viernes, 23 de septiembre de 2022

RECONSTITUCIONALIZAR

     República nada pacífica. Es la que hemos tenido en dos siglos de independencia. Y la seguimos teniendo, dado el carácter dictatorial militarista del régimen actual y la inexistencia de un estado de derecho. Paz no es simple ausencia de guerra; es convivencia en serenidad social con libertad, justicia y solidaridad.

    En su Historia fundamental de Venezuela J. L. Salcedo Bastardo tiene un capítulo titulado Conmociones y violencia, que sintetiza la tragedia venezolana. No menos de 354 sucesos sangrientos y violentos mayores y numerosos otros de menor importancia -dice- “hacen de la inestabilidad y la zozobra el clima del proceso nacional”. Subraya que desde 1830 a 1935 no se registró ni siquiera un lustro continuo de paz estable. En el papel no faltaron buenas intenciones en declaraciones como las del Decreto de Garantías del presidente Juan C. Falcón (18 de agosto de 1863) y la cantidad de constituciones aprobadas desde la Independencia.

    A partir de la caída del general Gómez el balance no muestra una secuencia tranquila. Luego de dos lustros de noviciado libertario con López Contreras y Medina Angarita, interrumpido por el relámpago octubrista, se volvió las andadas dictatoriales por una década.  El promisor período democrático inaugurado el 23 de enero del ´58 y clausurado en diciembre del ´98 no logró espantar definitivamente los fantasmas del pasado (se olvidó que la democracia, como planta viva, requiere cuido, poda, abono). Sectarismo, intolerancia, populismo, dictadura, están al asecho. El permanente recomenzar es la razón por qué las instituciones republicanas no se han consolidado en nuestra patria, con las consecuencias inevitables en el conjunto económico-político-ético cultural de la nación. Y se ha registrado un continuado vacío en educación para la polis, la ciudadanía.

    Hoy el país -en despoblación y destrozo global- es un nudo gordiano de inconstitucionalidades, ilegalidades e ilegitimidades, con esquizofrenia operativa; de allí la urgencia de una refundación, que implica reconstitucionalización. A dos décadas de un nuevo siglo-milenio Venezuela sigue sin brújula segura y confiable. No bastan calmantes; es preciso apelar a procedimientos que vayan al fondo de la crisis y permitan una salida sólida con perspectiva de permanencia.

    Sobre el tapete de la actualidad está el tema de nuevas elecciones, al cual se agrega el de retomar el “diálogo” para lograr entendimientos. Al pueblo soberano (CRBV 5) le toca decidir el presente-hacia-el-futuro nacional. No pocos nos inclinamos por un proceso constituyente, pero podría también buscarse una solución electoral. Todo ello plantea, sin embargo, como conditio sine qua non que el proceso sea auténticamente libre. No es lo mismo elegir (acto libre de la voluntad) que votar (acto físico de adhesión). Mas, ¿puede haber elección con estos Consejo Nacional Electoral y Tribunal Supremo de Justicia subordinados, con una Asamblea Nacional nada representativa y la voluntad manifiesta del oficialismo de “vinimos para quedarnos”, apoyándose todo ello en una Fuerza Armada alineada? El régimen quiere que se le mendigue algo que es competencia del soberano. En estas circunstancias se hace necesario un consistente apoyo de organismos internacionales (supervisión, asesoría…) a lo que desde dentro se haga para posibilitar una decisión libre del soberano.

    Una Venezuela para todos -me gusta calificarla de multicolor y polifónica- ha de estar en la mira de todos estos ajetreos. Dicho en otros términos: el objetivo nacional debe ser una restructuración y funcionamiento del país, de acuerdo con lo mandado constitucionalmente. Porque la vida de Venezuela transcurre hoy al margen de la ley. No hay estado de derecho, sino una dictadura militar, instrumento de un proyecto socialista comunista. Y no podemos seguir malbaratando el siglo XXI-tercer milenio.

