viernes, 21 de agosto de 2015

HACIA UNA NUEVA SOCIEDAD






“¿Debemos conocer la Doctrina Social de la Iglesia?”

Esta pregunta la formuló el Arzobispo de Caracas Rafael Arias Blanco a los niños  cursantes de “los grados 3º, 4º, 5º y 6º de Instrucción Primaria” (según la nomenclatura de entonces), en su Catecismo de la Doctrina Cristiana (1956). Lo hizo un  año antes de su famosa Carta Pastoral, catalizadora de la rebelión ciudadana, que llevó al derrocamiento de la dictadura perezjimenista.

En aquel momento faltaban seis años para comenzar el renovador Concilio Vaticano II y más de dos décadas para publicar Juan Pablo II un documento en el cual se lee cómo “el rico patrimonio de la enseñanza social de la Iglesia”  debe encontrar su puesto “bajo formas apropiadas, en la formación catequética común de los fieles” (Exhortación Catechesi Tradendae de 1979).

Los catecismos, estructurados por entonces en forma de pregunta-respuesta, procedían de manera concisa, para que el contenido fuese fácilmente memorizable por los alumnos. La  respuesta dada en este caso por el Catecismo de Monseñor Arias era la siguiente: “Sí; debemos conocer la Doctrina Social de la Iglesia para poder defender la justicia social con una orientación cristiana”. Y de inmediato venía otro binomio: “¿Dónde está contenida la Doctrina Social de la Iglesia? La Doctrina Social de la Iglesia está contenida principalmente en la encíclicas Rerum Novarum de León XIII, Quadragesimo Anno de Pío XI y de numerosas declaraciones de los últimos papas”. (El término “justicia social” utilizado aquí por Mons. Arias Blanco sintetizaba la amplia temática de valores contenida en la DSI)

Mucha agua habría de correr bajo los puentes desde 1956 en lo tocante a DSI, en  ineludible correspondencia con el formidable cambio histórico contemporáneo – epocal ha sido el adjetivo inventado para calificar la magnitud del mismo-. En cuanto a documentos, baste pensar en las encíclicas Pacem in terris (paz) de Juan XXIII, Populorum Progressio (desarrollo) de Pablo VI, Laborem Exercens (trabajo) y Centesimus Annus (revolución del ´89) de Juan Pablo II, Caritas in Veritate (actualización del mensaje social) de Benedicto XVI y Laudato sí (ecología) del Papa Francisco. Se deben  mencionar también la Constitución Gaudium et Spes (Iglesia en el mundo actual) del Concilio Vaticano II; los documentos de las Conferencias Episcopales latinoamericanas de Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007); y los documentos del Concilio Plenario de Venezuela, particularmente los relativos a Nueva Sociedad y Evangelización de la Cultura.

Es preciso retomar hoy con fuerza la iniciativa de Mons. Arias Blanco por parte de nosotros los católicos y de nuestra Iglesia como conjunto, con respecto a una formación “masiva” en DSI. Estamos, ciertamente, en deuda con el país, que atraviesa la más grave crisis de su historia. Y lo digo también, en apertura dialogal, a los hermanos cristianos no católicos, a los creyentes no cristianos y a los no creyentes animados por propias convicciones éticas humanistas. Porque la DSI constituye un cuerpo de enseñanzas fundadas primariamente en la razón –por lo tanto, de amplia fundamentación y manejo-, enriquecidas, sin duda, por el Evangelio así como por la reflexión y praxis de la Iglesia católica.

La DSI no propone un modelo  determinado de organización social, económica, política y cultural. Pero ofrece, sí, principios, criterios y orientaciones para la acción, que iluminan y estimulan la construcción de modelos, los cuales serán siempre perfectibles. No es una “tercera vía”, ni una ideología en el sentido de proyecto específico. Tampoco una doctrina simplemente hecha, sino que conjuga traditio consistente, con creatio permanente.  Pensemos, por ejemplo, en la novedosa ecología del Papa Francisco elaborada con  materiales viejos y recientes.

