domingo, 22 de febrero de 2026

CAMINO DE DAMASCO

     El camino de Damasco fue hace unos dos mil años escenario de un cambio de gran repercusión histórica. Pablo, judío radical, formado en la línea rígida, legalista, del farisaísmo, y convertido en activo perseguidor la una secta emergente que sería llamada el camino, se dirigía a la ciudad siria en misión oficial con clara intención punitiva.

    El libro Hechos de los Apóstoles ((9, 1-9) narra el trascendental episodio de la conversión del acérrimo enemigo a fogoso militante de la nueva agrupación religiosa de cristianos, que se abría paso en el amplio mundo helenista. Fue un cambio en profundidad, que repercutió progresivamente en el ámbito del Imperio Romano confiriendo al evangelio en efectiva universalidad.

    Conversión, ética y psicológicamente hablando, significa cambio, pero en profundidad. No es simple superficial mudanza y, menos, cosmética afectación. Es honda reorientación de la libertad y su escala de valores. El ser humano como sujeto de libertad es agente de cambio. Para bien o para mal. El ejemplo de la fruta prohibida escogida por Adán en los inicios de la humanidad, como relata el Génesis, es muestra patente. Pero hay elecciones para bienes grandes, y muy grandes. Jesús comenzó su predicación con un vivo llamado a la conversión; y la vida cristiana, para no hablar de la creyente y humana en general, es permanente reclamo a una positiva reorientación personal. La cual es fruto de la voluntad humana, ciertamente, pero también y, sobre todo, don divino.

    Mientras el hombre peregrino en su recorrido temporal está invitado a progresar y a cambiar y convertirse hacia lo que Dios le establece como meta suprema y la propia conciencia vislumbra. La esperanza constituye, en este sentido, un horizonte abierto como propuesta y exigencia.

    La historia es escenario de incansables mudanzas. Y tenemos que actuar siempre las mejores. Así como nunca excluir la posibilidad de conversión. En este contexto la reconciliación como reencuentro es, felizmente, posibilidad siempre presente e interpelante en el acontecer humano. Al igual que el arrepentimiento y el perdón. Éste, que no está divorciado de la justicia y la reparación, prepara y acompaña a la reconciliación hacia cambios constructivos. Son categorías que tejen la convivencia de seres humanos, libres y llamados a la bondad, pero permanentemente tentados. No sin razón cuando los discípulos de Jesús le pidieron al Maestro que los enseñase a orar, él les entregó la oración del Padre Nuestro, que termina invocando la liberación de tentaciones. La experiencia ha elaborado un refrán: “la tentación hace al ladrón”.

    Con respecto a reencuentros, la caída del Muro de Berlín me enseñó mucho. La división de esa ciudad la percibí de cerca. Estuve allí antes, durante y ya caído el muro; también en el cincuentenario de su construcción. Cuando lo contemplaba pensaba en la tragedia que acompañaría su demolición: enfrentamientos, muertes, persecuciones… Pero ¿Qué pasó? Que yo sepa no hubo ningún ahorcado, fusilado o cosas por el estilo. La reunificación alemana se dio, obviamente con sus tensiones y altibajos, pero sin catástrofes.

    Recuerdo esto a propósito de la reunificación de Venezuela. Es norte es claro y obligante: reconstitucionalización, democratización, reinserción de emigrados, reencuentro ciudadano, paz. Urgen cambios y conversiones. Juntar justicia y perdón, reparación y reconciliación y factores semejantes no es fácil, pero sí imperativo. Debemos amasar el futuro con mucha esperanza. Cristianos, creyentes y compatriotas todos en general, debemos desempolvar principios sanos y atornillar obligantes compromisos.

    Después de casi tres décadas de descarrilamiento es preciso recomponer vías superando proyectos totalitarios, ensimismamientos partidistas, encajonamientos ideológicos. Reunir la familia venezolana vaciada con una cuarta parte de emigrados y dividida con enguerrillamientos internos. No olvidemos la advertencia del Señor: “Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir” (Mc 3, 25).

