martes, 21 de junio de 2022

¡SOBERANO, PRESENTE!

 

    La Constitución, marco jurídico fundamental del Estado venezolano, define en su artículo quinto el sujeto de la soberanía nacional: el pueblo, depositario también del poder constituyente originario (artículo 347).

    El soberano del que hablamos ahora es el sujeto humano protagonista de la organización y manejo de la comunidad política; su soberanía es institucional, histórica. No se trata, por tanto, de soberano en términos absolutos, trascendentes, del cual se ocupa la filosofía y que se identifica con el creador y providente divino, adorable según el primer mandamiento del Decálogo. El absoluto supremo, por cierto, viene a ser para el creyente el fundamento último de la legitimidad del soberano histórico, así como de la dignidad y los derechos humanos básicos del ser humano; se convierte así en defensa indestructible frente a toda pretensión totalitaria, tanto por parte de regímenes despóticos (tipo nazi, fascista o comunista), como también de mayorías circunstanciales en los sistemas democráticos.

    La crisis venezolana que nos envuelve, es profunda y global. Y el plan oficial que la maneja es -los Obispos lo han explicitado repetidas veces- de tipo totalitario (no sólo autocrático o dictatorial). Nuestro panorama político actual semeja un “nudo gordiano” (“quilo de estopa”, en buen criollo), en cuanto enredo de ilegitimidades e inconstitucionalidades, de esquizofrenias y bicefalias con sus inevitables consecuencias internacionales. Todo ello mientras el desastre nacional se acentúa y los primeros pagadores de los platos rotos son, como siempre, los más vulnerables socio-económicamente. En la mayoría disidente se exhibe una notable fragmentación político-partidista; ésta, al igual que el síndrome de Estocolmo, es eficientemente promovida por el Régimen militar socialista, bien capacitado en la pedagogía del amedrentamiento y la sumisión-. El “vinimos para quedarnos” no es ya la simple consigna de los tradicionales gobiernos despóticos, sino que responde también y lógicamente al dogmatismo marxista de la irreversibilidad hacia el comunismo.

    Siendo así las cosas no resulta extraño el urgente llamado a la “refundación nacional” hecho el año pasado por el Episcopado y que, lamentablemente, no ha encontrado en el amplio campo de la oposición el respaldo y la implementación deseables. Desconcertante resulta también la ilusión de no pocos grupos ante las votaciones (no elecciones) de 2024, mientras se juega con un “diálogo” que no acaba de fraguar, porque carece de apoyo efectivo por parte del principal interlocutor, ideológica y pragmáticamente desinteresado en participar. Con los instrumentos (CNE, SGCIM, TSJ, AN, Alto Mando FA, etc.) y la “jurisprudencia” de que dispone el Régimen, unas elecciones no pueden ser otra cosa que una comedia. El tablero internacional, a raíz de la invasión de Ucrania, tampoco ofrece un marco favorable para una salida pronta y democrática a la crisis de la petrodependiente Venezuela.  

    Quien esto escribe ha insistido, buscando una salida positiva para el país, en la identificación un clavo-solución y la unión de fuerzas para clavarlo, sin perderse en multiplicidad de propuestas y candidaturas. Por eso recuerdo y subrayo algo ya planteado como vía de solución legítima y efectiva: la intervención del soberano con un acto constituyente, que corresponde a su potestad completa y originaria (Constitución, artículos 5, 347-349). ¡Que todos los compatriotas (de cualquier ideología, opinión, alineación político-partidista, profesión u ocupación) residentes aquí o emigrados, elijan qué país quieren!

