jueves, 28 de enero de 2021

COMUNIÓN: CATEGORÍA ENGLOBANTE


    Una de las primerísimas cuestiones planteadas hace unos 2600 años por quienes en el Asia Menor comenzaron a filosofar fue el de la unidad de las cosas. ¿Es la multiplicidad de éstas una simple ilusión, y si no, cómo puede conjugarse la diversidad? Una pregunta semejante se hacía respecto del movimiento de los seres. Las respuestas que entonces – y hasta hoy - se comenzaron a dar se repartieron entre enfatizar lo uno o lo múltiple, lo móvil o lo permanente. Aunque el pensamiento ha buscado siempre, en una u otra forma, disponer de algo firme compartido.

    En 1979 tuvo lugar en Puebla (México) una reunión muy importante del Episcopado Latinoamericano: su Tercera Conferencia General. Pues bien, una cuestión que prioritariamente se planteó allí fue la de encontrar una categoría que, de modo explícito y sistemático, articulase todo lo doctrinal y práctico del mensaje cristiano y, consiguientemente, la misión y acción de la Iglesia en el mundo. Se convertiría, entonces, en hilo conductor del ser y quehacer de dicha Conferencia. Esta la precisó como comunión y la denominó “línea teológico-pastoral” (LTP). Ello constituyó un verdadero descubrimiento, pues hasta entonces no se había planteado formalmente una cuestión tal en la reflexión teológica y la acción pastoral de la Iglesia.  No sobra decir que comunión es un término bíblico usado para designar la unión íntima intra-trinitaria y humano-divina(en la creación y la salvación) así como la fraternidad cristiana (ver 1 Jn 1, 3.7) y también una noción corriente en la Iglesia primitiva para designar la comunidad eclesial.

Una forma práctica de apreciar lo que es e implica la comunión como LTP es asumirla como respuesta a la pregunta ¿“Qué es”? respecto de las cuestiones básicas, doctrinales y prácticas cristianas, comenzando por la primera y fundamental: ¿Qué o quién es Dios? Pues bien, Dios es comunión, interrelación personal, Trinidad (Padre-Hijo-Espíritu Santo). Por cierto la Primera Carta de Juan da la siguiente definición: “Dios es amor (agápe)” (1Jn 4,8). Comunión y amor en realidad son sinónimos, términos intercambiables, si bien “amor” subraya el aspecto dinámico, generador, de la interrelación. La categoría comunión (amor) responde, por ende, a preguntas tales como el sentido del plan creador y salvador de Dios, el contenido del mandamiento máximo, el objetivo de la misión de la Iglesia y lo sustancial de la vida eterna. El Concilio Vaticano II definió significativamente a la Iglesia como signo e instrumento de unidad, de comunión, de los seres humanos con Dios y de los seres humanos entre sí (ver Lumen Gentium 1).

    El Episcopado Venezolano al convocar el Concilio Plenario de Venezuela (2000-2006) y buscando definir su LTP, asumió, prolongó y precisó (con gran fortuna) la elaborada por Puebla (comunión); brindó así   a la Iglesia universal un consistente y muy generador aporte teórico y práctico, el cual espera de todos, por cierto, un correspondiente aprovechamiento. En efecto, la comunión como categoría interpretativa y valorativa mayor, favorece una comprensión y puesta en práctica verdaderamente armónicas del mensaje cristiano.

    La comunión como categorización teológico-pastoral integradora tiene concretas aplicaciones con respecto al quehacer de la Iglesia en el mundo y, por tanto, de la misión de los laicos cristianos en el ámbito social. El documento 3 del Concilio Plenario se titula: “La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad”. Compromiso peculiar, específico, del laicado católico, ha de ser, pues, participar en la edificación de lo económico, lo político y lo ético-cultural en perspectiva de comunión, en la línea de los valores humanistas y cristianos del evangelio; hacia una convivencia libre, solidaria, fraterna, pacífica, de calidad espiritual. Y en relación amistosa con la naturaleza; así el Papa Francisco en la encíclica Laudato Si´ llega a hablar analógicamente de una “comunión universal” (LS 220).

    Coherentemente, si se tiende la mirada al ancho y vasto mundo considerado también desde el ángulo científico y filosófico, se podría hablar de comunión como de categoría “prima”, general, partiendo de la noción del ser humano como “ser-para-la-comunión” y de la “polis como tejido de comunión”. Lo cual rompe los estrechos muros tanto de un individualismo atomizante como de un colectivismo masificante.

