jueves, 25 de junio de 2020

JOSÉ GREGORIO, LAICO INTERPELANTE





       José Gregorio murió (28 de junio 1919) en un momento de particular significación para la Iglesia, el país y el mundo. La Iglesia recuperándose de la postración en que la dejó el Guzmancismo. El país en dictadura y expansión petrolera. El mundo, terminando una guerra mundial, comenzando una pandemia y en los primeros pasos de un cambio epocal (tercera ola humana según Toffler).  A cien años de su muerte -comienzos de siglo y también de milenio-, se anuncia su beatificación. El escenario histórico es semejante y diverso con Iglesia en renovación; país en dictadura con regresión y ocaso petrolero; mundo en pandemia, paz endeble, globalización rampante y cambio epocal en ágil marcha.

     Venezuela se encuentra en estos momentos con pandemia y en situación desastrosa. El Socialismo del Siglo XXI con ideología comunista y una corrupción desaforada, tiene al país en ascuas: economía por el suelo, empobrecimiento general, política marcada por una abierta represión, cultura deprimida en sus ámbitos comunicacional y educativo, por la imposición de un “pensamiento único”.

   Los cristianos católicos nos hemos de preguntar:1) ¿Qué mensaje lanza Dios con esta beatificación, a la Iglesia de la mayoría de los venezolanos en el presente drama nacional?2) ¿Qué interpelación plantea la beatificación del laico doctor José Gregorio Hernández a nuestros   laicos católicos?

  Con respecto a lo primero, conviene recordar que el Concilio Vaticano II definió a la Iglesia como signo e instrumento de unidad humano-divina e interhumana (ver Lumen Gentium 1). El mandamiento máximo de Jesucristo va en esa dirección:  lograr la comunión-amor a) con Dios Trinidad en alabanza y obediencia, y b) con el prójimo, compartiendo bienes espirituales y materiales, así como construyendo una convivencia fraterna, libre, solidaria y pacífica. El desastre del país reclama a la Iglesia, por tanto, un compromiso más decidido para la reconstrucción de Venezuela y su ulterior progreso: honda conversión hacia un testimonio más efectivo del amor evangélico. Opresores y oprimidos en su mayoría se confiesan católicos. ¿Por qué hemos llegado a este abismo? Es la hora de una perceptible coherencia con lo que se dice creer.  

    Ahora bien, dentro de la Iglesia pueden señalarse dos sectores bien diferenciados, con tareas específicas dentro de la misión común: a) pastores o clérigos, (obispos, presbíteros y diáconos) y b) laicos. El quehacer de los pastores es más hacia el interior de la comunidad eclesial, como ejes-cabezas de comunión: servicio indispensable, de institución divina. La misión propia o peculiar de los laicos (seglares) mira primordialmente hacia el mundo (lo temporal o secular) para transformarlo según el espíritu del Evangelio.

   Con respecto a la segunda pregunta podríamos comenzar diciendo que en estos tiempos de renovación eclesial, estamos pasando de una acostumbrada comprensión del laico  como simple colaborador o ayudante (“mandadero”,  llega a decir el Papa Francisco) de los pastores, a su reconocimiento como protagonista, miembro activo, corresponsable, por título propio como bautizado, en la Iglesia Este cambio (especie de “giro copernicano) implica superar el tradicional clericalismo o polarización eclesial en el clero (ver carta de Francisco al Presidente de  la Pontificia Comisión para la América Latina, con fecha 19 de marzo 2016).

    El Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 31) definió como lo propio o peculiar del laico en la Iglesia, su “carácter secular”, temporal, mundano (en el sentido positivo de este término). El laico tiene al mundo, con sus ámbitos económico, político y cultural, como su campo propio de trabajo. Desde su familia ha de comprometerse en la construcción de una “nueva sociedad”.
José Gregorio Hernández constituye un modelo de laico. Miembro de la comunidad eclesial, participó en la vida de ésta y desde ésta se comprometió a hacer realidad los valores humano-cristianos del Evangelio en Venezuela. La cultura, en la acepción más amplia del vocablo, fue el objetivo de su misión. Como protagonista y no ente pasivo ¿En qué ámbito social no se hizo presente, desde su amor a Dios y al prójimo, especialmente al más pobre? Científico, docente, escritor, investigador e innovador, atendió enfermos, privilegió a los pobres y dentro de su polícromo quehacer quiso hasta alistarse para defender la patria.

