jueves, 19 de marzo de 2026

INTELIGENCIA ARTIFICIAL, VOLUNTAD NATURAL

 

    Cuando se habla del cambio situacional global contemporáneo se suele utilizar el calificativo epocal para significar su magnitud y peculiaridad. No se queda, simplemente en algo grande, impresionante. Es tan especial que para calificarlo hay que inventar un término. Se trata de un cambio de época, cuyas manifestaciones se dan particularmente en las ciencias de la vida y en la esfera comunicacional.

    No es de extrañar que ante tan peculiar metamorfosis no falten quienes piensan que estamos llegando a las últimas páginas de la historia (tiempos apocalípticos), cosa que, por lo demás, ya se ha dicho antes en tiempos de extraordinarias transformaciones. Conviene a este propósito recordar que el paso de lo temporal a lo definitivo, escatológico, es secreto de quien tiene en sus manos el poder supremo, creativo. Si es así, podría pensarse que en los inicios de este tercer milenio estaríamos apenas comenzando a tejer historia.

    Lo cierto es que lo que está sucediendo con la inteligencia artificial es algo que supera lo inimaginable y deja en el estupor. Y, más cierto todavía, que lo por ver dejará pequeño a lo visto.

    Un pensamiento que surge fácil en medio de la estupefacción es que parecería que el ser humano se desvanecerá ante la dimensión y el poder de la máquina. Y que robots y utensilios por el estilo serán entes más útiles y confiables que el frágil homo del devenir histórico. Y que ya no será necesario pensar, porque habrá otro que lo hará -y todavía mejor - que nosotros. Y que pensando, ni se cansará, ni se aburrirá.

    La inteligencia artificial -apenas en sus comienzos- constituye un imponderable desafío a la actual humanidad. El Génesis dice que el Ser Supremo hizo al hombre a su imagen y semejanza. Cabe pensar entonces que ésta tiene bastante todavía por producir.

    La inteligencia artificial exige que tomemos en serio la natural con su haber, sus posibilidades, la responsabilidad que exige y, sobre todo, su sentido -telos-. La Biblia insiste, a este propósito, en el valor de la sabiduría, que es más que simple conocimiento (ofrece, por cierto, un libro específico sobre el tema). Es aquí donde el intelecto humano ha de tomar viva conciencia de que no se da como única facultad del hombre, que es espíritu in-corporado. A más de la inteligencia, que adquiere sus ideas abstrayéndolas de los datos sensoriales y tiene como horizonte la verdad, el hombre cuenta con otra facultad, la voluntad, cuyo objetivo es el bien, el cual introduce al mundo de los valores, a la esfera de lo ético, es decir, a lo más profundo y trascendentemente personal.

    Una afirmación iluminadora en este tema es la definición que ofrece Juan en su Primera Carta: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4, 8). Allí aparece que lo más definitorio humano no es el conocimiento, sino la orientación de la voluntad y la realización de ésta en el amor, que teje la comunión interpersonal. En el “último día” seremos juzgados, no simplemente en base al producto de nuestras manos o al contenido y producto de nuestro cerebro, sino, fundamentalmente, a la orientación de nuestro corazón. Léase, al ejercicio de nuestra libertad, como escogencia personal ante lo que la inteligencia le presenta como bien y la conciencia como deber.

    La inteligencia artificial es un instrumento que amplía de modo inimaginable el conocimiento y la praxis del ser humano; pero es eso, un instrumento que la persona y su comunidad han de utilizar para su perfeccionamiento, el cual se ha de orientar hacia la verdad y el bien y, en última instancia, hacia el amor.

    El problema clave no es lo que el hombre alcance o no con la inteligencia natural ayudada por la artificial, sino lo que el ser humano haga con ésta de bueno. Lo definitivo lo juega la voluntad en el ejercicio de la libertad. Y la persona alcanza su plenitud mediante la decisión existencial que pone la voluntad al servicio de lo noble y digno, hacia la construcción de sí mismo en amoroso relacionamiento con Dios y con el prójimo.

    Una antropología integral implica desarrollar y articular las potencialidades del ser e instrumental humanos y, por ende, de la inteligencia artificial, hacia la mayor y mejor auto realización y relación interpersonal. 

