jueves, 17 de junio de 2021

CONSTITUYENTE: CLAVO Y RESTEARSE

 

    En crisis de máxima gravedad nacional como la presente urge que el soberano (CRBV 5) decida, en acto originario, constituyente, el rumbo que ha de tomar el país, para salir de la debacle, reconstruirse y reorientarse. Venezuela padece, en efecto, una esquizofrenia institucional, manifestada en paralelismo de poderes públicos, multiforme alegato de ilegitimidades, ilegalidades, inconstitucionalidades, enmarcado todo ello en un extremo deterioro económico, político y ético cultural. La pandemia, oficialmente instrumentalizada para encubrir fallas y controlar más al pueblo, empeora la situación.

    El próximo bicentenario de la batalla de Carabobo nos encuentra preguntándonos para qué han servido el derramamiento de sangre y tanto sacrificio de vidas y recursos durante el proceso independentista y los enfrentamientos fratricidas del período republicano. Proclamas y desfiles celebrativos como los programados para el próximo 24, antes que aparecer como positivos festejos patrios semejan farisaicas operetas. El escenario nacional es de territorio neocolonizado, compartido por mafias y guerrillas, en patente ecocidio y abandono, con una población oprimida, empobrecida, en postración sanitaria y en plan de emigración. Prioridad del Régimen, que de facto ejerce el poder, no es el bienestar de la gente, sino la imposición a ésta, de un proyecto socialista-comunista.

    Desde que se instalaron quienes dicen que vinieron para quedarse, Venezuela no ha gozado de un tiempo aceptablemente pacífico; ha sido de permanente conmoción, saturado de lemas como “revolución o muerte” y una progresiva militarización; la población, o se resigna a la dominación y el empobrecimiento, o resiste y ha de afrontar marginación, persecución, expatriación.

    ¿Cómo salir de la tragedia y encaminarse a un futuro vivible, digno? ¿Cómo recuperar la convivencia democrática y un hábitat favorable al progreso? La historia de estas dos décadas registra múltiples intentos de solución, con sus más y sus menos, aciertos y desaciertos, que han dejado un abultado inventario de muertos en calles y cautivos en prisiones, así como de frustraciones y desencantos. Hay una fuerte carga de dolor y lágrimas en todo lo que va de este nuevo siglo-milenio (en el cual, por cierto, parece que todavía no hemos ingresado).

    Más de una vez he planteado que para salir del desastre es indispensable identificar un “clavo” operativo y “restearse” con él. Entendiendo por “clavo”, un objetivo claro, efectivo, pacífico, factible; y por “restearse”, un comprometerse serio con él. Un clavo se puede clavar, lo que no sucede con una tabla, que dispersa fuerza, presión y energía. “Restearse” significa insistir, persistir, sin girar como veletas y revolotear como plumas en el viento. Han abundado proyectos, logros incompletos, inconsecuencias, así como fantasías, improvisaciones y pare de contar. Con liderazgos aspirantes a cabezas de ratón y no colas de león. Infidelidades han proliferado por causas que van desde el ceder a insoportables presiones hasta la auto venta pura y simple. Sólo Dios, que conoce lo más íntimo de las conciencias, es juez infalible.

    Estimo que en la presente circunstancia el “clavo” (o instrumento apto para iniciar eficazmente la salida de la crisis) consiste en que el soberano (él, no el gobierno, un partido o cualquiera otro) defina libremente la suerte del país con una decisión constituyente, a la altura del poder completo, originario, fundante, que le corresponde. Una tal decisión, semejante al tajo con el que Alejandro Magno deshizo los enredos del nudo gordiano, permitiría iniciar eficazmente la salida del empantanamiento político (confusión de competencias, marasmo jurídico, inflación y anarquía de normas y organismos) y abordar, entre otras, cuestiones estructurales del Poder Público que sólo a ese nivel pueden tener solución. Un día como el 24 de junio tendría una fuerte carga simbólica para justificar una toma de posición con respecto al “clavo”

    Al soberano le corresponde decidir asuntos que tocan la entraña misma de la nación y la configuración esencial del Estado. Ahora bien, abrirle paso a sus decisiones nos exige a todos los ciudadanos superar visiones inmediatistas y sectarias y consolidar a Venezuela en la línea que acertadamente precisa la actual Constitución en sus Principios Fundamentales (ver Artículos 1-4.6).   