   José Gregorio es una interpelación viva a los laicos de este país en los presentes momentos de gravísima crisis. En su entrega no escatimó esfuerzos ni riesgos. El “médico de los pobres” murió en camino hacia un servicio caritativo.    

jueves, 11 de junio de 2020

MUCHO DERECHO, POCO DEBER




    Somos duchos en enunciar y reclamar derechos, pero tardos en recordar y cumplir deberes. Los populistas encuentran así tierra abonada y el egoísmo excusas.

    Refiriéndose a la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789, como Carta Magna de la democracia moderna, Hans Kung dice: “En el Parlamento revolucionario, junto a la declaración de los derechos (droits), el clero y casi la mitad de los delegados pidieron que fuese aprobada también una declaración de los deberes (devoirs). Una cosa todavía hoy deseable” (La chiessa cattolica, Rizzoli 2001, 206).

    El Decálogo que encontramos en el Antiguo Testamento es una tabla de deberes, los primeros en sentido positivo y los restantes en forma negativa de prohibición. Ahora bien, si se voltea la tabla encontramos los derechos correspondientes. Así, el “no matar” tiene su contrapartida en el derecho a la vida. Juan XXIII en su famosa encíclica sobre la paz mundial -Pacem in Terris- dice lo siguiente: “Los derechos naturales que hasta aquí hemos recordado están unidos en el hombre que los posee con otros tantos deberes, y uno y otros tienen en la ley natural, que los confiere o los impone, su origen, mantenimiento y vigor indestructible” (PT 28). Es así como “a un determinado derecho natural de cada hombre corresponda en los demás el deber de reconocerlo y respetarlo” (Ib. 30). Alguien me ha traído a la memoria hace pocos días un dicho de Gandhi “Los derechos fluyen de los deberes y no al revés. Si cada quien cumpliera con sus deberes, no haría falta invocar derechos”.

    El Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, publicado por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz” (2005) en su índice analítico, junto a la palabra derecho con amplia cobertura, tiene la de deber, que comprende dos abultadas páginas. Y en el texto encontramos lo siguiente: “Inseparablemente unido al tema de los derechos se encuentra el relativo a los deberes del hombre (…) la recíproca complementariedad entre derechos y deberes, indisolublemente unidos”. Y cita allí algo bien importante de san Juan Pablo II: “Por tanto, quienes, al reivindicar sus derechos, olvidan por completo sus deberes o no les dan la importancia debida, se asemeja a los que derriban con una mano lo que con la otra construyen” (Compendio...,156).

   A los deberes se los puede clasificar entre los que corresponden a la persona, a la familia, a las comunidades menores y al Estado. Y se  diversifican según correspondan a profesiones, categorías sociales, etc.

   Invito al lector a que juntos reflexionemos en torno a lo que todo esto significa en la realidad actual del país. Anteriormente he escrito sobre la necesidad de que los ciudadanos leamos detenidamente el texto de la Constitución acerca de los derechos que allí se formulan, los cuales no son regalos del Estado, por cuanto la persona y la comunidad política los tienen como propios. Ello es necesario para que no nos amoldemos al deseo de gobiernos y nomenklaturas,de convertirnos en una masa subordinada, pasiva. Todo eso queda firme. Ahora, sin embargo, interesa insistir aquí en la otra cara de los derechos, como es la de los deberes individuales y grupales.

