viernes, 14 de junio de 2024

JUAN XXIII DE TRANSICIÓN EPOCAL

 

Discurso de incorporación a la

Academia Internacional de Hagiografía

Sillón San Juan XXIII

Caracas, 12 Junio 2024

 

JUAN XXIII DE TRANSICIÓN EPOCAL

Mons. R. Ovidio Pérez Morales

    Grato deber al inicio de la presente exposición es manifestar mi agradecimiento a la Academia Internacional de Hagiografía por la distinción que sus Miembros de Número han querido hacerme para ocupar un sillón en esta prestigiosa institución y precisamente con el nombre de un Santo y Papa (1881-1963), que la Providencia eligió para servir a la Iglesia en una circunstancia histórica trascendental (1958-1963) y la cual para mí constituyó un escenario existencial privilegiado.

    En Protagonistas de Iglesia y mundo [1] reproduje una Entrevista imaginaria del Papa Roncalli[2], de la cual me será grato aquí substraer algún dato y reflexión. Aparte de las obligantes referencias a sus documentos y mensajes, resulta fácil encontrar material de apoyo para hablar de Juan XXIII por la abundosa bibliografía sobre tan sorpresivo y original pastor.

Coincidencia existencial.

    Me resulta sumamente familiar y grato hablar sobre nuestro personaje, a quien identifico como muy inserto en el tejido de mi vida en un capítulo particularmente significativo. Comenzaré describiendo el marco temporal de mi encuentro romano con el Papa Giovanni.

    Cuando su antecesor en la sucesión de San Pedro, Pio XII, falleció (9. 10. 1958), me encontraba yo en Roma en el Pontificio Colegio Pio Latino Americano, haciendo los reglamentarios ejercicios espirituales en los días previos a mi ordenación sacerdotal (mejor, presbiteral). La estricta disciplina seminarística en ese tiempo no permitió que, encontrándome junto a un grupo de compañeros en esa inmediata preparación al sacramento del Orden, pudiese interrumpirla para estar presente en la solemne procesión de entrada a Roma del difunto Papa, procedente de la residencia pontificia veraniega de Castel Gandolfo, para la velación en la Basílica de San Pedro. Pude sí venerar luego en ésta sus despojos mortales y participar en la ceremonia de entierro.

Mi ordenación presbiteral, tuvo lugar junto a una veintena de compañeros piolatinos, en la sede misma del Seminario, el 26 de otubre -y esto es una de las curiosidades que suelo referir en conversas autobiográficas- en una Iglesia sin Papa. En efecto, Pío XII yacía en el sepulcro y para su sucesor no había salido todavía humo blanco de la Capilla Sixtina. La que se suele denominar como “primera misa”, la celebré, por cierto, el día siguiente temprano en la mañana en el altar de La Cátedra de la Basílica de San Pedro, bajo la Gloria del Bernini; fue la causa por qué -comprensiblemente- todos los asistentes al terminar la misa se quedaron en la Plaza de San Pedro (sin ir al protocolar desayuno, excepto mi persona, mamá y un sacerdote) para ver si salía el esperado humo informador de la elección del nuevo Papa. Fue el día siguiente (28) al caer la tarde cuando hubo conmoción en la muchedumbre agolpada frente a la Basílica, al oír la sensacional y feliz noticia de la elección del nuevo pontífice: “Habemus Papam”, seguida de un nombre, Angelo Giuseppe Roncalli, el cual no figuraba, por cierto, entre los más candidateados. El inicio de mi sacerdocio, felizmente, coincidió así con el del pontificado del “Papa bueno”.

Primeros y desconcertantes encuentros

    El Colegio Pio Latinoamericano, de capital importancia para el catolicismo continental, fue fundado en Roma el 21 de noviembre de l858. Cuando el Papa Pío IX dio su bendición a ese seminario comenzó un instituto que en los cien años siguientes habría de fructificar en dos mil sacerdotes, entre los cuales siete cardenales y más de ciento sesenta obispos. En su sede se celebró en 1899 el Concilio Plenario de América Latina, de capital importancia para la evangelización del Continente, bajo el pontificado de León XIII.

    Fui alumno de dicho colegio desde septiembre 1952, cuando inicié estudios de filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana. Mi tiempo piolatino en su mayor parte transcurrió entonces bajo el pontificado de Pío XII, quien guiara a la Iglesia universal desde 1939; fueron años de reconstrucción postbélica y de consolidación democrática en la Europa occidental.

    La primera vez que vi a Pío XII fue en la en la Plaza de San Pedro, en la celebración del trigésimo aniversario de la fundación de la Unión de Hombres Católicos de Italia. Majestuosa solemnidad, que congregó una multitudinaria concentración católica entusiasta y disciplinadamente organizada, reunida en torno a un pontífice de imponente apariencia, gesto pausado y discurso denso y metódico. Firme adhesión y ferviente admiración se conjugaban en quienes participábamos en ese para mí primer encuentro con el Sucesor de Pedro. En forzado encierro dentro de totalitarismos circundantes y luego en marco de enfrentamientos desafiantes, Pío XII había abierto a la Iglesia una respetada presencia en ámbito internacional y un reconocido protagonismo en lo atinente a reconciliación y libertad, en un mundo que lamentablemente estaba pasando de un hirviente conflicto a una guerra fría.