La DSI ofrece luces para salir de túneles, como el que dramáticamente estamos atravesando, y, sobre todo, para construir una Venezuela a la altura de lo que la razón y el Evangelio postulan.

lunes, 3 de agosto de 2015

ALTO AL DESASTRE NACIONAL



Me apena, pero debo recordarlo. Es algo del Antiguo Testamento, pero aplicado a este inicio de milenio venezolano.
El rey Salomón al final de su vida se volvió duro y desordenado, lo cual enojó a Dios, según relata el Libro Primero de los Reyes (12, 1-25).  Al morir le sucedió su hijo Roboam. Un grupo grande de israelitas acudió al nuevo rey para decirle: “Tu padre ha hecho pesado nuestro yugo; ahora tú aligera la dura servidumbre de tu padre y el pesado yugo que puso sobre nosotros, y te serviremos”. 
Roboam pidió consejo a los ancianos, que habían servido a Salomón; ellos le aconsejaron mejorar el trato al pueblo y así asegurar la gobernabilidad. Roboam, sin embargo, desoyó este buen consejo y aplicó, más bien, lo que le recomendó un grupo de radicales, “que se habían criado con él y estaban a su servicio”. Así pues, cuando regresó la gente para obtener la respuesta prometida, esto fue lo que les espetó Roboam: “Mi padre hizo pesado el yugo, yo lo haré más pesado a ustedes todavía”. Al oír esto, la gente le respondió a Roboam más o menos en estos términos: ¿Así son las cosas? Quédate con tu pedazo de reino, que nosotros montaremos tienda aparte. ¿Qué resultó? La  división del Reino en dos: el del Sur (Judá) y el del Norte (Israel). ¿Y qué pasó después? Vinieron los asirios y acabaron con el segundo, y luego los babilonios, quienes arrasaron el primero (conquista de Jerusalén y deportación, hacia el año 587 av.).
El hijo de Salomón fue terco, sordo, miope. Pensó que apretando el torniquete, los súbditos, temerosos, se quedarían quietos. Pero no contó con que la paciencia tiene sus límites.
Algo semejante está ocurriendo en nuestro país. A la muerte del comandante (¿eterno?),  que trató de imponer un proyecto opresivo, el sucesor elegido por él, ha recibido pedidos de revisión de su política inviable. Consejos no han faltado, comenzando por los que la Conferencia Episcopal Venezolana ha hecho reiteradamente en una perspectiva de genuino servicio nacional. La respuesta ha sido la descalificación de los que hemos propuesto caminos de entendimiento para el bien de Venezuela y una gobernabilidad consistente.


¿Cuál viene siendo el resultado de la terquedad, conocido y sufrido por la gran mayoría de compatriotas? Inseguridad e inflación galopantes, desabastecimiento creciente; crisis de los servicios y desencanto-malestar que se agravan. Mientras tanto se multiplican: controles, restricciones, estatizaciones, intimidaciones, violaciones de DDHH, encadenamientos mediáticos, conflictividades. Todo esto junto a las más variadas y acentuadas formas de corrupción.
La terquedad del régimen se exhibe en el dogmatismo político-ideológico, que busca imponer un antihistérico, opresivo y empobrecedor “socialismo”. Seguir por esta vía significa correr hacia la destrucción material, moral y espiritual del país. 
Los venezolanos tenemos derecho a un ambiente respirable de tranquilidad, respeto mutuo, entendimiento, paz; a la promoción del emprendimiento, la producción y la productividad; al ejercicio del pluralismo democrático; a una educación sin trabas ideológicas. En fin a la convivencia humanista, que está en la letra y el espíritu de la mismísima Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.
En la actual grave crisis nacional, la luz al final del túnel no es algo simplemente deseable. Constituye un imperativo. Tenemos que lograrlo. Y lo vamos a lograr. Con la ayuda de Dios evitaremos el desastre, cambiaremos el rumbo  e impulsaremos la marcha hacia adelante del país.

