viernes, 30 de agosto de 2019

EDUCACIÓN LAICISTA




Un sentido corriente del adjetivo laico, es de algo independiente de lo religioso o no estar comprometido con ello. Así se habla de un régimen político laico o de una educación laica, como realidades no atadas a una determinada confesión religiosa o a la religión simplemente tal. La configuración democrática contemporánea va en esa dirección, que implica la libertad religiosa como derecho humano fundamental. La Iglesia católica tomó una posición muy clara al respecto en el Concilio Vaticano II con su documento Dignitatis Humanae.
Ahora bien, el vocablo laico, entendido como excluyente de lo religioso en un sentido activo o beligerante, es una cosa bien distinta de lo anterior. En efecto, no se trata ya simplemente de una indefinición religiosa general o específica, sino de la marginación expresa de la religión, bajo cualquier forma, del ámbito político oficial y de la educación pública. Laico se interpreta entonces como laicista; así la educación, por ejemplo, no sólo no ha de estar casada con una confesión religiosa determinada, sino que ha marginar del proceso educativo toda formación religiosa, sea católica, cristiana en general, judía o de otra especificación. El laicismo se encuadra así en el campo de lo ideológico, en cuanto excluye lo religioso como algo indebido o no significativo en la estructuración de la sociedad y que puede estar presente y actuante sólo en el ámbito de lo privado (personal, familiar). So capa de independencia, dicho laicismo se alinea con una determinada posición política, cultural, filosófica. No admite que la religión salga, por así decirlo, a la plaza, sino que ha de recluirse en lo estrictamente íntimo y hogareño.
Un logro positivo para nuestro país fue la firma de un Convenio entre la República y la Iglesia católica denominado Educación Religiosa Escolar (Programa ERE), que buscó concretar lo establecido en la Ley de Educación con respecto a un tiempo disponible para la formación religiosa. El Estado, sin dejar de ser laico, colaboraría en concreto con la Iglesia para que ésta pudiese educar en elementos religiosos a los alumnos cuyos padres y representantes así lo solicitasen Ese Convenio de hecho abrió la puerta a otros acuerdos inicialmente a nivel regional con varias confesiones cristiana no católicas. El Programa ERE ha sufrido las consecuencias de la imposición de la ideología laicista del SSXXI, que guía al actual Régimen.
Felizmente me toco tocó jugar un papel importante en la firma y puesta en marcha del referido Convenio y me fue muy grato percibir los frutos positivos que pronto comenzó a brindar no sólo a los alumnos, sino también a los docentes y a las respectivas familias. No dudé en calificarlo como el principal proyecto de la Iglesia en Venezuela, dada la índole del contenido y del alcance poblacional que tenía.
El Programa ERE contemplaba elementos fundamentales no sólo estrictamente religiosos, sino también de moral y educación cívica, éstos últimos desarrollados en una materia que lamentablemente había desaparecido del currículo escolar. En perspectiva cristiana la relación del ser humano con Dios, re-ligatio, entraña una indisoluble vinculación con la convivencia fraterna de los seres humanos entre sí en la línea de los valores del Evangelio.
Si importante para el hombre, particularmente en su etapa vital inicial, es aprender números y datos geográficos e históricos, igual o mayormente lo es educarse en lo concerniente a valores morales y espirituales. Una formación religiosa tal como la contenida en el Programa ERE contribuye poderosamente a una educación integral de la persona subrayando los aspectos más profundos y trascendentes de ésta. Por ello Simón Bolívar, no sólo alentó la formación moral y religiosa escolar, sino que llegó también a indicar manuales y métodos para su mejor realización.
La educación laicista explica en profundidad y gran medida la crisis actual de nuestra sociedad. No forma en apertura  a Dios y en la necesaria incidencia de la fe en la edificación de una convivencia humana libre, solidaria, fraterna, de calidad de vida.


