viernes, 17 de abril de 2020

EL FUTURO ES YA




Hablamos de pasado, presente y futuro, como de tres momentos con peso propio y realidad distinta. Los entendemos como residencia, respectivamente, de la memoria, del compromiso y del proyecto. Y a menudo somos vividos por lo quedó atrás o prefiguramos, sin tomar en serio y responsablemente, lo que tenemos entre manos. Por ello no es extraño que nos dejemos absorber por recuerdos y aplastar por angustias, sin asumir en toda su densidad, las exigencias y posibilidades del ya, del presente de nuestra libertad y compromiso.

Es preciso recordar siempre que el único tiempo de que disponemos y nos es posible manejar, es el presente. Porque lo que fue, fue, y lo que puede ser, no es. El ya es la única duración que podemos manejar en la praxis. Somos veraces y honestos hoy, no en el pasado ni en el futuro. Una sentencia del libro bíblico Eclesiástico señala que sólo “al final del hombre se descubren sus obras. Antes del fin no llames feliz a nadie, que sólo a su término es conocido el hombre” (Si 11, 27-28). En términos parecidos concluye Sófocles su Edipo, Rey.

Lo que llamamos tiempo se hace real sólo en el presente; éste viene a ser como un punto matemático, que, en su progresivo desplazarse, va construyendo lo que llamamos el futuro. Por eso es preciso vivir el presente con toda hondura, intensidad y responsabilidad; no sólo en lo pequeño y cotidiano, sino cuando hablamos de construir una nueva sociedad, como convivencia correspondiente a dignidad del hombre y sus derechos y deberes fundamentales. Esa sociedad se hace real sólo y desde el actual obrar, positivo y solidario, y en el ámbito concreto, menudo o grande en que nos encontramos; de otro modo se quedará en simple fantasía e idealidad. Hay un refrán alemán que suena así: “Mañana, mañana, no hoy, dice toda la gente floja”.
Esta afirmación de lo presente como marco de la praxis y única realidad disponible no significa que la previsión y la planificación no son indispensables. El ser humano ha sido creado como ser para progresar, proyectar, renovarse e innovar; volar alto y lejos. El simple animal, al contrario, ha permanecido en cuevas sin construir ciudades. Lo que se quiere subrayar con todo esto es que el cambio comienza en el aquí y ahora o nunca cristalizará. El que quiere el fin (intención) pone los medios (realidad concreta).     

Hay una exhortación de Jesús, que resulta muy iluminadora y se ha de entender como antídoto contra el dejarse devorar por la angustia ante lo mentalmente anticipado, sin acometer lo actualmente debido: “No andéis, pues, preocupados, diciendo: ¿Qué vamos a comer? (…) pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal” (Mt 7, 31-34). 7, 33). Del mismo Señor es la parábola del “rico necio” (Lc 12, 16-21). Éste, habiendo obtenido una gran cosecha proyectó ampliar sus graneros para almacenarla y poder decirse: “tienes muchos bienes guardados para muchos años. Descansa, come, bebe y alégrate”. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche te reclamarán tu alma”.
El presente es el momento de la decisión, de la opción, de la praxis, que concreta la obediencia a Dios y el servicio al prójimo, es decir, del cumplimiento del mandato principal, el amor. Una vieja sentencia advierte: “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. Se dice que los que no quieren adelgazar mudan siempre su ayuno para la próxima semana.
Sólo en el presente se demuestra la autenticidad de la fe y de las convicciones. No se es justo y recto por lo que se hizo, o por lo que se desea ser, sino por lo que aquí y ahora se está siendo. En el presente se juega el futuro, lo definitivo, el cual para el creyente consiste también y sobre todo en la vida eterna. Se ha de enfrentar y aprovechar el aquí y ahora, pues, con toda intensidad y profundidad.


    

jueves, 2 de abril de 2020

TIERRA Y CIELO NUEVOS



    El último libro de la Biblia, Apocalipsis, habla en su conclusión de la nueva Jerusalén, como símbolo de lo definitivo de la historia humana e inicio de una etapa de duración, que ya no será tiempo, sino eternidad.

     En el penúltimo capítulo, el 21, comienza diciendo el autor: “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva (…) la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios (…) y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21, 1-2.4). Y agrega: “La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero” (Ap 21, 23).

