jueves, 4 de julio de 2019

LEVIATÀN SSXXI



El Estado venezolano tal como lo viene utilizando el autodenominado Socialismo del Siglo XXI no se parece en modo alguno al que describe la Constituciòn nacional (CRBV Artìculos 2 y 3), sino al Leviatàn descrito a mediados del siglo XVII por el filòsofo inglès Thomas Hobbes
Nuestra Carta Magna declara al Estado como “democrático y social de Derecho y de justicia”,  definiendo una serie de valores superiores que han de orientar su ordenamiento y actuación ¿Cuàles? Ademàs de los que se acaban de mencionar, identifica los siguientes: vida, libertad, igualdad, solidaridad, responsabilidad social; asigna la preeminencia a los derechos humanos, la ética y el pluralismo político (Art. 2). Como fines esenciales del Estado venezolano la Constituciòn destaca: defensa y desarrollo de la persona, respeto a su dignidad, ejercicio democràtico de la voluntad popular,  construcción de una sociedad justa y amante de la paz, promoción  de la prosperidad y bienestar del pueblo; igualmente,  garantía del cumplimiento de principios, derechos y deberes integrados en el texto constitucional.
Este cuadro luminoso contrasta con la realidad tràgica nacional, que el actual régimen ha venido causando en estas dos décadas iniciales del tercer milenio con la formulación y la progresiva puesta en pràctica de su proyecto. Èste es   de carácter comunista, totalitario, aderezado con una fuerte carga de inoperancia y narcorrupciòn, todo lo cual lo ilegitima tanto moral como constitucionalmente. El Estado en manos del  SSXXI no es el que dibuja y manda la CRBV, sino  el Leviatàn del filòsofo inglés.
Hobbes, materialista y pesimista, define al ser humano como egoísta por naturaleza (homo homini lupus), lobo para su vecino y contrincante en una “guerra de todos contra todos”. Para poderse manejar en este conflicto los seres humanos pactan que alguien  -monarca o consejo-  asuma el comando de la situación y asegure asì paz y defensa. Ese alguien se convierte en soberano, omnipotente, en un absoluto del cual todo depende y èl de nadie; concentra la  globalidad de todos los poderes, de modo que política, moral y hasta religión le quedan sometidas. El Estado se convierte asì en Leviatàn.
Hobbes hace la comparaciòn con ese animal, bestia maligna, ser mítico, monstruoso, horripilante, que aparece en la .literatura del Medio Oriente;  también en la Biblia (ver, por ejemplo, Isaìas 27, 1), como poder nefasto que evoca la fuerza contraria a Dios y su pueblo. No es difícil percibir en los tiempos modernos al Leviatàn cristalizado en el estado nazi y el comunista, con su pretensiòn de omnisciente y  todopoderoso. El ser humano queda entonces aplastado por un poder omnímodo.
Resulta algo màs que curioso comprobar lo sucedido con el socialismo real (tipo URSS, Corea del Norte, Cuba). La teorìa marxista concibe al Estado  como una entidad destinada a desaparecer con el advenimiento del comunismo, luego de la dictadura del proletariado. ¿Què ha sucedido? Esa dictadura de transitoria se ha convertido en permanente y de proletariado ha quedado sòlo una casta iluminada que ejerce el poder a sus anchas. Es la “nueva clase” (oligarquía comunista, nuevo grupo de tiranos privilegiados y paràsitos) que denunciò el yugoeslavo  Milovan Djilas en el inmediato postguerra (1957). El socialismo, que de por sì evoca participaciòn social, se convierte en un régimen de total centralización en lo econòmico, lo polìtico y lo cultural. Una dinámica conducente al culto de la personalidad (el  hermano mayor: Stalin,  Mao ,los Kim, Fidel y congèneres)
En Venezuela el Leviatàn está en marcha. Tarea de los demócratas y humanistas genuinos es evitar que la fiera subsista, crezca y llegue al dominio total de la naciòn. Para los cristianos y creyentes en general, asì como para los no creyentes de genuina convicción humanista, tarea insoslayable es evitar que el Leviatàn devore al Estado definido por nuestra Carta Magna y exigido por la dignidad de los hombres y mujeres de este país.


