jueves, 16 de noviembre de 2023

REFERÉNDUM ENTRE CONTRADICCIONES

 

    El Régimen que plantea el Referéndum es un sujeto contradictorio.

    Contradicción es en lógica la máxima oposición. Niega totalmente lo que se dice, no dejando término medio. En lo conductual es actuar con incoherencia. Exigir algo de alguien, cuando quien lo hace actúa en sentido contrario de lo que pide. Y cosas por el estilo. Autoridad moral designa la correspondencia ética entre lo que alguien reclama y su proceder concreto en ese mismo campo. Hipocresía es una conducta doble, que divorcia discurso y praxis.

    Los evangelios traen múltiples y fuertes reclamos de Jesús contra la hipocresía. Habló hasta de “sepulcros blanqueados” (Mt 23,27). Como humanos estamos siempre expuestos a comportarnos, en cosas grandes o pequeñas, de modo incoherente. La soberbia favorece y justifica las contradicciones. En cambio, la humildad y sinceridad personales facilitan la detección de dobles medidas en el juicio sobre sí mismo y sobre los demás. No en vano la recomendada oración del Padre Nuestro es confesión permanente del lado oscuro de la condición humana.

    La política es, en una u otra forma, quehacer ineludible de los seres y comunidades humanas; sin embargo, junto a ser actividad indispensable para edificar una convivencia humana digna y promotora del bien común, se presta a convertirse en escenario de corruptelas del más diverso tipo, desde menudos aprovechamientos egoístas hasta   enriquecimientos ilícitos, dañinos favoritismos y nepotismos, sectarismos, prepotencias y opresiones. Esto llega hasta farisaísmos constitucionales, en la práctica oficial traiciona a la letra legal.

    Valgan estas consideraciones como conveniente reflexión respecto del Referéndum sobre el Esequibo, las cuales no puedo callar como creyente y pastor.

    Afirmo como punto de partida mi convicción acerca de lo justo del reclamo venezolano. No me enredaré, sin embargo, en cuestiones relativas al tratamiento jurídico y político oficial y nacional que se debe dar en la materia; tampoco sobre la oportunidad, estructura y otros aspectos del Referendo. Hay gente seria y bien calificada que se ha ocupado y/o puede-debe ocuparse del asunto.

    Mi aporte se ofrece como reflexión sobre algunos aspectos políticos y ético-culturales del abordaje concreto del problema en cuestión.

    Una primera reflexión sería sobre la autoridad moral de quien lanza el Referéndum. Venezuela no goza, en efecto, de un estado de derecho y eso, al menos estéticamente, no compagina con el reclamo en cuestión. Se pide el voto de la población al tiempo que se obstruye ese voto en las Primarias y se lo rodea de trabas para las Presidenciales como la consigna de que “por las buenas o por las malas” no habrá alternabilidad. Se presiona el opinar sobre el Esequibo mientras la ciudadanía está conatelizada, silenciada por la hegemonía comunicacional gubernamental. Centenares de venezolanos están presos y torturados por disentir de la ideología y la praxis del Régimen. Y se mantiene un clima de amedrentamiento de los ciudadanos como consecuencia del proyecto totalitario oficial.

    Una segunda reflexión consiste en la relación tierra-población. Se reclama la integración de una porción de tierra mientras que a) del territorio venezolano se expatría por emigración forzada un cuarto de la población, b) parte del territorio nacional está dominado por guerrillas de fuera, c) una considerable extensión de nuestra Guayana (Arco Minero) es víctima de agresión ecológica.

    Una tercera se refiere al status de la población nacional; se busca acrecentarla en momentos en que está en severo y creciente empobrecimiento y en una crisis global de servicios, sueldos y producción, aparte de la inexistencia de una convivencia democrática.

    Tiene plena vigencia y urgencia el llamado de la Conferencia Episcopal Venezolana a una refundación nacional. Sigue actual la finalidad refundacional de la Constitución de 1999 según lo destaca su Preámbulo. Así como una vez el “vuelva al cabildo” estimuló la gesta independentista, ahora el volver a la Constitución reclama el cambio refundacional. Para ello, como en el ´99, hemos de invocar “la protección de Dios” y “el ejemplo histórico” de Bolívar. 

