jueves, 19 de agosto de 2021

REFUNDACIÓN CONSTITUYENTE

    La Conferencia Episcopal Venezolana en su Asamblea Plenaria de julio pasado retomó la refundación nacional, planteada días antes (22 de junio) por la Presidencia del Episcopado como “urgente necesidad”. Subrayó a tal fin la necesidad de “unir esfuerzos para que haya una verdadera participación de todos los ciudadanos” (Exhortación pastoral (12. 7. 2021).

    Refundación, reconstrucción, aunque de distinto nivel semántico, son términos de sustancial significado. Tocan lo básico y causal de un proyecto, institución o estructura. No se refieren a elementos accesorios, secundarios, consecuenciales. Van a la raíz, al fundamento  del asunto; no se quedan en las  ramas. Un ejemplo concreto de lo contrario lo tenemos en las elecciones programadas para gobernadores y alcaldes en el próximo noviembre, las cuales son, en nuestra actual coyuntura, más una expresión vacía de una ritualidad institucional, pues no encaran  la causa principal de la tragedia nacional ni constituyen un paso directo decisivo hacia la solución de la gravísima crisis.

    Pienso que la refundación planteada por el Episcopado -deliberadamente general como “imperativo moral” a ser concretado políticamente,  so pena de nominalismo-  pudiera comenzar de modo  efectivo por algo que, surgido desde la sociedad civil, va cobrando cuerpo como medio factible, serio,  próximo: una Asamblea Constituyente. En las líneas que siguen, a título personal y como obligante servicio ciudadano, expondré algunos elementos relativos a la misma en cuanto a justificación, condiciones, beneficios.

    1.En situaciones de máxima crisis, profunda división y grave desconcierto de la comunidad política, el pueblo soberano (CRBV 5) debe decidir el rumbo del país (concepción y estructura del Estado, pautas básicas electorales para reinstitucionalización, decisión sobre el timón del gobierno y medidas básicas urgentes de reconstrucción…).

    2.Sólo el pueblo soberano con su poder originario, constituyente, puede resolver, con su libre mandato, la actual esquizofrenia institucional, así como el enredo paralizante y destructor de inconstitucionalidades, ilegalidades e ilegitimidades que se alegan y pueden alegarse con respecto a los actuales órganos del poder público (¡nudo gordiano que exige solución a lo Alejandro Magno!).

    3.La Asamblea Constituyente integraría de modo más directo, ágil y sólido, lo que buscan otras propuestas pacíficas (referendo revocatorio, elecciones generales…). Por su génesis y naturaleza mismas, la Asamblea constituiría un encuentro pluralista, promesa de convivencia pacífica, democrática.

    Es obvio que a una Asamblea Constituyente nacional integradora no se puede llegar sin atender a ciertas condiciones básicas, fruto del protagonismo ciudadano y de voluntad política de diálogo y negociación, como las siguientes:

    a) Consistente respaldo interno por parte de la ciudadanía articulada como sociedad civil organizada y expresiones partidistas. 

    b) Claro y efectivo apoyo de entes internacionales indispensables, comenzando por OEA, ONU, UE y   una representación calificada de países democráticos que supervisen el proceso y garanticen el respeto de sus resultados.

    c) Un ente plural y transparente que organice el proceso, generando la más amplia confianza.

    “Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá subsistir” (Mt 12, 25). Son palabras del Señor Jesús, quien subrayó el amor (que es encuentro, compartir, hecho “amistad social” según agregaría el Papa Francisco) como su mandato en el postrer mensaje de la Última Cena. Es significativo además que Simón Bolívar postulase la unión como voluntad y anhelo testamentarios. La crisis venezolana es, fundamentalmente, una falta de unión, de reconocimiento mutuo, de solidaridad y fraternidad. De allí, injusticias, exclusiones, expatriaciones. La crisis no es principalmente ausencia o desarreglo de cosas, sino de desencuentro personal y social; por ello requiere, ni más ni menos, una “refundación nacional”.

    Refundar el país es, radicalmente, reconstituir la projimidad, reconstruir “puentes” de comunidad. Una Asamblea Constituyente debe ser el inicio de un gran reencuentro de nuestra polis venezolana.

 


sábado, 31 de julio de 2021

SOTANAS Y POLÍTICA

     El título de estas líneas debería ser “Iglesia y política”; lo pongo así porque alguien del Régimen se ha servido de dicho binomio para descalificar un mensaje.

