Hablar de una nueva sociedad es referirse a una sociedad deseable, que responda a las varias exigencias del ser humano como persona y en su convivencia ciudadana. Dada la condición histórica del hombre, en continuo devenir, no se puede pensar en una estructura política definitiva, terminal, sino en una configuración siempre abierta a un ulterior desarrollo. El movimiento puede pensare aquí entonces como en dinámica asintótica, como proceso hacia un término siempre en cercanía.
viernes, 24 de julio de 2026
PROPUESTA DE NUEVA SOCIEDAD
sábado, 11 de julio de 2026
¡ABAJO CADENAS!
La cercanía del 5 de Julio invita a una reflexión sobre libertad y esclavitud.
León XIV en su reciente encíclica Magnifica Humanitas (MH) aborda el tema propósito de la salvaguarda de la persona humana en estos tiempos de inteligencia artificial. Esto evidencia que esclavizar no es sólo una mancha del pasado, sino amenaza permanente durante el peregrina humano.
Con notable retraso la sociedad y la Iglesia condenaron esa terrible práctica, aceptada en Venezuela hasta la época de los Monagas en el XIX, siglo en que el flagelo encontró de parte de la Iglesia, “una condena formal, absoluta y universal” en particular con el Papa León XIII (ver MH 176). Es bien significativo que desde tiempos remotos la esclavitud había sido institucionalizada, como lo demuestra la estructura triádica social de los griegos: ciudadanos/otros (extranjeros, comerciantes, artesanos/-esclavos.
Lamentablemente la vergonzosa realidad humana de la esclavitud no se restringió a un ordenamiento formal, estamental, de la sociedad; se trataba, en efecto, de un relacionamiento inhumano manifestado de múltiples maneras y reflejo de la condición,no sólo débil e imperfecta, sino también pecadora, malvada, del ser humano. El filósofo Hobbes (+1679) llegó hasta formular la agresiva definición del “homo homini lupus” (el hombre, lobo para el prójimo), tratamiento extendido desde la relación persona-a-persona hasta lo macropolítico. El egoísmo humano está tentado siempre de apetencias esclavistas, cuya manifestación ha asumido en nuestro tiempo también el ominoso aparataje de redes, carteles y asociaciones mafiosas del más diverso género, que se tejen con la gerencia de trata de personas y comercio de órganos, para no hablar de los mercados de armas y una “normalización” de la guerra.
La interpretación cristiana de la historia no es una panglosiana evasión del conlicto, pero tampoco la de una interpretación trágica de cierre de horizontes. Desde el Génesis la historia se muestra como tensión, lucha entre el egoísmo y la comunión. La victoria total y definitiva de Cristo se entiende como horizonte de un peregrinaje histórico, que junto a lo mejor va inventariando también una crónica de lo peor.
En el ámbito político y ético-cultural se puede hablar de tendendencias, mentalidades, ideologías esclavizantes. Éstas se podrían ejemplificar fácil y dolorosamente en la contemporaneidad con los totalitarismos nazi-fascista y comunista, de los cuales el Holocausto y los gulags quedaron como símbolos máximamente expresivos.
Pero lo de esclavitud no se reduce a sus manifestaciones más aparatosas como las mencionadas; tiene formas más sutiles y maquillajes de imposición que la presentan como inofensiva y hasta conveniente. La manipulación y el dominio inhumanos se revisten de atractivos mediante mecanismos populistas, argumentos de necesidad y conveniencia. La esclavización tiende a transformarse en ambiente, que envuelve y transforma de modo sutil a personas y grupos sociales. El documento pontificio arriba citado Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial ofrece al respecto advertencias de suma importancia. Esclavizar es una tentación omnipresente: en personas y colectividades, ciudadanos y estados. Concierne a todos los ámbitos sociales; económico, político y ético-cultural.
Bajando a tierra y circunstanciando ideas en lo acaecido en Venezuela durante este siglo y milenio podemos identificar hechos y tendencias manifiestamente esclavistas de parte oficial. Símbolos patentes son la hegemonía comunicacional, los presos políticos, el estatismo económico, el silencionamiento del soberano y el monopolio ideológico educativo. Todo ello contradiciendo preceptos constitucionales, exigencias del estado de derecho y requerimientos básicos de derechos humanos. No sin razón el Episcopado Venezolano calificó en repetidas ocasiones al régimen del Socialismo del Siglo XXI como proyecto de corte totalitario.
Liberar de la esclavitud, llamado del himno patrio, es una consigna que tiene sentido en la Venezuela actual, desafiada para constituirse como nación genuinamente democrática.
domingo, 28 de junio de 2026
DEMOCRACIA Y ECOLOGÍA
Lo ecológico en un
tema emergente de primera importancia en materia de compromiso personal y
social. Y de tal magnitud que ha llegado a sugerirse su incorporación como complemento del título mismo de la Doctrina
Social de la Iglesia .
Hay situaciones
dramáticas en que este binomio resalta con carácter de urgencia. Es el caso de
la devastación ambiental y antropológica producida por la criminal voracidad
minera en el Sur del Orinoco en un escenario nacional de quiebre democrático.
Se revelan allí en Guayana, de modo patente, las dañinas consecuencias del
maltrato ecológico con el deterioro y muerte también de humanos explotados y
explotadores. Aquí se aplica aquella advertencia de Jesús: “Pues ¿de qué le
servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? (Mt 16, 26).
La democracia
ecológica o ecología democrática exige variadas cosas de las cuales podrían
mencionarse las siguientes: legislación favorable a la protección del
ambiente con una administración que asegure su aplicación; educación ambiental
en los varios niveles pedagógicos;
servicios o secciones ad hoc en
las más diversas entidades (gubernamentales, partidos políticos, instituciones
sociales y religiosas); promoción del cuido ambiental en las familias y las
organizaciones vecinales. Todo ello tendiente a la promoción de una cultura
ambiental.
miércoles, 17 de junio de 2026
Democracia y verdad
“La verdad los hará libres”. (Jn 8,32).Frase lapidaria de
Jesucristo.
Con respecto a la verdad conviene recordar varias de sus significaciones: 1)
concordancia de lo que lse
dice con la realidad de las cosas,como cuando expreso
“llueve” y està lloviendo; 2) correspondencia de lo que se afirma con lo que se
piensa, lo contrario es
la mentira; 3) acuerdo de la cosa con su denominación,como
cuando se recalca que una joya es oro de verdad.Tenemos entonces un triple sentido de
verdad: lógico,ético y ontológico. En la ordinaria comunicacion no es raro combinarlos. La citada frase del Señor
envuelve esos distintos significados, así como los envolvieron la tentación y el pecado
originales de que habla el Génesis( 3). Jesús, por cierto, calificó al demonio como padre de
mentira (Jn 8,44 ).