domingo, 18 de agosto de 2019

SANCIONES Y CAUSAS




Las sanciones que han sido tomadas especialmente con respecto a personeros oficiales del país se encuadran en el marco del drama nacional. Puede asignárseles, por tanto, como causa primera y principal, la que la Conferencia Episcopal Venezolano ha venido identificando como la del desastre global del país. Esa causa no es otra que el propósito del Régimen: imponernos el Socialismo del Siglo XXI (SSXXI).
Este SSXXI no es cualquier socialismo, sino el que se concretó en la extinta Unión Soviética y actualmente estructura a Cuba. Ha sido llamado socialismo real y consiste en una organización totalitaria de la sociedad desde un centro único de poder, ejercido por lo que ya el yugoeslavo Djilas denominó, al comienzo de la guerra fría, “la nueva clase”
Este modelo se ha venido imponiendo de modo progresivo desde la instalación de Chávez en Miraflores hace veinte años. En la lógica marxista constituye el camino de construcción del comunismo, ideado como sociedad sin clases y ámbito de plena realización de la felicidad colectiva; es decir, un “cielo” terreno. Muchos, para no hablar de la casi  generalidad de los compatriotas, no identificaron adecuadamente el modelo y de allí tantos errores al enfrentarlo. Durante un largo período hasta se tuvo escrúpulo de llamarlo dictatorial.
Hay quienes se abstienen de calificar el proyecto del SSXXI como comunista, totalitario, porque todavía hay en Venezuela restos de propiedad privada, de instituciones políticas democráticas y de libre comunicación, o por lo ingente de ingredientes como la narcorrupción y el dominio de mafias y guerrillas, que llegarían a ser  la dominante palpable  del Régimen. No hay que equivocarse, sin embargo, al identificar la línea directiva ideológica y práctica determinante del proceso.  El modelo que sigue la cúpula gobernante socialista venezolana es el estalinista y castrista. Referencia inmediata: Cuba. Por otra parte, el tomar nota de los amigos connaturales del Régimen ayuda a situarse realísticamente en el panorama global. El Foro de San Pablo constituye una acertada guía.
Hablando de sanciones es preciso puntualizar que, desde hace veinte años, y especialmente en los últimos, los venezolanos hemos venido siendo sancionados por este Régimen en lo económico, político y cultural, es decir, en la totalidad de la convivencia nacional (de allí su identidad de total-itario) ¿Sanciones? Empobrecimiento general, opresión de la disidencia, dirigismo comunicacional y educativo, los cuales han provocado un vaciamiento poblacional del país (alrededor de cinco millones de ex-patriados). Vivimos, por tanto, en un país castigado durante dos décadas. Las sanciones que han tomado los Estados Unidos y otros países democráticos, particularmente contra algunas personas e intereses oficiales, así como las consecuencias sociales que generen no deben en modo alguno distraer de la identificación de su verdadera causa: la destrucción nacional causada por el Régimen SSXXI. Característico de los gobiernos dictatoriales y totalitarios es buscar chivos expiatorios en los cuales depositar las propias culpas. Preguntas como las siguientes ubican fácilmente a los causantes de los males nacionales: ¿Quién arruinó a PDVSA y a la industria pesada de Guayana? ¿Quién incautó propiedades del campo y la ciudad altamente productivas para llevarlas al desastre? ¿Quién enterró al bolívar? ¿Quién ha entregado el país a Cuba regalándole petróleo y cediéndole registros, notarías, puertos y control militar? ¿Quién acabó con MCS de amplio alcance y larga data para silenciar al país? ¿Quién ha domesticado ideológica-políticamente a la Fuerza Armada, cercado las universidades autónomas y aislado al país del concierto democrático internacional? ¿Quiénes han arruinado a Venezuela aprovechándose de los resortes del poder?
Las sanciones que el SSXXI ha impuesto a todo el sufrido pueblo venezolano tienen ya veinte años. Los verdaderos causantes de las recientes sanciones externas a algunos dirigentes e intereses del país son quienes tratan de imponer a éste el socialismo real según el modelo castro-estalinista.
    