    La historia no es, pues, como una serpiente que se muerde la cola, en giro incesante sobre sí misma; ni tampoco como una línea, ascendente o no, que se prolonga indefinidamente. En la tradición judeo cristiana se interpreta como un segmento, con un inicio creacional y un término que se identifica con la plenitud del Reino de Dios. La historia se desarrolla entonces en un marco de esperanza con un horizonte luminoso, el compartir perfecto humano-divino.

   Esto es oportuno recordarlo en la proximidad de la Semana Santa, en que los cristianos celebramos la pasión, muerte y resurrección del Señor. En estos tiempos de renovación, la Iglesia en su liturgia acentúa de modo creciente la Pascua al celebrar la Semana Mayor. Ésta se entendía antes, fundamentalmente, como conmemoración de la pasión y muerte de Jesús, hasta el punto de que se solía hablar de la Semana de Dolor, la cual, polarizada en el Viernes Santo, concluía, en tono menor, el Sábado de Resurrección.  Actualmente la Iglesia, remontándose a sus orígenes y en la línea del culto de Israel, asume la Pascua en sentido más global, que comprende sacrificio y prueba, pero destaca liberación y gloria. El momento culminante de la Semana Santa viene a ser entonces la solemne Vigilia Pascual, que celebra el paso (pascua, hebreo pesaj) de la muerte a la vida, primariamente de Cristo, y en él, de los creyentes. En la primera predicación cristiana, tenida por Pedro en Pentecostés, el mensaje central es la muerte y resurrección de Cristo, fuente de vida para los que creen en él. En esta perspectiva pascual el sacramento del bautismo viene a ser el paso inicial y clave del cristiano.

    La resurrección no se reduce a una afirmación de fe, sino que entraña conversión hacia una novedad de vida. Este es un tema que san Pablo desarrolla en sus cartas bajo la figura del hombre nuevo, que implica revestirse, entre cosas, de “misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” y por encima de todo ello, “del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3,12-14).
La pascua posibilita y exige novedad vital en la línea de la buena nueva de Jesús y, por tanto, un compromiso operativo personal y comunitario. Una existencia nueva hacia una nueva sociedad, que tiene que ver, por tanto, con lo individual y familiar, pero también con la Iglesia y la polis. Esto evita interpretar lo cristiano en términos puramente privados, religiosos y cultuales.

   Entre tiempo y eternidad se da, pues, ruptura y continuidad. En lo transitorio se anticipa lo definitivo. El Concilio Vaticano II en su documento sobre la Iglesia en el mundo actual afirma, al respecto, algo muy esclarecedor: “Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna  y la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal (…) ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección” (GS39).
La tierra y cielo nuevos los comenzamos a construir aquí y ahora en nuestra situación concreta.   





viernes, 20 de marzo de 2020

LECTURA DE SIGNOS




     Uno retoma ciertos temas en escenarios semejantes y frente a retos de envergadura. Eso pasa con el de los signos de los tiempos, cuya lúcida lectura reclama Jesús a sectarios interlocutores (saduceos y fariseos), quienes quisieron ponerlo a prueba pidiéndole una exhibición de taumaturgia (Mt 16, 1-4).
    Jesús reprocha a esos adversarios el acertar en predicciones meteorológicas (buen o mal tiempo en base al color del cielo), pero ser incapaces de discernir los signos de los tiempos, como era el caso de la presencia ya, en medio de ellos, del Reino de Dios y del Mesías que lo encarnaba.
  