   El régimen actual de tipo totalitario, no se impuso a la nación simplemente desde afuera; emergió desde el interior de ésta, y no, por cierto, como obra sólo de un puñado de “revolucionarios”. Los venezolanos hemos de asumir nuestra corresponsabilidad en el actual desastre. Por inercia, o por amaestramiento calculado o no, se llegó a dejar lo político en manos de lo que en los 90´ se denominaban “cogollos” partidistas, en cúpulas autosuficientes y privilegiadas. No asumimos la suerte del país como propia, ni educamos para vivir en democracia. No se formó a pensar con la propia cabeza y a tejer juntos lo social. A la Iglesia la corresponde también su parte de culpa.

   “Ese no es mi problema”, decíamos ligeramente para eludir responsabilidades, deberes. Y nos conformamos con exigir mucho derecho y exigirnos poco deber. Pero, como seres libres, podemos y tenemos ahora que convertirnos.

miércoles, 3 de junio de 2020

Verdad Liberadora en tierra zuliana

     Jesús nos dice: “la verdad os hará libres” (Jn 8,32), y “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 28). Verdad y servicio: dos palabras claves en el testimonio y la enseñanza del Señor. Ellas me han exigido y animado a escribir estas líneas, que no obedecen, por tanto, a ningún propósito autodefensivo, reivindicativo ni, mucho menos, retaliativo; tampoco quieren ser simple material para historiadores o autobiográfico. Brotan del imperativo de comunión con Dios y fraterna, buscando, en esta perspectiva, deshacer falsedades y evitar deformaciones del pasado, dañinas a la Iglesia y a la convivencia social en que ésta se mueve.


    El hacer memoria se orienta, pues, a que en el porvenir se eviten desaciertos y rupturas que perjudican al Pueblo de Dios y entorpecen su unidad en el peregrinar hacia la plenitud del Reino. Quien escribe lo hace con la conciencia de ser, no sólo creatura limitada y frágil, sino también pecadora. “Sólo Dios es bueno” en el sentido más integral, perfecto y trascendente del término. Es la razón por la que al señalar lo que estimo fallas ajenas, el propósito no es de acusación, reproche y reanudación de controversias; por eso mismo no cito nombres propios y trato de evitar expresiones que de algún modo puedan considerarse hirientes. El Señor lo sabe. Si en lo que escribo hay algo que no se ajuste totalmente a lo que en conciencia considero la verdad o pueda interpretarse como inexacto o extralimitado, pido excusas por lo primero y siento lo segundo. Confieso que no sólo deseo ser cauto y delicado, sino más bien escrupuloso, a la hora de pensar, decir y hacer algo que pueda molestar o dañar, en particular injustamente, al prójimo. Sólo Dios conoce la intimidad de las conciencias y, por consiguiente, de las intenciones, por lo que el Señor advierte: “(…) con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá” (Mt 7,2)

    Me ha exigido y posibilitado escribir este relato el tiempo que el Dios bueno y misericordioso ha regalado a este anciano, luego de superar una grave crisis de salud; un marco existencial, por tanto, bien especial. El obligado reposo en tiempos de cuarentena me ha facilitado además la realización del presente trabajo. Con éste y otros, anhelo seguir sirviendo a la Iglesia en el ejercicio de su misión evangelizadora y contribuir a la liberación y ulterior desarrollo integral de Venezuela, hoy en deplorable situación, porque se le quiere imponer un sistema deshumanizante, totalitario.


Si desea leer más al respecto, haga clic en el siguiente título Verdad Liberadora en tierra zuliana.

martes, 2 de junio de 2020

Renovación Eclesial a la luz del Concilio Plenario de Venezuela.

 
   El número inicial del primero de los diez y seis documentos del Concilio Plenario (CPV), titulado La Proclamación profética del Evangelio de Jesucristo en Venezuela, luego de referirse a los quinientos años de la evangelización en nuestro país, señala que la Iglesia desde 1498 "no ha cejado en su empeño de cumplir la misión fundamental que Jesús confió a sus discípulos: anunciar el Evangelio a toda criatura". Y agrega:

             La Iglesia de Venezuela, hoy, quiere continuar esta misión examinándose a sí misma,  haciendo suyas las angustias 
y esperanzas del pueblo  venezolano para comunicarle 
con mayor eficacia la buena noticia de Jesucristo y su 
proyecto salvador, a través de una Nueva Evangelización, 
           que exige nuevo ardor, nuevos métodos y nueva expresión. (PPEV I).