La inteligencia y la
voluntad,facultades fundamentales del espíritu humano,no
se dan en el peregrinar
histórico en estado puro por razones antropológicas e históricas
(pensemos en los condicionamientos de la corporeidad terrena y en la congénita
concupiscencia). Los pecados capitales, comenzando por la soberbia y
la avaricia,
constituyen amenazas permanentes.
jueves, 14 de mayo de 2026
AMOR COMO VALOR SUPREMO
Se ha solido identificar de tanto en tanto el fin de la historia con
acontecimientos tremendos o maravillosos. Algo de eso se fantasea actualmente con
motivo de los saltos en el campo tecnológico comunicacional y muy concretamente
con la denominada inteligencia artificial. De ésta, no poco estamos
viendo y lo demás está por verse. Aunque cabe pensar que el devenir humano continuará
siendo por un largo futuro una abundosa caja de sorpresas.
La originalidad del ser humano radica en su condición de inteligente, poseedor
de un conocimiento espiritual, que supera las limitaciones de lo material y
sensible, a pesar de las exageradas interpretaciones que de éste han formulado
pensadores empiristas como Hume. La capacidad de “leer en profundidad” -así se
traduce el vocablo latino intellectus - acompañada por otra facultad que
es la voluntad, constituye al hombre como persona. Lo volitivo es tendencia
hacia lo que el conocimiento presenta como apetecible, como bueno. El
ser humano no se queda, por tanto, en la mera contemplación de la realidad,
sino que tiende a su fruición en base a opciones. En ello se fundamenta el ser libre,
capaz de decidir. Al animal lo guían sus
instintos, la persona se autodetermina por decisiones. Esto entraña un valor de inmensurable
riqueza; pero también una tentación, por el peligro de escoger lo malo y dañino
bajo la apariencia de bien. Pero la
libertad en su definición positiva, antes que decisión ante alternativas,
entraña la posibilidad de adherirse a un bien, en lo cual consiste la
perfección personal. La libertad no se reduce a voluntarismo, pues tiene, como
norte y plenitud, lo bueno en su apertura infinita.
La dinámica personal no se queda, pues, en una simple adhesión o fruición
de cosas, ni aun en el relacionamiento funcional o utilitario entre personas, sino
que tiende al encuentro o compartir interpersonal. Éste significa
una genuina comunión de libertades. Los pecados capitales, comenzando
por la soberbia y la avaricia, constituyen entonces un desvío del camino humano
hacia su verdadera perfección. Por cierto que el Papa Pablo VI formuló el
concepto de civilización del amor como sinónimo de una nueva sociedad,
de la deseable convivencia humana, la cual entraña, más allá de leyes o estructuras
justas, una co-existencia solidaria, servicial, fraterna.
En la Biblia aparecen tres cartas de Juan, discípulo del Señor Jesucristo.
En la primera de ellas encontramos la siguiente frase de un contenido sumamente
rico y profundo: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1
Jn 4, 8). Conjuga dos principios de máxima profundidad, uno cognoscitivo,
epistemológico, y otro entitativo, ontológico, que tienen, como connatural
acompañante o consecuencia, el precepto
ético primario y radical del amor. De la riqueza encerrada en aquella sentencia
valga enunciar ahora una tríada de expresiones.
Una primera sería lo que sirve para valorar la inteligencia artificial.
El devenir humano no se juega sólo o principalmente en lo intelectivo, sino en
la orientación de la voluntad, en la decisión libre. No en simples logros o
selecciones, sino en selecciones y adhesiones.
Una segunda es lo que ayuda a orientar la socialidad humana en el
ámbito económico, político o ético-cultural, en lo científico, técnico y
tecnológico. El norte definitivo a seguir es el encuentro, la comunión
de personas y comunidades, más allá de simples convergencias y acuerdos.
Una tercera indica por dónde va una auténtica espiritualidad y
religiosidad. Ya para los judíos y luego para los cristianos la revelación divina
puso bien en claro que por encima de ofrendas, sacrificios rituales,
observancias legales, debía prevalecer el cuido de los más débiles, el trato mutuo
respetuoso y fraterno, la apertura del corazón a Dios y al prójimo.
En situaciones como la actual venezolana esto tiene aplicaciones muy
concretas a la hora de formular propuestas, así como de jerarquizar
orientaciones y decisiones, superando interpretaciones reductoramente
economicistas y soluciones estrictamente políticas. Lo cultural, y dentro de
ello lo ético espiritual, ha de jugar un papel primordial.
viernes, 8 de mayo de 2026
TRIADA PRIORITARIA NACIONAL
Prioridad es una necesidad que ocupa un primer plano en el orden operativo. Constituye, por tanto, una tarea que interpela con especial urgencia. Una buena planificación exige una adecuada selección en lo tocante a prioridades.
Personalmente me gusta pensar y trabajar con tríadas. Ayuda a precisar y
jerarquizar ideas y prácticas. Entre los pensadores Hegel destaca por su
sistematización triádica. Desde el punto de vista de la reflexión y la acción
cristianas no tiene nada de extraño lo relativo a tríadas, ya que centro y eje la
fe es la afirmación de Dios creador y salvador como Trinidad, comunión, amor.
El Papa Francisco en su encíclica ecológica Laudato Si´, citando a San
Buenaventura subraya: “cada criatura lleva en sí una estructura específicamente
trinitaria tan real que podría contemplarse fácilmente si la mirada humana no
fuera tan parcial, oscura y frágil” (LS 239).
Volcando los ojos a nuestra situación de crisis global nacional y a los
imperativos que se plantean para la reconstrucción del país, podría
estructurarse una tríada de prioridades a la hora de jerarquizar decisiones. En
la línea de búsqueda de soluciones no resulta extravagante que Washington haya planteado
formal y oficialmente su intervención en forma también triádica.
Antes de formular una trilogía de prioridades para la recuperación nacional
no podría menos de manifestar extrañeza ante el planteamiento, que no raramente
se hace, de subrayar lo económico como el primer ámbito de atención. No porque lo económico no juegue un papel
fundamental en el funcionamiento social (marxista y liberales coinciden en
esto), sino porque después de 25 años de progresivo deterioro del país, no hay
duda de que el daño ha tenido su raíz fundamental en el proyecto
ideológico-político de corte totalitario del llamado Socialismo del Siglo
XXI. Causante principal de la crisis no ha sido un mal manejo técnico de la
economía, sino una concepción homoneizante y hegemónica de la convivencia
social, dentro de la cual ha entrado en juego la centralización económica,
conjugada con factores ético-culturales como el pecado capital de la avaricia y
una generalizada corrupción administrativa.
