jueves, 23 de enero de 2020

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA




En el hoy venezolano, pletórico de crisis y expectativas, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) ofrece un oportuno y consistente aporte para la recuperación y el ulterior desarrollo del país.
La DSI es un conjunto orgánico de principios, criterios y orientaciones para la acción, ofrecido por el magisterio eclesiástico católico, con miras a la gestación de una nueva sociedad, es decir, de una convivencia que responda, del mejor modo posible, a la dignidad y los derechos fundamentales del ser humano.
De entrada, es preciso señalar que dicha Doctrina no se propone como enseñanza confesional, destinada sólo a los católicos, sino dialogal, abierta también a no creyentes, pero que coinciden en imperativos básicos de un genuino humanismo. No se circunscribe igualmente a ninguna área geográfica o cultural, ni puede ser monopolizada por un determinado partido o movimiento. Tampoco se presenta como algo ya hecho, sino en continuo hacerse, pues intenta responder a los desafíos cambiantes de la dinámica social. Es, como la historia, herencia y creación.
Elemento capital y punto de partida de la DSI es la centralidad de la persona humana – relacional por naturaleza- como el sujeto y fin de todas las instituciones sociales. Esa dignidad, razón y fuente de derechos inalienables, el creyente la encuentra fundada en la realidad del hombre, creado por Dios “a su imagen y semejanza”. Por un Dios único que, para el cristiano, es Trinidad, comunión, amor, lo cual explica en su raíz toda verdadera socialidad.
Los derechos humanos, individuales, sociales y de las naciones, en los varios ámbitos, económico, político y cultural, constituyen, hoy por hoy, el eje central de toda actividad de defensa y promoción del ser humano. Esos derechos, irrenunciables y siempre en progresión, son anteriores a toda organización de la convivencia, incluido el Estado; se contraponen así a todo totalitarismo, estatismo, colectivización y masificación. La persona no debe ser función, medio o instrumento de ninguna estructura societaria. Sin olvidar, por supuesto, que la otra cara de los derechos son los deberes, cosa particularmente necesaria cuando se acentúan la irresponsabilidad social y el asistencialismo estatal.
El bien común emerge como núcleo rector y ordenador de los bienes particulares; consiste en el conjunto de condiciones societarias, que posibilitan a individuos y asociaciones el logro más pleno y fácil de su desarrollo y perfección.
La DSI destaca la tríada de componentes de una auténtica nueva sociedad: comunicación participativa de bienes, democracia y calidad ético-cultural. El primero, económico, responde a la destinación universal de los bienes, exigencia de equidad y razón de la función social de la propiedad. El segundo, político, es la convivencia democrática, que ha de conjugar libertad, participación, pluralismo y corresponsabilidad. La calidad ético-cultural implica los valores estéticos y ecológicos, morales y espirituales, que apuntan a lo más íntimo, al tiempo que global y trascendente, del ser humano. El tema ecológico, interpretado en su sentido integral, socioambiental, ha entrado de lleno recientemente en la DSI. Otra tríada, sumamente generadora, es la de solidaridad, participación y subsidiaridad, que impulsa una dinámica social fraterna, proactiva y corresponsable.
El desarrollo (latín progressio) es otro tema resaltante. La persona humana, histórica, ser-para-desarrollarse, plantea un progreso, que ha de ser multiforme, integral y solidario, en correspondencia a su condición corpóreo-espiritual y social. Ha de implicar todo el hombre y todos los hombres, también en el escenario de la globalización.
Puesto especial en la DSI ocupa el trabajo, que es una actividad propiamente humana y reclama ser considerada primariamente en su subjetividad. No es la escoba la que califica el barrer, sino quien lo hace, que es persona y, por lo tanto, de dignidad y derechos inalienables. Ello funda la primacía del trabajo sobre el capital.
En la cercanía del 130º aniversario de la encíclica Rerum Novarum de León XIII, la DSI se muestra particularmente útil, especialmente para nuestro crucificado país.

