viernes, 25 de diciembre de 2020

¡SOBERANO, ELIGE!

     Con diciembre vinieron, por una parte, el evento de votación del 6 – calificado oficialmente de “elección” - el cual, según lo había advertido el Episcopado venezolano en Mensaje del pasado 15 de octubre: “lejos de contribuir a la solución democrática de la situación política que hoy vivimos, tiende a agravarla y no ayudará a resolver los verdaderos problemas del pueblo”.  Por la otra, la Consulta Popular con preguntas dirigidas al “soberano”, a fin de que éste decidiese sobre la continuidad o no del Régimen y el camino a seguir. Expresión dual de un país profundamente dividido.

    En efecto, en repetidas oportunidades me he referido a la Venezuela actual como un país esquizofrénico: dualidad de imágenes y de poderes, vías paralelas o contrapuestas que neutralizan la marcha positiva de la nación y la descalifican en el concierto internacional.

    Los Obispos de Venezuela no se han quedado en medias tintas a la hora del análisis de la situación y de propuestas para salir del desastre: de modo reiterado han denunciado causas y ofrecido respuestas, no soluciones que no les corresponde. Valga al respecto una cita de lo dicho en documento de julio 2019 y reproducido en otro del 10 de enero de este año: “Ante la realidad de un gobierno ilegítimo y fallido, Venezuela clama a gritos un cambio de rumbo, una vuelta a la Constitución. Ese cambio exige la salida de quien ejerce el poder de forma ilegítima y la elección en el menor tiempo posible de un nuevo presidente de la República. Para que sea realmente libre y responda a la voluntad del pueblo soberano, dicha elección postula algunas condiciones indispensables tales como: un nuevo Consejo Electoral imparcial, la actualización del Registro Electoral, el voto de los venezolanos en el exterior y una supervisión de organismos internacionales…igualmente el cese de la Asamblea Nacional Constituyente”.

    Las tres preguntas de la reciente Consulta Popular han ido en esa dirección reconstitucionalizadora y redemocratizante. El núcleo y horizonte de las mismas ha sido: realización de elecciones presidenciales y parlamentarias libres.

Como una idea fija he venido recalcando que, especialmente en situaciones de gravísima crisis nacional como la que confrontamos, el único que debe y puede definir el rumbo del país es el “soberano” (CRBV 5). No una persona, un partido, un grupo, otro Estado o determinada institución. El pueblo todo, con su poder constitucional, supraconstitucional, originario, es el llamado a definir, de modo libre e imperativo, el rumbo y la suerte de la nación. Añadiría que esto adquiere especial relieve cuando el tejido ético-político-jurídico nacional aparece enmarañado y en determinados problemas dificulta o imposibilita el llegar a consensos respecto de lo constitucional/inconstitucional, legal/ilegal, legítimo/ilegítimo. Sin olvidar que el foro se vuelve un batiburrillo cuando “la Revolución” pretende establecerse como norma suprema (norma normans) de ese tejido, columna vertebral de la conciencia cívica y de la convivencia social.

    ¿Puede entonces escandalizar, extrañar, sorprender que se apele al “soberano” cuando éste es el único a quien le compete tener la última palabra en situaciones como la presente venezolana? ¿No se corresponde una elección por parte del soberano (a diferencia de lo ocurrido el pasado día 6 y por eso ampliamente desconocida) con lo que la comunidad internacional espera como salida pacífica, constructiva, constitucional, democrática, a la crisis que sufre nuestro desvencijado y comatoso país?

    Esto es lo que todo el Episcopado nacional suscribió el 15 de octubre 2020 y que en estos momentos cobra trascendental relieve, constituyendo un ineludible desafío histórico: “La voluntad mayoritaria del pueblo venezolano es dilucidar su futuro político a través de la vía electoral. Esto implica una convocatoria a una auténticas elecciones parlamentarias y elecciones presidenciales con condiciones de libertad a igualdad para todos los participantes, y con acompañamiento y seguimiento de organismos plurales”.

    Este planteamiento lo hizo el Episcopado, no en perspectiva primariamente política, sino, fundamentalmente, ético-religiosa, plenamente enmarcada en su misión evangelizadora.

    El entrante 2021 debemos enfrentarlo y configurarlo como el año inicial del proceso de reencuentro, reconciliación y reconstrucción nacionales; como el despegue efectivo hacia la liberación y desarrollo integral de este país, que Dios nos ha regalado con un gran potencial, físico y ante todo humano, para ponerlo al mejor servicio de nuestro pueblo y de la solidaridad y la paz de la comunidad internacional.

