viernes, 21 de agosto de 2020

EL SÌ DEL NO

 


     Ante las proyectadas elecciones parlamentarias, un conjunto de organizaciones políticas ha planteado como respuesta: no concurrir. La abstención, desde el punto lógico, es una posición negativa de parte de quien la sustenta, la cual, para serle productiva, ha de ir acompañada de acciones que, de algún modo, procuren lograr el fin que se busca con el abstenerse. Es decir, que un debe ir junto al no.

    Pienso que la ausencia de un consistente, en el caso de las votaciones (no elecciones) parlamentarias de diciembre, motivó el Comunicado de la Presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana del pasado 11 de agosto; de allí su insistencia en el “no basta” con la abstención y la crítica a quienes se instalaban en una actitud negativa, sin proponer alternativas serias y factibles. No pocos habíamos venido insistiendo en la urgencia de plantear, por parte de la Asamblea Nacional, entre otros, de proposiciones operativas para realizar el cambio del régimen y del administrador de Miraflores. Opino que un efecto positivo del referido Comunicado ha sido el de estimular a círculos políticos a proponer el “sí” que faltaba.

    El Consejo Superior de la Democracia Cristiana acaba de publicar un Comunicado (No.8. agosto 2020) titulado ¡La consulta popular y la Conferencia Episcopal! Es un documento de suma actualidad y utilidad para el pueblo soberano de este país, a fin de que en este momento asuma el ejercicio de la soberanía que la ha sido usurpada por el gobierno, como lo reclamaron ya los obispos, de modo bien claro, en su exhortación de 12 de enero de 2018. 

El Consejo Superior democristiano es coherente con el título que asigna su declaración y, en este sentido, cita pasajes muy al grano de documentos del Episcopado venezolano, aprobados por su organismo máximo que es la Asamblea Plenaria, congregada este mismo año en los meses de enero y julio. Por cierto que en enero los obispos mencionaron los artículos 70 y 71 de la Constitución Nacional, como posibilitantes del cambio presidencial.

No es el momento aquí de hacer un inventario de los desastres ocasionados por el Régimen desde finales del siglo pasado (¡!) Pero estimo oportuno recoger una expresión que utilizó el Episcopado en pleno, hace poco más de un mes, para calificar la presente realidad nacional: “Vivimos inmersos en un caos generalizado presente en todos los niveles de la vida social y personal” (Exhortación pastoral Dios está contigo, no te dejará ni te abandonará, Dt. 31,6). Caos significa radical confusión, desastre total. Desde el punto de vista constitucional, jurídico, hay una maraña de ilegitimidades y en lo que respecta a lo económico, político y ético-cultural, uno se pregunta si el país puede hundirse todavía más.

     El Consejo Superior lanza el guante  a los directivos de la Asamblea Nacional, para que convoquen ya al pueblo soberano (CRBV 70-71) a fin de que éste decida sobre el cese del Presidente de facto de la República, de la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente y la constitución -por parte de aquella Asamblea-, de un Gobierno de Emergencia Nacional, que atienda a la crisis humanitaria y convoque, en un plazo de doce meses, verdaderas  elecciones presidenciales y parlamentarias, “en sintonía con lo planteado por la comunidad internacional”.

    ¿Se quiere una salida del “caos generalizado”, pacífica, democrática, civilizada? ¿Se quiere que sea el soberano mismo y no intermediarios -oficiales o no, partidistas o no- quien decida la suerte de la nación, el destino de este descalabrado país llamado Venezuela? ¡La referida propuesta democristiana ofrece el camino!

    Más de una vez me ha venido a la mente la imagen de un tsunami al dibujarme la situación del país y el futuro que enfrenta. Y la traigo aquí porque la amenaza que se nos plantea este fin de año es de dimensiones catastróficas, frente a lo cual suena suicida, ridículo, cruel, todo aquello que distraiga del peligro en puertas, fragmente esfuerzos para encararlo unidos, exija “purismos” que impidan respuestas realistas, dificultando o impidiendo así una solución que vaya al corazón del problema. Venezuela no tiene porvenir digno sin cambio de régimen. Lograrlo es un deber humano, creyente, cristiano. “Despierta y reacciona, es el momento”.  

martes, 11 de agosto de 2020

El Laico Protagonista




 "Los signos del tiempo muestran que el presente milenio será el del protagonismo de los laicos" (LCV 3). Son palabras del Concilio Plenario de Venezuela en su documento N°7.

