martes, 10 de marzo de 2020

ELECCIONES 2020



      En previsión de un torneo electoral este 2020 estimo necesario subrayar algunas condiciones para que él sea algo serio y no una simple pantomima. No pretendo enumerar todos los requisitos imperativos o convenientes, sino aquellos que pudieran calificarse estrictamente como sine qua non
1ª. En la circunstancia actual de gravísima crisis nacional no deben celebrarse elecciones parlamentarias sin presidenciales. La gran mayoría de los venezolanos quiere una decisión del soberano sobre el Régimen mismo, especialmente teniendo una estructura presidencialista como la nuestra y, sobre todo, en un sistema no sólo dictatorial sino totalitario comunista como es el SSXXI. 

   Con la experiencia que hemos tenido de una Asamblea Nacional completamente legítima, pero neutralizada por un Tribunal Supremo de Injusticia, engullida por una espuria Asamblea Nacional Constituyente, perseguida por los organismos represivos del Gobierno, fracturada mediante sobornos con dinero público y otras artimañas oficiales, no se puede esperar nada serio. Quien preside de facto desde Miraflores, podría al día siguiente de los comicios pretender su legitimación diciendo: “hicimos elecciones y hemos perdido democráticamente la Asamblea”. Luego procedería por todos los medios a inutilizarla según la lógica del “vinimos para quedarnos”.

2ª. Son incompatibles unas elecciones parlamentarias con la existencia y funcionamiento de la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente, autoerigida como poder originario, absoluto, cuasi divino. Ella se creería facultada para decidir cualquier cosa, en cualquier momento, sobre la Asamblea Nacional y, en general, sobre el Poder Público.
3ª. Un árbitro confiable es indispensable. El Consejo Nacional Electoral debe estar integrado por representantes del mundo político y de la sociedad civil, que garanticen la seriedad y transparencia de las elecciones. Éstas han de ser auténticamente tales, es decir, fruto de la opción de los ciudadanos, y no simples votaciones que registren apenas la materialidad de números y el funcionamiento de máquinas.
4ª. Reconocimiento pleno de la legitimidad y el libre ejercicio de la Asamblea Nacional elegida por la gran mayoría de los venezolanos. 
5ª.  Son indispensables la supervisión, el control en las varias fases del proceso, así como la garantía de respeto a los resultados, por parte de calificados organismos internacionales como ONU, OEA, UE, máxime cuando el Alto Mando ha convertido a la Fuerza Armada en instrumento del proyecto político-ideológico castro socialista.

6ª. La previa incorporación de los diputados a sus curules en genuina libertad y la liberación de los presos políticos resultan ineludibles. Serían una vergüenza nacional y una contradicción palmaria realizar elecciones con venezolanos perseguidos por razones ideológicas o políticas, especialmente si han sido escogidos por la ciudadanía para representarla en el ámbito parlamentario.
No resulta difícil añadir otras condiciones y que éstas sean estimadas por muchos como no negociables. Creo, con todo, que lo enumerado anteriormente sea bastante ilustrativo de lo exigible con miras a unas elecciones salvadoras del desastre producido por el presente Régimen.

    Ante un país que se nos está despoblando, ante los compatriotas que perecen o sufren por hambre, falta de medicinas, carencia de servicios y abundancia de inseguridad, ante la violencia institucionalizada y la metástasis de corrupción, no bastan paños calientes ni simulacros de soluciones ¿No han sido suficientes dos décadas para maltratar esta “tierra de gracia”, convertida en objeto de lástima o hazmerreir de la audiencia internacional?
“Despierta y reacciona, es el momento”. Tal fue el lema escogido para la segunda visita que nos hizo el Papa Juan Pablo II (febrero de 1996). Consigna animadora de una renovación de la Iglesia y del país. Y sumamente actual en estos momentos, en que urge una sólida unidad de los venezolanos demócratas para sacar ya al país de la gravísima crisis y llevarlo adelante en libertad, progreso compartido, justicia y paz.  


