viernes, 24 de julio de 2026

PROPUESTA DE NUEVA SOCIEDAD

     Hablar de una nueva sociedad es referirse a una sociedad deseable, que responda a las varias exigencias del ser humano como persona y en su convivencia ciudadana. Dada la condición histórica del hombre, en continuo devenir, no se puede pensar en una estructura política definitiva, terminal, sino en una configuración siempre abierta a un ulterior desarrollo. El movimiento puede pensare aquí entonces como en dinámica asintótica, como proceso hacia un término siempre en cercanía.

     El Concilio Plenario de Venezuela (2000-2006) -asamblea pastoral la más importante en los quinientos años de la comunidad eclesial nacional- produjo un documento (el 3o. de 16) precisamente con el título  de Contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad y el cual, por su metodología de ver-juzgar-actuar, constituye una especie de manual de Doctrina Social de la Iglesia (DSI) aplicada a nuestro país. Hablar de ésta constituye, sin duda,  un tema de particular importancia en la actual circunstancia de nuestra nación, golpeada por terremotos y aquejada por una crisis global tan grave que urge una refundación nacional, como lo ha planteado repetidas veces el Episcopado.

     La referida crisis ha envuelto no sólo las instituciones de tipo constitucional, sino también  las estructuras económicas, políticas y ético-culturales, como consecuencia de la aplicación de un proyecto de corte totalitario denominado Socialismo del Siglo XXI. Éste ha llevado, entre otras cosas, a la eliminación, absorción, fraccionamiento y manipulación de partidos y otras organizaciones políticas en el marco de una estatización centralizada. Ello se dio luego de un pragmatismo empobrecedor y del vacío de una   educación cívica en los últimos tiempos de la llamada “etapa democrática”.

     En medio de la actual incertidumbre y de ambiguas y contradictorias propuestas,  se abren, sin embargo, horizontes de cambio que generan esperanza y animan el compromiso ciudadano. En este sentido, el pueblo  -“soberano”(CRBV 5)-  manifestó en su última decisión electoral (28. 7. 2024) qué camino, constitucional, quiere para el país en línea pluralista, reconciliadora, democrática. Una vía distinta de la impuesta en lo que va de siglo por un régimen opresivo monopolizador.

     En este escenario se revela de gran valor, utilidad y necesidad,  lo que la Doctrina Social de la Iglesia ofrece para la construcción de una nueva sociedad venezolana, especialmente luego de la exposición actualizada y animadora hecha por el Papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas.

      Antes de cualquiera otra observación valga recalcar los puntos siguientes: 1) La DSI no constituye un proyecto o programa político, sino que sirve de herramienta o material para ello; 2) no es propiedad   exclusiva de  ningún partido o movimiento, pues constituye propuesta abierta; 3) no conforma un conjunto teórico u operativo cerrado, sino en continua progresión y actualización; 4) es de la Iglesia, pero no confesional, doméstica, sino abierta “a todos los hombres de buena voluntad”  en  línea humanizadora, servicial. Sobre si es “ideología” o no, la respuesta queda abierta por la equivocidad de dicho vocablo.

     No es del caso  exponer aquí los fundamentos y principios de la DSI. El citado documento del Papa es bien claro, sintético y pedagógico al respecto, especialmente en sus dos primeros capítulos; y bien actualizado por su lúcida ubicación en la nueva era digital. Sí quisiera subrayar la utilidad y oportunidad de dicha enseñanza en esta Venezuela que urge reencontrarse consigo misma para entrar sólida y eficazmente en el nuevo siglo y el nuevo milenio.

     La DSI,  abierta al mundo, interpela, sin embargo, en primer término, a los católicos, cristianos, que creemos en un Dios Trinidad, Amor, que ha creado al ser humano para amar.  Es bastante diciente lo que subrayó el Concilio Plenario de Venezuela: “ “Los cristianos no pueden decir que aman, si ese amor no pasa por lo cotidiano de la vida y atraviesa toda la compleja organización social, política, económica y cultural. Por ello se tiene que promover  la civilización del amor como fuente de inspiración de un nuevo modelo de sociedad” (Doc. 3, 90).

