sábado, 31 de julio de 2021

SOTANAS Y POLÍTICA

     El título de estas líneas debería ser “Iglesia y política”; lo pongo así porque alguien del Régimen se ha servido de dicho binomio para descalificar un mensaje.

    El acusar de intromisión religiosa en política no es nada nuevo. A Jesús le achacaron querer suplantar al Emperador romano; por eso sentó el principio “dad a César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12, 17).

    Una pregunta nos sirva para buscar luz en el presente asunto: ¿Puede-debe la Iglesia meterse en política? Para responder es menester definir antes qué se entiende por Iglesia y por política. Precisar términos es algo que cuando no se hace, es causa de no pocos malentendidos y de interminables y encendidas discusiones, al final de las cuales, alguno de los interlocutores expresa: “pero eso es lo que yo quería decir” ¿Y entonces por qué no lo dijo en su momento?

    La referida pregunta puede responderse tanto afirmativa como negativamente. Depende de lo que entienda por Iglesia y por política; aquí surgen dos tríadas de interpretaciones. Política puede significar a) “lo político” como una dimensión fundamental de lo humano -de naturaleza social- y por tanto lo relativo a la comunidad política (polis); b) el poder o autoridad en la misma; c) la organización y actividad de los partidos políticos, que buscan el acceso al poder o su recuperación. Por Iglesia, puede entenderse a) la comunidad de todos los creyentes y bautizados; b) el sector jerárquico en ella (obispos-presbíteros y diáconos); c) los laicos o seglares, los cuales constituyen la casi totalidad de la Iglesia. Surgen consiguientemente varias composiciones o relaciones, que determinan el que las respuestas sean afirmativas o negativas.

    Si por Iglesia se entiende la comunidad de los bautizados y creyentes y por política la participación en la polis, resulta obvia y obligante la respuesta afirmativa, por la condición social del ser humano y porque el compromiso social, caritativo, es una de las dimensiones de la evangelización (=misión de la Iglesia); a ésta, sin embargo, no le corresponde la política en sus acepciones tanto de ejercicio del poder como de praxis partidista. En lo que toca a la Jerarquía eclesiástica, ella, por lo ya dicho, ha de participar en lo político en su sentido primero, pero no en el de poder ni en el de actividad partidista. En cambio a los laicos les corresponde la política en las tres acepciones, pues lo peculiar de ellos como cristianos, es su presencia transformadora en las realidades temporales; y según su vocación, de acuerdo a capacidades, circunstancias y oportunidades, han de entrar en el ejercicio del poder político y en la acción partidista. Cabe añadir, en cualquiera de las relaciones, que el conflicto y, por ende, la ineliminable posibilidad del ejercicio de la fuerza y hasta de la violencia, han de encararse con gran realismo y en perspectiva humanista

    Con respecto a lo de “sotanas” en política conviene traer aquí algo del Directorio para el ministerio pastoral de los obispos emanado de Roma: “El Obispo está llamado a ser un profeta de la justicia y de la paz, defensor de los derechos inalienables de la persona, predicando la doctrina de la Iglesia, en defensa del derecho a la vida, desde  la concepción hasta su conclusión natural, y de la dignidad humana; asuma con dedicación especial la defensa de los débiles y sea la voz de los que no tienen voz para hacer respetar sus derechos” (No. 209). Los obispos Rafael Arias Blanco en Venezuela y San Oscar Arnulfo Romero en El Salvador no tuvieron que quitarse la sotana, antes bien, debieron ajustarla, para ser coherentes con su misión.

    Y una última observación con respecto a los laicos En virtud de su bautismo, están llamados a ser protagonistas en la construcción de una nueva sociedad, en la verdad y la libertad, en la justicia y la solidaridad, en la fraternidad y la paz, obedientes al mandamiento máximo del Señor. Esto ha de subrayarse, especialmente en situaciones como la presente de Venezuela, de grave crisis global y en la cual se quiere imponer un proyecto totalitario comunista. Para ello los laicos han de formarse lo mejor posible y actuar con la mayor lucidez y responsabilidad. Están obligados a demostrar en la polis, con obras de bien común, su fidelidad a Dios Amor; deben ser, allí, la presencia real, viva y eficaz de la Iglesia.

    La misión de la Iglesia es la evangelización, una de cuyas dimensiones es contribuir a la construcción de una “nueva sociedad”, de libertad, solidaridad y paz.