En lo tocante prioridades respecto de la urgente reconstrucción nacional,
pueden señalarse las siguientes:
1.
Desmonte
de la represión o, en
positivo, restablecimiento del estado de derecho, de la vigencia de la Constitución,
del clima de libertad y respeto de los derechos humanos; esto implica, entre
otros, la libertad incondicionada de todos los presos políticos, civiles y
militares, así como el poner término a la hegemonía comunicacional.
2.
Agenda electoral, reestructurando
organismos como el CNE y el TSJ, fijando fechas para el proceso, estableciendo mecanismos
y garantías de transparencia (registro de votantes, veeduría internacional).
3.
Regreso de exiliados
o, en otros términos, reintegración abierta a la cuarta parte de la población venezolana
(¡!), hoy ex patriada.
Hablar adecuadamente de prioridades se lo entiende, obviamente, en el marco situacional de un país que sufre una patente contradicción: riqueza en potencial económico (petróleo, minas, tierras…) junto a un pueblo viviendo mayoritariamente en pobreza y con fuertes índices de miseria. Y de una nación que exige particular cuidado de su educación y de una pedagogía ciudadana hacia la corresponsabilidad y la solidaridad.
Cambiar cosas importa, pero, todavía más, cambiar personas y comunidades en orden a una calidad de vida moral y espiritual. No pocas veces se restringe el llamado al cambio ético a lo relativo a corrupción administrativa e irrespeto a los derechos humanos; pero no se pone la debida atención a la formación de personas y comunidades en la positividad de valores como gratuidad social, fraterna convivencia y calidad de vida. En esto tienen particular responsabilidad las instituciones religiosas, que se contraen con frecuencia a lo íntimo personal, sin extender la mirada al relacionamiento interpersonal y la comunión social también en perspectiva trascendente. Los cristianos, que creemos en un Dios Trinidad, amor, tenemos en esto una vocación-misión muy especial.
lunes, 20 de abril de 2026
TRANSICIÓN A LA VENEZUELA IRREMPRASABLE
Aunque alguna vez el tono o la explicitación no hayan sido lo suficientemente expresivos, eso no mengua la línea dominante crítica y la denuncia persistente de la representación oficial de la Iglesia con respecto al régimen gobernante de nuestro país en todo el presente siglo-milenio. El Episcopado ha utilizado calificativos que hasta ni políticos ni politólogos se han atrevido a emplear.
Prueba de lo anterior es lo dicho por la Conferencia Episcopal Venezolano
en “Carta fraterna” de su CXIII Asamblea Extraordinaria (12 enero 2020),
publicada en Compañeros de camino, 2008-2021, serie que recoge la
documentación del Episcopado: “Para quienes hoy están al frente del gobierno,
lo que cuenta no es el bien común sino el interés desmedido de riqueza y poder
hegemónico, capaz de resquebrajar todo intento de vivir en auténtica
democracia. Vivimos en un régimen totalitario e inhumano en el que se persigue
la disidencia política con tortura, represión violenta y asesinatos, a esto se añade
la presencia de grupos irregulares bajo la mirada complaciente de las
autoridades civiles y militares, la explotación irregular de recursos mineros
que destruyen amplias extensiones del territorio venezolano, el narcotráfico y
la trata de personas”.
La palabra episcopal no se ha quedado en denuncias; ha formulado propuestas.
Ha planteado repetidas veces la necesidad de una refundación del país,
precisando aspectos concretos de la necesaria reconstrucción, tanto
en lo económico, como en lo político y lo ético cultural. Ha insistido en la
participación y corresponsabilidad de todos los ciudadanos para la realización
de esta obligante tarea, que exige la toma de “conciencia del protagonismo de
todos los miembros del pueblo venezolano, único y verdadero sujeto social de su
ser y quehacer” (Exhortación 12 de julio 2021).
Lo pasado es fundamentalmente material de archivo y consulta. El presente
es la realidad con que contamos y con la cual hemos edificar, desde ya, el
proyecto nacional deseable y obligante. En relación a éste subrayaré cinco
puntos del último mensaje del Episcopado, a raíz de su asamblea de febrero
pasado, explicitando la numeración correspondiente:
1.” Una sociedad se reconcilia y se reconstruye, no con héroes, sino con
personas libres, responsables, capaces de convivir dignamente y de construir un
futuro lleno de esperanza” (10).
2. La soberanía, que reside intransferiblemente en el pueblo (11), se vio
desconocida el 28 de julio 2024. “Los hechos del tres de enero de este año (…) muchos
estiman que abren caminos para lograr la democratización” (No. 12). “En función
de garantizar la soberanía y la autodeterminación sobre nuestro destino (…) necesitamos:
reconstruir la institucionalidad democrática; restituir la independencia de los
poderes públicos; contar con un Tribunal Supremo de Justicia y un Consejo
Nacional Electoral creíbles y que garanticen elecciones libres y justas (…) En
este proceso debemos participar todos los venezolanos que estamos aquí y los
que están fuera” (No. 14).
3. “Una vez más, solicitamos la plena liberación de todos los presos
políticos o detenidos por causas injustas” (No. 17).
4. “Un aspecto fundamental (…) debe ser la superación del empobrecimiento que
hoy azota a un porcentaje mayoritario de la población, y que es una de las
causas del inmenso y doloroso éxodo de muchísimos compatriotas. En este sentido,
es imperativo que los recursos que se reciban por la reactivación de la
industria petrolera se destinen a mejorar la calidad de los salarios y a
implementar programas sociales” (No. 19).
5. “Como Iglesia católica, nos comprometemos a que nuestras diócesis,
parroquias, comunidades, instituciones educativas y sociales, sean espacios de encuentro,
escucha y acompañamiento, que generen signos claros y creíbles de fraternidad y
reconciliación” (No. 20).
La Iglesia plantea con carácter de urgencia la reconstitucionalización (democratización,
estado de derecho) del país; lo hace dentro de su misión de ser signo e
instrumento de efectiva comunión también ciudadana. La interpelación es de
Jesús el Señor “(…) toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá
subsistir” (Mateo 12, 25).
sábado, 4 de abril de 2026
LAICOS EN LA IGLESIA
La Iglesia en cuanto comunidad cristiana se distribuye en tres sectores: ministerio pastoral o jerárquico (clérigos), laicado y vida religiosa (consagrada).
