jueves, 14 de mayo de 2026

AMOR COMO VALOR SUPREMO

 

    Se ha solido identificar de tanto en tanto el fin de la historia con acontecimientos tremendos o maravillosos. Algo de eso se fantasea actualmente con motivo de los saltos en el campo tecnológico comunicacional y muy concretamente con la denominada inteligencia artificial. De ésta, no poco estamos viendo y lo demás está por verse. Aunque cabe pensar que el devenir humano continuará siendo por un largo futuro una abundosa caja de sorpresas.

    La originalidad del ser humano radica en su condición de inteligente, poseedor de un conocimiento espiritual, que supera las limitaciones de lo material y sensible, a pesar de las exageradas interpretaciones que de éste han formulado pensadores empiristas como Hume. La capacidad de “leer en profundidad” -así se traduce el vocablo latino intellectus - acompañada por otra facultad que es la voluntad, constituye al hombre como persona. Lo volitivo es tendencia hacia lo que el conocimiento presenta como apetecible, como bueno. El ser humano no se queda, por tanto, en la mera contemplación de la realidad, sino que tiende a su fruición en base a opciones. En ello se fundamenta el ser libre, capaz de decidir.  Al animal lo guían sus instintos, la persona se autodetermina por decisiones.  Esto entraña un valor de inmensurable riqueza; pero también una tentación, por el peligro de escoger lo malo y dañino bajo la apariencia de bien.  Pero la libertad en su definición positiva, antes que decisión ante alternativas, entraña la posibilidad de adherirse a un bien, en lo cual consiste la perfección personal. La libertad no se reduce a voluntarismo, pues tiene, como norte y plenitud, lo bueno en su apertura infinita.

    La dinámica personal no se queda, pues, en una simple adhesión o fruición de cosas, ni aun en el relacionamiento funcional o utilitario entre personas, sino que tiende al encuentro o compartir interpersonal. Éste significa una genuina comunión de libertades. Los pecados capitales, comenzando por la soberbia y la avaricia, constituyen entonces un desvío del camino humano hacia su verdadera perfección. Por cierto que el Papa Pablo VI formuló el concepto de civilización del amor como sinónimo de una nueva sociedad, de la deseable convivencia humana, la cual entraña, más allá de leyes o estructuras justas, una co-existencia solidaria, servicial, fraterna.

    En la Biblia aparecen tres cartas de Juan, discípulo del Señor Jesucristo. En la primera de ellas encontramos la siguiente frase de un contenido sumamente rico y profundo: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1 Jn 4, 8). Conjuga dos principios de máxima profundidad, uno cognoscitivo, epistemológico, y otro entitativo, ontológico, que tienen, como connatural acompañante o consecuencia,  el precepto ético primario y radical del amor. De la riqueza encerrada en aquella sentencia valga enunciar ahora una tríada de expresiones.

    Una primera sería lo que sirve para valorar la inteligencia artificial. El devenir humano no se juega sólo o principalmente en lo intelectivo, sino en la orientación de la voluntad, en la decisión libre. No en simples logros o selecciones, sino en selecciones y adhesiones.

    Una segunda es lo que ayuda a orientar la socialidad humana en el ámbito económico, político o ético-cultural, en lo científico, técnico y tecnológico. El norte definitivo a seguir es el encuentro, la comunión de personas y comunidades, más allá de simples convergencias y acuerdos.

    Una tercera indica por dónde va una auténtica espiritualidad y religiosidad. Ya para los judíos y luego para los cristianos la revelación divina puso bien en claro que por encima de ofrendas, sacrificios rituales, observancias legales, debía prevalecer el cuido de los más débiles, el trato mutuo respetuoso y fraterno, la apertura del corazón a Dios y al prójimo.  

