sábado, 22 de diciembre de 2018

El IMPERATIVO 10 ENERO





Veremos qué pasa. Es una expresión muy frecuente ante un futuro incierto, cuyo desenlace se espera para tomar una decisión o ejecutar una acción. En este caso, en buena medida lo futuro aparece como quehacer ajeno y lo histórico como algo que acaece al margen de una intervención propia.
Ahora bien, el esperar que algo acontezca para determinarse a obrar es algo conveniente o inevitable en muchas ocasiones.  Al fin y al cabo, la historia es confluencia de múltiples libertades y se encuadra en un escenario también de necesidades. Estamos aquí ante el yo y la circunstancia de que hablaba Ortega.
El depender de que algo suceda no se justifica, sin embargo, cuando lo que está en la mira exige desde ya una definición y un ineludible compromiso. Aquí la historia interpela como imperativo a la propia libertad. En estos casos postula pasar de la expectativa a la acción y convertir el acontecimiento en propósito y meta.
Lo anterior se aplica de modo claro al próximo 10 enero como fecha de cambio político nacional, en el cual debe empeñarse -en criollo significaría “restearse”- el conjunto de personas y sectores democráticos del país.
En ciertos ambientes partidistas y de la sociedad civil se espera que la Iglesia institucionalmente tome la batuta para la realización del cambio que urge la nación. Con relación a esto conviene recordar dos cosas. La primera es que el Episcopado (Jerarquía, Conferencia Episcopal) en cuanto representación institucional de la Iglesia, no es un “operador político”, como lo es un partido o puede serlo una organización o institución de la sociedad civil; representa, en efecto un conglomerado creyente, multiformemente plural en su interior y con una misión religiosa, que asume lo histórico, pero no se agota en éste. Es así como la Iglesia nunca podría optar por cerrar sus puertas e irse a la clandestinidad.
Lo segundo que conviene recordar y podría colocarse mejor como primero es lo siguiente: la Conferencia Episcopal Venezolana ha sido muy explícita en identificar y calificar al actual Régimen, así como en subrayar una y otra vez la urgencia de un cambio. Y ello, desde hace tiempo. Baste un par de ejemplos. El Episcopado en 2007 calificó la propuesta de un “Estado socialista” como “moralmente inaceptable”, “contraria a principios fundamentales de la actual Constitución, y a una recta concepción de la persona y el Estado” (Exhortación sobre la propuesta de reforma constitucional, 19 octubre 2007). Diez años después (en documento del 13 de enero) precisó como “la causa fundamental” de la extremadamente grave crisis nacional: “el empeño del Gobierno de imponer el sistema totalitario recogido en el Plan de la Patria (llamado Socialismo del Siglo XXI)”; sistema al que identificó también en Comunicado del 5 de mayo siguiente como “militarista, policial, violento y represor”. A comienzos del presente año los obispos afirmaron algo muy serio: “Con la suspensión del referéndum revocatorio y la creación de la Asamblea Nacional Constituyente -inconstitucional e ilegítima en su origen y desempeño- el Gobierno usurpó al pueblo su poder originario”; agregaron que éste debía asumir “su vocación de ser sujeto social”, indicando algunas iniciativas posibles al respecto, como el artículo 71 de la Constitución. En Julio pasado la Conferencia episcopal declaró: “Vivimos un régimen de facto, sin respeto a las garantías previstas en la Constitución y a los más altos principios de la dignidad del pueblo” (Exhortación, 9 de Julio 2018); allí mismo, con respecto a la consulta electoral presidencial de mayo, denunció “su ilegitimidad, su extemporaneidad y sus graves defectos de forma”, agregando que la “altísima abstención” había constituido “un mensaje silencioso de rechazo”.
El Episcopado se reunirá del 7 al 12 del próximo enero en asamblea plenaria. Me atrevo a decir que estimula y espera una propuesta de cambio de Régimen, legítima, consistente, factible y de previsible apoyo nacional e internacional, para darle el respaldo de la Iglesia. Y esto como respuesta a su misión propia y a un clamor del pueblo soberano (ver Mensaje del 19 de marzo 2018).
¿Esperar a ver qué sucede el 10 enero? ¡No! ¡Es preciso “restearse” para que el cambio suceda! Cambio que es humana, moral y religiosamente obligante.