 

     

 

 

 

  

  

domingo, 6 de junio de 2021

PAPÁ ESTADO

 


    El surgimiento del Estado como estructura política es un producto tanto natural como convencional del desarrollo societario. En efecto, se funda en la condición social del ser humano, creado por Dios como relacional y dialogante, y, por otra parte, es fruto de acuerdos en base a experiencias y proyectos históricos. Necesidad y creatividad se conjugan.

    No es de extrañar, por tanto, las varias interpretaciones acerca del origen y sentido del Estado, así como de contradicciones en su manejo. Esto es patente en el caso del marxismo, el cual, junto al anuncio profético de la disolución o desaparición del Estado con el socialismo-hacia-el- comunismo, registra en la práctica una feroz acentuación del poder estatal. Es ambigua esta frase del Manifiesto del Partido Comunista de 1847: “Una vez que en el curso del desarrollo hayan desaparecido las diferencias de clase y se haya concentrado toda la producción en manos de los individuos asociados, el Poder público perderá su carácter político”.

    El filósofo Hobbes dos siglos antes había hablado del Leviatán como figura del Estado dominador, soberano inapelable, concentrador de todos los poderes, concepto que, por cierto, corresponde bien a totalitarismos surgidos en nuestra contemporaneidad (fascismo, nazismo, comunismo). Hegel con su absolutización del Estado no habría de favorecer un auténtico desarrollo democrático. Rousseau, en cambio, en al Contrato Social, había intentado armonizar la soberanía popular con una autoridad sólida pero mera mandataria de la Voluntad general. La reflexión y la experiencia histórica registran desarrollos positivos y también involuciones en cuanto a relacionamiento persona-Estado, que, como realidad temporal, está en permanente “crisis”, acentuada ahora por la globalización.   

    Según la Doctrina Social de la Iglesia -que no es un código cerrado confesional, sino conjunto dialogalmente abierto de principios, criterios y orientaciones para la acción- la persona es anterior al Estado, el cual ha surgido connaturalmente y debe estar al servicio de la persona. Entendida ésta, obviamente, no como un ente aislado y auto referencial, sino como ser social y cuyos intereses deben proyectarse en el bien común. De allí el imperativo de la participación y la subsidiaridad como expresiones de irrenunciable protagonismo ciudadano.

    Hoy en día, agresiones serias a una sana relación persona-Estado suelen disfrazarse con el atractivo metalenguaje de “poder popular”. Ejemplo patente lo ofrece el Plan de la Patria 2019-2025 de Venezuela, que presenta engañosamente lo comunal como expresión efectiva del pueblo en la construcción del Nuevo Estado Popular Revolucionario. Las grandilocuentes especificaciones de dicho Plan nos recuerdan el florido vocabulario de Mao Tse Tung en la época de las grandes masacres chinas.

    El vocablo socialismo, que, de por sí, sugiere compartir, participar, distribuir el poder, históricamente se ha concretado en Estados centralizadores, en nomenklaturas cerradas, hegemónicas y despóticas, que bastante han hecho sufrir a pueblos enteros. Es lo que sucede hoy en la Venezuela del Socialismo del Siglo XXI.

    Perversión ética y política es tomar el poder para imponer una ideología y mantenerse en él a toda costa. Se asume el Estado como papá, en el sentido de patriarca impositivo, agente de proyectos sectarios, opresivos. Lo que ciertos grupos no son capaces de lograr en competencia limpia y riesgosa en la arena democrática, buscan imponerlo mediante la autoridad del Estado con el soporte de su fuerza armada. Esto de refugio en el papá Estado para la aprobación de proyectos de minorías se está dando también a nivel internacional en sectores del ámbito cultural. Un caso patente es el del multiforme conjunto denominado “ideología de género” con su plan deconstructor de la vida, la familia y la educación. Se acude al Leviatán como eficaz brazo operativo.

    Un humanismo auténtico y una “nueva sociedad” entrañan un relacionamiento social, respetuoso de la dignidad y los derechos fundamentales de la persona, orientado al bien común y en el marco de un Estado de derecho, democrático, participativo. El Estado tiene su origen y sentido en el ser humano mismo, libre, responsable, social, histórico y abierto a la trascendencia. El Estado existe y debe actuar en función de la persona y ésta, al servicio del prójimo.

jueves, 20 de mayo de 2021

DE HABITANTE A CIUDADANO

     Cuando emprendemos una reflexión conviene a veces recordar el sentido de términos cuyo contenido parece obvio, ya que pueden manifestarse reveladores.