 

  

 

 

 

 

 

sábado, 10 de septiembre de 2022

A IMAGEN Y SEMEJANZA

    Los primeros cuatro capítulos del Génesis ofrecen los elementos fundamentales de una sólida antropología. La narración bíblica, en efecto, bajo un ropaje mítico, con antropomorfismos y datos espacio temporales no sujetos a exigencias científicas, ofrece lineamentos básicos de una concepción racional del ser humano. La Sagradas Escrituras tanto del Antiguo Testamento como, particularmente, del Nuevo, habrán de enriquecer ese panorama en una perspectiva de fe, utilizando categorías tales como redención, gracia y santificación.

    Entre los rasgos primordiales del ser humano -creado a imagen y semejanza de Dios- tradicionalmente destacados en el referido texto bíblico, aparecen los atributos de inteligencia, voluntad, subjetividad y libertad, expuestos en contraste con los de los animales y otros seres de la naturaleza, confiados al hombre para su cuido y servicio. La socialidad (apertura a la comunicación y la comunión) aparece también como un dato capital; en función de ella surge la pluralidad y la distinción sexual de las personas; Adán dialoga con Dios y se relaciona con su pareja. El marco del relato es de intercomunicación humano-divina e interhumana, así como de responsabilidad y corresponsabilidad de la naciente humanidad. El lado oscuro autodestructivo de ésta (egoísmo, insolidaridad, auto absolutización) se muestra también en sus orígenes (ver Gn 3).

    La expresión “a imagen y semejanza” de Dios, que usa el Génesis para identificar esa trascendente similitud de la creatura humana, no ha recibido tradicionalmente, sin embargo, un adecuado desarrollo en cuanto a su causa en la socialidad de Dios mismo. Sobre este punto conviene hacer aquí algunos comentarios.

    Lo substancial y central de la fe cristiana está contenida en el Credo. Ahora bien, éste es, centralmente, la confesión de Dios como Uno y Trino (Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo) y de Jesucristo Salvador (el Hijo de Dios encarnado). La Iglesia, por cierto, entiende esta verdad como misterio en sentido estricto, es decir, como verdad no adquirida por procedimiento puramente racional sino mediante la revelación divina, y la cual verdad, aun ya conocida, permanece indemostrable para la sola razón humana.

    Esta naturaleza trinitaria de Dios no ha repercutido adecuadamente, con todo, en la reflexión y la praxis cristianas, a tal punto que un pensador católico como Karl Rahner llegó a decir que si se eliminase la Trinidad de los libros de teología, no cambiaría mayor cosa en el pensamiento y la vida de los cristianos. De Dios se suele subrayar es en su unicidad, infinitud, omnisciencia, eternidad y omnipotencia. Resulta conveniente, por tanto, destacar algunos consecuencias o reflejos en las creaturas humanas de la naturaleza relacional, comunional, de Dios, que “es amor” (1 Jn 4, 8). Valgan algunos ejemplos: a) la socialidad del ser humano (ser-para-el-otro, para la comunicación y la comunión, dialogal); b) el sentido unificante del plan salvador de Dios en Jesucristo, que no finaliza simplemente en individuos singulares, aislados, sino en una comunidad universal, de la cual la Iglesia es-ha de ser signo e instrumento; c) el mandamiento máximo y central divino, el amor, fundamento de  una ética y espiritualidad de comunión, de dimensión también ecológica (ver esta ampliación analógica en Francisco, Laudato Si´220). Vale la pena añadir que la socialidad (relacionalidad, comunionalidad) divina manifiesta la flecha o dirección vital, personalizante y comunional de la perfección del ser. Interpretación ésta que se sitúa en las antípodas de una concepción individualista, intimista, de la persona.

    No creo que resulte extemporáneo al término de las anteriores reflexiones poner de relieve dos cosas. Una primera, el ineludible compromiso temporal sociopolítico y cultural de los cristianos y su proyección supratemporal (ver Mt 25, 31-46). La otra es la necesidad por parte de los mismos, de proyectar debidamente en reflexión y praxis la fe en la naturaleza trinitaria (relacional, comunional) de Dios, para lo cual será de suma utilidad en la actual “civilización de la imagen” la revalorización y difusión del triángulo equilátero como símbolo del Unitrino.