sábado, 29 de febrero de 2020

DESAFÍOS CULTURALES




     El término cultura es de significación polivalente y por eso, objeto de muy diversas definiciones. Simplificando las cosas podemos hablar de dos sentidos fundamentales: el primero lo entiende como algo sectorial, restringido al ámbito de lo artístico, de altas o refinadas expresiones de la inteligencia y de la creatividad humanas. Se contrapone, así, a lo simplemente socio económico y político.
Pero cultura puede ser asumida con una significación global societaria,  abarcando la totalidad de la vida de un pueblo. El Concilio Vaticano II la definió como “todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones” (Gaudium et Spes 53). Tiene que ver entonces con todo el quehacer humano, integrando lo económico, lo político y lo ético-espiritual. Entonces hay culturas como pueblos.

     Este año nuestra Iglesia conmemora el vigésimo aniversario del inicio de su Concilio Plenario (2000-2006), uno de cuyos principales documentos fue precisamente el titulado Evangelización de la cultura en Venezuela. En éste se trata del ejercicio de la misión de la Iglesia, la evangelización, en el vasto campo del quehacer humano, relacionando así dos nociones globalizantes.
El Concilio Plenario de Venezuela se desenvolvió con la acertada metodología del ver-juzgar-actuar, que parte de la realidad y termina en ella como tarea, mediando una reflexión humanista y cristiana sobre la situación concreta. La tercera parte, el actuar, se plantea en forma de desafíos, a los cuales siguen orientaciones como respuestas prácticas.
Los desafíos que se plantea la Iglesia en Venezuela en el referido documento reflejan lo que el país nos exige como ciudadanos en general y como creyentes en particular, en los distintos campos de la vida nacional. Lo cristiano, por cierto, no se yuxtapone a lo humano, sino que lo asume en una perspectiva más honda, comprehensiva y trascendente. Dichos desafíos son los siguientes:
1.      Ante el empobrecimiento de la población y cualquier hegemonía económica: “proclamar y trabajar por el respeto y promoción de la dignidad de la persona humana, la búsqueda del bien común y un desarrollo integral y sustentable”, hacia “una mayor igualdad, una economía eficiente, garante de oportunidades para todos y solidaria”.

2.      Ante el deterioro y fragilidad progresivos de la constitucionalidad y del estado de derecho: “fortalecer las comunidades e instituciones como mediaciones sociales, a través de la organización y participación de los ciudadanos y la defensa de los valores personales y familiares, para consolidar los valores democráticos y ejercer la soberanía popular”.
3.      Ante la coexistencia desigual de las culturas nacionales y el influjo de la globalizada: “trabajar por el reconocimiento efectivo de la igualdad de las culturas y el diálogo franco y sincero entre ellas, a fin de construir una comunidad nacional abierta a la integración latinoamericana y mundial, en justicia, solidaridad y paz”.

4.           Ante la grave crisis de vigencia de los valores éticos de la vida, la verdad, la justicia, la libertad, la solidaridad y la paz, “promover una auténtica cultura de la vida, de la solidaridad y de la fraternidad, mediante la educación en valores, la participación en experiencias de reconocimiento mutuo y convivencia social, acciones en defensa de los derechos humanos y el respeto a la naturaleza”
5.      Ante la falta de coherencia entre la fe y la vida: “testimonio de la persona y el mensaje de Jesucristo en la vida cotidiana, particularmente en aquellos ámbitos donde se diseñan, comunican y organizan las matrices culturales”.

Estos desafíos nos interpelan a construir una nueva sociedad, de economía sólida y solidaria, de democracia robusta en institucionalidad y participación, de diálogo cultural, de valores éticos y ecología integral, así como de coherencia entre fe y vida.     

sábado, 8 de febrero de 2020

ACTUALIDAD DEL CONCILIO PLENARIO




      Se están cumpliendo dos décadas de haberse iniciado el Concilio Plenario de Venezuela (CPV), el primero y único en los 500 años de vida de la Iglesia en nuestro país. Su plena vigencia merece un especial recuerdo, que va más allá de una mera remembranza histórica.