El primero está constituido por una tríada: obispos, presbíteros
(ordinariamente llamados sacerdotes) y diáconos. El segundo lo integran los laicos, denominados
también seglares. Y el tercero lo forman los religiosos (as), que profesan tres
votos (promesas, compromisos), a saber: castidad, pobreza y obediencia.
De estos tres sectores el de los laicos totaliza prácticamente la entera
Iglesia. Pensemos que los católicos en Venezuela sean unos 20 millones; pues
bien de estos todos son laicos menos unos 10.000, que suman, más o menos por
partes iguales, los miembros de los otros dos sectores. Es decir, la Iglesia
está compuesta fundamentalmente por laicos, con muy pocas excepciones. Esto
significa que en la generalidad de las parroquias… ¡el único no laico es
el párroco!
Esto ha de llevar a los católicos a una seria reflexión acerca de la
responsabilidad cristiana no sólo respecto de la Iglesia sino del país.
Lamentablemente la mentalidad dominante es de un marcado clericalismo,
que en la práctica identifica a la Iglesia con el clero. Lo cual no es ninguna
innovación, pues tiene una larga tradición, reforzada a partir de la separación
protestante del siglo XVI. Ésta en general minimizó la función de la jerarquía y
subrayó el papel de los laicos. La respuesta católica, de carácter beligerante,
acentuó todavía más la potestad del clero. Se recalcó la distinción de Iglesia
docente/discente (del latín aprender) u oyente, y de pastores/fieles. En
los tratados teológicos sobre la Iglesia la reflexión sobre el laicado (y los
religiosos) estaba ausente. Resultado: una concepción bien piramidal en cuanto
a autoridad, disciplina, iniciativa… Ello no implicaba, por supuesto, la ausencia
de los “fieles”, quienes actuaban su vida cristiana, practicaban la religiosidad
popular, y realizaban obras caritativas, hasta expresiones de notable santidad
como es el caso de un Tomás Moro, una Teresa de Jesús y un José Gregorio
Hernández.
El Concilio Plenario o Sínodo Nacional de Venezuela (2000-2006) en uno de
sus 16 documentos, el dedicado a los laicos, expuso muy bien esta materia con
su metodología de ver-juzgar-actuar; destacó, justo al comienzo, una
significativa afirmación con tintes de proclama: “Los signos de los tiempos
muestran que el presente milenio será el del protagonismo de los laicos”. Un innegable
desafío al ejercicio de la misión de estos en la Iglesia y en el mundo.
Afirmar el protagonismo laical no implica en modo alguno opacar el
papel del ministerio pastoral o jerárquico -fundado en la institución de los
Apóstoles por el Señor Jesucristo- pero sí lo relativiza dentro del conjunto eclesial
y, además, subraya el papel transitorio de obispos, presbíteros y diáconos para
el sólo tiempo del peregrinar de la Iglesia en la historia. En el cielo no
habrá jerarquía sino sólo la de Dios Trinidad y Cristo Señor.
Resulta clave, en consecuencia, identificar bien lo propio y peculiar del
laico, a saber, su condición secular (palabra procedente de saeculum
en latín, que quiere decir siglo, mundo), llamado, por tanto, a vitalizar la
convivencia humana histórica en el sentido del Evangelio, del amor. El laico se
ha de definir como miembro de la Iglesia en el corazón del mundo, constructor
de una nueva sociedad abierta a lo definitivo.
El laico está llamado a actuar en comunión con la jerarquía, con los
pastores, pero con responsabilidad inalienable. Tomando iniciativas que le
corresponden por su fe y su bautismo. No es un brazo largo del clero,
sino protagonista de una misión que le es propia, la evangelización de lo económico,
lo político y lo ético-cultural. Miembro participativo y corresponsable de la
comunidad eclesial, el campo propio de su misión evangelizadora es el ancho y
vasto mundo, comenzando por el inmediato familiar, que es su Iglesia doméstica.
Esta Venezuela en aguda crisis urge un laicado protagonista de nuevos
tiempos.
jueves, 19 de marzo de 2026
INTELIGENCIA ARTIFICIAL, VOLUNTAD NATURAL
Cuando se habla del cambio
situacional global contemporáneo se suele utilizar el calificativo epocal para
significar su magnitud y peculiaridad. No se queda, simplemente en algo grande,
impresionante. Es tan especial que para calificarlo hay que inventar un
término. Se trata de un cambio de época, cuyas manifestaciones se dan
particularmente en las ciencias de la vida y en la esfera comunicacional.
No es de extrañar que ante tan
peculiar metamorfosis no falten quienes piensan que estamos llegando a las
últimas páginas de la historia (tiempos apocalípticos), cosa que, por lo demás,
ya se ha dicho antes en tiempos de extraordinarias transformaciones. Conviene a
este propósito recordar que el paso de lo temporal a lo definitivo,
escatológico, es secreto de quien tiene en sus manos el poder supremo, creativo.
Si es así, podría pensarse que en los inicios de este tercer milenio estaríamos
apenas comenzando a tejer historia.
Lo cierto es que lo que está
sucediendo con la inteligencia artificial es algo que supera lo inimaginable y
deja en el estupor. Y, más cierto todavía, que lo por ver dejará pequeño a lo visto.
Un pensamiento que surge fácil en
medio de la estupefacción es que parecería que el ser humano se desvanecerá
ante la dimensión y el poder de la máquina. Y que robots y utensilios por el
estilo serán entes más útiles y confiables que el frágil homo del
devenir histórico. Y que ya no será necesario pensar, porque habrá otro que lo
hará -y todavía mejor - que nosotros. Y que pensando, ni se cansará, ni se
aburrirá.
La inteligencia artificial -apenas
en sus comienzos- constituye un imponderable desafío a la actual humanidad. El Génesis
dice que el Ser Supremo hizo al hombre a su imagen y semejanza. Cabe pensar
entonces que ésta tiene bastante todavía por producir.
La inteligencia artificial
exige que tomemos en serio la natural con su haber, sus posibilidades, la
responsabilidad que exige y, sobre todo, su sentido -telos-. La Biblia
insiste, a este propósito, en el valor de la sabiduría, que es más que
simple conocimiento (ofrece, por cierto, un libro específico sobre el tema).
