lunes, 20 de abril de 2026

TRANSICIÓN A LA VENEZUELA IRREMPRASABLE

     Aunque alguna vez el tono o la explicitación no hayan sido lo suficientemente expresivos, eso no mengua la línea dominante crítica y la denuncia persistente de la representación oficial de la Iglesia con respecto al régimen gobernante de nuestro país en todo el presente siglo-milenio. El Episcopado ha utilizado calificativos que hasta ni políticos ni politólogos se han atrevido a emplear.

    Prueba de lo anterior es lo dicho por la Conferencia Episcopal Venezolano en “Carta fraterna” de su CXIII Asamblea Extraordinaria (12 enero 2020), publicada en Compañeros de camino, 2008-2021, serie que recoge la documentación del Episcopado: “Para quienes hoy están al frente del gobierno, lo que cuenta no es el bien común sino el interés desmedido de riqueza y poder hegemónico, capaz de resquebrajar todo intento de vivir en auténtica democracia. Vivimos en un régimen totalitario e inhumano en el que se persigue la disidencia política con tortura, represión violenta y asesinatos, a esto se añade la presencia de grupos irregulares bajo la mirada complaciente de las autoridades civiles y militares, la explotación irregular de recursos mineros que destruyen amplias extensiones del territorio venezolano, el narcotráfico y la trata de personas”.

    La palabra episcopal no se ha quedado en denuncias; ha formulado propuestas. Ha planteado repetidas veces la necesidad de una refundación del país, precisando aspectos concretos de la necesaria reconstrucción, tanto en lo económico, como en lo político y lo ético cultural. Ha insistido en la participación y corresponsabilidad de todos los ciudadanos para la realización de esta obligante tarea, que exige la toma de “conciencia del protagonismo de todos los miembros del pueblo venezolano, único y verdadero sujeto social de su ser y quehacer” (Exhortación 12 de julio 2021).

    Lo pasado es fundamentalmente material de archivo y consulta. El presente es la realidad con que contamos y con la cual hemos edificar, desde ya, el proyecto nacional deseable y obligante. En relación a éste subrayaré cinco puntos del último mensaje del Episcopado, a raíz de su asamblea de febrero pasado, explicitando la numeración correspondiente:

    1.” Una sociedad se reconcilia y se reconstruye, no con héroes, sino con personas libres, responsables, capaces de convivir dignamente y de construir un futuro lleno de esperanza” (10).

    2. La soberanía, que reside intransferiblemente en el pueblo (11), se vio desconocida el 28 de julio 2024. “Los hechos del tres de enero de este año (…) muchos estiman que abren caminos para lograr la democratización” (No. 12). “En función de garantizar la soberanía y la autodeterminación sobre nuestro destino (…) necesitamos: reconstruir la institucionalidad democrática; restituir la independencia de los poderes públicos; contar con un Tribunal Supremo de Justicia y un Consejo Nacional Electoral creíbles y que garanticen elecciones libres y justas (…) En este proceso debemos participar todos los venezolanos que estamos aquí y los que están fuera” (No. 14).

    3. “Una vez más, solicitamos la plena liberación de todos los presos políticos o detenidos por causas injustas” (No. 17).

    4. “Un aspecto fundamental (…) debe ser la superación del empobrecimiento que hoy azota a un porcentaje mayoritario de la población, y que es una de las causas del inmenso y doloroso éxodo de muchísimos compatriotas. En este sentido, es imperativo que los recursos que se reciban por la reactivación de la industria petrolera se destinen a mejorar la calidad de los salarios y a implementar programas sociales” (No. 19).

    5. “Como Iglesia católica, nos comprometemos a que nuestras diócesis, parroquias, comunidades, instituciones educativas y sociales, sean espacios de encuentro, escucha y acompañamiento, que generen signos claros y creíbles de fraternidad y reconciliación” (No. 20).

    La Iglesia plantea con carácter de urgencia la reconstitucionalización (democratización, estado de derecho) del país; lo hace dentro de su misión de ser signo e instrumento de efectiva comunión también ciudadana. La interpelación es de Jesús el Señor “(…) toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá subsistir” (Mateo 12, 25).