viernes, 21 de junio de 2019

COMUNIDAD Y PERSONA





Los sistemas totalitarios exaltan lo colectivo y obstruyen la construcción y el robustecimiento de una verdadera comunidad. Buscan convertir, en base a su política homogeneizante, al pueblo en masa y a la sociedad en monolito. La democracia, en cambio, favorece lo individual y plural, si bien está tentada siempre de exagerar lo subjetivo y polarizar en números y proporciones (de votos y opiniones) por encima de valores y de un genuino encuentro humano.
El mensaje cristiano acerca de Dios Uno y Trino brinda valiosas orientaciones para tejer un relacionamiento humano que conjugue armónicamente individuo y sociedad, entendiendo éstos como persona y comunidad. 
Verdad central y específica de la fe cristiana es la afirmación de Dios como Trinidad. comunidad, Reconoce a Dios uno y único (monoteísmo), como ser personal, pero no unipersonal; identifica la divinidad como íntima red de relaciones interpersonales: Padre, Hijo y Espíritu Santo. De ahí que es bellamente exacta la definición de Dios como amor (1 Jn 4, 8).
Esta condición trinitaria de Dios es profundamente iluminadora respecto de tres puntos básicos: la noción de ser humano (antropología), el horizonte fundamental de la ética y el sentido de un desarrollo social integral.
En cuanto a lo antropológico resulta clave el relato de la creación que ofrece el libro del Génesis en su inicio mismo. Después de crear el universo y la variedad de la naturaleza, Dios dice: “Ahora hagamos al hombre a nuestra imagen” (Gn 1,25). El ser humano emerge así como ser inteligente, con voluntad libre, personal. Responsable, por tanto, de su actuar; de allí su condición ética. El hombre, como corporal también (hecho de tierra es la figura que emplea el Génesis) resulta situado en el tiempo, al cual, por su libertad, convierte en historia. Como persona no aparece como simple individualidad, subjetividad aislada (ego-ísta), sino acompañado (Adán, Eva, humanidad) en relación, social, dialogante, ser para la comunicación y la comunión, “ser para el otro”. (Pronto, lamentablemente, manifestará también el mal uso de su libertad, pecando). La flecha del perfeccionamiento del ser humano habrá de ir entonces, en la dirección de lo subjetivo y lo comunional de modo inseparable.
La Trinidad proyecta su luz también sobre la ética. Dice san Juan: “(…) debemos amarnos unos a otros porque el amor viene de Dios (… El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (4, 7-8). Jesús en su Sermón de la Cena es repetitivo respecto del amor como el mandamiento máximo, principio supremo regulador de la vida moral y espiritual de sus discípulos. Será, por tanto, el criterio de discernimiento en el Juicio final (Mt 25, 31-46. El ser humano como “imagen” ha de responder operativamente a la naturaleza amorosa de Dios. El mandato -positivo, proactivo-, divino es que amemos, especialmente a los que más necesitan del acompañamiento fraterno.
La realidad trinitaria da luz también sobre el compromiso social del cristiano -y podríamos decir del ser humano- en este mundo: contribuir a la edificación de la sociedad como comunidad. Ésta significa encuentro, compartir de personas y no simple suma de individualidades; tampoco masa humana, colectivo sin rostros, algo   así como un agregado de clones, que es un objetivo característico de los proyectos totalitarios. Para tener una comunidad se debe favorecer y formar el libre ejercicio de las personas que la integran, en efectiva pluralidad y diversidad. En la Trinidad divina las personas son realmente distintas. Una comunidad humana existe y progresa entonces en la medida en que las personas que la componen son ellas y no otras, con identidad propia. “Ser para el otro” no es desaparecer en el otro o disolverse en un todo común, lo cual se plantea como exigencia de genuino humanismo para toda comunidad, desde la familiar hasta la global. No hay comunidad sin personas.
Las anteriores consideraciones adquieren especial vigencia en la actual crisis del país, consecuencia de un proyecto colectivista totalitario que se trata de imponer. La sociedad venezolana por edificar no debe ser otro que una comunidad nacional verdaderamente tal.