Es aquí donde el intelecto humano ha de tomar viva conciencia de que no se
da como única facultad del hombre, que es espíritu in-corporado. A más
de la inteligencia, que adquiere sus ideas abstrayéndolas de los datos
sensoriales y tiene como horizonte la verdad, el hombre cuenta con otra
facultad, la voluntad, cuyo objetivo es el bien, el cual introduce
al mundo de los valores, a la esfera de lo ético, es decir, a lo más profundo y
trascendentemente personal.
Una afirmación iluminadora en
este tema es la definición que ofrece Juan en su Primera Carta: “Quien
no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4, 8). Allí
aparece que lo más definitorio humano no es el conocimiento, sino la
orientación de la voluntad y la realización de ésta en el amor, que teje
la comunión interpersonal. En el “último día” seremos juzgados, no simplemente
en base al producto de nuestras manos o al contenido y producto de nuestro
cerebro, sino, fundamentalmente, a la orientación de nuestro corazón. Léase, al
ejercicio de nuestra libertad, como escogencia personal ante lo que la
inteligencia le presenta como bien y la conciencia como deber.
La inteligencia artificial es un
instrumento que amplía de modo inimaginable el conocimiento y la praxis del ser
humano; pero es eso, un instrumento que la persona y su comunidad han de
utilizar para su perfeccionamiento, el cual se ha de orientar hacia la verdad y
el bien y, en última instancia, hacia el amor.
El problema clave no es lo que el
hombre alcance o no con la inteligencia natural ayudada por la artificial, sino
lo que el ser humano haga con ésta de bueno. Lo definitivo lo juega la voluntad
en el ejercicio de la libertad. Y la persona alcanza su plenitud mediante la
decisión existencial que pone la voluntad al servicio de lo noble y digno, hacia
la construcción de sí mismo en amoroso relacionamiento con Dios y con el
prójimo.
Una antropología integral implica
desarrollar y articular las potencialidades del ser e instrumental humanos y,
por ende, de la inteligencia artificial, hacia la mayor y mejor auto
realización y relación interpersonal.
domingo, 8 de marzo de 2026
RECONSTRUCCIÓN CULTURAL DE VENEZUELA
Cultura es un término manejado en muchos sentidos, pero hay dos de primer orden que nos interesan aquí, a saber, uno de carácter sectorial y otro global.
En sentido restringido lo cultural se usa para denominar principalmente el
campo de lo artístico y literario, algo que suena “elitesco” y refinado y se
aplica a determinadas obras, actividades, centros e instituciones.
En sentido amplio, cultura se refiere al modo como los pueblos desarrollan
su múltiple relación con la naturaleza, con el prójimo, consigo mismo y con
Dios. En esta interpretación cultura globaliza el quehacer humano,
abarcando tanto lo cotidiano y popular como lo más cultivado; comprende así la
totalidad de la vida de un pueblo, particularizándose también según tiempos y espacios;
tiene que ver tanto con lo instrumental, como con lo institucional y lo ideal
valorativo. Puede hablarse así de cultura y culturas, al igual que de
identidades y de encuentros de culturas como la que se dio hace unos cinco
siglos entre lo hispano y lo indígena.
En esta acepción de cultura como englobante de lo social, se
pueden distinguir tres ámbitos: el económico (relativo al tener), el político
(concerniente al poder) y el ético-cultural (campo de lo valorativo personal y
relacional, de lo espiritual y ecológico, y por supuesto de lo artístico y
literario).
Bajando a tierra se puede entonces afirmar que la crisis venezolana de
estos últimos tiempos es cultural. En efecto es económica (caída dramática de
la producción, inflación, empobrecimiento generalizado), política (proyecto
totalitario, disolución del estado de derecho, vaciamiento de lo
constitucional) y ético-cultural (ruptura de una sana convivencia, galopante
corrupción, hegemonía comunicacional).
Cuando se habla de recuperación o reconstrucción del país es imprescindible,
por tanto, tener en cuenta la dimensión y los varios aspectos de la crisis nacional,
acentuada en lo que va del presente siglo y milenio y que, entre otras, ha propiciado
la intervención norteamericana del 3 de enero. Es ineludible una revisión a
fondo -el vocablo exacto sería conversión- que concierne a cada
venezolano, comenzando por uno mismo y el grupo familiar y social en el que se encuentra
inmerso. El yo-no-fuimismo es lo más expedito en estos casos para eludir
el problema. Una actitud que denunció fuertemente Jesús en su predicación fue
la del fariseísmo, consistente en juzgar al otro y justificarse a sí
mismo; echar la culpa y no asumirla, eludiendo una sincera y efectiva conversión.
En esto no se puede cambiar de escenario sin cambio de los protagonistas del
drama o tragedia, en la medida obviamente variada de responsabilidades, que
sólo Dios conoce a fondo.
Es preciso ir a la raíz y dimensión de los problemas y no contentarse con
soluciones parciales, epidérmicas, o restringirse a los efectos sin enfrentar
las causas. De allí la importancia de lo que se debe hacer en el campo familiar
y educativo, así como lo tocante a la responsabilidad de las instituciones
religiosas. No es indiferente o de poco valor la estructuración y
funcionamiento de la familia venezolana matricentrada, o la reducción del
aporte educativo a lo meramente técnico y pragmático. Valores como
responsabilidad, solidaridad, participación, derechos y deberes humanos,
apertura ética y religiosa están en la base de una convivencia deseable y
obligante. En lo que respecta a las instituciones religiosas es básica la
conjunción de lo trascendente y lo terrenal, evitando concepciones alienantes
del compromiso histórico. En lo que toca directamente a los católicos -mayoría
en el país- la Doctrina Social de la Iglesia es un conjunto de
principios, criterios y orientaciones para la acción, que urge conocer y
aplicar.
Al hablar de la presente grave crisis es obvio que no se la puede aislar
del conjunto histórico nacional. Hay deudas y errores de larga data. Pero el
desafío hay que asumirlo seriamente ahora hacia la edificación de una nueva
sociedad como convivencia justa, libre, solidaria, pluralista, democrática,
ética y religiosamente robusta. En marco humanista cristiano me gusta recordar
aquella sentencia del sacerdote en el Edipo Rey de Sófocles: “Nada son
los castillos, nada los barcos, si ninguna persona hay en ellos”.
domingo, 22 de febrero de 2026
CAMINO DE DAMASCO
El camino de Damasco fue hace unos dos mil años escenario de un cambio de gran repercusión histórica. Pablo, judío radical, formado en la línea rígida, legalista, del farisaísmo, y convertido en activo perseguidor la una secta emergente que sería llamada el camino, se dirigía a la ciudad siria en misión oficial con clara intención punitiva.