 

 

viernes, 3 de noviembre de 2023

EL DIOS CRISTIANO

 

    La expresión Dios cristiano no es apropiada, pues, por principio, el Ser Supremo no admite especificaciones ni parcialidades. Son preferibles formulaciones como la de Dios según la fe cristiana.

    Ahora bien, la noción que no pocos cristianos tienen acerca de Dios y, concretamente, acerca de su ser y proximidad, se asemeja a la que formularon corrientes filosóficas y de pensamiento en general como el deísmo, el iluminismo y la ilustración, dominantes por allá en el siglo XVIII, pero cuyo influjo, en una u otra forma, llega hasta el nuestro.

    Dichas corrientes se deslindan del ateísmo, en cuanto admiten la existencia de un ser divino, trascendente, distinto del cosmos y superior a éste. Pero un ser distante, lejano, cuya omnisciencia y omnipotencia no se entrometen en las cosas mundanas. Tal era el pensamiento de gente como Voltaire, para quien todo lo que sonase a religión (religatio con lo divino) era fuente o producto de dañino fanatismo. Quedaba en pie sólo una genérica animación ética. Se mantenía así el reconocimiento de Dios apenas como causa inicial, sin implicación alguna en el acontecer personal y social.  Un Dios encerrado en casa, que no sale a la plaza; in-significante y nada protagónico. Posición muy corriente, expresiva y generadora de ideologías secularistas, laicistas.

    Muchos cristianos, sin llegar a extremismos deístas, coinciden, en mayor o menor medida, con el iluminismo en afirmar a Dios, pero manteniéndolo lejano del escenario histórico, distante del manejo humano de lo político, lo económico y lo ético-cultural. Un Dios con poco o nada que decir sobre el manejo del Estado y las líneas gruesas de la sociedad civil. Una tal interpretación polariza las exigencias morales en lo “negativo” (no matar, no robar…), así como en inhibiciones y opacamientos del dinamismo humano, que Nietzsche se encargó de exagerar en su perspectiva atea del superhombre.   Se interpreta la voluntad de Dios en un sentido pasivo, que poco o nada aporta al progreso tanto individual como colectivo. La realidad de sociedades y países estructurados según criterios de una religión intimista y maniquea ha cristalizado en formas que no se compadecen con las exigencias positivas del evangelio (ver Mt 25, 31-46), de un genuino humanismo.

    El Dios revelado por Jesucristo y confesado en la auténtica fe cristiana se sitúa en las antípodas de los divorcios y reduccionismos arriba señaladas. A este respecto resulta iluminador el inicio de la Solemne profesión de fe (credo del Pueblo de Dios) proclamada por el Papa Pablo VI el 30 de junio de 1968 ante la basílica de San Pedro: “Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo”. Allí se destaca así lo prioritario y fundamental de la fe cristiana en Dios Unitrino, Comunión, Amor. Dicha profesión expone en seguida la particular acción de las divinas personas en el plan universal de creación y salvación, subrayándose en éste la centralidad de Jesucristo, el Hijo encarnado; luego aparecen otros elementos fundamentales, que los cristianos confesamos al recitar el tradicional Credo o símbolo de la fe.

    Dios, según la revelación proclamada por Jesucristo, es, pues, Uno y Único, pero en comunión, es decir, en relación o compartir interpersonal, tripersonal, trinitario. Es lo que dice la Primera Carta de Juan: “Dios es amor” (1 Jn 4,8). Esta identidad divina articula armónicamente todo el rico panorama de la fe cristiana: el ser humano, creado para la comunicación y la comunión; el amor  como mandamiento máximo; la unidad humano-divina e interhumana como finalidad del plan creativo y  salvador de Dios Padre;  el papel central de Cristo y la función animadora del Espíritu en la realización de dicho designio; significación e  instrumentalidad de la Iglesia peregrinante en la realización del referido plan comunional; la plenitud  de éste en la asamblea definitiva celestial.   Sentido de la historia es, entonces, ser lugar y tiempo de construcción de unidad.

