martes, 30 de enero de 2024

DOCTRINA SOCIAL DISPONIBLE

 

    En medio de la crisis de ideas y propuestas sobre cómo organizar la sociedad en sus varios ámbitos económico, político y ético-cultural, se dispone de un conjunto orientador orgánico bajo la denominación de Doctrina Social de la Iglesia (DSI).

    Ante todo, conviene precisar que aquí Doctrina no se identifica con una cerrada o dogmática formulación conceptual, ni “de la Iglesia” con algo para uso de solos católicos. En efecto, constituye un conjunto abierto, siempre en actualización, a disposición no exclusivamente de a católicos, sino de cristianos en general, así como de creyentes y no creyentes, sensibles todos sí a la edificación de una sociedad genuinamente humanista. La DSI una enseñanza propuesta formalmente por la Iglesia como guía para una praxis que responda al ideal cristiano de vida societaria, pero también a las exigencias humanas para la edificación de una sociedad al servicio integral del hombre. De allí que dicha Doctrina se formula en forma de secuencia propositiva, con una gradación de razones y objetivos que posibilitan su aceptación y ejecución por los miembros de la Iglesia, pero también y a manera de círculos que se expanden, por todos los demás, de cualquier denominación o afiliación, pero que coinciden en el denominador básico de constructores de una deseable convivencia humana. Así, por ejemplo, el respeto a la vida y el disfrute de una sociedad pacífica, libre y justa se los plantea como derechos humanos básicos, pero también como mandamientos del Decálogo y como actuación del “mandamiento nuevo” del Señor Jesucristo. Por eso la DSI está abierta al diálogo y al compromiso de personas y grupos en perspectiva pluralista y es, en consecuencia, un conjunto no monopolizable por un partido político, una organización social o un sector ciudadano determinados. Lo cual no excluye que se la pueda asumir como identificación programática explícita, pero sin pretensiones de exclusividad por corrientes, movimientos o partidos políticos.

     La DSI, como propuesta social histórica, está en aggiornamento permanente, lo que de modo fácil se aprecia comparando su primer gran documento, la Rerum Novarum de León XIII (1891), con las encíclicas de los últimos papas, y aquí, en nuestro país, con lo producido por el Concilio Plenario de Venezuela en sus documentos 3 y 13.

    La DSI provee de elementos válidos para la edificación, siempre progresiva, de una “nueva sociedad”.  Valgan como ejemplo a) la tríada de componentes, economía participativa, democracia plural y calidad espiritual, b) la tríada de integradores sociales, solidaridad, participación y subsidiaridad, c) los derechos humanos como eje central societario y d) la opción privilegiada por los más necesitados.

    Después de un cierto opacamiento de la DSI, principalmente por la crisis de organizaciones que la asumían como estandarte político-partidista, hoy en día -y sin duda, en Venezuela- está reapareciendo como instrumento efectivo de renovación societaria, como oferta válida y desafiante para su concreción en programas políticos renovadores e inspiración de iniciativas de la sociedad civil. Deber de la Iglesia es percibir acertadamente estos signos, retomar como obligante una formación correspondiente y el estimular, en diversos modos y formas, iniciativas de aplicación. 

 

Actualmente se plantea entre nosotros la urgencia de una refundación nacional, a raíz del vendaval ocasionado por la imposición de un modelo socialista de corte totalitario. Pues bien, la DSI se ofrece como un conjunto de principios, criterios y orientaciones para la acción, disponible con miras a la conformación de modelos, planes y proyectos sociales, que respondan de veras a las exigencias de una república democrática de auténtico sentido humanista. Ésta ha de ser, pluralista, solidaria y participativa, en la cual el respeto y la promoción de los derechos (con su otra cara de deberes) humanos sea el eje central del tejido social. Debe responder a nuestra Carta Magna y avanzar, entre otras cosas, en descentralización y educación ético-cívica.

 

 

 

 

viernes, 12 de enero de 2024

2024: SOBERANO RECUPERADO

 

    Esperanza activa de nosotros venezolanos ha de ser: que como pueblo soberano nos recuperemos de nuestra parálisis ciudadana y refundemos el país como república democrática.