    El Episcopado nacional exhortó, con ocasión de los 200 años de Carabobo: “Nuestra mirada ha de dirigirse al futuro, no como si se esperaran nuevos mesianismos o se le viera con resignación fatalista (…) Esto conlleva promover la conciencia del protagonismo de todos los miembros del pueblo venezolano, único y verdadero sujeto social de su ser y quehacer”.  Que el pueblo actúe como soberano. Y punto.

martes, 7 de junio de 2022

ANTROPOLOGIA TRINITARIA


    Antropología etimológicamente significa estudio o tratado acerca del hombre. Éste, por su pluridimensionalidad -se lo ha calificado de microcosmos- puede considerarse desde una amplia variedad de ángulos, desde el físico y biológico hasta el más espiritual y trascendente, como lo testimonia la historia del pensamiento.  El término trinitario se emplea aquí en referencia directa a la afirmación (misterio) central de la fe cristiana: la tripersonalidad del Dios uno y único. Hablar de una antropología trinitaria equivale a reflexionar, por tanto, sobre el ser humano a la luz de la noción de Dios comunión, amor.

    Como eje estructural de una antropología cristiana se pueden tomar los tres primeros capítulos del Génesis, cuya afirmación central es la de que Dios creó al ser humano “a su imagen y semejanza” (ver Gn 1, 26). El cristiano interpreta el Génesis, como el Antiguo Testamento en general, a la luz del Nuevo, es decir de la plena revelación de Cristo.  Así el misterio de Dios, que para la religión de Israel significaba un firme monoteísmo unipersonal, para la fe cristiana, en cambio, Dios es el Unitrino, en base a la revelación del Hijo de Dios encarnado, Jesucristo. Monoteísmo también, pero como comunión divina, tejido relacional interpersonal. Lo trinitario en cuanto tal se percibe en el Antiguo Testamento sólo como insinuado o prefigurado.

    Como líneas maestras de una antropología cristiana, trinitaria, se pueden formular las siguientes. El ser humano es a) creado libremente por Dios Amor; b) corpóreo-racional, consciente y libre, sujeto de tareas, normas y responsabilidades; c) “ser para la comunicación y la comunión”, social, de  lo cual la diferenciación sexual es dinámica expresión); d) habitante en un variado cosmos puesto a  su cuidado, desarrollo y servicio; e) ético-espiritual, responsable moralmente y en apertura trascendente a  Dios; f) histórico, como peregrino laborioso en el tiempo,  hacia su plenitud más allá de éste; g) con un deber ser de su libertad, que es vivir en comunión (amar) con Dios y prójimo. A estas notas estructurales se unen otras, históricas: g) es, no sólo limitado y frágil, sino también pecador, por abuso de su libertad (ruptura de comunión), pero h) también beneficiario de una liberación por Cristo (insinuada ya en Gn 3, 15).

    Como elementos trinitarios particularmente iluminadores para la comprensión del ser, y del humano en concreto, pueden destacarse:  el perfeccionamiento del ser va en el sentido de lo vital y lo personal, y el de éste en la línea de lo comunional; una comunión genuina implica una firme consistencia de la identidad personal, no diluye ni homogeneiza las personas pero tampoco las encierra en celdas de incomunicabilidad. El ser de las personas divinas es relación desde lo propio de cada una. Así la unidad de Dios no es superficial, ni su pluralidad personal sólo aparente. Lo “misterioso” de la comunión divina es que la pluralidad se da en la unidad de una misma naturaleza o esencia divina (exclusión de toda forma de politeísmo). La ortodoxia cristiana se afinó progresivamente, por cierto, no en un ambiente tranquilo, sino en medio de controversias y herejías, que radicalizaban hacia uno u otro lado -singular o común- del péndulo.

    En ámbito contemporáneo se ha tendido a radicalizar lo individual y lo común como excluyentes y contrastantes (ideologías liberales y socialistas). Desafío ineludible es conjugar y sintetizar elementos llamados a integrarse en conjuntos, que habrán de ser siempre revisables y perfeccionables. Logrando solidaridad en un mundo aguijoneado por los egoísmos individuales y grupales; y “centralidad de la persona” en globalizaciones tendientes a colectivizar y masificar.

