jueves, 11 de febrero de 2021

ANALFABETISMO CONSTITUCIONAL

    La ignorancia registra múltiples interpretaciones. Una de ellas, bastante antigua, es la humilde de Sócrates, para quien la confesión de la propia ignorancia - “sólo sé que no sé nada” afirmaba frente a los sofistas- era sabio punto de partida en la búsqueda de la verdad.

    Una útil distinción se establece entre nesciencia e ignorancia. La primera significa simplemente la ausencia de un conocimiento, en tanto que la segunda tiende a calificarla (injustificada, culpable...). A un albañil no se le puede exigir la ciencia de un ingeniero. Hay niveles o grados de saber con variables índices de evaluación científica y moral de acuerdo a las circunstancias.

    Estas consideraciones resultan oportunas al referirnos al saber en materia de derechos-deberes humanos por parte de la ciudadanía. En una sociedad democrática, que merezca lo básico de este calificativo, es inaceptable la existencia de analfabetos políticos, categoría cuyo mínimo referencial podría constituir la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Preámbulo y Principios Fundamentales de la Constitución nacional, así como artículos de ésta directamente relacionados con aquellos Derechos. Todo esto debería entrar en la etapa elemental de la educación escolar. En la Escuela Primaria existió, por cierto, una asignatura, Moral y Cívica, que, en mala hora, desapareció del currículo. Ahora bien, al hablar de educación es preciso no olvidar que la primera escuela es-ha de ser la familia.

    Resulta incomprensible que el derecho a la participación electoral, no vaya acompañada del obligatorio conocimiento de cuestiones elementales para un ejercicio responsable de la ciudadanía, la cual es corresponsable en la construcción de la polis, como ámbito de convivencia civilizado, libre, justo, solidario, pacífico. La de ciudadano es una profesión que, más que cualquiera otra, se debe aprender y ejercer desde niño, con inteligencia y conciencia.

El analfabetismo en esta materia (desconocimiento palmario de los derechos humanos y lineamientos constitucionales) es fuente de graves y múltiples desajustes, abusos, arbitrariedades,  dependencias y opresiones, que atavismos criollos y el síndrome de Estocolmo contribuyen a digerir y conservar. Dicho analfabetismo ha sido facilitado también por la superficialidad y el “pragmatismo” de partidos y liderazgos políticos, al igual que por la escasa o nula educación ciudadana por parte de organizaciones e instituciones de la sociedad civil, incluida la Iglesia.

    La situación se ha agravado. Vivimos actualmente en Venezuela en una habitual y patente violación de derechos humanos y una manifiesta in-anti-constitucionalidad, apoyada en el amaestramiento ideológico totalitario del Régimen, para el cual lo jurídico está en función de la “Revolución” socialista marxista y de la pura y simple conservación del poder. La esquizofrenia institucional (dualidad, paralelismo) de poderes y la inconstitucionalidad o ilegitimidad de éstos, llevan a una marcha insegura, contradictoria, desintegradora, destructiva del país. A 200 años de Independencia todo ello interpela fuertemente a un cambio en profundidad, que posibilite una sana convivencia democrática en un genuino estado de derecho.

    Tarea urgente en la Venezuela por rehacer es, por tanto, la alfabetización ciudadana. Sólo con personas conscientes de sus derechos-deberes fundamentales se podrá pensar seriamente en la Venezuela deseable y obligante. En ella quienes ejercen el poder actuarán no como dueños o sargentones de manadas poblacionales encadenadas, sino como servidores de comunidades; y los ciudadanos de a pie serán, no mendicantes de lo que les pertenece, sino protagonistas de un desarrollo social compartido.

    La alfabetización ciudadana es condición ineludible para un cambio nacional consistente, radical y global. Si las dictaduras y tiranías se alimentan con la ignorancia, la democracia se nutre con el conocimiento. Superar el analfabetismo constitucional exige educar para la ciudadanía, la democracia y el bien común, desde la familia, y comprometiendo al sistema escolar desde su estadio fundamental. Nadie quiere y defiende lo que no conoce.