jueves, 1 de agosto de 2019

POLÍTICA Y PECADOS CAPITALES




¡Qué se hizo la plata? Es la pregunta que   nos hacemos ante el empobrecimiento de un país petrolero, salido de un huracán de muy altos precios del producto. La chequera abultada del Comandante permitía pasear la dadivosa espada de Bolívar por una abultada nómina de personas, organizaciones y países de este y otros continentes.
Después de esos tiempos dorados el país experimenta un cortejo de males sin precedentes en cuanto a salud, alimentación y otros servicios y necesidades fundamentales. Venezolanos salen en masa a pedir limosna por otros lares e innumerables compatriotas tienen que hurgar en depósitos de basura lo que no pueden comprar.
Junto a esto, páginas de periódico y mensajes de redes abundan en noticias de corrupción y sus protagonistas, que gastan en centros chic europeos y  norteamericanos la cosecha de trácalas y hurtos en esta tierra bolivariana. El diccionario de la corrupción se ve enriquecido con nuevos vocablos como “bolichicos” y reedita la vieja nomenclatura de testaferros. La “oligarquía” del SSXXI caracteriza los nuevos tiempos.
Hay dramas inevitables como los provenientes de catástrofes naturales; pero hay otros generados por la maldad humana como el empobrecimiento de pueblos por el enriquecimiento ilícito, la malversación de fondos públicos o escandalosos derroches. Se ve que la realidad humana no marcha solamente según las leyes de las ciencias naturales y sociales, sino en sentido positivo o negativo de normas éticas, de valores morales. La economía no se maneja por sí misma; es el ser humano su tejedor.
No escasean ideologías que formulan un hombre nuevo como fruto de reestructuraciones económicas, políticas y culturales, considerando al ser humano como tendiente simplemente a lo razonable y bueno. Tal es el marxismo y un liberalismo economicista. La perfección humana vendría dada por reacomodos de medios de producción, mayor disponibilidad de conocimientos, reformulaciones jurídicas o cosas por el estilo. Transformación del hombre desde afuera.
Hay categorías que no se encuentran en  libros como los de economía y derecho, pero que imprimen su huella existencial en los varios órdenes del quehacer humano. Tales son las de pecado y tentación, de moralidad y virtud.  Las genocidas cámaras de gas fueron construidas por buenos expertos ingenieros, físicos y químicos; los torturadores son summa cum laude en las asignaturas del hacer sufrir; la corrupción administrativa de altura exige especialistas de bajos fondos.
En los libros de moral y religión se habla de los siete pecados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. También de que la libertad que se perfecciona en el bien y se distorsiona con el pecado, al cual invita la tentación.  Cuando san Pablo habla del hombre nuevo hace hincapié en la genuina libertad, que se funda en la verdad y se esfuerza hacia el bien.  En perspectiva cristiana la libertad humana es no sólo limitada y frágil, sino también amenazada siempre por la atracción del mal moral o pecado, que es ruptura de la comunión con Dios y con el prójimo. La historia humana es dramático entrecruce de luz y sombra, bondad y maldad, virtud y vicio.
Por eso al ser humano no se lo puede arreglar sólo ampliando sus conocimientos, habilidades y bienestar material, así como cambiando apenas normas y o estructuras. El evangelio invita, por ello, a la conversión, al cambio positivo en el ejercicio de la libertad, en la orientación de la conciencia hacia la verdad y de la vida hacia el bien.
En la presente crisis nacional es preciso tener presente estas cosas para evitar en lo posible la reedición de dramas y tragedias. Un repunte económico y una normalización democrática no comportarán necesariamente un progreso integral nacional. Se hace imprescindible una reeducación en el sentido de los mejores valores morales y espirituales. Vale recordar aquí una frase muy diciente del Señor Jesús: “Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”
Los pecados capitales amenazan. Más fuertes sin embargo son el ejercicio responsable de la libertad y su acompañamiento divino.
   

