jueves, 15 de octubre de 2020

PODER ABSOLUTO

   
 
Decisiones como la Ley Antibloqueo, en la línea de una concentración y absolutización del poder, invitan a una reflexión sobre lo que ello implica en degradación humanista e idolatría política.

    El Decálogo establece como primer mandamiento el de reconocer y amar a un Dios uno y único. Afirmación que encontramos ya en el libro del Éxodo (34, 28). Exige la confesión de un claro monoteísmo, que excluye la pluralidad de divinidades y toda forma de idolatría.

    A Dios se le reconoce, así, como creador y providente, que trasciende el mundo, pero que también está presente y actuante, como Señor, en la historia de los seres humanos libres.  Se lo acepta como el Absoluto, el Ser por excelencia, incondicionado, al tiempo que razón, fuente y sentido de toda la creación. Se lo asume igualmente como principio y fundamento últimos de moralidad, como juez supremo y digno de adoración; y destinatario de un culto que no es simple admiración, veneración y alabanza, sino adoración (latría), exclusiva y excluyente.

    El ser humano histórico, abierto a la infinitud de la verdad (conocimiento) y del bien (lo apetecible), goza de una libertad que, sin embargo, no sólo es limitada y frágil, sino también éticamente vulnerable (pecadora). Experimenta, en consecuencia su relación con el Absoluto en muy diversas formas y, por ello, la historia registra, al respecto, una vasta gama de expresiones, ya explícitas, ya implícitas: desde la negación expresa (ateísmo confeso) hasta concepciones de tipo panteísta, pasando por formas politeístas y deidades locales. En siglos más recientes se han buscado substitutos de Dios de variada índole, absolutizando, entre otros, la razón (Diosa Razón en la Revolución Francesa), el desarrollo científico-tecnológico (radicalismos evolucionista y positivista), la sociedad misma (utopía marxista). Totalitarismos del pasado siglo llegaron a prácticas divinizaciones de raza, nación o clase y sus correspondientes “encarnaciones” en líderes supremos inapelables. Las absolutizaciones son, sin embargo, de vieja data; la historia de las civilizaciones antiguas nos habla de sacralización de reyes; y la del cristianismo primitivo registra martirios de creyentes, que no quisieron adorar a emperadores.

    La absolutización tanto de proyectos como de seres humanos no eleva a éstos, sino que los degrada. Recordemos la enseñanza de alguien que vivió en carne propia los totalitarismos nazi y comunista: “La raíz del totalitarismo moderno hay que verla (…) en la negación de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, el grupo, la case social, ni la nación ni el Estado. No puede tampoco la mayoría de un cuerpo social, poniéndose en contra de la minoría, marginándola, explotándola o incluso intentando destruirla” (Encíclica Centesimus Annus, 44).

    Hablar de totalitarismo en Venezuela significa referirse, no a un objetivo logrado, pero sí en construcción, a saber: el Socialismo del Siglo XXI-Plan de la Patria. En efecto, éstos implican una progresiva absolutización de proyectos, normas, estructuras, que se le imponen a la ciudadanía y frente a las cuales no hay apelación, porque el poder se concentra progresivamente en una clase dirigente y, más en concreto, en un “presidente”, que pretende saberlo y decidirlo todo (omnisciente y omnipotente). Ilustrativa al respecto es la reciente Ley Antibloqueo. Estado de derecho, división de poderes, derechos humanos, todo se relativiza frente a esa pretensión absolutista. Consignas como Revolución o muerte y otras semejantes simbolizan la referida tendencia hacia la sacralización del poder político, que usurpa la soberanía del pueblo y la traslada al Régimen (partido, jefe).

    Dada esta orientación totalitaria (absolutizante, idolátrica) de la actual dictadura militar comunista, se explica por qué la disidencia y la oposición a la misma no se funda en solas razones políticas, sino también religiosas.

    Dios es el supremo defensor del ser humano, garantía total de la dignidad y los derechos de éste, creado para participar en el plan global divino de comunión humano-divina e interhumana.

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 1 de octubre de 2020

CONSTITUCIÓN REBELDE, SOBERANO GOLPISTA


    No cabe la menor duda de que la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV) vigente es un instrumento político, que no sólo legitima, sino también exige rebeldía frente al actual Régimen SSXXI. Constituye una herramienta de resistencia frente a la opresión, al tiempo que un impulso de liberación democrática.