     

 

 

 

 

  

 

      

jueves, 28 de enero de 2021

COMUNIÓN: CATEGORÍA ENGLOBANTE


    Una de las primerísimas cuestiones planteadas hace unos 2600 años por quienes en el Asia Menor comenzaron a filosofar fue el de la unidad de las cosas. ¿Es la multiplicidad de éstas una simple ilusión, y si no, cómo puede conjugarse la diversidad? Una pregunta semejante se hacía respecto del movimiento de los seres. Las respuestas que entonces – y hasta hoy - se comenzaron a dar se repartieron entre enfatizar lo uno o lo múltiple, lo móvil o lo permanente. Aunque el pensamiento ha buscado siempre, en una u otra forma, disponer de algo firme compartido.

    En 1979 tuvo lugar en Puebla (México) una reunión muy importante del Episcopado Latinoamericano: su Tercera Conferencia General. Pues bien, una cuestión que prioritariamente se planteó allí fue la de encontrar una categoría que, de modo explícito y sistemático, articulase todo lo doctrinal y práctico del mensaje cristiano y, consiguientemente, la misión y acción de la Iglesia en el mundo. Se convertiría, entonces, en hilo conductor del ser y quehacer de dicha Conferencia. Esta la precisó como comunión y la denominó “línea teológico-pastoral” (LTP). Ello constituyó un verdadero descubrimiento, pues hasta entonces no se había planteado formalmente una cuestión tal en la reflexión teológica y la acción pastoral de la Iglesia.  No sobra decir que comunión es un término bíblico usado para designar la unión íntima intra-trinitaria y humano-divina(en la creación y la salvación) así como la fraternidad cristiana (ver 1 Jn 1, 3.7) y también una noción corriente en la Iglesia primitiva para designar la comunidad eclesial.

Una forma práctica de apreciar lo que es e implica la comunión como LTP es asumirla como respuesta a la pregunta ¿“Qué es”? respecto de las cuestiones básicas, doctrinales y prácticas cristianas, comenzando por la primera y fundamental: ¿Qué o quién es Dios? Pues bien, Dios es comunión, interrelación personal, Trinidad (Padre-Hijo-Espíritu Santo). Por cierto la Primera Carta de Juan da la siguiente definición: “Dios es amor (agápe)” (1Jn 4,8). Comunión y amor en realidad son sinónimos, términos intercambiables, si bien “amor” subraya el aspecto dinámico, generador, de la interrelación. La categoría comunión (amor) responde, por ende, a preguntas tales como el sentido del plan creador y salvador de Dios, el contenido del mandamiento máximo, el objetivo de la misión de la Iglesia y lo sustancial de la vida eterna. El Concilio Vaticano II definió significativamente a la Iglesia como signo e instrumento de unidad, de comunión, de los seres humanos con Dios y de los seres humanos entre sí (ver Lumen Gentium 1).

    El Episcopado Venezolano al convocar el Concilio Plenario de Venezuela (2000-2006) y buscando definir su LTP, asumió, prolongó y precisó (con gran fortuna) la elaborada por Puebla (comunión); brindó así   a la Iglesia universal un consistente y muy generador aporte teórico y práctico, el cual espera de todos, por cierto, un correspondiente aprovechamiento. En efecto, la comunión como categoría interpretativa y valorativa mayor, favorece una comprensión y puesta en práctica verdaderamente armónicas del mensaje cristiano.

    La comunión como categorización teológico-pastoral integradora tiene concretas aplicaciones con respecto al quehacer de la Iglesia en el mundo y, por tanto, de la misión de los laicos cristianos en el ámbito social. El documento 3 del Concilio Plenario se titula: “La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad”. Compromiso peculiar, específico, del laicado católico, ha de ser, pues, participar en la edificación de lo económico, lo político y lo ético-cultural en perspectiva de comunión, en la línea de los valores humanistas y cristianos del evangelio; hacia una convivencia libre, solidaria, fraterna, pacífica, de calidad espiritual. Y en relación amistosa con la naturaleza; así el Papa Francisco en la encíclica Laudato Si´ llega a hablar analógicamente de una “comunión universal” (LS 220).

    Coherentemente, si se tiende la mirada al ancho y vasto mundo considerado también desde el ángulo científico y filosófico, se podría hablar de comunión como de categoría “prima”, general, partiendo de la noción del ser humano como “ser-para-la-comunión” y de la “polis como tejido de comunión”. Lo cual rompe los estrechos muros tanto de un individualismo atomizante como de un colectivismo masificante.

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 


jueves, 14 de enero de 2021

TRIADA PARA UNA NUEVA SOCIEDAD

    

        Uno de los primeros documentos del Concilio Plenario de Venezuela tuvo como título La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad y es una especie de síntesis de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) aplicada a nuestra realidad nacional.