Hay signos manifiestos de la voluntad mayoritaria de hacer de Venezuela una verdadera casa   común, en la que cuantos hemos nacido o se han sembrado aquí, quepamos, convivamos y trabajemos por el bien de todos, “no a pesar de” sino “precisamente con” nuestras diferencias. La jornada electoral de Diciembre, unida a una lúcida y efectiva transición, permitirán poner un alto al desastre nacional y abrir las compuertas al progreso nacional en justicia, libertad, unión y solidaridad. 

jueves, 23 de julio de 2015

HACIA UN RÉGIMEN LEGÍTIMO



Algo puede ser legalmente válido y moralmente ilegítimo. Un documento firmado bajo amenaza injusta grave.
Una norma no puede ser impuesta en violación patente de la Constitución Nacional. “El Plan de la Patria” ha pasado por encima de la Carta Magna.
La legitimidad de origen no prueba por sí sola la legitimidad de ejercicio. Un régimen pierde ésta si no garantiza a) la vida de los ciudadanos, b) el Estado de Derecho y c) la unión fundamental de la nación.
Denunciar la ilegitimidad de un régimen no implica renunciar al  derecho propio. Muchos están en esta situación.
La soberanía de un Estado no es burladero para  irrespetar  los Derechos Humanos. El oficialismo lo ha hecho  en ámbito internacional.
Ningún individuo o cuerpo puede erigirse como encarnación absoluta del pueblo soberano. “El pueblo soy yo”, “X es el pueblo”, son consignas oídas y sufridas.
La mucha  fuerza de  un régimen de facto  no lo convierte automáticamente en  de iure. Es preciso afirmar esto frente a exhibicionismos cívico-militares.
Éstas y otras reflexiones han venido a mi mente a raíz de una relectura situada de la Declaración  Universal de Derechos Humanos, grito de  la  humanidad  en defensa del ser humano ante las monstruosidades de gulags y auschwitzes y tratando de poner diques a fundamentalismos de cualquier género.
Dos creó al ser humano para formar en la historia y en armonía con el ambiente una fraternidad universal. En el marco de este designio global se entienden, entre otras cosas, el principio de la “destinación universal de los bienes”, tan caro a la Doctrina Social  de la Iglesia y  la justificación moral de una autoridad pública mundial planteada  por el Papa Juan XXIII en la encíclica Pacem in terris (1963). Los seres humanos hemos forjado Estados y erigido fronteras para aglutinar pueblos; estas obras humanas han de interpretarse siempre, sin embargo, en aquella perspectiva de unión fraterna abierta y en función de servicio a las personas y a la comunidad que éstas construyen en vista al bien común.
Toda autoridad humana adquiere justificación y sentido sobre esta base interpretativa y valorativa. De allí que deba rechazarse toda posición político-ideológica que, por ejemplo, eleve al Estado, a una Revolución o un sistema, en absolutos, ante los cuales se pretenda encadenar personas, comunidades, pueblos. Es lo que el socialismo “real” (marxista, colectivista) ha hecho y hace, con su secuela de opresiones y tragedias.
Stalin preguntó una vez sobre cuántas divisiones tenía Pío XII. La respuesta era simple: un puñado de guardias suizos para la defensa de un poder fundamentalmente espiritual.
La  última exhortación de los Obispos de Venezuela, He visto la aflicción de mi pueblo (9 julio 2015), se sitúa en la óptica de unión-servicio-fraternidad. El oficialismo lo podrá acusar de alineado con la oposición.  Pero la verdad es que busca sólo el bien de todos los venezolanos, cualesquiera sean sus preferencias políticas y partidistas. Los Obispos, sin duda, han denunciado claramente en anteriores documento la índole totalitaria del “Socialismo del Siglo XXI”, su inconstitucionalidad e inaceptabilidad moral; pero con la misma claridad han abogado por una Venezuela de todos y para todos, tendiendo la mirada al futuro, que conjuntamente se debe construir.
Del referido documento citaré sólo una frase, expresiva del conjunto: “Venezuela es de todos, y para reconstruir el país debemos reencontrarnos como hermanos, buscar juntos las soluciones a nuestras necesidades, empezando por las llamadas “necesidades básicas”. Lo primero que podemos hacer, es que nadie pretenda imponerse eliminando a los otros. Todos somos necesarios, por tanto hemos de ser actores y protagonistas de la Venezuela que queremos. Asimismo, es urgente ser conscientes de los errores que se deben corregir. Por eso, es equivocado cerrarse en visiones ideológicas, en fanatismos o en legados intocables (No. 12).

