jueves, 8 de abril de 2021

EVANGELIZACIÓN DE LA CULTURA

     Hablar de evangelización de la cultura entraña manejar dos categorías de carácter totalizante. Evangelización, que integra todo lo relativo a la misión de la Iglesia en el mundo. Y cultura, que, en su acepción más amplia, abarca todo el quehacer humano.

    El Concilio Plenario de Venezuela (2000-2006), cuyo inicio coincidió significativamente con el del presente siglo-milenio, aprobó entre sus diez y seis documentos, uno titulado así: Evangelización de la cultura en Venezuela. Su contenido tiene que ver, como es de esperar, con el conjunto de la obra conciliar.

    La acepción amplia del término cultura que asumimos aquí, se contrapone particularmente a una bastante corriente de tipo sectorial, que la restringe al ámbito de las bellas artes y a lo más cultivado o refinado del quehacer ético-espiritual humano. Es el sentido que se utiliza, por ejemplo, al designar a una persona como culta. El significado más inclusivo lo privilegió la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II y lo desarrolló de modo orgánico la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Puebla 1979). En esta línea se ubica el referido documento conciliar venezolano, el cual entiende por cultura toda la actividad del ser humano, su tejido relacional, el estilo de su convivencia, los valores y estructuras de su construcción societaria. Es así como cultura arropa los ámbitos económico y político como también un tercero, que se pudiera denominar ético-cultural y comprende desde lo ecológico hasta lo religioso.

    Lo cristiano y lo eclesial no se reduce así a una adhesión intelectual o a una praxis cultual, ni se restringe a un ámbito privado o simplemente religioso, sino que tiende a impregnar la totalidad del ser y del quehacer humanos, la globalidad de la praxis secular, mundana. La entera triple relacionalidad (con la naturaleza, con el otro, con Dios). La cultura, en cuanto concierne grupos humanos con sus espacios y tiempos, sus matices y pluralidad, se concreta en culturas.

    Hay dos frases de sendos papas del siglo pasado que pueden considerarse emblemáticas en esta materia. La primera, de Juan Pablo II: “La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe (…) Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida” (Carta constitutiva del Pontificio Consejo para la Cultura, 20. 5. 1982). La otra es de Pablo VI: (…) lo que importa es evangelizar -no de una manera decorativa, como con un barniz superficial, sino de manera viva en profundidad y hasta sus mismas raíces – la cultura y las culturas del hombre” (Exhortación La evangelización del mundo contemporáneo, 8. 12. 1975). La fe es-ha de ser conversión vital, realidad existencial transformadora también del entero tejido relacional humano; está llamada a transformar la política y la economía no desde fuera, limitándose a bendecir sedes bancarias y casas de partidos, sino orientando desde dentro lo político y lo económico hacia la construcción de una nueva sociedad. El doctor José Gregorio Hernández es un buen ejemplo de evangelizador de la cultura: unió investigación científica y práctica sacramental, militancia académica y actividad curativa humanizante, reflexión filosófica y compartir con los pobres.

    Evangelizar la(s) cultura(s) es una tarea de tipo dialogal; implica, en efecto, tanto aportar valores y perspectivas (iluminación y transformación desde el evangelio), como recibirlos (inculturando la doctrina y la praxis cristiana); igualmente postula un trabajo conjunto abierto, aprovechando los distintos círculos de coincidencia de confesiones y convicciones hacia el mayor bien común posible y consciente de la voluntad salvífica universal (ver 1Tm 2, 3-5). Esto plantea un compromiso en permanente renovación, dada la historicidad de lo humano y del plan salvador de Dios.

    La fe se da (encarna) en la(s) cultura (s), si bien no se identifica con ninguna y ha de ser instancia crítica con respecto a cada una. La evangelización de la cultura, obligante para la Iglesia en su conjunto y los cristianos singularmente tomados, es imperativo peculiar para los laicos, que se identifican propiamente por su presencia transformadora de las realidades temporales.