    Con ocasión del primer centenario de nuestro Colegio, Juan XXIII recibió en audiencia -una de sus primerísimas- a todos cuantos formábamos la amplia familia piolatina. Tenía yo pocas semanas de ordenado presbítero y, por tanto, al encuentro con el nuevo pontífice acudía con una buena dosis de curiosidad y talante comparativo. Sería insincero si no confesase que de esa audiencia salí con no escaso desconcierto. Al fondo de la amplia sala vaticana se había sentado un Papa bien entrado en años, regordete, de movimientos descompasados y abundosa gestualidad. Sin papel en mano nos habló con fresca espontaneidad sobre varios temas pastorales que juzgaba útiles al ministerio sacerdotal, mezclando doctrina y experiencia. Confieso que quedó indeleble en mi memoria, para permanente y pedagógico recuerdo, esta sencilla advertencia del nuevo Pontífice: hay sacerdotes que se quejan de que no pocos hombres cuando van a celebraciones en la Iglesia, si acaso entran, permanecen recostados en las paredes; ahora bien, yo les pregunto a ustedes ¿Qué es mejor? ¿Qué se queden fuera o que al menos entren? Para un estudiante de teología, acostumbrado a las magistrales exposiciones doctrinales, leídas, de Pío XII, esa exposición espontánea y asistemática de Juan XXIII resultaba patentemente disonante.  Sólo en el decurso de los acontecimientos que se fueron desarrollando entendí por dónde iban las cosas y qué hondo sentido tenían aquellos recuerdos y espontaneidades pastorales.

    El discurso inicial del Concilio, anunciado en enero de 1959 e inaugurado en octubre de 1962, lo desarrolló el Papa precisamente en una línea de apertura, comprensión, creatividad, marcando el rumbo para una Iglesia en nuevos escenarios. En tan solemne oportunidad, refiriéndose a los errores de los seres humanos dijo:

Siempre la Iglesia se opuso a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar de la medicina de la misericordia más que de la severidad. Piensa que hay que  remediar a los necesitados mostrándoles la validez de su doctrina sagrada más que condenándolos”.

    Del Papa Giovanni se cuentan muchas anécdotas -se non é vero y ben trovato, dicen los italianos como justificación de cualquier cuento-. Yo me restringiré sólo a una, porque vivida personalmente, por cierto en la ocasión de la imposición del capello a nuestro primer cardenal (16.1.1961) el arzobispo de Caracas José Humberto Quintero.  En la audiencia concedida a la comitiva que acompañó a éste en tal ocasión -en ella pude participar por encontrarme todavía en la Ciudad Eterna- el Papa tuvo la deferencia de saludar e intercambiar con los presentes. Al encontrarse con el grupo de aeromozas, luego de saludarlas cariñosamente se detuvo a contarles algunas experiencias de sustos experimentados en vuelos, lo cual fue para todos motivo sorpresivo de alegría y admiración. El Papa mostraba así que infalibilidades y competencias supremas no lo despojaban de su condición de miembro de la familia humana, en la cual estaba llamado a compartir con fresco afecto.  Ese gesto venía a ser como un símbolo del cambio eclesial en profundidad que se estaba abriendo paso.

En cambio epocal

    Después del Concilio Vaticano II (1962-1965) se suele hablar de dos tiempos de la Iglesia y no simplemente en sentido cronológico, sino en cuanto a actitud y significado de presencia: pre y postconciliar.  En cuanto a concilios universales se habían experimentado en los tiempos modernos dos saltos: el primero, de tres siglos, de Trento (1545-1563) al Vaticano I (1869-1870); el segundo, de un siglo, del Vaticano I al II. Objetivos conciliares:  de Trento fue enfrentar polémicamente al protestantismo, del Vaticano I encarar beligerantemente la modernidad. Característica del Vaticano II ha sido la de aggiornamento de la Iglesia en tiempos de cambio epocal. Sobre este escenario valgan algunas observaciones.

    Partamos de una comprobación de Perogrullo: la historia es cambio. Hay cambios, sin embargo, que por su magnitud y efectos reclaman una atención y un calificativo especiales. Bastante conocida es la interpretación de Alvin Toffler al hablar de tres grandes olas históricas [3]. 1955 podría considerarse como indicador significativo del emerger de la tercera ola -en medio de la cual nos encontramos- caracterizada por un gigantesco salto científico-tecnológico con su correspondiente metamorfosis cultural. Lo cierto es que se ha hecho común hablar de cambio epocal, introduciéndose este adjetivo para designar la presente circunstancia histórica, que no es ya simplemente de multiplicación y aceleración de cambios, sino de otra cosa, para la cual se ha recurrido al mencionado calificativo. No es del caso entrar aquí a ilustrar esta afirmación con la mención de algunos ejemplos de un vastísimo inventario. Bastaría decir que es sobre todo en los campos de la comunicación y de la vida donde se destaca lo novedoso. Como concesión humorística respecto de nuevas tecnologías cabría observar que ahora son los niños los instructores de los adultos el manejo de invenciones. Con respecto a la comprobación y calificación del cambio contemporáneo, el Vaticano II dejó estampado lo siguiente en la Constitución Gaudium et Spes:

El género humano se halla en un nuevo período de su historia, caracterizado por cambio profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo entero (…) se puede ya hablar de una verdadera metamorfosis (vera transformatione) social y cultural, que redunda también en la vida religiosa (GS 4).

    Por cierto que el primer documento conciliar aprobado y promulgado -junto al de la liturgia (4-12.1963), fue sobre la comunicación social y tiene por cierto, como título y primeras palabras, Inter Mirifica (Entre los maravillosos) seguidos por los vocablos “inventos de la técnica”, que abren el texto de dicho decreto (IM 1) ¡Ciertamente los padres conciliares que lo aprobaron no se imaginaban que sus sucesores podrían comunicarse en sus asambleas con videos, celulares y artefactos del género! Apenas tres años después de terminado el Concilio, la revolución del terrible `68 fue indicador de la magnitud de la sorprendente metamorfosis.

