores.
El ser humano como sujeto de libertad es agente de cambio. Para bien o para
mal. El ejemplo de la fruta prohibida escogida por Adán en los inicios de la
humanidad, como relata el Génesis, es muestra patente. Pero hay elecciones
para bienes grandes, y muy grandes. Jesús comenzó su predicación con un vivo
llamado a la conversión; y la vida cristiana, para no hablar de la creyente y
humana en general, es permanente reclamo a una positiva reorientación personal.
La cual es fruto de la voluntad humana, ciertamente, pero también y, sobre
todo, don divino.
Mientras el hombre peregrino en su recorrido temporal está invitado a
progresar y a cambiar y convertirse hacia lo que Dios le establece como meta
suprema y la propia conciencia vislumbra. La esperanza constituye, en este
sentido, un horizonte abierto como propuesta y exigencia.
La historia es escenario de incansables mudanzas. Y tenemos que actuar
siempre las mejores. Así como nunca excluir la posibilidad de conversión. En
este contexto la reconciliación como reencuentro es, felizmente, posibilidad
siempre presente e interpelante en el acontecer humano. Al igual que el
arrepentimiento y el perdón. Éste, que no está divorciado de la justicia y la
reparación, prepara y acompaña a la reconciliación hacia cambios constructivos.
Son categorías que tejen la convivencia de seres humanos, libres y llamados a
la bondad, pero permanentemente tentados. No sin razón cuando los discípulos de
Jesús le pidieron al Maestro que los enseñase a orar, él les entregó la oración
del Padre Nuestro, que termina invocando la liberación de tentaciones. La
experiencia ha elaborado un refrán: “la tentación hace al ladrón”.
Con respecto a reencuentros, la caída del Muro de Berlín me enseñó mucho. La
división de esa ciudad la percibí de cerca. Estuve allí antes, durante y ya caído
el muro; también en el cincuentenario de su construcción. Cuando lo contemplaba
pensaba en la tragedia que acompañaría su demolición: enfrentamientos, muertes,
persecuciones… Pero ¿Qué pasó? Que yo sepa no hubo ningún ahorcado, fusilado o
cosas por el estilo. La reunificación alemana se dio, obviamente con sus
tensiones y altibajos, pero sin catástrofes.
Recuerdo esto a propósito de la reunificación de Venezuela. Es norte
es claro y obligante: reconstitucionalización, democratización, reinserción de
emigrados, reencuentro ciudadano, paz. Urgen cambios y conversiones. Juntar justicia
y perdón, reparación y reconciliación y factores semejantes no es fácil, pero
sí imperativo. Debemos amasar el futuro con mucha esperanza. Cristianos,
creyentes y compatriotas todos en general, debemos desempolvar principios sanos
y atornillar obligantes compromisos.
Después de casi tres décadas de descarrilamiento es preciso recomponer vías
superando proyectos totalitarios, ensimismamientos partidistas, encajonamientos
ideológicos. Reunir la familia venezolana vaciada con una cuarta parte de
emigrados y dividida con enguerrillamientos internos. No olvidemos la
advertencia del Señor: “Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no
podrá subsistir” (Mc 3, 25).
Pablo en camino hacia Damasco, de fundamentalista
y perseguidor se convirtió en apóstol de buena nueva y constructor de
comunidades en la línea de la hermosa y exigente ley suprema del amor.
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