    A propósito de parálisis es iluminador al respecto el primer milagro del apóstol Pedro luego de Pentecostés: la curación de un tullido que pedía limosna junto a una puerta del Templo de Jerusalén. “No tengo plata ni oro: pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, ponte a andar (…) y de un salto se puso en pie y empezó a caminar” (Hch 3, 2-8).

    No basta identificar al pueblo como soberano -lo hace nuestra Constitución artículo 5)-; debe pasar, como diría Aristóteles, de la potencia al acto. La soberanía de que se habla aquí no es la absoluta (tema filosófico y teológico), la cual es exclusiva de Dios omnipotente, sino la política, formulada por el empirista inglés John Locke (1632-1704), en su Segundo Tratado sobre el gobierno. Él fue el primer teórico del estado liberal, fundado sobre la soberanía popular, según la cual, los ciudadanos, por decisión tácitamente contractual, se constituyen en comunidad civil orientada a realizar racionalmente las exigencias de igualdad, libertad, recíproco respeto y benevolencia en correspondencia a la naturaleza humana; el Estado se concibe por tanto en un marco constitucional y de control ciudadano. La democracia tiene así su sentido, expresión y finalidad.

    En nuestra Constitución el referido artículo 5 se inscribe en el conjunto de los Principios Fundamentales, que especifican el ámbito, horizonte y exigencias del poder soberano del pueblo, lo cual irá detallando el ulterior articulado de la Carta Magna.

    De inmediato, sin embargo, surge un serio problema: ¿De qué sirve una bien elaborada constitución si la ciudadanía en general la desconoce y quienes ejercen el poder político sistemáticamente la violan? Al mencionarse los males del país, no se tienen ordinariamente en cuenta el analfabetismo ciudadano de la gente, así como la habitual ilegalidad e ilegitimidad del actuar de las autoridades en las distintas ramas del poder público. No es del caso entrar en detalles, pero bastaría una simple hojeada a los capítulos III y IV del título III de nuestra Carta Magna para comprobar lo dicho. Bastante diciente al respecto es lo que altos representantes del Régimen han reiterado sin escrúpulo alguno ante la ciudadanía: “por las buenas o por las malas” continuaremos y “vinimos para quedarnos”.

    Nil volitum nisi praecognitum es una de esas sabias sentencias que el latín sintetiza bien y significa: no se puede querer algo que se desconoce. Y querer aquí comprende tanto el desear como el actuar.  Aplíquese esto a la Constitución y extiéndase a la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 y otros textos básicos de praxis ética y política, incluyendo también algunos fundamentales de acento religioso y moral. La ignorancia pasiva o activo conduce a la inacción o a la acción perversa. 

    En estos tiempos electorales se exige de los dirigentes y de las organizaciones en ámbito político planes y proyectos concretos. Pues bien, algo que es menester priorizar al respecto es la educación ciudadana, con miras a formar gente protagonista de la construcción de una nueva sociedad, libre, solidaria, de desarrollo compartido, fraterna y pacífica, de calidad ética y espiritual de vida.  Aportes como Armagedón de José Ignacio Moreno León (Universidad Metropolitana 2009), ofrecen en este sentido valioso material para una nueva educación en perspectiva de un genuino humanismo en tiempos de globalización. La Doctrina Social de la Iglesia va en esa dirección ¡Atención:  ¡el ciudadano no nace, se hace!

    Este año 2024 el soberano venezolano, con la ayuda de líderes genuinos servidores, debe superar su parálisis y dar un salto en corresponsabilidad ciudadana hacia una efectiva refundación del país. Para ello ha de tomar viva conciencia de su deber ser ciudadano y poner por obra su potencial electoral con miras al obligante cambio histórico que introduzca de veras a la nación en el nuevo siglo y el nuevo milenio que el calendario señala.  

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 30 de diciembre de 2023

¡VENEZUELA 2024: DESPIERTA Y REACCIONA!

     El próximo lunes comienza un año. Para Venezuela ha de ser decisivo hacia su refundación, en el sentido que el Episcopado nacional ha reiterado. Un verdadero Año Nuevo. Las elecciones presidenciales constituyen al respecto una excelente oportunidad.