viernes, 7 de junio de 2019

SOBERANÍA Y SOBERANO




Especialmente en casos de crisis nacionales que se proyectan en conflictividad internacional suele subrayarse el concepto de soberanía como escapatoria a reclamos y sanciones que vienen de más allá de las propias fronteras.
En apelaciones a la condición soberana se manejan términos como “no injerencia” y “no intervención” frente a normas y acuerdos de organismos supranacionales que aconsejan, permiten o deciden prevenir o frenar injusticias. Suena extraño que en un mundo en creciente globalización y más aguda toma conciencia acerca de la obligante universalidad de los derechos humanos se trate de convertir la soberanía en burladero de procedimientos inhumanos.
El Papa Juan Pablo II fue alguien que supo bastante de estas cosas. Él vivió y tuvo serias responsabilidades en un país que sufrió los totalitarismos nazi y comunista, la partición de su territorio por parte de éstos y la ola devastadora de una guerra mundial. La experiencia personal da un toque bien experiencial a esta afirmación: “No es verdadera soberanía la de un Estado en el que la sociedad no es soberana: es decir, cuando ésta no tiene la posibilidad de decidir acerca de su bien común, cuando se le niega el derecho fundamental a participar en el poder y en las responsabilidades” (Mensaje a la Conferencia Episcopal Polaca con motivo del 50º aniversario del comienzo de la Segunda guerra mundial, 26 de agosto de 1989).
El mismo Papa Wojtyla años antes había expresado en una encíclica algo que parece dirigido expresamente a la Venezuela de nuestros días: “El sentido esencial del Estado como comunidad política consiste en el hecho de que la sociedad y quien la compone, el pueblo, es soberano de su propia suerte. Este sentido no llega a realizarse si en vez del ejercicio del poder mediante la participación moral de la sociedad o del pueblo, asistimos a la imposición por parte de un determinado grupo sobre todos los demás miembros de esta sociedad” (Redemptor hominis, 17 de marzo 1979).
He citado más de una vez la siguiente denuncia hecha por la Conferencia Episcopal Venezolana: “(…) el Gobierno usurpó al pueblo su poder originario. Los resultados los está padeciendo el mismo pueblo que ve empeorar día tras día su situación. No habrá una verdadera solución de los problemas del país hasta tanto el pueblo no recupere totalmente el ejercicio de su poder” (Exhortación, 12 de enero de 2018).
Me gusta recordar aquello de que Dios creó a los seres humanos y éstos fabrican las fronteras, que se justifican para una más ordenada marcha de comunidades y pueblos, pero no para su aislamiento e insolidaridad. Más que a seres individuales dispersos el Creador dio vida a la humanidad, llamada a constituirse como gran fraternidad universal. En este sentido, la planetización (globalización o mundialización) debe interpretarse primariamente -en sí y no en discutibles realizaciones de facto- como un hecho positivo, que corresponde al plan relacional divino.
Al hablar de soberanía se debe entonces dirigir prioritariamente la mirada al nivel de participación del soberano en la cosa pública, a su corresponsabilidad ciudadana y a la subordinación de los órganos del Estado a las necesidades y anhelos del pueblo. Evitando, por supuesto, las “encarnaciones” de éste en un determinado líder y su círculo ideológico-político, de tal modo que el gran jefe (big brother) y su secta de iluminados ya no necesitan consultar o recibir directrices de los súbditos. Son patentes las consecuencias nefastas de consignas como “Fulano de tal es el pueblo”.
La causa principal de la crisis venezolana -lo han repetido los obispos- reside en la voluntad del Régimen de imponer un proyecto de corte totalitario (Socialismo Siglo XXI, Plan de la Patria) a un soberano que casi unánimemente se resiste a tal propósito. Para salir de esa crisis y abrir cauce a un consistente progreso nacional compartido es menester “volver a las fuentes” consultando al pueblo qué es lo que realmente quiere.
La soberanía es importante pero en cuanto el soberano es el primer importante. Es el sentido genuino del artículo 5 de nuestra Carta Magna.