    La fe en Dios como Trinidad es necesariamente interpelante. Plantea la comunión como horizonte siempre activo y obligante, sociedad de rostros y convivencia fraterna siempre en construcción. Tiene sentido entonces plantearse, como retos, una economía, una política, una cultura de comunión. No como simple fantasía el Papa Pablo VI habló, a propósito de una nueva sociedad, de la “civilización del amor”.


lunes, 30 de mayo de 2022

¿PARA QUÉ EL SACERDOCIO MINISTERIAL?

 

Giro copernicano es una expresión que se utiliza para señalar un cambio radical o de suma importancia en el planteamiento de una determinada cuestión, al invertir los factores que entran en juego. Fue lo que planteó el astrónomo polaco sobre el protagonismo solar en relación con la rotación de la tierra, la cual, en vez de centro de referencia, pasó a ser satélite.

Las presentes líneas tienen por objeto considerar el cambio eclesiológico y pastoral en la relación sacerdocio ministerial-sacerdocio común, fruto de la renovación que tuvo en el Concilio Vaticano II expresión, maduración y ulterior impulso. Dicho cambio fue asumido por el Concilio Plenario de Venezuela (2000-2006)[1] y formulado en los siguientes términos, que justifican la calificación de giro copernicano en la materia:

La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, cuya novedad se define por su íntima relación con Cristo y su proyecto: el Reino; Él “la estableció y mantiene continuamente” como “Iglesia santa, comunidad de fe, de esperanza y de caridad” (LG 8), sacramento de comunión salvífica universal (Cf. Ibid. 9). Cristo la ha hecho partícipe de su dignidad y misión profética, sacerdotal y regia; y para que (cursiva nuestra) el Pueblo de Dios realice su ser sacramental y su misión evangelizadora, le ha dado un ministerio pastoral dotado de una profecía, un sacerdocio y una realeza calificados (cursiva nuestra), que son presencia y actuación de Cristo-Cabeza de la Iglesia (OPD 1).

Este texto, luego de exponer varios elementos fundamentales eclesiológicos (íntima relación constituyente de Cristo con el nuevo Pueblo de Dios y la naturaleza sacramental comunional de éste), expone la gradación de lo profético, sacerdotal y regio en el siguiente orden: 1. Cristo, 2. Pueblo de Dios, 3. Ministerio pastoral. Gradación que invierte la tradicional, “clásica” (1, 3, 2) Cristo-Ministerio pastoral-Pueblo de Dios. La preposición para que expresa bien la finalidad, “funcionalidad”, del ministerio con respecto a la realización efectiva del sacerdocio común en el tiempo del peregrinar.  La inversión, nada secundaria o accidental, responde a razones teológicas de fondo y tiene múltiples y hondas consecuencias. Manifiesta un verdadero giro copernicano.  En la eclesiología pre-Vaticano II no era extraño aún ignorar el sacerdocio común para simplificar lo sacerdotal en el binomio Cristo-jerarquía. Lo de jerarcocentrismo y clericalismo era efecto inevitable de una tal interpretación, así como el encierro de lo sacerdotal en lo cultual.



[1] El Concilio Plenario de Venezuela, realizado con ocasión de los quinientos años de evangelización del país (1498-1998), aprobó, entre sus diez y seis documentos, el número 9 sobre el ministerio pastoral titulado Obispos, presbíteros y diáconos al servicio de una Iglesia en comunión, el cual, justo en su número inicial, expone sintéticamente una interpretación del papel que juega el sacerdocio ministerial respecto del común.

 

Para leer más, debe hacer clic aquí   Sacerdocio Ministerial

viernes, 20 de mayo de 2022

¿CÓMO VAMOS, VENEZUELA?


    Preguntarse por el futuro de un conjunto societario es un interrogante bien complejo. En efecto, así como para explicar el ser humano individual es preciso tener presente varios componentes, lo mismo y más sucede cuando se considera el conglomerado social.  Es la razón de las múltiples explicaciones propuestas tanto desde el punto de vista científico, como filosófico e ideológico.