    Concilio designa en la Iglesia una reunión fundamentalmente de obispos para intercambiar y tomar decisiones acerca de sus responsabilidades pastorales. Los concilios son tan antiguos como la Iglesia misma; se les llama plenarios cuando abarcan una nación (o conferencia episcopal) y ecuménicos cuando implican a todo el orbe, como fue el caso del Vaticano II.
El CPV, que sesionó del 2000 al 2006, tiene la particularidad de ser el único celebrado hasta ahora en la Iglesia universal durante el presente siglo. Dedicó sus trabajos al ejercicio de la misión de la Iglesia -la evangelización- en sus varios objetivos específicos o dimensiones. Siguió la muy fructuosa metodología del ver-juzgar-actuar, lo que dio a sus deliberaciones un efectivo situarse en la realidad venezolana.
     
     Ahora bien, como dentro del quehacer de la Iglesia está no sólo el compartir de la comunidad de creyentes, sino también la activa participación de éstos en la vida económica, política y ético-cultural del país, resulta obvia la incidencia de los trabajos conciliares en la suerte del mismo. Entre los l6 documentos del Concilio Plenario encontramos, por ende, tanto los que se refieren a la vida interna eclesial -por ejemplo, los relativos a la catequesis y la liturgia- como los que tocan la participación, especialmente de los laicos, en la marcha de la polis -es el caso de los relativos a la educación y la cultura en su sentido más amplio-.

     Quisiera subrayar aquí algunos documentos de especial interés general. En primer lugar, el titulado La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad, especie de manual en materia de Doctrina Social de la Iglesia aplicada a Venezuela. Reviste peculiar interés para los laicos, cuya misión propia es el de asumir las realidades temporales en la perspectiva de los valores humano-cristianos. En íntima relación con el mismo, a manera de binomio, está el de Evangelización de la cultura en Venezuela.

   Dado que la casi totalidad de la Iglesia son laicos, cuyo protagonismo eclesial y su misión transformadora en la sociedad destaca el CPV, especial importancia reviste El laico católico, fermento del Reino de Dios en Venezuela. No se considera ya al laico como simple colaborador del clérigo -clericalismo que también el Papa Francisco insiste se ha de superar-, sino como evangelizador a título propio en la Iglesia y en el mundo.
Un aspecto que no quisiera pasar por alto es el concepto de fe. Ésta no es principalmente la aceptación de un conjunto de verdades (credo), sino un encuentro personal con Jesucristo, del cual deriva adhesión, seguimiento, obediencia y comunicación a otros, del Señor. Algo, pues, muy existencial y generador. Alguien se puede considerar así muy creyente y practicante, pero, en realidad, serlo poco o prácticamente nada. Este tema se trata en La proclamación profética del Evangelio de Jesucristo en Venezuela
     
    El CPV se ofrece como un conjunto armónico doctrinal y práctico y no como un simple agregado de reflexiones y propuestas. Adoptó, en efecto, una noción o categoría que sirve de eje articulador o núcleo organizador de dicho conjunto. Tal es el concepto comunión (equivalente a amor), que viene a ser, por tanto, respuesta a la pregunta ¿Qué es? relativa a los más varios elementos fundamentales, tanto prácticos como operativos, del mensaje cristiano. Ejemplos: Dios es comunión, el plan creador y salvador divino es comunional, el cielo es la plenitud de la comunión, el mandamiento máximo es el amor (comunión).
En su substancia el CPV conserva plena actualidad. Con obvias y necesarias adaptaciones, que el mismo Concilio prevé y postula, constituye hoy la brújula para el caminar de la Iglesia y de los católicos singularmente considerados en Venezuela. Y ello, por muchos años, aún en la muy cambiante realidad.
   