    El Diccionario de la Real Academia nos dice sobre habitante: “Cada una de las personas que constituyen la población de un barrio, ciudad, provincia o nación”. Y con respecto a ciudadano: “El habitante de las ciudades antiguas o de Estados modernos como sujeto de derechos políticos y que interviene, ejercitándolos, en el gobierno del país”.

    El ser habitante constituye, por tanto, simplemente un hecho; pero la condición de ciudadano plantea un compromiso. La conclusión suena evidente: un Estado democrático no resulta de la pura suma de habitantes, sino que es fruto de un propósito compartido, de convicciones y decisiones personales.

    Cuando uno “ve” la situación de Venezuela, percibe que la profunda crisis no ha sido fruto de la fatalidad, sino de deberes no asumidos y derechos no ejercidos. Si la Atlántida desapareció por un cataclismo, la Venezuela democrática vivible no se ha desarticulado por tsunamis o cosas por el estilo; muchos pecados de acción y omisión se acumularon y siguen dañando. Mas de una vez hemos lamentado la desaparición en la escuela de una materia que se llamaba Moral y Cívica y más recientemente de otra denominada Educación Religiosa Escolar (Programa ERE). Los partidos democráticos descuidaron la formación de cuadros y en la Iglesia no se puso la atención debida a una formación generalizada en su Doctrina Social. Se olvidó que una convivencia democrática es como una planta viva, que es preciso regar, abonar, podar, para que se mantenga y desarrolle. En los ´90 hasta se llegó a jugar con ella, quitando y poniendo alegremente presidentes y candidatos.

    La realidad política nacional aparece como una ensalada de constitucionalidad e inconstitucionalidad, legalidad e ilegalidad,  legitimidad e ilegitimidad, que ha llevado a esquizofrenias en la intelección y manejo de la res publica. Se dan confusiones e indeterminaciones, que se reflejan en diálogos sin marco preciso y fundamento firme. Por otra parte, presupuestos ideológicos como el priorizar la Revolución y lemas como “Patria, Socialismo o Muerte”, han venido a mitificar, pervirtiendo, lo contingente.

    En mi reciente pequeño libro sobre, “Doctrina Social de la Iglesia”, he reproducido en anexos la Declaración Universal de los Derechos Humanos del ´48, así como el Preámbulo y los Principios Fundamentales de la tan cacareada y zarandeada Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Dos personajes notables pero desconocidos de la tragedia nacional, a los cuales es preciso poner en escena. Nadie ama y exige, en efecto, lo que no conoce. Y los regímenes autoritarios, dictatoriales y de corte parecido como el Socialismo del Siglo XXI, propician la ignorancia en este campo ético-político para que opresión marche sobre ruedas.

    Se habla grandilocuentemente de participación, protagonismo y cosas por el estilo, pero el conocimiento y la praxis en este campo es paupérrima, por decir poco. Por ello la gente suele considerar como regalo lo que es simple derecho; y como de poca monta o no imperativo lo referente a deberes.

    Hay una frase estupenda: al “hay que”, debo cambiarlo por el “tengo que” y entrar en acción para poder decir “estoy en”. Esperamos cómodamente que (líderes, gobernantes…otros) nos cambien el país. Nos contentamos con ver pasar trenes, sin montarnos en ellos y buscar conducirlos (en lo poco o mucho que podamos hacer). “No somos suizos” es frase corriente, que trata de encubrir nuestras fallas y omisiones culpables.

    ¿Cuántos habitantes tiene Venezuela? ¿Con cuántos ciudadanos cuenta Venezuela? Regímenes como el opresor actual no son fruto de la fatalidad, la mala suerte o cosas por el estilo. Son producto de quienes nos consideramos ciudadanos y no ejercemos esta profesión. Nos contentamos simplemente con habitar el país -sin cuidar, por cierto, de su hábitat-.

    Ciudadano es el que entiende la ciudad, polis, como cosa propia. En este sentido ser verdadero ciudadano es ser auténticamente político. Y para ello es preciso formarse. Y actuar. Asociándose en algún grupo o partido político, o no; en funciones del Estado o no. Pero siempre como participante y protagonista.