    A la caída del Muro de Berlín se patentizó la crisis del materialismo histórico, de un lado, y del otro, se abrió la ilusión de un fin de la historia con la síntesis de libre mercado y sistema democrático. La historia posterior ha demostrado que la realidad no es tan simple y que en el decurso de la humanidad intervienen más factores de los que se piensa ordinariamente. El desarrollo de un marxismo cultural, que diversifica sus prioridades saliendo del encajonamiento clasista tradicional, así como los cuestionamientos que generan un liberalismo tocado de libertinismo y un economicismo deshumanizado, son factores que impulsan a interpretaciones más integradoras y flexibles del quehacer humano.

    El ”microcosmos” humano se resiste a reduccionismos antropológicos. Un humanismo genuino plantea una concepción pluridimensional de la persona humana y de la convivencia que ésta construye. Y la reconoce abierta a factores que le vienen de otros ámbitos más trascendentes. Un ejemplo de esto lo constituye algo que la tradición judeocristiana reconoce como un ingrediente lamentablemente clave y omnipresente en el hombre histórico: su condición de pecador. Hiroshima-Nagasaki, Holocausto y Gulags, son ejemplos salientes de que el devenir humano no sólo registra vaivenes de racionalidad o tecnociencia, sino también de perversidad.

    Cuando se plantean preguntas como la que titula estas líneas, la invitación es clara para un análisis y una valoración multifactoriales. En este sentido ayuda la consideración de los varios ámbitos antropológicos y societarios de desarrollo humano, como los que explicita la conocida tríada de lo económico, lo político y lo ético-cultural. Un desarrollo o liberación auténticamente humanistas no podrá menos de atender a lo que sucede en estos tres campos, aplicados a la sociedad en sus varios círculos de asociación, desde el primero e inmediato de la familia hasta el internacional o global.              

    Algunas enseñanzas de Jesús vienen muy directas al presente tema, como las siguientes, una que relativiza lo económico, “no sólo de pan vive el hombre” (Mt 4,4); y otra, que relativiza aún lo temporal, “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?” (Mc 8, 36).

    Últimamente han surgido voces acerca de una recuperación del país y para ello se alegan algunos índices y se exhiben extrañas burbujas. Pero ¿qué significa eso con respecto al conjunto, al país en su integralidad? El desastre del país es global, económico, político, ético-cultural. La recuperación del país exige ser acometida, consiguientemente, en su integralidad -por eso se habla de refundación nacional-, aunque todo no pueda ser hecho a la vez. Es indispensable priorizar bien y planificar mejor.

    Algo que debe valorarse debidamente desde el comienzo, para no dejarlo para lo último, es la recuperación en el ámbito ético-cultural. Esto subraya la importancia de lo educativo y lo comunicacional, y la necesidad de un apoyo muy serio de instituciones como las religiosas, que pueden y deben contribuir muy seriamente en esta tarea. Porque además del económico y político, el daño antropológico ético espiritual es muy grande. La metástasis de la corrupción está a la vista, así como la masificación-aplastamiento del ciudadano, la multitudinaria emigración forzada y la debacle en materia de derechos humanos.

    Pero Venezuela, con todo, tiene grandes reservas materiales y especialmente humanas. Yo soy miembro del partido de la esperanza. Porque soy cristiano y quiero este país, mi país, Hay gente capacitada y buena que está dispuesta a la refundación de Venezuela. Es la hora de juntar buenas voluntades y conjugar esfuerzos.

martes, 10 de mayo de 2022

DICTADURA NO, TOTALITARISMO

     El Episcopado nacional ha sido claro y directo al identificar el régimen imperante en Venezuela. Analizando la gravísima crisis nacional afirmó: “La raíz de los problemas está en la implantación de un proyecto político totalitario, empobrecedor, rentista y centralizado que el gobierno se empeña en mantener” (Exhortación del 12.7.2016, citado en la del 12. 1. 2018). Ulteriormente ratificó la calificación, subrayando el aspecto opresivo: “Vivimos en un régimen totalitario e inhumano en el que se persigue a la disidencia política con tortura, represión violenta y asesinatos (…)” (Carta fraterna del 10.10.2020).

