jueves, 25 de febrero de 2021

CUIDAR TRES FRENTES

 

    No sólo de pan vive el hombre. Esta respuesta de Jesús al tentador (Mt 4, 4) indica que aparte de las materiales hay otras necesidades a las cuales el ser humano ha de atender, dada su complejidad antropológica.

    Cuando cayó el Muro de Berlín hubo quienes imaginaron una pronta plenitud de la historia mediante la conjugación del libre mercado con una convivencia democrática. Aparte de los obstáculos reales para el logro de un tal binomio, no se tenía presente en modo debido otro elemento societario fundamental, el cultural, cuya importancia habían subrayado ya en perspectiva marxista la Escuela de Fráncfort y el italiano Gramsci. En la experiencia de países desarrollados aparecen crisis, que no son simplemente de pan y de participación del poder.

    En la conformación y marcha de la sociedad se identifican tres campos o ámbitos: el económico, el político y el cultural (o, más precisamente, ético-cultural, ya que cultura en su sentido amplio engloba todo lo social). Los elementos de esta tríada guardan estrecha interrelación por la integralidad del ser humano y se acentúan según la circunstancia histórica y la concreta jerarquización de valores. Lo económico corresponde básicamente al orden de los medios (tener), el político al de los fines intermedios (poder) y el ético-cultural al de los penúltimos y últimos como realización más específica de lo humano (“ser”).

El término “nueva sociedad” se usa para denominar la “sociedad deseable”, la cual, por ser histórica, se manifiesta siempre perfectible. Uno de los documentos primeros del Concilio Plenario de Venezuela (2000-2006) adoptó precisamente como título La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad y ofrece lineamentos básicos para ésta en la línea de los valores humano-cristianos del Evangelio. Tarea a la cual se endereza la así llamada Doctrina Social de la Iglesia (DSI).   

    Con respecto a la referida tríada, puede señalarse sendos objetivos claves para la construcción de una “nueva sociedad”, a saber: comunicación de bienes en lo económico, democracia en lo político, calidad espiritual de vida en lo ético-cultural.

    Con respecto a lo primero, una enseñanza bastante antigua y generadora es la de la destinación universal de los bienes, creados para el desarrollo de todos los seres humanos (personas, pueblos). Objetivo éste nada sencillo, pero obligante, hacia el cual la DSI no propone un modelo determinado, pero si algunos principios, criterios y orientaciones; en este sentido rechaza tanto el capitalismo liberal (“salvaje”) como el colectivismo marxista (de facto estatizante), subraya la opción preferencial por los más necesitados, defiende la propiedad privada (pero con “hipoteca” social” según Juan Pablo II) en función de la libertad y promueve con una economía solidaria, de comunión.  

    Sobre la democracia, el No. 46 de la encíclica Centesimus Annus del mismo Papa, a raíz de la Revolución del ´89, puede considerarse un texto clásico. Manifiesta la predilección por dicho sistema en cuanto asegura la participación ciudadana y el control del poder, entraña el Estado de derecho y garantiza la práctica de los derechos humanos. Resulta obvio que la democracia postula la educación del pueblo en el conocimiento y práctica de sus derechos y deberes civiles, así como el estar en guardia frente a su vaciamiento de valores, a dictaduras de mayorías y a imposición de intereses grupales.

    En relación a lo ético-cultural vale la pena recordar lo que en Edipo, Rey, pone Sófocles en labios del sacerdote: “Nada son los castillos, nada los barcos, si ninguna persona hay en ellos”. La condición espiritual y la vocación trascendente del ser humano, exigen a éste su cultivo prioritario en un orden que va más allá de lo puramente económico y lo político. Es el concerniente a lo ecológico y artístico, a lo amistoso y lúdico, a lo moral y religioso. A la cultura de la vida y del amor. Al cuidado del “ser” en su significado personal más profundo.