    El acusar de intromisión religiosa en política no es nada nuevo. A Jesús le achacaron querer suplantar al Emperador romano; por eso sentó el principio “dad a César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12, 17).

    Una pregunta nos sirva para buscar luz en el presente asunto: ¿Puede-debe la Iglesia meterse en política? Para responder es menester definir antes qué se entiende por Iglesia y por política. Precisar términos es algo que cuando no se hace, es causa de no pocos malentendidos y de interminables y encendidas discusiones, al final de las cuales, alguno de los interlocutores expresa: “pero eso es lo que yo quería decir” ¿Y entonces por qué no lo dijo en su momento?

    La referida pregunta puede responderse tanto afirmativa como negativamente. Depende de lo que entienda por Iglesia y por política; aquí surgen dos tríadas de interpretaciones. Política puede significar a) “lo político” como una dimensión fundamental de lo humano -de naturaleza social- y por tanto lo relativo a la comunidad política (polis); b) el poder o autoridad en la misma; c) la organización y actividad de los partidos políticos, que buscan el acceso al poder o su recuperación. Por Iglesia, puede entenderse a) la comunidad de todos los creyentes y bautizados; b) el sector jerárquico en ella (obispos-presbíteros y diáconos); c) los laicos o seglares, los cuales constituyen la casi totalidad de la Iglesia. Surgen consiguientemente varias composiciones o relaciones, que determinan el que las respuestas sean afirmativas o negativas.

    Si por Iglesia se entiende la comunidad de los bautizados y creyentes y por política la participación en la polis, resulta obvia y obligante la respuesta afirmativa, por la condición social del ser humano y porque el compromiso social, caritativo, es una de las dimensiones de la evangelización (=misión de la Iglesia); a ésta, sin embargo, no le corresponde la política en sus acepciones tanto de ejercicio del poder como de praxis partidista. En lo que toca a la Jerarquía eclesiástica, ella, por lo ya dicho, ha de participar en lo político en su sentido primero, pero no en el de poder ni en el de actividad partidista. En cambio a los laicos les corresponde la política en las tres acepciones, pues lo peculiar de ellos como cristianos, es su presencia transformadora en las realidades temporales; y según su vocación, de acuerdo a capacidades, circunstancias y oportunidades, han de entrar en el ejercicio del poder político y en la acción partidista. Cabe añadir, en cualquiera de las relaciones, que el conflicto y, por ende, la ineliminable posibilidad del ejercicio de la fuerza y hasta de la violencia, han de encararse con gran realismo y en perspectiva humanista

    Con respecto a lo de “sotanas” en política conviene traer aquí algo del Directorio para el ministerio pastoral de los obispos emanado de Roma: “El Obispo está llamado a ser un profeta de la justicia y de la paz, defensor de los derechos inalienables de la persona, predicando la doctrina de la Iglesia, en defensa del derecho a la vida, desde  la concepción hasta su conclusión natural, y de la dignidad humana; asuma con dedicación especial la defensa de los débiles y sea la voz de los que no tienen voz para hacer respetar sus derechos” (No. 209). Los obispos Rafael Arias Blanco en Venezuela y San Oscar Arnulfo Romero en El Salvador no tuvieron que quitarse la sotana, antes bien, debieron ajustarla, para ser coherentes con su misión.

    Y una última observación con respecto a los laicos En virtud de su bautismo, están llamados a ser protagonistas en la construcción de una nueva sociedad, en la verdad y la libertad, en la justicia y la solidaridad, en la fraternidad y la paz, obedientes al mandamiento máximo del Señor. Esto ha de subrayarse, especialmente en situaciones como la presente de Venezuela, de grave crisis global y en la cual se quiere imponer un proyecto totalitario comunista. Para ello los laicos han de formarse lo mejor posible y actuar con la mayor lucidez y responsabilidad. Están obligados a demostrar en la polis, con obras de bien común, su fidelidad a Dios Amor; deben ser, allí, la presencia real, viva y eficaz de la Iglesia.

    La misión de la Iglesia es la evangelización, una de cuyas dimensiones es contribuir a la construcción de una “nueva sociedad”, de libertad, solidaridad y paz.