     El término nueva sociedad -tiene como sinónimo, a partir de Pablo VI, civilización del amor- significa una convivencia humana construida en base a los valores del evangelio y que exige una permanente y coherente actualización. Como conjunto teórico-práctico no tiene una identidad confesional (sociedad cristiana) pues está abierta al más amplio diálogo y protagonismo, buscando responder substancialmente a valores humanos fundados en una antropología integral, como son verdad, libertad, justicia, solidaridad, fraternidad y paz.

      Una interpretación cristiana del ser humano no se encierra en una concepción individualista, ya que como persona -ser para la comunicación y la comunión-, entraña un ineludible dinamismo social. Por ello, el referido Concilio afirma: “Una de las grandes tareas de la Iglesia en nuestro país, consiste en la construcción de una sociedad más justa, más digna, más humana, más cristiana y más solidaria. Esta tarea exige la efectividad del amor. Los cristianos no pueden decir que aman, si ese amor no pasa por lo cotidiano de la vida y atraviesa toda la compleja organización social, política, económica y cultural” (Contribución de la Iglesia…, 90). Una nueva sociedad ha de ser, por ende, abierta, en corresponsable pluralismo, genuinamente democrática.

    La DSI agrupa principios, criterios y orientaciones para la acción, aptos para animar diversos proyectos societarios; no se identifica con una determinada “ideología” o estructura, sino que puede inspirar realizaciones de diversos tiempos y espacios culturales. Ahora bien, si el contribuir a la construcción de una nueva sociedad, implica a toda la Iglesia, interpela de modo propio y peculiar a los laicos, para quienes la inmersión y compromiso en la polis es su sello distintivo.

        Dentro de la DSI se destaca una tríada en estrecha interrelación y sumamente generadora respecto de una nueva sociedad: solidaridad, participación y subsidiaridad. Trío llamado a ejercer un papel transformador desde el ámbito más íntimo de la familia y del vecindario, hasta el más vasto de la comunidad internacional; postula, por tanto, un lugar especial en la educación formal e informal, en estrecha conjunción con la referente a la social y cívica, así como con la relativa valores éticos y espirituales.

       Juan Pablo II definió solidaridad como “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común” (Sollicitudo rei socialis 38). Es consecuencia de la igualdad y socialidad del ser humano, de su intrínseca relacionalidad y horizonte de comunión. Al inicio del Génesis se destaca ya el carácter y la vocación de solidaridad, la cual implica un permanente esfuerzo de liberación de todo egoísmo individual y grupal, de toda injusta desigualdad y tendencia segregacionista o excluyente; y, en positivo, la afirmación de todo paso hacia lo que significa comprensión, diálogo, encuentro, corresponsabilidad, fraternidad. El “otro” se interpreta como “otro yo”.

La participación es consecuencia de la solidaridad y de la corresponsabilidad que compete al ser humano en cuanto libre y protagonista en el mundo. Es derecho y deber. Ha de manifestarse desde lo societario más inmediato hasta lo más vastos y complejos societarios en los varios campos de la economía, la política y la cultura. Valoriza y promueve a toda persona y constituye un antídoto contra hegemonías, monopolios, liderazgos absorbentes y estructuras opresivas de organización social.

        La subsidiaridad favorece la corresponsabilidad en el tejido social. Ella “exige que las personas, las familias y las comunidades pequeñas o menores, conserven su capacidad de acción, ordenándola al bien común, y que el Estado y las diversas ramas de éste, realicen sólo lo que aquellas no estén en capacidad de ejecutar” (Concilio Plenario..., Contribución..., 106). Una práctica acertada de la subsidiaridad favorece la participación, la descentralización, el federalismo, la iniciativa de la sociedad civil, la eficacia oficial, al tiempo que previene contra el burocratismo y gigantismo estatales.

    Una sociedad solidaria, participativa y de subsidiaridad se sitúa en las antípodas de los regímenes tiránicos, dictatoriales y totalitarios. Favorece una democracia realmente participativa y una sociedad protagónica. Promueve un liderazgo multiplicador.

 

   

 

 

 

 

 


viernes, 25 de diciembre de 2020

¡SOBERANO, ELIGE!