     Es comprensible que en épocas tan agitadas como la postconciliar las actitudes y posiciones no registren siempre la configuración y la mesura necesarias o convenientes. Además, en el procedimiento humano la cizaña suele mezclarse con el trigo. El necesario aggiornamento se produce en coordenadas no siempre fáciles de establecer o manejar en tiempos turbulentos. Resulta así no razonable o justo achacarle al Vaticano II desviaciones y subproductos al margen de la renovación programada y deseada. Una pregunta, con todo, puede ayudarnos a configurar una respuesta sensata ¿Qué hubiera sido de la Iglesia si no se hubiese reunido el Vaticano II para responder a los desafíos planteados a la comunidad eclesial con el cambio epocal? Como ayuda a una respuesta se podría recordar lo sucedido a la armada napoleónica, desprovista de la motivación, indumentaria e implementos necesarios, ante la organizada y furiosa contraofensiva del ejército ruso y de su implacable aliado, el fantasmal invierno.

    Cabe añadir que el cambio epocal no ha concluido, ni que el obligante aggiornamento eclesial, impulsado por Juan XXIII y concretado por el Vaticano II, pueden considerarse concluidos. A los desafíos conocidos se están agregando otros como el de una instrumentalizada globalización, una envolvente inteligencia artificial e ideologías desestructuradoras de lo humano. Queda un largo y exigente camino por andar, en una historia que estará, por lo demás, abriendo siempre nuevos capítulos. Traditio y creatio son dos tareas irrenunciables, que el Pueblo de Dios ha de acometer, con fidelidad e inventiva, en su peregrinar, hasta que el Señor regrese.

Bajo el impulso del Espíritu

    El Diario del alma [4] permite adentrarnos en la intimidad espiritual del Papa Roncalli, para identificar la raíz profunda de su itinerario existencial y dentro de éste descubrir el hondo y sólido fundamento de su amable y atrayente personalidad. Su sencillez y espontaneidad, el condimento humorístico de su comunicación, la generosa escucha y la disposición  dialogal,  su apertura servicial,  no eran comportamientos ligeros y epidérmicos de su personalidad, sino que tenían un sólido fundamento teologal y manifestaban una contextura y constancia permanentes de espiritualidad conseguidas a través de un ejercicio continuo de disciplina, austeridad y entrega, que expresaban y secundaban diligentemente la gracia de Dios que copiosamente lo acompañaba. No era casual o sorpresivo en él lo que se había conquistado mediante una meditación y sacrificio permanentes.  Volaba alto porque se sumergía bien hondo. El reconocimiento oficial de su santidad por la Iglesia al proponerlo a la veneración y el culto públicos son definitivamente dicientes al respecto.

     Desde su adolescencia seminarística (1895) hasta su ocaso vaticano preparando el Concilio (1962), el referido Diario va detallando pasos de su peregrinaje espiritual, que reflejan una oblación total a Dios, una imitación radical de Cristo y una disponibilidad entera al Espíritu Santo, que se expresaban también en una sencilla filiación mariana y un servicio sin reservas al prójimo y a la Iglesia. Su robusta espiritualidad, en medio de cambiantes lugares y misiones de diversa fisonomía religiosa y cultural, seguía un ritmo ordenado y sistemático, en permanente revisión. Sus ejercicios espirituales, individuales o comunitarios, regularmente realizados, conformaban conjuntos de días propicios para profundizar, revisar y programar su vida en relación con Dios y con el prójimo.   

    De particular significación en tal sentido son los apuntes hechos en su retiro espiritual en Castel Gandolfo, en tiempo preparatorio del Concilio, del lunes 10 al sábado 15 de septiembre de 1962. Al final compendia grandes gracias recibidas, que por su peculiar significación recogemos aquí:

 PRIMERA GRACIA. Aceptar con sencillez el honor y el peso del pontificado, con la alegría de poder decir que no hizo nada para provocarlo, absolutamente nada (…) SEGUNDA GRACIA. Hacerme aparecer como sencillas y de inmediata ejecución algunas ideas nada complejas, sino sencillísimas, pero de vasto alcance y responsabilidad frente al porvenir, y con éxito inmediato (…). Sin haber pensado antes en ello, sacar a relucir en un primer diálogo con mi Secretario de Estado, el 20 de enero de l959, las palabras Concilio Ecuménico, Sínodo diocesano, revisión del Código de Derecho Canónico, en contra de toda suposición o imaginación mía en este punto. El primer sorprendido de esta propuesta mía fui yo mismo, sin que nadie me hiciera indicación al respecto. Y decir que todo me pareció tan natural en su inmediato y continuo desarrollo. Después de tres años de preparación, laboriosa ciertamente, pero también feliz y tranquila, aquí estoy ya a los pies de la santa montaña. Que el Señor me sostenga para llevar todo a buen término”[5]

Esta interpretación del lanzamiento de un Concilio la recogió el Papa en su discurso inaugural del acontecimiento, cuando habló de un “toque inesperado, un haz de luz de lo alto”. Idea que manifestaba una iniciativa del Espíritu Santo, fuente primera de vida y renovación del Pueblo de Dios (DI 7).

    En ese mismo discurso Juan XXIII explica los aspectos fundamentales de lo que aspira sea el estilo (aire) y la finalidad (horizonte) del Concilio. Disiente de los “profetas de calamidades” para subrayar la acción de la Providencia en la historia presente; junto a la fidelidad al “sagrado depósito de la doctrina cristiana”, invita a “mirar al presente” y las “nuevas rutas” apostólicas que se abren; no actuar de modo repetitivo y condenatorio en la exposición de la doctrina, sino en forma renovada, misericordiosa, positiva; expresa a propósito de diversos temas lo que se sintetizaría comúnmente con el término aggiornamento. Recalca, ya para concluir, que el Concilio debe promover la unidad de la familia cristiana y humana. A más de medio siglo de distancia se evidencia, una invitación pontificia a un cambio de actitud eclesial con respecto a la modernidad, sin caer en el irenismo.

  Hacia la unidad 

    La preocupación por la unidad en sus dos vertientes, la ecuménica (intracristiana) y la general (interreligiosa y humana abierta) fue expresamente planteada por el Papa Roncalli en su discurso de apertura conciliar.