jueves, 23 de enero de 2020

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA




En el hoy venezolano, pletórico de crisis y expectativas, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) ofrece un oportuno y consistente aporte para la recuperación y el ulterior desarrollo del país.
La DSI es un conjunto orgánico de principios, criterios y orientaciones para la acción, ofrecido por el magisterio eclesiástico católico, con miras a la gestación de una nueva sociedad, es decir, de una convivencia que responda, del mejor modo posible, a la dignidad y los derechos fundamentales del ser humano.
De entrada, es preciso señalar que dicha Doctrina no se propone como enseñanza confesional, destinada sólo a los católicos, sino dialogal, abierta también a no creyentes, pero que coinciden en imperativos básicos de un genuino humanismo. No se circunscribe igualmente a ninguna área geográfica o cultural, ni puede ser monopolizada por un determinado partido o movimiento. Tampoco se presenta como algo ya hecho, sino en continuo hacerse, pues intenta responder a los desafíos cambiantes de la dinámica social. Es, como la historia, herencia y creación.
Elemento capital y punto de partida de la DSI es la centralidad de la persona humana – relacional por naturaleza- como el sujeto y fin de todas las instituciones sociales. Esa dignidad, razón y fuente de derechos inalienables, el creyente la encuentra fundada en la realidad del hombre, creado por Dios “a su imagen y semejanza”. Por un Dios único que, para el cristiano, es Trinidad, comunión, amor, lo cual explica en su raíz toda verdadera socialidad.
Los derechos humanos, individuales, sociales y de las naciones, en los varios ámbitos, económico, político y cultural, constituyen, hoy por hoy, el eje central de toda actividad de defensa y promoción del ser humano. Esos derechos, irrenunciables y siempre en progresión, son anteriores a toda organización de la convivencia, incluido el Estado; se contraponen así a todo totalitarismo, estatismo, colectivización y masificación. La persona no debe ser función, medio o instrumento de ninguna estructura societaria. Sin olvidar, por supuesto, que la otra cara de los derechos son los deberes, cosa particularmente necesaria cuando se acentúan la irresponsabilidad social y el asistencialismo estatal.
El bien común emerge como núcleo rector y ordenador de los bienes particulares; consiste en el conjunto de condiciones societarias, que posibilitan a individuos y asociaciones el logro más pleno y fácil de su desarrollo y perfección.
La DSI destaca la tríada de componentes de una auténtica nueva sociedad: comunicación participativa de bienes, democracia y calidad ético-cultural. El primero, económico, responde a la destinación universal de los bienes, exigencia de equidad y razón de la función social de la propiedad. El segundo, político, es la convivencia democrática, que ha de conjugar libertad, participación, pluralismo y corresponsabilidad. La calidad ético-cultural implica los valores estéticos y ecológicos, morales y espirituales, que apuntan a lo más íntimo, al tiempo que global y trascendente, del ser humano. El tema ecológico, interpretado en su sentido integral, socioambiental, ha entrado de lleno recientemente en la DSI. Otra tríada, sumamente generadora, es la de solidaridad, participación y subsidiaridad, que impulsa una dinámica social fraterna, proactiva y corresponsable.
El desarrollo (latín progressio) es otro tema resaltante. La persona humana, histórica, ser-para-desarrollarse, plantea un progreso, que ha de ser multiforme, integral y solidario, en correspondencia a su condición corpóreo-espiritual y social. Ha de implicar todo el hombre y todos los hombres, también en el escenario de la globalización.
Puesto especial en la DSI ocupa el trabajo, que es una actividad propiamente humana y reclama ser considerada primariamente en su subjetividad. No es la escoba la que califica el barrer, sino quien lo hace, que es persona y, por lo tanto, de dignidad y derechos inalienables. Ello funda la primacía del trabajo sobre el capital.
En la cercanía del 130º aniversario de la encíclica Rerum Novarum de León XIII, la DSI se muestra particularmente útil, especialmente para nuestro crucificado país.