 

 

jueves, 15 de julio de 2021

OBJETIVO RADICAL


    Raíz traduce el substantivo latino radix, del cual se deriva el adjetivo radical, que significa entonces “lo que va a la raíz, al fondo, de algo”.  Es lo implicado por el término afín de refundación, evocador de “fundamento” y planteado por el Episcopado venezolano en sus últimos documentos, como compromiso necesario y urgente que requiere el país, sumergido en gravísima crisis.

    En sectores importantes de la sociedad civil se había venido considerando la necesidad de un proceso constituyente, según lo previsto por los artículos 347- 349 de nuestra Constitución. La refundación de nuestro país postulada actualmente por los Obispos asume de algún modo ese proyecto y lo anima, aunque, como es de suponer, lo enriquece y trasciende en cuanto a las exigencias éticas y espirituales, tanto personales como sociales, que han de acompañar dicho proceso político tendiente a cambios estructurales, máxime tras la experiencia del régimen actual que nació al amparo constitucional de tal consigna.

    Para noviembre se tienen previstas elecciones (o, mejor, votaciones) para gobernadores y alcaldes, en condiciones que, muy previsiblemente si no hay un “giro copernicano” en las mismas, ofrecen flancos débiles en cuanto a legitimidad, libertad y transparencia. En todo caso, en lo que toca a lo central de las presentes reflexiones sobre refundación nacional, esas votaciones no van a lo nuclear de la crisis, a la substancia del drama de Venezuela. Por cierto que la agudización en marcha de la represión y la desinhibida exhibición del fantasma comunal, adelantan que el venidero proceso de votación será sólo epidérmico, cosmético, cuyo interés primordial es un disfraz democrático para el mercado exterior. No enfrenta lo medular doloroso del desastre ni abre caminos efectivos para superarlo.

    En efecto, la intención totalitaria del Socialismo del Siglo XXI con su Plan de la Patria se mantiene. La preocupación básica oficial confesa es conservar y acrecentar el poder. La suerte de la gente poco o nada importa. De allí que el deterioro de las condiciones de vida, el desastre de los servicios públicos, el despoblamiento del país, la asistemática y “politizada” atención a la pandemia, la militarización del tejido ciudadano junto a la inseguridad y maltrato del pueblo, la hegemonía comunicacional y el desmantelamiento educativo … continúan. El valor del bolívar va parejo a la devaluación de la calidad de vida.

En cuanto a dimensiones y campos institucionales de la necesaria refundación se debe tomar en serio lo que el Episcopado subraya en cuanto a actitudes y comportamiento de nosotros los venezolanos. Es ilusorio, en efecto, pensar en cambio estructural sin implicación personal, como condición necesaria pero no suficiente. La corrupción exige control de los corruptos; la corresponsabilidad y la solidaridad no se importan; la libertad y la paz se fraguan en las conciencias; la convivencia se teje con buenos y mejores “prójimos”. Sin familias sólidas y educación humanizante, una reconstrucción se quedará en simples intenciones o flacas realizaciones.

    La refundación exige, obviamente, renovar y cambiar estructuras. El soberano (CRBV 5) puede y debe actuar novedades indispensables para la reconstrucción de la República democrática y una reorientación humanista del Estado, comenzando por designar los conductores claves del poder público nacional, para salir de la presente esquizofrenia-maraña institucional. Sin pretender jerarquizar o totalizar elementos, valgan algunos ejemplos:  desconcentración estatal, reforzando lo no oficial (empresas, servicios…) y acrecentando lo federal; equilibrio de poderes, superando el gigantismo ejecutivo y la instrumentación del poder judicial; volver al bicameralismo, acentuar el parlamentarismo y acercar el poder municipal a la gente a través de una racional multiplicación; control parlamentario del sector militar; reformulación de lo minero y petrolero, en línea de ecología integral y diversificación económica; asegurar a través de medios oficiales y privados un efectivo servicio nacional de salud; en resumen, una institucionalidad política, jurídica y administrativa coherente y eficaz.  Priorizar la educación, subrayando la formación en valores, el desarrollo de la inteligencia y la actualización tecnológica. Como perspectiva general, justicia social y atención privilegiada a los más necesitados en el marco de una sociedad libre, solidaria, democrática, pacífica.  

    Objetivo radical frente a la gravísima realidad global: que el soberano, con decisión constituyente, defina el destino de este país. Refunde la nación.