A.      Unidad de la familia cristiana:

La Iglesia católica estima, por tanto, como un deber suyo el trabajar denodadamente a fin de que se realice el gran misterio de aquella unidad, que Jesucristo invocó con ardiente plegaria al Padre celeste en la inminencia de su sacrificio (DI 17).

    Sobre la unidad intracristiana en 1960 constituyó el Secretariado para la unión de los cristianos; y el Concilio produjo el Decreto Unitatis Redintegratio sobre el ecumenismo. Con éste se conjuga bien la Declaración Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Muy significativo es lo que ese decreto afirma en su proemio: “Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los principales propósitos del Concilio Ecuménico Vaticano II” (UR 1). Vale la pena agregar que significativa en dicho sínodo fue la participación activa de otros organismos cristianos como observadores.

B.       Unidad del género humano:

(El Concilio ecuménico Vaticano II) mientras agrupa las mejores energías de la Iglesia y se esfuerza en hacer que los hombres acojan con mayor solicitud el anuncio de la salvación, prepara y consolida ese camino hacia la unidad del género humano, que constituye el fundamento necesario para que la ciudad terrena se organice a semejanza de la ciudad celeste, en la que, según San Agustín, reina la verdad, dicta a ley la caridad y cuyas fronteras son la eternidad (DI 18).

Este tema de la unidad humana lo desarrolla con amplitud la Gaudium et Spes especialmente en su capítulo II en el que afirma: “Dios, que cuida de todos con paterna solicitud, ha querido que los hombres constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos” (GS 24).

    Documento central y eje del Vaticano es la constitución Lumen Gentium -documento íntimamente asociada con la Gaudium et Spes-, la cual tiene un número clave en esta materia y es justo el primero. En él la Iglesia se define en sentido unificante como signo e instrumento, en Cristo, de la unidad humano-divina e interhumana, la cual constituye el sentido del plan divino creativo-salvífico. Fuente y razón de esta unidad es Dios Unitrino, comunión divina trinitaria (ver LG 4). Aquí encontramos la razón y el fundamento de la línea teológico pastoral de comunión, o sea el eje articulador doctrinal y práctico cristiano, formulada (descubierta) por la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla (1979) y asumida posteriormente para el Concilio Plenario de Venezuela (2000-2006), como lo declaró previamente el Episcopado nacional, el cual agregó algo muy importante como fue la definición de lo que es una línea teológico-pastoral [6].

    Resulta así que Dios comunión, crea y salva por la comunión en y por Cristo y, unida a él, la Iglesia como sacramento; ello explica el sentido de la evangelización y la substancia del mandamiento máximo, así como la índole y telos del conjunto de lo real. En ese marco se entiende la direccionalidad de la historia querida por Dios y la fisonomía de lo definitivo.

En paz hacia la unidad

    Dos obras podrían considerarse como estelares en el pontificado del Papa Roncalli: sus ocho grandes encíclicas y el XXI Concilio Ecuménico. De aquéllas sobresalen la Mater et Magistra sobre el reciente desarrollo de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana (15 de mayo 1961, en el 70º aniversario de la Rerum Novarum), y, particularmente, la Pacem in Terris sobre la paz entre todos los pueblos, que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad (11 de abril, Jueves Santo 1963). Ambas recogen, como es costumbre, enseñanzas anteriores de la Iglesia en la materia, buscando actualizarlas en nuevos contextos Sobre la última valgan aquí algunos comentarios.

    Juan XXIII entregó a la Iglesia y al mundo la Pacem in Terris poco antes de su muerte el 3 de junio de 1963. Un bello regalo-recuerdo de despedida. El destinatario fue -algo novedoso- junto al acostumbrado y jerarquizado conjunto eclesial, “y a todos los hombres de buena voluntad”. La Pacem in Terris, ahondando en la reflexión de Mater et Magistra refleja un nuevo aire y ángulo de orientación, que responde a una nueva interpretación de la relación Iglesia-mundo, como la dibujó la Gaudium et Spes, ya desde su proemio mismo. La Iglesia no se interpreta frente o al lado del mundo, sino al interior del mismo y a su servicio, en compartir y solidaridad, continuando “bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido” (GS 3). Una actitud que corresponde a la autoidentificación sacramental unificante de Lumen Gentium (No. 1). Podría decirse que se actúa un giro copernicano en autocomprensión:  de un eclesiocetrismo a un “antropocentrismo”, de una actitud autoritativa a otro dialogal, servicial. No se diluye la misión evangelizadora, pero se la reinterpreta sacramentalmente, en apertura a pueblos, culturas, religiones. Se reconoce a Dios como fundamento, fin y garantía del ordenamiento humano, en el cual se destaca la dignidad humana, la índole natural de los derechos-deberes humanos y el horizonte del bien común; se pone atención a la interdependencia e interrelación de los estados y al establecimiento de una comunidad internacional. Son razones por las cuales la Pacem in Terris fue un documento papal que, como nunca antes, tuvo un excepcional eco en instituciones internacionales.

      La vida y actuación del Papa buono y la fuerte emoción de cariño, admiración y agradecimiento que produjo a nivel universal, es consecuencia de la novedad que él existencialmente introdujo en la Iglesia y en el mundo.

Conclusión

    Elegido Sucesor de Pedro a los 77 años se podía pensar en él como un papa de transición, pero resultó ser en cinco años un arriesgado y apropiado timonel en el mar revuelto del cambio epocal, con una brújula enderezada al aggiornamento eclesial y abriendo ventanas a nuevos aires de paz universal. 

    Fue el Papa escogido por el Espíritu Santo para relanzar la Iglesia con nuevos bríos hacia nuevos horizontes de humanidad, enfrentando inéditos y serios desafíos, con alma de explorador y pionero.

    El “Papa bueno” rebosaba de amabilidad y espontaneidad, que no eran expresión de una simple disposición caracterológica, sino, en mayor hondura, fruto de una espiritualidad profunda y sistemáticamente labrada en seria disciplina y abonada conciencia. En él la auctoritas se entretejía con la benevolentia en un conjunto de pastor bonus.