La legalidad es importante. Pero, más todavía, la legitimidad.

domingo, 12 de julio de 2015

DECÁLOGO DE PRIORIDADES

    Fácil y frecuente, aunque doloroso, es identificar los aspectos negativos de la actual grave crisis nacional. Porque los sufrimos.
   No tan frecuente ni fácil resulta el precisar prioridades con miras a soluciones hacia el futuro deseable del país.
    La fecha de las elecciones para la Asamblea Nacional está fijada y las distintas agrupaciones políticas organizan sus cuadros y activan su propaganda en un ambiente cargado de incertidumbres. Se dibuja, sin embargo, una mayoría creciente de la población que anhela un cambio en la conducción política del país, más allá de la simple correlación de fuerzas en lo que se espera sea un verdadero Parlamento.
    Ante la globalidad y gravedad de la crisis así como la magnitud de las expectativas, estimo  que falta presentar al electorado en forma clara, sincera y concisa los objetivos fundamentales  de la una dirección política enderezada a lograr un  consistente futuro nacional. En este sentido no bastan propuestas genéricas a modo de consignas y lemas, como tampoco  extensos y detallados programas, que se quedan en estrechos círculos de expertos o partidarios. Los ciudadanos, creo, esperan  una exposición breve, sencilla y acertada de las prioridades dentro del amplio campo de lo que podría o debería hacer.   
     Como una contribución a esta tarea ofrezco un decálogo de proposiciones, que busca estimular la presentación sintética de propuestas por parte de los sectores de la nación, comenzando por las agrupaciones políticas, empeñadas en la recuperación y ulterior desarrollo integral del país. Precisar y exponer objetivos positivos y realistas correspondientes a  necesidades substanciales de la comunidad nacional, abre, sin duda,  caminos de esperanza.
    Estimo que el siguiente Decálogo responde a los postulados de la Doctrina Social de la Iglesia y a las exigencias del Preámbulo y los Principios Fundamentales de nuestra Constitución (CRBV).  
  1. Garantizar la vida, la seguridad y la tranquilidad de la población.
  2. Garantizar el pleno ejercicio del pluralismo democrático.
  3. Restablecer el estado de derecho y para ello una verdadera independencia de poderes.
  4. Actuar políticas económicas que promuevan  la producción y el libre emprendimiento realizados con amplia participación, responsabilidad social y  solidaridad.
  5. Actuar una política petrolera de eficiencia, orientada  a la superación del modelo rentista, a la diversificación de la economía y cuidando con delicadeza del ambiente.
     6.     Promover una educación de calidad humana y científico-técnica, acorde con las necesidades del país, el pluralismo cultural y el debido trato a sus actores.
  1. Garantizar la libertad de información y comunicación en perspectiva de responsabilidad social y convertir los MCS del Estado en genuino servicio público con apertura pluralista.
  2. Actuar la descentralización, regionalización y municipalización del poder público, propiciando en forma efectiva la participación de la sociedad civil.
  3. Restablecimiento de la Fuerza Armada como institución sin militancia política  al servicio de la nación según lo establecido por  la Constitución.
  4. Promover la elevación moral y espiritual de los venezolanos y a tal fin  abrir espacio a la  educación religiosa escolar.
   No entro aquí en comentarios de estos puntos, cosa factible en posteriores escritos. Intención principal del presente artículo es animar una amplia discusión sobre esta materia, no sólo  entre especialistas de diversos campos (socioeconómico, político, ético-cultural), sino también en la ciudadanía en general.
   El futuro de la nación es tan importante que no puede ser dejado en manos de unos pocos. Recordemos que factor de primer orden en el desencadenamiento de la crisis nacional en las últimas décadas del pasado siglo fue la inflación de los “cogollos” partidistas y el desentendimiento de la población en el ejercicio de su corresponsabilidad social y política. Se descuidó la formación y la práctica de la participación ciudadana.
Un decálogo ayuda a concretar objetivos y soluciones. 