     Con diciembre vinieron, por una parte, el evento de votación del 6 – calificado oficialmente de “elección” - el cual, según lo había advertido el Episcopado venezolano en Mensaje del pasado 15 de octubre: “lejos de contribuir a la solución democrática de la situación política que hoy vivimos, tiende a agravarla y no ayudará a resolver los verdaderos problemas del pueblo”.  Por la otra, la Consulta Popular con preguntas dirigidas al “soberano”, a fin de que éste decidiese sobre la continuidad o no del Régimen y el camino a seguir. Expresión dual de un país profundamente dividido.

    En efecto, en repetidas oportunidades me he referido a la Venezuela actual como un país esquizofrénico: dualidad de imágenes y de poderes, vías paralelas o contrapuestas que neutralizan la marcha positiva de la nación y la descalifican en el concierto internacional.

    Los Obispos de Venezuela no se han quedado en medias tintas a la hora del análisis de la situación y de propuestas para salir del desastre: de modo reiterado han denunciado causas y ofrecido respuestas, no soluciones que no les corresponde. Valga al respecto una cita de lo dicho en documento de julio 2019 y reproducido en otro del 10 de enero de este año: “Ante la realidad de un gobierno ilegítimo y fallido, Venezuela clama a gritos un cambio de rumbo, una vuelta a la Constitución. Ese cambio exige la salida de quien ejerce el poder de forma ilegítima y la elección en el menor tiempo posible de un nuevo presidente de la República. Para que sea realmente libre y responda a la voluntad del pueblo soberano, dicha elección postula algunas condiciones indispensables tales como: un nuevo Consejo Electoral imparcial, la actualización del Registro Electoral, el voto de los venezolanos en el exterior y una supervisión de organismos internacionales…igualmente el cese de la Asamblea Nacional Constituyente”.

    Las tres preguntas de la reciente Consulta Popular han ido en esa dirección reconstitucionalizadora y redemocratizante. El núcleo y horizonte de las mismas ha sido: realización de elecciones presidenciales y parlamentarias libres.

Como una idea fija he venido recalcando que, especialmente en situaciones de gravísima crisis nacional como la que confrontamos, el único que debe y puede definir el rumbo del país es el “soberano” (CRBV 5). No una persona, un partido, un grupo, otro Estado o determinada institución. El pueblo todo, con su poder constitucional, supraconstitucional, originario, es el llamado a definir, de modo libre e imperativo, el rumbo y la suerte de la nación. Añadiría que esto adquiere especial relieve cuando el tejido ético-político-jurídico nacional aparece enmarañado y en determinados problemas dificulta o imposibilita el llegar a consensos respecto de lo constitucional/inconstitucional, legal/ilegal, legítimo/ilegítimo. Sin olvidar que el foro se vuelve un batiburrillo cuando “la Revolución” pretende establecerse como norma suprema (norma normans) de ese tejido, columna vertebral de la conciencia cívica y de la convivencia social.

    ¿Puede entonces escandalizar, extrañar, sorprender que se apele al “soberano” cuando éste es el único a quien le compete tener la última palabra en situaciones como la presente venezolana? ¿No se corresponde una elección por parte del soberano (a diferencia de lo ocurrido el pasado día 6 y por eso ampliamente desconocida) con lo que la comunidad internacional espera como salida pacífica, constructiva, constitucional, democrática, a la crisis que sufre nuestro desvencijado y comatoso país?

    Esto es lo que todo el Episcopado nacional suscribió el 15 de octubre 2020 y que en estos momentos cobra trascendental relieve, constituyendo un ineludible desafío histórico: “La voluntad mayoritaria del pueblo venezolano es dilucidar su futuro político a través de la vía electoral. Esto implica una convocatoria a una auténticas elecciones parlamentarias y elecciones presidenciales con condiciones de libertad a igualdad para todos los participantes, y con acompañamiento y seguimiento de organismos plurales”.

    Este planteamiento lo hizo el Episcopado, no en perspectiva primariamente política, sino, fundamentalmente, ético-religiosa, plenamente enmarcada en su misión evangelizadora.

    El entrante 2021 debemos enfrentarlo y configurarlo como el año inicial del proceso de reencuentro, reconciliación y reconstrucción nacionales; como el despegue efectivo hacia la liberación y desarrollo integral de este país, que Dios nos ha regalado con un gran potencial, físico y ante todo humano, para ponerlo al mejor servicio de nuestro pueblo y de la solidaridad y la paz de la comunidad internacional.

    Uno clava un clavo. No una tabla. El clavo a clavar en este 2021 venezolano es: elecciones presidenciales y parlamentarias libres, bajo supervisión internacional.