El libro Hechos de los Apóstoles ((9, 1-9) narra el trascendental
episodio de la conversión del acérrimo enemigo a fogoso militante de la nueva
agrupación religiosa de cristianos, que se abría paso en el amplio mundo
helenista. Fue un cambio en profundidad, que repercutió progresivamente en el
ámbito del Imperio Romano confiriendo al evangelio en efectiva universalidad.
Conversión, ética y psicológicamente hablando, significa
cambio, pero en profundidad. No es simple superficial mudanza y, menos,
cosmética afectación. Es honda reorientación de la libertad y su escala de valores.
El ser humano como sujeto de libertad es agente de cambio. Para bien o para
mal. El ejemplo de la fruta prohibida escogida por Adán en los inicios de la
humanidad, como relata el Génesis, es muestra patente. Pero hay elecciones
para bienes grandes, y muy grandes. Jesús comenzó su predicación con un vivo
llamado a la conversión; y la vida cristiana, para no hablar de la creyente y
humana en general, es permanente reclamo a una positiva reorientación personal.
La cual es fruto de la voluntad humana, ciertamente, pero también y, sobre
todo, don divino.
Mientras el hombre peregrino en su recorrido temporal está invitado a
progresar y a cambiar y convertirse hacia lo que Dios le establece como meta
suprema y la propia conciencia vislumbra. La esperanza constituye, en este
sentido, un horizonte abierto como propuesta y exigencia.
La historia es escenario de incansables mudanzas. Y tenemos que actuar
siempre las mejores. Así como nunca excluir la posibilidad de conversión. En
este contexto la reconciliación como reencuentro es, felizmente, posibilidad
siempre presente e interpelante en el acontecer humano. Al igual que el
arrepentimiento y el perdón. Éste, que no está divorciado de la justicia y la
reparación, prepara y acompaña a la reconciliación hacia cambios constructivos.
Son categorías que tejen la convivencia de seres humanos, libres y llamados a
la bondad, pero permanentemente tentados. No sin razón cuando los discípulos de
Jesús le pidieron al Maestro que los enseñase a orar, él les entregó la oración
del Padre Nuestro, que termina invocando la liberación de tentaciones. La
experiencia ha elaborado un refrán: “la tentación hace al ladrón”.
Con respecto a reencuentros, la caída del Muro de Berlín me enseñó mucho. La
división de esa ciudad la percibí de cerca. Estuve allí antes, durante y ya caído
el muro; también en el cincuentenario de su construcción. Cuando lo contemplaba
pensaba en la tragedia que acompañaría su demolición: enfrentamientos, muertes,
persecuciones… Pero ¿Qué pasó? Que yo sepa no hubo ningún ahorcado, fusilado o
cosas por el estilo. La reunificación alemana se dio, obviamente con sus
tensiones y altibajos, pero sin catástrofes.
Recuerdo esto a propósito de la reunificación de Venezuela. Es norte
es claro y obligante: reconstitucionalización, democratización, reinserción de
emigrados, reencuentro ciudadano, paz. Urgen cambios y conversiones. Juntar justicia
y perdón, reparación y reconciliación y factores semejantes no es fácil, pero
sí imperativo. Debemos amasar el futuro con mucha esperanza. Cristianos,
creyentes y compatriotas todos en general, debemos desempolvar principios sanos
y atornillar obligantes compromisos.
Después de casi tres décadas de descarrilamiento es preciso recomponer vías
superando proyectos totalitarios, ensimismamientos partidistas, encajonamientos
ideológicos. Reunir la familia venezolana vaciada con una cuarta parte de
emigrados y dividida con enguerrillamientos internos. No olvidemos la
advertencia del Señor: “Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no
podrá subsistir” (Mc 3, 25).
Pablo en camino hacia Damasco, de fundamentalista
y perseguidor se convirtió en apóstol de buena nueva y constructor de
comunidades en la línea de la hermosa y exigente ley suprema del amor.
sábado, 7 de febrero de 2026
ALFABETIZACIÓN CÍVICA
Un ciudadano común no tiene por qué conocer los nombres de los directivos
de la asamblea nacional ni de los ministros en ejercicio, como tampoco el
listado de códigos que rigen el ordenamiento de la República ni de los
convenios internacionales vigentes. Pero hay algunas cosas que sí resultan de
conocimiento obligante y constituyen una especie de abc en materia de orientación
cívica.
En un pequeño libro titulado Doctrina Social de la Iglesia (DSI), que
escribí y subí a mi blog perezdoc1810.blogspot.com, luego de sintetizar algunos
temas fundamentales en esa materia, incluí algo que entiendo como de conocimiento
básico y necesario para un ciudadano común y corriente de este país: el Prólogo
y los Principios Fundamentales de nuestra Constitución, así como
la tabla de la Declaración universal de derechos humanos proclamada por
la ONU en 1948. Por cierto que hace poco en un encuentro con jóvenes
universitarios comprometidos en servicios sociales de variada índole les
preguntaba si habían leído alguna vez esos textos y respondieron negativamente.
El principio filosófico básico de que “la raíz de la voluntad está en el
intelecto” se refleja en una frase sencilla corriente: “nadie quiere lo que no
conoce”. Las consecuencias de esto para un buen comportamiento ético y una
actitud constructiva social son más que evidentes. Si importante es saber sumar
y restar, igualmente o más es tener herramientas mentales básicas para fundamentar
una convivencia humana digna de tal nombre.
Hay dos ejemplos que me gusta recordar. El primero es el del Arzobispo de
Caracas Rafael Arias Blanco (autor de la carta pastoral que contribuyó sensiblemente
a la caída de una dictadura en enero de 1958); él, unos años antes, en un
catecismo para los primeros grados de instrucción elemental, había introducido
ya una lección sobre DSI; dos décadas después el Papa Juan Pablo
II, en un documento sobre la formación de la fe, afirmó que la instrucción en
esa materia social debía estar presente desde los inicios mismos de la
enseñanza catequística.