jueves, 6 de diciembre de 2018

NAVIDAD VENEZOLANA 2018




Hay dos realidades (no fantasías) cuya articulación el cristiano no la percibe racionalmente de modo claro; la formula como verdad que lo trasciende. Al fin y al cabo, Dios y su creatura se mueven a niveles radicalmente distintos. Así:  Cristo es Señor de la historia y, sin embargo, ésta constituye tarea de nuestra libertad, por cuanto Dios creó al ser humano libre, protagonista, responsable.
Suena entonces paradójico, pero verdadero: hay que pedir a Dios la paz y al mismo tiempo empeñarnos en establecerla. Un milenario lema benedictino acertadamente dice: ora et labora (reza y trabaja). En este sentido el rezar por la salud no dispensa de acudir al médico. De igual manera, en el hoy venezolano debemos pedir mucho al Altísimo nos conceda un cambio de dirección política y al mismo tiempo conjugar nuestros esfuerzos para lograr un Gobierno de Transición.
La Navidad venezolano de este 2018 es un tiempo particularmente oportuno para reflexionar y actuar respecto de la configuración y orientación que hemos de dar a la convivencia nacional, dado el desastre en que nos encontramos y la fractura y divisiones que experimenta el cuerpo de la nación, como efecto, fundamentalmente, de un proyecto político-ideológico inhumano, comunista, totalitario.
Hay dos textos bíblicos sumamente iluminadores sobre el plan definitivo divino sobre la historia, el cual traza por consiguiente el horizonte hacia el que la humanidad ha de dirigir sus pasos. Se trata de dos mensajes mesiánicos del profeta Isaías, personaje clave para el pueblo de Israel y que los cristianos recordamos de modo especial en este tiempo preparatorio de la Navidad. Son los contenidos en el libro de dicho profeta en los capítulos 2 (versículo 4) y 11 (versículos 6-9).
El primero dice así: “Forjarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas”. Y el segundo: “Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías, el león, como los bueyes, comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano. Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, por            que la tierra está llena del conocimiento de Yahveh”.
Así dibuja el profeta Isaías los tiempos últimos, mesiánicos, en que la humanidad estará penetrada del conocimiento de Dios. En lenguaje bíblico “conocimiento” no es sólo algo cognoscitivo, gnoseológico, sino que entraña reconocimiento, adhesión, unión. Por cierto,  el Papa Francisco en su encíclica ecológica, Laudato Si´, en la perspectiva de San Francisco de Asís, habla de una comunión universal como gran plan de Dios, que entraña una profunda unión del ser humano con la naturaleza. Ser humano, cuya más honda y definitiva vocación es la comunión con la Trinidad Divina.
Esta Navidad, celebración del nacimiento del “Príncipe de la Paz” (Isaías 9, 6) que viene a traer paz a los hombres amados de Dios (ver Lc 2, 14), encuentra a nuestra Venezuela envuelta en grave conflicto. Al país se lo quiere dividir en “revolucionarios” y “traidores a la patria”; también se lo está despoblando por carencias culpables y abundante represión. El Régimen destruye, divide, discrimina y encarcela para poder dominar más fácilmente a un pueblo, cuyo ejercicio de soberanía ha usurpado. Navidad 2018 se plantea así, de manera urgente y obligante, como compromiso ciudadano por el restablecimiento de la paz en libertad-progreso-solidaridad-democracia-fraternidad. Algo que debemos pedir con fervor a Dios y trabajar de modo persistente.
Hemos de hacer de nuestra Venezuela, mediante una positiva transición política, un verdadero ámbito de paz, compartir, encuentro nacional; la profecía de Isaías ha de inspirar nuestra acción, para reconstruir el país como casa común de todos los venezolanos. Casa multicolor y polifónica en que todos podamos tener y expresar nuestras convicciones y contribuir corresponsablemente al bien común.