    El Vaticano II fue su privilegiado legado, que entregó para ser concluido y entrar en una praxis de renovación eclesial con patentes frutos positivos. Éstos continúan desarrollándose, aunque acompañados también -nada extraño en lo histórico humano- de radicalizaciones y extralimitaciones, “no precisamente por, sino a pesar de”.

    A Juan XXIII, que Dios envió a su Iglesia en el momento justo, lo veneramos como santo. Para nuestra Academia es motivo de alegría, honor y animación, contar con un sillón a su nombre.

 

Caracas, 12 de junio de 2024



[1] Ovidio Pérez Morales, Ediciones Paulinas 1990.

[2] Publicada originalmente en el Suplemento cultura del diario Últimas Noticias, Caracas, 29-4-79.

[3] Alvin Toffler, La tercera ola, Barcelona, Plaza & Janes, S. A., 1980.

[4] Ediciones Cristiandad, Madrid 1964.

[5] Ibid. 406 y sig.

[6] CONFERENCIA EPISCOPAL VENEZOLANA, Carta Pastoral Colectiva Con Cristo hacia la comunión y la solidaridad, 10 enero 2000.La definición es: “la noción o categoría, interpretativa y valorativa, que constituye el principio o eje unificador de lo que teológicamente se afirma y pastoralmente se propone” (18).

martes, 11 de junio de 2024

Libro Espiritualidad Espacial.

     De ordinario tendemos a vivir nuestra espiritualidad en un marco reflexivo limitado y referido a un relacionamiento con Dios con una connotación predominantemente individualista, intimista y vertical. Nos inclinamos también a reducir lo temporal a la actualidad y lo espacial a la circunstancia inmediata. Teóricamente sabemos que nuestra relación con Dios y con el prójimo ha de ser de ventanas abiertas, pero en la práctica solemos recluirnos en un ámbito estrecho y aislante.

      Los pensamientos y sentimientos que se recogen en esta publicación buscan ampliar espacios y extender tiempos a un espíritu que, como tal, tiene alas para volar bien lejos sin perder en modo alguno la innata capacidad de profundizar en lo real próximo, venciendo la tentación de quedarse en la superficie y la inmediatez.

      Pensar y proceder con realismo es un sabio consejo que solemos hacer y hacernos; generalmente, sin embargo, esa invitación la practicamos en un sentido restringido sin mayores horizontes. Cuando escarbamos reflexivamente y nos situamos en nuestro entorno integral, descubrimos, de una parte, que el panorama se amplía y la mente comienza a moverse en aires que se expanden, y de la otra, que lo microscópico se revela como otro universo, de riquezas insospechadas.


Para seguir con la lectura, puede hacer clic en el siguiente título: Espiritualidad Espacial


jueves, 30 de mayo de 2024

REFUNDACIÓN EDUCATIVA

     Repetidas veces he recordado la propuesta de la Conferencia Episcopal Venezolana sobre un esfuerzo conjunto ciudadano para refundar el país. Este llamado, bastante exigente en profundidad y globalidad, responde a la situación nacional de crisis integral, la cual exige un esfuerzo conjunto con miras a una efectiva recuperación.

    Pues bien, un aspecto o componente fundamental de esa refundación es el tocante a la educación, entendiendo ésta como un requisito primario, ya que no se la restringe o polariza en lo informativo o instrumental, sino que se la interpreta primordialmente como formación de las personas y la comunidad en valores, creatividad, actitudes, socialidad, requerimientos ético-culturales.

    En momentos en que estamos en la proximidad de una transición de la República hacia una convivencia democrática en la línea de la Constitución, es preciso subrayar la prioridad de lo educativo, justamente por la hondura y extensión del deterioro y las carencias de la realidad nacional. Dentro del trabajo en la elaboración de propuestas para responder a necesidades y urgencias, resulta imperativo actuar con lucidez y eficacia en lo pedagógico en su sentido más genuino e integral.

Hay tareas de orden estructural, organizativo y financiera, que emergen con prioridad en este campo, tan descuidado y maltratado en múltiples aspectos; piénsese, como ejemplo notorio, en la atención a los docentes, relegados a una escandalosa marginalidad. Pero la atención a estas ineludibles prioridades no puede retardar o disminuir la que toca el ser y sentido mismos de la educación.

    Es aquí donde se precisa re-poner sobre el tapete lo que en un momento determinado de la etapa democrática (1958-1998) llegó a fraguar hasta en un Ministerio de Estado para el Desarrollo de la Inteligencia. Lo que ello buscaba y repercutió con razón a nivel internacional tenía como horizonte una genuina revolución, pues buscaba la transformación, no simplemente de cosas, conocimientos, instrumentos y estructuras, sino del cuido y el manejo de la fuente y el motor mismos de éstos: la inteligencia del pueblo, sin barreras de condición social, racial y otras.

    La pronta, repentina, inexplicable e inexplicada desaparición del referido organismo oficial y el eclipse de lo que éste significaba, generaba y multiplicaba constituyó una verdadera tragedia nacional. Con el agravante de que no tuvo mayores dolientes, ni en el gobierno ni en la oposición; ni mayor repercusión en organismos y sectores de la sociedad civil. De nada sirven ahora los lamentos, si la conversión no despunta.

    Luis Alberto Machado - “progenitor” de la creatura- comenzó su libro La revolución de la inteligencia. El derecho a ser inteligente (Caracas, Planeta 1983) con una cita de René Descartes, “padre de la filosofía moderna”. Propósito de ambos era enseñar la importancia de un método, un camino, a seguir. Les interesa primariamente no los productos de la inteligencia, sino cómo ésta los logra puede inventar cualquier cosa.

