domingo, 6 de septiembre de 2026

SOBERANO EXTRAVIADO

     En la Constitución de 1999  el artículo 5 reza así: “La soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, quien la ejerce directamente en la forma prevista en esta Constitución y en la ley, e indirectamente, mediante el sufragio, por los órganos que ejercen el Poder Público”.

     El Concilio Vaticano II subrayó que “la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se deje a la libre designación de los ciudadanos. Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizare siempre dentro de los límites del orden moral para procurar el bien común” (Gaudium et Spes 74). En el siglo XVIII, de novedad democrática, Rousseau formuló en su Contrato social la soberania popular como expresión de la voluntad general, que no puede ser ni alienada ni dividida (1.II, 4). Para el creyente la soberanía a nivel absoluto remite al Creador y su ejercicio humano tiene un encuadre ético.

     La soberanía como poder supremo del Estado con respecto a los ciudadanos conforma una autoridad  indispensable en la comunidad política y tiene como sentido la búsqueda del bien común, que “abarca el conjunto de aquellas condiciones de la vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección” ( Juan XXIII en la encíclica Mater et Magistra 417).

     El soberano como concepto constituye una abstracción, cuyo correspondiente real es el conjunto de los ciudadanos agrupados en una unidad social reconocida con autonomía política en el escenario internacional. De este significado concreto derivan serias consecuencias para la interpretación, aplicación y vivencia efectivas de la soberanía, tanto en el ámbito político estricto, como en el más amplio ético-cultural. Pensemos, por ejemplo, en lo que significa concebir la soberanía popular como sola formalidad o en perspectiva nominalista, o asumida como simple praxis  de ciudadanos con escasa o nula educación cívica. No puede  hablarse de una auténtico ejercicio de la soberanía popular en un régimen de fuerza,  en un sistema de procesos electorales manipulados. Y hablando en positivo, una genuina expresión soberana postula una educación cívica elemental, un real estado de derecho y un comportamiento responsable de los ciudadanos en materia política y moral. 

     La experiencia venezolana de las últimas décadas constituye una grave interpelación. A la actual situación de desconcierto social, fragilidad institucional, vacío democrático, marginación constitucional no se ha llegado por fatalidad natural sino por irreponsabilidad histórica. Por fallas en los sujetos de la polis. Hay una frase que a menudo se usa como burladero:  “no somos suizos”. No se toma conciencia de que éstos son “tales”, no por el lugar de nacimiento y causas naturales, sino por factores culturales tales como educación, tradición, estado de derecho, solidez institucional.

     El citado artículo 5 de la CRBV en la realidad  nacional aparece como colgado en el aire. Comenzando por la inconstitucionalidad reinante y porque al soberano se lo tiene amordazado, paralizado; aparte del descuido formativo para su actuar responsable, en lo cual buena parte ha tenido el liderazgo político partidista.  Se ha entendido el poder de modo preponderante como instrumento de lucro, prestigio y dominación, al igual que fruto privilegiado de astucia operativa.

     El soberano real somos los venezolanos de carne y hueso. Esto urge una pedagogía responsable de las instituciones civiles, los entes educativos, las agrupaciones religiosas y partidistas,  con miras a formar a sus miembros para un responsable protagonismo democrático, soberano. A las entidades religiosas les corresponde una obligación especial; pienso de modo particular en la Iglesia católica, por congregar a la gran mayoría de los venezolanos y disponer de un instrumento valioso como es la Doctrina Social de la Iglesia.

jueves, 20 de agosto de 2026

CONVERSIÓN Y CAMBIO POLÍTICOS

 

    Están en marcha conversaciones con respecto a cambios que urge el país, hacia un modelo bien diferente -por no decir en las antípodas- del que ha sufrido en lo que va de siglo. El proceso no es nada fácil por la naturaleza impositiva del Régimen.

     Exigencia fundamental en reuniones del género es la apertura a modificar posiciones propias con el fin de lograr entendimientos en asuntos fundamentales para una genuina convivencia. El término diálogo es exigente para calificar este tipo de intercambios, pues entraña disposiciones éticas y espirituales no pequeñas, como ponerse en el lugar del otro; experiencias cercanas que lo han malbaratado  han llevado a marginar el  empleo de aquel vocablo. Hablando de acuerdos hacia una sociedad emancipada y de justicia social se cuenta con iluminaciones valiosas como las de Jurgen Habermas y su teoría crítica.   

    En cuanto a categorías que ayuden en la presente materia tenemos dos que ofrecen, en perspectiva antropológica,  un denominador común, pero guardando notable distinción: cambio y conversión.  La primero es genérica, y la segunda específica, por lo que toda conversión es cambio, pero no todo cambio es conversión. Aquél toca comportamientos, actuaciones, algo bien observable,  mientras que ésta va más en profundidad e implica orientación de la conciencia.

     Un ejemplo vivo de conversión es lo que  la Biblia narra  sobre lo acaecido con el judío Saulo (Pablo), quien de encarnizado perseguidor de cristianos paso a ser el evangelizador por excelencia en el ámbito helenístico. Otro caso notable es el de Agustín de Hipona como testimonian sus Confesiones. En la contemporaneidad tenemos a la filósofa Edith Stein, judía, carmelita, mística y fenomenóloga, mártir del nazismo en el campo de Auschwitz.

     En la conversión se produce una mudanza radical en la tabla de valoraciones. No se trata, en efecto, de un cambio de traje o de modales, un resituar la silla en una mesa de conversaciones, sino de una revisión existencial, redireccionando la brújula personal y reformulando horizontes. Algo no fácil, pero tampoco insólito  en un ser humano,  que es consciente y libre aparte de contar con el auxilio de Dios. En cuanto a construir entre distintos una sociedad libre y solidaria es iluminadora la  propuesta de Jurgen Habermas con su teoría crítica y su insistencia en la confluencia a través del lenguaje y el diálogo.

     Bajando a lo concreto situacional venezolano, se hace obligante e imprescindible un viraje en profundidad, económico, socio político y ético cultural, hacia una convivencia institucional democrática, luego del largo predominio de un proyecto -Socialismo del Siglo XXI- que el Episcopado ha calificado, sin ambages, de totalitario. El cambio exige una reorientación ciudadana, la más amplia y honda posible,  en la línea de un efectivo compromiso para  construir de una “nueva sociedad”. Ello exigirá en no pocos una verdadera conversión democrática. Cosa nada fácil cuando por dos décadas la orientación oficial se ha vaciado en módulos impositivos, inquisitoriales, excluyentes. Jóvenes generaciones han respirado sólo aires políticos represivos.

     Las conversaciones para la transición hacia una polis pluralista se dificultan por cuanto uno de los interlocutores está dominado por una mentalidad unilateral, excluyente, que cede sólo ante la presión de tutores o la inevitabilidad de alternativas. Está siempre a la defensiva de lo adquirido antes que en positiva búsqueda de nuevos caminos de convivencia. La convergencia es fruto entonces, no de convicción sino de foránea imposición o de forzada concesión. Ejemplos concretos en la actualidad nacional es la liberación, sólo por cuotas, de presos políticos, y, de migajas apenas de la hegemonía comunicacional.