lunes, 22 de junio de 2015

DE DIOS NO HABLAR



Dios no debe ser interpretado como simple recurso argumentativo para un correcto comportamiento ético. Hay no creyentes que se comportan éticamente con rectitud. Por lo demás,  Dios no necesita nuestra obediencia, como si ésta le añadiese algo a su felicidad y perfección.
Tampoco se puede decir que la afirmación de Dios produzca automáticamente concepciones y sentimientos de bondad, fraternidad y paz. La historia ofrece dolorosas experiencias de cruel intolerancia religiosa –también entre cristianos- y la actualidad mundial exhibe muestras trágicas de masacres realizadas en nombre de un “Dios”,  caricaturizado como fundamentalista.
El Dios único, que nos ha revelado y comunicado  Jesucristo, sin embargo, es al que podemos invocar como “Padre nuestro” y el que nos plantea el amor mutuo como exigencia fundamental. En un libro del Nuevo Testamento encontramos esta interpelante advertencia: “(…) quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4, 20). Dios se constituye así, en exigencia y garantía de fraternidad y, con ello, de diálogo y encuentro, de perdón y reconciliación, de solidaridad y paz. Por eso se dice que Dios es la mejor defensa del ser humano.
Dios es la absolutez e infinitud de la bondad y la gratuidad. En  libro bíblico citado leemos también una definición de Dios, que suena extraña a muchos ojos nublados y corazones vendados: “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). Y nos ha creado como seres en relación, para que amemos. Esto significa, negativamente, para que no nos odiemos, marginemos, excluyamos, dañemos, destruyamos. Y, positivamente, para que hagamos de este pequeño mundo peregrino en la inmensidad del cosmos, una casa común, un hogar para todos, no a pesar de que seamos diferentes, sino precisamente con nuestra diversidad en huellas digitales, código genético y personalidad indeleble e intransferible.
Duele entonces encontrar consignas como “De Dios no hablar”, que se traducen en planes pedagógicos como el del Socialismo del Siglo XXI. Éste no sólo ha liquidado el Programa de Educación Religiosa Escolar (ERE) –de la Iglesia católica, pero que estaba generando también algunos de otras confesiones cristianas-, sino que se propone una formación en sustitutos de Dios como son los ídolos ideológicos. ¿Resultante? Lo que ha historia también nos muestra como frutos de la dureza, crueldad, inhumanidad de los sistemas totalitarios idolátricos.
Se habla en Venezuela de muchas expropiaciones dañinas, pero poco o nada de lo que a mi entender es la expropiación más deletérea: la que este régimen le ha hecho al pueblo venezolano al quitarle el referido Programa de Educación Religiosa.  
No se hable de Dios a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes. Si esa es la consigna ¿Qué corresponde esperar de las nuevas generaciones en este mundo conflictivo, bajo la mirada y la protección divinas, ciertamente, pero también tentado por pecados capitales como la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira y la envidia?
Eliminada la enseñanza sobre Dios en la escuela ¿Qué hacer? Lo que se debe hacer. Que la familia tome en serio su condición de primera escuela; que los maestros creyentes asuman su responsabilidad de comunicar la fe por los medios que les toca imaginar; que los creyentes todos asuman su responsabilidad de difundir los valores religiosos; que al restablecerse la democracia en nuestro país se retome la educación religiosa escolar como ingrediente pedagógico básico de un humanismo integral.
Dios no se reduce a escueto inspector y  juez  de la conducta humana. Su plan creador y salvador tiende al logro de una genuina fraternidad universal íntimamente unida a Él, que no es una persona solitaria en eterno narcisismo, sino perfectísima comunión interpersonal, Trinidad, Amor. 