 

 

jueves, 1 de julio de 2021

REFUNDAR LA NACIÓN PIDEN LOS OBISPOS

 

    REFUNDAR LA NACIÓN. Así, en letra capital, leo lo que la Presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana acaba de plantear en su Mensaje del Bicentenario de Carabobo (22 de junio), como “urgente necesidad”,

    Refundar, verbo cargado de significado, dice re-creación, re-constitución de una de sociedad o institución, de un proyecto o empresa. Va a las raíces y a la estructura fundamental de una entidad, superando lo que se limita a simple reforma. 

    Nuestra Carta Magna de diciembre de 1999 tiene en su Preámbulo una solemne refundación: “El pueblo de Venezuela, en ejercicio de sus poderes creadores (…) con el fin supremo de refundar la República para establecer una sociedad democrática (…)  en ejercicio de su poder originario representado por la Asamblea Nacional Constituyente mediante el voto libre y en referendo democrático, decreta la siguiente CONSTITUCIÓN”. Allí aparece ésta como “la norma suprema y el fundamento del ordenamiento jurídico” (CRBV 7) de la nación, de la República, del Estado y se identifica, además al sujeto de facultad tan trascendental como la constituyente (CRBV 5).

    Venezuela, de facto y lamentablemente, ha sido una cosa distinta de lo entonces decretado y proclamado por la Asamblea y aprobado por el pueblo mediante referendo. La Constitución, en lo substancial -basta leer el Preámbulo y los Principios Fundamentales- quedó en puro nominalismo, subordinada a la interpretación y la manipulación absolutistas del Régimen Socialista Siglo XXI y su Plan de la Patria.

    Los Obispos, luego de recordar la significación histórica de Carabobo, acentúan el legado que dejó y, sobre todo, el desafío que nos plantea a los venezolanos de hoy. Luego de un análisis de la situación, y de una reflexión sobre el deber ser y quehacer, formulan una propuesta concreta fundacional para reconstruir y reorientar el país. En ello buscan integrar, sin confundir, su corresponsabilidad como ciudadanos, su obligante tarea liberadora como cristianos, así como su ineludible responsabilidad pastoral. Sintetizando el Mensaje según la secuencia del ver-juzgar-actuar encontramos lo siguiente:

    1.Situación nacional. Profunda crisis, agravada por la pandemia, la cual ha encontrado caldo de cultivo en el deterioro de los servicios públicos y de salud en particular, y exige determinar un plan de vacunación global. Entre otros serios problemas destacan: empobrecimiento, hiperinflación, emigración masiva. Denuncia grave: “La paulatina implantación de un sistema totalitario propuesto como Estado comunal busca poner al margen el protagonismo del pueblo, verdadero y único sujeto social de su propia existencia como Nación (…) se pretende imponer una nueva visión y un modelo diversos al de la democracia participativa y protagónica propuesto en la Constitución”.

    2. Reflexión. Tarea hoy, con mirada de futuro, es la reconstrucción del país. Se ha de poner de relieve el “protagonismo de todos los miembros del pueblo venezolano, único y verdadero sujeto social de su ser y quehacer (…) Los dirigentes políticos no están sobre el pueblo ni pueden reducir sus acciones a la búsqueda de acuerdos que sólo los favorezcan a ellos”. En esta tarea la Iglesia ofrece su acompañamiento a partir de la Palabra de Dios y la Doctrina Social de la Iglesia; dentro de la comunidad eclesial a los laicos toca un papel peculiar, dada “su índole secular”, y a los pastores corresponde una labor de solidaridad y animación con características políticas pero no partidistas.

    3. Acción. “Los oscuros nubarrones que se ciernen sobre el país y las consecuencias de malas prácticas políticas de los últimos años plantean la urgente necesidad de REFUNDAR LA NACIÓN”. Los Obispos invitan a todos los venezolanos a dar este “paso necesario e impostergable (…) con los criterios de la ciudadanía e iluminados por los principios del Evangelio”.

    Abundan proclamas, encuentros, fantaseos, propuestas y proyectos parciales de cambio, mientras el tiempo corre con el atornillamiento del Régimen, en medio de un agravarse del desastre nacional, en el que imperan la esquizofrenia institucional, la ausencia del estado de derecho y una multiforme corrupción. La Presidencia del Episcopado Nacional, coincidiendo con iniciativas surgidas en la sociedad civil, hace hoy en su Mensaje un planteamiento concreto, efectivo, factible, democrático, hacia la solución de la crisis global venezolana: refundar la nación. Va a las raíces del problema y apela a quien corresponde actuar con decisión originaria, constituyente: el pueblo soberano. El 5 de julio ha de encontrarnos a los venezolanos desplegando velas hacia tan urgente objetivo.    