jueves, 18 de julio de 2019

VUELTA A LA CONSTITUCIÓN




El Episcopado nacional acaba de hacer pública (11 de julio) una declaración bajo el título sugerente Dios quiere para Venezuela un futuro de esperanza y siguiendo la acostumbrada metodología del ver-juzgar-actuar.
En cuanto a balance de la situación, los Obispos asumen datos muy graves planteados pocos días antes (4 de julio) por Michelle Bachelet, Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Agregan otras manifestaciones que completan un cuadro bastante triste e interpelante en materia de respeto a la dignidad de los venezolanos y sus derechos fundamentales.
La Declaración justifica la intervención del Episcopado en esta materia socio política recordando que “una de las grandes tareas de la Iglesia en nuestro país consiste en la construcción de una sociedad más justa, más digna, más humana, más cristiana y solidaria”, lo cual “postula un decidido compromiso de todos por la defensa de la dignidad de la persona humana y el bien común”. La misión de la Iglesia, que es la evangelización, no se limita a lo cultual y a lo explícitamente religioso, sino que entraña también una presencia transformadora de la convivencia humana en la perspectiva de los valores del Evangelio y su e, je o núcleo que es el amor.
En cuanto al actuar, junto a urgir una efectiva respuesta a la “emergencia humanitaria” y reiterar la contribución de la Iglesia en tal sentido, los Obispos reafirman: “ante la realidad de un gobierno ilegítimo y fallido, Venezuela clama a gritos, una vuelta a la Constitución”. Esto, dicho hace seis meses, lo han repetido, en una u otra forma, en estos últimos años. Exigencia fundamental de dicho cambio es “la elección en el menor tiempo posible de un nuevo Presidente de la República”. A continuación, exponen “algunas condiciones indispensables” para asegurar que esa elección “sea realmente libre y responda a la voluntad del pueblo soberano”. Entre esas condiciones mencionan: renovar el Consejo Nacional Electoral asegurando su imparcialidad, actualizar el registro electoral, posibilitar el voto de los compatriotas en éxodo, contar con una efectiva supervisión internacional. Y, last but not least, acabar con la Asamblea Nacional Constituyente. Antes de hablar de elección, el Episcopado pone como exigencia del cambio “la salida de quien ejerce el poder de forma ilegítima”.
Me parece que el ritmo de los acontecimientos está llevando, sin dar más vueltas, a poner sobre la mesa de la praxis, de modo urgente, efectivo y transparente, la aplicación del artículo 5 de la Constitución. En tiempos de gravísima crisis que se manifiesta en un insoportable sufrimiento del pueblo, en parálisis productiva y despoblamiento del país, es ineludible preguntar a los venezolanos qué presente y futuro quieren para su país; si seguir con estancamiento político, miseria, inseguridad y desesperanza o enderezarse hacia la nación deseable, libre, justa, fraterna, edificada por todos y acogedora como casa común.
La caída del Muro de Berlín ha sido para mí en estos últimos tiempos y en varias formas, generadora de esperanza. Significó superación no violenta de enfrentamientos, encuentro inimaginable de contrarios, síntesis sorpresiva de opuestos; y todo ello sin pólvora ni sangre. Viví de cerca ese Muro en diversos momentos (antes, en y después) y nunca imaginé su sorprendente fin. Pienso que la humanidad ha sobrevivido en milenios porque ha sido capaz de lograr imposibles.
Hay muchas cosas en nuestra Constitución. Pero entre las que leo y releo hay pasajes que resumen la Venezuela deseable y obligante, que hoy nos reclama un esfuerzo decidido, sacrificado, generoso, esperanzado. Esos pasajes son el Preámbulo y los Principios Fundamentales de la Carta Magna, que comienzan así: “El pueblo de Venezuela, en ejercicio de sus poderes creadores e invocando la protección de Dios, el ejemplo histórico de nuestro Libertador Simón Bolívar…”.
Así como Pérez Bonalde escribió su Vuelta a la Patria nosotros ahora hemos de realizar nuestra Vuelta a la Constitución.