 

jueves, 25 de marzo de 2021

COMUNAS CON NUEVA CLASE

 


El Manifiesto comunista de l847 termina con notas triunfales: “Las clases dominantes pueden temblar ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen en cambio, un mundo que ganar”. Con la unión insurgente del proletariado frente a la propiedad en cualquiera de sus formas se abrirían las puertas a una nueva sociedad, igualitaria, compartida.

    Marx y Engel generaron entusiasmos y sueños. La historia se encargaría de demoler ilusiones humanistas generadas sobre las frágiles bases de un materialismo sin horizontes trascendentes, tejido por pecadores mortales. Lenin y Stalin trataron de plasmarlo en modelos dominadores y junto a sistemas ulteriores como el Maoísmo, pararon en genocidios. La cuestión clave de la eliminación de la propiedad, no se podía identificar con la de los pecados capitales. Reediciones como el Socialismo del Siglo XXI tratan de maquillar otros intentos, pero inevitablemente llevan a nuevas frustraciones.

    Una voz de alerta y denuncia desde el seno del socialismo real, que, sin abjurar del marxismo, puso de relieve la tragedia comunista, fue la del yugoeslavo Milovan Djilas, centralmente con su obra La nueva clase (1957). Él vivió desde bien adentro el proceso, siendo hasta lugarteniente del Mariscal Tito y se lo ha calificado como “el primer disidente de Europa del Este”. Por ese tiempo, en una Italia con el Partido Comunista más fuerte fuera de la URSS, percibí la inevitable gran repercusión del libro. Djilas subrayó en dos platos la constante en los regímenes comunistas: el grupo de militantes que llegan al poder, y de incendiarios se convierten en una nueva élite de burócratas, integrada por familiares, amigos y advenedizos aprovechadores, monopolizadores ahora del poder. ¿Resultado? Una original burocracia, con todos los privilegios y administrando como cosa propia la res publica. Cristalizaba así una Nomenklatura dueña y señora del Estado. Los medios de producción resultaban manejados por la nueva clase social, con el completo dominio económico, político y cultural del país. Todo esto entrañaba la traición a la clase obrera, que continuaba sometida, en espera de su liberación. A propósito de esto, recuerdo que una vez hablando con un colega mexicano acerca de las revoluciones en ese país hermano, me dijo con su buen humor: “Ovidio, no hay nada más peligroso que un mexicano detrás de un escritorio”.

    En Venezuela las inagotables ofertas fantasiosas del SSXXI han cristalizado en un régimen omnidestructor, sostenido fundamentalmente por fuerza armada, corrupto, colonizado por el régimen castro cubano, monopólico, represor a través de instrumentos como SGCIM, SEBIN, PN, GN, FAES y procedimientos como el amedrentamiento y las torturas. Gobierna una “nueva clase” que quiere eternizarse en el poder y promueve el “culto a la personalidad”.

    Una bandera que exhibe el régimen comunista es la comunal. Se encamina a constituir un Estado comunal, estructurando la nación en comunas. Éstas serían las células originarias de participación popular. Valgan a continuación algunas observaciones sobre un tal proceso.

    El término comunal evoca comunidad. Ahora bien, ésta, en sentido auténtico, significa encuentro de personas, oponiéndose así a simple masa o agregado humanos; implica, en efecto, protagonistas con inteligencia y voluntad en asociación libre y liberadora. No hay, por tanto, comunidad sin personas, es decir, sin sujetos libres y conscientes, llamados a desarrollarse y perfeccionarse en interrelación, corresponsabilidad, diálogo, comunicación, comunión. La comunidad es encuentro de rostros concretos, de miradas, respecto de lo cual el filósofo Emmanuel Lévinas ha hecho hondos aportes.

    El SSXXI con su Estado comunal busca asegurar su dominio a través de la agrupación forzada de individuos en comunas que se enlazan como correas de transmisión de un poder central, oficial. El sistema totalitario encadena para el completo control de la ciudadanía. 

    El comunismo (y el SSXXI se inscribe en esta línea) es, en realidad, estatismo. No es gobierno de y desde las comunidades, poder popular, sino manipulación de la ciudadanía ejercida por una nueva clase, élite hegemónica totalitaria.