     Una sociedad democrática tiene la debilidad-fortaleza que es la de registrar en su ciudadanía grupos y personas de mente no democrática. Y permanecerá democrática en la medida en que éstos no alcancen el poder. Por eso una sociedad como la formulada en nuestra Constitución ha de estar atenta a 1)  educar al soberano en una libertad responsable, 2) crear elementos de protección de supervivencia libre y 3) estar vigilante ante “cantos de sirena” populistas y lobos con piel de oveja.

martes, 11 de agosto de 2026

ENCUENTRO FUNDACIONAL

 

    El libro bíblico del Éxodo (12) narra la institución de la Pascua, con la cena celebrativa central judía en que el sacrificio de un cordero celebra el paso liberador de Dios. El ritual define la pregunta que hacen los hijos a sus padres sobre el  significado de  lo que que se  festeja. El padre da el motivo: la liberación del pueblo de Israel dominado por el Egipto del Faraón y el inicio del Éxodo hacia la tierra prometida.

     Una canción coriana inspirada en ese diálogo refiere el encuentro fundacional de Venezuela, tejido por el conquistador español don Juan de Ampíes y el cacique caquetío Martín Manaure, caballeros los dos según la apreciación del cronista versificador don Juan de Castellanos. A  la sombra de un cují,  bajo el cual se tuvo la celebración de la primera Misa en la región, se dio  el nacimiento de lo que sería nuestro país, mestizo y católico, muy pronto constituido como provincia y también como diócesis (la primera que se creó, formó y perseveró en América del Sur).  La canción relata: “¨Por aquí comenzó, de médanos y sol, el cují nos dio la Cruz y El Carrizal una flor. Don Martín y don Juan, caballeros los dos, en Coro se encontraron, Venezuela comenzó”. La Cruz, elaborada con madera del histórico cují, se conserva  en monumento erigido en la Plaza San Clemente, en el corazón de la zona colonial; y la  flor simboliza la Virgen de Guadalupe, de quien  una pintura representativa recaló  a comienzos del siglo XVIII en playa cercana a La Vela y desde entonces se venera en el vecino poblado de El Carrizal (ahora, desde 1928, como Patrona diocesana).

     El citado cronista ilustra lo amistoso del encuentro: el ibero, viendo en el caquetío “persona tan urbana (...) diole noticia de la fe cristiana” y lo preparó al bautismo, que recibió junto con la familia.  Fue un inicio pacífico, bien distinto del belicoso y paralizante que había fracasado en el oriente cumanés. El “por aquí” coriano ubica las bases estructurales de Venezuela en su provincia y diócesis (1531)  primeras.

     Se avecina el quinto centenario de la fundación de “Nuestra Señora Santa Ana de Coro” (26 julio 1527). El acontecimiento reclama una digna celebración, no sólo regional, sino también nacional. Fue el origen de una ciudad y con ella de un país, nuestro país.

     El escenario criollo de la conmemoración es desafiante. El encuentro amistoso fundacional interpela a los venezolanos de hoy,  en seria confrontación, de la cual palmaria expresión  constituyen a) la cuarta parte de la población forzadamente emigrada b) centenares de presos por disentir de lo que los gobernantes piensan y quieren y c) una hegemonía comunicacional tendiente a la homogeneización ideológica del pensamiento ciudadano.

     Felizmente el tiempo humano es, en perspectiva de lo disponible y operable, sólo un fugaz presente en apertura dinámica a un porvenir, que pasajero también, encierra posibilidad y entraña corresponsabilidad. Lo que pudo haber sido y no fue se queda en simple posibilidad, lamento o advertencia. Lo que  interesa es sacar lecciones para la construcción de un futuro consistente, deseable u obligante. San Pablo da a este propósito un sabio consejo: “lo que sí hago es olvidarme de lo que queda atrás y esforzarme por alcanzar lo que está delante, para llegar a la meta” (1 Cor 3, 13-14).

     Todo proceso de cambio entraña cosas de las cuales es preciso responsabilizar y responsabilizarse.  Pero la actitud rectora ha de ser eminentemente proactiva, constructiva. El Episcopado venezolano ha subrayado, ante la grave crisis, la necesidad de una refundación nacional, de un reencuentro venezolano en profundidad, apelando a lo mejor de nuestra tradición histórico cultural y de la herencia cristiana.

     Un factor negativo resaltante y causa patente del desastre venezolano ha sido un dañino nominalismo institucional, jurídico y, específicamente, constitucional. Nuestra Constitución, perfectible ciertamente,  constituye un conjunto apto para regir ordenada y democráticamente el país. Basta leer su Preámbulo y sus Principios Fundamentales, y, como muestra, el artículo 6. Pero esos textos se han quedado en palabras vacías, simples nomina. Junto a la declaración suprema de derechos-deberes ha  dominado el panorama en estas últimas décadas un proyecto que el Episcopado no ha dudado en calificar de totalitario.

     A cinco siglos del encuentro nacional fundante de los caballeros don Martín y don Juan, la mejor celebración sería el hacer de esta tierra de gracia un país reconciliado consigo mismo en verdad y libertad, justicia y fraternidad.  

 

 

  

 

 

 

 

 

viernes, 24 de julio de 2026

PROPUESTA DE NUEVA SOCIEDAD

     Hablar de una nueva sociedad es referirse a una sociedad deseable, que responda a las varias exigencias del ser humano como persona y en su convivencia ciudadana. Dada la condición histórica del hombre, en continuo devenir, no se puede pensar en una estructura política definitiva, terminal, sino en una configuración siempre abierta a un ulterior desarrollo. El movimiento puede pensare aquí entonces como en dinámica asintótica, como proceso hacia un término siempre en cercanía.

     El Concilio Plenario de Venezuela (2000-2006) -asamblea pastoral la más importante en los quinientos años de la comunidad eclesial nacional- produjo un documento (el 3o. de 16) precisamente con el título  de Contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad y el cual, por su metodología de ver-juzgar-actuar, constituye una especie de manual de Doctrina Social de la Iglesia (DSI) aplicada a nuestro país. Hablar de ésta constituye, sin duda,  un tema de particular importancia en la actual circunstancia de nuestra nación, golpeada por terremotos y aquejada por una crisis global tan grave que urge una refundación nacional, como lo ha planteado repetidas veces el Episcopado.

     La referida crisis ha envuelto no sólo las instituciones de tipo constitucional, sino también  las estructuras económicas, políticas y ético-culturales, como consecuencia de la aplicación de un proyecto de corte totalitario denominado Socialismo del Siglo XXI. Éste ha llevado, entre otras cosas, a la eliminación, absorción, fraccionamiento y manipulación de partidos y otras organizaciones políticas en el marco de una estatización centralizada. Ello se dio luego de un pragmatismo empobrecedor y del vacío de una   educación cívica en los últimos tiempos de la llamada “etapa democrática”.

     En medio de la actual incertidumbre y de ambiguas y contradictorias propuestas,  se abren, sin embargo, horizontes de cambio que generan esperanza y animan el compromiso ciudadano. En este sentido, el pueblo  -“soberano”(CRBV 5)-  manifestó en su última decisión electoral (28. 7. 2024) qué camino, constitucional, quiere para el país en línea pluralista, reconciliadora, democrática. Una vía distinta de la impuesta en lo que va de siglo por un régimen opresivo monopolizador.