jueves, 2 de enero de 2020

OBISPOS URGEN INTERVENCIÓN DEL SOBERANO



Dos acontecimientos importantes para este enero 2020: la Asamblea Nacional elige nueva directiva (5) y la Conferencia Episcopal Venezolana se reúne en Asamblea Plenaria (7-11).
En cada asamblea, los obispos hacen un balance de la situación nacional, en perspectiva de su tarea pastoral. Es obvio que lo que suceda en la Asamblea Nacional constituirá un punto muy importante de consideración episcopal.
El Episcopado, sin embargo, no está a la espera de las decisiones de la Asamblea Nacional con las alforjas vacías. En efecto, en los últimos años y, concretamente, durante el período “revolucionario”, ha venido tomando clara posición respecto de exigencias fundamentales referentes al obligante cambio nacional. Lo que expondré en las líneas que siguen se ciñe de manera estricta a lo expresado oficialmente por los Obispos. Sobre el marco situacional desastroso en los varios ámbitos sociales (económico, político y ético-cultural) no me detendré mayormente, inventariando tragedias que sufre el pueblo venezolano como consecuencia del plan socialista (comunista) del Régimen. Lo que estamos padeciendo la gran mayoría de los venezolanos no necesita demostración.
En primer lugar, coloco lo subrayado en la Exhortación episcopal de hace justamente dos años (12 enero 2018): la emergencia económica y social del país, que exige una atención humanitaria inmediata. Las políticas gubernamentales “han dado como resultado aumento de la pobreza, desempleo, carencia de bienes básicos, descontento y desesperanza general”, unidos al “éxodo de millones de venezolanos” (añadiría: vamos hacia un país de mendicantes, esclavos y emigrantes, bajo una “nueva clase” de burócratas opulentos y corruptos).
En segundo lugar, cito lo que destacan los Obispos en el referido documento: el soberano (CRBV 5) debe asumir “su vocación de ser sujeto social”, pues “el Gobierno usurpó al pueblo su poder originario (…) No habrá una verdadera solución de los problemas del país hasta tanto el pueblo no recupere totalmente el ejercicio de su poder”. Meses más tarde (11 Julio 2018) el Episcopado explicitó la ilegitimidad del Presidente Nicolás Maduro y de la Asamblea Nacional Constituyente, de modo que “Vivimos un régimen de facto, sin respeto a las garantías previstas en la Constitución y en los más altos principios de la dignidad del pueblo”. La Exhortación de 9 enero 2019 lo complementa: “Por tanto, la pretensión de iniciar un nuevo período presidencial el 10 de enero de 2019 es ilegitima por su origen y abre una puerta al desconocimiento del Gobierno porque carece de sustento democrático en la justicia y en el derecho”.
En tercer lugar, el Episcopado no define ni a él le toca definir el know how para la recuperación de la soberanía por parte del pueblo, pero sí recuerda, a título de ejemplo, el Art. 71 de la Constitución Nacional, como instrumento concreto de locución y mandato del soberano. A este propósito resulta oportuno recordar que el mismo 9 de enero 2019 el Episcopado manifestó: “La Asamblea Nacional, electa con el voto libre y democrático de los venezolanos, es el único órgano del poder público con legitimidad para ejercer soberanamente sus competencias”. Varias propuestas de consulta están circulando y se han hecho llegar a instancias de decisión.
En cuarto lugar, los Obispos entienden (Exhortación del 12 enero 2018) que para decir que el soberano habla, deben llenarse ineludibles condiciones de libertad, efectividad y transparencia, como es el caso de la reestructuración del Consejo Nacional Electoral,  aparte de “la presencia y supervisión de Observadores por parte de reconocidos Organismos Internacionales (ONU, UE, OEA…).
Cuando los Obispos hablan de ilegitimidad, tienen presente la normativa jurídica y constitucional, pero el acento lo ponen en el plano ético y religioso, más alto y trascendente. El específico de su misión religiosa, pastoral.
Concluyo con un desiderátum-imperativo que está en el ambiente: 2020 debe ser Año del Cambio, de la recuperación del país. De un nuevo Gobierno: de Transición, Unidad e Integración. De elecciones libres. De recomienzo de lo que Venezuela debe ser: país justo, democrático, vivible y deseable, de luz y paz, de trabajo y progreso. Como Dios lo quiere.