    Uno clava un clavo. No una tabla. El clavo a clavar en este 2021 venezolano es: elecciones presidenciales y parlamentarias libres, bajo supervisión internacional.

 

   

 

 

 

viernes, 11 de diciembre de 2020

EL SOBERANO ORDENA

 



    La democracia, antes que un ordenamiento jurídico, es-ha de ser un espíritu, una actitud ético- cultural. Por ello una comunidad política, antes que a través de una simple información, debe cultivarla mediante una genuina educación. Las omisiones suelen pagarse con regímenes autoritarios y dictatoriales.

    Nuestra historia republicana ofrece ejemplos. Tiempos de convivencia democrática degeneraron en nominalismos que vaciaron a aquélla de substancia. La anti política resultó efecto y se convirtió en causa también de fragilidad republicana. La democracia -alguna vez escribí sobre el tema- es una planta que es preciso regar, podar, abonar; porque como un ser vivo, requiere cuidado. No se la puede  abandonar a su suerte ni abusar de ella. En la década de los 90´ me parece que se jugó demasiado con la destitución del Presidente y la improvisación de candidatos.

    La grave y creciente crisis del país en las dos últimas décadas tiene su causa principal en que el Régimen quiere imponer un estado totalitario. Denuncia reiterada desde hace años por el Episcopado venezolano. Baste una reciente: “el régimen se consolida como un gobierno totalitario, justificando que no se puede entregar el poder a alguien que piense distinto” (Exhortación 10 de julio 2020). Pocos venezolanos, también entre los líderes políticos, han sabido (¿querido?) identificar al que tienen enfrente, considerándolo en términos sólo de autocracia competitiva y otros maquillados. El Socialismo del SSXXI y su Plan de la Patria no han disimulado sus intenciones, ni disfrazado el tipo de sociedad que buscan construir. De la Constitución hacia abajo, todo lo subordinan a su “Revolución” de línea marxista, que condimentan con narcorrupción y otros ingredientes de explotación y dominación. La trágica condición de la gente no quita el sueño a la Nomenklatura.

    Antes de cualquier otro elemento de reflexión quisiera subrayar mi convicción esperanzada de un horizonte democrático para el país. Dios creó al ser humano para la libertad y ésta, de un modo u otro, abre caminos de liberación en la historia, a pesar de las contradicciones e inconsecuencias de un hombre, que es, no sólo limitado y frágil, sino también pecador, hasta que llegue al término de su peregrinar, la plenitud del Reino de Dios. Los “mil años del Tercer Reich” se dieron sólo en la perversa fantasía de Hitler, y la irreversible Revolución de Octubre se derrumbó con la Caída de un Muro. Omnipotente y eterno es sólo Dios.

Venezuela acaba de presenciar la gran farsa del 6D, cuyo resultado había sido “profetizado” por el Ministro de la Defensa. Para los conocedores de la naturaleza del Régimen no constituían ningún secreto las artimañas para asegurar los resultados. ¿Vicios del proceso? Innumerables. Ejemplos: integración monopólica del CNE, instrumentalización del TSJ y de la FA, espada de Damocles de la ANC, expropiación de partidos y símbolos, diputados y líderes opositores en exilio o prisión (en casos, con torturas), chantaje con cajas de alimentos y utensilios del hogar, hegemonía comunicacional, amenazas a empleados. Con todo, el absentismo masivo fue también deslegitimador patente del proceso. Por lo demás, era previsible por la magnitud de las carencias y del malestar de la población.

    Sobre consulta popular he venido hablando de ello desde bien antes del famoso 16J, como apelación necesaria y con plena justificación constitucional. Porque si la instancia máxima de decisión en una comunidad política es el soberano, como lo establece claramente nuestra Carta Magna (CRBV 5), al mismo se debe acudir, especialmente en momentos de gravísima crisis nacional -como la actual venezolana-, para definir el camino a seguir hacia una solución consistente. El soberano tiene, en cuanto tal, un poder que es originario y, por tanto, también supraconstitucional. Por ello las preguntas de la Consulta Popular que está en marcha se encabezan así: “¿Ordena usted?” “¿Rechaza usted?” No se pide una opinión, sino un mandato del soberano.

    La ilegitimidad de la llamada “elección” del 6D es manifiesta. Ahora esperamos que el soberano, hacia la tarde del próximo 12, festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, haya inaugurado el camino para salir del desastre global en que el Socialismo del Siglo XXI ha sumido este país.