     En este escenario se revela de gran valor, utilidad y necesidad,  lo que la Doctrina Social de la Iglesia ofrece para la construcción de una nueva sociedad venezolana, especialmente luego de la exposición actualizada y animadora hecha por el Papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas.

      Antes de cualquiera otra observación valga recalcar los puntos siguientes: 1) La DSI no constituye un proyecto o programa político, sino que sirve de herramienta o material para ello; 2) no es propiedad   exclusiva de  ningún partido o movimiento, pues constituye propuesta abierta; 3) no conforma un conjunto teórico u operativo cerrado, sino en continua progresión y actualización; 4) es de la Iglesia, pero no confesional, doméstica, sino abierta “a todos los hombres de buena voluntad”  en  línea humanizadora, servicial. Sobre si es “ideología” o no, la respuesta queda abierta por la equivocidad de dicho vocablo.

     No es del caso  exponer aquí los fundamentos y principios de la DSI. El citado documento del Papa es bien claro, sintético y pedagógico al respecto, especialmente en sus dos primeros capítulos; y bien actualizado por su lúcida ubicación en la nueva era digital. Sí quisiera subrayar la utilidad y oportunidad de dicha enseñanza en esta Venezuela que urge reencontrarse consigo misma para entrar sólida y eficazmente en el nuevo siglo y el nuevo milenio.

     La DSI,  abierta al mundo, interpela, sin embargo, en primer término, a los católicos, cristianos, que creemos en un Dios Trinidad, Amor, que ha creado al ser humano para amar.  Es bastante diciente lo que subrayó el Concilio Plenario de Venezuela: “ “Los cristianos no pueden decir que aman, si ese amor no pasa por lo cotidiano de la vida y atraviesa toda la compleja organización social, política, económica y cultural. Por ello se tiene que promover  la civilización del amor como fuente de inspiración de un nuevo modelo de sociedad” (Doc. 3, 90).

 

 

sábado, 11 de julio de 2026

¡ABAJO CADENAS!

 La cercanía del 5 de Julio invita a una reflexión sobre libertad y esclavitud.

     León XIV en su reciente encíclica Magnifica Humanitas (MH) aborda el tema  propósito de la salvaguarda de la persona humana en estos tiempos de inteligencia artificial. Esto evidencia que esclavizar no es sólo una mancha del pasado, sino amenaza permanente durante el peregrina humano.   

     Con notable retraso la sociedad y la Iglesia condenaron esa terrible práctica, aceptada en Venezuela hasta la época de los Monagas en el XIX, siglo en que el flagelo encontró de parte de la Iglesia, “una condena formal, absoluta y universal” en particular con el Papa León XIII (ver MH 176). Es bien significativo que desde tiempos remotos la esclavitud había sido  institucionalizada, como lo demuestra la estructura triádica social de los griegos: ciudadanos/otros (extranjeros, comerciantes, artesanos/-esclavos.

     Lamentablemente la vergonzosa realidad humana de la esclavitud no se restringió a un ordenamiento formal, estamental, de la sociedad; se trataba, en efecto, de un relacionamiento  inhumano  manifestado de múltiples maneras y reflejo de la condición,no sólo débil e imperfecta, sino también pecadora, malvada, del ser humano. El filósofo Hobbes (+1679) llegó hasta formular la agresiva definición del “homo homini lupus” (el hombre, lobo para el prójimo), tratamiento extendido desde la relación persona-a-persona hasta lo  macropolítico. El egoísmo humano está tentado siempre de apetencias esclavistas, cuya manifestación  ha asumido en nuestro tiempo también el ominoso aparataje de redes, carteles y asociaciones mafiosas del más diverso género, que se tejen con la  gerencia de trata de personas y  comercio de órganos, para no hablar de los mercados de armas y una “normalización” de la guerra.

     La interpretación cristiana de la historia no es una  panglosiana evasión del conlicto, pero tampoco la de una interpretación trágica de cierre de horizontes. Desde el Génesis la historia se muestra como tensión, lucha entre el egoísmo y la comunión. La victoria total y definitiva de Cristo se entiende como horizonte de un peregrinaje histórico, que junto a lo mejor va inventariando también una crónica de lo peor.

     En el ámbito político y ético-cultural se puede hablar de tendendencias, mentalidades, ideologías esclavizantes. Éstas se podrían ejemplificar fácil y dolorosamente en la contemporaneidad con los totalitarismos nazi-fascista y comunista, de los cuales el Holocausto y los gulags quedaron como símbolos máximamente expresivos.

     Pero lo de esclavitud no se reduce a sus manifestaciones más aparatosas como las mencionadas; tiene formas más sutiles y maquillajes de imposición que la presentan como inofensiva y hasta conveniente. La manipulación y el dominio inhumanos se revisten de atractivos mediante mecanismos populistas, argumentos de necesidad y conveniencia. La esclavización tiende a transformarse en ambiente, que envuelve y transforma de modo sutil a personas y grupos sociales. El documento pontificio arriba citado Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial ofrece al respecto advertencias de suma importancia. Esclavizar es una tentación omnipresente: en personas y colectividades, ciudadanos y estados. Concierne a todos los ámbitos sociales; económico, político y ético-cultural.

     Bajando a tierra y circunstanciando ideas en lo acaecido en Venezuela durante este siglo y milenio podemos identificar  hechos y tendencias manifiestamente esclavistas de parte oficial. Símbolos patentes son la hegemonía comunicacional, los presos políticos, el estatismo económico, el silencionamiento del soberano y el monopolio ideológico educativo. Todo ello contradiciendo preceptos constitucionales, exigencias del estado de derecho y requerimientos básicos de derechos humanos. No sin razón el Episcopado Venezolano calificó en repetidas ocasiones al régimen del Socialismo del Siglo XXI como proyecto de corte totalitario. 

     Liberar de la esclavitud, llamado del himno patrio, es una consigna que tiene sentido en la  Venezuela actual, desafiada para constituirse como nación genuinamente democrática.

 

domingo, 28 de junio de 2026

DEMOCRACIA Y ECOLOGÍA

 

    Lo ecológico en un tema emergente de primera importancia en materia de compromiso personal y social. Y de tal magnitud que ha llegado a sugerirse su incorporación como  complemento del título mismo de la Doctrina Social de la Iglesia . 

     Un documento de sumo valor en este campo constituye la encíclica del Papa Francisco Laudato Si´(24. 5. 2015,en que, de modo sistemático e integral, aborda desde la razón y  la fe, esta problemática en su multiforme dimensión, económica, política y ético-espiritual cultural. Llega hasta ampliar el término comunión, de raigambre típíca interpersonal, para identificar también el relacionamiento humano con el ambiente inmediato y cósmico. El Papa León XIV ha puesto igualmente de relieve la vasta comprensión de lo ambiental en su reciente documento Magnifica Humanitas, donde habla de una ecología de la comunicación, particularmente por los nuevos retos que pone la inteligencia articial.

     Democracia es un un vocablo de muy amplio sentido. De una significación inicialmente restringida a poder del pueblo, se ha ampliado para comprender también todo lo que implica servicio, participación, interés, bien, de la comunidad humana. Por ello la elección de gobernantes y la conformación de partidos políticos conforman sólo aspectos, muy importantes por lo demás, de una sociedad democrática. Es en este marco en que cabe hablar de la relación democracia- ecología.