viernes, 24 de mayo de 2019

ELEGIR PARA SALIR




Elegir, sí, para salir del presente desastre nacional. Elegir, no simplemente votar. Y elegir primordialmente a quien se quiere sea el jefe del Estado, a fin de reorientar el país hacia su reconstrucción y ulterior desarrollo.
Nuestra Conferencia Episcopal denunció sin ambages: el actual Régimen de facto “usurpó al pueblo su poder originario” (Exhortación de 12.01.18), contraviniendo abiertamente así un principio de primer orden, universalmente aceptado en la constitucionalidad democrática y fundamental en nuestra Carta Magna (CRBV 5) ¿Deber urgente y prioritario entonces de parte de los ciudadanos? Recuperar el ejercicio de su soberanía. Esta obligación postula poner por obra los medios eficaces correspondientes. Nuestra Constitución prevé al efecto diversos mecanismos. Los Obispos se limitaron a citar, a título de ejemplo, el Art. 71, que señala el camino referendario consultivo.
En la oposición se ha configurado la siguiente tríada con miras a la recuperación de la soberanía por parte del pueblo venezolano: cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres. Se identifica el fin (elecciones) y dos pasos para conseguirlo. Aquí aparece clara la obligante consulta al soberano, la cual se estima indispensable -conditio sine qua non- para que el país abra el camino hacia la solución orgánica de la gravísima crisis y un progreso integral consistente. Las elecciones libres presidenciales (que podrían eventualmente darse en sincronía con otra u otras) constituyen, por tanto, un fin, que, a su vez se convierte en medio para encaminar al país hacia una “nueva sociedad”, libre, justa, solidaria y pacífica. Sociedad que, como histórica, será siempre perfectible.
En estas últimas semanas se han registrado iniciativas bajo impulso y respaldo internacional, con miras a conversaciones o negociaciones que permitan superar el actual enfrentamiento institucional actual y posibilitar una re-unión de los venezolanos en el marco de una reinstitucionalización democrática. Lamentablemente “diálogo” se ha convertido entre nosotros en término viciado y malsonante por el abuso que el Régimen “socialista” totalitario ha hecho de él para distraer, engañar, ganar tiempo.
El planteamiento de elecciones libres se muestra necesario y urgente. Resulta primario e irremplazable consultar al soberano cuando se juega en profundidad y alcance la suerte del país ¿Qué se ha de hacer con Venezuela? ¡Pregúntesele a los venezolanos qué quieren! La respuesta no corresponde darla a un grupo de poder, a una secta de “iluminados o a una potencia externa, sino al pueblo en su conjunto. Y esa respuesta será verdadera y válida sólo si se manifiesta libremente, con conocimiento suficiente y sin coacción de ningún tipo. En las circunstancias actuales debería ser garantizada también por una efectiva supervisión internacional (tipo ONU, OEA, UE).
Las elecciones tienen que efectuarse en un plazo de meses, pues lo de “el tiempo es oro” en las actuales circunstancias significa “el tiempo son lágrimas y sangre. El proceso eleccionario han de ser un auténtico fair play (en criollo, juego “sin tramposerías”). Éste requiere, entre otras cosas, no sólo un nuevo Consejo Supremo Electoral (para asegurar limpieza), un Tribunal Supremo de Justicia distinto (para garantizar imparcialidad y respeto a los resultados), así como, por supuesto, un Ejecutivo Nacional reformulado (para lograr un escenario político sin persecuciones, presos políticos, hegemonía comunicacional, chantajes electoreros, imposición de un proyecto político-ideológico totalitario).
¿Y mientras…? La crisis humanitaria urge atención seria, inmediata y sin coloración partidista o clientelar. El deterioro de los servicios básicos tampoco puede esperar. Se trata de preparar un proceso electoral libre, pero también de escuchar operativamente desde ya el clamor de una multitud de hambrientos, enfermos abandonados, emigrantes forzados, venezolanos carentes de servicios básicos.
Es imperativo realizar elecciones realmente libres: culmen de una tríada de cambio político e inicio de una secuencia consistente de progreso integral del país. 