    Justo al comienzo de este año que está finalizando (13 de enero 2023) los Obispos hicieron a) un balance de la situación, b) dibujaron un horizonte hacia el cual los venezolanos debíamos caminar juntos y c) asumieron un compromiso. Permanece, con mayor vigor, actual.

    Con respecto al balance, dijeron: “Iniciando este nuevo año 2023, nuestro país continúa viviendo una crisis política, social y económica profunda. Un escenario que pone en entredicho la gestión de gobierno que por más de veinte años ha guiado los destinos de la nación (…) Zonas de Caracas muestran lo que se ha llamado una burbuja (…) que contrasta y resulta ofensiva para quienes, como nuestros educadores y personal de salud, siguen intentando subsistir con unos sueldos pobrísimos (…) Esta situación (…) ha obligado ya a más de 7 millones de venezolanos a salir del país”. Más adelante leemos:  “Venezuela es hoy, como nación, una multitud de personas anímicamente deprimidas, psicológicamente traumatizadas, familiarmente separadas y espiritualmente fracturadas (…) en Venezuela existe todo un pueblo crucificado (…) Nuestra sociedad está paralizada por la inercia y una cierta resignación, por la desesperanza, por la experiencia acumulada de múltiples carencias, contradicciones reiteradas, violaciones impunes de derechos fundamentales, mentiras flagrantes, promesas incumplidas”. (Hoy felizmente podemos agregar que las Primarias han reflejado y fortalecido un resurgir de la esperanza).

    En relación al horizonte, expresaron: “Hoy, como pastores, una vez más, queremos renovar la urgencia de la búsqueda de una unidad nacional mayor, que logre la reinstitucionalización democrática del país, recuperando ese terreno de encuentro común que debe ser el texto y el espíritu de la Constitución nacional (…) el camino a transitar es el de negociaciones verdaderas y sinceras para la  obtención de acuerdos entre los poderes del Estado y las fuerzas sociales democrática acerca de las grandes cuestiones de interés nacional, como lo son, entre otras, la ayuda humanitaria, la liberación de los presos políticos, el funcionamiento constitucional de los poderes públicos, la rehabilitación de los partidos políticos, la reformulación de mayores y mejores garantías electorales, junto con la observación internacional plural e imparcial de las próximas elecciones”.

    En cuanto a compromiso: “Invitamos a todos los creyentes y a toda persona de buena voluntad a ejercer una doble conversión: a asumir con autenticidad el testimonio personal, con lucidez y compromiso humanizante, y el protagonismo consciente de ciudadanía responsable. No seamos masa informe, sino pueblo organizado, políticamente adulto (…) Pasemos de las lamentaciones y postraciones a acciones liberadoras. Que nos pongamos en cada diócesis, en cada parroquia, en cada congregación y en cada colegio, en cada empresa, oficina o comercio, de cara a la parálisis nacional, y cada uno se pregunte qué puedo hacer yo, cuánto más puedo aportar, cuánto y en qué ámbitos puedo pasar del yo a nosotros, elevando y multiplicando el bien que producimos”. Se cita el llamado del Papa Juan Pablo II a los venezolanos en su visita de 1996: “Venezuela, despierta y reacciona: ¡Es el momento!”.

    El Episcopado al tomar posiciones como ésta cumple con un claro deber. La Santa Sede en el Directorio para el ministerio pastoral de los obispos pide a cada uno de ellos: “ser un profeta de la justicia y de la paz, defensor de los derechos inalienables de la persona, predicando la doctrina de la Iglesia, en defensa del derecho a la vida (…) y de la dignidad humana; asuma con dedicación especial la defensa de los débiles y sea la voz de los que no tienen voz para hacer respetar sus derechos” (No. 209).

    Los Obispos venezolanos expresamente urgen la refundación del país. Y ésta consiste en reconstrucción material y ético-espiritual, reinstitucionalización, redemocratización, reconstitucionalización.