jueves, 4 de julio de 2019

LEVIATÀN SSXXI



El Estado venezolano tal como lo viene utilizando el autodenominado Socialismo del Siglo XXI no se parece en modo alguno al que describe la Constituciòn nacional (CRBV Artìculos 2 y 3), sino al Leviatàn descrito a mediados del siglo XVII por el filòsofo inglès Thomas Hobbes
Nuestra Carta Magna declara al Estado como “democrático y social de Derecho y de justicia”,  definiendo una serie de valores superiores que han de orientar su ordenamiento y actuación ¿Cuàles? Ademàs de los que se acaban de mencionar, identifica los siguientes: vida, libertad, igualdad, solidaridad, responsabilidad social; asigna la preeminencia a los derechos humanos, la ética y el pluralismo político (Art. 2). Como fines esenciales del Estado venezolano la Constituciòn destaca: defensa y desarrollo de la persona, respeto a su dignidad, ejercicio democràtico de la voluntad popular,  construcción de una sociedad justa y amante de la paz, promoción  de la prosperidad y bienestar del pueblo; igualmente,  garantía del cumplimiento de principios, derechos y deberes integrados en el texto constitucional.
Este cuadro luminoso contrasta con la realidad tràgica nacional, que el actual régimen ha venido causando en estas dos décadas iniciales del tercer milenio con la formulación y la progresiva puesta en pràctica de su proyecto. Èste es   de carácter comunista, totalitario, aderezado con una fuerte carga de inoperancia y narcorrupciòn, todo lo cual lo ilegitima tanto moral como constitucionalmente. El Estado en manos del  SSXXI no es el que dibuja y manda la CRBV, sino  el Leviatàn del filòsofo inglés.
Hobbes, materialista y pesimista, define al ser humano como egoísta por naturaleza (homo homini lupus), lobo para su vecino y contrincante en una “guerra de todos contra todos”. Para poderse manejar en este conflicto los seres humanos pactan que alguien  -monarca o consejo-  asuma el comando de la situación y asegure asì paz y defensa. Ese alguien se convierte en soberano, omnipotente, en un absoluto del cual todo depende y èl de nadie; concentra la  globalidad de todos los poderes, de modo que política, moral y hasta religión le quedan sometidas. El Estado se convierte asì en Leviatàn.
Hobbes hace la comparaciòn con ese animal, bestia maligna, ser mítico, monstruoso, horripilante, que aparece en la .literatura del Medio Oriente;  también en la Biblia (ver, por ejemplo, Isaìas 27, 1), como poder nefasto que evoca la fuerza contraria a Dios y su pueblo. No es difícil percibir en los tiempos modernos al Leviatàn cristalizado en el estado nazi y el comunista, con su pretensiòn de omnisciente y  todopoderoso. El ser humano queda entonces aplastado por un poder omnímodo.
Resulta algo màs que curioso comprobar lo sucedido con el socialismo real (tipo URSS, Corea del Norte, Cuba). La teorìa marxista concibe al Estado  como una entidad destinada a desaparecer con el advenimiento del comunismo, luego de la dictadura del proletariado. ¿Què ha sucedido? Esa dictadura de transitoria se ha convertido en permanente y de proletariado ha quedado sòlo una casta iluminada que ejerce el poder a sus anchas. Es la “nueva clase” (oligarquía comunista, nuevo grupo de tiranos privilegiados y paràsitos) que denunciò el yugoeslavo  Milovan Djilas en el inmediato postguerra (1957). El socialismo, que de por sì evoca participaciòn social, se convierte en un régimen de total centralización en lo econòmico, lo polìtico y lo cultural. Una dinámica conducente al culto de la personalidad (el  hermano mayor: Stalin,  Mao ,los Kim, Fidel y congèneres)
En Venezuela el Leviatàn está en marcha. Tarea de los demócratas y humanistas genuinos es evitar que la fiera subsista, crezca y llegue al dominio total de la naciòn. Para los cristianos y creyentes en general, asì como para los no creyentes de genuina convicción humanista, tarea insoslayable es evitar que el Leviatàn devore al Estado definido por nuestra Carta Magna y exigido por la dignidad de los hombres y mujeres de este país.