jueves, 2 de enero de 2020

OBISPOS URGEN INTERVENCIÓN DEL SOBERANO



Dos acontecimientos importantes para este enero 2020: la Asamblea Nacional elige nueva directiva (5) y la Conferencia Episcopal Venezolana se reúne en Asamblea Plenaria (7-11).
En cada asamblea, los obispos hacen un balance de la situación nacional, en perspectiva de su tarea pastoral. Es obvio que lo que suceda en la Asamblea Nacional constituirá un punto muy importante de consideración episcopal.
El Episcopado, sin embargo, no está a la espera de las decisiones de la Asamblea Nacional con las alforjas vacías. En efecto, en los últimos años y, concretamente, durante el período “revolucionario”, ha venido tomando clara posición respecto de exigencias fundamentales referentes al obligante cambio nacional. Lo que expondré en las líneas que siguen se ciñe de manera estricta a lo expresado oficialmente por los Obispos. Sobre el marco situacional desastroso en los varios ámbitos sociales (económico, político y ético-cultural) no me detendré mayormente, inventariando tragedias que sufre el pueblo venezolano como consecuencia del plan socialista (comunista) del Régimen. Lo que estamos padeciendo la gran mayoría de los venezolanos no necesita demostración.
En primer lugar, coloco lo subrayado en la Exhortación episcopal de hace justamente dos años (12 enero 2018): la emergencia económica y social del país, que exige una atención humanitaria inmediata. Las políticas gubernamentales “han dado como resultado aumento de la pobreza, desempleo, carencia de bienes básicos, descontento y desesperanza general”, unidos al “éxodo de millones de venezolanos” (añadiría: vamos hacia un país de mendicantes, esclavos y emigrantes, bajo una “nueva clase” de burócratas opulentos y corruptos).
En segundo lugar, cito lo que destacan los Obispos en el referido documento: el soberano (CRBV 5) debe asumir “su vocación de ser sujeto social”, pues “el Gobierno usurpó al pueblo su poder originario (…) No habrá una verdadera solución de los problemas del país hasta tanto el pueblo no recupere totalmente el ejercicio de su poder”. Meses más tarde (11 Julio 2018) el Episcopado explicitó la ilegitimidad del Presidente Nicolás Maduro y de la Asamblea Nacional Constituyente, de modo que “Vivimos un régimen de facto, sin respeto a las garantías previstas en la Constitución y en los más altos principios de la dignidad del pueblo”. La Exhortación de 9 enero 2019 lo complementa: “Por tanto, la pretensión de iniciar un nuevo período presidencial el 10 de enero de 2019 es ilegitima por su origen y abre una puerta al desconocimiento del Gobierno porque carece de sustento democrático en la justicia y en el derecho”.
En tercer lugar, el Episcopado no define ni a él le toca definir el know how para la recuperación de la soberanía por parte del pueblo, pero sí recuerda, a título de ejemplo, el Art. 71 de la Constitución Nacional, como instrumento concreto de locución y mandato del soberano. A este propósito resulta oportuno recordar que el mismo 9 de enero 2019 el Episcopado manifestó: “La Asamblea Nacional, electa con el voto libre y democrático de los venezolanos, es el único órgano del poder público con legitimidad para ejercer soberanamente sus competencias”. Varias propuestas de consulta están circulando y se han hecho llegar a instancias de decisión.
En cuarto lugar, los Obispos entienden (Exhortación del 12 enero 2018) que para decir que el soberano habla, deben llenarse ineludibles condiciones de libertad, efectividad y transparencia, como es el caso de la reestructuración del Consejo Nacional Electoral,  aparte de “la presencia y supervisión de Observadores por parte de reconocidos Organismos Internacionales (ONU, UE, OEA…).
Cuando los Obispos hablan de ilegitimidad, tienen presente la normativa jurídica y constitucional, pero el acento lo ponen en el plano ético y religioso, más alto y trascendente. El específico de su misión religiosa, pastoral.
Concluyo con un desiderátum-imperativo que está en el ambiente: 2020 debe ser Año del Cambio, de la recuperación del país. De un nuevo Gobierno: de Transición, Unidad e Integración. De elecciones libres. De recomienzo de lo que Venezuela debe ser: país justo, democrático, vivible y deseable, de luz y paz, de trabajo y progreso. Como Dios lo quiere.


