jueves, 26 de agosto de 2021

GUARDIÁN DE TU HERMANO

Dios dijo a Caín: “¿Dónde está tu hermano Abel? Contestó: “No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?” Replicó Dios: “¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo” (Génesis 4, 9-10).

    Es el diálogo que aparece en la Biblia entre Dios y un descendiente inmediato de Adán, fratricida paradigmático en la historia que se está iniciando y la cual estará marcada por una secuencia incesante de homicidios y genocidios. Expresión de la libertad humana, no sólo limitada y frágil, sino también pecadora, es decir, agente de mal. Un sucesor de Caín, Lamec, pronto se ufanará: “Yo maté a un hombre por una herida que me hizo y a un muchacho por una lesión que recibí” (Ibid. 4, 23). El mismo primer libro de la Biblia relatará luego la queja de Dios a Noé antes del Diluvio: “He decidido acabar con todo hombre, porque la tierra está llena de violencia por culpa de ellos” (Ibid. 6, 13).

    La historia del pensamiento registra todo género de interpretaciones acerca del ser humano y de la sociedad que teje. Las hay radicalmente conflictivas aunque contradictoriamente optimistas como como la marxista, por su creencia en paraísos terrenos construidos por “hombres nuevos”, auto liberados, pero en perspectiva puramente materialista. Hay quienes como Hobbes, menos crédulos, conciben a los humanos como lobos que aseguran su convivencia terrena a través de un pacto, aunque a la sombra de un bestial Leviatán. En la interpretación judeo-cristiana del peregrinar humano el claroscuro de la historia desemboca en un final positivo ultramundano, obra fundamentalmente divina (Reinado de Dios).

    En la interpretación creyente de la historia, emerge el pecado como negatividad moral y religiosa, el cual, si bien no entra metodológicamente, en cuanto tal, en el vocabulario de las ciencias naturales y sociales, está metido, como mal uso de la libertad, en todo en lo que el ser humano es o hace. Un ejercicio fácil a este propósito es echar un simple vistazo en las consecuencias de los pecados capitales en la salud del relacionamiento social (por ejemplo, de la soberbia en la política, de la avaricia en la economía, y de todos en la cultura).

Es sintomática en tal sentido la “regla de oro” que las grandes religiones establecen, en su formulación tanto positiva como negativa, como clave para una buena marcha social. Según aquélla, he de comportarme con el “otro” como si fuera mi propia persona. No otra cosa, en el fondo, estableció Kant en su reflexión filosófica al definir el “imperativo categórico”. Son fórmulas interpelantes en especial para quienes edificar sus estatuas sobre los retazos de prójimos marginados y oprimidos. El mensaje cristiano es claro al presentar el amor como el mandamiento máximo, centro y eje del comportamiento humano. San Pablo en su Carta a los Romanos precisa: “Con nadie tengan otra deuda que la del mutuo amor. Pues el que ama al prójimo, ha cumplido la ley” (13, 8).

    A propósito del reciente llamado de los Obispos a refundar nuestro país ante la magnitud y hondura del actual desastre, es oportuno subrayar que una refundación política ha de acompañarse de una ético-cultural: reconocernos prójimos, hermanos, en una misma comunidad nacional. No a pesar de nuestras diferencias, sino precisamente por ellas. La prédica ideológica fundamentalista nos ha dividido en extremo. El término escuálido y otros semejantes, que expresan la aniquilación del oponente, han llevado al desmembramiento del conjunto nacional y abierto el camino a la expatriación física de millones de compatriotas. Los homi-geno-cidios han comenzado siempre por asesinatos verbales. Y lemas como “revolución o muerte” convierten las diferencias ideológico-políticas en beligerancia armada. De enfrentamiento democrático se cae en “guerra a muerte”, que abre paso a la prisión y la tortura por causas políticas.

    La refundación exige un reencuentro nacional. Hemos de cambiar régimen e ideas, pero antes, durante y después tenemos que cambiar nosotros. Me gusta recordar aquello que en Edipo Rey pone Sófocles en boca del sacerdote: “Nada son los castillos, nada los barcos, si ninguna persona hay en ellos”.

