jueves, 17 de octubre de 2024

TEOMANÍA O PRETENSIÓN AUTODIVINIZANTE

 

    Teomanía es un vocablo compuesto de dos términos griegos, manía (demencia, locura) y théos (Dios), que puede traducirse como pretensión de endiosamiento. Esa fue la tentación que la serpiente diabólica presentó en el Paraíso a la primera pareja humana, según narra el primer libro de la Biblia (Gn 3). El género literario con el cual éste describe la trampa maligna y el pecado original constituye una multiforme metáfora, que dramatiza el inicio claroscuro de la historia de un hombre creado con una libertad ambivalente.

    La soberbia de auto divinizarse cruza todo el devenir terrestre humano, caracterizado por luminosos proyectos, engañosas ilusiones, logros inmensos y estruendosos desastres. La teomanía suele reflejarse en ateísmo práctico, pero también teórico; en indiferencia, como también en beligerancia. En Occidente el marginar a Dios lo percibimos desde la antigua Grecia en pensadores como Demócrito o Protágoras; más tarde en algunos atisbos durante el Renacimiento, pero sobre todo en el pensamiento sistemático de algunos iluministas como La Mettrie y Helvecio, en pensadores del Ochocientos como Feuerbach, Marx, Comte y Nietzsche, y en más cercanos en contemporaneidad como Freud, el existencialista Sartre, así como neopositivistas y cultores del lenguaje, que relegan el problema de Dios a simples construcciones lingüísticas.

    Hoy en día la teomanía se expresa en tendencias antropológicas y, más ampliamente, culturales, que tienden a disolver al hombre en sus mismas manos, desligándolo de toda genuina apertura trascendente y del plan divino creador. El animal racional queda librado entonces al juego de las ideologías y las maniobras de la tecnología, sin consistencia específica propia; se excluye, en efecto, toda frontera a la voluntad humana y toda norma moral que la pueda encauzar. Se da vía libre a un transhumanismo, a una completa desestructuración antropológica y, junto a ésta, a una reconstrucción anárquica, comprensiva, entre otras, de una sexualidad indiferenciada que se expresa en abecedario de géneros y extinción de la familia; surge un variado marketing cultural con ideologías tipo woke, queer, de la cancelación y lo políticamente correcto. En el ámbito socio económico y político se abren agendas al dominio de los poderosos sobre una masificación global. La tentación del “serán como dioses”, que refiere el Génesis, estimula una confrontación social y beligerancia sin frenos retenida apenas por el fantasma de un apocalipsis nuclear.

    La teomanía y el ateísmo recorren toda la historia humana, cual camino de un peregrinante humano tentado siempre a replegarse en sí mismo y dominar a los demás, excluyendo un partner absoluto, trascendente. El problema del ateísmo, especialmente en su forma de teomanía es que, al asumirlos, el hombre queda suelto, sin otras amarras que los propios proyectos y pretensiones. Sin otra ley que él mismo y sus intereses.

La teomanía suele tonarse en teofobia y entonces Dios simboliza un contrincante de poder y un obstáculo a la autorrealización. O, peor, un impedimento a las propias ansias de dominación irrestricta sobre otros seres humanos. La historia del siglo XX con dos conflagraciones mundiales y el imperio de totalitarismos con pretensiones de absolutez, son expresiones manifiestas. Y acercando la historia, expresión palpable de teomanía en nuestro país es el querer organizarlo mediante un poder ejercido con pretensiones de omnipotencia, sin límites como no sean los que se ponga la misma autoridad.

    Es preciso no olvidar la responsabilidad de los creyentes en la aparición y crecimiento de teomanías y teofobias. Por algo ya Moisés transmitió este mandamiento divino: “No hagas mal uso del nombre del Señor” (Éxodo 20, 7). Uso indebido del cual la historia registra gran variedad de formas, buscando disfrazar el mal o justificarlo mediante la indebida apelación a una voluntad divina. Abuso igualmente al no pasar a la práctica la fe en un Dios que es sumo bien (bondad, justicia, paz …) y, según la revelación de Cristo, libertad y amor.

    El Dios verdadero es liberador-defensor del ser humano frente a toda teomanía-teofobia opresora.    