    Esta naturaleza del Socialismo del Siglo XXI ha sido denunciada de modo repetitivo por la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV). Su Presidencia afirmó: “la nación se ha venido a menos, debido a la pretensión de implantar un sistema totalitario, injusto, ineficiente, manipulador, donde el juego de mantenerse en el poder a costa del sufrimiento del pueblo, es la consigna” (Mensaje del 19.3.2018). Posteriormente en plenaria puntualizó: “el régimen se consolida como un gobierno totalitario, justificando que no se puede entregar el poder a alguien que piense distinto” (Exhortación 10 julio 2020). Este ha sido el mismo tono al juzgar el Plan de la Patria e iniciativas como la frustrada Asamblea Nacional Constituyente, enderezadas en la línea del “sistema totalitario, militarista, policial, violento y represor, que ha originado los males que hoy padece el país” (CEV, Comunicado del 5. 5. 2017).

    El Episcopado, pronto, explícitamente y sin ambages identificó el proyecto del Régimen; cosa no hecha por el liderazgo político, con efectos nefastos previsibles en lo táctico y estratégico y, obviamente, en cuanto a resultados (pensemos en los de “diálogos” y protestas públicas). Politólogos han propuesto caracterizaciones del régimen, que han diluido la substancia del mismo y no han favorecido soluciones efectivas.

Estamos frente no a una dictadura y sistemas semejantes, sino a un proyecto totalitario, que, como su nombre mismo subraya, apunta a la totalidad societaria y, por tanto, no se reduce a lo político y económico, sino que incluye lo cultural en su sentido más propio. Esto, lo cultural, es lo más hondo y definitorio humano, pues toca el ser y no sólo el tener y el poder, afectando lo ético y espiritual de un pueblo, su identidad más profunda. Por ello el totalitarismo enfila sus baterías privilegiadamente al control de la educación y de la comunicación, para modelar conciencias y valoraciones (no por nada el marxismo cultural está reformulando la relación estructura-superestructura para insistir en lo ideológico).                  

    Totalitarismo implica unificación centralizadora del poder (Montesquieu queda desempleado). La reciente recomposición del Tribunal Supremo de Justicia se ubica en esa línea, así como la partidización de la Fuerza Armada y la neutralización de las organizaciones de la sociedad civil. Cambian los códigos, también los estéticos: lo feo, inapropiado y repugnante recibe carta de ciudadanía revolucionaria. Se reescribe la historia y se cortan sus raíces para que el árbol sea otro. Escudos y nombres tradicionales van al paredón. Se poda el árbol genealógico. El “hombre nuevo” deberá surgir de cenizas.

    El ejemplo de Cuba -modelo seguido y a seguir- es patente: homogeneización del pensamiento, masificación societaria, feroz estatización, amedrentamiento colectivo, militarización ambiental, emigración inducida, nomenklatura privilegiada y culto de la personalidad individual o grupal.

    Identificar bien al que se tiene en frente es conditio sine qua non para un actuar apropiado. Análisis inadecuados, valoraciones incompletas y decisiones erradas conducen a frustraciones y desesperanzas. Base seria tiene el Episcopado al urgir la refundación del país.

    La raíz de la voluntad está en el entendimiento. Previo a una buena praxis está un buen juicio. No identificar totalitarismo con simple dictadura es un buen comienzo.

 

viernes, 22 de abril de 2022

MENSAJE CRISTIANO ARTICULADO

     Cuando el ser humano comenzó a filosofar de modo sistemático -porque la razón implica ya un filosofar espontáneo o connatural- por allá en el Asia Menor, unos seis siglos ante de Cristo, una de las primerísimas preguntas planteadas fue sobre la unidad de las cosas, ante su perceptible multiplicidad.