   El Concilio Vaticano, II al inicio de su documento Gaudium et Spes, precisó como deber permanente de la Iglesia el “escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio” (GS 4), para responder adecuadamente a los desafíos planteados por ellos. El mismo Concilio, allí mismo, hace un inventario de hechos salientes socio políticos, ético-culturales y religiosos del mundo de hoy, interpretándolos como un “período nuevo de la historia” -cambio epocal se lo llama actualmente- pues no sólo entraña ahondamiento, aceleración y multiplicación de cambios, sino un salto inédito de humanidad (para Alvin Toffler una “nueva ola”, la tercera)
  Pensemos en lo que sucede en los campos de la comunicación y de la vida en un mundo en globalización. Otro signo de nuestro tiempo es el que subraya el documento conciliar sobre los laicos, a saber, “el creciente e ineluctable sentido de la solidaridad de todos los pueblos” (AA 14).
El dramático y universal fenómeno del Coronavirus hace recordar lo que Jesús entendía por lectura sapiencial de los signos de los tiempos, esos trazos fuertes de la historia como circunstancias en que se juega en medida inapreciable la suerte de un pueblo o de la entera humanidad. Esa pandemia, que compromete la salud y la vida de vastas poblaciones, urge actuar en frentes del más diverso orden, entre los cuales sobresale el de valores éticos como el servicio generoso y la solidaridad fraterna. Dios no creó seres humanos aislados sino una humanidad, una familia universal. Las fronteras y las soberanías son obra humana funcional respecto del mejor destino común; no instrumentos para favorecer intereses particulares, amparar desigualdades y violaciones de derechos humanos, resguardar nacionalismos cerrados. Así como tampoco la vocación de globalidad no legitima hegemonías ni monopolios transnacionales. En este sentido es preciso revisar actuales patrones de desarrollo para superar desequilibrios o dominaciones y promover ineludible corresponsabilidad en la casa común.   
Crisis como las del Corona virus desafían a examinar y enfrentar conjuntamente, de modo positivo, el desarrollo en sus aspectos económicos, pero también políticos y ético-culturales; a revisar la ceguera ecológica, así como el materialismo y la amoralidad en los cánones de desarrollo humano; a promover una cultura de  vida y de calidad espiritual ante la embestida de una anticultura de muerte y desenfrenado sensualismo, que, entre otras cosas, desestructura la persona, desdibuja el matrimonio, destruye la  familia y desintegra la humanidad; a cultivar una ecología integral y una educación formadora en los derechos-deberes humanos y abierta a la trascendencia. Todo ello en perspectiva de personas y conglomerados corpóreo-espirituales que peregrinan en una microesfera por el escenario espacial, temporales pero portadores de una promesa de eternidad.

En lo tocante a nuestro país, el Coronavirus, como signo de nuestro tiempo, nos interpela a cambiar el actual régimen omnidestructivo y opresor, para recuperar y fortalecer una convivencia democrática y plural, promotora de un efectivo progreso económico, político y ético-cultural, que responda a las exigencias de un auténtico humanismo en consonancia con los imperativos que plantean el Preámbulo y los Principios Fundamentales de nuestra Constitución.
  


 
     





martes, 10 de marzo de 2020

ELECCIONES 2020



      En previsión de un torneo electoral este 2020 estimo necesario subrayar algunas condiciones para que él sea algo serio y no una simple pantomima. No pretendo enumerar todos los requisitos imperativos o convenientes, sino aquellos que pudieran calificarse estrictamente como sine qua non
1ª. En la circunstancia actual de gravísima crisis nacional no deben celebrarse elecciones parlamentarias sin presidenciales. La gran mayoría de los venezolanos quiere una decisión del soberano sobre el Régimen mismo, especialmente teniendo una estructura presidencialista como la nuestra y, sobre todo, en un sistema no sólo dictatorial sino totalitario comunista como es el SSXXI. 

   Con la experiencia que hemos tenido de una Asamblea Nacional completamente legítima, pero neutralizada por un Tribunal Supremo de Injusticia, engullida por una espuria Asamblea Nacional Constituyente, perseguida por los organismos represivos del Gobierno, fracturada mediante sobornos con dinero público y otras artimañas oficiales, no se puede esperar nada serio. Quien preside de facto desde Miraflores, podría al día siguiente de los comicios pretender su legitimación diciendo: “hicimos elecciones y hemos perdido democráticamente la Asamblea”. Luego procedería por todos los medios a inutilizarla según la lógica del “vinimos para quedarnos”.

2ª. Son incompatibles unas elecciones parlamentarias con la existencia y funcionamiento de la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente, autoerigida como poder originario, absoluto, cuasi divino. Ella se creería facultada para decidir cualquier cosa, en cualquier momento, sobre la Asamblea Nacional y, en general, sobre el Poder Público.
3ª. Un árbitro confiable es indispensable. El Consejo Nacional Electoral debe estar integrado por representantes del mundo político y de la sociedad civil, que garanticen la seriedad y transparencia de las elecciones. Éstas han de ser auténticamente tales, es decir, fruto de la opción de los ciudadanos, y no simples votaciones que registren apenas la materialidad de números y el funcionamiento de máquinas.
4ª. Reconocimiento pleno de la legitimidad y el libre ejercicio de la Asamblea Nacional elegida por la gran mayoría de los venezolanos. 
5ª.  Son indispensables la supervisión, el control en las varias fases del proceso, así como la garantía de respeto a los resultados, por parte de calificados organismos internacionales como ONU, OEA, UE, máxime cuando el Alto Mando ha convertido a la Fuerza Armada en instrumento del proyecto político-ideológico castro socialista.