viernes, 10 de mayo de 2019

PERSONA: FIN O MEDIO




El actual régimen, así como ha desvalorizado el bolívar, ha hecho otro tanto con el venezolano. Ha sobrevaluado Estado, gobierno, partido oficial, “hermano mayor”, convirtiendo a las personas en útiles y herramientas del poder.
Común denominador de los sistemas autocráticos, dictatoriales o tiránicos, cuyo paroxismo se tiene en los totalitarios es la devaluación de la persona. Del respeto a ésta, con su dignidad y derechos inalienables, pasa a interpretarla como medio e instrumento de un plan (proyecto político, diseño ideológico). Como simple función.
Una concepción humanista auténtica, que en coordenadas cristianas encuentra fundamento firme y horizonte trascendente, reconoce a la persona la como el sentido y el fin del ser-quehacer social. Claro está, entendiendo la persona no como subjetividad aislada, autosuficiente o autorreferencial, sino como ser “en sí”- para la comunicación y la comunión.
La Doctrina Social de la Iglesia destaca la centralidad de la persona y su estructura bidimensional: es, de una parte, sujeto consciente y libre y, de la otra, relación, diálogo, alteridad.  Dos realidades indisolublemente unidas, en íntima conjunción, lo cual tiene repercusiones inmediatas y decisivas en la intelección y praxis del desarrollo integral de la persona y de la dinámica social. Ahora bien, el fundamento último del valor y la vocación de la persona se basa en la condición del ser humano creado a imagen y semejanza de Dios (ver Génesis 1, 26-27), que es comunión, amor (1Jn 4, 8). Por eso nuestro primero y máximo defensor es Dios mismo. Y no deja de ser particularmente significativa la predilección de Jesús y del Padre celestial por los más débiles de la sociedad (hambrientos, enfermos, inmigrantes, presos…) como aparece en la descripción del Juicio Final, que ofrece el evangelio de Mateo (25 31-46).  Patente debilidad divina hacia los más necesitados.
La persona humana, por consiguiente, vale por sí misma, no sólo o principalmente por determinadas capacidades o cualidades, ni, mucho menos, por los bienes materiales que posee o el poder que ejerce. Las discriminaciones y exclusiones tienen su origen en una valoración simplemente funcional de la persona, según su adecuación a un determinado objetivo económico, político o cultural. Los criterios de estimación son entonces los de productividad económica, afiliación político-ideológica, identificación religiosa y otros factores de calificación.
El ser humano ha sido puesto en el mundo para crecer, desarrollarse en él y con él, en perspectiva ecológica integral. Y la flecha del ascenso en humanidad va en el sentido de una personalización en comunión. Esto se sitúa en las antípodas tanto del individualismo aislante como de la colectivización masificante. Los totalitarismos de cualquier especie disuelven la persona en entes a-personales como raza, nación, colectivo; los rostros singulares desaparecen y el hombre vale en definitiva apenas en cuanto medio e instrumento para un fin. Se torna así fácilmente en desechable. Y no extrañan entonces los genocidios, en los cuales se deben incluir los multitudinarios éxodos forzados, así como el hambre y la enfermedad de poblaciones enteras por la negación de asistencia humanitaria fácilmente asequible (tragedias que vive Venezuela).
El caso venezolano es doloroso. Para el régimen lo humano pasa un segundo plano. El primero lo ocupa el sometimiento al proyecto totalitario oficial (Socialismo del Siglo XXI, Plan de la Patria). Los disidentes son catalogados como apátridas, candidatos al desempleo y a la lista de sospechosos, perseguidos y encarcelables, los cuales no merecen justicia sino ajusticiamiento. El poder no es ya servicio, sino dominación. De allí lo inevitable de la militarización o uniformización de la sociedad, del pensamiento único y de la obediencia indiscutida. 
¿Cuál es el cambio que necesita y urge el país? El paso hacia una sociedad de personas, con rostros propios. Comunidad de seres humanos libres y responsables, convivencia de sujetos críticos y de recta conciencia moral. Por ahí va la construcción de una nueva sociedad.