 

lunes, 7 de octubre de 2024

DELITO DE PENSAR Y COMUNICARSE

 

Cuando Luis Alberto Machado se lanzó a la aventura de la Revolución de la Inteligencia, que llegó -muy pronto pero de paso- a concretarse hasta en un ministerio de gobierno, tocó a fondo en la riqueza del pensamiento. El país está en deuda, por cierto, con la continuación de aquella iluminadora iniciativa. Inteligencia, pensar y razón, con sus obvios matices, son términos intercambiables y así los manejamos aquí.

Este tema tiene hoy particular actualidad, cuando la política oficial en el país es de criminalizar el libre pensar y de hegemonizar la comunicación. No puedo menos de traer aquí aquello de que “no hay nada más peligroso que enseñar a alguien a pensar con la propia cabeza”.  

El ser humano dispone del regalo divino de la inteligencia. Un don que, en términos aristotélicos, es un maravilloso potencial desafiado siempre a pasar al acto, es decir, a un ejercicio abierto e ilimitado. Del razonar, lamentablemente, hacemos los humanos poco uso, quedándonos en escasos desarrollos teóricos y en aplicaciones de inmediato pragmatismo. El pensar, como ejercicio propiamente espiritual, tiene, de por sí, una apertura dialogal, que es característica fundamental de la persona.

Razón y comunicación van, pues, de la mano, por la naturaleza espiritual del hombre; y no sólo se entienden juntas, sino que mutuamente se alimentan. La comunicación enriquece la inteligencia, y la razón impulsa la comunicación. Todo lo cual, obviamente, significa un progreso individual y comunitario.

Ahora bien, razonamiento y comunicación, como actividades del espíritu y, más integralmente, de la persona, expresan y exigen la presencia de la libertad, como acompañante y marco. Razonamiento amarrado y comunicación encadenada constituyen expresiones contradictorias.

Una comunidad recibe el calificativo de auténticamente humana por el ejercicio libre de su inteligencia y de su comunicación. Es lo que la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1945 buscó proteger. Como es sabido este documento respondía a los crímenes cometidos en el inmediato pasado contra la dignidad humana, entre otros, en materia de pensamiento y comunicación libres.

Una sociedad humana merece tal título, cuando satisface a las exigencias básicas, irremplazables, de su condición corpóreo-espiritual y, más precisamente de su realidad personal, a saber, el pensamiento libre, la comunicación abierta, acompañadas de responsabilidad, eticidad, participación y solidaridad.

Venezuela experimenta hoy una crisis global: socio económica, política y ético-cultural. Varios factores causales son de señalar correspondientes a esos diversos ámbitos, entre los cuales urge señalar las amarras a la libertad de pensamiento, de iniciativa civil, de organización política, de comunicación social.

Con ocasión de las persecuciones comunistas se llegó a hablar de la “Iglesia del silencio”, como sinónimo de persecución religiosa. Hoy en Venezuela podemos hablar de “sociedad del silencio”, para referirnos a la persecución de la disidencia en los más diversos aspectos y diferentes órdenes de la convivencia ciudadana. “Prohibido pensar” es lema-objetivo real del Régimen, con todo lo que ello implica de trabas al desarrollo de las personas, de la comunidad, del soberano. Algo obviamente inhumano, anticristiano

Felizmente el 28 de julio 2024 ha emergido como símbolo de la racionalidad y libertad humanas, que ninguna fuerza temporal puede extinguir. Ha sido expresión, no tanto de la oposición de un pueblo a un poder autocrático, de proyecto totalitario, cuanto de la aspiración irreprimible de una comunidad humana a la libertad, al encuentro fraterno, al progreso compartido. Fue un grito de esperanza, un estallido de ilusión. No sólo un tsunami de votos positivos, cuanto un clamor de soberano decidido.

Pensar y comunicarse en libertad, delitos para un régimen irracional y antihistórico, son expresiones y exigencias irrenunciables del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, que, como comunión trinitaria, es el inteligente y comunicador perfectísimo.

 

lunes, 23 de septiembre de 2024

LA FELICIDAD: DERECHO HUMANO

 

La Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada por la ONU el 10 de diciembre de 1948 (ampliada por documentos ulteriores como pactos suscritos, ya de carácter universal, ya también regional) podría sintetizarse en un solo artículo que sería: derecho a la felicidad.