 

Hay situaciones dramáticas en que este binomio resalta con carácter de urgencia. Es el caso de la devastación ambiental y antropológica producida por la criminal voracidad minera en el Sur del Orinoco en un escenario nacional de quiebre democrático. Se revelan allí en Guayana, de modo patente, las dañinas consecuencias del maltrato ecológico con el deterioro y muerte también de humanos explotados y explotadores. Aquí se aplica aquella advertencia de Jesús: “Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? (Mt 16, 26).

     Ahora bien, al cuido ambiental no se lo debe ver y manejar desde el solo ángulo de la mala praxis, sino, sobre todo, en perspectiva positiva del aprecio y mejoramiento; y no apenas, en lo conocido de aire, vegetación o contaminantes, sino también en otros aspectos como el urbanístico y el relacional de la convivencia. Abundan, en efecto, los depósitos de gente en aglomeraciones humanas sin lugares de encuentro y esparcimiento en marcos ambientales amigables. Más que las personas interesan los metros cuadrados comercializables y el aprovechamiento pragmático del espacio. Un genuino humanismo en seres in-corporados exige una correspondiente planificación urbanística  en perspectiva ecológica.

         Recuerdo con satisfacción y agradecimiento que en la escuela primaria de mi pueblo andino nos enseñaron tres consejos: no matar pajaritos, no desgajar plantas y ayudar a los ancianos a pasar la calle. Eso en tiempos en que de ecología no se conocía ni la palabra. Ello me invita siempre a remachar la necesidad de una educación ambiental en su sentido más amplio, como parte de una formación social y cívica, la cual en un tiempo existió, para luego desaparecer sin dolientes.

 

La democracia ecológica o ecología democrática exige variadas cosas de las cuales podrían mencionarse las siguientes: legislación favorable a la protección del ambiente con una administración que asegure su aplicación; educación ambiental en los varios niveles  pedagógicos; servicios o secciones  ad hoc en las más diversas entidades (gubernamentales, partidos políticos, instituciones sociales y religiosas); promoción del cuido ambiental en las familias y las organizaciones vecinales. Todo ello tendiente a la promoción de una cultura ambiental.

     La democracia a más de sistema de organización política constituye un ambiente. No se reduce, por tanto a estructuras y procedimientos, sino que está llamada a conformar una atmósfera como compartir de libertades hacia el bien común de la polis. Ello exige el reconocimiento de las personas con su dignidad y derechos;  delicadeza y  solidaridad; sano pluralismo y efectiva participación. Y, por supuesto, una indeclinable lucha contra  males como corrupción administrativa, manipulación del prójimo, populismo, hegemonía partidista y  totalitarismos francos o maquillados.

     La democracia como  delicada planta requiere afectuoso cuido.

 

 

     

 

 

 

 

miércoles, 17 de junio de 2026

Democracia y verdad

 

“La verdad los hará libres”. (Jn 8,32).Frase lapidaria de Jesucristo.

 

    Con respecto a la verdad conviene recordar varias de sus significaciones: 1) concordancia de lo que lse dice con la realidad de las cosas,como cuando expreso “llueve” y està lloviendo; 2) correspondencia de lo que se afirma con lo que se piensa, lo contrario es la mentira; 3) acuerdo de la cosa con su denominación,como cuando se recalca que una joya es oro de verdad.Tenemos entonces un triple sentido de verdad: lógico,ético y ontológico. En la ordinaria comunicacion no es raro combinarlos. La  citada frase del Señor envuelve esos distintos significados, así como los envolvieron la tentación y el pecado originales de que habla el Génesis( 3). Jesús, por cierto, calificó al demonio como padre de mentira (Jn 8,44 ).

     Lo anterior nos enseña que la consistencia  de una sociedad y el bien de la humanidad  han de tener como norte la verdad. Las faltas contra ésta y particularmente la mentira, que algunas vecese toma la forma de cinismo, es fuente de opresiones y esclavitudes.

     El binomio verdad-libertad tiene una aplicación inmediata en la relación democracia-verdad. Resulta muy oportuna la enseñanza del Papá León XIV en su encíclica Magnífica Humanitas: La búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia, que es en sí misma un instrumento de participación en el bien común. Cuando la pregunta sobre lo que es verdadero pierde interés y se impone un pragmatismo que se conforma con lo que parece útil o eficaz, la vida democrática se debilita. Esta, en efecto, no se sustenta únicamente en normas y procedimientos, sino, ante todo, en una relación leal con los hechos y en una orientación real hacia el bien de las personas y del conjunto de la sociedad. El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo (MH 134)

     Factor sobresaliente en el desastre nacional, ha sido la ausencia de la verdad, particularmente en su sentido ético. De modo especial con el cinismo del asi llamado Socialismo del Siglo XXI, pero también con un pragmatismo empobrecedor en los años precedentes. Resulta indispensable para una reconstrucción del país reeducar en materia de transparencia, coherencia,sinceridad y  otras virtudes fundamentales.Ejemplos patentes de faltas contra la verdad han sido la Constitución reducida a pura letra,la imposición ideológica con la hegemonía comunicacional, la disfrazada exhibición de graves violaciones de derechos humanos. Podrían añadirse las falsas promesas y la distorsión de los resultados electorales.

 

La inteligencia y la voluntad,facultades fundamentales del espíritu humano,no se dan en el peregrinar histórico en estado puro por razones antropológicas e históricas (pensemos en los condicionamientos de la corporeidad terrena y en la congénita concupiscencia). Los pecados capitales, comenzando por la soberbia y la avaricia, constituyen amenazas permanentes.

     La convivencia democrática, tejido de decisiones económicas, politicas y culturales,  es obra de humanos concretos, ciudadanos limitados en su entender y expuestos en su decidir. “Veo y apruebo lo mejor, pero sigo lo peor” es una sentencia que un antiguo tocayo romamo  plasmó en Las metamorfosis. Una vision cristiana enriquece lo que en este campo se puede decir y y se debe realizar en perspectiva humanista. Sinceridad,rectitud, humildad, servicio, son, entre otras, virtudes de los ciudadanos que quieren construir el bien común y el futuro deseable de la polis, como “nueva sociedad”, “civilizacion del amor”.

      Una educación ciudadana es, indispensable  para una genuina democracia. La política exige discreción, reserva, sinceridad, comportamientos que exigen la marginación de la mentira y mucho más, del cinismo. La formación cívica ha de favorecer un espíritu critico y y una gran aprecio a la libertad, la justicia y la fraternidad.

     La democracia es una planta muy delicada,que es preciso cuidar porque no tiene seguro de vida.Se deteriora con la falsedad y la inautenticidad de los gobernantes , asi como con el escepticismo e indiferencia de los ciudadanos. La primera escuela de la verdad es la familia, la cual en Venezuela es sumamente frágil. Es preciso recuperar y fortalecer el valor y la dignidad de la política, considerada lamentablemente por no pocos como ámbito de egoista promoción e hipocresía.