¿De Dios no hablar? En la Biblia encontramos esta admonición: “Si Dios no construye la casa, en vano se afanan los constructores; si Dios no guarda la ciudad, en vano vigila la guardia” (S. 127).

sábado, 13 de junio de 2015

ESPIRITUALIDAD POLÍTICA



Me invita a escribir estas líneas la temática de la reciente Asamblea Anual del Consejo Nacional de Laicos de Venezuela, a saber, la dimensión social y política del Evangelio.
A los términos espiritualidad y política se los tiende comúnmente a considerar como extraños, cuando no como contrarios. Y esto no sólo por quienes, racionalistas o pragmáticos, estiman lo espiritual y religioso como algo  de consumo sólo privado y relegado a lo doméstico, sino también por creyentes que juzgan lo político como una actividad ajena a la comunicación con Dios y al ejercicio religioso -distrayendo u obstaculizando- o, en todo caso, como una praxis que poco o nada tiene que ver con el cultivo de las cosas del espíritu.
En el referido encuentro el tema inicial suscitó particular interés por su originalidad: “El criterio del Juicio Final y sus consecuencias socio-políticas”. Fue una reflexión sobre el capítulo 25, versículos del 31 al 46, del Evangelio según san  Mateo, en donde Cristo aparece felicitando a unos y apartando a otros por la sencilla razón de haberse preocupado efectivamente o no por “el otro” (proximus) hambriento, enfermo, preso o, en general, necesitado. Se explicó que  esa atención o indiferencia se refería no sólo a lo micro (servicio a una persona individual o una familia), sino también a lo macro, o sea  al amplio  campo social (políticas alimentarias, habitacionales, sanitarias, carcelarias). En el texto evangélico el Señor interpreta  la atención-desatención  al “otro” como algo hecho-no hecho a él mismo, lo cual transfigura la acción socio-política en vivencia religiosa. Esto lo entendía muy bien Teresa de Calcuta al mirar a sus queridos menesterosos como a Jesús mismo.
El mandamiento “nuevo” de Jesús, el amor, no se identifica, por tanto, con un sentimiento puramente interior o de expresión meramente asistencialista limitada. Postula, en efecto, una acción efectiva solidaria, exigente también de actividades promocionales (enseñar a pescar, se dice) y  de cambios estructurales (reordenamiento de la sociedad en su conjunto en el sentido de la justicia y la solidaridad, la libertad y la paz).
Se percibe entonces cómo cambia la interpretación de política. De ámbito peligroso o indiferente para el creyente cultor del espíritu, se transforma en el campo de demostración del amor a Dios. Con razón la Primera Carta de san Juan dice que “quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (4, 20). El crecimiento espiritual del político creyente se reflejará necesariamente entonces en robustecimiento de su compromiso social y viceversa. El cultivo espiritual purifica, fortalece y eleva la acción política (amenazada siempre por los pecados capitales: soberbia, avaricia, envidia, pereza, odio…).
Interpretada así la política, se convierte en fuente y camino de santificación, de perfeccionamiento en la comunión con Dios. Para ello, deberá alimentarse con la oración,  la contemplación y los medios (los sacramentos cristianos, por ejemplo), que Dios pone a disposición. El mundo, lo temporal, lo secular se trasforman en ámbito de encuentro con Dios. Un Dios inseparable del prójimo, especialmente del más débil. 
Todo creyente debe ser político en el sentido amplio de este término, es decir, trabajador por el bien común. Y ciertamente hace falta que más y más creyentes se dediquen expresamente a la acción política, también  partidista, para desde allí construir una convivencia deseable,  que en la Iglesia se ha denominado como  “civilización del amor”.