      El presente trabajo ofrece, como un servicio a esta "nueva evangelización", una breve síntesis de diez elementos claves del Concilio Plenario:


  1. Núcleo articulador.
  2. Misionera o no es Iglesia.
  3. No presuponer la fe.
  4. Eucaristía: sacramento del peregrinar.
  5. Laico: de colaborador a protagonista.
  6. Reformulación y diversificación del ministerio.
  7. Parroquia: comunidad de comunidades y movimientos.
  8. Dimensión social de la evangelización.
  9. Evangelizar la cultura.
  10. Diálogo: actitud y tarea



   
  El orden de este decálogo sigue la secuencia de los seis objetivos específicos o dimensiones de la misión de la Iglesia (evangelización), de acuerdo a cierta caracterización, a saber: primer anuncio (kerigma), catequesis o formación de y en la fe, liturgia o celebración de la fe, organización de la comunidad visible, nueva sociedad o compromiso social, diálogo para la comunión.  La evangelización en sus dimensiones puede representarse como una pirámide invertida de seis lados, que pone de relieve la unidad del conjunto y la estrecha interrelación de los diversos objetivos específicos.

Para seguir con la lectura, puede hacer clic en el siguiente título:  Renovación Eclesial a la luz del Concilio Plenario de Venezuela.


domingo, 24 de mayo de 2020

La Iglesia clama por Venezuela

PRÓLOGO 


   
 En la década precedente, hemos sido testigos y también luchadores en el camino hacia una Venezuela decente, igualitaria y libre.

     Nos ha tocado vivir, paso a paso, la desorganización del Estado, la destrucción de nuestra economía y la vulneración de todos los derechos del ser humano, en un proceso equivocado que ha llevado al sufrimiento de muchos, especialmente de los más pobres, víctimas mayores de esta problemática; y la causa del éxodo de millones de compatriotas que buscan una salida a la carestía, a su necesidad de desarrollo familiar y personal y el ansia de vivir en libertad.

     Es así como la Iglesia Católica, a través de sus más dignos e ilustres representantes, ha sido y sigue siendo nuestro principal referente en la hora presente, en todos los acontecimientos y circunstancias por las cuales hemos atravesado y que aún estamos viviendo.

     Su voz, ya sea en el púlpito, en sus declaraciones, documentos, entrevistas en los medios de comunicación, por las redes sociales, en las escuelas, universidades y en regiones de toda la geografía del país, se ha hecho sentir con su denuncia y clamor, con una fe y esperanza vigorosa, que nos hace creer que en nuestro más próximo futuro Venezuela será la patria que anhelamos; por la cual hemos trabajado a lo largo de muchas generaciones. Ya sea desde nuestra Independencia (precisamente con la voz y el ímpetu del canónigo Madariaga) hasta el aciago momento que estamos presenciando y sufriendo.

    Ente esas muy dignas voces sobresale la de nuestro ilustrísimo pastor, guía y consecuente luchador, Monseñor Ovidio Pérez Morales.

    Nacido en estado Táchira en 1932, y luego de estudiar en Caracas su bachillerato y Universidad, es ordenado sacerdote en Roma en 1958. Desde entonces, es muy largo el camino recorrido por Monseñor, cuyos títulos, doctorados y posiciones al servicio de esta obra, la cual no dudo servirá de acicate para seguir luchando por los postulados que el autor expresa, que son también los nuestros y los que nuestro país necesita.





A mayor gloria de Dios y grandeza de Venezuela.