 

  

 

 

 

 

 

 

jueves, 6 de mayo de 2021

JOSE GREGORIO, EVANGELIZADOR DE LA CULTURA




    La beatificación del doctor José Gregorio Hernández ha puesto de relieve un conjunto de facetas de su personalidad. Hay un aspecto, sin embargo, que quisiera destacar ahora, el cual, sin ser de lo más resaltante en él, manifiesta la coherencia y hondura de su pensamiento y acción. Se trata de su incursión en el ámbito filosófico. Al respecto sirve de buen guía la obra Elementos de filosofía, reeditada en 1959, que, por cierto, reproduce también la dedicatoria del Autor a su “estimado amigo”, médico y académico, Luis Razetti.

    José Gregorio no se identifica allí como filósofo de profesión y ocupación, ni asoma pretensiones de fundar escuela o exhibir originalidades. Su intención consiste en ayudar a comprender lo que es, en esencia, al “amor a la sabiduría” como actitud existencial, convicción personal y servicio humano. Muestra cómo antes de convertirse en estudio y reflexión metódicos, el filosofar es brote espontáneo de un ser abierto por naturaleza a la infinitud del ser, de la verdad y del bien. En este sentido todo humano se revela ineludible y potencialmente filósofo. Recordemos una sentencia clásica de raigambre aristotélica: “¿Qué no hay que filosofar? Eso es ya filosofar”. La negación de razones, causas últimas y sentido definitivo, es ya una afirmación de corte filosófico.

    El científico santo trujillano justifica su incursión en la filosofía. De modo muy sencillo lo explica en el prólogo del libro citado: “Ningún hombre puede vivir sin tener una filosofía (…) En el niño observamos que tan luego como empieza a dar indicaciones del desarrollo intelectual, empieza a ser filósofo; le ocupa la causalidad, la modalidad, la finalidad de todo cuanto ve (…) El rústico va lenta, laboriosamente consiguiendo en el transcurso de su vida algunos poquísimos principios filosóficos”. Y estudios escolares ulteriores facilitarán conocimientos, que servirán al hombre “como de substancia de reserva para irse formando su filosofía personal, la propia, la que ha de ser durante su vida la norma de su inteligencia”. Para José Gregorio filosofía es razón de vida, fuente de unidad interior y paz.

    José Gregorio sintetiza historia, cuestiones básicas y asume líneas de pensamiento filosóficas que estima válidas, pero con la finalidad de fundamentar su filosofía, “la mía, la que yo he vivido”, la que “me ha hecho posible la vida”. Sus Elementos de filosofía no son, por tanto, un texto frío, sino experiencia y convicción vitales.  Y las expone en un ambiente académico, intelectual, nada favorable; la tendencia cultural que priva entonces, a finales del S. XIX y comienzos del XX es de tipo racionalista, no creyente y, más propiamente, positivista, cientificista. Razetti (1862-1932) y los colegas de la Universidad estaban en una onda cerrada a lo trascendente, beligerantemente contraria a la del sabio y humanista de Isnotú. Por otra parte, es obligante reconocerlo, al pensamiento católico no habían llegado los aires de renovación, que se irían abriendo paso progresivamente en las décadas anteriores al Concilio Vaticano II (1962-1965).

    José Gregorio fue un científico en el sentido moderno y estricto del término. De esto bastante se ha escrito. Estaba ejercitado, por tanto, para pedir y dar razones comprobables con los medios e instrumentos experimentales correspondientes. Pero como humano y creyente su horizonte se abría a un campo más vasto de conocimiento y verdad, a través de la reflexión y la fe. Para él no podía haber contradicción entre lo que válidamente se afirmaba desde la ciencia y lo que razonablemente se recibía desde otros ámbitos del saber y concretamente desde la revelación y su respuesta, la fe. José Gregorio fue un evangelizador de la cultura, que tuvo, por cierto, mucho de pionero y de héroe, comenzando por el testimonio personal de lo nuclear evangélico: el amor. La firmeza de sus convicciones, por ejemplo, no debilitaba su espíritu de comprensión y diálogo con los que no compartían su fe, como es el caso de Razetti, sino que alimentaba su disponibilidad y servicio, su compromiso ciudadano, al tiempo que fortalecía su predilección por los más necesitados hasta merecerle el título de “médico de los pobres”.