    El “Dios cristiano” no es soledad omnipotente, sino comunión amorizante.        

 

 

domingo, 22 de octubre de 2023

PRIMARIAS Y REFUNDACIÓN

     El ser humano es inconforme por naturaleza. Porque Dios lo creó también espiritual, con una inteligencia y una voluntad abiertas a lo infinito. Por eso es de insaciables porqués y deseos. Y ante las realidades temporales, inevitablemente limitadas, aspira siempre a un conocimiento ulterior y una felicidad más completa.

    Filosóficamente se explica, a priori, por tanto, que la Venezuela de finales del pasado siglo no satisficiera suficientemente. A pesar de la convivencia democrática de cuatro décadas, la exuberancia petrolera, el aprecio internacional, las buenas andanzas de los servicios públicos, el dinamismo de las universidades; también el pasable equilibrio de los poderes del Estado, hasta el punto de que el país se dio el costoso lujo de deponer un presidente, electo con abundante voto popular. Lamentablemente se difundió una suicida anti política, que cristalizó en la aventura totalitaria y destructora que hoy estamos padeciendo. En resumen: con no pocas cosas positivas, junto a innegables carencias y defectos, se clausuró un siglo y un milenio.   

    La Conferencia Episcopal Venezolana en su Asamblea Plenaria de julio 2021 asumió el llamado a la refundación nacional, planteado el mes anterior por la Presidencia del Episcopado como “urgente necesidad”. La urgió en términos de reconstrucción, ante “la situación de deterioro general que sufre el país”. “Para lograr dicho objetivo -agregó- tenemos que unir esfuerzos para que haya una verdadera participación de los ciudadanos”.

    A pocos días de Primarias dirigidas a la conformación de Presidenciales en el próximo año, estimo oportuno traer aquí el tema de la refundación nacional planteado por los Obispos “hacia un objetivo común que implique la liberación y desarrollo integral del pueblo”. Refundar es una tarea que implica la integralidad de Venezuela, partiendo de las raíces positivas más hondas y características del conjunto social e, implicando los ámbitos económico, político y ético-cultural, sobre todo este último, que tiene que ver con lo que pudiera denominarse el “alma de la nación”, su dimensión moral y espiritual. El éxodo de una cuarta parte de los venezolanos y el proyecto totalitario que se trata de imponer a los que permanecemos ad intra, no se reduce a simples datos matemáticos y disfunciones económicas, sino que tiene que ver con muy hondos valores como solidaridad, autoestima, libertad y esperanza. Refundar es tomar unidos el país en los brazos y encaminarlo al futuro como casa común, bien común compartido, “nueva sociedad” desafiante; como patria merecedora de sacrificio e ilusión.  Bien distinta a la de una simple rica mina a explotar, una fácil riqueza a robar y una cómoda dictadura a imponer.

    La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, convertida actualmente en simple recurso literario y burladero de tropelías legales, se aprobó hace un cuarto de siglo con el expreso propósito de “refundar la República”. Esta afirmación, que en los advenedizos gobernantes disfrazaba objetivos totalitarios, se expuso en el Preámbulo y los Principios Fundamentales como un conjunto de mandatos y orientaciones que dibujaban un estado ideal, una república envidiable y un gobierno maravilloso, los cuales como buenos deseos continúan vigentes en estos momentos pre Primarias y Presidenciales. Su positividad intrínseca es la razón por qué en un pequeño libro mío sobre Doctrina Social de la Iglesia los he insertado como iluminador anexo, junto a la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 y varios elementos básicos de una “nueva sociedad” afirmados por el Concilio Plenario de Venezuela.

    Concluyo estas líneas con el reto planteado por el Papa Francisco el primero de enero de este año y citado pocos días después por la asamblea de la Conferencia Episcopal Venezolana: “(…) no podemos quedarnos inmóviles, no podemos permanecer esperando a que las cosas mejoren. Hay que levantarse, aprovechar las oportunidades que nos dan la gracia, ir, arriesgar. Es necesario arriesgar” (Exhortación, 13 enero 2023).

