sábado, 28 de septiembre de 2019

NO ESTAMOS EN DICTADURA






Venezuela no es una dictadura”. Lo ha declarado quien ejerce la presidencia de facto del país. Y es verdad. Desgraciadamente. Porque lo que tenemos es algo peor: un totalitarismo en progresiva ejecución.


Al tocar este tema es indispensable definir bien los términos que entran en cuestión. Y ayuda ilustrándolos con algunos modelos concretos.


En una sociedad se pueden distinguir tres ámbitos de vida o praxis ciudadana: el económico, referente al tener; el político, al poder; el cultural (o, mejor, ético-cultural) al ser, en su más hondo sentido (educación, comunicación, arte, moral, religión…). Economía, política y cultura son términos que identifican respectiva y sintéticamente dichos campos. Es obvio que la vida social constituye un tejido en que esa trilogía se entremezcla, por la unidad misma de la persona humana y de la convivencia que ésta integra; no se da, así, una actividad económica en estado puro, pues la economía no se hace a sí misma, sino que es el ser humano (completo) el que organiza su tener en la polis  ineludiblemente desde su condición ética. Santo Tomás de Aquino decía algo parecido al respecto: no es el intelecto el que entiende, la voluntad la que quiere y el sentido el que siente, sino el hombre, que por el entendimiento entiende, por la voluntad quiere y por el sentido siente. De allí la complejidad de la actividad humana.

La dictadura es un régimen que busca básicamente el control político de una nación, aunque, según lo dicho, en alguna forma interviene también en cuestiones económicas y culturales. Modelos   tenemos en Pinochet y Pérez Jiménez. Me gusta mostrar esto con el ejemplo siguiente. En tiempos de dictadura el señor X tiene una finca en el interior del país; está descontento con el gobierno y entonces dice “yo no me voy a meter para nada en política, sino que me voy para mi finca y punto”. En principio no será molestado, a menos que a un personero del régimen le guste precisamente esa finca y lo fuerce a dejarla; o algo por el estilo. 


El totalitarismo es algo muy peor. Entraña una voluntad de  control  total del ser humano: no sólo de lo político, sino también de lo económico y, lo que es más profundo y grave, de lo ético-cultural. Ejemplos patentes los ofrecen el nazismo y el comunismo. El Estado se convierte en un ídolo al cual se le ha de sacrificar todo y rendir reverencia (estatolatría). De allí el connatural culto a la personalidad (big brother, padre), característico de esos sistemas: Hitler, Stalin (podemos agregar otros difuntos como Fidel y Hugo). A la cúpula totalitaria, más allá de bienes materiales y poder político, le interesa las mentes de los súbditos (pensamiento, conciencia, valoración ética). De allí que buscan construir un correspondiente hombre nuevo. El totalitarismo es como una religión al revés, con su doctrina y dogmas, culto, paraíso, ser supremo... Hannah Arendt dejó abundante material sobre el tema.

Lo anterior explica el firme rechazo del Episcopado venezolano a la propuesta de reforma constitucional en 2007, tendiente a la instauración en nuestro país de un Estado Socialista; aquélla fue negada, pero introducida luego por los caminos verdes del Socialismo del Siglo XXI y un Plan de la Patria, que ahora ha sido renovado) En esa ocasión el Episcopado fue tajante: “Un modelo de Estado socialista, marxista-leninista, estatista, es contrario al pensamiento del Libertador Simón Bolívar (…), y también contrario a la naturaleza personal del ser humano y de la visión cristiana del hombre, porque establece el dominio absoluto del Estado sobre la persona (…) La proposición de un Estado socialista es contraria a principios fundamentales de la actual Constitución, y a una recta concepción de la persona y del Estado”.

Identificar al que se tiene en frente es fundamental para una adecuada respuesta y una certera estrategia. En la oposición interna y el apoyo externo no es lo que precisamente ha abundado, y de allí tantos errores y fracasos.