 

 

domingo, 8 de marzo de 2026

RECONSTRUCCIÓN CULTURAL DE VENEZUELA

      Cultura es un término manejado en muchos sentidos, pero hay dos de primer orden que nos interesan aquí, a saber, uno de carácter sectorial y otro global.

    En sentido restringido lo cultural se usa para denominar principalmente el campo de lo artístico y literario, algo que suena “elitesco” y refinado y se aplica a determinadas obras, actividades, centros e instituciones.

    En sentido amplio, cultura se refiere al modo como los pueblos desarrollan su múltiple relación con la naturaleza, con el prójimo, consigo mismo y con Dios. En esta interpretación cultura globaliza el quehacer humano, abarcando tanto lo cotidiano y popular como lo más cultivado; comprende así la totalidad de la vida de un pueblo, particularizándose también según tiempos y espacios; tiene que ver tanto con lo instrumental, como con lo institucional y lo ideal valorativo. Puede hablarse así de cultura y culturas, al igual que de identidades y de encuentros de culturas como la que se dio hace unos cinco siglos entre lo hispano y lo indígena.

    En esta acepción de cultura como englobante de lo social, se pueden distinguir tres ámbitos: el económico (relativo al tener), el político (concerniente al poder) y el ético-cultural (campo de lo valorativo personal y relacional, de lo espiritual y ecológico, y por supuesto de lo artístico y literario).

    Bajando a tierra se puede entonces afirmar que la crisis venezolana de estos últimos tiempos es cultural. En efecto es económica (caída dramática de la producción, inflación, empobrecimiento generalizado), política (proyecto totalitario, disolución del estado de derecho, vaciamiento de lo constitucional) y ético-cultural (ruptura de una sana convivencia, galopante corrupción, hegemonía comunicacional).

    Cuando se habla de recuperación o reconstrucción del país es imprescindible, por tanto, tener en cuenta la dimensión y los varios aspectos de la crisis nacional, acentuada en lo que va del presente siglo y milenio y que, entre otras, ha propiciado la intervención norteamericana del 3 de enero. Es ineludible una revisión a fondo -el vocablo exacto sería conversión- que concierne a cada venezolano, comenzando por uno mismo y el grupo familiar y social en el que se encuentra inmerso. El yo-no-fuimismo es lo más expedito en estos casos para eludir el problema. Una actitud que denunció fuertemente Jesús en su predicación fue la del fariseísmo, consistente en juzgar al otro y justificarse a sí mismo; echar la culpa y no asumirla, eludiendo una sincera y efectiva conversión. En esto no se puede cambiar de escenario sin cambio de los protagonistas del drama o tragedia, en la medida obviamente variada de responsabilidades, que sólo Dios conoce a fondo.

    Es preciso ir a la raíz y dimensión de los problemas y no contentarse con soluciones parciales, epidérmicas, o restringirse a los efectos sin enfrentar las causas. De allí la importancia de lo que se debe hacer en el campo familiar y educativo, así como lo tocante a la responsabilidad de las instituciones religiosas. No es indiferente o de poco valor la estructuración y funcionamiento de la familia venezolana matricentrada, o la reducción del aporte educativo a lo meramente técnico y pragmático. Valores como responsabilidad, solidaridad, participación, derechos y deberes humanos, apertura ética y religiosa están en la base de una convivencia deseable y obligante. En lo que respecta a las instituciones religiosas es básica la conjunción de lo trascendente y lo terrenal, evitando concepciones alienantes del compromiso histórico. En lo que toca directamente a los católicos -mayoría en el país- la Doctrina Social de la Iglesia es un conjunto de principios, criterios y orientaciones para la acción, que urge conocer y aplicar.  

    Al hablar de la presente grave crisis es obvio que no se la puede aislar del conjunto histórico nacional. Hay deudas y errores de larga data. Pero el desafío hay que asumirlo seriamente ahora hacia la edificación de una nueva sociedad como convivencia justa, libre, solidaria, pluralista, democrática, ética y religiosamente robusta. En marco humanista cristiano me gusta recordar aquella sentencia del sacerdote en el Edipo Rey de Sófocles: “Nada son los castillos, nada los barcos, si ninguna persona hay en ellos”.