     Una sociedad de contextura y vocación democráticas exige una búsqueda esforzada y un incansable cuido de la verdad en su triple sentido. Procurando abrevar y fortalecerse en la fuente divina de la verdad.

 

jueves, 14 de mayo de 2026

AMOR COMO VALOR SUPREMO

 

    Se ha solido identificar de tanto en tanto el fin de la historia con acontecimientos tremendos o maravillosos. Algo de eso se fantasea actualmente con motivo de los saltos en el campo tecnológico comunicacional y muy concretamente con la denominada inteligencia artificial. De ésta, no poco estamos viendo y lo demás está por verse. Aunque cabe pensar que el devenir humano continuará siendo por un largo futuro una abundosa caja de sorpresas.

    La originalidad del ser humano radica en su condición de inteligente, poseedor de un conocimiento espiritual, que supera las limitaciones de lo material y sensible, a pesar de las exageradas interpretaciones que de éste han formulado pensadores empiristas como Hume. La capacidad de “leer en profundidad” -así se traduce el vocablo latino intellectus - acompañada por otra facultad que es la voluntad, constituye al hombre como persona. Lo volitivo es tendencia hacia lo que el conocimiento presenta como apetecible, como bueno. El ser humano no se queda, por tanto, en la mera contemplación de la realidad, sino que tiende a su fruición en base a opciones. En ello se fundamenta el ser libre, capaz de decidir.  Al animal lo guían sus instintos, la persona se autodetermina por decisiones.  Esto entraña un valor de inmensurable riqueza; pero también una tentación, por el peligro de escoger lo malo y dañino bajo la apariencia de bien.  Pero la libertad en su definición positiva, antes que decisión ante alternativas, entraña la posibilidad de adherirse a un bien, en lo cual consiste la perfección personal. La libertad no se reduce a voluntarismo, pues tiene, como norte y plenitud, lo bueno en su apertura infinita.

    La dinámica personal no se queda, pues, en una simple adhesión o fruición de cosas, ni aun en el relacionamiento funcional o utilitario entre personas, sino que tiende al encuentro o compartir interpersonal. Éste significa una genuina comunión de libertades. Los pecados capitales, comenzando por la soberbia y la avaricia, constituyen entonces un desvío del camino humano hacia su verdadera perfección. Por cierto que el Papa Pablo VI formuló el concepto de civilización del amor como sinónimo de una nueva sociedad, de la deseable convivencia humana, la cual entraña, más allá de leyes o estructuras justas, una co-existencia solidaria, servicial, fraterna.

    En la Biblia aparecen tres cartas de Juan, discípulo del Señor Jesucristo. En la primera de ellas encontramos la siguiente frase de un contenido sumamente rico y profundo: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1 Jn 4, 8). Conjuga dos principios de máxima profundidad, uno cognoscitivo, epistemológico, y otro entitativo, ontológico, que tienen, como connatural acompañante o consecuencia,  el precepto ético primario y radical del amor. De la riqueza encerrada en aquella sentencia valga enunciar ahora una tríada de expresiones.

    Una primera sería lo que sirve para valorar la inteligencia artificial. El devenir humano no se juega sólo o principalmente en lo intelectivo, sino en la orientación de la voluntad, en la decisión libre. No en simples logros o selecciones, sino en selecciones y adhesiones.

    Una segunda es lo que ayuda a orientar la socialidad humana en el ámbito económico, político o ético-cultural, en lo científico, técnico y tecnológico. El norte definitivo a seguir es el encuentro, la comunión de personas y comunidades, más allá de simples convergencias y acuerdos.

    Una tercera indica por dónde va una auténtica espiritualidad y religiosidad. Ya para los judíos y luego para los cristianos la revelación divina puso bien en claro que por encima de ofrendas, sacrificios rituales, observancias legales, debía prevalecer el cuido de los más débiles, el trato mutuo respetuoso y fraterno, la apertura del corazón a Dios y al prójimo.  

    En situaciones como la actual venezolana esto tiene aplicaciones muy concretas a la hora de formular propuestas, así como de jerarquizar orientaciones y decisiones, superando interpretaciones reductoramente economicistas y soluciones estrictamente políticas. Lo cultural, y dentro de ello lo ético espiritual, ha de jugar un papel primordial.

viernes, 8 de mayo de 2026

TRIADA PRIORITARIA NACIONAL

     Prioridad es una necesidad que ocupa un primer plano en el orden operativo. Constituye, por tanto, una tarea que interpela con especial urgencia. Una buena planificación exige una adecuada selección en lo tocante a prioridades.

    Personalmente me gusta pensar y trabajar con tríadas. Ayuda a precisar y jerarquizar ideas y prácticas. Entre los pensadores Hegel destaca por su sistematización triádica. Desde el punto de vista de la reflexión y la acción cristianas no tiene nada de extraño lo relativo a tríadas, ya que centro y eje la fe es la afirmación de Dios creador y salvador como Trinidad, comunión, amor. El Papa Francisco en su encíclica ecológica Laudato Si´, citando a San Buenaventura subraya: “cada criatura lleva en sí una estructura específicamente trinitaria tan real que podría contemplarse fácilmente si la mirada humana no fuera tan parcial, oscura y frágil” (LS 239). 

    Volcando los ojos a nuestra situación de crisis global nacional y a los imperativos que se plantean para la reconstrucción del país, podría estructurarse una tríada de prioridades a la hora de jerarquizar decisiones. En la línea de búsqueda de soluciones no resulta extravagante que Washington haya planteado formal y oficialmente su intervención en forma también triádica.

    Antes de formular una trilogía de prioridades para la recuperación nacional no podría menos de manifestar extrañeza ante el planteamiento, que no raramente se hace, de subrayar lo económico como el primer ámbito de atención.  No porque lo económico no juegue un papel fundamental en el funcionamiento social (marxista y liberales coinciden en esto), sino porque después de 25 años de progresivo deterioro del país, no hay duda de que el daño ha tenido su raíz fundamental en el proyecto ideológico-político de corte totalitario del llamado Socialismo del Siglo XXI. Causante principal de la crisis no ha sido un mal manejo técnico de la economía, sino una concepción homoneizante y hegemónica de la convivencia social, dentro de la cual ha entrado en juego la centralización económica, conjugada con factores ético-culturales como el pecado capital de la avaricia y una generalizada corrupción administrativa.

    En lo tocante prioridades respecto de la urgente reconstrucción nacional, pueden señalarse las siguientes:

1.       Desmonte de la represión o, en positivo, restablecimiento del estado de derecho, de la vigencia de la Constitución, del clima de libertad y respeto de los derechos humanos; esto implica, entre otros, la libertad incondicionada de todos los presos políticos, civiles y militares, así como el poner término a la hegemonía comunicacional.

2.       Agenda electoral, reestructurando organismos como el CNE y el TSJ, fijando fechas para el proceso, estableciendo mecanismos y garantías de transparencia (registro de votantes, veeduría internacional).

3.       Regreso de exiliados o, en otros términos, reintegración abierta a la cuarta parte de la población venezolana (¡!), hoy ex patriada.