     Pablo en camino hacia Damasco, de fundamentalista y perseguidor se convirtió en apóstol de buena nueva y constructor de comunidades en la línea de la hermosa y exigente ley suprema del amor. 

sábado, 7 de febrero de 2026

ALFABETIZACIÓN CÍVICA

 

    Un ciudadano común no tiene por qué conocer los nombres de los directivos de la asamblea nacional ni de los ministros en ejercicio, como tampoco el listado de códigos que rigen el ordenamiento de la República ni de los convenios internacionales vigentes. Pero hay algunas cosas que sí resultan de conocimiento obligante y constituyen una especie de abc en materia de orientación cívica.

    En un pequeño libro titulado Doctrina Social de la Iglesia (DSI), que escribí y subí a mi blog perezdoc1810.blogspot.com, luego de sintetizar algunos temas fundamentales en esa materia, incluí algo que entiendo como de conocimiento básico y necesario para un ciudadano común y corriente de este país: el Prólogo y los Principios Fundamentales de nuestra Constitución, así como la tabla de la Declaración universal de derechos humanos proclamada por la ONU en 1948. Por cierto que hace poco en un encuentro con jóvenes universitarios comprometidos en servicios sociales de variada índole les preguntaba si habían leído alguna vez esos textos y respondieron negativamente.

    El principio filosófico básico de que “la raíz de la voluntad está en el intelecto” se refleja en una frase sencilla corriente: “nadie quiere lo que no conoce”. Las consecuencias de esto para un buen comportamiento ético y una actitud constructiva social son más que evidentes. Si importante es saber sumar y restar, igualmente o más es tener herramientas mentales básicas para fundamentar una convivencia humana digna de tal nombre.

    Hay dos ejemplos que me gusta recordar. El primero es el del Arzobispo de Caracas Rafael Arias Blanco (autor de la carta pastoral que contribuyó sensiblemente a la caída de una dictadura en enero de 1958); él, unos años antes, en un catecismo para los primeros grados de instrucción elemental, había introducido ya una lección sobre DSI; dos décadas después el Papa Juan Pablo II, en un documento sobre la formación de la fe, afirmó que la instrucción en esa materia social debía estar presente desde los inicios mismos de la enseñanza catequística.

    La corresponsabilidad de todos los ciudadanos en la construcción de la polis exige un conocimiento de los principios básicos del ordenamiento constitucional del país, de los derechos humanos -que tienen como su otra cara los deberes-, de elementos teóricos y orientaciones prácticas elementales que estimulen el compromiso de personas, familias y grupos sociales por el bien común y la participación cívica también electoral. En este orden de cosas se inscriben los elementos fundamentales de la política como realidad en la cual estamos inmersos desde nuestro nacimiento y en que hemos de participar en diversas formas según capacidades, vocaciones, circunstancias y oportunidades. Es oportuno recordar que en nuestras escuelas se estudió en un tiempo Moral y Cívica”, y en 1992 se inició el Programa Educación Religiosa Escolar (mediante un convenio Estado-Iglesia) oficialmente marginado por el nuevo régimen. Eran valiosos instrumentos ad hoc.

    Los sistemas dictatoriales y totalitarios no brotan y crecen en el vacío (ámbito que, por lo demás, algo o alguien llena siempre). A veces se usa entre nosotros la expresión “no somos suizos” para explicar comportamientos sociales anárquicos o manejos gubernamentales arbitrarios. Se olvida que lo definitivamente determinante en un pueblo no es la geografía, sino su educación y el manejo de su libertad. Teniendo presente, sin embargo y obviamente, que lo intelectual y volitivo no se dan en el ser humano al estado puro y que ese mismo está siempre debilitado tanto por la tentación como por el pecado. Un experimentado escritor latino antiguo dejó una expresiva sentencia: “veo y pruebo lo mejor pero sigo lo peor”.

    Por último, si importante nos es el conocimiento de las ciencias y dentro de ellas las sociales y políticas, lo que definitivamente interesa es la rectitud ética y espiritual en el actuar.  De allí lo clave de cultivar y poner por obra valores que generen autenticidad personal y positividad societaria. No en vano ha quedado como brújula para la posteridad aquello de Simón Bolívar de que “moral y luces son nuestras primeras necesidades”.