El tema de la felicidad es tan viejo como el ser humano. En cuanto al pensamiento occidental un lugar bien importante ocupa el eudemonismo o teoría que conceptúa la felicidad (en griego eudaimonía, que conjuga bueno y divino), o sea el bienestar o vida buena, como el fundamento de la vida moral. El desarrollo de esta temática tiene su origen en Grecia y exhibe como cultores originales de primer plano a los filósofos Sócrates, Platón y Aristóteles; éste la desarrolló sistemáticamente en su Ética a Nicómaco. La felicidad referida aquí se mueve en un plano de calidad humana, bien distinto del hedonismo, que se refiere al placer o disfrute de las experiencias, a la exaltación momentánea de los sentidos. La felicidad tiene que ver con un alto propósito y significado de vida, con la verdad y el bien, con la excelencia moral y los fines últimos. En el pensamiento clásico griego felicidad dice plenitud de vida humana y se alcanza viviendo virtuosamente.

Volviendo a la referida Declaración Universal podríamos reformular sus treinta artículos en forma propositiva y hacer con ellos un elenco de aspiraciones y condiciones para la felicidad, que todo ser humano anhela y y que el Creador le ha ofrecido al situarlo en el mundo y en la historia como protagonista con vocación de plenitud.

Con respecto a este derecho a la felicidad, el Estado y todo ente con facultad de organización social han de entenderse como servidores y facilitadores con miras al bien común; éste ha sido definido por el Concilio Vaticano II como “el conjunto de las condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y fácil de la propia perfección” (Gaudium et Spes 26).

No son pocos los libros y folletos que recogen, bajo títulos sugerentes, consejos de autoestima e itinerarios para ser feliz. Pues bien, el articulado de la Declaración podría presentarse así, confiriéndole un rostro menos formal y más cercano a la cotidianidad humana. Resulta fácil y atractivo, por ejemplo, transformar el artículo 19 en algo que el hombre requiere y la comunidad postula para ser feliz: libre para opinar y expresarse, no ser molestado a causa de sus opiniones, tener abierto el camino para investigar y recibir informaciones y opiniones, y difundirlas sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

¿No podrían también ser propuestos en forma parecida, como medios y caminos para la felicidad de los ciudadanos y de la comunidad nacional, el conjunto de orientaciones y normas que integran el Preámbulo y Principios Fundamentales de la Constitución de la República? Estimo oportuno recordar, de paso, el poco público lector  que tienen estos preceptos de la Carta Magna en un país en que la educación cívica brilla por su ausencia y al estado de derecho lo ha absorbido Miraflores.

En estos últimos tiempos ha experimentado ha experimentado Venezuela una inflación del poder del Estado, de la prepotencia de las entidades públicas y de los órganos oficiales, a tal punto que lo que el soberano pueda decidir queda sometido a lo que “por las buenas o por las malas” quiera imponer el gobierno y su partido político. Se experimenta una contracción de los intereses nacionales en los del sector oficial. En este contexto suena extraño lo que en las presentes líneas se trata de subrayar: la suerte de los ciudadanos en términos de su felicidad como derecho primario, al cual deben necesariamente estar subordinados la autoridad pública y todo el andamiaje jurídico y administrativo del Estado.

La felicidad del ciudadano y de su comunidad cívica como derecho fundamental es algo que constituye una especie de giro copernicano en el ámbito político-cultural, interpretándolo en una genuina perspectiva humanizante.      

 

sábado, 7 de septiembre de 2024

POLITIZACIÓN NECESARIA

 

Refundación nacional, ha sido un término acuñado por el Episcopado nacional en la presente circunstancia histórica para subrayar la necesidad de enfrentar cuestiones básicas del país, tomando en cuenta el historial de nuestro pueblo, elementos fundamentales de su cultura y el futuro deseable.

Rayo de esperanza en un presente oscurecido por densas sombras ha sido la multitudinaria decisión del 28 de julio pasado en pro de un cambio efectivo de la nación hacia un futuro democrático y de reencuentro ciudadano. Se votó por la superación de décadas de destrucción y de la honda crisis de la República. Entusiasta y global ha sido la manifestación popular hacia una convivencia en justicia y libertad, en paz y progreso consistentes, valores que están plasmados en el Preámbulo y los Principios Fundamentales de nuestra Constitución pero, desgraciadamente, son objeto de flagrante y constante violación por parte del autodenominado Socialismo del Siglo XXI, reedición maquillada del socialismo real.