    Oficialmente se la denominaba como “la mejor constitución del mundo”, exhibiéndola y difundiéndola como símbolo revolucionario y camino hacia un país solidario y próspero. La verdad es que, sin ser un texto perfecto, se la puede calificar de apta, aceptable para su circunstancia temporal, así como fácilmente abierta a necesarias adaptaciones y mejoras. A propósito de esto, es preciso subrayar que los venezolanos hemos de estar siempre en guardia frente a la tentación nominalista de pretender cambiar nuestra historia, cambiando sólo constituciones.

    Es de lamentar que la exhibición mediática de la Carta Magna no ha estado acompañada de una pedagogía favorecedora de su conocimiento y aprecio, de manera que sirva al soberano (CRBV 5) de brújula efectiva para la organización y funcionamiento macro y micro del Estado y, en general, de la política. La educación nacional no ha propiciado la formación “moral y cívica” de la población, la cual, por tanto, ha quedado a merced de jefes y no de líderes, de populismos fáciles y no de planificaciones responsables. No se ha educado para una real participación desde las bases populares, y por eso la orientación de lo público ha sido tarea casi sólo de cúpulas gubernamentales o partidistas. No hemos tenido una escuela generadora de democracia participativa. El gobierno, en la línea del tradicional estatismo socialista, ha favorecido más bien la concentración del poder y un estilo militarista en el manejo de la sociedad civil.

    El espíritu y la letra de la CRBV se sitúan en las antípodas del Régimen militar comunista, totalitario y corrupto, que gobierna el país. Una ligera hojeada del texto constitucional basta para percibir el divorcio existente entre éste y la conducción oficial de la nación. No extraña entonces que la apelación de los ciudadanos a la Constitución constituya un acto de rebeldía frente a un poder, que se considera indiscutible y omnipotente.

    El tema de las “condiciones electorales” para el 6 de diciembre ejemplifica bien la contradicción entre el Régimen y la Constitución. Una de las más conocidas parábolas enseñadas por Jesús, la del rico Epulón y el mendigo Lázaro (Lc 16, 19-31), resulta aquí bastante ilustrativa.  Mientras el autosuficiente Epulón banqueteaba, el pobre Lázaro se tenía que conformar con las migajas que caían de la mesa de aquél. El Ejecutivo, que se estima todopoderoso y dispone de la fuerza del poder (FA, policías y colectivos armados, junto a los poderes judicial, ciudadano y electoral sumisos)- ha organizado su “banquete electoral”, bajo condiciones leoninas favorables al Régimen. La ciudadanía, mayoritariamente disidente, aparece como un mendigo al cual se le dejan caer, como regalo o limosna, unas condiciones miserables de participación. El Régimen, como un esclavista, se cree dueño de los ciudadanos y les establece arbitrariamente un marco de ilusoria participación en un proceso amañado. Y el síndrome de Estocolmo está logrando que muchos, en actitud mendicante, rueguen se les conceda, ciertas “condiciones mínimas” electorales, migajas de libertad ¡Algo realmente vergonzoso y humillante para un pueblo constitucionalmente identificado como “soberano”!  

    ¡Las condiciones para un proceso electoral están muy claras en la CRBV, desde su Preámbulo y sus Principios Fundamentales, en los cuales se encuentra ya la raíz y la substancia del protagonismo ciudadano! Allí aparece de modo diáfano la contradicción entre la Constitución y el proyecto totalitario militar socialista.

    El título del presente artículo sintetiza la referida contradicción. Revela cómo apelar hoy en Venezuela a la CRBV es un acto de rebeldía contra el Régimen. Un gesto insurreccional. El soberano consciente y responsable resulta entonces ser reseñado como golpista.

 


jueves, 17 de septiembre de 2020

SOMOS INEVITABLEMENTE POLÍTICOS

 

    Hablamos de la Venezuela de los 90´ como de un período muy marcado por la “anti política”. Fue un tiempo de insurrecciones militares, de fragmentación de los partidos tradicionales y de criticismo frente al quehacer del liderazgo gubernamental y político partidista. Y como los vacíos los llena siempre alguien, emergieron medios comunicacionales, reuniones de notables, caudillos populistas, entre otros, como alternativas de poder. 