La corresponsabilidad de todos los ciudadanos en la construcción de la polis
exige un conocimiento de los principios básicos del ordenamiento constitucional
del país, de los derechos humanos -que tienen como su otra cara los deberes-,
de elementos teóricos y orientaciones prácticas elementales que estimulen el
compromiso de personas, familias y grupos sociales por el bien común y la
participación cívica también electoral. En este orden de cosas se inscriben los
elementos fundamentales de la política como realidad en la cual estamos
inmersos desde nuestro nacimiento y en que hemos de participar en diversas
formas según capacidades, vocaciones, circunstancias y oportunidades. Es
oportuno recordar que en nuestras escuelas se estudió en un tiempo Moral y
Cívica”, y en 1992 se inició el Programa Educación Religiosa Escolar
(mediante un convenio Estado-Iglesia) oficialmente marginado por el nuevo
régimen. Eran valiosos instrumentos ad hoc.
Los sistemas dictatoriales y totalitarios no brotan y crecen en el vacío
(ámbito que, por lo demás, algo o alguien llena siempre). A veces se usa entre
nosotros la expresión “no somos suizos” para explicar comportamientos sociales
anárquicos o manejos gubernamentales arbitrarios. Se olvida que lo
definitivamente determinante en un pueblo no es la geografía, sino su educación
y el manejo de su libertad. Teniendo presente, sin embargo y obviamente, que lo
intelectual y volitivo no se dan en el ser humano al estado puro y que ese
mismo está siempre debilitado tanto por la tentación como por el pecado. Un
experimentado escritor latino antiguo dejó una expresiva sentencia: “veo y
pruebo lo mejor pero sigo lo peor”.
Por último, si importante nos es el conocimiento de las ciencias y dentro
de ellas las sociales y políticas, lo que definitivamente interesa es la
rectitud ética y espiritual en el actuar.
De allí lo clave de cultivar y poner por obra valores que generen
autenticidad personal y positividad societaria. No en vano ha quedado como
brújula para la posteridad aquello de Simón Bolívar de que “moral y luces son
nuestras primeras necesidades”.
domingo, 25 de enero de 2026
IGNORANCIA CIUDADANA CULPABLE
Un ciudadano común no tiene por qué conocer los nombres de los directivos
de su asamblea nacional ni de los ministros en ejercicio, como tampoco el
listado de códigos que rigen el ordenamiento de la República ni de los
convenios internacionales vigentes. Pero hay algunas cosas que sí resultan de
conocimiento obligante y constituyen una especie de abc en materia de orientación
política.
En un pequeño libro titulado Doctrina Social de la Iglesia, que
escribí y subí a mi blog perezdoc1810.blogspot.com, luego de abordar algunos temas
fundamentales en esa materia incluí algo que entiendo como de conocimiento
básico y necesario para un ciudadano común y corriente de este país: el Prólogo
y los Principios Fundamentales de nuestra Constitución, así como
la tabla de la Declaración universal de derechos humanos proclamada por
la ONU en 1948. Por cierto que hace poco en un encuentro con jóvenes
universitarios comprometidos en servicios sociales de variada índole les
preguntaba si habían leído alguna vez esos textos y respondieron negativamente.
El principio filosófico básico de que “la raíz de la voluntad está en el
intelecto” se refleja en una frase sencilla corriente: “nadie quiere lo que no
conoce”. Las consecuencias de esto para un buen comportamiento ético y una
actitud constructiva social son más que evidentes. Si importante es saber sumar
y restar, igualmente o más es tener herramientas mentales básicas para fundamentar
una convivencia humana digna de tal nombre.
Hay dos ejemplos que me gusta recordar. El primero es el del Arzobispo de
Caracas Rafael Arias Blanco (autor de la carta pastoral que contribuyó
poderosamente a generar la caída de una dictadura en enero de 1958); él, unos
años antes, en un catecismo para los primeros grados de instrucción elemental, había
introducido ya una lección sobre Doctrina Social de la Iglesia; dos
décadas después el Papa Juan Pablo II, en un documento sobre la formación
de la fe, afirmó que la instrucción en esta materia debía estar presente desde
los inicios mismos de la enseñanza catequística.
La corresponsabilidad de todos los ciudadanos en la construcción de la polis
exige una formación correspondiente en los principios básicos del ordenamiento
constitucional del país, de los derechos humanos -que tienen como su otra cara
los deberes-, de elementos teóricos y orientaciones prácticas que estimulen el
compromiso de personas, familias y grupos sociales por el bien común y la
participación cívica también electoral. En este orden de cosas se inscriben los
elementos fundamentales de la política como algo en lo cual estamos inmersos
desde nuestro nacimiento y llamados a tomar parte en diversas formas según
capacidades, vocaciones, circunstancias y oportunidades.
Los regímenes dictatoriales y los sistemas totalitarios no brotan y crecen
en el vacío. No olvidando, por lo demás, que los vacíos los llena siempre algo
o alguien. A veces se usa entre nosotros la expresión “no somos suizos” para
justificar realidades marcadas o por comportamientos sociales anárquicos o por
manejos gubernamentales autoritarios. Se olvida que lo definitivamente
determinante en la persona no es la geografía, sino su educación y el manejo de
su libertad. Teniendo presente, además, que lo intelectual y volitivo no se dan
en el ser humano al estado puro y que en ese mismo ser siempre están dando
vueltas tanto la tentación como el pecado; en este sentido no hay que olvidar una
vieja sentencia latina: “veo y pruebo lo mejor pero sigo lo peor”.
Por último, si importante nos es el conocimiento de las ciencias y dentro
de ellas las sociales y políticas, lo que definitivamente interesa es la
rectitud ética y espiritual en el actuar.
De allí lo clave de cultivar y poner por obra valores que generen
autenticidad personal y positividad societaria. No en vano ha quedado como
brújula para la posteridad aquello de Simón Bolívar de la moral y las luces
como primeras necesidades.
lunes, 12 de enero de 2026
COMUNIDAD POLÍTICA CREYENTE
Una lección de origen aristotélico y usada para justificar el pensar filosófico es la siguiente: “¿Que no hay que hacer filosofía? Eso es ya filosofar”. Se legitima simplemente porque el pensar filosófico se refiere a preguntas y respuestas últimas sobre las cosas.
Esto me recuerda lo que -el ahora canonizado santo- José Gregorio Hernández
escribió en el Prólogo de sus Elementos de Filosofía: “Ningún
hombre puede vivir sin tener una filosofía (…) En el niño observamos que tan
luego como empieza a dar indicios del desarrollo intelectual, empieza a ser
filósofo: le ocupa la causalidad, la modalidad, la finalidad de todo cuanto
ve”.