Armando Michelangeli Ayala
"En todo amar y servir"


Si desea leer el libro, haga clic en el siguiente título: La Iglesia clama por Venezuela





jueves, 30 de abril de 2020

EDIPO INSEPULTO




   Olvido del pasado. Esta expresión formó parte del lema revolucionario de liberales y conservadores cuando Julián Castro entró con el Ejercito Libertador a Caracas y asumió el poder en 1858.  El año anterior el General José Tadeo Monagas en el marco de su dictadura había derogado la Constitución de 1830, e incluido en la nueva suya, la reelección y el aumento del período presidencial a seis años. Por supuesto aplicando esta norma a él mismo.

   Olvido del pasado. Esta consigna, que resulta positiva cuando se la aplica a situaciones personales y sociales, merecedoras de borrón y cuenta nueva, ha sido fatal en el peregrinar del país. Nuestra historia republicana registra un repetitivo matar al padre, resolviendo mal el complejo de un Edipo insepulto, con todo lo que ello significa de autonegación, así como de continuos y frustrados intentos de renacer. Venezuela identidad y ruptura de Angel Bernardo Viso es un libro bien ilustrativo al respecto. El pensamiento de Simón Bolívar se alineó, potenciándola, en esta tendencia negativa, al enjuiciar el pasado colonial pura y simplemente como trescientos años de tiranía. Como si él y quienes protagonizaron la Independencia hubiesen sido extraterrestres y no humanos concretos, que llevaban en su sangre y su identidad cultural lo bueno y lo malo de la herencia hispana.

   Una expresión funesta, patente, de la recaída en el parricidio de Edipo está en la raíz del desastre nacional por obra del Socialismo del Siglo XXI, en lo que va de milenio. La historiografía oficial ha pretendido reducir nuestro pasado republicano a lo pensado y hecho por el Libertador (de quien bastante se abusa), su maestro Simón Rodríguez y el general Ezequiel Zamora. Bastante ilustrativos resultan también al respecto a) el derribo de la estatua de Colón en el Paseo Los Caobos, justo al comienzo mismo de este régimen y b) la demonización de los cuarenta años del período democrático (1958-1998), durante el cual, por universidades y academias públicas pasaron los líderes de la actual Nomenklatura comunista.

   Indicador significativo del parricidio venezolano -para no mencionar otros países del Continente- ha sido la proliferación de Constituciones, que, como trajes a la medida, han reflejado los quiebres constantes de la institucionalidad del país. Cartas magnas interpretadas voluntaristamente como pócimas mágicas para curar todos los males y procurar todos los bienes del país.

   Lo humanos hemos sido creados como seres para el cambio. Este no es, sin embargo, total novedad y dinamismo absoluto; se inscribe en la biografía de un animal racional, cuyo dinamismo tiene memoria e historial. Y que, como en el buen vino, la edad cuenta mucho. Fidelidad creativa constituye un binomio que sintetiza bien lo que ha de implicar una sana praxis humana.

   La comparación con el árbol genealógico viene a ser aquí bastante útil: es una planta que no se puede podar, porque es un factum inmutable. Si mutilamos nuestro árbol genealógico desaparecemos del mapa. Me decía humorísticamente un amigo descendiente de europeos establecidos en el Caribe, que lo más probable era contar entre sus ascendientes algunos piratas, filibusteros o contrabandistas. La verdad es que somos herederos de héroes y villanos. El asumir el propio pasado individual y colectivo es signo de inteligencia y madurez. Un buen ejemplo de lo que significa realismo inteligente y honesto es lo que encontramos en los evangelistas Mateo (1, 17) y Lucas (3, 23-38), cuando narran la genealogía de Jesús. No depuran el árbol genealógico del Señor. Entre los ascendientes del Hijo de Dios hecho hombre figuran santos y no santos A la adúltera Betsabé y al cruel rey Roboam no se los desgaja de su planta. La encarnación sucedió en una historia concreta, de luces y sombras, de pecado y de gracia. 

