En el universo
mitológico romano aparecía un dios de nombre Jano. Su característica
era tener dos caras que miraban en
direcciones opuestas. Fungía como custodio de puertas, umbrales; miraba hacia
el pasado y el futuro, estando como en medio de las cosas y presente en
transiciones.
El ofrecer dos
caras suele sonar en el lenguaje ordinario como algo negativo, sugiriendo
doblez y simbolizando hipocresía. Pero la bifrontalidad puede asumirse en
sentido positivo como lo hacemos en las presentes reflexiones, entendiendo los dos frentes como complementarios en una
tarea que es preciso atender. Y
aquí, en concreto, como dos componentes de un mismo pensar- quehacer político.
La convivencia
cívica ofrece dos aspectos interrelacionados: derechos y deberes. El ciudadano
es sujeto, protagonista, en estos dos frentes, que han de ser asumidos conjunta
e indisolublemente. Y la formación social los ha de integrar de modo orgánico,
lo cual se reflejará en la correspondiente participación en la vida de la polis.
Una mala o
deficiente educación en lo referente a lo político -la cual en uno u otra forma
y tarde o temprano la paga el ciudadano y el país- consiste en polarizar la
atención en los derechos -cuando se los aprende-, sin afrontar seriamente lo
relativo a los deberes. Estos son la otra cara reflexiva y operativa del animal
político y de la comunidad que éste
conforma.
Sobre la mesa de la
actualidad está el tema de la refundación (reconstrucción) nacional. En
ésta, junto a lo socioeconómico y
político ha de explicitarse lo
ético-cultural cívico como algo también obligante. Al respecto, junto a
reconocer y exaltar las competencias y facultades del soberano, es preciso que
éste se eduque para el ejercicio de su
responsabilidad participativa. Una tarea que corresponde también al Estado y a
la sociedad civil, a las entidades político-partidistas y religiosas (pienso de
modo particular a mi Iglesia católica) y, en general, a todos los componentes
de la nación.
A los regímenes
autoritarios, a las dirigencias político-partidistas autoreferenciales, a las
elites en-simismadas y otros de un ethos
semejante no les conviene un soberano proactivo. Pero la construcción de
una nueva sociedad es necesariamente obra de una ciudadanía protagónica.
Al hablar de
educación ciudadana (en derechos y deberes) sobresalen textos pedagógicos
elementales como la propia Constitución nacional (CRBV) y la Declaración
Universal de los Derechos Humanos (ONU 1945). Para no ir más lejos y a
título de ejemplo pienso en el capítulo
X (De los deberes) del Título III de nuestra Constitución, para
no citar algo tan básico como el Preámbulo
y los Principios Fundamentales de la misma. ¿Esa misma educación podría
esconder algo tan atrevido como el 333
de esa carta fundamental?
Una sentencia de la
filosofía tradicional asienta que “La raíz de la voluntad está en el
intelecto”. En lenguaje más asequible se podría traducir como:“nadie quiere lo
que no conoce”. Obvia consecuencia: la democracia como práctica exige una
pedagogía democrática. Al autoritarismo y gestión totalitaria en lo que va de siglo en el país se llegó en
buena medida por la escasa formación de los venezolanos para una ciudadanía de corresponsabilidad, participación y
subsidiaridad efectivas. Gobierno y élites partidistas o empresariales actuaron un “déjenos pensar por usted”.
El mitológico Jano advertiría: hay que
pensar en los derechos, pero también en los deberes, que son su otra cara. Somos prestos, en efecto, para
exigir derechos y tardos para asumir deberes. Sería deseable una Declaración
Universal de Deberes Humanos. La genuina democracia es un sistema de efectiva
bifrontalidad. El Juicio Final será sobre el cumplimiento de deberes (Mt 25,
31-46). Derecho humano básico es conocer el propio deber ser. Dios nos creó bifrontes.