Cabe hablar, por consiguiente, en la presente circunstancia venezolana, de la necesidad de una refundación política. A ésta podría formulársela en términos de formación, conciencia, praxis. Para ello es preciso, ante todo, identificar el sentido primigenio de política, para, desde allí, plantear algunas exigencias y desiderata en el campo educativo y operativo.

Lo primero que resulta indispensable lograr es una desmitificación de lo que se entiende por política. Ésta, en efecto, ha llegado a ser considerada tan peculiar y sectorial dentro de lo social, hasta entenderla como preocupación y tarea de unos pocos, como ocupación tentadora para manipuladores del poder y peligrosa para gente honesta. Ello ha conducido a pensar que quienes se ocupan de menesteres culturales, espirituales y religiosos, han de guardarse bien y no “meterse en la política”, ámbito rico en contaminación y distractivo de las realidades últimas. Esta advertencia se formula como un consejo sabio, particularmente para quienes tienen la responsabilidad de guiar grupos humanos hacia altos fines éticos y espirituales.

Urge actuar un “giro copernicano”, un “salto cualitativo” o “cambio substancial” en esta materia. Lo que intenta expresar aquí el vocablo “desmitificación”. Ello conduce a interpretar la política como algo normal, necesario, ineludible, al hablar de sociedad, cultura, historia. Y al estructurar una antropología integral, formular una ética y una espiritualidad genuinamente humanas, y fraguar una auténtica religiosidad.

Cuando habló Aristóteles del hombre como animal político (ser que emerge, actúa y se desarrolla en con-vivencia, polis), conceptuó la política respecto de los humanos como el agua para el pez. Podemos decir, por tanto, que uno no se “mete en la política”, sino que la política está metida necesariamente en uno, de cualquier clase, condición, ocupación o etc. que sea.

Y si quien reflexiona u ocupa de estas cosas es un cristiano, le resulta imperativo recordar algunas verdades básicas: Dios Unitrino, comunión, creó al ser humano como ser-para-la-comunión, es decir, como ser social, político, llamado a tejer convivencia, a compartir y desarrollarse en polis (ciudad). Resulta muy significativo y coherente al respecto, que el mandamiento máximo evangélico es el amor, tejedor de projimidad. El creyente está llamado a construir la polis terrena, histórica, como preparación de la Jerusalén celestial, de que hablan los dos últimos capítulos del Apocalipsis.

Refundar a Venezuela requiere, por tanto, como algo prioritario, politizar la conciencia y el actuar del venezolano. De todos los venezolanos. Formar y exigir su corresponsabilidad en el ser y destino de la política nacional, dentro de la variedad de formas en que puede actuarse (ya en la sociedad civil, ya en la militancia partidista o en el ejercicio del poder; y, tratándose de religión, ya como persona individual, ya como comunidad creyente, o como del sector jerárquico). Nadie, sin embargo, se queda o puede quedarse fuera.

Los humanos somos, pues, inevitablemente políticos y el bien-ser y bien-estar de la polis (convivencia, sociedad), es, para todos, obligante quehacer.

 

jueves, 22 de agosto de 2024

FE Y CULTURA

 

“Una fe que no se convierte en cultura es una fe no acogida en plenitud, no pensada en su totalidad, no vivida con fidelidad”. Así se expresó Juan Pablo II al instituir el 20 de mayo de 1982 el Consejo pontificio para la cultura.

El término cultura se entiende aquí, no en un sentido restringido, sectorial, reduciéndolo a un ámbito “elitesco” como sería el literario o artístico. Designa, antes bien, la totalidad del quehacer humano, englobando así lo cotidiano y popular junto a lo que puede considerarse más refinado. Es así como al hablar de la cultura venezolana se entiende un conjunto que tiene que ver con las actividades tanto del Museo de Bellas Artes como también con las del Mercado de Quinta Crepo de Caracas. Es la razón igualmente por la que dicho término se utiliza en singular y en plural para denominar unidades diversas y complejas cuando, por ejemplo, hablamos de la nueva cultura y las culturas regionales.

La fe no es para quedarse en una adhesión individual o colectiva aislada, sino que ha de permear lo personal y social en sus diversas manifestaciones y recoger las variadas expresiones de la existencia personal y comunitaria. De este modo se puede decir que está llamada a cubrir la oración y la política. El hogar y la plaza pública.