Por laico o seglar se entiende al bautizado miembro de la Iglesia, Pueblo de Dios, participante, por tanto, de su misión, y quien tiene como propio y peculiar el carácter secular (ver LG 31). Éste significa su inmersión en el mundo para transformar desde adentro las realidades temporales en la línea del Evangelio.

Ser laico es la condición o estado ordinario del cristiano; los laicos integran el sector o subconjunto mayoritario y casi totalizante de la Iglesia; se nace laico en el bautismo. Tradicionalmente se vino considerando al laico como un "no clérigo" (y "no religioso"), miembro más bien pasivo de la Iglesia, simple colaborador o auxiliar del sacerdote (presbítero) en la tarea evangelizadora, es decir, como un fiel formado para ser, fundamentalmente, realizador de objetivos y ejecutor de tareas que le asignasen. Ahora bien, la renovación eclesial tanto doctrinal como práctica, recogida, madurada y ulteriormente impulsada por el Concilio Vaticano II, ha pasado de la definición "negativa" del laico (lo que no es) a otra, "positiva", (lo que es); ha reformulado el papel del laico, reconociéndole un efectivo protagonismo evangelizador, particularmente en su ámbito propio, a saber, el del mundo, la cotidianidad secular, partiendo de lo más inmediato, la familia.

Si desea leer más al respecto, haga clic en el siguiente título El Laico Protagonista


jueves, 6 de agosto de 2020

SSXXI: PROYECTO TOTALITARIO



    Una cosa es hablar por experiencia ajena y otra haber sufrido en carne propia aquello de que se habla. Esto se aplica a san Juan Pablo II en relación al totalitarismo.

    El Papa Wojtyila padeció persecución por parte de los totalitarismos hitleriano y stalinista. Por eso tiene existencial resonancia la denuncia que estampa en su encíclica Sollicitudo Rei Socialis (1987): “Ningún grupo social, por ejemplo, un partido, tiene derecho a usurpar el papel de guía único, porque ello conlleva la destrucción de la verdadera subjetividad de la sociedad y de las personas-ciudadanos” ¿Resultado? Masificación despersonalizante.  Caído el Muro de Berlín, el mismo Papa en 1991 identificó la raíz del totalitarismo moderno en “la negación de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, el grupo, la clase social, ni la nación, ni el Estado” (Centesimus Annus 44).

    Ante la avalancha de los totalitarismos, el Papa Pío XI había publicado tres contundentes y oportunas encíclicas: en 1931 Non abbiamo bisogno contra el fascismo, en 1937 Mit brennender Sorge contra el nazismo y Divini Redemptoris contra el comunismo. De estos deshumanizantes sistemas e ideologías se destacaban, entre otros, la negación de una real participación ciudadana y del libre emprendimiento, la absorción de la sociedad civil por el Estado, la hegemonía comunicacional y educativa, la absolutización e idolatría del poder, el utopismo del paraíso terreno.

El totalitarismo profundiza y amplia el control que cualquier otro sistema político e ideológico despótico busca imponer. Pretende monopolizar todos los ámbitos del entramado social: economía (tener), política (poder) y cultura -en la acepción más restringida de este término- (ser). Agrava la dominación característica de autocracias, dictaduras, tiranías y otras formas de monopolio social. La historia de Venezuela registra variados especímenes de sumisión societaria, pero de totalitarismo uno solo, a saber, el Socialismo del Siglo XXI. Éste copia el modelo comunista cubano, con peculiaridades, como las de que el “bolivariano” financia al isleño, y éste maneja la “inteligencia” del venezolano.   

    El criollo es un totalitarismo en ejecución progresiva. Por cierto, que la pandemia del COVID 19 ha servido para acentuar la escalada represiva. La “profecía” anticonstitucional y vergonzosa del Ministro de la Defensa sobre la inutilidad de las próximas elecciones para un cambio de Régimen evidencia la dominación comunista en marcha.

   En más de una ocasión he manifestado que la no percepción -culpable o inculpable- del carácter totalitario del proyecto socialista ha sido la causa de muchas fallas estratégicas, cuando no de claros fracasos operativos de la disidencia. Por otra parte, el populismo y la mentira institucionalizada del Gobierno, ha sabido disfrazar propósitos oficiales y frustrar intentos de la oposición.