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 14 de diciembre de 2023

PESEBRE Y EVANGELIZACIÓN DE LA CULTURA

     Una reflexión sobre pesebre (belén) y cultura resulta oportuna en momentos en que en los hogares y otros ámbitos se está montando esta representación del nacimiento de Jesús. Y la circunstancia es particularmente apropiada cuando justo celebramos los ochocientos años de la fundación del pesebre por Francisco de Asís en el caserío italiano de Greccio.

    La sencilla iniciativa del santo se fue extendiendo y enriqueciendo en formas en la Europa católica. Con la colonización pasó a estas tierras nuestras en donde ha echado raíces muy profundas y sentidas en la religiosidad popular, recogiendo y promoviendo sobre la marcha múltiples expresiones culturales de la Navidad.  La obra de Marielena Mestas y Horacio Biord Navidades en Venezuela, Devociones, tradiciones, recuerdos, editada en 2010, ofrece junto a una valiosa bibliografía, un rico inventario de celebraciones.

    Un tema importante hoy en medio de serios desafíos culturales, es la interpretación del pesebre con respecto a la relación evangelización-cultura. La globalización en curso tiende a uniformar expresiones y tendencias, también bajo ideologías impositivas, que buscan secularizar la sociedad, barriendo lo que no pocos consideran resabios religiosos especialmente cristianos. O también bajo penetración de fundamentalismos de otra índole como el islámico. En este marco situacional debe resonar lo que el apóstol Pedro pedía a los cristianos de ese tiempo inicial, a saber, estar “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1P 3, 15).

    Dos categorías entran en escena: evangelización y cultura. Pues bien, a ambas se las asume aquí con un carácter englobante. Cultura como totalización de lo social, comprendiendo, por tanto, no sólo lo artístico, lo más refinado, sino lo humano en sus más diversas expresiones relacionales. Lo mismo sucede con la categoría evangelización, que totaliza la misión de la Iglesia (enseñanza, culto, organización…). En cuanto a la relación de esas dos nociones, se suele distinguir entre evangelización de la cultura e inculturación del evangelio, que son como dos caras de una misma medalla; la primera acentúa el aporte del evangelio a la cultura y la segunda la recepción o integración de lo cultural en la evangelización. No sobra recordar que ésta no se da en la historia sino inculturándose.

    El pesebre es un medio de evangelización de la cultura ¿Qué mensaje da el pesebre sobre Dios, el ser humano, la sociedad, la naturaleza…? Pongámoslo también en imperativo: ¿Qué mensaje debe dar? El pesebre no ha de ser entendido apenas como unas figuritas risueñas evocadoras de los mejores recuerdos y sentimientos. ¿Qué enseña y subraya el pesebre a nuestro mundo concreto? Dicen que el pesebre es como una Biblia abierta. Y un tonel pedagógico sin fondo. Mejor que dar respuestas es formularse preguntas que abran a compromisos.

    En cuanto a inculturación del evangelio, el pesebre es, junto a la imaginería tradicional, un incentivo a la creatividad. Cristo se inculturó en la Galilea y la Judea de la Torá, en el helenismo y el imperio romano ¿Qué elementos de nuestra cultura actual son integrables en el pesebre para iluminar una mente y encender un corazón humanistas y cristianos?

     Los “pesebre ingenuos” son los más propicios para la evangelización en su doble dirección de aporte-recepción. Niños gigantes junto a casas diminutas, leones paseando entre humanos, son lecciones, por ejemplo, de que para Dios no hay medidas y de que la reconciliación universal es profecía mesiánica. Las comunidades cristianas deben ser más reflexivas y creativas para aprovechar los modos y formas que el pesebre ofrece a la presentación y vivencia del misterio de la Navidad.

    El engavetamiento del pesebre frente a la invasión del mercantil papá Noel, del absorbente consumismo navideño, del insubstancial “espíritu de la navidad”, ha de recordar a los cristianos que se consideran tales lo que decía Jesús acerca de la sal que pierde su sabor (Mt 5, 13). El retomar y actualizar con fe y amor el pesebre constituye hoy un verdadero desafío para los creyentes.