   Un sólido punto de partida en reflexiones sobre temas como éste es la necesidad e inevitabilidad de ciertas realidades y, en el presente caso, de la política. Así, a quien muy seguro afirme “yo no me meto en política” podría argüírsele: usted no tiene necesidad de meterse, porque ya está metido ¿La razón? Quiérase o no, el ser humano es esencial y estructuralmente un ser político. Afirmación ésta, que es bastante antigua, como lo destacan las primeras líneas de la Política de Aristóteles.

   Dios creó a los humanos (racionales y libres) como seres-para-los-demás, relacionales, sociales. En realidad, antes que a individuos, creó a la humanidad, como conjunto para el compartir. Lo cual tiene su explicación teológica, en cuando Dios no es una persona solitaria, sino comunión, divinidad una y única (monoteísmo)en trinidad de personas. Esta afirmación es la central e identificante del cristianismo, que define a Dios como compartir, amor (ver 1Jn 4,8). Esto permite entender cuál es el mandamiento máximo, que declaró Jesús y por dónde va en definitiva la moral y la espiritualidad evangélicas. Muy ilustrativo e interpelante al respecto es la narración del Juicio Final, que el mismo Señor hace, y que tendrá como criterio el afecto y solidaridad con el prójimo, especialmente el más necesitado. Dicho Juicio será, pudiéramos decir, substancialmente “político”.

   El relacionamiento humano se comienza a tejer desde la sociedad más original e inmediata, la familia, que es y ha de ser la primera escuela de comunión. Desde allí se van organizando conjuntos y comunidades más amplios y variados, hacia la constitución de una sociedad política (polis) más vasta y estructurada, que constituye el Estado. Éste, por consiguiente, no emerge artificiosamente, ni debe configurar una unidad monopólica, absorbente. Es y ha de ser encuentro y articulación de convivencias con sus particulares acentos culturales.

    Somos entonces sociales, políticos, miembros de la polis, por nuestra condición humana misma y, por tanto, necesaria e ineludiblemente. Robinson Crusoe aparece entonces como una fantasía deshumanizada. El quid del asunto es asumir nuestra vocación y condición política de modo responsable, proactivo, solidario, con la mirada puesta en el bien común. En este sentido se puede decir que uno no es o se vuelve apolítico, sino que es o se vuelve político malo, miope, irresponsable, inconsciente ¿Resultado? Otros harán el trabajo por mí y necesariamente aprovecharé o sufriré las consecuencias. Aquí se puede aplicar también aquella sentencia tradicional de que negar la filosofía es hacer ya filosofía. Negar la politicidad es afirmarla.

   Aquí en Venezuela hace años se expulsó de la escuela la educación moral y cívica. Y ya en los comienzos mismos de este régimen, se eliminó el Programa Educación Religiosa Escolar (ERE), que proveía también de elementos básicos de formación ciudadana. No es difícil adivinar las consecuencias.

   ¿Por qué hemos llegado a la presente tragedia nacional? Parte importante de la respuesta es: no se formó a los venezolanos para la política. Para ser buenos políticos, protagonistas cívicos y no simple masa de mítines, portadores de carnet o criticones del gobierno y de los líderes partidistas. Debo confesar que la Iglesia no puede lavarse las manos en este asunto, porque no supo aprovechar la riqueza de la Doctrina Social de la Iglesia para la formación de las nuevas generaciones, ya desde la más tierna infancia. Y para proporcionar al país líderes políticos católicos integrales.

    Pero la hora no es para lamentaciones, sino para conversiones y compromisos. Hemos de tomar en serio la política, la inevitabilidad de nuestro ser político, para formarnos y formar en el servicio de la polis, ya en el campo de la sociedad civil, ya también en el ámbito de lo político-partidista.

viernes, 4 de septiembre de 2020

VIRUS REVELADOR


    La presente pandemia, dramática, puede revelarnos o desvelarnos verdades de plena positividad y provecho. Es una lección existencial, que es preciso aprovechar.

    Conócete a ti mismo es una muy manejada sentencia proveniente del más antiguo pensamiento griego, que se esculpió sobre el arquitrabe del templo de Delfos. Este autoconocimiento identifica al ser humano entre los demás vivientes, al tiempo que le plantea sumos desafíos.  

    Un tal conocimiento, para ser genuino, ha de entrañar búsqueda seria de la verdad. Y es condición insubstituible para un auténtico y firme desarrollo personal y social. Aquí viene bien a propósito lo dicho por Jesús: “la verdad los hará libres” (Jn 8, 32). Sobre la falsedad y el engaño no puede pensarse un progreso humano consistente, el cual, en última instancia, resulta de un ejercicio y entrecruce de libertades. Si hay un don, virtud o atributo que reciba los mayores elogios en la Escritura Santa es el de la sabiduría, que es el conocimiento y autoconocimiento en su mayor hondura y amplitud. A ella se opone lo que se conceptúa como vanidad, que es ligereza, error, mentira tanto en el juzgar como en el querer.