 


domingo, 8 de octubre de 2023

DE AYUDANTE A PROTAGONISTA

 

    Los miembros de la Iglesia -me refiero concretamente a la católica- se suelen distribuir en tres sectores: los laicos -denominados también seglares- con una mayoría que casi totaliza el conjunto; los ministros, pastores o clérigos (es la jerarquía de obispos, presbíteros -llamados ordinariamente sacerdotes- y diáconos); los consagrados, denominados de ordinario religioso(a)s.

    Tradicionalmente los laicos, a pesar de su extragrande mayoría y aún de ocupar eventualmente funciones importantes en la sociedad (en lo varios ámbitos económico, político y ético-cultural), ejercieron siempre en cuanto a la dirección y ordenamiento de la comunidad eclesial un papel secundario respecto de los clérigos y también de los consagrados. Esto no obstante que no pocos alcanzaron un lugar relevante en influjo y reconocimiento de la Iglesia, como el caso de san Luis Rey de Francia, santo Tomás Moro, mártir, Canciller del Reino de Inglaterra, beato Federico Ozanam académico y apóstol en el campo social y entre nosotros el beato doctor José Gregorio Hernández, científico y médico de los pobres.

    Con el movimiento democrático moderno, la emergencia de la soberanía popular y la efervescencia de los movimientos políticos y sociales del siglo XIX, se generaron en la Iglesia agrupaciones de seglares con viva conciencia de su corresponsabilidad cristiana, los cuales buscaron orientar la dinámica societaria como expresión de su fe y organizar una presencia activa de la Iglesia en la marcha de la sociedad. El papa León XIII fue sensible en acoger y animar las novedades en este campo. Ya en el siglo XX, otro Papa, Pío IX se distinguió en la década de los treinta por su iniciativa en estimular la presencia organizada de los laicos, no sólo al interior de la Iglesia sino en la arena política y social en especial, con la organización de la Acción Católica tanto de adultos como de jóvenes. La presencia devota en templos derivó en presencia comprometida en el ámbito público, con miras a que el mensaje cristiano se encarnase de veras en el entramado de una sociedad en ágil movimiento.

    En los comienzos, esta participación de laicos particularmente ad extra de la Iglesia, se interpretó como una colaboración de aquellos en la misión pastoral característica de la jerarquía eclesiástica, interpretándose al laico como un brazo largo del pastor en la cristianización de la sociedad, particularmente en los ambientes más problemáticos. Se entendía así al seglar como un cooperador, un asistente del sacerdote en la tarea evangelizadora especialmente en la transformación de las realidades temporales según la misión encomendada por Cristo.

    Más pronto que tarde el sentido de la actuación del laico se fue profundizando en lo doctrinal y práctico, y así su identificación como colaborador y ayudante de los sacerdotes fue cambiando por la de protagonista, apóstol, por título propio. Es lo que asumió, maduró y relanzó con vigor el Concilio Vaticano II (1962-1966). Éste desarrolló la noción de la Iglesia como Pueblo de Dios en la línea de una corresponsabilidad de todos sus miembros en el ejercicio de la misión evangelizadora. Se subrayó el papel del bautismo como sacramento básico y motivación fundamental del actuar cristiano, razón y sentido del compromiso misionero común, al tiempo que se destacó como lo peculiar del seglar su presencia transformadora de la convivencia social, de la cultura -en la vasta acepción de este término-, comenzando por el círculo familiar y el entorno inmediato. Se acentuó así la ineludible tarea laical de contribuir con su Iglesia a edificar en este mundo concreto una “nueva sociedad”, libre, justa, próspera, fraterna, pacífica.  El destacar la naturaleza y misión propia del laico no margina o minimiza las del ministro eclesial o pastor, pero sí las redimensiona, precisando lo específico de cada sector.

    Un documento que sintetiza bien este proceso de reformulación del ser y quehacer del laico en una Iglesia renovada lo tenemos en El laico católico, fermento del Reino de Dios en Venezuela, producido por el Concilio Plenario de Venezuela justo hace veinte años y el cual constituye, con obvias actualizaciones, un valioso manual teórico y práctico sobre este importante tema.