 

   

 

 

 

viernes, 11 de diciembre de 2020

EL SOBERANO ORDENA

 



    La democracia, antes que un ordenamiento jurídico, es-ha de ser un espíritu, una actitud ético- cultural. Por ello una comunidad política, antes que a través de una simple información, debe cultivarla mediante una genuina educación. Las omisiones suelen pagarse con regímenes autoritarios y dictatoriales.

    Nuestra historia republicana ofrece ejemplos. Tiempos de convivencia democrática degeneraron en nominalismos que vaciaron a aquélla de substancia. La anti política resultó efecto y se convirtió en causa también de fragilidad republicana. La democracia -alguna vez escribí sobre el tema- es una planta que es preciso regar, podar, abonar; porque como un ser vivo, requiere cuidado. No se la puede  abandonar a su suerte ni abusar de ella. En la década de los 90´ me parece que se jugó demasiado con la destitución del Presidente y la improvisación de candidatos.

    La grave y creciente crisis del país en las dos últimas décadas tiene su causa principal en que el Régimen quiere imponer un estado totalitario. Denuncia reiterada desde hace años por el Episcopado venezolano. Baste una reciente: “el régimen se consolida como un gobierno totalitario, justificando que no se puede entregar el poder a alguien que piense distinto” (Exhortación 10 de julio 2020). Pocos venezolanos, también entre los líderes políticos, han sabido (¿querido?) identificar al que tienen enfrente, considerándolo en términos sólo de autocracia competitiva y otros maquillados. El Socialismo del SSXXI y su Plan de la Patria no han disimulado sus intenciones, ni disfrazado el tipo de sociedad que buscan construir. De la Constitución hacia abajo, todo lo subordinan a su “Revolución” de línea marxista, que condimentan con narcorrupción y otros ingredientes de explotación y dominación. La trágica condición de la gente no quita el sueño a la Nomenklatura.

    Antes de cualquier otro elemento de reflexión quisiera subrayar mi convicción esperanzada de un horizonte democrático para el país. Dios creó al ser humano para la libertad y ésta, de un modo u otro, abre caminos de liberación en la historia, a pesar de las contradicciones e inconsecuencias de un hombre, que es, no sólo limitado y frágil, sino también pecador, hasta que llegue al término de su peregrinar, la plenitud del Reino de Dios. Los “mil años del Tercer Reich” se dieron sólo en la perversa fantasía de Hitler, y la irreversible Revolución de Octubre se derrumbó con la Caída de un Muro. Omnipotente y eterno es sólo Dios.

Venezuela acaba de presenciar la gran farsa del 6D, cuyo resultado había sido “profetizado” por el Ministro de la Defensa. Para los conocedores de la naturaleza del Régimen no constituían ningún secreto las artimañas para asegurar los resultados. ¿Vicios del proceso? Innumerables. Ejemplos: integración monopólica del CNE, instrumentalización del TSJ y de la FA, espada de Damocles de la ANC, expropiación de partidos y símbolos, diputados y líderes opositores en exilio o prisión (en casos, con torturas), chantaje con cajas de alimentos y utensilios del hogar, hegemonía comunicacional, amenazas a empleados. Con todo, el absentismo masivo fue también deslegitimador patente del proceso. Por lo demás, era previsible por la magnitud de las carencias y del malestar de la población.

    Sobre consulta popular he venido hablando de ello desde bien antes del famoso 16J, como apelación necesaria y con plena justificación constitucional. Porque si la instancia máxima de decisión en una comunidad política es el soberano, como lo establece claramente nuestra Carta Magna (CRBV 5), al mismo se debe acudir, especialmente en momentos de gravísima crisis nacional -como la actual venezolana-, para definir el camino a seguir hacia una solución consistente. El soberano tiene, en cuanto tal, un poder que es originario y, por tanto, también supraconstitucional. Por ello las preguntas de la Consulta Popular que está en marcha se encabezan así: “¿Ordena usted?” “¿Rechaza usted?” No se pide una opinión, sino un mandato del soberano.

    La ilegitimidad de la llamada “elección” del 6D es manifiesta. Ahora esperamos que el soberano, hacia la tarde del próximo 12, festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, haya inaugurado el camino para salir del desastre global en que el Socialismo del Siglo XXI ha sumido este país.  

