Lo ecológico en un
tema emergente de primera importancia en materia de compromiso personal y
social. Y de tal magnitud que ha llegado a sugerirse su incorporación como complemento del título mismo de la Doctrina
Social de la Iglesia .
Un documento de
sumo valor en este campo constituye la encíclica del Papa Francisco Laudato
Si´(24. 5. 2015,en que, de modo sistemático e integral, aborda desde la
razón y la fe, esta problemática en su
multiforme dimensión, económica, política y ético-espiritual cultural. Llega
hasta ampliar el término comunión, de raigambre típíca interpersonal,
para identificar también el relacionamiento humano con el ambiente inmediato y
cósmico. El Papa León XIV ha puesto igualmente de relieve la vasta comprensión
de lo ambiental en su reciente documento Magnifica Humanitas, donde
habla de una ecología de la comunicación, particularmente por los nuevos
retos que pone la inteligencia articial.
Democracia es un un vocablo de
muy amplio sentido. De una significación inicialmente restringida a poder
del pueblo, se ha ampliado para comprender también todo lo que implica
servicio, participación, interés, bien, de la comunidad humana. Por ello la
elección de gobernantes y la conformación de partidos políticos conforman sólo
aspectos, muy importantes por lo demás, de una sociedad democrática. Es en este
marco en que cabe hablar de la relación democracia- ecología.
Hay situaciones
dramáticas en que este binomio resalta con carácter de urgencia. Es el caso de
la devastación ambiental y antropológica producida por la criminal voracidad
minera en el Sur del Orinoco en un escenario nacional de quiebre democrático.
Se revelan allí en Guayana, de modo patente, las dañinas consecuencias del
maltrato ecológico con el deterioro y muerte también de humanos explotados y
explotadores. Aquí se aplica aquella advertencia de Jesús: “Pues ¿de qué le
servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? (Mt 16, 26).
Ahora bien, al
cuido ambiental no se lo debe ver y manejar desde el solo ángulo de la mala
praxis, sino, sobre todo, en perspectiva positiva del aprecio y mejoramiento; y
no apenas, en lo conocido de aire, vegetación o contaminantes, sino también en
otros aspectos como el urbanístico y el relacional de la convivencia. Abundan,
en efecto, los depósitos de gente en aglomeraciones humanas sin lugares de
encuentro y esparcimiento en marcos ambientales amigables. Más que las personas
interesan los metros cuadrados comercializables y el aprovechamiento pragmático
del espacio. Un genuino humanismo en seres in-corporados exige una
correspondiente planificación urbanística
en perspectiva ecológica.
Recuerdo con
satisfacción y agradecimiento que en la escuela primaria de mi pueblo andino
nos enseñaron tres consejos: no matar pajaritos, no desgajar plantas y ayudar a
los ancianos a pasar la calle. Eso en tiempos en que de ecología no se conocía
ni la palabra. Ello me invita siempre a remachar la necesidad de una educación
ambiental en su sentido más amplio, como parte de una formación social y
cívica, la cual en un tiempo existió, para luego desaparecer sin dolientes.
La democracia
ecológica o ecología democrática exige variadas cosas de las cuales podrían
mencionarse las siguientes: legislación favorable a la protección del
ambiente con una administración que asegure su aplicación; educación ambiental
en los varios niveles pedagógicos;
servicios o secciones ad hoc en
las más diversas entidades (gubernamentales, partidos políticos, instituciones
sociales y religiosas); promoción del cuido ambiental en las familias y las
organizaciones vecinales. Todo ello tendiente a la promoción de una cultura
ambiental.
La democracia a más
de sistema de organización política constituye un ambiente. No se reduce, por
tanto a estructuras y procedimientos, sino que está llamada a conformar una
atmósfera como compartir de libertades hacia el bien común de la polis. Ello
exige el reconocimiento de las personas con su dignidad y derechos; delicadeza y
solidaridad; sano pluralismo y efectiva participación. Y, por supuesto,
una indeclinable lucha contra males como
corrupción administrativa, manipulación del prójimo, populismo, hegemonía
partidista y totalitarismos francos o
maquillados.
La democracia
como delicada planta requiere afectuoso
cuido.
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