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 


jueves, 14 de enero de 2021

TRIADA PARA UNA NUEVA SOCIEDAD

    

        Uno de los primeros documentos del Concilio Plenario de Venezuela tuvo como título La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad y es una especie de síntesis de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) aplicada a nuestra realidad nacional.

     El término nueva sociedad -tiene como sinónimo, a partir de Pablo VI, civilización del amor- significa una convivencia humana construida en base a los valores del evangelio y que exige una permanente y coherente actualización. Como conjunto teórico-práctico no tiene una identidad confesional (sociedad cristiana) pues está abierta al más amplio diálogo y protagonismo, buscando responder substancialmente a valores humanos fundados en una antropología integral, como son verdad, libertad, justicia, solidaridad, fraternidad y paz.

      Una interpretación cristiana del ser humano no se encierra en una concepción individualista, ya que como persona -ser para la comunicación y la comunión-, entraña un ineludible dinamismo social. Por ello, el referido Concilio afirma: “Una de las grandes tareas de la Iglesia en nuestro país, consiste en la construcción de una sociedad más justa, más digna, más humana, más cristiana y más solidaria. Esta tarea exige la efectividad del amor. Los cristianos no pueden decir que aman, si ese amor no pasa por lo cotidiano de la vida y atraviesa toda la compleja organización social, política, económica y cultural” (Contribución de la Iglesia…, 90). Una nueva sociedad ha de ser, por ende, abierta, en corresponsable pluralismo, genuinamente democrática.

    La DSI agrupa principios, criterios y orientaciones para la acción, aptos para animar diversos proyectos societarios; no se identifica con una determinada “ideología” o estructura, sino que puede inspirar realizaciones de diversos tiempos y espacios culturales. Ahora bien, si el contribuir a la construcción de una nueva sociedad, implica a toda la Iglesia, interpela de modo propio y peculiar a los laicos, para quienes la inmersión y compromiso en la polis es su sello distintivo.

        Dentro de la DSI se destaca una tríada en estrecha interrelación y sumamente generadora respecto de una nueva sociedad: solidaridad, participación y subsidiaridad. Trío llamado a ejercer un papel transformador desde el ámbito más íntimo de la familia y del vecindario, hasta el más vasto de la comunidad internacional; postula, por tanto, un lugar especial en la educación formal e informal, en estrecha conjunción con la referente a la social y cívica, así como con la relativa valores éticos y espirituales.

       Juan Pablo II definió solidaridad como “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común” (Sollicitudo rei socialis 38). Es consecuencia de la igualdad y socialidad del ser humano, de su intrínseca relacionalidad y horizonte de comunión. Al inicio del Génesis se destaca ya el carácter y la vocación de solidaridad, la cual implica un permanente esfuerzo de liberación de todo egoísmo individual y grupal, de toda injusta desigualdad y tendencia segregacionista o excluyente; y, en positivo, la afirmación de todo paso hacia lo que significa comprensión, diálogo, encuentro, corresponsabilidad, fraternidad. El “otro” se interpreta como “otro yo”.

La participación es consecuencia de la solidaridad y de la corresponsabilidad que compete al ser humano en cuanto libre y protagonista en el mundo. Es derecho y deber. Ha de manifestarse desde lo societario más inmediato hasta lo más vastos y complejos societarios en los varios campos de la economía, la política y la cultura. Valoriza y promueve a toda persona y constituye un antídoto contra hegemonías, monopolios, liderazgos absorbentes y estructuras opresivas de organización social.

        La subsidiaridad favorece la corresponsabilidad en el tejido social. Ella “exige que las personas, las familias y las comunidades pequeñas o menores, conserven su capacidad de acción, ordenándola al bien común, y que el Estado y las diversas ramas de éste, realicen sólo lo que aquellas no estén en capacidad de ejecutar” (Concilio Plenario..., Contribución..., 106). Una práctica acertada de la subsidiaridad favorece la participación, la descentralización, el federalismo, la iniciativa de la sociedad civil, la eficacia oficial, al tiempo que previene contra el burocratismo y gigantismo estatales.

    Una sociedad solidaria, participativa y de subsidiaridad se sitúa en las antípodas de los regímenes tiránicos, dictatoriales y totalitarios. Favorece una democracia realmente participativa y una sociedad protagónica. Promueve un liderazgo multiplicador.