 

   

 

 

   

jueves, 26 de noviembre de 2020

CONSULTA POPULAR


     El 20 mayo 2018 hubo “elecciones presidenciales” en el país. La Conferencia Episcopal Venezolana, congregada en su 110º Asamblea General, publicó una exhortación (11 julio) en la cual expresó que dicho acto electoral, “a pesar de todas las voces -entre ellas la nuestra- que advertían su ilegitimidad, su extemporaneidad y sus graves defectos de forma, sólo sirvió para prolongar el mandato del actual gobernante”.

    Los Obispos agregaron: “La altísima abstención, inédita en un proceso electoral presidencial, es un mensaje silencioso de rechazo, dirigido a quienes pretender imponer una ideología de corte totalitario, contra el parecer de la mayoría de la población”.

    En el mismo documento se afirmó algo, que conserva plena vigencia en vísperas de viciadas elecciones parlamentarias manejadas por el Régimen: “Desde el Ejecutivo Nacional, la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente y el Consejo Nacional Electoral se pretende conculcar uno de los derechos más sagrados del pueblo venezolano: la elemental libertad para elegir a sus gobernantes en justa competencia electoral, con autoridades imparciales, sin manipulaciones ni favoritismos. Mientras existan presos políticos, y adversarios a quienes se les niega su derecho a postularse, no habrá proceso electoral libre y soberano”. Se subraya esta consecuencia: “Vivimos un régimen de facto, sin respeto a las garantías previstas en la Constitución y a los más altos principios de dignidad del pueblo”.

    Con respecto al evento electoral del próximo 6 de diciembre, el mismo Episcopado, en exhortación del 15 de octubre pasado, puso de relieve que dicho acto tiende a agravar la situación política nacional y está plagado de vicios, añadiendo que “aún deben realizarse las elecciones presidenciales” por haber sido ilegítimas las de 2018; de allí la necesidad de convocar unas auténticas elecciones parlamentarias y presidenciales “con condiciones de libertad e igualdad para todos los participantes, y con acompañamiento y seguimiento de organismos internacionales plurales”. Los obispos insistieron en que “las diversas organizaciones civiles, las universidades, los gremios, las academias, los empresarios y los trabajadores, las comunidades de los pueblos originarios y los jóvenes deben hacer esfuerzos en conjunto para restablecer los derechos democráticos de la nación”. A este planteamiento de los representantes de la Iglesia responde la Consulta Popular en marcha.

    Esta Consulta fue propuesta por la sociedad civil y aprobada por la Asamblea Nacional; se realizará en la primera quincena de este diciembre, reviste particular urgencia y tiene pleno fundamento constitucional ¿Hay algo más obligante y oportuno en el presente desastre nacional, que preguntarle al soberano, quien tiene poder propio, originario y constituyente (CRBV 5), qué ordena para comenzar la reconstrucción de este país? En situaciones como la presente es a él, y no simplemente al Gobierno, a partidos políticos u otras organizaciones, a quien le corresponde señalar el rumbo a seguir. La Consulta Popular será instrumento muy apto para un cambio positivo nacional (la que se tuvo en 2016 fue buena iniciativa, pero incompleta, pues, entre otras cosas, no se cobró; además, vivir de modo creativo es insistir sabiamente en objetivos válidos, máxime en escenarios cambiantes).  

    Frente a la dictadura militar de signo comunista, que busca a través del 6D imponer un Estado socialista, comunal, inconstitucional e inmoral, la Consulta Popular constituye un paso de primer orden hacia una Venezuela digna y próspera.

    Nos merecemos los venezolanos un 2021 sin presos políticos, sin torturados, sin muertos por hambre o deficiencia sanitaria, sin com-patriotas ex-patriados (5 millones por el momento), sin opresiva militarización  y expansiva “narcorrupción”. Nos merecemos un futuro con servicios públicos que funcionen, con un bolívar que valga algo, con luz y combustible básicos, con educación y comunicación libres; con un ambiente de emprendimiento, progreso compartido, desarrollo integral, alegría y esperanza, democracia y calidad ético-espiritual.

V    enezuela debe entrar ya al Siglo XXI después de la pesadilla involutiva de dos décadas. Ha de ser compromiso de todos. Dios primero.  


 


jueves, 12 de noviembre de 2020

GRITO ANTE EL 6D

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    Para el título escribí primero palabra y luego la cambié por grito, para subrayar la gravedad y la urgencia de aquella, en la encrucijada histórica que significa el próximo diciembre con sus proyectadas elecciones y consulta popular, por cierto, bajo una “espada de Damocles” de las más que posibles consecuencias sanitarias y sociales.  