Con mucha razón el Concilio Plenario de Venezuela afirmó en su documento sobre  La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad: “Los cristianos no pueden decir que aman, si ese amor no pasa por lo cotidiano de la vida y atraviesa toda la compleja organización social, política, económica y cultural. Por ello se tiene que promover la Civilización del amor como fuente de inspiración de un nuevo modelo de sociedad”.

martes, 26 de mayo de 2015

ELECCIONES Y GOBIERNO DE TRANSICIÓN




El 19 de marzo del año pasado dirigí un mensaje hecho público al Presidente Nicolás Maduro en relación a la grave crisis nacional.
A poco más de transcurrido un año y empeorada dicha crisis, retomo, con alguna precisión adicional, lo que entonces propuse: “la formación de un gobierno de transición, que abra paso a una gobernabilidad  sólida y estable a través de   los mecanismos que posibilita la Carta Fundamental”. Para identificar ese gobierno nuevo ofrecía algunos sinónimos: gobierno de Integración,  de unión,  de emergencia  e incluso de salvación nacional, para caracterizar tanto su urgencia como su significación e importancia.
Este año debe haber elecciones parlamentarias –cuya fecha se mantiene indebidamente en suspenso-. A pesar del alineamiento del Consejo Nacional Electoral con el Gobierno y de todas las reservas que se puedan formular sobre el mecanismo del proceso,  el acudir a las urnas ofrece a la ciudadanía una oportunidad para expresar convicciones, rechazos y anhelos y provocar un cambio hacia una mejor conducción política. En cualquier hipótesis estimo que el votar se hace obligante.
Considero la propuesta de un Gobierno de transición, o según se lo quiera denominar, como complemento de las elecciones parlamentarias. Cualquiera sea el resultado de éstas, la gravísima crisis nacional urge una   reformulación en los cuadros del poder para posibilitar la indispensable reconciliación, el obligante reencuentro de los venezolanos, que posibiliten el ulterior progreso del país en un marco de pluralismo democrático.
Con una Venezuela partida por la mitad –para decir lo menos-, en confrontación suicida e irracional marcha hacia el precipicio ¿En qué futuro deseable se podría pensar?
“El día después” es una película que intenta ser profecía de lo que le espera al mundo luego de una guerra nuclear. Buen instrumento pedagógico para tiempos en que la confrontación ciega la mirada y empuja hacia horizontes autodestructivos. ¿Quiénes resultarían ganadores? Los difuntos y sus deudos incapacitados que los velarían.
La Biblia ofrece un pasaje muy ilustrativo en el Libro Primero de los Reyes (12, 1-20). Roboam, sucesor de Salomón, endureció la terca, dura  y desordenada política de su padre, haciéndose sordo a razonables  consejos.  Entonces Jeroboam se alzó con la gente que esperaba un cambio y dividió el Reino ¿Qué vino después? Ruina común de Judá e Israel, destrucción, destierro. Para todos.
Gobierno de transición quiere decir dejar a un lado el dogmatismo ideológico, la intolerancia partidista, la exclusión de la disidencia, el monopolismo estatizante y abrir paso a una Venezuela realmente de-y-para todos, en la que todos participemos en su construcción.
Rojos, amarillos, verdes, blancos, morados, grises e incoloros podemos-debemos hacer de este pedazo de suelo, que nos ha dado Dios (“Tierra de gracia” se le llamó), un hogar común, no “a pesar de”, sino “precisamente  por” y con nuestras diferencias.

¡Después  de las tragedias abundan los “malhayas”! Que “un día después” no tengamos que lamentar nuestra miopía de corazón.