Están en marcha conversaciones con
respecto a cambios que urge el país, hacia un modelo bien diferente -por no
decir en las antípodas- del que ha sufrido en lo que va de siglo. El proceso no
es nada fácil por la naturaleza impositiva del Régimen.
Exigencia fundamental en reuniones
del género es la apertura a modificar posiciones propias con el fin de lograr
entendimientos en asuntos fundamentales para una genuina convivencia. El
término diálogo es exigente para calificar este tipo de intercambios,
pues entraña disposiciones éticas y espirituales no pequeñas, como ponerse en
el lugar del otro; experiencias cercanas que lo han malbaratado han llevado a marginar el empleo de aquel vocablo. Hablando de acuerdos
hacia una sociedad emancipada y de justicia social se cuenta con iluminaciones
valiosas como las de Jurgen Habermas y su teoría crítica.
En cuanto a categorías que ayuden en
la presente materia tenemos dos que ofrecen, en perspectiva antropológica, un denominador común, pero guardando notable
distinción: cambio y conversión.
La primero es genérica, y la segunda específica, por lo que toda
conversión es cambio, pero no todo cambio es conversión. Aquél toca
comportamientos, actuaciones, algo bien observable, mientras que ésta va más en profundidad e
implica orientación de la conciencia.
Un ejemplo vivo de conversión es lo
que la Biblia narra sobre lo acaecido con el judío Saulo (Pablo),
quien de encarnizado perseguidor de cristianos paso a ser el evangelizador por
excelencia en el ámbito helenístico. Otro caso notable es el de Agustín de
Hipona como testimonian sus Confesiones. En la contemporaneidad tenemos
a la filósofa Edith Stein, judía, carmelita, mística y fenomenóloga, mártir del
nazismo en el campo de Auschwitz.
En la conversión se produce una
mudanza radical en la tabla de valoraciones. No se trata, en efecto, de un
cambio de traje o de modales, un resituar la silla en una mesa de
conversaciones, sino de una revisión existencial, redireccionando la brújula
personal y reformulando horizontes. Algo no fácil, pero tampoco insólito en un ser humano, que es consciente y libre aparte de contar
con el auxilio de Dios. En cuanto a construir entre distintos una sociedad
libre y solidaria es iluminadora la
propuesta de Jurgen Habermas con su teoría crítica y su insistencia en
la confluencia a través del lenguaje y el diálogo.
Bajando a lo concreto situacional
venezolano, se hace obligante e imprescindible un viraje en profundidad,
económico, socio político y ético cultural, hacia una convivencia institucional
democrática, luego del largo predominio de un proyecto -Socialismo del Siglo
XXI- que el Episcopado ha calificado, sin ambages, de totalitario.
El cambio exige una reorientación ciudadana, la más amplia y honda
posible, en la línea de un efectivo
compromiso para construir de una “nueva
sociedad”. Ello exigirá en no pocos una verdadera conversión democrática. Cosa
nada fácil cuando por dos décadas la orientación oficial se ha vaciado en
módulos impositivos, inquisitoriales, excluyentes. Jóvenes generaciones han
respirado sólo aires políticos represivos.
Las conversaciones para la
transición hacia una polis pluralista se dificultan por cuanto uno de
los interlocutores está dominado por una mentalidad unilateral, excluyente, que
cede sólo ante la presión de tutores o la inevitabilidad de alternativas. Está
siempre a la defensiva de lo adquirido antes que en positiva búsqueda de nuevos
caminos de convivencia. La convergencia es fruto entonces, no de convicción
sino de foránea imposición o de forzada concesión. Ejemplos concretos en la
actualidad nacional es la liberación, sólo por cuotas, de presos políticos, y,
de migajas apenas de la hegemonía comunicacional.
Una sociedad democrática tiene la
debilidad-fortaleza que es la de registrar en su ciudadanía grupos y personas
de mente no democrática. Y permanecerá democrática en la medida en que éstos no
alcancen el poder. Por eso una sociedad como la formulada en nuestra Constitución
ha de estar atenta a 1) educar al
soberano en una libertad responsable, 2) crear elementos de protección de
supervivencia libre y 3) estar vigilante ante “cantos de sirena” populistas y
lobos con piel de oveja.
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