jueves, 25 de abril de 2019

RÉGIMEN GENOCIDA




Es fácil inventariar, no así el jerarquizar. Lo primero implica sencillamente recoger información, mientras que lo segunda entraña un discernimiento y juicios de valor.
Apliquemos esto a los males y causas de la situación venezolana. En cuanto a males nacionales, inventariarlos no es tarea laboriosa, pues los sufrimos; su listado es dolorosamente interminable. En este país estamos experimentando una globalización del mal. Pareciera que el reloj camina hacia atrás, retrotrayendo en los más diversos órdenes, desde cosas materiales  como el servicio de agua, hasta otras que entran en el campo del espíritu como son la comunicación y la educación. Esta regresión se concreta en los varios ámbitos de la convivencia, a saber, en lo económico, lo político y lo ético-cultural.  Caricaturizando las cosas puede decirse que al Siglo XXI del Socialismo oficial debería agregársele un “aC” (antes de Cristo).
En lo relativo a jerarquización de los males del país, múltiples en todos los órdenes, no hay duda de que entre los más graves se ha de señalar la expatriación (éxodo, exilio) de millones de venezolanos. En términos demográficos significa un dramático despoblamiento del territorio nacional ¿Qué familia nuestra puede decir que alguno de sus miembros o de sus amigos no ha tenido que irse de esta tierra, que lo ha visto nacer, que es suya y constituye su hogar y patria? Aquí no hemos tenido una guerra, ni una peste masiva, ni catástrofes naturales de alcance nacional. ¿La causa del despoblamiento? La que han señalado los Obispos para el desastre global: el Régimen y su proyecto inhumano, totalitario, que hacen invivible al país y obligan a una multitudinaria fuga para sobrevivir ¡Como si los castrocomunistas fueran los dueños también de Venezuela! ¿Quiénes podrán entonces permanecer aquí? La aspiración oficial es que sólo militantes rojos y esclavos o sometidos. La Nomenklatura, por supuesto, así como, por temporadas, familiares y “enchufados” de la “nueva clase”, que hacen paréntesis en sus estadías en el “Imperio” y en París, Madrid o Roma.
Respecto de las causas de los males -que pueden dividirse en primarias y secundarias, próximas y remotas, leves y graves- el Episcopado venezolano ha sido reiterativo y claro. Así en Exhortación del 13 de enero de 2017 afirmó: “Muchas son las razones que han conducido al país a la actual situación. La causa fundamental, como lo hemos afirmado en otras ocasiones, es el empeño del Gobierno de imponer el sistema totalitario recogido en el Plan de la Patria (llamado Socialismo del Siglo XXI), a pesar de que el sistema socialista marxista ha fracasado en todos los países en que se ha instaurado, dejando una estela de dolor y pobreza”. Del desastre general se puede señalar entonces una causa primera, generadora, central: el proyecto “socialista marxista” (léase comunista) oficial. Proyecto rechazado, por cierto, por el pueblo venezolano en 2007 y que los obispos calificaron como contrario al pensamiento del Libertador Simón Bolívar,“a la naturaleza personal del ser humano y a la visión cristiana del hombre, porque establece el dominio absoluto del Estado sobre la persona” ((Exhortación Sobre la propuesta de reforma constitucional, 19 de octubre de 2007). A pesar del rechazo ciudadano, ese proyecto siguió adelante por caminos verdes, porque sus promotores parten de la autosuficiencia ideológica de pensar que tienen las llaves de la historia. Por supuesto que el Régimen no se mueve por pura ideología; otras motivaciones están presentes como en nefasto cocktail: ambición de poder, avaricia, narcomanejos. La praxis del estalinismo no fue pura dialéctica histórica.
 “Genocidio” es un término de precisa definición jurídica para efectos penales internacionales. Pero en un sentido humano, moral, más comprensivo, no dudo en calificar a este Régimen de genocida, pues diezma sistemática y culpablemente la población de Venezuela, que fue liberada por Bolívar del coloniaje borbónico, pero está dominada ahora por  la dinastía castrista.   