 

 

jueves, 21 de septiembre de 2023

2024: RESPUESTA POSITIVA

 

¿Dónde está tu hermano Abel? (Génesis 4, 9)

    Es la pregunta hecha a un fratricida en los albores de una historia plagada de reediciones individuales y colectivas de crímenes de esa misma especie. La respuesta dada entonces por el agresor resultó paradigmática en relación a las formuladas a través de los tiempos en casos semejantes. El milenio concluido hace poco experimentó, en medio de muchas otras tragedias, dos guerras mundiales con millones y millones de fratricidios; y el que se está iniciando abunda ya en cadáveres de hermanos, fruto de las más diversas formas de exterminio humano.

    La respuesta que dio entonces Caín, es entonces la repetida en el decurso de generaciones, expresiva de la negación del otro como proximus: No sé ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?

    Dolorosamente el devenir humano exhibe una ininterrumpida secuencia de enfrentamientos y conflictos con abultados saldos de víctimas y destrucción. La humanidad creada por Dios como ámbito de encuentro y convivencia, de progreso compartido, degenera en arena de enfrentamientos y muerte. En estos mismos momentos, conflictos internacionales como la guerra en Ucrania y masacres causadas por clanes y guerrillas a más de asesinatos aislados sin número, siguen ensangrentando pueblos y sacrificando vidas.

    Pero la insolidaridad cainítica no se reduce al asesinato. Se manifiesta también en múltiples formas de distanciamiento del prójimo, de injusticia-agresión-dominación individual y social. El mandamiento del Decálogo no matarás se viola de los más diversos modos, algunos de ellos sofisticados y disfrazados como en el caso del aborto.

    La narración genesíaca explicita una realidad penosa del ser humano, que si bien no es materia de las ciencias naturales y sociales, penetra la cultura con su carga destructiva. Se trata del pecado, categoría de orden ético y espiritual, con reflejos en todo el andamiaje humano. Cuando uno dirige la mirada a la realidad cercana y cotidiana percibe fácilmente sus expresiones en la soberbia y la avaricia,  la indiferencia y el odio,  la insolidaridad y el distanciamiento, que conducen a una sociedad fracturada, escindida por el egoísmo en las más diversas formas.

    ¿Qué explica que una cuarta parte de los venezolanos hayan emigrado del país, buscando otro suelo que los albergue; que la gran mayoría de los compatriotas padezca un empobrecimiento causado por la rapiña y la culpable mala administración de los bienes nacionales; que centenares de connacionales estén encarcelados y sean torturados por pensar distinto de los gobernantes; que millones de coterráneos no puedan expresarse con libertad y moverse sin amenazas?

    Ante estas y situaciones semejantes se actualiza el reclamo de Dios: ¿Dónde está tu hermano?

    La presente crisis nacional no es fruto de desastres naturales, sino de desórdenes morales y fallas ético-culturales, de insolidaridad con el proximus, que reeditan la respuesta de Caín: Soy yo acaso el guarda de mi hermano?

    Las Primarias de este año y la Presidenciales del próximo constituyen una oportunidad obligante de darnos y dar una respuesta positiva al reclamo de cercanía de nuestro prójimo y de la nación entera. De manifestar activa y eficazmente nuestra corresponsabilidad respecto de la suerte de nuestros hermanos venezolanos, especialmente de los más necesitados.

    2023 y 2024 han de ser tiempo de reencuentro nacional. En la línea de la refundación nacional que el Episcopado nacional ha venido urgiendo. Podemos y debemos reconstruir el país como casa común, libre, justa y grata de todos los venezolanos, como república democrática real, multicolor y polifónica. Como la fraternidad querida por Dios.

    Tenemos derecho y estamos obligados a construir una Venezuela sin fronteras y exclusiones internas, que fracturan la indispensable unidad nacional.

    El soberano (CRBV 5) está urgiendo nuestro protagonismo, para que respondamos positivamente a la pregunta ¿Dónde está tu hermano venezolano? A dos siglos de Carabobo hemos de retomar la tarea construir la República como el hogar deseable, próspero, por el cual ofrendaron su vida los libertadores.  