  Las anunciadas elecciones legislativas constituyen un serio desafío a nuestra responsabilidad ciudadana. La abstención no puede identificarse -negativamente- con pasividad: tiene que asumirse, positiva y proactivamente, como actividad, iniciativa, como ejercicio de responsabilidad ciudadana, buscando generar unidad dinámica para el logro de objetivos democráticos. Hay retiradas estratégicas, que son sumamente productivas. Sobre todo, cuando lo que mueve la acción son nobles y altos propósitos como el restablecimiento del estado de derecho y la convivencia democrática. Es preciso ser ingeniosos en este sentido. La abstención puede convertirse en referendo para un cambio de régimen, en elecciones (también) presidenciales Hay que poner en juego el protagonismo y las facultades del soberano (CRBV 5), su poder constitucional, pero también supraconstitucional y originario.

   La historia no es determinismo. La libertad constituye una energía irrefrenable. Los totalitarismos son estatuas imponentes, pero con pies de barro. Por eso debemos trabajar unidos y con gran esperanza, la cual, para los creyentes, se funda definitivamente en los designios bondadosos de Dios.

 


jueves, 23 de julio de 2020

OBISPOS PLANTEAN CAMBIO DE GOBIERNO




     Ante la gravísima y progresiva crisis nacional la posición de los Obispos es clara y firme: “exigimos una vez más auténticas elecciones libres y democráticas para constituir un nuevo gobierno de cambio e inclusión nacional que nos permita construir el país que todos queremos”. Añadimos: “se hace necesaria la salida del actual gobierno y la realización de elecciones presidenciales limpias, en condiciones de transparencia y equidad”.

    Lo leemos en el reciente documento del Episcopado venezolano (Tu Dios está contigo…,10 de julio). No es la primera vez que plantean una tal exigencia; ya lo habían hecho en las asambleas de enero 2020 y julio 2019. Lo repetitivo se explica por la persistencia y aceleración de la crisis, que lleva dos décadas y ha llegado a niveles insoportables.

     En efecto, en Carta fraterna del pasado 10 de enero, a propósito de los atropellos a la Asamblea Nacional, los Obispos reafirmamos lo dicho en la Exhortación de 12 de julio 2019: “Ante la realidad de un gobierno ilegítimo y fallido, Venezuela clama a gritos un cambio de rumbo, una vuelta a la Constitución. Ese cambio exige la salida de quien ejerce el poder de forma ilegítima y la elección e en el menor tiempo posible de un nuevo presidente de la República”. No se trata, obviamente, de una elección cualquiera; ha de ser libre y debe responder a la voluntad del soberano (CRBV 5). Para ello es preciso atender a ciertas condiciones, que se consideran indispensables: nuevo Consejo Electoral imparcial, actualización del Registro Electoral, voto de los venezolanos en el exterior, supervisión de organismos internacionales tales como ONU, OEA, UE; y, por supuesto, cese de ese esperpento que es la Asamblea Nacional Constituyente, con todas sus letras, mantenida como una herramienta amedrentadora, especie de elefante agresivo en una cristalería de legalidad. Es menester tener presente que un cambio presidencial como el mencionado está posibilitado por los Art. 70 y 71 de nuestra Constitución.

     La Conferencia Episcopal recoge en el documento de hace dos semanas un clamor nacional: “Los venezolanos queremos vivir en democracia”. De allí la necesidad de elecciones (opción realmente libre), que no se reduzcan a meras votaciones (acto propiamente físico). El régimen, es cierto, ha convocado a elecciones parlamentarias, pero tejiendo una urdimbre de trampas e ilegitimidades: instrumentación de un TSJ sumiso y de un CNE a su medida, confiscación de partidos políticos, persecución a disidentes, compra de conciencias ¿Es de extrañar entonces que crezca la desconfianza y se genere masiva abstención? En ese mismo documento se denuncia la inmoralidad de maniobras contra la solución social y política de la crisis, así como del cinismo de políticos que se prestan a tan desvergonzado juego, con lo cual se consolida el régimen totalitario.

    Y aquí viene una denuncia particularizada del Episcopado, que se justifica por el protagonista y la  gravedad de la amenaza: “La negativa del Ministro de Defensa a aceptar un cambio de gobierno es totalmente inconstitucional y, por tanto, inaceptable”. Ello implica un alineamiento de la Fuerza Armada con una parcialidad política y la exclusión de una entrega del poder a quien piense distinto.
¿En qué marco situacional exigen los Obispos el cambio de régimen? El de un “caos generalizado”, empeorado por la pandemia, en el cual sobresalen, entre otros factores: descalabro de servicios públicos básicos, acción política divorciada del bien común y del desarrollo, inseguridad e indefensión de la gente, economía inflacionaria y dolarizada, empobrecimiento de la población, educación paralizada, debilidad del sistema de salud, drama de los emigrantes que vuelven al país, escasez de gasolina y de otros insumos, ausencia de estado de derecho, violaciones de los Derechos Humanos (aplicación de torturas…), endurecimiento dictatorial, persecución de la disidencia.