     Hablar adecuadamente de prioridades se lo entiende, obviamente, en el marco situacional de un país que sufre una patente contradicción: riqueza en potencial económico (petróleo, minas, tierras…) junto a un pueblo viviendo mayoritariamente en pobreza y con fuertes índices de miseria. Y de una nación que exige particular cuidado de su educación y de una pedagogía ciudadana hacia la corresponsabilidad y la solidaridad.

     Cambiar cosas importa, pero, todavía más, cambiar personas y comunidades en orden a una calidad de vida moral y espiritual. No pocas veces se restringe el llamado al cambio ético a lo relativo a corrupción administrativa e irrespeto a los derechos humanos; pero no se pone la debida atención a la formación de personas y comunidades en la positividad de valores como gratuidad social, fraterna convivencia y calidad de vida. En esto tienen particular responsabilidad las instituciones religiosas, que se contraen con frecuencia a lo íntimo personal, sin extender la mirada al relacionamiento interpersonal y la comunión social también en perspectiva trascendente. Los cristianos, que creemos en un Dios Trinidad, amor, tenemos en esto una vocación-misión muy especial.

   

lunes, 20 de abril de 2026

TRANSICIÓN A LA VENEZUELA IRREMPRASABLE

     Aunque alguna vez el tono o la explicitación no hayan sido lo suficientemente expresivos, eso no mengua la línea dominante crítica y la denuncia persistente de la representación oficial de la Iglesia con respecto al régimen gobernante de nuestro país en todo el presente siglo-milenio. El Episcopado ha utilizado calificativos que hasta ni políticos ni politólogos se han atrevido a emplear.

    Prueba de lo anterior es lo dicho por la Conferencia Episcopal Venezolano en “Carta fraterna” de su CXIII Asamblea Extraordinaria (12 enero 2020), publicada en Compañeros de camino, 2008-2021, serie que recoge la documentación del Episcopado: “Para quienes hoy están al frente del gobierno, lo que cuenta no es el bien común sino el interés desmedido de riqueza y poder hegemónico, capaz de resquebrajar todo intento de vivir en auténtica democracia. Vivimos en un régimen totalitario e inhumano en el que se persigue la disidencia política con tortura, represión violenta y asesinatos, a esto se añade la presencia de grupos irregulares bajo la mirada complaciente de las autoridades civiles y militares, la explotación irregular de recursos mineros que destruyen amplias extensiones del territorio venezolano, el narcotráfico y la trata de personas”.

    La palabra episcopal no se ha quedado en denuncias; ha formulado propuestas. Ha planteado repetidas veces la necesidad de una refundación del país, precisando aspectos concretos de la necesaria reconstrucción, tanto en lo económico, como en lo político y lo ético cultural. Ha insistido en la participación y corresponsabilidad de todos los ciudadanos para la realización de esta obligante tarea, que exige la toma de “conciencia del protagonismo de todos los miembros del pueblo venezolano, único y verdadero sujeto social de su ser y quehacer” (Exhortación 12 de julio 2021).

    Lo pasado es fundamentalmente material de archivo y consulta. El presente es la realidad con que contamos y con la cual hemos edificar, desde ya, el proyecto nacional deseable y obligante. En relación a éste subrayaré cinco puntos del último mensaje del Episcopado, a raíz de su asamblea de febrero pasado, explicitando la numeración correspondiente:

    1.” Una sociedad se reconcilia y se reconstruye, no con héroes, sino con personas libres, responsables, capaces de convivir dignamente y de construir un futuro lleno de esperanza” (10).

    2. La soberanía, que reside intransferiblemente en el pueblo (11), se vio desconocida el 28 de julio 2024. “Los hechos del tres de enero de este año (…) muchos estiman que abren caminos para lograr la democratización” (No. 12). “En función de garantizar la soberanía y la autodeterminación sobre nuestro destino (…) necesitamos: reconstruir la institucionalidad democrática; restituir la independencia de los poderes públicos; contar con un Tribunal Supremo de Justicia y un Consejo Nacional Electoral creíbles y que garanticen elecciones libres y justas (…) En este proceso debemos participar todos los venezolanos que estamos aquí y los que están fuera” (No. 14).

    3. “Una vez más, solicitamos la plena liberación de todos los presos políticos o detenidos por causas injustas” (No. 17).

    4. “Un aspecto fundamental (…) debe ser la superación del empobrecimiento que hoy azota a un porcentaje mayoritario de la población, y que es una de las causas del inmenso y doloroso éxodo de muchísimos compatriotas. En este sentido, es imperativo que los recursos que se reciban por la reactivación de la industria petrolera se destinen a mejorar la calidad de los salarios y a implementar programas sociales” (No. 19).

    5. “Como Iglesia católica, nos comprometemos a que nuestras diócesis, parroquias, comunidades, instituciones educativas y sociales, sean espacios de encuentro, escucha y acompañamiento, que generen signos claros y creíbles de fraternidad y reconciliación” (No. 20).

    La Iglesia plantea con carácter de urgencia la reconstitucionalización (democratización, estado de derecho) del país; lo hace dentro de su misión de ser signo e instrumento de efectiva comunión también ciudadana. La interpelación es de Jesús el Señor “(…) toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá subsistir” (Mateo 12, 25).

                              

 

sábado, 4 de abril de 2026

LAICOS EN LA IGLESIA

     La Iglesia en cuanto comunidad cristiana se distribuye en tres sectores: ministerio pastoral o jerárquico (clérigos), laicado y vida religiosa (consagrada).

    El primero está constituido por una tríada: obispos, presbíteros (ordinariamente llamados sacerdotes) y diáconos.  El segundo lo integran los laicos, denominados también seglares. Y el tercero lo forman los religiosos (as), que profesan tres votos (promesas, compromisos), a saber:  castidad, pobreza y obediencia.

    De estos tres sectores el de los laicos totaliza prácticamente la entera Iglesia. Pensemos que los católicos en Venezuela sean unos 20 millones; pues bien de estos todos son laicos menos unos 10.000, que suman, más o menos por partes iguales, los miembros de los otros dos sectores. Es decir, la Iglesia está compuesta fundamentalmente por laicos, con muy pocas excepciones. Esto significa que en la generalidad de las parroquias… ¡el único no laico es el párroco!

    Esto ha de llevar a los católicos a una seria reflexión acerca de la responsabilidad cristiana no sólo respecto de la Iglesia sino del país.

    Lamentablemente la mentalidad dominante es de un marcado clericalismo, que en la práctica identifica a la Iglesia con el clero. Lo cual no es ninguna innovación, pues tiene una larga tradición, reforzada a partir de la separación protestante del siglo XVI. Ésta en general minimizó la función de la jerarquía y subrayó el papel de los laicos. La respuesta católica, de carácter beligerante, acentuó todavía más la potestad del clero. Se recalcó la distinción de Iglesia docente/discente (del latín aprender) u oyente, y de pastores/fieles. En los tratados teológicos sobre la Iglesia la reflexión sobre el laicado (y los religiosos) estaba ausente. Resultado: una concepción bien piramidal en cuanto a autoridad, disciplina, iniciativa… Ello no implicaba, por supuesto, la ausencia de los “fieles”, quienes actuaban su vida cristiana, practicaban la religiosidad popular, y realizaban obras caritativas, hasta expresiones de notable santidad como es el caso de un Tomás Moro, una Teresa de Jesús y un José Gregorio Hernández.