                              

 

sábado, 4 de abril de 2026

LAICOS EN LA IGLESIA

     La Iglesia en cuanto comunidad cristiana se distribuye en tres sectores: ministerio pastoral o jerárquico (clérigos), laicado y vida religiosa (consagrada).

    El primero está constituido por una tríada: obispos, presbíteros (ordinariamente llamados sacerdotes) y diáconos.  El segundo lo integran los laicos, denominados también seglares. Y el tercero lo forman los religiosos (as), que profesan tres votos (promesas, compromisos), a saber:  castidad, pobreza y obediencia.

    De estos tres sectores el de los laicos totaliza prácticamente la entera Iglesia. Pensemos que los católicos en Venezuela sean unos 20 millones; pues bien de estos todos son laicos menos unos 10.000, que suman, más o menos por partes iguales, los miembros de los otros dos sectores. Es decir, la Iglesia está compuesta fundamentalmente por laicos, con muy pocas excepciones. Esto significa que en la generalidad de las parroquias… ¡el único no laico es el párroco!

    Esto ha de llevar a los católicos a una seria reflexión acerca de la responsabilidad cristiana no sólo respecto de la Iglesia sino del país.

    Lamentablemente la mentalidad dominante es de un marcado clericalismo, que en la práctica identifica a la Iglesia con el clero. Lo cual no es ninguna innovación, pues tiene una larga tradición, reforzada a partir de la separación protestante del siglo XVI. Ésta en general minimizó la función de la jerarquía y subrayó el papel de los laicos. La respuesta católica, de carácter beligerante, acentuó todavía más la potestad del clero. Se recalcó la distinción de Iglesia docente/discente (del latín aprender) u oyente, y de pastores/fieles. En los tratados teológicos sobre la Iglesia la reflexión sobre el laicado (y los religiosos) estaba ausente. Resultado: una concepción bien piramidal en cuanto a autoridad, disciplina, iniciativa… Ello no implicaba, por supuesto, la ausencia de los “fieles”, quienes actuaban su vida cristiana, practicaban la religiosidad popular, y realizaban obras caritativas, hasta expresiones de notable santidad como es el caso de un Tomás Moro, una Teresa de Jesús y un José Gregorio Hernández.

    El Concilio Plenario o Sínodo Nacional de Venezuela (2000-2006) en uno de sus 16 documentos, el dedicado a los laicos, expuso muy bien esta materia con su metodología de ver-juzgar-actuar; destacó, justo al comienzo, una significativa afirmación con tintes de proclama: “Los signos de los tiempos muestran que el presente milenio será el del protagonismo de los laicos”. Un innegable desafío al ejercicio de la misión de estos en la Iglesia y en el mundo.

    Afirmar el protagonismo laical no implica en modo alguno opacar el papel del ministerio pastoral o jerárquico -fundado en la institución de los Apóstoles por el Señor Jesucristo- pero sí lo relativiza dentro del conjunto eclesial y, además, subraya el papel transitorio de obispos, presbíteros y diáconos para el sólo tiempo del peregrinar de la Iglesia en la historia. En el cielo no habrá jerarquía sino sólo la de Dios Trinidad y Cristo Señor.

    Resulta clave, en consecuencia, identificar bien lo propio y peculiar del laico, a saber, su condición secular (palabra procedente de saeculum en latín, que quiere decir siglo, mundo), llamado, por tanto, a vitalizar la convivencia humana histórica en el sentido del Evangelio, del amor. El laico se ha de definir como miembro de la Iglesia en el corazón del mundo, constructor de una nueva sociedad abierta a lo definitivo.

    El laico está llamado a actuar en comunión con la jerarquía, con los pastores, pero con responsabilidad inalienable. Tomando iniciativas que le corresponden por su fe y su bautismo. No es un brazo largo del clero, sino protagonista de una misión que le es propia, la evangelización de lo económico, lo político y lo ético-cultural. Miembro participativo y corresponsable de la comunidad eclesial, el campo propio de su misión evangelizadora es el ancho y vasto mundo, comenzando por el inmediato familiar, que es su Iglesia doméstica.

    Esta Venezuela en aguda crisis urge un laicado protagonista de nuevos tiempos.