viernes, 21 de junio de 2019

COMUNIDAD Y PERSONA





Los sistemas totalitarios exaltan lo colectivo y obstruyen la construcción y el robustecimiento de una verdadera comunidad. Buscan convertir, en base a su política homogeneizante, al pueblo en masa y a la sociedad en monolito. La democracia, en cambio, favorece lo individual y plural, si bien está tentada siempre de exagerar lo subjetivo y polarizar en números y proporciones (de votos y opiniones) por encima de valores y de un genuino encuentro humano.
El mensaje cristiano acerca de Dios Uno y Trino brinda valiosas orientaciones para tejer un relacionamiento humano que conjugue armónicamente individuo y sociedad, entendiendo éstos como persona y comunidad. 
Verdad central y específica de la fe cristiana es la afirmación de Dios como Trinidad. comunidad, Reconoce a Dios uno y único (monoteísmo), como ser personal, pero no unipersonal; identifica la divinidad como íntima red de relaciones interpersonales: Padre, Hijo y Espíritu Santo. De ahí que es bellamente exacta la definición de Dios como amor (1 Jn 4, 8).
Esta condición trinitaria de Dios es profundamente iluminadora respecto de tres puntos básicos: la noción de ser humano (antropología), el horizonte fundamental de la ética y el sentido de un desarrollo social integral.
En cuanto a lo antropológico resulta clave el relato de la creación que ofrece el libro del Génesis en su inicio mismo. Después de crear el universo y la variedad de la naturaleza, Dios dice: “Ahora hagamos al hombre a nuestra imagen” (Gn 1,25). El ser humano emerge así como ser inteligente, con voluntad libre, personal. Responsable, por tanto, de su actuar; de allí su condición ética. El hombre, como corporal también (hecho de tierra es la figura que emplea el Génesis) resulta situado en el tiempo, al cual, por su libertad, convierte en historia. Como persona no aparece como simple individualidad, subjetividad aislada (ego-ísta), sino acompañado (Adán, Eva, humanidad) en relación, social, dialogante, ser para la comunicación y la comunión, “ser para el otro”. (Pronto, lamentablemente, manifestará también el mal uso de su libertad, pecando). La flecha del perfeccionamiento del ser humano habrá de ir entonces, en la dirección de lo subjetivo y lo comunional de modo inseparable.
La Trinidad proyecta su luz también sobre la ética. Dice san Juan: “(…) debemos amarnos unos a otros porque el amor viene de Dios (… El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (4, 7-8). Jesús en su Sermón de la Cena es repetitivo respecto del amor como el mandamiento máximo, principio supremo regulador de la vida moral y espiritual de sus discípulos. Será, por tanto, el criterio de discernimiento en el Juicio final (Mt 25, 31-46. El ser humano como “imagen” ha de responder operativamente a la naturaleza amorosa de Dios. El mandato -positivo, proactivo-, divino es que amemos, especialmente a los que más necesitan del acompañamiento fraterno.
La realidad trinitaria da luz también sobre el compromiso social del cristiano -y podríamos decir del ser humano- en este mundo: contribuir a la edificación de la sociedad como comunidad. Ésta significa encuentro, compartir de personas y no simple suma de individualidades; tampoco masa humana, colectivo sin rostros, algo   así como un agregado de clones, que es un objetivo característico de los proyectos totalitarios. Para tener una comunidad se debe favorecer y formar el libre ejercicio de las personas que la integran, en efectiva pluralidad y diversidad. En la Trinidad divina las personas son realmente distintas. Una comunidad humana existe y progresa entonces en la medida en que las personas que la componen son ellas y no otras, con identidad propia. “Ser para el otro” no es desaparecer en el otro o disolverse en un todo común, lo cual se plantea como exigencia de genuino humanismo para toda comunidad, desde la familiar hasta la global. No hay comunidad sin personas.
Las anteriores consideraciones adquieren especial vigencia en la actual crisis del país, consecuencia de un proyecto colectivista totalitario que se trata de imponer. La sociedad venezolana por edificar no debe ser otro que una comunidad nacional verdaderamente tal.