Sí ¡Hemos de ser guardianes de nuestros hermanos venezolanos!

jueves, 19 de agosto de 2021

REFUNDACIÓN CONSTITUYENTE

    La Conferencia Episcopal Venezolana en su Asamblea Plenaria de julio pasado retomó la refundación nacional, planteada días antes (22 de junio) por la Presidencia del Episcopado como “urgente necesidad”. Subrayó a tal fin la necesidad de “unir esfuerzos para que haya una verdadera participación de todos los ciudadanos” (Exhortación pastoral (12. 7. 2021).

    Refundación, reconstrucción, aunque de distinto nivel semántico, son términos de sustancial significado. Tocan lo básico y causal de un proyecto, institución o estructura. No se refieren a elementos accesorios, secundarios, consecuenciales. Van a la raíz, al fundamento  del asunto; no se quedan en las  ramas. Un ejemplo concreto de lo contrario lo tenemos en las elecciones programadas para gobernadores y alcaldes en el próximo noviembre, las cuales son, en nuestra actual coyuntura, más una expresión vacía de una ritualidad institucional, pues no encaran  la causa principal de la tragedia nacional ni constituyen un paso directo decisivo hacia la solución de la gravísima crisis.

    Pienso que la refundación planteada por el Episcopado -deliberadamente general como “imperativo moral” a ser concretado políticamente,  so pena de nominalismo-  pudiera comenzar de modo  efectivo por algo que, surgido desde la sociedad civil, va cobrando cuerpo como medio factible, serio,  próximo: una Asamblea Constituyente. En las líneas que siguen, a título personal y como obligante servicio ciudadano, expondré algunos elementos relativos a la misma en cuanto a justificación, condiciones, beneficios.

    1.En situaciones de máxima crisis, profunda división y grave desconcierto de la comunidad política, el pueblo soberano (CRBV 5) debe decidir el rumbo del país (concepción y estructura del Estado, pautas básicas electorales para reinstitucionalización, decisión sobre el timón del gobierno y medidas básicas urgentes de reconstrucción…).

    2.Sólo el pueblo soberano con su poder originario, constituyente, puede resolver, con su libre mandato, la actual esquizofrenia institucional, así como el enredo paralizante y destructor de inconstitucionalidades, ilegalidades e ilegitimidades que se alegan y pueden alegarse con respecto a los actuales órganos del poder público (¡nudo gordiano que exige solución a lo Alejandro Magno!).

    3.La Asamblea Constituyente integraría de modo más directo, ágil y sólido, lo que buscan otras propuestas pacíficas (referendo revocatorio, elecciones generales…). Por su génesis y naturaleza mismas, la Asamblea constituiría un encuentro pluralista, promesa de convivencia pacífica, democrática.

    Es obvio que a una Asamblea Constituyente nacional integradora no se puede llegar sin atender a ciertas condiciones básicas, fruto del protagonismo ciudadano y de voluntad política de diálogo y negociación, como las siguientes:

    a) Consistente respaldo interno por parte de la ciudadanía articulada como sociedad civil organizada y expresiones partidistas. 

    b) Claro y efectivo apoyo de entes internacionales indispensables, comenzando por OEA, ONU, UE y   una representación calificada de países democráticos que supervisen el proceso y garanticen el respeto de sus resultados.

    c) Un ente plural y transparente que organice el proceso, generando la más amplia confianza.

    “Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá subsistir” (Mt 12, 25). Son palabras del Señor Jesús, quien subrayó el amor (que es encuentro, compartir, hecho “amistad social” según agregaría el Papa Francisco) como su mandato en el postrer mensaje de la Última Cena. Es significativo además que Simón Bolívar postulase la unión como voluntad y anhelo testamentarios. La crisis venezolana es, fundamentalmente, una falta de unión, de reconocimiento mutuo, de solidaridad y fraternidad. De allí, injusticias, exclusiones, expatriaciones. La crisis no es principalmente ausencia o desarreglo de cosas, sino de desencuentro personal y social; por ello requiere, ni más ni menos, una “refundación nacional”.

    Refundar el país es, radicalmente, reconstituir la projimidad, reconstruir “puentes” de comunidad. Una Asamblea Constituyente debe ser el inicio de un gran reencuentro de nuestra polis venezolana.