    En situaciones como la actual venezolana esto tiene aplicaciones muy concretas a la hora de formular propuestas, así como de jerarquizar orientaciones y decisiones, superando interpretaciones reductoramente economicistas y soluciones estrictamente políticas. Lo cultural, y dentro de ello lo ético espiritual, ha de jugar un papel primordial.

viernes, 8 de mayo de 2026

TRIADA PRIORITARIA NACIONAL

     Prioridad es una necesidad que ocupa un primer plano en el orden operativo. Constituye, por tanto, una tarea que interpela con especial urgencia. Una buena planificación exige una adecuada selección en lo tocante a prioridades.

    Personalmente me gusta pensar y trabajar con tríadas. Ayuda a precisar y jerarquizar ideas y prácticas. Entre los pensadores Hegel destaca por su sistematización triádica. Desde el punto de vista de la reflexión y la acción cristianas no tiene nada de extraño lo relativo a tríadas, ya que centro y eje la fe es la afirmación de Dios creador y salvador como Trinidad, comunión, amor. El Papa Francisco en su encíclica ecológica Laudato Si´, citando a San Buenaventura subraya: “cada criatura lleva en sí una estructura específicamente trinitaria tan real que podría contemplarse fácilmente si la mirada humana no fuera tan parcial, oscura y frágil” (LS 239). 

    Volcando los ojos a nuestra situación de crisis global nacional y a los imperativos que se plantean para la reconstrucción del país, podría estructurarse una tríada de prioridades a la hora de jerarquizar decisiones. En la línea de búsqueda de soluciones no resulta extravagante que Washington haya planteado formal y oficialmente su intervención en forma también triádica.

    Antes de formular una trilogía de prioridades para la recuperación nacional no podría menos de manifestar extrañeza ante el planteamiento, que no raramente se hace, de subrayar lo económico como el primer ámbito de atención.  No porque lo económico no juegue un papel fundamental en el funcionamiento social (marxista y liberales coinciden en esto), sino porque después de 25 años de progresivo deterioro del país, no hay duda de que el daño ha tenido su raíz fundamental en el proyecto ideológico-político de corte totalitario del llamado Socialismo del Siglo XXI. Causante principal de la crisis no ha sido un mal manejo técnico de la economía, sino una concepción homoneizante y hegemónica de la convivencia social, dentro de la cual ha entrado en juego la centralización económica, conjugada con factores ético-culturales como el pecado capital de la avaricia y una generalizada corrupción administrativa.

    En lo tocante prioridades respecto de la urgente reconstrucción nacional, pueden señalarse las siguientes:

1.       Desmonte de la represión o, en positivo, restablecimiento del estado de derecho, de la vigencia de la Constitución, del clima de libertad y respeto de los derechos humanos; esto implica, entre otros, la libertad incondicionada de todos los presos políticos, civiles y militares, así como el poner término a la hegemonía comunicacional.

2.       Agenda electoral, reestructurando organismos como el CNE y el TSJ, fijando fechas para el proceso, estableciendo mecanismos y garantías de transparencia (registro de votantes, veeduría internacional).

3.       Regreso de exiliados o, en otros términos, reintegración abierta a la cuarta parte de la población venezolana (¡!), hoy ex patriada.

     Hablar adecuadamente de prioridades se lo entiende, obviamente, en el marco situacional de un país que sufre una patente contradicción: riqueza en potencial económico (petróleo, minas, tierras…) junto a un pueblo viviendo mayoritariamente en pobreza y con fuertes índices de miseria. Y de una nación que exige particular cuidado de su educación y de una pedagogía ciudadana hacia la corresponsabilidad y la solidaridad.

     Cambiar cosas importa, pero, todavía más, cambiar personas y comunidades en orden a una calidad de vida moral y espiritual. No pocas veces se restringe el llamado al cambio ético a lo relativo a corrupción administrativa e irrespeto a los derechos humanos; pero no se pone la debida atención a la formación de personas y comunidades en la positividad de valores como gratuidad social, fraterna convivencia y calidad de vida. En esto tienen particular responsabilidad las instituciones religiosas, que se contraen con frecuencia a lo íntimo personal, sin extender la mirada al relacionamiento interpersonal y la comunión social también en perspectiva trascendente. Los cristianos, que creemos en un Dios Trinidad, amor, tenemos en esto una vocación-misión muy especial.