viernes, 7 de junio de 2019

SOBERANÍA Y SOBERANO




Especialmente en casos de crisis nacionales que se proyectan en conflictividad internacional suele subrayarse el concepto de soberanía como escapatoria a reclamos y sanciones que vienen de más allá de las propias fronteras.
En apelaciones a la condición soberana se manejan términos como “no injerencia” y “no intervención” frente a normas y acuerdos de organismos supranacionales que aconsejan, permiten o deciden prevenir o frenar injusticias. Suena extraño que en un mundo en creciente globalización y más aguda toma conciencia acerca de la obligante universalidad de los derechos humanos se trate de convertir la soberanía en burladero de procedimientos inhumanos.
El Papa Juan Pablo II fue alguien que supo bastante de estas cosas. Él vivió y tuvo serias responsabilidades en un país que sufrió los totalitarismos nazi y comunista, la partición de su territorio por parte de éstos y la ola devastadora de una guerra mundial. La experiencia personal da un toque bien experiencial a esta afirmación: “No es verdadera soberanía la de un Estado en el que la sociedad no es soberana: es decir, cuando ésta no tiene la posibilidad de decidir acerca de su bien común, cuando se le niega el derecho fundamental a participar en el poder y en las responsabilidades” (Mensaje a la Conferencia Episcopal Polaca con motivo del 50º aniversario del comienzo de la Segunda guerra mundial, 26 de agosto de 1989).
El mismo Papa Wojtyla años antes había expresado en una encíclica algo que parece dirigido expresamente a la Venezuela de nuestros días: “El sentido esencial del Estado como comunidad política consiste en el hecho de que la sociedad y quien la compone, el pueblo, es soberano de su propia suerte. Este sentido no llega a realizarse si en vez del ejercicio del poder mediante la participación moral de la sociedad o del pueblo, asistimos a la imposición por parte de un determinado grupo sobre todos los demás miembros de esta sociedad” (Redemptor hominis, 17 de marzo 1979).
He citado más de una vez la siguiente denuncia hecha por la Conferencia Episcopal Venezolana: “(…) el Gobierno usurpó al pueblo su poder originario. Los resultados los está padeciendo el mismo pueblo que ve empeorar día tras día su situación. No habrá una verdadera solución de los problemas del país hasta tanto el pueblo no recupere totalmente el ejercicio de su poder” (Exhortación, 12 de enero de 2018).
Me gusta recordar aquello de que Dios creó a los seres humanos y éstos fabrican las fronteras, que se justifican para una más ordenada marcha de comunidades y pueblos, pero no para su aislamiento e insolidaridad. Más que a seres individuales dispersos el Creador dio vida a la humanidad, llamada a constituirse como gran fraternidad universal. En este sentido, la planetización (globalización o mundialización) debe interpretarse primariamente -en sí y no en discutibles realizaciones de facto- como un hecho positivo, que corresponde al plan relacional divino.
Al hablar de soberanía se debe entonces dirigir prioritariamente la mirada al nivel de participación del soberano en la cosa pública, a su corresponsabilidad ciudadana y a la subordinación de los órganos del Estado a las necesidades y anhelos del pueblo. Evitando, por supuesto, las “encarnaciones” de éste en un determinado líder y su círculo ideológico-político, de tal modo que el gran jefe (big brother) y su secta de iluminados ya no necesitan consultar o recibir directrices de los súbditos. Son patentes las consecuencias nefastas de consignas como “Fulano de tal es el pueblo”.
La causa principal de la crisis venezolana -lo han repetido los obispos- reside en la voluntad del Régimen de imponer un proyecto de corte totalitario (Socialismo Siglo XXI, Plan de la Patria) a un soberano que casi unánimemente se resiste a tal propósito. Para salir de esa crisis y abrir cauce a un consistente progreso nacional compartido es menester “volver a las fuentes” consultando al pueblo qué es lo que realmente quiere.
La soberanía es importante pero en cuanto el soberano es el primer importante. Es el sentido genuino del artículo 5 de nuestra Carta Magna.