Remito al saludo de los ángeles en la primera noche navideña.   



jueves, 30 de noviembre de 2023

DESASTRE NACIONAL: CAUSA Y SUPERACIÓN

     “En el niño observamos que tan luego como empieza a dar indicaciones del desarrollo intelectual, empieza a ser filósofo; le ocupa la causalidad, la modalidad, la finalidad de todo cuanto ve”. Lo leemos en el prólogo de Elementos de filosofía, de nuestro José Gregorio Hernández. Él no era filósofo profesional, pero sí un investigador profundamente humano y cristiano, para quien un hombre “rústico” era ya un filósofo, pues no podía vivir “sin tener una filosofía”. Como ser curioso, toda persona es crítica y exploradora. Cosa que no complace a quienes gustan de colectivos sin rostro ni razonamiento. O como dijo alguien: no hay cosa más peligrosa que enseñar a alguien a que piense con su propia cabeza.

    Buscar las causas es no conformarse sólo con lo dado -grato o ingrato-, con razones epidérmicas y salidas de paso. Implica indagar explicaciones serias de las cosas. Partiendo de que el ser humano es ya ineludiblemente problema en sí y en la sociedad que forma, por su condición inteligente y volitiva, ética y espiritual.

    Las causas suelen distinguirse. Las eficientes, que actuando producen efectos, pueden ser calificadas como próximas o remotas, últimas y última, dependiendo del nivel de conocimiento o ciencia con que se trabaje. (Algunos pensadores, como el sensista Hume, han reducido erróneamente la relación causa-efecto a una simple sucesión empírica).

    En base a lo anterior resulta connatural que la realidad nacional sea problemática. El quid está en la multiplicidad, hondura y volumen de los problemas. Ha habido períodos de nuestra historia con apreciable estabilidad y equilibrada convivencia, dentro del claroscuro y limitación de todo acontecer humano, que registra siempre la huella de la imperfección y del pecado. (Éste último es noción ajena a los libros de economía, política y otras ciencias, pero acompañante permanente del hombre en su peregrinar terreno).

    En cuanto a la situación actual del país, es muy significativo el llamado urgente y repetido del episcopado patrio a una refundación nacional. Ésta exige ir a las raíces de la nacionalidad, a lo positivo fundamental, al deber ser republicano constitucional, al ejercicio de una soberanía efectiva y a la coherencia con la mejor herencia histórica humanista y cristiana.

    La refundación se hace necesaria, porque la crisis nacional es honda y global. Ahora bien, ¿cuál, dentro de la multiplicidad de causas, es la central y principal?  La respuesta la ha dado el mismo episcopado, no desde un ángulo partidista o sectorial, pues él no es alternativa de poder, sino instancia ético-religiosa: “La causa fundamental, como lo hemos afirmado en otras ocasiones, es el empeño del Gobierno de imponer el sistema recogido en el Plan de la Patria (llamado Socialismo del Siglo XXI)” (Exhortación 13. 1. 2017). “La raíz de los problemas está en la implantación de un proyecto político totalitario, empobrecedor, rentista y centralizado que el gobierno se empeña en mantener” (Exhortación 12.7.2016, citado en la de 12. 1. 2018). “(…) la nación se ha venido a menos, debido a la pretensión de implantar un sistema totalitario, injusto, ineficiente, manipulador, donde el juego de mantenerse en el poder a costa del sufrimiento del pueblo, es la consigna” (Presidencia CEV, Mensaje 19.3.2018). “(…) el régimen se consolida como un gobierno totalitario, justificando que no se puede entregar el poder a alguien que piense distinto” (Exhortación 10. 7. 2020).

    Totalitario es algo más grave y envolvente que autocrático, tiránico, dictatorial. Es un propósito de control total del conjunto social en sus varios ámbitos: económico, político, ético-cultural. De allí la dimensión de la crisis actual venezolana, desastre causado por el proyecto oficial (en progresiva aplicación), que contradice no sólo la Constitución, sino un sano humanismo y una recta visión de fe.

    ¿Cómo superar la desastrosa crisis nacional? Mediante una refundación, que comience con un cambio de dirección a través de las Presidenciales el próximo año, en las que el pueblo soberano (CRBV 5) se manifieste con toda libertad.