 

 

 

 

viernes, 8 de septiembre de 2023

ECONOMÍA Y POLÍTICA: PROBLEMA CULTURAL

 

    La gravedad y globalidad de la crisis nacional, que cubre todo este siglo-milenio, invita a reflexionar sobre la íntima relación de lo económico y lo político con lo cultural, o mejor, la interpretación de éstos como un conjunto tridimensional, poniendo especial atención al caso venezolano.

    El término cultura está cargado de muchas significaciones, que se pueden agrupar primordialmente en un binomio: sectorial y global. En este último sentido, cultura es una noción totalizante, integradora de todo lo social: económico, político y ético-espiritual. En sentido sectorial, se circunscribe a los campos de lo artístico y literario, de lo valorativo moral y la expresión religiosa, del relacionamiento ecológico y de lo peculiarmente tradicional y convivencial. Es comprensible que las fronteras de los sectores no son de precisión físico-matemática o cosa parecida. Lo cultural como sector puede ser denominado como ético-cultural o ético-espiritual.

    Concretando a Venezuela, es patente que el desastre de la economía nacional (pensemos en la industria petrolera y las grandes empresas de Guayana) no ha sido fruto, principalmente, de cálculos financieros errados, de procesos técnicos desarticulados, de estrategias deficientes o cosas por el estilo, sino de: marcada ideologización gerencial, gigantesca y generalizada corrupción, partidización e irresponsabilidad administrativas.

    De modo parecido, el deterioro político no ha sido efecto, primariamente, no de improvisación de cuadros directivos, anarquización de procedimientos, inflación burocrática y clientelar, sino de: simbiosis ideológica de Estado y Partido generadora de hegemonías como la comunicacional y enmarcada en un proyecto totalitario de tipo comunista-castrista, conceptuado como Socialismo del Siglo XXI. La inexistencia de un estado de derecho no es simple producto de apetencias personales o grupales -lo sucedido repetidas veces en la historia venezolana- sino resultado de una concepción marxista de la persona y de la sociedad, según la cual el ciudadano y su convivencia son engullidos por un régimen colectivizante, para el cual la dignidad y los derechos humanos no tienen consistencia propia, pues todo es relativizado con respecto a un poder central sin límites. En este contexto, prisión y torturas para los disidentes políticos así como amedrentamiento sistemático de la ciudadanía se convierten en puntos ordinarios de la agenda oficial. El pueblo (soberano), que en una república democrática actúa como poder supremo, originario, es expropiado por un “Poder Popular” autosuficiente, con pretensiones de absolutez y perennidad. “Vinimos para quedarnos” y “por las buenas o por las malas”, son principios manejados como supremos e inapelables.

    El desastre económico y político venezolano es resultado entonces de una teoría-praxis dominadora y masificante de la persona y de la sociedad, que el poder armado asegura y la hegemonía comunicacional-educativa busca introyectar en la población.

    La urgente refundación nacional, que el episcopado patrio repetidamente plantea, no se reduce, por consiguiente, a una reconstrucción económica y política del país en términos sólo de racionalidad técnica, adecuados procedimientos, eficacia administrativa y factores semejantes. Esa refundación debe ir en mayor profundidad, a las raíces, comenzando por la concepción misma de la persona (propia o prójima), más allá de simple ente económico productor-consumidor-contribuyente y político ciudadano-votante-. Esa refundación exige asumir la desglosada en el Preámbulo de la Constitución e ir todavía más hondo. Los creyentes y los cristianos en particular tenemos en los mandamientos y virtudes exigencias y estímulos hacia un humanismo en continuo perfeccionamiento. Bastante hemos sufrido por la soberbia y la avaricia empoderados, por el afán de dominación y libertinismo desencadenados, para no entender que una “nueva sociedad”, perfectible siempre, es posible con un serio compromiso económico de solidaridad, político de servicio y cultural de calidad ética y espiritual.

  “Nada son los castillos, nada los barcos, si ninguna persona hay en ellos”. Siglos antes de Cristo lo estampó Sófocles en su tragedia Edipo.