    Para todos los venezolanos José Gregorio es ejemplo y modelo de valores humanos y cristianos. Para los laicos católicos es camino a seguir en su misión específica de evangelización de la cultura, impregnando lo global humano con los valores de la “buena nueva”.

 

 


jueves, 22 de abril de 2021

EL CABILDO NO DEBE ESPERAR MÁS


    Con ocasión del Bicentenario del 19 de abril escribí unan carta pública al comandante Hugo Chávez Frías titulada “¡Presidente, vuelva al Cabildo!” (24 abril 2010). El destinatario murió. El mensaje quedó sin respuesta.

    La misiva le planteaba, fundamentalmente, asumir la responsabilidad de su delicado cargo, lo cual implicaba, de modo prioritario, trabajar por la re-unión hacia el bien común de todos los venezolanos. Y luego de subrayar que dicho reencuentro nacional acarrearía alegría al país, destacaba que el llamado a la unión, había sido lo medular de la petición de Jesús el Señor en la Última Cena y de Simón Bolívar en su postrer mensaje.

    Veinte años han pasado desde entonces. Los ha perdido Venezuela en un continuo agravamiento de la crisis. Lo cual interpela principalmente a los primeros responsables de la marcha del país, comenzando por quienes ejercen de facto el poder, el comando de la Fuerza Armada.

    La referida carta destacaba como manifestaciones y causas de la crisis las siguientes:

    1.Venezuela ya no es una como se la soñó en 1810, ni como experiencia de convivencia. “Por lo menos a la mitad se la califica de apátrida y hasta de antipatriótica, decretándosela excluida del goce pleno de los derechos ciudadanos.

    2.Venezuela tampoco es ya plural. Se busca imponer un modelo de “Estado socialista”, rechazado ya en 2007, inconstitucional, estatista, centralista, hegemónico masificante.

    3.Venezuela ya no es ámbito de vida. Somos un país de hemorragia culpable. Destacado en el mundo por la violencia y la criminalidad. Con acentuada represión y radicalizada militarización.

    4.Venezuela ya no es una nación en vías de desarrollo. Petro capitalismo de Estado con liberalidades selectivas hacia afuera y populismo dentro. Deterioro y carencias sociales y económicas en función de un “Proyecto” de concentración y control.

    5.Venezuela ya no es respetada en su alma e identidad. El Socialismo del Siglo XXI se erige como fin y criterio supremos. Se reformulan los símbolos, se rehace la memoria histórica y se decretan alianzas al margen de sentimientos nacionales y populares.

    ¿Qué significaba en 2010 la vuelta al Cabildo!? La citada carta lo desarrolla lo desarrolla en cuatro puntos, que prácticamente los sintetiza así al final:

    Volver al Cabildo exige, de modo prioritario y patente que asuma Usted su responsabilidad de Presidente de la República. Este delicado cargo implica la escucha y dedicación a todos los venezolanos, trabajando por su unión en pro del bien común nacional. Nada más contradictorio con ello, que la identificación, implícita o explícita -y, peor cuando se la exhibe- con sólo un sector de la población, despreciando y marginando a los demás, con base en motivos ideológico-políticos, raciales, religiosos o de cualquier género”.

    Al cabo de diez años de esa carta, el doloroso acontecimiento de la pandemia viene a enmarcar el agudizado sufrimiento nacional ¡Venezuela se nos muere! El reclamo de entonces se convierte ahora en grito. Y nos reta a nosotros sus dolientes, que nos unamos para enfrentar el ineludible desafío de su recuperación. El comandante Chávez eludió su responsabilidad histórica. A nosotros los venezolanos, comenzando por los que tienen mayores deberes, capacidades y posibilidades, nos toca enfrentarla hoy, en el bicentenario de Carabobo.

    Ahora bien, el paso decisivo y consistente hacia la urgente unidad nacional corresponde darlo a quien la Constitución Nacional en su artículo 5 señala como soberano, poder originario de la República. Éste, en manifestación libre y transparente de su voluntad, elegirá a quien decida confiarle la presidencia de la nación y la dirección del equipo gubernamental que lo acompañe en la recuperación y el progresivo desarrollo integral de Venezuela.