 

jueves, 17 de junio de 2021

CONSTITUYENTE: CLAVO Y RESTEARSE

 

    En crisis de máxima gravedad nacional como la presente urge que el soberano (CRBV 5) decida, en acto originario, constituyente, el rumbo que ha de tomar el país, para salir de la debacle, reconstruirse y reorientarse. Venezuela padece, en efecto, una esquizofrenia institucional, manifestada en paralelismo de poderes públicos, multiforme alegato de ilegitimidades, ilegalidades, inconstitucionalidades, enmarcado todo ello en un extremo deterioro económico, político y ético cultural. La pandemia, oficialmente instrumentalizada para encubrir fallas y controlar más al pueblo, empeora la situación.

    El próximo bicentenario de la batalla de Carabobo nos encuentra preguntándonos para qué han servido el derramamiento de sangre y tanto sacrificio de vidas y recursos durante el proceso independentista y los enfrentamientos fratricidas del período republicano. Proclamas y desfiles celebrativos como los programados para el próximo 24, antes que aparecer como positivos festejos patrios semejan farisaicas operetas. El escenario nacional es de territorio neocolonizado, compartido por mafias y guerrillas, en patente ecocidio y abandono, con una población oprimida, empobrecida, en postración sanitaria y en plan de emigración. Prioridad del Régimen, que de facto ejerce el poder, no es el bienestar de la gente, sino la imposición a ésta, de un proyecto socialista-comunista.

    Desde que se instalaron quienes dicen que vinieron para quedarse, Venezuela no ha gozado de un tiempo aceptablemente pacífico; ha sido de permanente conmoción, saturado de lemas como “revolución o muerte” y una progresiva militarización; la población, o se resigna a la dominación y el empobrecimiento, o resiste y ha de afrontar marginación, persecución, expatriación.

    ¿Cómo salir de la tragedia y encaminarse a un futuro vivible, digno? ¿Cómo recuperar la convivencia democrática y un hábitat favorable al progreso? La historia de estas dos décadas registra múltiples intentos de solución, con sus más y sus menos, aciertos y desaciertos, que han dejado un abultado inventario de muertos en calles y cautivos en prisiones, así como de frustraciones y desencantos. Hay una fuerte carga de dolor y lágrimas en todo lo que va de este nuevo siglo-milenio (en el cual, por cierto, parece que todavía no hemos ingresado).

    Más de una vez he planteado que para salir del desastre es indispensable identificar un “clavo” operativo y “restearse” con él. Entendiendo por “clavo”, un objetivo claro, efectivo, pacífico, factible; y por “restearse”, un comprometerse serio con él. Un clavo se puede clavar, lo que no sucede con una tabla, que dispersa fuerza, presión y energía. “Restearse” significa insistir, persistir, sin girar como veletas y revolotear como plumas en el viento. Han abundado proyectos, logros incompletos, inconsecuencias, así como fantasías, improvisaciones y pare de contar. Con liderazgos aspirantes a cabezas de ratón y no colas de león. Infidelidades han proliferado por causas que van desde el ceder a insoportables presiones hasta la auto venta pura y simple. Sólo Dios, que conoce lo más íntimo de las conciencias, es juez infalible.

    Estimo que en la presente circunstancia el “clavo” (o instrumento apto para iniciar eficazmente la salida de la crisis) consiste en que el soberano (él, no el gobierno, un partido o cualquiera otro) defina libremente la suerte del país con una decisión constituyente, a la altura del poder completo, originario, fundante, que le corresponde. Una tal decisión, semejante al tajo con el que Alejandro Magno deshizo los enredos del nudo gordiano, permitiría iniciar eficazmente la salida del empantanamiento político (confusión de competencias, marasmo jurídico, inflación y anarquía de normas y organismos) y abordar, entre otras, cuestiones estructurales del Poder Público que sólo a ese nivel pueden tener solución. Un día como el 24 de junio tendría una fuerte carga simbólica para justificar una toma de posición con respecto al “clavo”

    Al soberano le corresponde decidir asuntos que tocan la entraña misma de la nación y la configuración esencial del Estado. Ahora bien, abrirle paso a sus decisiones nos exige a todos los ciudadanos superar visiones inmediatistas y sectarias y consolidar a Venezuela en la línea que acertadamente precisa la actual Constitución en sus Principios Fundamentales (ver Artículos 1-4.6).   