 

 

jueves, 15 de julio de 2021

OBJETIVO RADICAL


    Raíz traduce el substantivo latino radix, del cual se deriva el adjetivo radical, que significa entonces “lo que va a la raíz, al fondo, de algo”.  Es lo implicado por el término afín de refundación, evocador de “fundamento” y planteado por el Episcopado venezolano en sus últimos documentos, como compromiso necesario y urgente que requiere el país, sumergido en gravísima crisis.

    En sectores importantes de la sociedad civil se había venido considerando la necesidad de un proceso constituyente, según lo previsto por los artículos 347- 349 de nuestra Constitución. La refundación de nuestro país postulada actualmente por los Obispos asume de algún modo ese proyecto y lo anima, aunque, como es de suponer, lo enriquece y trasciende en cuanto a las exigencias éticas y espirituales, tanto personales como sociales, que han de acompañar dicho proceso político tendiente a cambios estructurales, máxime tras la experiencia del régimen actual que nació al amparo constitucional de tal consigna.

    Para noviembre se tienen previstas elecciones (o, mejor, votaciones) para gobernadores y alcaldes, en condiciones que, muy previsiblemente si no hay un “giro copernicano” en las mismas, ofrecen flancos débiles en cuanto a legitimidad, libertad y transparencia. En todo caso, en lo que toca a lo central de las presentes reflexiones sobre refundación nacional, esas votaciones no van a lo nuclear de la crisis, a la substancia del drama de Venezuela. Por cierto que la agudización en marcha de la represión y la desinhibida exhibición del fantasma comunal, adelantan que el venidero proceso de votación será sólo epidérmico, cosmético, cuyo interés primordial es un disfraz democrático para el mercado exterior. No enfrenta lo medular doloroso del desastre ni abre caminos efectivos para superarlo.

    En efecto, la intención totalitaria del Socialismo del Siglo XXI con su Plan de la Patria se mantiene. La preocupación básica oficial confesa es conservar y acrecentar el poder. La suerte de la gente poco o nada importa. De allí que el deterioro de las condiciones de vida, el desastre de los servicios públicos, el despoblamiento del país, la asistemática y “politizada” atención a la pandemia, la militarización del tejido ciudadano junto a la inseguridad y maltrato del pueblo, la hegemonía comunicacional y el desmantelamiento educativo … continúan. El valor del bolívar va parejo a la devaluación de la calidad de vida.

En cuanto a dimensiones y campos institucionales de la necesaria refundación se debe tomar en serio lo que el Episcopado subraya en cuanto a actitudes y comportamiento de nosotros los venezolanos. Es ilusorio, en efecto, pensar en cambio estructural sin implicación personal, como condición necesaria pero no suficiente. La corrupción exige control de los corruptos; la corresponsabilidad y la solidaridad no se importan; la libertad y la paz se fraguan en las conciencias; la convivencia se teje con buenos y mejores “prójimos”. Sin familias sólidas y educación humanizante, una reconstrucción se quedará en simples intenciones o flacas realizaciones.

    La refundación exige, obviamente, renovar y cambiar estructuras. El soberano (CRBV 5) puede y debe actuar novedades indispensables para la reconstrucción de la República democrática y una reorientación humanista del Estado, comenzando por designar los conductores claves del poder público nacional, para salir de la presente esquizofrenia-maraña institucional. Sin pretender jerarquizar o totalizar elementos, valgan algunos ejemplos:  desconcentración estatal, reforzando lo no oficial (empresas, servicios…) y acrecentando lo federal; equilibrio de poderes, superando el gigantismo ejecutivo y la instrumentación del poder judicial; volver al bicameralismo, acentuar el parlamentarismo y acercar el poder municipal a la gente a través de una racional multiplicación; control parlamentario del sector militar; reformulación de lo minero y petrolero, en línea de ecología integral y diversificación económica; asegurar a través de medios oficiales y privados un efectivo servicio nacional de salud; en resumen, una institucionalidad política, jurídica y administrativa coherente y eficaz.  Priorizar la educación, subrayando la formación en valores, el desarrollo de la inteligencia y la actualización tecnológica. Como perspectiva general, justicia social y atención privilegiada a los más necesitados en el marco de una sociedad libre, solidaria, democrática, pacífica.  

    Objetivo radical frente a la gravísima realidad global: que el soberano, con decisión constituyente, defina el destino de este país. Refunde la nación.