    Las respuestas se fueron a extremos: afirmación de lo real como pura anarquía y fugacidad o como un todo homogéneo y permanente. Parménides y Heráclito fueron se radicalizaron en uno y otro lado. Luego gente como Aristóteles, al afirmar una unidad análoga (convergente “en cierto modo”) lograron identificar lo uno en lo múltiple.

    Lo cierto es que el ser humano no se conforma con la sola aceptación de lo plural o diverso; se esfuerza en descubrir o señalar nexos, relaciones, coincidencias, conjuntos, en esa variedad. El problema está en encontrar puntos de encuentro razonables y objetivos y no apenas unificar elementos de manera arbitraria o subjetiva.

    Todo lo anterior sirva de introducción a la propuesta de una noción o categoría unificante del entero mensaje cristiano, que contiene elementos doctrinales, como los que se expresan en el credo, y también orientaciones y normas para la praxis, como las del Decálogo y el Sermón de la Montaña. La planteó la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Puebla, México, 1979) y la asumieron los obispos de nuestro país con vista al Concilio Plenario de Venezuela (2000-2006). Un verdadero descubrimiento de consecuencias invalorables no sólo para dichos encuentros y los documentos que produjeron, sino para la Iglesia universal y su misión evangelizadora. Y más allá de esto, para la interpretación de la realidad en perspectiva cristiana.

    El hallazgo consistió, por cierto, en algo muy simple: identificar una categoría y, en concreto, comunión, como noción enucleante, eje articulador del entero mensaje cristiano: se la denominó línea teológico-pastoral (LTP). Un modo fácil de entender la función de ésta es ponerla como respuesta a la pregunta “qué es”, con respecto a los elementos fundamentales doctrinales y prácticos de dicho mensaje, comenzando por interrogantes primordiales como son los relativos a la divinidad misma - ¿Qué es Dios? - y a la voluntad divina sobre la actuación libre de sus creaturas - ¿Qué prescribe el mandamiento máximo? - La respuesta en ambos casos es comunión. Porque Dios lo es, en cuanto Trinidad, unión interpersonal del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y su voluntad sobre sus creaturas es amarlo a él y al prójimo, es decir, comunión humano-divina e interhumana (comunión y amor son equivalentes, si bien éste acentúa un matiz operativo y por ello decimos que el amor teje la comunión). Otros ejemplos son la definición de la Iglesia como signo e instrumento de comunión humano-divina e interhumana, dada por el Concilio Vaticano II (ver LG 1), y la calificación de “civilización del amor” que el Papa Pablo VI asignó a la sociedad que el cristiano ha de contribuir a edificar. Puebla y el episcopado venezolano al plantear su LTP acompañaron comunión de las nociones participación y solidaridad, respectivamente, para recalcar frutos o requisitos de la comunión.

    El conjunto de verdades y lineamientos operativos que se proponen al creyente no se quedan, por tanto, en un agregado o inventario de elementos, sino que forman un conjunto armónico estructurado en torno a una categoría que los integra e interrelaciona, articulando también lo negativo (el pecado es anti-comunión y la exclusión de la Iglesia, excomunión).

    Comunión como eje articulador teórico-práctico no se circunscribe a lo “religioso”; está abierta a lo amplio secular y a una aplicación sin fronteras, desbordando aún lo interpersonal, como cuando el Papa Francisco utiliza analógicamente el término “comunión universal” (Laudato Si´220) hablando de ecología.

    El mensaje cristiano no es, pues, un listado de doctrinas y normas. Conforma un corpus articulado en torno a la categoría comunión, que responde a la pregunta ¿qué es? respecto de los elementos doctrinales y prácticos que organiza.

sábado, 9 de abril de 2022

SUBSIDIARIDAD, DESCENTRALIZACIÓN Y FEDERALISMO

    Nuestra Carta Magna afirma en su Preámbulo: “El pueblo de Venezuela (…) con el fin supremo de refundar la República para establecer una sociedad democrática (…) en un Estado de justicia, federal y descentralizado (…) en ejercicio de su poder originario (…) decreta la siguiente Constitución”. Y entre los Principios Fundamentales, que siguen de inmediato, encontramos los siguientes: “Artículo 4. La República de Venezuela es un Estado federal descentralizado” y “Artículo 6. El gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y de las entidades políticas que la componen es y será siempre (…) descentralizado”.