 

     

 

 

 

  

  

domingo, 6 de junio de 2021

PAPÁ ESTADO

 


    El surgimiento del Estado como estructura política es un producto tanto natural como convencional del desarrollo societario. En efecto, se funda en la condición social del ser humano, creado por Dios como relacional y dialogante, y, por otra parte, es fruto de acuerdos en base a experiencias y proyectos históricos. Necesidad y creatividad se conjugan.

    No es de extrañar, por tanto, las varias interpretaciones acerca del origen y sentido del Estado, así como de contradicciones en su manejo. Esto es patente en el caso del marxismo, el cual, junto al anuncio profético de la disolución o desaparición del Estado con el socialismo-hacia-el- comunismo, registra en la práctica una feroz acentuación del poder estatal. Es ambigua esta frase del Manifiesto del Partido Comunista de 1847: “Una vez que en el curso del desarrollo hayan desaparecido las diferencias de clase y se haya concentrado toda la producción en manos de los individuos asociados, el Poder público perderá su carácter político”.

    El filósofo Hobbes dos siglos antes había hablado del Leviatán como figura del Estado dominador, soberano inapelable, concentrador de todos los poderes, concepto que, por cierto, corresponde bien a totalitarismos surgidos en nuestra contemporaneidad (fascismo, nazismo, comunismo). Hegel con su absolutización del Estado no habría de favorecer un auténtico desarrollo democrático. Rousseau, en cambio, en al Contrato Social, había intentado armonizar la soberanía popular con una autoridad sólida pero mera mandataria de la Voluntad general. La reflexión y la experiencia histórica registran desarrollos positivos y también involuciones en cuanto a relacionamiento persona-Estado, que, como realidad temporal, está en permanente “crisis”, acentuada ahora por la globalización.   

    Según la Doctrina Social de la Iglesia -que no es un código cerrado confesional, sino conjunto dialogalmente abierto de principios, criterios y orientaciones para la acción- la persona es anterior al Estado, el cual ha surgido connaturalmente y debe estar al servicio de la persona. Entendida ésta, obviamente, no como un ente aislado y auto referencial, sino como ser social y cuyos intereses deben proyectarse en el bien común. De allí el imperativo de la participación y la subsidiaridad como expresiones de irrenunciable protagonismo ciudadano.

    Hoy en día, agresiones serias a una sana relación persona-Estado suelen disfrazarse con el atractivo metalenguaje de “poder popular”. Ejemplo patente lo ofrece el Plan de la Patria 2019-2025 de Venezuela, que presenta engañosamente lo comunal como expresión efectiva del pueblo en la construcción del Nuevo Estado Popular Revolucionario. Las grandilocuentes especificaciones de dicho Plan nos recuerdan el florido vocabulario de Mao Tse Tung en la época de las grandes masacres chinas.

    El vocablo socialismo, que, de por sí, sugiere compartir, participar, distribuir el poder, históricamente se ha concretado en Estados centralizadores, en nomenklaturas cerradas, hegemónicas y despóticas, que bastante han hecho sufrir a pueblos enteros. Es lo que sucede hoy en la Venezuela del Socialismo del Siglo XXI.

    Perversión ética y política es tomar el poder para imponer una ideología y mantenerse en él a toda costa. Se asume el Estado como papá, en el sentido de patriarca impositivo, agente de proyectos sectarios, opresivos. Lo que ciertos grupos no son capaces de lograr en competencia limpia y riesgosa en la arena democrática, buscan imponerlo mediante la autoridad del Estado con el soporte de su fuerza armada. Esto de refugio en el papá Estado para la aprobación de proyectos de minorías se está dando también a nivel internacional en sectores del ámbito cultural. Un caso patente es el del multiforme conjunto denominado “ideología de género” con su plan deconstructor de la vida, la familia y la educación. Se acude al Leviatán como eficaz brazo operativo.

    Un humanismo auténtico y una “nueva sociedad” entrañan un relacionamiento social, respetuoso de la dignidad y los derechos fundamentales de la persona, orientado al bien común y en el marco de un Estado de derecho, democrático, participativo. El Estado tiene su origen y sentido en el ser humano mismo, libre, responsable, social, histórico y abierto a la trascendencia. El Estado existe y debe actuar en función de la persona y ésta, al servicio del prójimo.

jueves, 20 de mayo de 2021

DE HABITANTE A CIUDADANO

     Cuando emprendemos una reflexión conviene a veces recordar el sentido de términos cuyo contenido parece obvio, ya que pueden manifestarse reveladores.