 

 

 

 

jueves, 18 de marzo de 2021

COMUNAS CON NUEVA CLASE


    El Manifiesto comunista de l847 termina con notas triunfales: “Las clases dominantes pueden temblar ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen en cambio, un mundo que ganar”. Con la unión insurgente del proletariado frente a la propiedad en cualquiera de sus formas se abrirían las puertas a una nueva sociedad, igualitaria, compartida.

    Marx y Engel generaron entusiasmos y sueños. La historia se encargaría de demoler ilusiones humanistas generadas sobre las frágiles bases de un materialismo sin horizontes trascendentes, tejido por pecadores mortales. Lenin y Stalin trataron de plasmarlo en modelos dominadores y junto a sistemas ulteriores como el Maoísmo, pararon en genocidios. La cuestión clave de la eliminación de la propiedad, no se podía identificar con la de los pecados capitales. Reediciones como el Socialismo del Siglo XXI tratan de maquillar otros intentos, pero inevitablemente llevan a nuevas frustraciones.

    Una voz de alerta y denuncia desde el seno del socialismo real, que, sin abjurar del marxismo, puso de relieve la tragedia comunista, fue la del yugoeslavo Milovan Djilas, centralmente con su obra La nueva clase (1957). Él vivió desde bien adentro el proceso, siendo hasta lugarteniente del Mariscal Tito y se lo ha calificado como “el primer disidente de Europa del Este”. Por ese tiempo, en una Italia con el Partido Comunista más fuerte fuera de la URSS, percibí la inevitable gran repercusión del libro. Djilas subrayó en dos platos la constante en los regímenes comunistas: el grupo de militantes que llegan al poder, y de incendiarios se convierten en una nueva élite de burócratas, integrada por familiares, amigos y advenedizos aprovechadores, monopolizadores ahora del poder. ¿Resultado? Una original burocracia, con todos los privilegios y administrando como cosa propia la res publica. Cristalizaba así una Nomenklatura dueña y señora del Estado. Los medios de producción resultaban manejados por la nueva clase social, con el completo dominio económico, político y cultural del país. Todo esto entrañaba la traición a la clase obrera, que continuaba sometida, en espera de su liberación. A propósito de esto, recuerdo que una vez hablando con un colega mexicano acerca de las revoluciones en ese país hermano, me dijo con su buen humor: “Ovidio, no hay nada más peligroso que un mexicano detrás de un escritorio”.

    En Venezuela las inagotables ofertas fantasiosas del SSXXI han cristalizado en un régimen omnidestructor, sostenido fundamentalmente por fuerza armada, corrupto, colonizado por el régimen castro cubano, monopólico, represor a través de instrumentos como SGCIM, SEBIN, PN, GN, FAES y procedimientos como el amedrentamiento y las torturas. Gobierna una “nueva clase” que quiere eternizarse en el poder y promueve el “culto a la personalidad”.

    Una bandera que exhibe el régimen comunista es la comunal. Se encamina a constituir un Estado comunal, estructurando la nación en comunas. Éstas serían las células originarias de participación popular. Valgan a continuación algunas observaciones sobre un tal proceso.

    El término comunal evoca comunidad. Ahora bien, ésta, en sentido auténtico, significa encuentro de personas, oponiéndose así a simple masa o agregado humanos; implica, en efecto, protagonistas con inteligencia y voluntad en asociación libre y liberadora. No hay, por tanto, comunidad sin personas, es decir, sin sujetos libres y conscientes, llamados a desarrollarse y perfeccionarse en interrelación, corresponsabilidad, diálogo, comunicación, comunión. La comunidad es encuentro de rostros concretos, de miradas, respecto de lo cual el filósofo Emmanuel Lévinas ha hecho hondos aportes.

    El SSXXI con su Estado comunal busca asegurar su dominio a través de la agrupación forzada de individuos en comunas que se enlazan como correas de transmisión de un poder central, oficial. El sistema totalitario encadena para el completo control de la ciudadanía. 

    El comunismo (y el SSXXI se inscribe en esta línea) es, en realidad, estatismo. No es gobierno de y desde las comunidades, poder popular, sino manipulación de la ciudadanía ejercida por una nueva clase, élite hegemónica totalitaria.