    El Concilio Plenario o Sínodo Nacional de Venezuela (2000-2006) en uno de sus 16 documentos, el dedicado a los laicos, expuso muy bien esta materia con su metodología de ver-juzgar-actuar; destacó, justo al comienzo, una significativa afirmación con tintes de proclama: “Los signos de los tiempos muestran que el presente milenio será el del protagonismo de los laicos”. Un innegable desafío al ejercicio de la misión de estos en la Iglesia y en el mundo.

    Afirmar el protagonismo laical no implica en modo alguno opacar el papel del ministerio pastoral o jerárquico -fundado en la institución de los Apóstoles por el Señor Jesucristo- pero sí lo relativiza dentro del conjunto eclesial y, además, subraya el papel transitorio de obispos, presbíteros y diáconos para el sólo tiempo del peregrinar de la Iglesia en la historia. En el cielo no habrá jerarquía sino sólo la de Dios Trinidad y Cristo Señor.

    Resulta clave, en consecuencia, identificar bien lo propio y peculiar del laico, a saber, su condición secular (palabra procedente de saeculum en latín, que quiere decir siglo, mundo), llamado, por tanto, a vitalizar la convivencia humana histórica en el sentido del Evangelio, del amor. El laico se ha de definir como miembro de la Iglesia en el corazón del mundo, constructor de una nueva sociedad abierta a lo definitivo.

    El laico está llamado a actuar en comunión con la jerarquía, con los pastores, pero con responsabilidad inalienable. Tomando iniciativas que le corresponden por su fe y su bautismo. No es un brazo largo del clero, sino protagonista de una misión que le es propia, la evangelización de lo económico, lo político y lo ético-cultural. Miembro participativo y corresponsable de la comunidad eclesial, el campo propio de su misión evangelizadora es el ancho y vasto mundo, comenzando por el inmediato familiar, que es su Iglesia doméstica.

    Esta Venezuela en aguda crisis urge un laicado protagonista de nuevos tiempos.

jueves, 19 de marzo de 2026

INTELIGENCIA ARTIFICIAL, VOLUNTAD NATURAL

 

    Cuando se habla del cambio situacional global contemporáneo se suele utilizar el calificativo epocal para significar su magnitud y peculiaridad. No se queda, simplemente en algo grande, impresionante. Es tan especial que para calificarlo hay que inventar un término. Se trata de un cambio de época, cuyas manifestaciones se dan particularmente en las ciencias de la vida y en la esfera comunicacional.

    No es de extrañar que ante tan peculiar metamorfosis no falten quienes piensan que estamos llegando a las últimas páginas de la historia (tiempos apocalípticos), cosa que, por lo demás, ya se ha dicho antes en tiempos de extraordinarias transformaciones. Conviene a este propósito recordar que el paso de lo temporal a lo definitivo, escatológico, es secreto de quien tiene en sus manos el poder supremo, creativo. Si es así, podría pensarse que en los inicios de este tercer milenio estaríamos apenas comenzando a tejer historia.

    Lo cierto es que lo que está sucediendo con la inteligencia artificial es algo que supera lo inimaginable y deja en el estupor. Y, más cierto todavía, que lo por ver dejará pequeño a lo visto.

    Un pensamiento que surge fácil en medio de la estupefacción es que parecería que el ser humano se desvanecerá ante la dimensión y el poder de la máquina. Y que robots y utensilios por el estilo serán entes más útiles y confiables que el frágil homo del devenir histórico. Y que ya no será necesario pensar, porque habrá otro que lo hará -y todavía mejor - que nosotros. Y que pensando, ni se cansará, ni se aburrirá.

    La inteligencia artificial -apenas en sus comienzos- constituye un imponderable desafío a la actual humanidad. El Génesis dice que el Ser Supremo hizo al hombre a su imagen y semejanza. Cabe pensar entonces que ésta tiene bastante todavía por producir.

    La inteligencia artificial exige que tomemos en serio la natural con su haber, sus posibilidades, la responsabilidad que exige y, sobre todo, su sentido -telos-. La Biblia insiste, a este propósito, en el valor de la sabiduría, que es más que simple conocimiento (ofrece, por cierto, un libro específico sobre el tema). Es aquí donde el intelecto humano ha de tomar viva conciencia de que no se da como única facultad del hombre, que es espíritu in-corporado. A más de la inteligencia, que adquiere sus ideas abstrayéndolas de los datos sensoriales y tiene como horizonte la verdad, el hombre cuenta con otra facultad, la voluntad, cuyo objetivo es el bien, el cual introduce al mundo de los valores, a la esfera de lo ético, es decir, a lo más profundo y trascendentemente personal.

    Una afirmación iluminadora en este tema es la definición que ofrece Juan en su Primera Carta: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4, 8). Allí aparece que lo más definitorio humano no es el conocimiento, sino la orientación de la voluntad y la realización de ésta en el amor, que teje la comunión interpersonal. En el “último día” seremos juzgados, no simplemente en base al producto de nuestras manos o al contenido y producto de nuestro cerebro, sino, fundamentalmente, a la orientación de nuestro corazón. Léase, al ejercicio de nuestra libertad, como escogencia personal ante lo que la inteligencia le presenta como bien y la conciencia como deber.

    La inteligencia artificial es un instrumento que amplía de modo inimaginable el conocimiento y la praxis del ser humano; pero es eso, un instrumento que la persona y su comunidad han de utilizar para su perfeccionamiento, el cual se ha de orientar hacia la verdad y el bien y, en última instancia, hacia el amor.

    El problema clave no es lo que el hombre alcance o no con la inteligencia natural ayudada por la artificial, sino lo que el ser humano haga con ésta de bueno. Lo definitivo lo juega la voluntad en el ejercicio de la libertad. Y la persona alcanza su plenitud mediante la decisión existencial que pone la voluntad al servicio de lo noble y digno, hacia la construcción de sí mismo en amoroso relacionamiento con Dios y con el prójimo.

    Una antropología integral implica desarrollar y articular las potencialidades del ser e instrumental humanos y, por ende, de la inteligencia artificial, hacia la mayor y mejor auto realización y relación interpersonal. 

 

 

domingo, 8 de marzo de 2026

RECONSTRUCCIÓN CULTURAL DE VENEZUELA

      Cultura es un término manejado en muchos sentidos, pero hay dos de primer orden que nos interesan aquí, a saber, uno de carácter sectorial y otro global.

    En sentido restringido lo cultural se usa para denominar principalmente el campo de lo artístico y literario, algo que suena “elitesco” y refinado y se aplica a determinadas obras, actividades, centros e instituciones.

    En sentido amplio, cultura se refiere al modo como los pueblos desarrollan su múltiple relación con la naturaleza, con el prójimo, consigo mismo y con Dios. En esta interpretación cultura globaliza el quehacer humano, abarcando tanto lo cotidiano y popular como lo más cultivado; comprende así la totalidad de la vida de un pueblo, particularizándose también según tiempos y espacios; tiene que ver tanto con lo instrumental, como con lo institucional y lo ideal valorativo. Puede hablarse así de cultura y culturas, al igual que de identidades y de encuentros de culturas como la que se dio hace unos cinco siglos entre lo hispano y lo indígena.