    ¿Cómo manejar la inteligencia y crecer como creatura inteligente? Ligado estrechamente con ello surgía en el doctor Machado el tema del derecho humano “a ser inteligente”, como derecho primario y altamente generador. Tema éstos que hoy, en escenarios de inteligencia artificial, cobran peculiar relieve. (Estos planteamientos -digámoslo de paso- dejaban en la sombra la exaltación marxista de los medios de producción como estructura social fundamental, así como otras ideologías idolátricas).

    La etimología latina de educación (educere), así como la pedagogía socrática (mayéutica), que acentúan un generar desde dentro, cobran particular importancia. Enseñar a pensar, supera el simple obsequiar pensamientos. Dios creó al ser humano como inteligente, como co-creador que ha de comenzar por la construcción de sí mismo. La inteligencia es aprendizaje de genialidad, posibilitado por la liberación de la inteligencia.

    Reconstruir la educación exige reparar y edificar escuelas, tratar dignamente a los docentes, pero, junto a eso y sobre todo eso, pensarla y actuarla como desarrollo de los humanos como creaturas inteligentes y responsablemente libres.

 

  

 

 

   

 

jueves, 16 de mayo de 2024

LA IGLESIA CATÓLICA ANTE LAS PRÓXIMAS ELECCIONES

 

    La posición concreta de la Iglesia y de su representación episcopal en una determinada circunstancia electoral no es algo que pueda definirse a priori. Depende de la situación, aparte de otros eventuales factores. Estudié en la Italia de la post guerra cuando la alternativa, más que electoral, era vital e histórica: o el Partido Comunista Italiano con Togliatti y el alineamiento con la URSS, o la Democracia Cristiana con De Gásperi y la permanencia en el Occidente democrático. Para la Iglesia estaba claro. Regresé al país, caída la dictadura de Pérez Jiménez, en un tiempo de incipiente pluralismo, cuando en las votaciones la libertad y un futuro abierto no se planteaban ya n forma dilemática.

    En el ámbito nacional las cosas han cambiado. Ello explica las siguientes tomas de posición del Episcopado: “Ante el deterioro progresivo de la situación política venezolana hemos señalado en nuestras recientes Exhortaciones de julio 2019 y enero 2020 que se hace necesaria la salida del actual gobierno y la realización de elecciones presidenciales limpias, y en condiciones de transparencia y equidad (…) los graves problemas del país no se solucionan, sino con cambios substanciales que respeten la ley, la institucionalidad y la autonomía de los poderes públicos” (Exhortación Pastoral del 10. 7. 2020).  El año siguiente otra exhortación (11. 1. 2021) denunciaba el empobrecimiento general como efecto de un modelo ideológico, el agravamiento en materia de violación de derechos humanos y la masiva migración forzada, de allí que volvía a insistir en la necesidad de “un cambio radical en la conducción política” del país. Meses más tarde (12.7.2021) el Episcopado planteó la necesidad de refundar la nación.

    Todavía el año pasado el Episcopado advirtió: “nuestro país continúa viviendo una crisis política, social y económica profunda. Un escenario que pone en entredicho la gestión de gobierno que por más de veinte años ha guiado los destinos de la nación”. Y añadió algo bien grave: “Hoy podemos decir que en Venezuela existe todo un pueblo crucificado”. De allí este interpelante llamado: “Invitamos a todos los creyentes y a toda persona de buena voluntad ejercer una doble conversión: a asumir con autenticidad el testimonio personal, con lucidez y compromiso humanizante, y el protagonismo consciente de ciudadanía responsable (…) Pasemos de lamentaciones y postraciones a acciones liberadoras”. Y formuló un compromiso: “Que nos pongamos, en cada diócesis, en cada parroquia, en cada congregación y en cada colegio, en cada empresa, oficina o comercio, de cara a la parálisis nacional, y cada uno pregunte qué puedo hacer yo, cuánto más puedo aportar, cuánto y en qué ámbitos puedo pasar del yo al nosotros, elevando y multiplicando el bien que producimos”. (Exhortación 13 de enero 2023)

    La semana pasada escribí acerca de la histórica caída del Muro de Berlín y con él del régimen comunista, no en medio de un conflicto fratricida, sino enmarcada en un pacífico reencuentro unificador. Las dos Alemanias estatales se reunificaron, y sus poblaciones se reconciliaron. Predicciones apocalípticas fallaron. Se impusieron:  la memoria histórica popular, la racionalidad de Bien Común, el instinto de supervivencia…y, para los creyentes, no estuvo ausente la mano de Dios. La historia no se repite, pero sí enseña. El comunismo había llegado allí con pretensión de quedarse como un destino necesario, pero el hecho es que no se quedó, porque la libertad creadora destruyó el mito.

    No resulta incongruente que los Obispos propicien, en medio de una crisis nacional global que se agrava, un cambio de régimen hacia una Venezuela en que no se vean forzados a plantear lo mismo en el futuro, como resultado de que la democracia se respete.

    Lo cierto es que lo sucedido en el país en las últimas décadas ha de llevar, no sólo a evitar represalias o retaliaciones contraproducentes y quedarse en arrepentimientos estériles comenzando por la misma Iglesia y sus pastores, sino a generar conversiones proactivas. Pues, entre otras cosas, ¿en qué medida no se formó a la ciudadanía -en su mayoría católica- para una participación política responsable, y para que su soberanía fuese lúcida, efectiva, humanista, de altas miras?  

sábado, 4 de mayo de 2024

CAIDA DE MURO Y CIUDAD

     Al famoso Muro de Berlín pude seguirlo también presencialmente en diversos momentos durante su existencia (13. 8. 1961-9. 11. 1989). Estuve en dicha capital antes, después de la construcción y también luego de echado abajo ese monumento de vergüenza.       

    Me encontraba en Múnich cuando las emisoras de radio comenzaron a transmitir, con dolor y furia, el ruido de taladros rompiendo calles berlinesas para construirlo. Y en 2011 pude compartir en Berlín la conmemoración del 50º aniversario del infausto inicio.