    Construir y perfeccionar la “nueva sociedad” implica un compromiso tridimensional: de justicia y solidaridad en lo económico, de verdad y libertad en lo político, de calidad espiritual en lo ético-cultural. Todo lo cual requiere una educación ad hoc seria y persistente de la ciudadanía.

jueves, 11 de febrero de 2021

ANALFABETISMO CONSTITUCIONAL

    La ignorancia registra múltiples interpretaciones. Una de ellas, bastante antigua, es la humilde de Sócrates, para quien la confesión de la propia ignorancia - “sólo sé que no sé nada” afirmaba frente a los sofistas- era sabio punto de partida en la búsqueda de la verdad.

    Una útil distinción se establece entre nesciencia e ignorancia. La primera significa simplemente la ausencia de un conocimiento, en tanto que la segunda tiende a calificarla (injustificada, culpable...). A un albañil no se le puede exigir la ciencia de un ingeniero. Hay niveles o grados de saber con variables índices de evaluación científica y moral de acuerdo a las circunstancias.

    Estas consideraciones resultan oportunas al referirnos al saber en materia de derechos-deberes humanos por parte de la ciudadanía. En una sociedad democrática, que merezca lo básico de este calificativo, es inaceptable la existencia de analfabetos políticos, categoría cuyo mínimo referencial podría constituir la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Preámbulo y Principios Fundamentales de la Constitución nacional, así como artículos de ésta directamente relacionados con aquellos Derechos. Todo esto debería entrar en la etapa elemental de la educación escolar. En la Escuela Primaria existió, por cierto, una asignatura, Moral y Cívica, que, en mala hora, desapareció del currículo. Ahora bien, al hablar de educación es preciso no olvidar que la primera escuela es-ha de ser la familia.

    Resulta incomprensible que el derecho a la participación electoral, no vaya acompañada del obligatorio conocimiento de cuestiones elementales para un ejercicio responsable de la ciudadanía, la cual es corresponsable en la construcción de la polis, como ámbito de convivencia civilizado, libre, justo, solidario, pacífico. La de ciudadano es una profesión que, más que cualquiera otra, se debe aprender y ejercer desde niño, con inteligencia y conciencia.

El analfabetismo en esta materia (desconocimiento palmario de los derechos humanos y lineamientos constitucionales) es fuente de graves y múltiples desajustes, abusos, arbitrariedades,  dependencias y opresiones, que atavismos criollos y el síndrome de Estocolmo contribuyen a digerir y conservar. Dicho analfabetismo ha sido facilitado también por la superficialidad y el “pragmatismo” de partidos y liderazgos políticos, al igual que por la escasa o nula educación ciudadana por parte de organizaciones e instituciones de la sociedad civil, incluida la Iglesia.

    La situación se ha agravado. Vivimos actualmente en Venezuela en una habitual y patente violación de derechos humanos y una manifiesta in-anti-constitucionalidad, apoyada en el amaestramiento ideológico totalitario del Régimen, para el cual lo jurídico está en función de la “Revolución” socialista marxista y de la pura y simple conservación del poder. La esquizofrenia institucional (dualidad, paralelismo) de poderes y la inconstitucionalidad o ilegitimidad de éstos, llevan a una marcha insegura, contradictoria, desintegradora, destructiva del país. A 200 años de Independencia todo ello interpela fuertemente a un cambio en profundidad, que posibilite una sana convivencia democrática en un genuino estado de derecho.

    Tarea urgente en la Venezuela por rehacer es, por tanto, la alfabetización ciudadana. Sólo con personas conscientes de sus derechos-deberes fundamentales se podrá pensar seriamente en la Venezuela deseable y obligante. En ella quienes ejercen el poder actuarán no como dueños o sargentones de manadas poblacionales encadenadas, sino como servidores de comunidades; y los ciudadanos de a pie serán, no mendicantes de lo que les pertenece, sino protagonistas de un desarrollo social compartido.

    La alfabetización ciudadana es condición ineludible para un cambio nacional consistente, radical y global. Si las dictaduras y tiranías se alimentan con la ignorancia, la democracia se nutre con el conocimiento. Superar el analfabetismo constitucional exige educar para la ciudadanía, la democracia y el bien común, desde la familia, y comprometiendo al sistema escolar desde su estadio fundamental. Nadie quiere y defiende lo que no conoce.