    El Diccionario de la Real Academia nos dice sobre habitante: “Cada una de las personas que constituyen la población de un barrio, ciudad, provincia o nación”. Y con respecto a ciudadano: “El habitante de las ciudades antiguas o de Estados modernos como sujeto de derechos políticos y que interviene, ejercitándolos, en el gobierno del país”.

    El ser habitante constituye, por tanto, simplemente un hecho; pero la condición de ciudadano plantea un compromiso. La conclusión suena evidente: un Estado democrático no resulta de la pura suma de habitantes, sino que es fruto de un propósito compartido, de convicciones y decisiones personales.

    Cuando uno “ve” la situación de Venezuela, percibe que la profunda crisis no ha sido fruto de la fatalidad, sino de deberes no asumidos y derechos no ejercidos. Si la Atlántida desapareció por un cataclismo, la Venezuela democrática vivible no se ha desarticulado por tsunamis o cosas por el estilo; muchos pecados de acción y omisión se acumularon y siguen dañando. Mas de una vez hemos lamentado la desaparición en la escuela de una materia que se llamaba Moral y Cívica y más recientemente de otra denominada Educación Religiosa Escolar (Programa ERE). Los partidos democráticos descuidaron la formación de cuadros y en la Iglesia no se puso la atención debida a una formación generalizada en su Doctrina Social. Se olvidó que una convivencia democrática es como una planta viva, que es preciso regar, abonar, podar, para que se mantenga y desarrolle. En los ´90 hasta se llegó a jugar con ella, quitando y poniendo alegremente presidentes y candidatos.

    La realidad política nacional aparece como una ensalada de constitucionalidad e inconstitucionalidad, legalidad e ilegalidad,  legitimidad e ilegitimidad, que ha llevado a esquizofrenias en la intelección y manejo de la res publica. Se dan confusiones e indeterminaciones, que se reflejan en diálogos sin marco preciso y fundamento firme. Por otra parte, presupuestos ideológicos como el priorizar la Revolución y lemas como “Patria, Socialismo o Muerte”, han venido a mitificar, pervirtiendo, lo contingente.

    En mi reciente pequeño libro sobre, “Doctrina Social de la Iglesia”, he reproducido en anexos la Declaración Universal de los Derechos Humanos del ´48, así como el Preámbulo y los Principios Fundamentales de la tan cacareada y zarandeada Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Dos personajes notables pero desconocidos de la tragedia nacional, a los cuales es preciso poner en escena. Nadie ama y exige, en efecto, lo que no conoce. Y los regímenes autoritarios, dictatoriales y de corte parecido como el Socialismo del Siglo XXI, propician la ignorancia en este campo ético-político para que opresión marche sobre ruedas.

    Se habla grandilocuentemente de participación, protagonismo y cosas por el estilo, pero el conocimiento y la praxis en este campo es paupérrima, por decir poco. Por ello la gente suele considerar como regalo lo que es simple derecho; y como de poca monta o no imperativo lo referente a deberes.

    Hay una frase estupenda: al “hay que”, debo cambiarlo por el “tengo que” y entrar en acción para poder decir “estoy en”. Esperamos cómodamente que (líderes, gobernantes…otros) nos cambien el país. Nos contentamos con ver pasar trenes, sin montarnos en ellos y buscar conducirlos (en lo poco o mucho que podamos hacer). “No somos suizos” es frase corriente, que trata de encubrir nuestras fallas y omisiones culpables.

    ¿Cuántos habitantes tiene Venezuela? ¿Con cuántos ciudadanos cuenta Venezuela? Regímenes como el opresor actual no son fruto de la fatalidad, la mala suerte o cosas por el estilo. Son producto de quienes nos consideramos ciudadanos y no ejercemos esta profesión. Nos contentamos simplemente con habitar el país -sin cuidar, por cierto, de su hábitat-.

    Ciudadano es el que entiende la ciudad, polis, como cosa propia. En este sentido ser verdadero ciudadano es ser auténticamente político. Y para ello es preciso formarse. Y actuar. Asociándose en algún grupo o partido político, o no; en funciones del Estado o no. Pero siempre como participante y protagonista.