 


lunes, 28 de agosto de 2023

CONSTITUCIÓN NOMINAL, SOBERANO ENCADENADO

 

    Tenemos una Constitución, que se queda en puro nombre, y un soberano -definido en el artículo 5 de la misma-, que se encuentra actualmente encadenado.

    Lo “puro nombre” es porque si bien la Constitución (CRBV) recibió inicialmente mucha difusión y alabanza, su articulado base quedó en simples palabras. Esto nos recuerda una filosofía de fines del Medioevo llamada nominalismo, para la cual los conceptos eran puros nombres (flatus vocis, emisiones de voz), sin responder a realidad alguna. Lo de “encadenado” como calificativo del soberano, es porque los ciudadanos no gozan actualmente de garantías políticas, que les permitan expresarse libremente sobre la cosa pública, especialmente en lo electoral; la dirigencia del Régimen proclama que continuará en el poder “por las buenas o por las malas” y que “vinimos para quedarnos”. Expresiones confesa y públicamente soberbias y subversivas.

    La Constitución de 1999 -excesivamente centralista, necesitada de reforma y hasta de reformulación- constituye por ahora, con todas sus limitaciones y vacíos, un instrumento aceptable para el manejo democrático del país. El problema máximo es que su articulado fundamental se queda en enunciados formales, junto a una praxis cotidiana violatoria manifiestamente anticonstitucional. Hoy no existe en Venezuela un estado de derecho y, lo que es peor, el Régimen alardea de un socialismo contrabandeado, no sólo hegemónico sino también totalitario.

    Con respecto al soberano, no obstante que la Constitución afirma solemnemente el poder intransferible (CRBV 5), originario (CRBV 347) del pueblo, se da, de facto, una usurpadora concentración e inflación de poderes en el Ejecutivo nacional, el cual los ejerce dictatorialmente, no sólo con la notable participación, sino, sobre todo, por el apoyo decisivo político-ideológico del Alto Mando de la Fuerza Armada. El soberano parece un pordiosero a la espera de migajas de libertad concedidas por el poder.  Manifestaciones patentes de una tal anomalía son los centenares de presos-torturados políticos, la hegemonía comunicacional, la discrecionalidad de los organismos represores, el saqueo del país y la expatriación forzada de una cuarta parte de los venezolanos.

    La Conferencia Episcopal, ante la grave y global crisis, viene planteando la urgencia de una refundación nacional. Con respecto a ésta, resulta cuando menos curioso leer en el Preámbulo de la Constitución que “El pueblo de Venezuela (…) en ejercicio de su poder originario” la decretó “con el fin supremo de refundar la República”. Y explicita el para qué de la refundación:  “establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica, multiétnica y pluricultural en un Estado de justicia, federal y descentralizado, que consolide los valores de la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común, la integridad territorial, la convivencia y el imperio de la ley para esta y las futuras generaciones; asegure el derecho a la vida, al trabajo, a la cultura, a la educación, a la justicia social y a la igualdad sin discriminación ni subordinación alguna; promueva la cooperación pacífica entre las naciones e impulse y consolide la integración latinoamericana de acuerdo con el principio de no intervención y autodeterminación de los pueblos, la garantía universal e indivisible de los derechos humanos, la democratización de la sociedad internacional, el desarme nuclear, el equilibrio ecológico y los bienes jurídicos ambientales como patrimonio común e irrenunciable de la humanidad”.

    Estos fines positivos fueron declarados así en 1999, en una Venezuela con una democracia y un progreso innegables aunque imperfectos y con vivos anhelos de cambio efectivo. Los detentores del poder emergente tenían, sin embargo, otro proyecto subrepticio de tipo socialista marxista para imponerlo progresivamente. Hoy, a más de veinte años de distancia y en una Venezuela arruinada y oprimida, aquellos fines se replantean con máxima urgencia y obligatoriedad. Las Primarias de la oposición y las próximas elecciones nacionales han de ser pasos consistentes en dirección refundacional. La realidad debe ajustarse a la Constitución y el soberano debe romper cadenas y ejercer su poder originario. Para refundar el país. Nuestro país.