jueves, 11 de abril de 2019

CUADRILLAS DE PAZ




Venezuela bajo el SSXXI en vez de caminar hacia adelante, marcha hacia atrás. Es un progreso a la inversa: de la electricidad a las velas, del tractor al azadón, del pluralismo al paredón.
El volver las cosas al revés se expresa y potencia con la voltereta del lenguaje. Las palabras en vez de significar lo que dicen, expresan todo lo contrario. Como en ciertos lugares de Venezuela en que subir y bajar se usan en referencia a la salida o la caída del sol y así al subir una calle usted debe decir que está bajando.
El término neolengua está ya de uso corriente para expresar esta transmutación, puesta de moda en regímenes totalitarios como la actual dictadura militar comunista venezolana, los cuales comienzan su “revolución” revolucionando el lenguaje. Tendrá uno entonces que repetir aquello de que “cuando yo digo digo, digo digo y no digo diego”. Estas reflexiones tienen su inmediata razón de ser en la apología hecha por el de facto Maduro respecto de sus “cuadrillas de paz”.
En La neolengua del poder en Venezuela (Editorial Galipán 2015), escrita, entre otros, por Antonio Canova González, encontramos un muy serio y útil desarrollo de esta materia, la cual hemos todos de conocer para identificar bien la “dominación política y destrucción de la democracia” en nuestro país. En dicho libro tenemos una exposición bien situada de la ya clásica obra de George Orwell, 1984.
Cuadrillas de paz en cuanto nombre suena  parecido a la asociación humanitaria Médicos sin fronteras, al voluntariado católico de Caritas y al Ejército de Salvación” evangélico. Pero no, se trata de grupos como las Turbas divinas del sandinismo y el Sturmabteilung (SA) - tropas de asalto nazis-, encargados de “pacificar” con garrotes y armas de fuego a los disidentes del régimen. Esas Cuadrillas constituyen una nueva denominación de los así llamados “colectivos”, que son en realidad grupos de matones armados por el gobierno con el fin de disolver manifestaciones pacíficas de ciudadanos y amedrentar vecindarios para asegurar su fidelidad al SSXXI.
La imposición de la neolengua totalitaria en nuestro país busca primariamente 1) dividir a los venezolanos (patriotas/apátridas), 2) glorificar a los líderes oficiales con culto a la personalidad (vocablos como comandante eterno, gigante, y parodias del Padre Nuestro, 3)mentir y engañar (“devaluación” se convierte en “ajuste cambiario” y “protesta” en “terrorismo”), 4) confundir, entorpeciendo la comunicación (al ganar tiempo se le llama “diálogo”,  y la desidia e incapacidad administrativa oficial se convierte en “agresión imperial” saboteo” interno). El régimen lleva a la redacción de un nuevo diccionario en que términos usuales suelen significar lo opuesto (¿qué significa odio en la “Ley contra el odio” aprobada para aplastar toda disidencia?) y términos bellos enmascaran atrocidades (ministerios, viceministerios, departamentos, programas, para el servicio del amor y la felicidad, la paz y la verdad). Ese vocabulario acumula progresivamente expresiones sofisticadas y rimbombantes para inflar operativos como “sistema biométrico de distribución alimentaria”. En el terreno religioso -al cual se le quita programáticamente el piso- el Hermano Mayor pontifica definiendo lo que es el “cristianismo puro”, a saber, el revolucionario de masificación social, homogeneización ideológica, partido único y monolitismo cultural.
Aunque ideológicamente el socialismo marxista, “real”, enfatiza como nuclear el control de los medios de producción, busca la hegemonía comunicacional y el dominio educativo como elementos claves de dominación. Se trata de cambiar el modo de pensar, uniformando el pensamiento colectivo. Eso de pensar con la propia cabeza es algo incompatible con el “hombre nuevo”.
Desmontar la neolengua es tarea indispensable y urgente. Un buen ejercicio lingüístico y hasta diversión para jóvenes y adultos. En todo caso constituye una tarea obligante para quien quiera liberarse y liberar. Hay una frase del Señor Jesús, que es emblemática en tal sentido: “La verdad os hará libres” (Jn 8,32).