    No podemos quedarnos de brazos cruzados”, claman los Obispos. El Evangelio no es algo etéreo, sino muy exigente respecto de toda realidad, en particular la política; y el servicio pastoral, religioso y moral, que ellos prestan tiene que ver con la suerte temporal de creyentes y no creyentes. El mandamiento máximo de Jesús, el Señor, es el amor, el cual no se reduce a simple sentimiento, sino que entraña serio compromiso.



viernes, 10 de julio de 2020

RECONSTRUCCIÓN ÉTICA



      No es fácil la reconstrucción económica y política del país. Menos fácil, todavía, es la ético-cultural. Ésta toca, en efecto, lo más hondo y trascendente de la libertad personal, desde donde se definen las líneas orientadoras también del tener y del poder.

      Por donde quiera que caminemos los humanos nos topamos, buen Sancho, con la ética. Porque, en cuanto racionales y libres, somos ineludiblemente éticos (al igual que filósofos); damos siempre a nuestra vida, a nuestra libertad, algún sentido, así sea uno puramente anárquico y espontaneísta, como es el caso de los nihilistas. Quien se declara “a-moral”, es porque tiene un código moral propio, puramente subjetivo. Lo cierto es que, así como el hombre no ha podido-puede-podrá dejar de pensar, lo mismo cabe decir del decidir en conciencia en lo tocante a bien-mal moral. El problema está en el código ético que se sigue, el cual, por lo demás, implica, en un modo u otro, una interpretación de la dignidad y del deber ser personal. De esto se desprende que una marcha societaria sólida, sustentable, exige un esfuerzo compartido para acordar una plataforma ética común. Lo contrario generaría una Babel insostenible y autodestructora.

    En este marco reflexivo hemos de ubicar la relación de economía y política con ética. Aquéllas no se hacen por sí mismas, ni funcionan auto referencialmente, no son autárquicas. Es el ser humano, en cuanto económico y político, el que las crea, maneja y orienta. Y este ser humano les imprime su sello personal; hará de ellas instrumentos de servicio o insolidaridad, de altruismo o egoísmo y cosas por el estilo.

   En Armagedón, 4 jinetes hacia el apocalipsis postmoderno (Universidad Metropolitana, Caracas 2009), J. I. Moreno León, hablando de la vinculación entre práctica de la conducta ética y ejercicio del sentido común, recuerda “un imperio (el Romano) que llegó a dominar parte importante del mundo conocido para entonces, con grandes avances  en su desarrollo como sociedad, pero que colapsó, entre otras razones por una crisis de valores que generó la destrucción de ese conglomerado social como civilización dominante”. Muy iluminadora al respecto resulta, por cierto, la Carta de San Pablo a los Romanos (capítulo 1), escrita hacia el año 60 d C., la cual describe el estado de descomposición ético-religiosa de ese pueblo, entonces en la cumbre de su poderío. Algo aleccionador para todo tiempo y, por supuesto, también, para el presente global y venezolano. Tarde o temprano los desvaríos se pagan y las virtudes dan buenos frutos.

    Lamentablemente el desarrollo científico-tecnológico, así como el económico, político y cultural (en sentido estricto) no corren siempre parejos. De allí las crisis permanentes de los seres humanos y de la humanidad como conjunto. Sucedió en el Imperio Romano y pasa ahora con nuestra sociedad de la información en rauda globalización. La historia evidencia no sólo la limitación y la fragilidad del ser humano, sino también su pecaminosidad.

    El caso venezolano es patente al respecto. Tuvimos un desarrollo económico y político que no se armonizaron con el ético-cultural. No se cultivó una economía de efectiva solidaridad, ni una política gestora de corresponsabilidad ciudadana. Los medios de comunicación se desligaron en buena medida de su función de servicio público, y la educación prescindió del formar seriamente en valores. No se privilegió la atención integral a la familia, primera escuela y célula social. Todo ello abrió en algún modo la puerta al actual régimen totalitario destructor.