 

jueves, 16 de noviembre de 2023

REFERÉNDUM ENTRE CONTRADICCIONES

 

    El Régimen que plantea el Referéndum es un sujeto contradictorio.

    Contradicción es en lógica la máxima oposición. Niega totalmente lo que se dice, no dejando término medio. En lo conductual es actuar con incoherencia. Exigir algo de alguien, cuando quien lo hace actúa en sentido contrario de lo que pide. Y cosas por el estilo. Autoridad moral designa la correspondencia ética entre lo que alguien reclama y su proceder concreto en ese mismo campo. Hipocresía es una conducta doble, que divorcia discurso y praxis.

    Los evangelios traen múltiples y fuertes reclamos de Jesús contra la hipocresía. Habló hasta de “sepulcros blanqueados” (Mt 23,27). Como humanos estamos siempre expuestos a comportarnos, en cosas grandes o pequeñas, de modo incoherente. La soberbia favorece y justifica las contradicciones. En cambio, la humildad y sinceridad personales facilitan la detección de dobles medidas en el juicio sobre sí mismo y sobre los demás. No en vano la recomendada oración del Padre Nuestro es confesión permanente del lado oscuro de la condición humana.

    La política es, en una u otra forma, quehacer ineludible de los seres y comunidades humanas; sin embargo, junto a ser actividad indispensable para edificar una convivencia humana digna y promotora del bien común, se presta a convertirse en escenario de corruptelas del más diverso tipo, desde menudos aprovechamientos egoístas hasta   enriquecimientos ilícitos, dañinos favoritismos y nepotismos, sectarismos, prepotencias y opresiones. Esto llega hasta farisaísmos constitucionales, en la práctica oficial traiciona a la letra legal.

    Valgan estas consideraciones como conveniente reflexión respecto del Referéndum sobre el Esequibo, las cuales no puedo callar como creyente y pastor.

    Afirmo como punto de partida mi convicción acerca de lo justo del reclamo venezolano. No me enredaré, sin embargo, en cuestiones relativas al tratamiento jurídico y político oficial y nacional que se debe dar en la materia; tampoco sobre la oportunidad, estructura y otros aspectos del Referendo. Hay gente seria y bien calificada que se ha ocupado y/o puede-debe ocuparse del asunto.

    Mi aporte se ofrece como reflexión sobre algunos aspectos políticos y ético-culturales del abordaje concreto del problema en cuestión.

    Una primera reflexión sería sobre la autoridad moral de quien lanza el Referéndum. Venezuela no goza, en efecto, de un estado de derecho y eso, al menos estéticamente, no compagina con el reclamo en cuestión. Se pide el voto de la población al tiempo que se obstruye ese voto en las Primarias y se lo rodea de trabas para las Presidenciales como la consigna de que “por las buenas o por las malas” no habrá alternabilidad. Se presiona el opinar sobre el Esequibo mientras la ciudadanía está conatelizada, silenciada por la hegemonía comunicacional gubernamental. Centenares de venezolanos están presos y torturados por disentir de la ideología y la praxis del Régimen. Y se mantiene un clima de amedrentamiento de los ciudadanos como consecuencia del proyecto totalitario oficial.

    Una segunda reflexión consiste en la relación tierra-población. Se reclama la integración de una porción de tierra mientras que a) del territorio venezolano se expatría por emigración forzada un cuarto de la población, b) parte del territorio nacional está dominado por guerrillas de fuera, c) una considerable extensión de nuestra Guayana (Arco Minero) es víctima de agresión ecológica.

    Una tercera se refiere al status de la población nacional; se busca acrecentarla en momentos en que está en severo y creciente empobrecimiento y en una crisis global de servicios, sueldos y producción, aparte de la inexistencia de una convivencia democrática.

    Tiene plena vigencia y urgencia el llamado de la Conferencia Episcopal Venezolana a una refundación nacional. Sigue actual la finalidad refundacional de la Constitución de 1999 según lo destaca su Preámbulo. Así como una vez el “vuelva al cabildo” estimuló la gesta independentista, ahora el volver a la Constitución reclama el cambio refundacional. Para ello, como en el ´99, hemos de invocar “la protección de Dios” y “el ejemplo histórico” de Bolívar. 