6ª. La previa incorporación de los diputados a sus curules en genuina libertad y la liberación de los presos políticos resultan ineludibles. Serían una vergüenza nacional y una contradicción palmaria realizar elecciones con venezolanos perseguidos por razones ideológicas o políticas, especialmente si han sido escogidos por la ciudadanía para representarla en el ámbito parlamentario.
No resulta difícil añadir otras condiciones y que éstas sean estimadas por muchos como no negociables. Creo, con todo, que lo enumerado anteriormente sea bastante ilustrativo de lo exigible con miras a unas elecciones salvadoras del desastre producido por el presente Régimen.

    Ante un país que se nos está despoblando, ante los compatriotas que perecen o sufren por hambre, falta de medicinas, carencia de servicios y abundancia de inseguridad, ante la violencia institucionalizada y la metástasis de corrupción, no bastan paños calientes ni simulacros de soluciones ¿No han sido suficientes dos décadas para maltratar esta “tierra de gracia”, convertida en objeto de lástima o hazmerreir de la audiencia internacional?
“Despierta y reacciona, es el momento”. Tal fue el lema escogido para la segunda visita que nos hizo el Papa Juan Pablo II (febrero de 1996). Consigna animadora de una renovación de la Iglesia y del país. Y sumamente actual en estos momentos, en que urge una sólida unidad de los venezolanos demócratas para sacar ya al país de la gravísima crisis y llevarlo adelante en libertad, progreso compartido, justicia y paz.  


sábado, 29 de febrero de 2020

DESAFÍOS CULTURALES




     El término cultura es de significación polivalente y por eso, objeto de muy diversas definiciones. Simplificando las cosas podemos hablar de dos sentidos fundamentales: el primero lo entiende como algo sectorial, restringido al ámbito de lo artístico, de altas o refinadas expresiones de la inteligencia y de la creatividad humanas. Se contrapone, así, a lo simplemente socio económico y político.
Pero cultura puede ser asumida con una significación global societaria,  abarcando la totalidad de la vida de un pueblo. El Concilio Vaticano II la definió como “todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones” (Gaudium et Spes 53). Tiene que ver entonces con todo el quehacer humano, integrando lo económico, lo político y lo ético-espiritual. Entonces hay culturas como pueblos.

     Este año nuestra Iglesia conmemora el vigésimo aniversario del inicio de su Concilio Plenario (2000-2006), uno de cuyos principales documentos fue precisamente el titulado Evangelización de la cultura en Venezuela. En éste se trata del ejercicio de la misión de la Iglesia, la evangelización, en el vasto campo del quehacer humano, relacionando así dos nociones globalizantes.
El Concilio Plenario de Venezuela se desenvolvió con la acertada metodología del ver-juzgar-actuar, que parte de la realidad y termina en ella como tarea, mediando una reflexión humanista y cristiana sobre la situación concreta. La tercera parte, el actuar, se plantea en forma de desafíos, a los cuales siguen orientaciones como respuestas prácticas.
Los desafíos que se plantea la Iglesia en Venezuela en el referido documento reflejan lo que el país nos exige como ciudadanos en general y como creyentes en particular, en los distintos campos de la vida nacional. Lo cristiano, por cierto, no se yuxtapone a lo humano, sino que lo asume en una perspectiva más honda, comprehensiva y trascendente. Dichos desafíos son los siguientes:
1.      Ante el empobrecimiento de la población y cualquier hegemonía económica: “proclamar y trabajar por el respeto y promoción de la dignidad de la persona humana, la búsqueda del bien común y un desarrollo integral y sustentable”, hacia “una mayor igualdad, una economía eficiente, garante de oportunidades para todos y solidaria”.

2.      Ante el deterioro y fragilidad progresivos de la constitucionalidad y del estado de derecho: “fortalecer las comunidades e instituciones como mediaciones sociales, a través de la organización y participación de los ciudadanos y la defensa de los valores personales y familiares, para consolidar los valores democráticos y ejercer la soberanía popular”.
3.      Ante la coexistencia desigual de las culturas nacionales y el influjo de la globalizada: “trabajar por el reconocimiento efectivo de la igualdad de las culturas y el diálogo franco y sincero entre ellas, a fin de construir una comunidad nacional abierta a la integración latinoamericana y mundial, en justicia, solidaridad y paz”.