    Construido el Muro, confieso que no me ponía el problema de su extinción, como tampoco el de la caída del comunismo que el mismo simbolizaba, porque “problema que no tiene solución no es problema”. La duración del dominio soviético -aunque realidad histórica y, consiguiente temporal- se proyectaba como algo de impredecible término por la naturaleza del sistema totalitario. Su defunción fue, con todo, sorpresiva; un tsunami popular se desencadenó de repente para tumbar el muro, en lo cual hasta algunos de los guardias que lo aseguraban colaboraron en el desmantelamiento. Claro está, factores de resistencia trabajaban en silencio y con paciencia, pero….

    En mi imaginación yo no concebía un ocaso pacífico del muro y del sistema que simbolizaba. La STASI (organismo de seguridad) y la nomenklatura férrea no podrían desaparecer en paz; me figuraba un cambio bien conflictivo, pintado con bastante sangre, con innumerables víctimas y consecuencias desastrosas. Ya había presenciado la “Cortina de hierro”, con su instrumental amenazante y disuasivo, también en zona agrícola, en la frontera de la Alemania Federal con Checoeslovaquia.

    ¿Qué paso entonces? Los creyentes utilizamos con frecuencia la palabra milagro para calificar hechos mundanamente inexplicables. Pues bien, cayó el Muro y no supe de ningún enfrentamiento, así como de ningún humano fusilado, ahorcado o cosa semejante. Hubo, en cambio, música, lágrimas pero de alegría, alborozo de rencuentros, fuegos artificiales … Parece que la tierra hubiese engullido de repente los bloques de concreto, los policías apertrechados y vigilantes para evitar fugas. La reunificación alemana comenzó a caminar presurosamente, superando diferencias y obstáculos.

    Todo ello configuró un cuadro diferente a la caída de la ciudad de Berlín en 1945, en manos del avasallante ejército soviético. Bastantes films y videos están a pública disposición para percibir esa victoria-tragedia. Personalmente pude contemplar tiempo después un Berlín con más o menos 80 por ciento en el suelo.  Con los previos inclementes bombardeos anglo norteamericanos y la avasallante entrada de la armada roja la esplendorosa capital del Reich quedó hecha una miseria. Hitler en su soberbia había preferido enterrarse con su imperio antes que perderlo. “Por las buenas o por las malas” lo proyectaba por mil años. “Había llegado para quedarse”, con la esvástica ondeando desafiante en suelo ario.

    Hago memoria de estas cosas porque dicen que la historia es maestra de la vida. Y que quien no sabe de dónde viene no sabe hacia dónde va.

    Venezuela vive hoy una situación sumamente crítica. Bajo una dictadura de corte totalitario, y urgida de cambio hacia una convivencia como la ordena la Constitución patentemente en su Preámbulo y sus Principios Fundamentales. Y, sobre todo, como Dios la quiere:  libre, justa, fraterna, pacífica. La nación tiene ante sí unas elecciones bastante próximas en las cuales el soberano debe-debería libremente decidir.

    ¿Cómo serán el cambio y la transición? ¿Como la caída pacífica del Muro o como el suicidio del Fuhrer y el desmantelamiento de Berlín? Estos días y semanas son claves. ¿Se abrirá paso en el Régimen la racionalidad, un talante realista y humanista, o se radicalizará una voluntad continuista, represiva, excluyente y destructora?

    Quien puntea hoy las encuestas tiene felizmente un espíritu amplio y una palabra dialogante, que responden a un anhelo nacional. Unas elecciones libres, en un ambiente de mutuo respeto, abrirían-deben abrir el camino al cambio-transición que la nación urge y Dios quiere:  hacia Venezuela como ámbito de encuentro y casa común.

 

 

 

       

 

jueves, 18 de abril de 2024

ALFABETIZAR EN DERECHOS HUMANOS

 

    El analfabetismo en materia de derechos humanos abunda en Venezuela, paralelamente a su sistemática y descarada violación por parte del sector oficial, que debiera estar a la cabeza en la defensa de los mismos.

    Sobre este punto he vuelto una y otra vez mis escritos. Por ejemplo, en un sencillo libro sobre Doctrina Social de la Iglesia, editado por el Consejo Nacional de laicos, inserté como anexo la Declaración universal de derechos humanos, proclamada por la ONU el 10 de diciembre de 1948; incluí igualmente el Preámbulo y los Principios fundamentales de nuestra Constitución de 1999.

    Nil volitum nisi praecognitum reza un proverbio latino, que puede traducirse así: nada se quiere si no se pre-conoce. Lo cual constituye en el presente caso un serio llamado de atención al soberano (CRBV 5) y, de modo interpelante, a quienes dentro de ese cuerpo tienen una función educativa.

    “Una dignidad infinita, que se fundamenta inalienablemente en su propio ser, le corresponde a cada persona humana, más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre”. Así comienza el reciente documento de la Santa Sede Dignitas infinita sobre la dignidad humana (8 de abril 2024).  Declaración  que se publica en la oportunidad del 75º aniversario de la producida por la ONU sobre los derechos humanos.

    Para la Iglesia esa dignidad “plenamente reconocible incluso por la sola razón, fundamenta la primacía de la persona humana y la protección de sus derechos”; así “a la luz de la Revelación, reafirma y confirma absolutamente esta dignidad ontológica de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida en Cristo Jesús”. El documento vaticano continúa ratificando aquella primacía y su defensa más allá de toda circunstancia, al tiempo que aprovecha la ocasión para “aclarar algunos malentendidos que surgen a menudo en torno a la dignidad humana y (…)  abordar algunas cuestiones concretas, graves y urgentes, relacionadas con ella”.