La fe es una adhesión espiritual exigida a no agotarse en una vivencia íntima ni en una relación vertical y aislada con Dios, sino que, particularmente la cristiana, integra a la persona en una comunidad creyente y en un tejido relacional humano-divino. Una expresión que se suele oír, en un contexto individualista, es la de que “yo me las entiendo con Dios”. Pues bien, Dios -y esta vez asumido en marco cristiano- es Trinidad, comunión, amor, que ha creado al hombre como ser social y ha querido salvarlo no aisladamente, sino en un conjunto creyente, que es la Iglesia (“pueblo de Dios”), la cual tiene la misión universal de evangelizar.

Sobre este tema de la fe, con su carácter relacional y su expresión cultural, contamos con un documento nacional circunstanciado y de gran valor como es Evangelización de la cultura en Venezuela. Éste, producido por el Concilio Plenario de este país en 2005 y elaborado con la muy útil metodología del ver-juzgar-actuar, conjuga acertadamente aspectos de investigación, reflexión y operatividad en una dinámica actualizada transformadora.

La frase de Juan Pablo II citada al inicio de estas líneas constituye un verdadero desafío, de especial resonancia en este tiempo universal de cambio epocal y muy peculiar venezolano. En éste, por la crítica situación nacional de los últimos decenios y también porque en nuestra historia republicana la relación fe-cultura ha sido más bien débil por lo belicoso del acontecer y las ideologías dominantes. En orden a una respuesta positiva la figura del doctor José Gregorio Hernández resulta modélica y estimulante: él constituyó una respuesta existencial a la penuria científica, al filosofismo positivista y a la postración social.

Con respeto a la vida y el compromiso del creyente cristiano en el contexto cultural el documento arriba citado del Concilio Plenario distingue acertadamente entre inculturación del evangelio y evangelización de la cultura. Éstas son como las dos caras de una misma moneda; la una subraya el aspecto receptivo (asumir, incorporar) y la otra el activo (transformar, aportar) con respecto a la realidad histórica. Pensemos en lo que sucedió en el encuentro original del cristianismo con su entorno judío y el marco helenístico-romano. La historia del cristiano y su Iglesia ha sido un continuo desafío de adaptación y cambio. El inicio de la Carta de san Pablo a los Romanos es muy interpelante al respecto (1, 18-32). 

El creyente está llamado a encarnar su fe en una situación histórica concreta, simultáneamente con su compromiso de transformar la situación con los valores del evangelio. Como dos actuaciones que se han de conjugar en la unidad de un mismo quehacer. El resultado a través del tiempo no ha sido igual; ha dependido de la lucidez y autenticidad del creyente y de la comunidad Iglesia. El ser humano es hacedor -paciente y agente- de historia.

 

 

viernes, 9 de agosto de 2024

DOCTRINA SOCIAL A LA MANO

 

    La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad (citaré como CIGNS) es el documento 3 del Concilio Plenario de Venezuela y constituye una especie de manual de Doctrina Social de la Iglesia (DSI) en coordenadas nacionales.

    El referido Concilio (2000-2006) se coextiende temporalmente en realización y aplicación con el sistema Socialismo del Siglo XXI, que se ha tratado de imponer al país por un cuarto de siglo, violando principios y normas establecidos en la Constitución. Fáciles actualizaciones hacen de tal documento  conciliar CIGNS una orientación muy útil en el campo del compromiso social en perspectiva cristiana. Valga aquí como introducción al mismo, el siguiente planteamiento que él destaca:

    “Una de las grandes tareas de la Iglesia en nuestro país consiste en la construcción de una sociedad más justa, más digna, más humana, más cristiana y más solidaria. Esta tarea exige la efectividad del amor.  Los cristianos no pueden decir que aman, si ese amor no pasa por lo cotidiano de la vida y atraviesa toda la compleja organización social, política, económica y cultural” (CIGNS 90).

    Lo que el marxismo achaca a la religión, no tiene aplicación en el caso del cristianismo auténticamente entendido y practicado. Una de las seis dimensiones de la evangelización (misión de la Iglesia en este mundo concreto), consiste precisamente en el imperativo de contribuir a la construcción de una nueva sociedad, algunas de cuyas notas específicas recuerda el documento conciliar como veremos a continuación. Desde ahora sea dicho que cuando en la Iglesia se habla de opción por los pobres como exigencia cristiana, no hay que entenderla simple y primariamente como ayuda a los necesitados de facto, sino como praxis efectiva para evitar el flagelo, mediante un trabajo consciente y esforzado por una sociedad justa y solidaria, desde los ámbitos menudos e inmediatos hasta los más amplios y globales.