  Resulta imperativa, por tanto, una reconstrucción en los diversos ámbitos de la vida nacional, particularmente en el campo ético-espiritual, con miras a impulsar un progreso integral. Para ello es preciso establecer prioridades sociales y fomentar un espíritu colectivo corresponsable. Algunos nos hemos atrevido hasta formular decálogos de praxis nacional para el día después. Pero, por encima y más allá de cualquier determinación, hay algo que resulta evidente: Venezuela no echará adelante sin una conversión ético-espiritual. Hay mucho odio, egoísmo, inmediatismo, indiferencia, que curar, y mucha honestidad, solidaridad, generosidad, calidad humana, que promover.






jueves, 25 de junio de 2020

JOSÉ GREGORIO, LAICO INTERPELANTE





       José Gregorio murió (28 de junio 1919) en un momento de particular significación para la Iglesia, el país y el mundo. La Iglesia recuperándose de la postración en que la dejó el Guzmancismo. El país en dictadura y expansión petrolera. El mundo, terminando una guerra mundial, comenzando una pandemia y en los primeros pasos de un cambio epocal (tercera ola humana según Toffler).  A cien años de su muerte -comienzos de siglo y también de milenio-, se anuncia su beatificación. El escenario histórico es semejante y diverso con Iglesia en renovación; país en dictadura con regresión y ocaso petrolero; mundo en pandemia, paz endeble, globalización rampante y cambio epocal en ágil marcha.

     Venezuela se encuentra en estos momentos con pandemia y en situación desastrosa. El Socialismo del Siglo XXI con ideología comunista y una corrupción desaforada, tiene al país en ascuas: economía por el suelo, empobrecimiento general, política marcada por una abierta represión, cultura deprimida en sus ámbitos comunicacional y educativo, por la imposición de un “pensamiento único”.

   Los cristianos católicos nos hemos de preguntar:1) ¿Qué mensaje lanza Dios con esta beatificación, a la Iglesia de la mayoría de los venezolanos en el presente drama nacional?2) ¿Qué interpelación plantea la beatificación del laico doctor José Gregorio Hernández a nuestros   laicos católicos?

  Con respecto a lo primero, conviene recordar que el Concilio Vaticano II definió a la Iglesia como signo e instrumento de unidad humano-divina e interhumana (ver Lumen Gentium 1). El mandamiento máximo de Jesucristo va en esa dirección:  lograr la comunión-amor a) con Dios Trinidad en alabanza y obediencia, y b) con el prójimo, compartiendo bienes espirituales y materiales, así como construyendo una convivencia fraterna, libre, solidaria y pacífica. El desastre del país reclama a la Iglesia, por tanto, un compromiso más decidido para la reconstrucción de Venezuela y su ulterior progreso: honda conversión hacia un testimonio más efectivo del amor evangélico. Opresores y oprimidos en su mayoría se confiesan católicos. ¿Por qué hemos llegado a este abismo? Es la hora de una perceptible coherencia con lo que se dice creer.  

    Ahora bien, dentro de la Iglesia pueden señalarse dos sectores bien diferenciados, con tareas específicas dentro de la misión común: a) pastores o clérigos, (obispos, presbíteros y diáconos) y b) laicos. El quehacer de los pastores es más hacia el interior de la comunidad eclesial, como ejes-cabezas de comunión: servicio indispensable, de institución divina. La misión propia o peculiar de los laicos (seglares) mira primordialmente hacia el mundo (lo temporal o secular) para transformarlo según el espíritu del Evangelio.

   Con respecto a la segunda pregunta podríamos comenzar diciendo que en estos tiempos de renovación eclesial, estamos pasando de una acostumbrada comprensión del laico  como simple colaborador o ayudante (“mandadero”,  llega a decir el Papa Francisco) de los pastores, a su reconocimiento como protagonista, miembro activo, corresponsable, por título propio como bautizado, en la Iglesia Este cambio (especie de “giro copernicano) implica superar el tradicional clericalismo o polarización eclesial en el clero (ver carta de Francisco al Presidente de  la Pontificia Comisión para la América Latina, con fecha 19 de marzo 2016).

    El Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 31) definió como lo propio o peculiar del laico en la Iglesia, su “carácter secular”, temporal, mundano (en el sentido positivo de este término). El laico tiene al mundo, con sus ámbitos económico, político y cultural, como su campo propio de trabajo. Desde su familia ha de comprometerse en la construcción de una “nueva sociedad”.
José Gregorio Hernández constituye un modelo de laico. Miembro de la comunidad eclesial, participó en la vida de ésta y desde ésta se comprometió a hacer realidad los valores humano-cristianos del Evangelio en Venezuela. La cultura, en la acepción más amplia del vocablo, fue el objetivo de su misión. Como protagonista y no ente pasivo ¿En qué ámbito social no se hizo presente, desde su amor a Dios y al prójimo, especialmente al más pobre? Científico, docente, escritor, investigador e innovador, atendió enfermos, privilegió a los pobres y dentro de su polícromo quehacer quiso hasta alistarse para defender la patria.