Algo semejante puede decirse sobre el quehacer político del ser humano en
el mundo. El negarlo como realidad es ya afirmarlo. Porque nace, se desarrolla
y muere en sociedad. Así cuando alguien dice que “no se mete” en política, la
verdad es que está ya metido, aunque sea mal metido o pretendiendo una
inconsistente “neutralidad”. El término política equivale a ciudadanía (vocablos
que vienen de civitas y polis, latino y griego, que se traducen
por ciudad).
Uno nace, pues, político y filósofo. Porque Dios nos creó a los seres
humanos sociales y pensantes. Seres relacionales y preguntones.
Ahora bien, la confusión en lo político viene de no aclararse debidamente los
modos de darse y actuarse la ineludible politicidad. Se pueden señalar,
en efecto, tres niveles o maneras de entenderse la palabra política:
a) como actuación ciudadana simplemente tal, b) como alineamiento partidista,
es decir en grupos dirigidos a tomar, ejercer, recuperar el poder o autoridad
en la comunidad civil, política, c) como ejercicio de este poder.
Cuando se habla de la relación Iglesia-política hay que tener bien presente
el sentido en que se asume Iglesia, pues este término ofrece tres
acepciones: a) comunidad de creyentes, b) sector de los laicos o
creyentes caracterizados por su presencia en el mundo para transformarlo en la
línea del Evangelio, c) jerarquía o conjunto de ministros al servicio
autorizado de la comunidad eclesial.
Cuando se combinan la tríada de niveles con la de acepciones
resulta, por ejemplo, que la jerarquía no puede evadirse de su
corresponsabilidad ciudadana, pero su tarea no es- ni puede ser partidista ni de
ejercicio de poder; y que el laico está en la política, en todas sus
acepciones, como pez en el agua y su compromiso depende entonces de
capacidades, circunstancias, inclinaciones, oportunidades.
La historia, por otra parte, ha registrado participaciones de la jerarquía en
política, que hoy se consideran ya inaceptables (pensemos en los estados
pontificios antes de la unificación italiana). Y hoy subsisten expresiones
peculiares de la relación Iglesia-política normalmente aceptadas (Estado de la
Ciudad del Vaticano, diplomacia pontificia, concordatos). La Iglesia es una
entidad histórica y no puramente espiritual. De modo que la relación
Iglesia-política no se la puede despachar con formulaciones simplistas. Lo que
sí es cierto que la misión evangelizadora del llamado Pueblo de Dios le impone
una dinámica fundamentalmente ético-espiritual en su etapa de peregrinaje
terreno, temporal. Y lo cierto también es algo que el Concilio Plenario de
Venezuela destacó en su documento 13, que es una especie de manual de Doctrina
Social:
“Una
de las grandes tareas de la Iglesia en nuestro país consiste en la construcción
de una sociedad más justa, más digna, más humana, más cristiana y más
solidaria. Esta tarea exige la efectividad del amor. Los cristianos no pueden
decir que aman, si ese amor no pasa por lo cotidiano de la vida y atraviesa
toda la compleja organización social, política, económica y cultural”. Aquí Iglesia
se entiende en su sentido global (CIGNS, 90).
El
presente artículo busca facilitar la comprensión del tema explicitando los
sentidos de las palabras clave, que si no, se vuelve todo un revoltillo con la
inevitable confusión resultante. Todos, creyentes y no creyentes, en nuestra
cédula de identidad tenemos necesariamente esta inscripción: “político de
nacimiento”.
jueves, 1 de enero de 2026
FORMACIÓN DE CUADROS
Los desafíos que plantean las novedades históricas para nuestra Iglesia y su marco situacional nacional y global han de llevan a una actualización continua con miras a respuestas que correspondan a la densidad y amplitud de los escenarios en los cuales se sitúa la misión evangelizadora y el quehacer concreto.
La historia es continuidad y ruptura, herencia y creación continua por su condición
temporal, que es permanente sucesión. Hay momentos, y en uno de ellos estamos,
en que ésta se manifiesta de modo extraordinario si se toman en cuenta la
profundidad y alcance de los cambios.
Quienes protagonizaron el Concilio Plenario de Venezuela, muy conscientes
de lo anterior, formularon toda una serie de decisiones y propuestas como
respuesta a la realidad nacional y a las perspectivas que encaraban. Ello los
llevo a producir 16 documentos sobre los principales aspectos que reclamaban la
atención de la Iglesia en las varias dimensiones de su misión. A 25 años del inicio
de aquella asamblea el balance de aplicación, que registra innegables
aplicaciones, exhibe también decisiones que esperan adecuada respuesta. A ello
habría que añadir nuevos desafíos que esperan ineludibles compromisos.
Nada decide la voluntad que antes no haya pasado por la inteligencia. Esto
lleva a la necesidad de una formación adecuada para una respuesta conveniente.
El compromiso cristiano y el de la comunidad Iglesia reclaman una formación
correspondiente e las tareas que se plantean en el escenario de la acción. Una
tarea fundamental consiguientemente es la educación que haga posible un actuar
a la altura de las exigencias.
Individualmente y con las comunidades en que está integrado, el creyente
debe prepararse en doctrina y práctica para ponerse a la altura de las
exigencias situacionales que les plantea el ejercicio de la encomienda
evangelizadora.
Urge, por tanto, la organización de iniciativas y de centros formativos que
capaciten para el ejercicio de la misión en sus diversos campos de quehacer. Y
esa formación ha de tenerse en los varios niveles de Iglesia y en los diversos
sectores del Pueblo de Dios. A título de ejemplo valga la pena recordar que el
Arzobispo de Caracas Arias Blanco por los años cincuenta del siglo pasado y el
Papa Juan Pablo II unos veinte años después a propósito del Sínodo sobre
Catequesis, subrayaron la necesidad de preparar en Doctrina Social de la
Iglesia a partir de la etapa más elemental de la formación en la fe.
¿Cómo se está hoy en materia de formación del laicado, cuya misión es una
presencia transformadora en el mundo a la luz del Evangelio? A menudo se espera
ver florecer lo que no se ha sembrado, o se tienen que llorar las consecuencias
de la ausencia de orientaciones sociales en los ámbitos económico, político y
ético-cultural, tarea a la cual no se le ha dado la importancia que merece. Hay grandes vacíos que es preciso llenar.
El Concilio Plenario de Venezuela insistió por activa y por pasiva en este
aspecto de la necesidad de formación. Como ejemplo valga el Desafío 3, del
documento 7 sobre los laicos: “Proporcionar a los laicos, en todas las etapas
de su vida, una formación desde la fe integral, gradual y permanente”. Laicos y no laicos hemos de actuar esta
interpelante, básica y urgente tarea.
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