    En cuanto a fundamentación doctrinal el documento parte de una noción a) de Dios, no ciertamente la del absoluto y solitario de la Ilustración, sino la del “Dios amor” (ver 1Jn 4, 8), b) de su Hijo Jesucristo, quien se autoidentifica con el prójimo y, por cierto con el más necesitado (ver su narración del Juicio Final en Mt 25, 31-46). Igualmente, c) del Reino (o Reinado) de Dios, referencia central de la “buena nueva” y de la misión de la Iglesia, el cual se edifica también, ya desde la historia, mediante la edificación de una convivencia libre, justa y fraterna (nueva sociedad o civilización del amor).

    Puntos fundamentales de la DSI y que aparecen claros en el documento CIGNS son:  la dignidad y centralidad de la persona en el tejido social; el carácter intrínsecamente social del ser humano; el bien común como eje rector y meta en el actuar social económico, político y ético-cultural; el destino universal de los bienes y la función social de la propiedad, orientadores de un desarrollo integral; el sentido humano y humanizante del trabajo; la tríada interrelacionada y altamente interpelante de solidaridad, participación y subsidiaridad.

    Tres temas merecen una mención aparte: los derechos humanos y su condición de “eje central de toda actividad de defensa y promoción en el ámbito social y ético cultural (Ibid. 108); la política como actividad positiva ineludible humana y cristiana -superando concepciones restringidas, elitistas y aun negativas- con particular exigencia para los laicos (seglares); la cultura en su sentido englobante social, que totaliza y entreteje el compromiso humano y su quehacer histórico.

    Por cierto, que la metodología asumida por el documento CIGNS es la del ver-juzgar-actuar, que permite un tratamiento de los temas desde un ángulo situacional bien concreto y estimulante. Ello permite, entre otras cosas, que la parte relativa a la acción adquiera un sentido operativo bien realista y muestre de modo ejemplar cómo la DSI ha de impulsar de modo efectivo la edificación de una nueva sociedad, que, en cuanto histórica, ha de pensarse y actuarse en perspectiva de revisión y perfeccionamiento continuos.

 

miércoles, 7 de agosto de 2024

Libro Renovación eclesial a la luz del Concilio Plenario de Venezuela. 2da Edición.

     La Conferencia Nacional de Laicos de Venezuela (CNL) como lugar de encuentro de laicado venezolano en orden a su misión evangelizadora, se convierte en organismo de referencia, enlace y diálogo. En este orden de ideas, persigue la participación activa de los laicos en el desarrollo de programas sociales, educativos y pastorales, así como también, su presencia evangelizadora en la sociedad.

     Estos propósitos se enmarcan en la necesidad de promover el interés intraeclesial, de religiosos, clérigos y dirigentes laicos, para trabajar en comunión por los problemas y nudos críticos de la sociedad, desde la dimensión social y política del Evangelio.

     Como respuesta a lo anterior, la Conferencia Nacional de Laicos presenta en esta oportunidad, como parte de su programa de publicaciones, el presente Libro escrito por Monseñor R. Ovidio Pérez Morales, Viceasesor de la CNL, que se ofrece como un servicio a la Nueva Evangelización, una 6 breve síntesis de diez elementos claves del Concilio Plenario de Venezuela (CPV). El orden en que presenta el autor dicho Decálogo constituye un excelente instrumento de estudio que busca sintonizarnos de forma didáctica con el trabajo misionero, donde todos los bautizados debemos participar, destacando de manera importante, la acción del laico de colaborador a protagonista, evangelizar la cultura y la dimensión social de la evangelización, fuente de renovación eclesial y conversión.

     En esta nueva entrega de Monseñor Pérez Morales a la Iglesia de nuestro país, resaltamos su gran labor como pastor y su entrega incondicional a la CNL. Que el lector de este documento, aproveche cada uno de los puntos de este Decálogo, espacio de reflexión y acción en el camino de la evangelización. En la Exhortación Apostólica Evangelli Gaudium –La Alegría del Evangelio– el Papa Francisco plantea: …Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador… La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados (EG. 120).

Para seguir con la lectura, puede hacer clic en el siguiente título: Renovación eclesial a la luz del Concilio Plenario de Venezuela. 2da Edición