 

 

sábado, 11 de julio de 2026

¡ABAJO CADENAS!

 La cercanía del 5 de Julio invita a una reflexión sobre libertad y esclavitud.

     León XIV en su reciente encíclica Magnifica Humanitas (MH) aborda el tema  propósito de la salvaguarda de la persona humana en estos tiempos de inteligencia artificial. Esto evidencia que esclavizar no es sólo una mancha del pasado, sino amenaza permanente durante el peregrina humano.   

     Con notable retraso la sociedad y la Iglesia condenaron esa terrible práctica, aceptada en Venezuela hasta la época de los Monagas en el XIX, siglo en que el flagelo encontró de parte de la Iglesia, “una condena formal, absoluta y universal” en particular con el Papa León XIII (ver MH 176). Es bien significativo que desde tiempos remotos la esclavitud había sido  institucionalizada, como lo demuestra la estructura triádica social de los griegos: ciudadanos/otros (extranjeros, comerciantes, artesanos/-esclavos.

     Lamentablemente la vergonzosa realidad humana de la esclavitud no se restringió a un ordenamiento formal, estamental, de la sociedad; se trataba, en efecto, de un relacionamiento  inhumano  manifestado de múltiples maneras y reflejo de la condición,no sólo débil e imperfecta, sino también pecadora, malvada, del ser humano. El filósofo Hobbes (+1679) llegó hasta formular la agresiva definición del “homo homini lupus” (el hombre, lobo para el prójimo), tratamiento extendido desde la relación persona-a-persona hasta lo  macropolítico. El egoísmo humano está tentado siempre de apetencias esclavistas, cuya manifestación  ha asumido en nuestro tiempo también el ominoso aparataje de redes, carteles y asociaciones mafiosas del más diverso género, que se tejen con la  gerencia de trata de personas y  comercio de órganos, para no hablar de los mercados de armas y una “normalización” de la guerra.

     La interpretación cristiana de la historia no es una  panglosiana evasión del conlicto, pero tampoco la de una interpretación trágica de cierre de horizontes. Desde el Génesis la historia se muestra como tensión, lucha entre el egoísmo y la comunión. La victoria total y definitiva de Cristo se entiende como horizonte de un peregrinaje histórico, que junto a lo mejor va inventariando también una crónica de lo peor.

     En el ámbito político y ético-cultural se puede hablar de tendendencias, mentalidades, ideologías esclavizantes. Éstas se podrían ejemplificar fácil y dolorosamente en la contemporaneidad con los totalitarismos nazi-fascista y comunista, de los cuales el Holocausto y los gulags quedaron como símbolos máximamente expresivos.

     Pero lo de esclavitud no se reduce a sus manifestaciones más aparatosas como las mencionadas; tiene formas más sutiles y maquillajes de imposición que la presentan como inofensiva y hasta conveniente. La manipulación y el dominio inhumanos se revisten de atractivos mediante mecanismos populistas, argumentos de necesidad y conveniencia. La esclavización tiende a transformarse en ambiente, que envuelve y transforma de modo sutil a personas y grupos sociales. El documento pontificio arriba citado Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial ofrece al respecto advertencias de suma importancia. Esclavizar es una tentación omnipresente: en personas y colectividades, ciudadanos y estados. Concierne a todos los ámbitos sociales; económico, político y ético-cultural.

     Bajando a tierra y circunstanciando ideas en lo acaecido en Venezuela durante este siglo y milenio podemos identificar  hechos y tendencias manifiestamente esclavistas de parte oficial. Símbolos patentes son la hegemonía comunicacional, los presos políticos, el estatismo económico, el silencionamiento del soberano y el monopolio ideológico educativo. Todo ello contradiciendo preceptos constitucionales, exigencias del estado de derecho y requerimientos básicos de derechos humanos. No sin razón el Episcopado Venezolano calificó en repetidas ocasiones al régimen del Socialismo del Siglo XXI como proyecto de corte totalitario. 

     Liberar de la esclavitud, llamado del himno patrio, es una consigna que tiene sentido en la  Venezuela actual, desafiada para constituirse como nación genuinamente democrática.