4.           Ante la grave crisis de vigencia de los valores éticos de la vida, la verdad, la justicia, la libertad, la solidaridad y la paz, “promover una auténtica cultura de la vida, de la solidaridad y de la fraternidad, mediante la educación en valores, la participación en experiencias de reconocimiento mutuo y convivencia social, acciones en defensa de los derechos humanos y el respeto a la naturaleza”
5.      Ante la falta de coherencia entre la fe y la vida: “testimonio de la persona y el mensaje de Jesucristo en la vida cotidiana, particularmente en aquellos ámbitos donde se diseñan, comunican y organizan las matrices culturales”.

Estos desafíos nos interpelan a construir una nueva sociedad, de economía sólida y solidaria, de democracia robusta en institucionalidad y participación, de diálogo cultural, de valores éticos y ecología integral, así como de coherencia entre fe y vida.     

sábado, 8 de febrero de 2020

ACTUALIDAD DEL CONCILIO PLENARIO




      Se están cumpliendo dos décadas de haberse iniciado el Concilio Plenario de Venezuela (CPV), el primero y único en los 500 años de vida de la Iglesia en nuestro país. Su plena vigencia merece un especial recuerdo, que va más allá de una mera remembranza histórica.

    Concilio designa en la Iglesia una reunión fundamentalmente de obispos para intercambiar y tomar decisiones acerca de sus responsabilidades pastorales. Los concilios son tan antiguos como la Iglesia misma; se les llama plenarios cuando abarcan una nación (o conferencia episcopal) y ecuménicos cuando implican a todo el orbe, como fue el caso del Vaticano II.
El CPV, que sesionó del 2000 al 2006, tiene la particularidad de ser el único celebrado hasta ahora en la Iglesia universal durante el presente siglo. Dedicó sus trabajos al ejercicio de la misión de la Iglesia -la evangelización- en sus varios objetivos específicos o dimensiones. Siguió la muy fructuosa metodología del ver-juzgar-actuar, lo que dio a sus deliberaciones un efectivo situarse en la realidad venezolana.
     
     Ahora bien, como dentro del quehacer de la Iglesia está no sólo el compartir de la comunidad de creyentes, sino también la activa participación de éstos en la vida económica, política y ético-cultural del país, resulta obvia la incidencia de los trabajos conciliares en la suerte del mismo. Entre los l6 documentos del Concilio Plenario encontramos, por ende, tanto los que se refieren a la vida interna eclesial -por ejemplo, los relativos a la catequesis y la liturgia- como los que tocan la participación, especialmente de los laicos, en la marcha de la polis -es el caso de los relativos a la educación y la cultura en su sentido más amplio-.

     Quisiera subrayar aquí algunos documentos de especial interés general. En primer lugar, el titulado La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad, especie de manual en materia de Doctrina Social de la Iglesia aplicada a Venezuela. Reviste peculiar interés para los laicos, cuya misión propia es el de asumir las realidades temporales en la perspectiva de los valores humano-cristianos. En íntima relación con el mismo, a manera de binomio, está el de Evangelización de la cultura en Venezuela.

   Dado que la casi totalidad de la Iglesia son laicos, cuyo protagonismo eclesial y su misión transformadora en la sociedad destaca el CPV, especial importancia reviste El laico católico, fermento del Reino de Dios en Venezuela. No se considera ya al laico como simple colaborador del clérigo -clericalismo que también el Papa Francisco insiste se ha de superar-, sino como evangelizador a título propio en la Iglesia y en el mundo.
Un aspecto que no quisiera pasar por alto es el concepto de fe. Ésta no es principalmente la aceptación de un conjunto de verdades (credo), sino un encuentro personal con Jesucristo, del cual deriva adhesión, seguimiento, obediencia y comunicación a otros, del Señor. Algo, pues, muy existencial y generador. Alguien se puede considerar así muy creyente y practicante, pero, en realidad, serlo poco o prácticamente nada. Este tema se trata en La proclamación profética del Evangelio de Jesucristo en Venezuela
     