 

 

viernes, 3 de noviembre de 2023

EL DIOS CRISTIANO

 

    La expresión Dios cristiano no es apropiada, pues, por principio, el Ser Supremo no admite especificaciones ni parcialidades. Son preferibles formulaciones como la de Dios según la fe cristiana.

    Ahora bien, la noción que no pocos cristianos tienen acerca de Dios y, concretamente, acerca de su ser y proximidad, se asemeja a la que formularon corrientes filosóficas y de pensamiento en general como el deísmo, el iluminismo y la ilustración, dominantes por allá en el siglo XVIII, pero cuyo influjo, en una u otra forma, llega hasta el nuestro.

    Dichas corrientes se deslindan del ateísmo, en cuanto admiten la existencia de un ser divino, trascendente, distinto del cosmos y superior a éste. Pero un ser distante, lejano, cuya omnisciencia y omnipotencia no se entrometen en las cosas mundanas. Tal era el pensamiento de gente como Voltaire, para quien todo lo que sonase a religión (religatio con lo divino) era fuente o producto de dañino fanatismo. Quedaba en pie sólo una genérica animación ética. Se mantenía así el reconocimiento de Dios apenas como causa inicial, sin implicación alguna en el acontecer personal y social.  Un Dios encerrado en casa, que no sale a la plaza; in-significante y nada protagónico. Posición muy corriente, expresiva y generadora de ideologías secularistas, laicistas.

    Muchos cristianos, sin llegar a extremismos deístas, coinciden, en mayor o menor medida, con el iluminismo en afirmar a Dios, pero manteniéndolo lejano del escenario histórico, distante del manejo humano de lo político, lo económico y lo ético-cultural. Un Dios con poco o nada que decir sobre el manejo del Estado y las líneas gruesas de la sociedad civil. Una tal interpretación polariza las exigencias morales en lo “negativo” (no matar, no robar…), así como en inhibiciones y opacamientos del dinamismo humano, que Nietzsche se encargó de exagerar en su perspectiva atea del superhombre.   Se interpreta la voluntad de Dios en un sentido pasivo, que poco o nada aporta al progreso tanto individual como colectivo. La realidad de sociedades y países estructurados según criterios de una religión intimista y maniquea ha cristalizado en formas que no se compadecen con las exigencias positivas del evangelio (ver Mt 25, 31-46), de un genuino humanismo.

    El Dios revelado por Jesucristo y confesado en la auténtica fe cristiana se sitúa en las antípodas de los divorcios y reduccionismos arriba señaladas. A este respecto resulta iluminador el inicio de la Solemne profesión de fe (credo del Pueblo de Dios) proclamada por el Papa Pablo VI el 30 de junio de 1968 ante la basílica de San Pedro: “Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo”. Allí se destaca así lo prioritario y fundamental de la fe cristiana en Dios Unitrino, Comunión, Amor. Dicha profesión expone en seguida la particular acción de las divinas personas en el plan universal de creación y salvación, subrayándose en éste la centralidad de Jesucristo, el Hijo encarnado; luego aparecen otros elementos fundamentales, que los cristianos confesamos al recitar el tradicional Credo o símbolo de la fe.

    Dios, según la revelación proclamada por Jesucristo, es, pues, Uno y Único, pero en comunión, es decir, en relación o compartir interpersonal, tripersonal, trinitario. Es lo que dice la Primera Carta de Juan: “Dios es amor” (1 Jn 4,8). Esta identidad divina articula armónicamente todo el rico panorama de la fe cristiana: el ser humano, creado para la comunicación y la comunión; el amor  como mandamiento máximo; la unidad humano-divina e interhumana como finalidad del plan creativo y  salvador de Dios Padre;  el papel central de Cristo y la función animadora del Espíritu en la realización de dicho designio; significación e  instrumentalidad de la Iglesia peregrinante en la realización del referido plan comunional; la plenitud  de éste en la asamblea definitiva celestial.   Sentido de la historia es, entonces, ser lugar y tiempo de construcción de unidad.

    El “Dios cristiano” no es soledad omnipotente, sino comunión amorizante.