    En esta acepción de cultura como englobante de lo social, se pueden distinguir tres ámbitos: el económico (relativo al tener), el político (concerniente al poder) y el ético-cultural (campo de lo valorativo personal y relacional, de lo espiritual y ecológico, y por supuesto de lo artístico y literario).

    Bajando a tierra se puede entonces afirmar que la crisis venezolana de estos últimos tiempos es cultural. En efecto es económica (caída dramática de la producción, inflación, empobrecimiento generalizado), política (proyecto totalitario, disolución del estado de derecho, vaciamiento de lo constitucional) y ético-cultural (ruptura de una sana convivencia, galopante corrupción, hegemonía comunicacional).

    Cuando se habla de recuperación o reconstrucción del país es imprescindible, por tanto, tener en cuenta la dimensión y los varios aspectos de la crisis nacional, acentuada en lo que va del presente siglo y milenio y que, entre otras, ha propiciado la intervención norteamericana del 3 de enero. Es ineludible una revisión a fondo -el vocablo exacto sería conversión- que concierne a cada venezolano, comenzando por uno mismo y el grupo familiar y social en el que se encuentra inmerso. El yo-no-fuimismo es lo más expedito en estos casos para eludir el problema. Una actitud que denunció fuertemente Jesús en su predicación fue la del fariseísmo, consistente en juzgar al otro y justificarse a sí mismo; echar la culpa y no asumirla, eludiendo una sincera y efectiva conversión. En esto no se puede cambiar de escenario sin cambio de los protagonistas del drama o tragedia, en la medida obviamente variada de responsabilidades, que sólo Dios conoce a fondo.

    Es preciso ir a la raíz y dimensión de los problemas y no contentarse con soluciones parciales, epidérmicas, o restringirse a los efectos sin enfrentar las causas. De allí la importancia de lo que se debe hacer en el campo familiar y educativo, así como lo tocante a la responsabilidad de las instituciones religiosas. No es indiferente o de poco valor la estructuración y funcionamiento de la familia venezolana matricentrada, o la reducción del aporte educativo a lo meramente técnico y pragmático. Valores como responsabilidad, solidaridad, participación, derechos y deberes humanos, apertura ética y religiosa están en la base de una convivencia deseable y obligante. En lo que respecta a las instituciones religiosas es básica la conjunción de lo trascendente y lo terrenal, evitando concepciones alienantes del compromiso histórico. En lo que toca directamente a los católicos -mayoría en el país- la Doctrina Social de la Iglesia es un conjunto de principios, criterios y orientaciones para la acción, que urge conocer y aplicar.  

    Al hablar de la presente grave crisis es obvio que no se la puede aislar del conjunto histórico nacional. Hay deudas y errores de larga data. Pero el desafío hay que asumirlo seriamente ahora hacia la edificación de una nueva sociedad como convivencia justa, libre, solidaria, pluralista, democrática, ética y religiosamente robusta. En marco humanista cristiano me gusta recordar aquella sentencia del sacerdote en el Edipo Rey de Sófocles: “Nada son los castillos, nada los barcos, si ninguna persona hay en ellos”. 

domingo, 22 de febrero de 2026

CAMINO DE DAMASCO

     El camino de Damasco fue hace unos dos mil años escenario de un cambio de gran repercusión histórica. Pablo, judío radical, formado en la línea rígida, legalista, del farisaísmo, y convertido en activo perseguidor la una secta emergente que sería llamada el camino, se dirigía a la ciudad siria en misión oficial con clara intención punitiva.

    El libro Hechos de los Apóstoles ((9, 1-9) narra el trascendental episodio de la conversión del acérrimo enemigo a fogoso militante de la nueva agrupación religiosa de cristianos, que se abría paso en el amplio mundo helenista. Fue un cambio en profundidad, que repercutió progresivamente en el ámbito del Imperio Romano confiriendo al evangelio en efectiva universalidad.

    Conversión, ética y psicológicamente hablando, significa cambio, pero en profundidad. No es simple superficial mudanza y, menos, cosmética afectación. Es honda reorientación de la libertad y su escala de valores. El ser humano como sujeto de libertad es agente de cambio. Para bien o para mal. El ejemplo de la fruta prohibida escogida por Adán en los inicios de la humanidad, como relata el Génesis, es muestra patente. Pero hay elecciones para bienes grandes, y muy grandes. Jesús comenzó su predicación con un vivo llamado a la conversión; y la vida cristiana, para no hablar de la creyente y humana en general, es permanente reclamo a una positiva reorientación personal. La cual es fruto de la voluntad humana, ciertamente, pero también y, sobre todo, don divino.

    Mientras el hombre peregrino en su recorrido temporal está invitado a progresar y a cambiar y convertirse hacia lo que Dios le establece como meta suprema y la propia conciencia vislumbra. La esperanza constituye, en este sentido, un horizonte abierto como propuesta y exigencia.

    La historia es escenario de incansables mudanzas. Y tenemos que actuar siempre las mejores. Así como nunca excluir la posibilidad de conversión. En este contexto la reconciliación como reencuentro es, felizmente, posibilidad siempre presente e interpelante en el acontecer humano. Al igual que el arrepentimiento y el perdón. Éste, que no está divorciado de la justicia y la reparación, prepara y acompaña a la reconciliación hacia cambios constructivos. Son categorías que tejen la convivencia de seres humanos, libres y llamados a la bondad, pero permanentemente tentados. No sin razón cuando los discípulos de Jesús le pidieron al Maestro que los enseñase a orar, él les entregó la oración del Padre Nuestro, que termina invocando la liberación de tentaciones. La experiencia ha elaborado un refrán: “la tentación hace al ladrón”.

    Con respecto a reencuentros, la caída del Muro de Berlín me enseñó mucho. La división de esa ciudad la percibí de cerca. Estuve allí antes, durante y ya caído el muro; también en el cincuentenario de su construcción. Cuando lo contemplaba pensaba en la tragedia que acompañaría su demolición: enfrentamientos, muertes, persecuciones… Pero ¿Qué pasó? Que yo sepa no hubo ningún ahorcado, fusilado o cosas por el estilo. La reunificación alemana se dio, obviamente con sus tensiones y altibajos, pero sin catástrofes.

    Recuerdo esto a propósito de la reunificación de Venezuela. Es norte es claro y obligante: reconstitucionalización, democratización, reinserción de emigrados, reencuentro ciudadano, paz. Urgen cambios y conversiones. Juntar justicia y perdón, reparación y reconciliación y factores semejantes no es fácil, pero sí imperativo. Debemos amasar el futuro con mucha esperanza. Cristianos, creyentes y compatriotas todos en general, debemos desempolvar principios sanos y atornillar obligantes compromisos.

    Después de casi tres décadas de descarrilamiento es preciso recomponer vías superando proyectos totalitarios, ensimismamientos partidistas, encajonamientos ideológicos. Reunir la familia venezolana vaciada con una cuarta parte de emigrados y dividida con enguerrillamientos internos. No olvidemos la advertencia del Señor: “Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir” (Mc 3, 25).

     Pablo en camino hacia Damasco, de fundamentalista y perseguidor se convirtió en apóstol de buena nueva y constructor de comunidades en la línea de la hermosa y exigente ley suprema del amor.