    El CPV se ofrece como un conjunto armónico doctrinal y práctico y no como un simple agregado de reflexiones y propuestas. Adoptó, en efecto, una noción o categoría que sirve de eje articulador o núcleo organizador de dicho conjunto. Tal es el concepto comunión (equivalente a amor), que viene a ser, por tanto, respuesta a la pregunta ¿Qué es? relativa a los más varios elementos fundamentales, tanto prácticos como operativos, del mensaje cristiano. Ejemplos: Dios es comunión, el plan creador y salvador divino es comunional, el cielo es la plenitud de la comunión, el mandamiento máximo es el amor (comunión).
En su substancia el CPV conserva plena actualidad. Con obvias y necesarias adaptaciones, que el mismo Concilio prevé y postula, constituye hoy la brújula para el caminar de la Iglesia y de los católicos singularmente considerados en Venezuela. Y ello, por muchos años, aún en la muy cambiante realidad.
   


jueves, 23 de enero de 2020

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA




En el hoy venezolano, pletórico de crisis y expectativas, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) ofrece un oportuno y consistente aporte para la recuperación y el ulterior desarrollo del país.
La DSI es un conjunto orgánico de principios, criterios y orientaciones para la acción, ofrecido por el magisterio eclesiástico católico, con miras a la gestación de una nueva sociedad, es decir, de una convivencia que responda, del mejor modo posible, a la dignidad y los derechos fundamentales del ser humano.
De entrada, es preciso señalar que dicha Doctrina no se propone como enseñanza confesional, destinada sólo a los católicos, sino dialogal, abierta también a no creyentes, pero que coinciden en imperativos básicos de un genuino humanismo. No se circunscribe igualmente a ninguna área geográfica o cultural, ni puede ser monopolizada por un determinado partido o movimiento. Tampoco se presenta como algo ya hecho, sino en continuo hacerse, pues intenta responder a los desafíos cambiantes de la dinámica social. Es, como la historia, herencia y creación.
Elemento capital y punto de partida de la DSI es la centralidad de la persona humana – relacional por naturaleza- como el sujeto y fin de todas las instituciones sociales. Esa dignidad, razón y fuente de derechos inalienables, el creyente la encuentra fundada en la realidad del hombre, creado por Dios “a su imagen y semejanza”. Por un Dios único que, para el cristiano, es Trinidad, comunión, amor, lo cual explica en su raíz toda verdadera socialidad.
Los derechos humanos, individuales, sociales y de las naciones, en los varios ámbitos, económico, político y cultural, constituyen, hoy por hoy, el eje central de toda actividad de defensa y promoción del ser humano. Esos derechos, irrenunciables y siempre en progresión, son anteriores a toda organización de la convivencia, incluido el Estado; se contraponen así a todo totalitarismo, estatismo, colectivización y masificación. La persona no debe ser función, medio o instrumento de ninguna estructura societaria. Sin olvidar, por supuesto, que la otra cara de los derechos son los deberes, cosa particularmente necesaria cuando se acentúan la irresponsabilidad social y el asistencialismo estatal.
El bien común emerge como núcleo rector y ordenador de los bienes particulares; consiste en el conjunto de condiciones societarias, que posibilitan a individuos y asociaciones el logro más pleno y fácil de su desarrollo y perfección.
La DSI destaca la tríada de componentes de una auténtica nueva sociedad: comunicación participativa de bienes, democracia y calidad ético-cultural. El primero, económico, responde a la destinación universal de los bienes, exigencia de equidad y razón de la función social de la propiedad. El segundo, político, es la convivencia democrática, que ha de conjugar libertad, participación, pluralismo y corresponsabilidad. La calidad ético-cultural implica los valores estéticos y ecológicos, morales y espirituales, que apuntan a lo más íntimo, al tiempo que global y trascendente, del ser humano. El tema ecológico, interpretado en su sentido integral, socioambiental, ha entrado de lleno recientemente en la DSI. Otra tríada, sumamente generadora, es la de solidaridad, participación y subsidiaridad, que impulsa una dinámica social fraterna, proactiva y corresponsable.
El desarrollo (latín progressio) es otro tema resaltante. La persona humana, histórica, ser-para-desarrollarse, plantea un progreso, que ha de ser multiforme, integral y solidario, en correspondencia a su condición corpóreo-espiritual y social. Ha de implicar todo el hombre y todos los hombres, también en el escenario de la globalización.
Puesto especial en la DSI ocupa el trabajo, que es una actividad propiamente humana y reclama ser considerada primariamente en su subjetividad. No es la escoba la que califica el barrer, sino quien lo hace, que es persona y, por lo tanto, de dignidad y derechos inalienables. Ello funda la primacía del trabajo sobre el capital.
En la cercanía del 130º aniversario de la encíclica Rerum Novarum de León XIII, la DSI se muestra particularmente útil, especialmente para nuestro crucificado país.