PESEBRE, EC0LOGÍA INTEGRAL




Uno de los recuerdos más gratos de mi infancia andina es el de un pesebre ingenuo montado en la sala de mi casa. Abundancia de musgo y un buen número de figuras, desproporcionadas en tamaño y desiguales en factura. Un pastor alto junto a casas pequeñas y diminutas ovejas. El Niño Jesús sobresaliendo por tu tamaño y belleza. La Virgen y San José guardando armonía, no así la mula, el buey y otros acompañantes. La disparidad de volúmenes, claro mensaje de que para Dios Padre y el Señor Jesucristo no cuentan las magnitudes corporales; para ellos no hay precedencias, más aún, lo grande se torna pequeño y lo pequeño grande
Un día decembrino recibimos un cocodrilo de celuloide -no había aparecido el plástico- bastante grande, y se lo colocó en el Pesebre, al igual que otras figuras que llegaban por compra o regalo (todo lo bueno cabía allí, sin apartheids). Algunos soldaditos exhibían sus armas, para alegrar, no para herir ni matar. El Belén se extendía bastante y a lo largo y ancho pastaban ovejitas y se movían tranquilamente los pastores. El citado cocodrilo descansaba plácidamente sin alejar a nadie y sin que nadie temiese acercársele.
Al margen de un expreso propósito, ese Pesebre representaba en su conjunto lo que el profeta Isaías había anunciado sobre los tiempos mesiánicos: “Forjarán de sus espadas azadones y de sus lanzas podaderas. No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra (..) Serán vecinos el lobo y el cordero. Y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán a sus crías, el león como los bueyes comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano. Nadie hará daño (…) porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor” (Is 2, 4.11, 6-9).
Quien se acerca al Pesebre con ojos sencillos y mirada de fe, recibe un baño de serenidad y su corazón se abre a la fraternidad. Es educado con una pedagogía de encuentro y compartir. Montar un Pesebre es encontrar un oasis de paz. Robustecer el espíritu de familia.
Tema prioritario hoy en el escenario internacional, es el ecológico, que en interpretación cristiana se lo entiende como ecología integral. El Papa Francisco le dedica todo un capítulo de su encíclica sobre el ambiente, Laudato Si´. La salud de la naturaleza se percibe estrechamente unida a la del ser humano y su quehacer económico, político, cultural; la problemática ambiental, en efecto, está indisolublemente ligada al relacionamiento social justo, solidario, pacífico y fraterno. El referido documento pontificio ha introducido el término comunión universal para expresar los lazos con que Dios ha unido a todos los seres, entre sí y consigo mismo: una especie de tejido global, en que el hombre, sin disolverse en lo impersonal, se encuentra íntimamente interrelacionado en la casa común. Esto   lleva al Poverello de Asís, en su alabanza a Dios, a tratar a los animales y las cosas en términos de parentela, a modo de unidad familiar (hermano sol, madre tierra…). El ambiente se enriquece así en comprensión, pero también en extensión, abarcando la globalidad de lo real.
El evangelista Juan en su primera carta da esta definición: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4, i8). La Divinidad no es ente unipersonal, soledad absoluta, sino existencia relacional, Trinidad, comunión. Y Dios, con el mundo que crea, constituye una estrecha unidad, no en sentido panteísta, ciertamente, sino como genuina comunión, asumiendo este término en su sentido más amplio y, por lo tanto, no restringido a lo interpersonal. La suerte de las cosas implica, por ello, la suerte del hombre y viceversa, de tal modo que la explotación irresponsable del entorno natural daña al ser humano, al igual que el deterioro de la calidad humana (exclusiones, injusticias, economicismo…) inciden en el maltrato del ambiente.
En el Pesebre no caben guerras, opresiones ni ecocidios. Ni arcos mineros depredadores, ni contaminaciones atmosféricas suicidas. El “recién nacido”, divinidad incorporada, constituye, con la ecología integral, una comunión universal.