    La Biblia relato de una mentira-error-mala escogencia de consecuencias desastrosas no sólo para las víctimas inmediatas, sino para la toda la humanidad (Génesis 3). Lo que se exhibió y escogió como seguro de auto realización humana resultó ser terrible frustración. El diabólico “serán como dioses” se convirtió en descalabramiento de los engañados. La libertad humana quedó herida, de lo cual muy pronto se verán las consecuencias en la tragedia de Caín y Abel (Genesis 4).

En los últimos siglos han surgido engañosos mesianismos temporales con sus paraísos terrestres, los cuales a la postre han resultado inevitablemente frustrantes. Ejemplos, la divinización de la razón con el Iluminismo, el endiosamiento científico con el Positivismo, la idolatría de una raza con el Nazismo, la absolutización de un “hombre nuevo” con el Comunismo. Dos guerras mundiales, entre otros, fueron argumentos dolorosos suficientes para desbaratar tantas autosuficiencias humanas. El superhombre termina a la postre deshumanizando.

Ilusiones y fantasías engañosas no son, con todo, sólo reliquias del pasado. Acompañan lamentablemente al ser humano en su peregrinaje histórico, claroscuro siempre, hasta que llegue a su término y plenitud mediante una liberación definitiva, que será, fundamentalmente, don divino. El ser humano en devenir es libre, pero con una libertad no sólo frágil, sino también pecadora; y la historia -urdimbre de biografías- lo manifiesta en su conjunto, que comprende desde lo más bello y santo hasta lo más bajo y monstruoso. De allí la necesidad de una constante conversión humana y una permanente asistencia y sanación divinas.

    El ser humano fue creado, en cuanto inteligente y libre, como “ser para progresar”, cuidando, transformando y disfrutando lo creado. Pero ha de estar siempre en guardia para no disolverse en lo que tiene que manejar. Pues de constructor puede para en autodestructivo, de “ser para el otro” en egoísta dominador y de creyente sensato en ateo libertino.

    La actual pandemia es una realidad dolorosa, que es necesario superar con sabiduría y solidaridad. Pero también constituye una oportunidad para crecer como personas y comunidad humana, en relación fraterna con el prójimo y filial con Dios. Ahondando en realismo y humildad, sabiendo que somos grandes, pero también pequeños y vulnerables; “seres para la muerte”, mas con vocación de eternidad. En una palabra, valiosos, pero no absolutos.

    Este terrible virus despliega una lección de la cual hay mucho que aprender. Sobre todo, en materia de un actuar sólido, trascendente, que concrete el mandamiento máximo evangélico, el amor; y de un real ubicarse, pues, micróbicos, giramos en un pequeño globo espacial, en el cual hemos de saber vivir y convivir. Y también soñar, pero con los pies en tierra. La pandemia es una de esos acontecimientos en los cuales sabiamente debemos situarnos en el inmediato entorno familiar y vecinal, enmarcándolo, sin embargo, en el más amplio, cósmico. Somos mortales, temporales, abiertos a lo eterno. La verdad nos hará libres.

 


viernes, 21 de agosto de 2020

EL SÌ DEL NO

 


     Ante las proyectadas elecciones parlamentarias, un conjunto de organizaciones políticas ha planteado como respuesta: no concurrir. La abstención, desde el punto lógico, es una posición negativa de parte de quien la sustenta, la cual, para serle productiva, ha de ir acompañada de acciones que, de algún modo, procuren lograr el fin que se busca con el abstenerse. Es decir, que un debe ir junto al no.

    Pienso que la ausencia de un consistente, en el caso de las votaciones (no elecciones) parlamentarias de diciembre, motivó el Comunicado de la Presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana del pasado 11 de agosto; de allí su insistencia en el “no basta” con la abstención y la crítica a quienes se instalaban en una actitud negativa, sin proponer alternativas serias y factibles. No pocos habíamos venido insistiendo en la urgencia de plantear, por parte de la Asamblea Nacional, entre otros, de proposiciones operativas para realizar el cambio del régimen y del administrador de Miraflores. Opino que un efecto positivo del referido Comunicado ha sido el de estimular a círculos políticos a proponer el “sí” que faltaba.