PESEBRE, EC0LOGÍA INTEGRAL




Uno de los recuerdos más gratos de mi infancia andina es el de un pesebre ingenuo montado en la sala de mi casa. Abundancia de musgo y un buen número de figuras, desproporcionadas en tamaño y desiguales en factura. Un pastor alto junto a casas pequeñas y diminutas ovejas. El Niño Jesús sobresaliendo por tu tamaño y belleza. La Virgen y San José guardando armonía, no así la mula, el buey y otros acompañantes. La disparidad de volúmenes, claro mensaje de que para Dios Padre y el Señor Jesucristo no cuentan las magnitudes corporales; para ellos no hay precedencias, más aún, lo grande se torna pequeño y lo pequeño grande
Un día decembrino recibimos un cocodrilo de celuloide -no había aparecido el plástico- bastante grande, y se lo colocó en el Pesebre, al igual que otras figuras que llegaban por compra o regalo (todo lo bueno cabía allí, sin apartheids). Algunos soldaditos exhibían sus armas, para alegrar, no para herir ni matar. El Belén se extendía bastante y a lo largo y ancho pastaban ovejitas y se movían tranquilamente los pastores. El citado cocodrilo descansaba plácidamente sin alejar a nadie y sin que nadie temiese acercársele.
Al margen de un expreso propósito, ese Pesebre representaba en su conjunto lo que el profeta Isaías había anunciado sobre los tiempos mesiánicos: “Forjarán de sus espadas azadones y de sus lanzas podaderas. No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra (..) Serán vecinos el lobo y el cordero. Y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán a sus crías, el león como los bueyes comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano. Nadie hará daño (…) porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor” (Is 2, 4.11, 6-9).
Quien se acerca al Pesebre con ojos sencillos y mirada de fe, recibe un baño de serenidad y su corazón se abre a la fraternidad. Es educado con una pedagogía de encuentro y compartir. Montar un Pesebre es encontrar un oasis de paz. Robustecer el espíritu de familia.
Tema prioritario hoy en el escenario internacional, es el ecológico, que en interpretación cristiana se lo entiende como ecología integral. El Papa Francisco le dedica todo un capítulo de su encíclica sobre el ambiente, Laudato Si´. La salud de la naturaleza se percibe estrechamente unida a la del ser humano y su quehacer económico, político, cultural; la problemática ambiental, en efecto, está indisolublemente ligada al relacionamiento social justo, solidario, pacífico y fraterno. El referido documento pontificio ha introducido el término comunión universal para expresar los lazos con que Dios ha unido a todos los seres, entre sí y consigo mismo: una especie de tejido global, en que el hombre, sin disolverse en lo impersonal, se encuentra íntimamente interrelacionado en la casa común. Esto   lleva al Poverello de Asís, en su alabanza a Dios, a tratar a los animales y las cosas en términos de parentela, a modo de unidad familiar (hermano sol, madre tierra…). El ambiente se enriquece así en comprensión, pero también en extensión, abarcando la globalidad de lo real.
El evangelista Juan en su primera carta da esta definición: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4, i8). La Divinidad no es ente unipersonal, soledad absoluta, sino existencia relacional, Trinidad, comunión. Y Dios, con el mundo que crea, constituye una estrecha unidad, no en sentido panteísta, ciertamente, sino como genuina comunión, asumiendo este término en su sentido más amplio y, por lo tanto, no restringido a lo interpersonal. La suerte de las cosas implica, por ello, la suerte del hombre y viceversa, de tal modo que la explotación irresponsable del entorno natural daña al ser humano, al igual que el deterioro de la calidad humana (exclusiones, injusticias, economicismo…) inciden en el maltrato del ambiente.
En el Pesebre no caben guerras, opresiones ni ecocidios. Ni arcos mineros depredadores, ni contaminaciones atmosféricas suicidas. El “recién nacido”, divinidad incorporada, constituye, con la ecología integral, una comunión universal.


viernes, 6 de diciembre de 2019

CORRUPCIÓN CREATIVA



La biografía de la corrupción ofrece un material abundante, pues cubre toda la historia de la humanidad, dado que ésta es pecadora desde el inicio, como leemos en el libro del Génesis. Y si la corrupción es amplia en su extensión, es de una gran riqueza en comprensión. En su vasto escenario se despliegan de modo impresionante la inteligencia, la imaginación, la creatividad y la innovación humanas.