    El lema oficial tradicional “Dios y Federación” era bien significativo del carácter cuasi dogmático que el federalismo adquirió desde los inicios de la segunda mitad del siglo XIX.  Pero la bandera federalista se quedó prácticamente en pura formalidad, porque la descentralización no llegó a cuajar de veras en la realidad política. Varios 20 de febrero durante mi servicio episcopal en Coro presencié los festejos del grito libertario federal lanzado allí en 1859 por Tirso Salaverría. La federación habría de costar mucha sangre, pero ésta no llegó a vitalizar el cuerpo de la nación.

    La necesaria reforma del estado emprendida a finales del siglo pasado se quedó a medio camino y fue eclipsada por el monopolizante Socialismo Siglo XXI de tipo totalitario, que ha llevado al clímax la concentración del poder. Miraflores redacta sentencias del Tribunal Supremo de Justicia, dirige la Asamblea Nacional, cocina los datos del Consejo Nacional Electoral, controla los partidos, amaestra las universidades, cuela los presupuestos municipales, expatria a su antojo, fija sueldos y salarios, encarcela y suelta presos políticos, detalla precios de la canasta básica, maneja los MCS hegemonizados… ¿Qué es lo que no resuelve?

     El ocaso del sueño, intento y lema de federación-descentralización, es la razón por qué ahora cuando se maneja el tema de la refundación del país- llamado del Episcopado nacional el año pasado-, uno de los puntos de agenda para la reconstrucción de Venezuela es precisamente el de una efectiva descentralización, la cual necesita expresarse, entre otras cosas, en la de impuestos y presupuestos y en una audaz municipalización, que empodere de verdad  a las comunidades (lo cual no se identifica en modo alguno con un falso “poder comunal”, que maneja los cuerpos intermedios como simples anillos transmisores de una cadena de dominación central).

    Esta descentralización y el reclamo federalista son aplicaciones o consecuencias de un principio fundamental de la Doctrina Social de la Iglesia: la subsidiaridad. Ésta tiene íntima conexión con otro principio que es el de la participación, los cuales junto con la solidaridad constituyen una triada fundamental para una nueva sociedad.

    El soberano no ha de exhibirse sólo en eventos constituyentes. Ha de actuar cotidianamente su protagonismo mediante su participación desde las comunidades menores donde el pueblo conoce directamente sus necesidades concretas y puede actuar soluciones acertadas y factibles ¿Por qué se ha de esperar que Caracas repare un aire acondicionado en un ambulatorio provinciano? ¿Por qué los impuestos del interior tienen que ser engullidos por la administración central? ¿Por qué los municipios son escasos y lejanos a los problemas de las comunidades (el caso de Libertador es paradigmático). “Pueblo al poder” debe traducirse “poder al municipio”.

    El Concilio Plenario de Venezuela en su documento 3 sobre nueva sociedad expresa: “la Iglesia postula el ejercicio de la subsidiaridad en la vida social y en la comunidad política. Este principio exige que las personas, las familias y las comunidades pequeñas o menores, conserven su capacidad de acción ordenándola al bien común, y que el Estado y las diversas ramas de éste, realicen sólo lo que aquellas no estén en capacidad de ejecutar” (CIGNS  106).

    Cuando se habla de la necesidad de refundar el país a través de una intervención constituyente del soberano, ciertamente lo de subsidiaridad-descentralización y, en concreto, la municipalización, ha de ser un punto sobresaliente.  Va de por medio algo básico de una genuina democracia.