    El Consejo Superior de la Democracia Cristiana acaba de publicar un Comunicado (No.8. agosto 2020) titulado ¡La consulta popular y la Conferencia Episcopal! Es un documento de suma actualidad y utilidad para el pueblo soberano de este país, a fin de que en este momento asuma el ejercicio de la soberanía que la ha sido usurpada por el gobierno, como lo reclamaron ya los obispos, de modo bien claro, en su exhortación de 12 de enero de 2018. 

El Consejo Superior democristiano es coherente con el título que asigna su declaración y, en este sentido, cita pasajes muy al grano de documentos del Episcopado venezolano, aprobados por su organismo máximo que es la Asamblea Plenaria, congregada este mismo año en los meses de enero y julio. Por cierto que en enero los obispos mencionaron los artículos 70 y 71 de la Constitución Nacional, como posibilitantes del cambio presidencial.

No es el momento aquí de hacer un inventario de los desastres ocasionados por el Régimen desde finales del siglo pasado (¡!) Pero estimo oportuno recoger una expresión que utilizó el Episcopado en pleno, hace poco más de un mes, para calificar la presente realidad nacional: “Vivimos inmersos en un caos generalizado presente en todos los niveles de la vida social y personal” (Exhortación pastoral Dios está contigo, no te dejará ni te abandonará, Dt. 31,6). Caos significa radical confusión, desastre total. Desde el punto de vista constitucional, jurídico, hay una maraña de ilegitimidades y en lo que respecta a lo económico, político y ético-cultural, uno se pregunta si el país puede hundirse todavía más.

     El Consejo Superior lanza el guante  a los directivos de la Asamblea Nacional, para que convoquen ya al pueblo soberano (CRBV 70-71) a fin de que éste decida sobre el cese del Presidente de facto de la República, de la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente y la constitución -por parte de aquella Asamblea-, de un Gobierno de Emergencia Nacional, que atienda a la crisis humanitaria y convoque, en un plazo de doce meses, verdaderas  elecciones presidenciales y parlamentarias, “en sintonía con lo planteado por la comunidad internacional”.

    ¿Se quiere una salida del “caos generalizado”, pacífica, democrática, civilizada? ¿Se quiere que sea el soberano mismo y no intermediarios -oficiales o no, partidistas o no- quien decida la suerte de la nación, el destino de este descalabrado país llamado Venezuela? ¡La referida propuesta democristiana ofrece el camino!

    Más de una vez me ha venido a la mente la imagen de un tsunami al dibujarme la situación del país y el futuro que enfrenta. Y la traigo aquí porque la amenaza que se nos plantea este fin de año es de dimensiones catastróficas, frente a lo cual suena suicida, ridículo, cruel, todo aquello que distraiga del peligro en puertas, fragmente esfuerzos para encararlo unidos, exija “purismos” que impidan respuestas realistas, dificultando o impidiendo así una solución que vaya al corazón del problema. Venezuela no tiene porvenir digno sin cambio de régimen. Lograrlo es un deber humano, creyente, cristiano. “Despierta y reacciona, es el momento”.  

martes, 11 de agosto de 2020

El Laico Protagonista




 "Los signos del tiempo muestran que el presente milenio será el del protagonismo de los laicos" (LCV 3). Son palabras del Concilio Plenario de Venezuela en su documento N°7.

Por laico o seglar se entiende al bautizado miembro de la Iglesia, Pueblo de Dios, participante, por tanto, de su misión, y quien tiene como propio y peculiar el carácter secular (ver LG 31). Éste significa su inmersión en el mundo para transformar desde adentro las realidades temporales en la línea del Evangelio.

Ser laico es la condición o estado ordinario del cristiano; los laicos integran el sector o subconjunto mayoritario y casi totalizante de la Iglesia; se nace laico en el bautismo. Tradicionalmente se vino considerando al laico como un "no clérigo" (y "no religioso"), miembro más bien pasivo de la Iglesia, simple colaborador o auxiliar del sacerdote (presbítero) en la tarea evangelizadora, es decir, como un fiel formado para ser, fundamentalmente, realizador de objetivos y ejecutor de tareas que le asignasen. Ahora bien, la renovación eclesial tanto doctrinal como práctica, recogida, madurada y ulteriormente impulsada por el Concilio Vaticano II, ha pasado de la definición "negativa" del laico (lo que no es) a otra, "positiva", (lo que es); ha reformulado el papel del laico, reconociéndole un efectivo protagonismo evangelizador, particularmente en su ámbito propio, a saber, el del mundo, la cotidianidad secular, partiendo de lo más inmediato, la familia.