 

 

 

 

jueves, 11 de marzo de 2021

CENTRALIDAD DE LA PERSONA

    El Estado es una construcción humana para el mejor servicio de la persona y de la convivencia que ésta ha de tejer en la historia. Dios creó personas, las cuales trazan fronteras y erigen soberanías para cuidar el desarrollo personal y comunitario. El Estado es, por tanto, para la persona y no lo contrario, por lo que ha de revisarse siempre en función de su finalidad.

    Desde antiguo se han dado desequilibrios en esta relación, con penosas consecuencias para el conjunto social. Imperios con poderes absolutos concentrados en personas y familias, dictaduras y tiranías del más diverso género. Modernamente, la imposición de totalitarismos con la auto divinización de sus jefes (Führer, Duce, Secretario General del Partido, Comandante Máximo…). El socialismo marxista, que ideológicamente relativiza al Estado profetizando su ocaso, de facto lo ha convertido en leviatán inmisericorde y criminal manejado por gente como los Kim y los Castro. En nuestro tiempo se quiere también convertir al Estado, aún en países democráticos, en refugio y brazo ejecutor de quienes hábilmente buscan imponer ideologías minoritarias beligerantes y sólidamente financiadas, tales como las de género y anti vida. Aquí se aplica lo dicho por Juan Pablo II: “Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia” (Centesimus Annus 46). No sobra denunciar aquí la utilización de la soberanía del Estado, como burladero para la violación de los derechos humanos, como si a éstos se le pudiesen erigir fronteras. 

    El relato de la creación que trae el capítulo primero del Génesis dibuja a Dios como un aplicado y eficiente artesano que realiza en una semana las etapas de su obra, a la cuales va calificando diariamente como buenas. Al caer la tarde del sexto día, luego de producir el binomio humano (hombre y mujer), al cual entrega todo lo anteriormente hecho, el calificativo que emplea es “muy bueno”. La pareja humana recibe de Dios el amplio cosmos y el pequeño mundo concreto como don y tarea. Como regalo y campo de relacionamiento, desarrollo y emprendimiento. El Creador aparece completando su laboriosa semana con un razonable día de descanso

    El ser humano, eje referencial de todo el proceso creativo, resulta constituido como ser para la comunicación y comunión con Dios y con “el otro”, en el marco de un hábitat dado como casa amistosa, estrechamente ligada a la suerte de sus huéspedes.  El relato genesíaco es, pues, de gran riqueza antropológica. Contiene múltiples elementos que entran en la comprensión, situación y destino humanos, como son su corporeidad, espiritualidad, socialidad, historicidad, así como su limitación, fragilidad y pecaminosidad. La revelación judeo-cristiana desde su fuente primordial bíblica ilumina y enriquece lo que el intelecto humano, en el ejercicio de sus propias capacidades, puede formular sobre la persona.

    Lo anteriormente dicho ayuda a entender una afirmación clave en la Doctrina Social de la Iglesia, a saber, la “centralidad de la persona”: “el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene necesidad de la vida social” (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 25). Esto entraña algo que hemos de tener siempre presente: al ser humano no se lo puede considerar en modo alguno como medio e instrumento, ni disolverlo en masa humana, en colectivo sin rostros. Por ello, también, cuando se afirma con justeza que el bien común debe prevalecer sobre el individual, se debe recordar que dicho bien común consiste en “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (Ib., 26).

    El sujeto humano es fin, no medio. Una “nueva sociedad” ha de ser un conjunto fraterno de rostros. El Estado (nación, estructura social, economía, política…) debe estar al servicio de la persona. Lo “comunal” no puede disolver la persona. No hay comunidad sin personas. Tanto el individualismo egocentrista como el colectivismo masificante son incompatibles con el ser y el bien-estar de la persona, como sujeto consciente, libre, social, abierto a la trascendencia.

 

        

 

 

 

jueves, 25 de febrero de 2021

CUIDAR TRES FRENTES

 

    No sólo de pan vive el hombre. Esta respuesta de Jesús al tentador (Mt 4, 4) indica que aparte de las materiales hay otras necesidades a las cuales el ser humano ha de atender, dada su complejidad antropológica.