    1.Lo que está en juego. Basta ser medianamente suspicaz para saber que el 6D no es simplemente elección parlamentaria. Es eso y a) su marco tramposo, fraudulento, que el Episcopado venezolano denunció ya en parte el pasado 15 de octubre, b) la omnipotente Asamblea Nacional Constituyente (ANC) que la acompaña y c) el Socialismo del Siglo XXI y el Plan de la Patria que la enmarcan. El resultado “está ya cantado” por el Ministro de la Defensa, siguiendo el guión de la pretensión de invencibilidad del Régimen, que no puede incluir una derrota. El 6D está pensado como prefacio de la aceleración del Estado Comunal y una reestructuración centralizante del poder militar comunista.

    2. Proyecto totalitario. En lo social se pueden distinguir tres ámbitos: económico, político, ético-cultural. En los fascismos o en las tiranías, dictaduras, autocracias competitivas y regímenes semejantes, el gobierno busca fundamentalmente el control político, pero lo demás, sólo parcialmente y en función de éste o de intereses circunstanciales. Un totalitarismo (del latín totum, todo) busca el control completo de los tres ámbitos. Ejemplos: nazismo, comunismo. Modelo cercano: Cuba. El Episcopado Venezolano repetitivamente ha denunciado el proyecto totalitario del Régimen, con calificativos, entre otros, de empobrecedor, militarista, represor, injusto, inhumano, así como de causante principal de la grave crisis del país (ver, por ejemplo, documentos de: 12.7.16, 5.5.17, 13.1.17, 12.1.18, 19.3.18, 10.1.20, 10.7.20). Ya en 19.10.07 había declarado como “moralmente inaceptable” la propuesta de reforma constitucional hacia un Estado Socialista de corte marxista-leninista.

    3. Error de interpretación. Importantes sectores de la sociedad civil y de los partidos opositores han errado en la exacta interpretación y calificación del Régimen y de allí, en buena medida, lo inútil, equivocado o contraproducente de ciertas estrategias, tácticas y actuaciones. A veces, hasta con pudor, se lo ha calificado sólo de populista, autocrático, dictatorial ¡Ojalá este Régimen siguiese un curso sólo dictatorial y no totalitario! Ese error de una gran parte de la disidencia ha facilitado dispersión de fuerzas, antropofagia suicida, pérdida de tiempo y de recursos.

    4. Consulta vinculante. Algunos hemos venido insistiendo, desde hace tiempo, en la necesidad y obligación de que en la presente situación de gravísima crisis nacional se le pregunte al soberano (CRBV 5) qué quiere para solucionarla, dado que él es el único poder originario y por ello constituyente, permaneciendo supra constitucional. Pregunta hacia una respuesta -hechas en la actual pandemia, por vía predominantemente digital, virtual-, las cuales no deben ser pura opinión, sino expreso mandato. (No pocos dicen que eso ya se hizo el 16J, pero éste tuvo otro escenario y ha quedado bien atrás; además, falló en aspectos substanciales como el no haberse “cobrado”. Insistir es vivir). La Asamblea Nacional ha acogido la Consulta, ya en preparación. El tiempo es corto y vuela, pero organizando bien el trabajo y conjugando esfuerzos, se puede motivar y movilizar una proporción notable de la gran mayoría ciudadana, la cual adversa al Régimen. Para ello, las preguntas que se hagan han de ser pocas, simples, claras, fundamentales, con miras a respuestas generadoras de un cambio efectivo, factible, rápido;  deben versar, por tanto, sobre 1) el cese inmediato del Presidente  y de la ANC ilegitimados en su ejercicio, 2) la designación de quien inmediatamente presida y forme nuevo gobierno,  pudiendo ser el actual Presidente encargado y reconocido internacionalmente; 3) la organización de elecciones presidenciales y parlamentarias en el lapso de 1 año; 4) la supervisión internacional (ONU, OEA, UE) en todas las fases del proceso electoral.

    Es hora de gran lucidez y generosidad para sacar adelante el país. De unión afectiva y efectiva que dé prioridad al bien común y atienda a la trascendencia histórica del momento. Dios grande y misericordioso, por su Espíritu, nos ilumine, anime y proteja ante este desafío de salvación nacional.