  Consecuencia del referido complejo es la fragilidad institucional de Venezuela. No han fraguado instituciones por la manía de considerarnos creadores ex nihilo (a partir de la nada) y no existentes con pretérito. Edipo insepulto, Edipo autodestructivo.

viernes, 17 de abril de 2020

EL FUTURO ES YA




Hablamos de pasado, presente y futuro, como de tres momentos con peso propio y realidad distinta. Los entendemos como residencia, respectivamente, de la memoria, del compromiso y del proyecto. Y a menudo somos vividos por lo quedó atrás o prefiguramos, sin tomar en serio y responsablemente, lo que tenemos entre manos. Por ello no es extraño que nos dejemos absorber por recuerdos y aplastar por angustias, sin asumir en toda su densidad, las exigencias y posibilidades del ya, del presente de nuestra libertad y compromiso.

Es preciso recordar siempre que el único tiempo de que disponemos y nos es posible manejar, es el presente. Porque lo que fue, fue, y lo que puede ser, no es. El ya es la única duración que podemos manejar en la praxis. Somos veraces y honestos hoy, no en el pasado ni en el futuro. Una sentencia del libro bíblico Eclesiástico señala que sólo “al final del hombre se descubren sus obras. Antes del fin no llames feliz a nadie, que sólo a su término es conocido el hombre” (Si 11, 27-28). En términos parecidos concluye Sófocles su Edipo, Rey.

Lo que llamamos tiempo se hace real sólo en el presente; éste viene a ser como un punto matemático, que, en su progresivo desplazarse, va construyendo lo que llamamos el futuro. Por eso es preciso vivir el presente con toda hondura, intensidad y responsabilidad; no sólo en lo pequeño y cotidiano, sino cuando hablamos de construir una nueva sociedad, como convivencia correspondiente a dignidad del hombre y sus derechos y deberes fundamentales. Esa sociedad se hace real sólo y desde el actual obrar, positivo y solidario, y en el ámbito concreto, menudo o grande en que nos encontramos; de otro modo se quedará en simple fantasía e idealidad. Hay un refrán alemán que suena así: “Mañana, mañana, no hoy, dice toda la gente floja”.
Esta afirmación de lo presente como marco de la praxis y única realidad disponible no significa que la previsión y la planificación no son indispensables. El ser humano ha sido creado como ser para progresar, proyectar, renovarse e innovar; volar alto y lejos. El simple animal, al contrario, ha permanecido en cuevas sin construir ciudades. Lo que se quiere subrayar con todo esto es que el cambio comienza en el aquí y ahora o nunca cristalizará. El que quiere el fin (intención) pone los medios (realidad concreta).     

Hay una exhortación de Jesús, que resulta muy iluminadora y se ha de entender como antídoto contra el dejarse devorar por la angustia ante lo mentalmente anticipado, sin acometer lo actualmente debido: “No andéis, pues, preocupados, diciendo: ¿Qué vamos a comer? (…) pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal” (Mt 7, 31-34). 7, 33). Del mismo Señor es la parábola del “rico necio” (Lc 12, 16-21). Éste, habiendo obtenido una gran cosecha proyectó ampliar sus graneros para almacenarla y poder decirse: “tienes muchos bienes guardados para muchos años. Descansa, come, bebe y alégrate”. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche te reclamarán tu alma”.
El presente es el momento de la decisión, de la opción, de la praxis, que concreta la obediencia a Dios y el servicio al prójimo, es decir, del cumplimiento del mandato principal, el amor. Una vieja sentencia advierte: “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. Se dice que los que no quieren adelgazar mudan siempre su ayuno para la próxima semana.
Sólo en el presente se demuestra la autenticidad de la fe y de las convicciones. No se es justo y recto por lo que se hizo, o por lo que se desea ser, sino por lo que aquí y ahora se está siendo. En el presente se juega el futuro, lo definitivo, el cual para el creyente consiste también y sobre todo en la vida eterna. Se ha de enfrentar y aprovechar el aquí y ahora, pues, con toda intensidad y profundidad.