 

 

jueves, 1 de julio de 2021

REFUNDAR LA NACIÓN PIDEN LOS OBISPOS

 

    REFUNDAR LA NACIÓN. Así, en letra capital, leo lo que la Presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana acaba de plantear en su Mensaje del Bicentenario de Carabobo (22 de junio), como “urgente necesidad”,

    Refundar, verbo cargado de significado, dice re-creación, re-constitución de una de sociedad o institución, de un proyecto o empresa. Va a las raíces y a la estructura fundamental de una entidad, superando lo que se limita a simple reforma. 

    Nuestra Carta Magna de diciembre de 1999 tiene en su Preámbulo una solemne refundación: “El pueblo de Venezuela, en ejercicio de sus poderes creadores (…) con el fin supremo de refundar la República para establecer una sociedad democrática (…)  en ejercicio de su poder originario representado por la Asamblea Nacional Constituyente mediante el voto libre y en referendo democrático, decreta la siguiente CONSTITUCIÓN”. Allí aparece ésta como “la norma suprema y el fundamento del ordenamiento jurídico” (CRBV 7) de la nación, de la República, del Estado y se identifica, además al sujeto de facultad tan trascendental como la constituyente (CRBV 5).

    Venezuela, de facto y lamentablemente, ha sido una cosa distinta de lo entonces decretado y proclamado por la Asamblea y aprobado por el pueblo mediante referendo. La Constitución, en lo substancial -basta leer el Preámbulo y los Principios Fundamentales- quedó en puro nominalismo, subordinada a la interpretación y la manipulación absolutistas del Régimen Socialista Siglo XXI y su Plan de la Patria.

    Los Obispos, luego de recordar la significación histórica de Carabobo, acentúan el legado que dejó y, sobre todo, el desafío que nos plantea a los venezolanos de hoy. Luego de un análisis de la situación, y de una reflexión sobre el deber ser y quehacer, formulan una propuesta concreta fundacional para reconstruir y reorientar el país. En ello buscan integrar, sin confundir, su corresponsabilidad como ciudadanos, su obligante tarea liberadora como cristianos, así como su ineludible responsabilidad pastoral. Sintetizando el Mensaje según la secuencia del ver-juzgar-actuar encontramos lo siguiente:

    1.Situación nacional. Profunda crisis, agravada por la pandemia, la cual ha encontrado caldo de cultivo en el deterioro de los servicios públicos y de salud en particular, y exige determinar un plan de vacunación global. Entre otros serios problemas destacan: empobrecimiento, hiperinflación, emigración masiva. Denuncia grave: “La paulatina implantación de un sistema totalitario propuesto como Estado comunal busca poner al margen el protagonismo del pueblo, verdadero y único sujeto social de su propia existencia como Nación (…) se pretende imponer una nueva visión y un modelo diversos al de la democracia participativa y protagónica propuesto en la Constitución”.

    2. Reflexión. Tarea hoy, con mirada de futuro, es la reconstrucción del país. Se ha de poner de relieve el “protagonismo de todos los miembros del pueblo venezolano, único y verdadero sujeto social de su ser y quehacer (…) Los dirigentes políticos no están sobre el pueblo ni pueden reducir sus acciones a la búsqueda de acuerdos que sólo los favorezcan a ellos”. En esta tarea la Iglesia ofrece su acompañamiento a partir de la Palabra de Dios y la Doctrina Social de la Iglesia; dentro de la comunidad eclesial a los laicos toca un papel peculiar, dada “su índole secular”, y a los pastores corresponde una labor de solidaridad y animación con características políticas pero no partidistas.

    3. Acción. “Los oscuros nubarrones que se ciernen sobre el país y las consecuencias de malas prácticas políticas de los últimos años plantean la urgente necesidad de REFUNDAR LA NACIÓN”. Los Obispos invitan a todos los venezolanos a dar este “paso necesario e impostergable (…) con los criterios de la ciudadanía e iluminados por los principios del Evangelio”.

    Abundan proclamas, encuentros, fantaseos, propuestas y proyectos parciales de cambio, mientras el tiempo corre con el atornillamiento del Régimen, en medio de un agravarse del desastre nacional, en el que imperan la esquizofrenia institucional, la ausencia del estado de derecho y una multiforme corrupción. La Presidencia del Episcopado Nacional, coincidiendo con iniciativas surgidas en la sociedad civil, hace hoy en su Mensaje un planteamiento concreto, efectivo, factible, democrático, hacia la solución de la crisis global venezolana: refundar la nación. Va a las raíces del problema y apela a quien corresponde actuar con decisión originaria, constituyente: el pueblo soberano. El 5 de julio ha de encontrarnos a los venezolanos desplegando velas hacia tan urgente objetivo.