   José Gregorio es una interpelación viva a los laicos de este país en los presentes momentos de gravísima crisis. En su entrega no escatimó esfuerzos ni riesgos. El “médico de los pobres” murió en camino hacia un servicio caritativo.    

jueves, 11 de junio de 2020

MUCHO DERECHO, POCO DEBER




    Somos duchos en enunciar y reclamar derechos, pero tardos en recordar y cumplir deberes. Los populistas encuentran así tierra abonada y el egoísmo excusas.

    Refiriéndose a la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789, como Carta Magna de la democracia moderna, Hans Kung dice: “En el Parlamento revolucionario, junto a la declaración de los derechos (droits), el clero y casi la mitad de los delegados pidieron que fuese aprobada también una declaración de los deberes (devoirs). Una cosa todavía hoy deseable” (La chiessa cattolica, Rizzoli 2001, 206).

    El Decálogo que encontramos en el Antiguo Testamento es una tabla de deberes, los primeros en sentido positivo y los restantes en forma negativa de prohibición. Ahora bien, si se voltea la tabla encontramos los derechos correspondientes. Así, el “no matar” tiene su contrapartida en el derecho a la vida. Juan XXIII en su famosa encíclica sobre la paz mundial -Pacem in Terris- dice lo siguiente: “Los derechos naturales que hasta aquí hemos recordado están unidos en el hombre que los posee con otros tantos deberes, y uno y otros tienen en la ley natural, que los confiere o los impone, su origen, mantenimiento y vigor indestructible” (PT 28). Es así como “a un determinado derecho natural de cada hombre corresponda en los demás el deber de reconocerlo y respetarlo” (Ib. 30). Alguien me ha traído a la memoria hace pocos días un dicho de Gandhi “Los derechos fluyen de los deberes y no al revés. Si cada quien cumpliera con sus deberes, no haría falta invocar derechos”.

    El Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, publicado por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz” (2005) en su índice analítico, junto a la palabra derecho con amplia cobertura, tiene la de deber, que comprende dos abultadas páginas. Y en el texto encontramos lo siguiente: “Inseparablemente unido al tema de los derechos se encuentra el relativo a los deberes del hombre (…) la recíproca complementariedad entre derechos y deberes, indisolublemente unidos”. Y cita allí algo bien importante de san Juan Pablo II: “Por tanto, quienes, al reivindicar sus derechos, olvidan por completo sus deberes o no les dan la importancia debida, se asemeja a los que derriban con una mano lo que con la otra construyen” (Compendio...,156).

   A los deberes se los puede clasificar entre los que corresponden a la persona, a la familia, a las comunidades menores y al Estado. Y se  diversifican según correspondan a profesiones, categorías sociales, etc.

   Invito al lector a que juntos reflexionemos en torno a lo que todo esto significa en la realidad actual del país. Anteriormente he escrito sobre la necesidad de que los ciudadanos leamos detenidamente el texto de la Constitución acerca de los derechos que allí se formulan, los cuales no son regalos del Estado, por cuanto la persona y la comunidad política los tienen como propios. Ello es necesario para que no nos amoldemos al deseo de gobiernos y nomenklaturas,de convertirnos en una masa subordinada, pasiva. Todo eso queda firme. Ahora, sin embargo, interesa insistir aquí en la otra cara de los derechos, como es la de los deberes individuales y grupales.

   El régimen actual de tipo totalitario, no se impuso a la nación simplemente desde afuera; emergió desde el interior de ésta, y no, por cierto, como obra sólo de un puñado de “revolucionarios”. Los venezolanos hemos de asumir nuestra corresponsabilidad en el actual desastre. Por inercia, o por amaestramiento calculado o no, se llegó a dejar lo político en manos de lo que en los 90´ se denominaban “cogollos” partidistas, en cúpulas autosuficientes y privilegiadas. No asumimos la suerte del país como propia, ni educamos para vivir en democracia. No se formó a pensar con la propia cabeza y a tejer juntos lo social. A la Iglesia la corresponde también su parte de culpa.

   “Ese no es mi problema”, decíamos ligeramente para eludir responsabilidades, deberes. Y nos conformamos con exigir mucho derecho y exigirnos poco deber. Pero, como seres libres, podemos y tenemos ahora que convertirnos.