    Cuando cayó el Muro de Berlín hubo quienes imaginaron una pronta plenitud de la historia mediante la conjugación del libre mercado con una convivencia democrática. Aparte de los obstáculos reales para el logro de un tal binomio, no se tenía presente en modo debido otro elemento societario fundamental, el cultural, cuya importancia habían subrayado ya en perspectiva marxista la Escuela de Fráncfort y el italiano Gramsci. En la experiencia de países desarrollados aparecen crisis, que no son simplemente de pan y de participación del poder.

    En la conformación y marcha de la sociedad se identifican tres campos o ámbitos: el económico, el político y el cultural (o, más precisamente, ético-cultural, ya que cultura en su sentido amplio engloba todo lo social). Los elementos de esta tríada guardan estrecha interrelación por la integralidad del ser humano y se acentúan según la circunstancia histórica y la concreta jerarquización de valores. Lo económico corresponde básicamente al orden de los medios (tener), el político al de los fines intermedios (poder) y el ético-cultural al de los penúltimos y últimos como realización más específica de lo humano (“ser”).

El término “nueva sociedad” se usa para denominar la “sociedad deseable”, la cual, por ser histórica, se manifiesta siempre perfectible. Uno de los documentos primeros del Concilio Plenario de Venezuela (2000-2006) adoptó precisamente como título La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad y ofrece lineamentos básicos para ésta en la línea de los valores humano-cristianos del Evangelio. Tarea a la cual se endereza la así llamada Doctrina Social de la Iglesia (DSI).   

    Con respecto a la referida tríada, puede señalarse sendos objetivos claves para la construcción de una “nueva sociedad”, a saber: comunicación de bienes en lo económico, democracia en lo político, calidad espiritual de vida en lo ético-cultural.

    Con respecto a lo primero, una enseñanza bastante antigua y generadora es la de la destinación universal de los bienes, creados para el desarrollo de todos los seres humanos (personas, pueblos). Objetivo éste nada sencillo, pero obligante, hacia el cual la DSI no propone un modelo determinado, pero si algunos principios, criterios y orientaciones; en este sentido rechaza tanto el capitalismo liberal (“salvaje”) como el colectivismo marxista (de facto estatizante), subraya la opción preferencial por los más necesitados, defiende la propiedad privada (pero con “hipoteca” social” según Juan Pablo II) en función de la libertad y promueve con una economía solidaria, de comunión.  

    Sobre la democracia, el No. 46 de la encíclica Centesimus Annus del mismo Papa, a raíz de la Revolución del ´89, puede considerarse un texto clásico. Manifiesta la predilección por dicho sistema en cuanto asegura la participación ciudadana y el control del poder, entraña el Estado de derecho y garantiza la práctica de los derechos humanos. Resulta obvio que la democracia postula la educación del pueblo en el conocimiento y práctica de sus derechos y deberes civiles, así como el estar en guardia frente a su vaciamiento de valores, a dictaduras de mayorías y a imposición de intereses grupales.

    En relación a lo ético-cultural vale la pena recordar lo que en Edipo, Rey, pone Sófocles en labios del sacerdote: “Nada son los castillos, nada los barcos, si ninguna persona hay en ellos”. La condición espiritual y la vocación trascendente del ser humano, exigen a éste su cultivo prioritario en un orden que va más allá de lo puramente económico y lo político. Es el concerniente a lo ecológico y artístico, a lo amistoso y lúdico, a lo moral y religioso. A la cultura de la vida y del amor. Al cuidado del “ser” en su significado personal más profundo.

    Construir y perfeccionar la “nueva sociedad” implica un compromiso tridimensional: de justicia y solidaridad en lo económico, de verdad y libertad en lo político, de calidad espiritual en lo ético-cultural. Todo lo cual requiere una educación ad hoc seria y persistente de la ciudadanía.

jueves, 11 de febrero de 2021

ANALFABETISMO CONSTITUCIONAL

    La ignorancia registra múltiples interpretaciones. Una de ellas, bastante antigua, es la humilde de Sócrates, para quien la confesión de la propia ignorancia - “sólo sé que no sé nada” afirmaba frente a los sofistas- era sabio punto de partida en la búsqueda de la verdad.