    ¡El Cabildo no debe esperar más! Este año Bicentenario de Carabobo ha de ser de reconstitución de la libertad y unidad de la nación. Dios nos conceda éxito en la tarea. Y José Gregorio Hernández, que ofrendó su vida al servicio de la vida, interceda para que los venezolanos respondamos eficazmente al imperativo de unir y recuperar solidariamente nuestro país.

 

  

 

jueves, 8 de abril de 2021

EVANGELIZACIÓN DE LA CULTURA

     Hablar de evangelización de la cultura entraña manejar dos categorías de carácter totalizante. Evangelización, que integra todo lo relativo a la misión de la Iglesia en el mundo. Y cultura, que, en su acepción más amplia, abarca todo el quehacer humano.

    El Concilio Plenario de Venezuela (2000-2006), cuyo inicio coincidió significativamente con el del presente siglo-milenio, aprobó entre sus diez y seis documentos, uno titulado así: Evangelización de la cultura en Venezuela. Su contenido tiene que ver, como es de esperar, con el conjunto de la obra conciliar.

    La acepción amplia del término cultura que asumimos aquí, se contrapone particularmente a una bastante corriente de tipo sectorial, que la restringe al ámbito de las bellas artes y a lo más cultivado o refinado del quehacer ético-espiritual humano. Es el sentido que se utiliza, por ejemplo, al designar a una persona como culta. El significado más inclusivo lo privilegió la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II y lo desarrolló de modo orgánico la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Puebla 1979). En esta línea se ubica el referido documento conciliar venezolano, el cual entiende por cultura toda la actividad del ser humano, su tejido relacional, el estilo de su convivencia, los valores y estructuras de su construcción societaria. Es así como cultura arropa los ámbitos económico y político como también un tercero, que se pudiera denominar ético-cultural y comprende desde lo ecológico hasta lo religioso.

    Lo cristiano y lo eclesial no se reduce así a una adhesión intelectual o a una praxis cultual, ni se restringe a un ámbito privado o simplemente religioso, sino que tiende a impregnar la totalidad del ser y del quehacer humanos, la globalidad de la praxis secular, mundana. La entera triple relacionalidad (con la naturaleza, con el otro, con Dios). La cultura, en cuanto concierne grupos humanos con sus espacios y tiempos, sus matices y pluralidad, se concreta en culturas.

    Hay dos frases de sendos papas del siglo pasado que pueden considerarse emblemáticas en esta materia. La primera, de Juan Pablo II: “La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe (…) Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida” (Carta constitutiva del Pontificio Consejo para la Cultura, 20. 5. 1982). La otra es de Pablo VI: (…) lo que importa es evangelizar -no de una manera decorativa, como con un barniz superficial, sino de manera viva en profundidad y hasta sus mismas raíces – la cultura y las culturas del hombre” (Exhortación La evangelización del mundo contemporáneo, 8. 12. 1975). La fe es-ha de ser conversión vital, realidad existencial transformadora también del entero tejido relacional humano; está llamada a transformar la política y la economía no desde fuera, limitándose a bendecir sedes bancarias y casas de partidos, sino orientando desde dentro lo político y lo económico hacia la construcción de una nueva sociedad. El doctor José Gregorio Hernández es un buen ejemplo de evangelizador de la cultura: unió investigación científica y práctica sacramental, militancia académica y actividad curativa humanizante, reflexión filosófica y compartir con los pobres.

    Evangelizar la(s) cultura(s) es una tarea de tipo dialogal; implica, en efecto, tanto aportar valores y perspectivas (iluminación y transformación desde el evangelio), como recibirlos (inculturando la doctrina y la praxis cristiana); igualmente postula un trabajo conjunto abierto, aprovechando los distintos círculos de coincidencia de confesiones y convicciones hacia el mayor bien común posible y consciente de la voluntad salvífica universal (ver 1Tm 2, 3-5). Esto plantea un compromiso en permanente renovación, dada la historicidad de lo humano y del plan salvador de Dios.

    La fe se da (encarna) en la(s) cultura (s), si bien no se identifica con ninguna y ha de ser instancia crítica con respecto a cada una. La evangelización de la cultura, obligante para la Iglesia en su conjunto y los cristianos singularmente tomados, es imperativo peculiar para los laicos, que se identifican propiamente por su presencia transformadora de las realidades temporales.