    En nuestro país tenemos de parte de la Iglesia un documento valioso en materia de derechos humanos y de una antropología integral. Es el tercero del Concilio Plenario de Plenario de Venezuela, relativo a la construcción de una “nueva sociedad”, y estructurado según la muy útil metodología del ver-juzgar-actuar; en él encontramos como Desafío 3 del Actuar el siguiente: “Concretar la solidaridad cristiana y defender y promover la paz y los derechos humanos ante las frecuentes violaciones se los mismos”. Dicho documento fue aprobado en agosto de 2001 y tiene reforzada actualidad.

    Cuando hablo de alfabetizar en derechos humanos pienso en el poco conocimiento-conciencia-reclamo que tenemos en este país al respecto. Como referencia ejemplar de alfabetización citaría aquí sólo dos artículos, referentes a la comunicación. El primero es el No. 19 de la Declaración de la ONU: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas sin limitaciones de fronteras, por cualquier medio de expresión”. El segundo es el No. 57 de la Constitución de nuestro “conatelizado” país: “Toda persona tiene derecho a expresar libremente sus pensamientos, sus ideas u opiniones de viva voz, por escrito o mediante cualquier otra forma de expresión (…)”. Recuerdos muy oportunos ante la pretensión de un régimen de corte totalitario, que considera las libertades ciudadanas como dádivas gubernamentales condicionadas y la voz oficial como monopolio comunicacional.

    Un genuino cambio político en Venezuela debe colocar, entre sus prioridades, una alfabetización ciudadana en materia constitucional y de derechos humanos, que posibilite un genuino ejercicio de la soberanía. Una democracia sólida supone y exige una seria información en cuanto a derechos-deberes cívicos fundamentales, junto a   una clara y viva conciencia ético-política. Esto lo hemos de asumir los creyentes, no sólo como imperativo de la razón, sino como don-mandato divino.   

 

 

 

 

sábado, 6 de abril de 2024

IGLESIA Y POLÍTICA

     Conviene recordar varias acepciones del término Iglesia para precisar su relación con la política, de la cual podemos distinguir también varios sentidos.

    Iglesia es una palabra derivada del griego ekklesía, la cual significa asamblea, congregación. Históricamente ha quedado fijo su uso para denominar el conglomerado de los creyentes en Cristo, conjunto que a través de los siglos se ha diversificado, como efecto de rupturas y separaciones de distinta índole (cismas, herejías). Un movimiento de data relativamente reciente, el ecumenismo, viene propiciando, entre otras cosas, encuentros entre las varias confesiones para impulsar una progresiva unidad de los cristianos.

    En Venezuela y en muchos países, particularmente del Occidente, se da una adhesión mayoritaria de la población a la Iglesia católica; ésta se identifica como el tronco cristiano original, que tiene como distintivo fundamental la autoridad máxima del Papa, a quien se estima Obispo de Roma, Sucesor de san Pedro.

    Volviendo al término Iglesia (y concretándolo en la católica y, más concretamente, la de nuestro país) resulta necesario registrar en aquél varios sentidos: a) el primero y básico es el de conglomerado o conjunto de los creyentes, y así decimos que la gran mayoría de los venezolanos adhiere a la Iglesia, la cual ha marcado la historia, la cultura, de nuestro pueblo, desde el encuentro constituyente de hace cinco siglos; b) otro,  segundo, es el de la autoridad o jerarquía, en ella, y, más concreta y centralmente todavía, el Episcopado o Conferencia Episcopal Venezolana (asociación de los obispos). Así corrientemente se dice que “la Iglesia ha fijado posición ante la realidad nacional”, cuando nuestro Episcopado ha hecho una declaración.

    La aplicación del término Iglesia no se reduce a estos dos significados. Pensemos en expresiones plenamente legítimas como las siguientes: “Todo creyente bautizado es Iglesia”, “yo bautizado (miembro de una familia, trabajador, estudiante, político…) soy Iglesia”, “los laicos (seglares) son la Iglesia en su casi totalidad”. San Pablo definió a la Iglesia cuerpo de Cristo (1 Co 12), cuyos miembros todos -con diversidad de dones, carismas, funciones- son y han de ser activos y corresponsables, del pueblo de Dios.

    “La Iglesia (en referencia a la jerarquía) debe decir una palabra y asumir una postura proféticas en la presente crisis nacional”. Es una frase que se escucha con frecuencia. Pero es muy importante no identificar simplemente el decir-actuar de la Iglesia con lo que hace-debe hacer su representación jerárquica. A los obispos les corresponde una responsabilidad primaria en el ejercicio de la misión evangelizadora de la Iglesia; con todo, no la totaliza. A los laicos les corresponde también un obligante protagonismo, de modo particular en lo tocante a contribuir en la construcción de una nueva sociedad, tarea que les es más propia y peculiar.  

    En esta materia socio-política, hay dos peligros a evitar: el ausentismo y el clericalismo. A saber, la auto marginación de la jerarquía (obispos, presbíteros) en ese campo, como si lo pastoral no tuviese que ver con lo temporal; y la indebida injerencia del clero en tareas peculiares de los laicos bajo propia responsabilidad, como son el ejercicio del poder y la actividad partidista.

    Algo que quisiera recalcar aquí es la responsabilidad de los católicos, todos, en asumir la política (es decir, presencia activa, corresponsable, en la “polis”, la ciudad, la convivencia ciudadana) como exigencia de su condición humana y vocación cristiana. Y la jerarquía en la Iglesia tiene como una de sus tareas indeclinables el contribuir a la formación y el estímulo de los laicos para un protagonismo efectivo, servicial, en ese campo, especialmente cuando la suerte de la “polis” (dignidad del ser humano y bien común básico,) está en juego. Como sucede hoy en Venezuela

    Dios creó al ser humano como “ser político” y de esto el Señor Jesucristo pedirá cuentas (ver Mateo 25, 31-46). Lo “religioso” y lo “eclesial” no son alienantes de esta ciudad terrena, sino, al contrario, exigen un ineludible compromiso cristiano para la construcción de una “nueva sociedad”.