Si desea leer más al respecto, haga clic en el siguiente título El Laico Protagonista


jueves, 6 de agosto de 2020

SSXXI: PROYECTO TOTALITARIO



    Una cosa es hablar por experiencia ajena y otra haber sufrido en carne propia aquello de que se habla. Esto se aplica a san Juan Pablo II en relación al totalitarismo.

    El Papa Wojtyila padeció persecución por parte de los totalitarismos hitleriano y stalinista. Por eso tiene existencial resonancia la denuncia que estampa en su encíclica Sollicitudo Rei Socialis (1987): “Ningún grupo social, por ejemplo, un partido, tiene derecho a usurpar el papel de guía único, porque ello conlleva la destrucción de la verdadera subjetividad de la sociedad y de las personas-ciudadanos” ¿Resultado? Masificación despersonalizante.  Caído el Muro de Berlín, el mismo Papa en 1991 identificó la raíz del totalitarismo moderno en “la negación de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, el grupo, la clase social, ni la nación, ni el Estado” (Centesimus Annus 44).

    Ante la avalancha de los totalitarismos, el Papa Pío XI había publicado tres contundentes y oportunas encíclicas: en 1931 Non abbiamo bisogno contra el fascismo, en 1937 Mit brennender Sorge contra el nazismo y Divini Redemptoris contra el comunismo. De estos deshumanizantes sistemas e ideologías se destacaban, entre otros, la negación de una real participación ciudadana y del libre emprendimiento, la absorción de la sociedad civil por el Estado, la hegemonía comunicacional y educativa, la absolutización e idolatría del poder, el utopismo del paraíso terreno.

El totalitarismo profundiza y amplia el control que cualquier otro sistema político e ideológico despótico busca imponer. Pretende monopolizar todos los ámbitos del entramado social: economía (tener), política (poder) y cultura -en la acepción más restringida de este término- (ser). Agrava la dominación característica de autocracias, dictaduras, tiranías y otras formas de monopolio social. La historia de Venezuela registra variados especímenes de sumisión societaria, pero de totalitarismo uno solo, a saber, el Socialismo del Siglo XXI. Éste copia el modelo comunista cubano, con peculiaridades, como las de que el “bolivariano” financia al isleño, y éste maneja la “inteligencia” del venezolano.   

    El criollo es un totalitarismo en ejecución progresiva. Por cierto, que la pandemia del COVID 19 ha servido para acentuar la escalada represiva. La “profecía” anticonstitucional y vergonzosa del Ministro de la Defensa sobre la inutilidad de las próximas elecciones para un cambio de Régimen evidencia la dominación comunista en marcha.

   En más de una ocasión he manifestado que la no percepción -culpable o inculpable- del carácter totalitario del proyecto socialista ha sido la causa de muchas fallas estratégicas, cuando no de claros fracasos operativos de la disidencia. Por otra parte, el populismo y la mentira institucionalizada del Gobierno, ha sabido disfrazar propósitos oficiales y frustrar intentos de la oposición.

  Las anunciadas elecciones legislativas constituyen un serio desafío a nuestra responsabilidad ciudadana. La abstención no puede identificarse -negativamente- con pasividad: tiene que asumirse, positiva y proactivamente, como actividad, iniciativa, como ejercicio de responsabilidad ciudadana, buscando generar unidad dinámica para el logro de objetivos democráticos. Hay retiradas estratégicas, que son sumamente productivas. Sobre todo, cuando lo que mueve la acción son nobles y altos propósitos como el restablecimiento del estado de derecho y la convivencia democrática. Es preciso ser ingeniosos en este sentido. La abstención puede convertirse en referendo para un cambio de régimen, en elecciones (también) presidenciales Hay que poner en juego el protagonismo y las facultades del soberano (CRBV 5), su poder constitucional, pero también supraconstitucional y originario.

   La historia no es determinismo. La libertad constituye una energía irrefrenable. Los totalitarismos son estatuas imponentes, pero con pies de barro. Por eso debemos trabajar unidos y con gran esperanza, la cual, para los creyentes, se funda definitivamente en los designios bondadosos de Dios.