El Régimen SSXXI actual es mucho peor que una dictadura. Los creyentes y demócratas debemos estar claros en esta materia. Se juega la suerte del país.

jueves, 12 de septiembre de 2019

LÓGICA DEL SSXXI



La lógica es una secuencia de afirmaciones en la cual, si está bien  hilada, se concluye necesariamente algo, sin importar que sea verdadero o falso. Es, por tanto, un instrumento-encadenamiento meramente formal; una estructura que se puede llenar con cualquier contenido. No guarda así ninguna dependencia de la moral ni de imperativo científicos o éticos. Su andamiaje no puede recibir propiamente otro juicio que el de coherencia interna o no.
Dada lo anterior, un régimen político, por ejemplo, puede ser al mismo tiempo humanamente brutal y rigurosamente lógico. Los campos de concentración y los gulags eran, en sana lógica, fruto esperable del nazismo y el comunismo, pues  des-humanizaban a ciertos sectores sociales por razones raciales o revolucionarias. Negada la condición humana, se desploman inevitablemente los derechos derivados de la misma. De allí lo capital y determinante de los puntos de partida, o sea de las premisas. Igual se diga de los criterios, la perspectiva y los fundamentos que se asuman en un determinado campo.
Algo semejante puede decirse de los términos eficiencia, eficacia, utilidad y otros por el estilo, junto a los correspondientes adjetivos. Normalmente se los aplica en un sentido positivo, pero de por sí son neutrales. Es así como el Socialismo del Siglo XXI desde una ótica “revolucionaria” ha sido muy eficaz,  pero en el sentido de empobrecer, oprimir y destruir el país. Aquí cabe introducir el tema de la neolengua.
Ante de proseguir esta reflexión resulta oportuno traer aquí una ilustrativa comparación hecha por Jesús: “La lámpara de tu cuerpo es el ojo. Cuando tu ojo está sano, también todo tu cuerpo está luminoso; pero cuando está malo. También tu cuerpo está a oscuras” (Lc 11, 34).
A propósito de neolengua no sobra recordar que las palabras son convenciones para expresar ideas y representar realidades. Los diccionarios lo ponen en evidencia, al igual que la variedad de lenguas. En este contexto se hace fácil comprender el término neolengua y la vigilancia  que es preciso guardar frente a ella. Un ejemplo concreto: la Ley contra el odio, que el régimen socialista maneja a discreción. El vocablo odio expresa en el uso ordinario un fuerte sentimiento de disgusto, antipatía, aversión, rechazo hacia alguien o hacia alguna cosa, junto al deseo de cambiarla o eliminarla. Ordinariamente tiene una connotación negativa al aplicarse a rechazos indebidos y culpables, como cuando se habla de odio racial o religioso. En el caso de la citada Ley resulta muy significativa su procedencia de un régimen que oprime a los ciudadanos, hegemoniza la comunicación, encarcela y tortura a los disidentes, empuja la emigración forzada, condiciona servicios alimentarios a la presentación de un carnet sectario, restringe el uso de “pueblo” y “popular” a un sector ideológico-partidista. Y pare de contar. La aprobaron y aplican quienes han hecho del odio una brutal herramienta de poder.
Este régimen, que tiene como biblia el SSXXI y su Plan de la Patria es sumamente eficaz y lógico en en su proceder dictatorial totalitario, que está conduciendo a Venezuela a un abismo cada vez más profundo. Es la lógica aplicada por Hitler, Stalin y Fidel y difundida por el Foro de Sao Paulo. Una lógica hábilmente acompañada por una neolengua encubridora, falaz, cínica, a los ojos y oídos de quienes profesan un genuino humanismo.
Han dicho algunos, y con razón, que en Venezuela tenemos no un mal gobierno, sino un gobierno malo. Yo agregaría maligno. Expropia haciendas y fábricas y -lo que es peor- busca expropiar mentes y conciencias. La resistencia democrática humanista debe comenzar por estar consciente del proyecto totalitario oficial, de su lógica y neolengua, teniendo presente que las amenazas más profundas a un pueblo vienen, no de lo económico y político, sino de lo ético-cultural. Es decir, del ámbito donde se amasan los valores, se forman las conciencias, y se fundamentan los proyectos.