    Una útil distinción se establece entre nesciencia e ignorancia. La primera significa simplemente la ausencia de un conocimiento, en tanto que la segunda tiende a calificarla (injustificada, culpable...). A un albañil no se le puede exigir la ciencia de un ingeniero. Hay niveles o grados de saber con variables índices de evaluación científica y moral de acuerdo a las circunstancias.

    Estas consideraciones resultan oportunas al referirnos al saber en materia de derechos-deberes humanos por parte de la ciudadanía. En una sociedad democrática, que merezca lo básico de este calificativo, es inaceptable la existencia de analfabetos políticos, categoría cuyo mínimo referencial podría constituir la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Preámbulo y Principios Fundamentales de la Constitución nacional, así como artículos de ésta directamente relacionados con aquellos Derechos. Todo esto debería entrar en la etapa elemental de la educación escolar. En la Escuela Primaria existió, por cierto, una asignatura, Moral y Cívica, que, en mala hora, desapareció del currículo. Ahora bien, al hablar de educación es preciso no olvidar que la primera escuela es-ha de ser la familia.

    Resulta incomprensible que el derecho a la participación electoral, no vaya acompañada del obligatorio conocimiento de cuestiones elementales para un ejercicio responsable de la ciudadanía, la cual es corresponsable en la construcción de la polis, como ámbito de convivencia civilizado, libre, justo, solidario, pacífico. La de ciudadano es una profesión que, más que cualquiera otra, se debe aprender y ejercer desde niño, con inteligencia y conciencia.

El analfabetismo en esta materia (desconocimiento palmario de los derechos humanos y lineamientos constitucionales) es fuente de graves y múltiples desajustes, abusos, arbitrariedades,  dependencias y opresiones, que atavismos criollos y el síndrome de Estocolmo contribuyen a digerir y conservar. Dicho analfabetismo ha sido facilitado también por la superficialidad y el “pragmatismo” de partidos y liderazgos políticos, al igual que por la escasa o nula educación ciudadana por parte de organizaciones e instituciones de la sociedad civil, incluida la Iglesia.

    La situación se ha agravado. Vivimos actualmente en Venezuela en una habitual y patente violación de derechos humanos y una manifiesta in-anti-constitucionalidad, apoyada en el amaestramiento ideológico totalitario del Régimen, para el cual lo jurídico está en función de la “Revolución” socialista marxista y de la pura y simple conservación del poder. La esquizofrenia institucional (dualidad, paralelismo) de poderes y la inconstitucionalidad o ilegitimidad de éstos, llevan a una marcha insegura, contradictoria, desintegradora, destructiva del país. A 200 años de Independencia todo ello interpela fuertemente a un cambio en profundidad, que posibilite una sana convivencia democrática en un genuino estado de derecho.

    Tarea urgente en la Venezuela por rehacer es, por tanto, la alfabetización ciudadana. Sólo con personas conscientes de sus derechos-deberes fundamentales se podrá pensar seriamente en la Venezuela deseable y obligante. En ella quienes ejercen el poder actuarán no como dueños o sargentones de manadas poblacionales encadenadas, sino como servidores de comunidades; y los ciudadanos de a pie serán, no mendicantes de lo que les pertenece, sino protagonistas de un desarrollo social compartido.

    La alfabetización ciudadana es condición ineludible para un cambio nacional consistente, radical y global. Si las dictaduras y tiranías se alimentan con la ignorancia, la democracia se nutre con el conocimiento. Superar el analfabetismo constitucional exige educar para la ciudadanía, la democracia y el bien común, desde la familia, y comprometiendo al sistema escolar desde su estadio fundamental. Nadie quiere y defiende lo que no conoce.

     

 

 

 

 

  

 

      

jueves, 28 de enero de 2021

COMUNIÓN: CATEGORÍA ENGLOBANTE


    Una de las primerísimas cuestiones planteadas hace unos 2600 años por quienes en el Asia Menor comenzaron a filosofar fue el de la unidad de las cosas. ¿Es la multiplicidad de éstas una simple ilusión, y si no, cómo puede conjugarse la diversidad? Una pregunta semejante se hacía respecto del movimiento de los seres. Las respuestas que entonces – y hasta hoy - se comenzaron a dar se repartieron entre enfatizar lo uno o lo múltiple, lo móvil o lo permanente. Aunque el pensamiento ha buscado siempre, en una u otra forma, disponer de algo firme compartido.

