Nada hay más
práctico que unas buenas ideas. Y ahora que se plantea la necesidad de una refundación
del país como convivencia democrática y estado de derecho resulta indispensable
contar con un conjunto teórico que guíe adecuadamente esa tarea.
La situación postula, para
reconstruir la nación, un instrumento conceptual hondamente renovador,
pues lo que se ha venido imponiendo al país es un proyecto de corte totalitario
-así lo ha identificado el Episcopado venezolano- denominado Socialismo del
Siglo XXI, de inspiración marxista. La disidencia ciudadana ha sufrido
notablemente las consecuencias de esa línea hegemónica generadora de
manipulación y represión, que ha producido fraccionamiento, desconcierto y
parálisis, con el consiguiente debilitamiento operativo y organizacional
opositor. Ello no ha impedido, sin embargo,
la persistencia de una voluntad de cambio, que el 28 de julio de 2024
patentizó como genuino sentimiento del soberano.
Los venezolanos
aspiramos hoy a un cambio que responda a los valores explicitados en el Preámbulo
y los Principios Fundamentales de la Constitución de 1999. De allí la voluntad mayoritariamente
manifiesta de que se posibilite a la ciudadanía el decidir cuanto antes sobre
su futuro republicano. A más de 200 años de la Independencia es legítimo pensar
en su mayoría de edad.
En este contexto,
que evidencia la necesidad de contar con un ideario orgánico apto para la
reestructuración y ulterior marcha del país, se manifiesta como guía oportuna
la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Una síntesis actualizada de ella
ofrece hoy la encíclica del Papa León XIV Magnifica Humanitas, que
afronta también los desafíos emergentes de la inteligencia artificial y de una
nueva cultura del poder. Una exposición también sintética y aplicada a
Venezuela con la metodología del ver-juzgar-actuar la formuló el Concilio
Plenario de Venezuela (2000-2006) en su tercer documento. La DSI:
1. Es un conjunto de
principios, criterios y orientaciones para la acción hacia el logro de una nueva
sociedad, genuinamente humanista.
2. Es una propuesta
abierta; no un ideario cerrado o dogmático, ni una formulación identificable de
modo exclusivo con un determinado partido o
programa de gobierno. Que sea ideología o no, depende de lo que se
entienda por este término tan elástico y controvertido.
3. Si bien se la ofrece desde la Iglesia, no es
es un instrumento confesional, pues se
formula en perspectiva dialogal como en círculos de convergencia aceptables
también por no creyentes.
4. Sobre la base
sólida y permanente de la centralidad y dignidad inalienable de la persona
humana conforma un tejido progresivo y coherente de derechos y deberes en
permanente aggiornamento; atenta a los “signos de los tiempos” sigue el
curso de la historia con sus “cosas nuevas” (rerum novarum).
En perspectiva
cristiana el humanismo tiene como fundamento último la fe en Dios, que no es el
absoluto solitario de la Ilustración sino
el tripersonal, que el apóstol Juan (1Jn 4, 8) define como Amor,
comunión. El ser humano, creado a imagen
de Dios es, por ende, social, político, cuya perfección la realiza en el
encuentro con el prójimo y con el Unitrino que se ha encarnado en Jesucristo.
En este marco teológico se entiende por qué el mandamiento máximo es el amor y
la plenitud humana defitiva se tendrá en la unidad de una polis, que el
libro bíblico Apocalipsis (ver 21) describe como Jerusalén
celestial. De ésta la Iglesia terrena está llamada y desafiada a ser signo e
instrumento.
El Concilio
Plenario de Venezuela en el documento citado afirmó: “Los cristianos no pueden
decir que aman, si ese amor no pasa por lo cotidiano de la vida y atraviesa
toda la compleja organización social, política, económica y cultural. Por ello
se tiene que promover la Civilización del amor como fuente de
inspiración de un nuevo modelo de sociedad”
(90). Para el creyente el compromiso por la construcción de una convivencia
humana libre, justa , participativa, solidaria y pacífica no es algo optativo. Constituye
un imperativo.
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