 

jueves, 25 de marzo de 2021

COMUNAS CON NUEVA CLASE

 


El Manifiesto comunista de l847 termina con notas triunfales: “Las clases dominantes pueden temblar ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen en cambio, un mundo que ganar”. Con la unión insurgente del proletariado frente a la propiedad en cualquiera de sus formas se abrirían las puertas a una nueva sociedad, igualitaria, compartida.

    Marx y Engel generaron entusiasmos y sueños. La historia se encargaría de demoler ilusiones humanistas generadas sobre las frágiles bases de un materialismo sin horizontes trascendentes, tejido por pecadores mortales. Lenin y Stalin trataron de plasmarlo en modelos dominadores y junto a sistemas ulteriores como el Maoísmo, pararon en genocidios. La cuestión clave de la eliminación de la propiedad, no se podía identificar con la de los pecados capitales. Reediciones como el Socialismo del Siglo XXI tratan de maquillar otros intentos, pero inevitablemente llevan a nuevas frustraciones.

    Una voz de alerta y denuncia desde el seno del socialismo real, que, sin abjurar del marxismo, puso de relieve la tragedia comunista, fue la del yugoeslavo Milovan Djilas, centralmente con su obra La nueva clase (1957). Él vivió desde bien adentro el proceso, siendo hasta lugarteniente del Mariscal Tito y se lo ha calificado como “el primer disidente de Europa del Este”. Por ese tiempo, en una Italia con el Partido Comunista más fuerte fuera de la URSS, percibí la inevitable gran repercusión del libro. Djilas subrayó en dos platos la constante en los regímenes comunistas: el grupo de militantes que llegan al poder, y de incendiarios se convierten en una nueva élite de burócratas, integrada por familiares, amigos y advenedizos aprovechadores, monopolizadores ahora del poder. ¿Resultado? Una original burocracia, con todos los privilegios y administrando como cosa propia la res publica. Cristalizaba así una Nomenklatura dueña y señora del Estado. Los medios de producción resultaban manejados por la nueva clase social, con el completo dominio económico, político y cultural del país. Todo esto entrañaba la traición a la clase obrera, que continuaba sometida, en espera de su liberación. A propósito de esto, recuerdo que una vez hablando con un colega mexicano acerca de las revoluciones en ese país hermano, me dijo con su buen humor: “Ovidio, no hay nada más peligroso que un mexicano detrás de un escritorio”.

    En Venezuela las inagotables ofertas fantasiosas del SSXXI han cristalizado en un régimen omnidestructor, sostenido fundamentalmente por fuerza armada, corrupto, colonizado por el régimen castro cubano, monopólico, represor a través de instrumentos como SGCIM, SEBIN, PN, GN, FAES y procedimientos como el amedrentamiento y las torturas. Gobierna una “nueva clase” que quiere eternizarse en el poder y promueve el “culto a la personalidad”.

    Una bandera que exhibe el régimen comunista es la comunal. Se encamina a constituir un Estado comunal, estructurando la nación en comunas. Éstas serían las células originarias de participación popular. Valgan a continuación algunas observaciones sobre un tal proceso.

    El término comunal evoca comunidad. Ahora bien, ésta, en sentido auténtico, significa encuentro de personas, oponiéndose así a simple masa o agregado humanos; implica, en efecto, protagonistas con inteligencia y voluntad en asociación libre y liberadora. No hay, por tanto, comunidad sin personas, es decir, sin sujetos libres y conscientes, llamados a desarrollarse y perfeccionarse en interrelación, corresponsabilidad, diálogo, comunicación, comunión. La comunidad es encuentro de rostros concretos, de miradas, respecto de lo cual el filósofo Emmanuel Lévinas ha hecho hondos aportes.

    El SSXXI con su Estado comunal busca asegurar su dominio a través de la agrupación forzada de individuos en comunas que se enlazan como correas de transmisión de un poder central, oficial. El sistema totalitario encadena para el completo control de la ciudadanía. 

    El comunismo (y el SSXXI se inscribe en esta línea) es, en realidad, estatismo. No es gobierno de y desde las comunidades, poder popular, sino manipulación de la ciudadanía ejercida por una nueva clase, élite hegemónica totalitaria.