La corrupción, fenómeno multiforme, se ejemplifica en el trueque que hizo la dirigencia sacerdotal de Israel con el apóstol Judas:  un inocente profeta galileo por treinta monedas contantes y sonantes. Jesús, que vino a salvarnos del mal uso de la libertad y comunicarnos vida nueva, sufrió en su persona las consecuencias de uno de los primeros pecados capitales, la   avaricia. En los libros del Antiguo Testamento encontramos casos patentes de trampas -aun en los patriarcas Abraham y Jacob- al igual que una repetitiva condena de faltas morales como sobornos, balanzas fraudulentas y falsos testimonios.

El pecado no es, por cierto, un tema que aparece en los libros de economía y política, como tampoco en los de tecnología, ya que no son su lugar propio, pero sí se manifiesta muy activo en quienes administran bienes, manejan la res pública y utilizan los maravillosos inventos comunicacionales.
La corrupción administrativa y política está hoy sobre el tapete de la actualidad nacional. Pero ¿Cuándo no lo ha estado? Antes de hacer memoria resulta pertinente, sin embargo, reflexionar acerca de la admonición del Señor Jesús a los acusadores de una mujer sorprendida en flagrancia: “Aquél de ustedes que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra” (Jn 8, 7).

Los Obispos de Venezuela en 1904 -por entonces eran sólo una media docena- en una Instrucción Pastoral dirigida al clero y demás fieles del país, dicen en el capítulo titulado “De la obligación de extirpar los vicios” algo que parece escrito en estos finales de 2019: “De semejante perturbación del criterio moral proceden los fraudes y latrocinios y otros horrendos crímenes contra la justicia que mancillan las conciencias y llevan la miseria a infinitos hogares” (No. 667). 

Abuso del lector citando in extenso lo que denunciaron entonces los Obispos porque nos debe servir para la urgente reconstrucción nacional: “Lamentamos aquí el robo no sólo en una forma ordinaria y vulgar (…) sino muy particularmente en la forma que llamaríamos decente si pudiera caberle tal epíteto a tan fea iniquidad. Nos referimos, en efecto, a ese género de fraude ya tan generalizado que consiste en apropiarse con harta facilidad lo ajeno por medio de ganancias exageradas en negociaciones ilícitas: nos referimos a la lepra del peculado, que corroe todo el organismo nacional, siendo ya principio aceptado por la casi universalidad de los criterios que defraudar el erario público no es pecado; por lo cual ya nadie se contenta con los proventos legítimos de su empleo, sino que cada uno se sirve del suyo para aumentar por medios reprobables sus recursos y fortuna, o para dilapidar mayores sumas de dinero en las exigencia del lujo y la satisfacción de todos los apetitos de la sensualidad: nos referimos a los contratos escandalosos (…) ya casi no se conceptúa como robo sino la obra brutal y grosera del ratero o del salteador, mientras el campo vastísimo de las otras especies de latrocinio, de donde proviene el mayor desequilibrio moral y material de los pueblos, está completamente abierto a la humana codicia (…) no hay remisión posible para los pecados de que tratamos si a la penitencia no se agrega la restitución”(Instrucción  667). No sobra subrayar que la corrupción se da tanto en lo público y como en lo privado.

Para reconstruir el país no basta el cambio de dirección política. Se requiere, junto a medidas contraloras y judiciales efectivas, un cambio moral y cultural. La corrupción ha penetrado hasta los tuétanos. Se roba desde las alcabalas de guardias y policías, hasta los altos mandos de las empresas, pasando por notarías, alcaldías y servicios públicos. Por eso la Venezuela de las mayores reservas petroleras del mundo está en lo   que en criollo llamamos “la carraplana”. Pero ¡ánimo!, saldremos adelante con nuestro esfuerzo y el favor de Dios.