    En 1979 tuvo lugar en Puebla (México) una reunión muy importante del Episcopado Latinoamericano: su Tercera Conferencia General. Pues bien, una cuestión que prioritariamente se planteó allí fue la de encontrar una categoría que, de modo explícito y sistemático, articulase todo lo doctrinal y práctico del mensaje cristiano y, consiguientemente, la misión y acción de la Iglesia en el mundo. Se convertiría, entonces, en hilo conductor del ser y quehacer de dicha Conferencia. Esta la precisó como comunión y la denominó “línea teológico-pastoral” (LTP). Ello constituyó un verdadero descubrimiento, pues hasta entonces no se había planteado formalmente una cuestión tal en la reflexión teológica y la acción pastoral de la Iglesia.  No sobra decir que comunión es un término bíblico usado para designar la unión íntima intra-trinitaria y humano-divina(en la creación y la salvación) así como la fraternidad cristiana (ver 1 Jn 1, 3.7) y también una noción corriente en la Iglesia primitiva para designar la comunidad eclesial.

Una forma práctica de apreciar lo que es e implica la comunión como LTP es asumirla como respuesta a la pregunta ¿“Qué es”? respecto de las cuestiones básicas, doctrinales y prácticas cristianas, comenzando por la primera y fundamental: ¿Qué o quién es Dios? Pues bien, Dios es comunión, interrelación personal, Trinidad (Padre-Hijo-Espíritu Santo). Por cierto la Primera Carta de Juan da la siguiente definición: “Dios es amor (agápe)” (1Jn 4,8). Comunión y amor en realidad son sinónimos, términos intercambiables, si bien “amor” subraya el aspecto dinámico, generador, de la interrelación. La categoría comunión (amor) responde, por ende, a preguntas tales como el sentido del plan creador y salvador de Dios, el contenido del mandamiento máximo, el objetivo de la misión de la Iglesia y lo sustancial de la vida eterna. El Concilio Vaticano II definió significativamente a la Iglesia como signo e instrumento de unidad, de comunión, de los seres humanos con Dios y de los seres humanos entre sí (ver Lumen Gentium 1).

    El Episcopado Venezolano al convocar el Concilio Plenario de Venezuela (2000-2006) y buscando definir su LTP, asumió, prolongó y precisó (con gran fortuna) la elaborada por Puebla (comunión); brindó así   a la Iglesia universal un consistente y muy generador aporte teórico y práctico, el cual espera de todos, por cierto, un correspondiente aprovechamiento. En efecto, la comunión como categoría interpretativa y valorativa mayor, favorece una comprensión y puesta en práctica verdaderamente armónicas del mensaje cristiano.

    La comunión como categorización teológico-pastoral integradora tiene concretas aplicaciones con respecto al quehacer de la Iglesia en el mundo y, por tanto, de la misión de los laicos cristianos en el ámbito social. El documento 3 del Concilio Plenario se titula: “La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad”. Compromiso peculiar, específico, del laicado católico, ha de ser, pues, participar en la edificación de lo económico, lo político y lo ético-cultural en perspectiva de comunión, en la línea de los valores humanistas y cristianos del evangelio; hacia una convivencia libre, solidaria, fraterna, pacífica, de calidad espiritual. Y en relación amistosa con la naturaleza; así el Papa Francisco en la encíclica Laudato Si´ llega a hablar analógicamente de una “comunión universal” (LS 220).

    Coherentemente, si se tiende la mirada al ancho y vasto mundo considerado también desde el ángulo científico y filosófico, se podría hablar de comunión como de categoría “prima”, general, partiendo de la noción del ser humano como “ser-para-la-comunión” y de la “polis como tejido de comunión”. Lo cual rompe los estrechos muros tanto de un individualismo atomizante como de un colectivismo masificante.