lunes, 5 de diciembre de 2016

LA SEÑAL DE LA CRUZ TRINITARIA












La  “Cruz Trinitaria” es  la cruz dentro de un triángulo equilátero. El dibujarla y el signarse con ella brotaron de una reflexión bastante simple, que expongo a continuación.
¿Por qué al hacer la señal de la cruz, 1) no acompañamos las palabras trinitarias que  decimos, con  un signo que  represente el misterio de la Trinidad, como es el triángulo equilátero, y 2) no acompañamos  el signo cristológico, la cruz que  trazamos, con  palabras que mencionan al  representado,   Jesús Cristo (Jesús el  Mesías, el Ungido)? Se tendría entonces un conjunto bien rico y significativo,  integrado por el signo compuesto del  triángulo  encerrando una cruz y las palabras  que expresan conjuntamente  lo central y fundamental de nuestra fe: la Trinidad y Cristo. Las palabras explican los signos y éstos refuerzan aquéllas. 
La Señal  de la Cruz Trinitaria  enriquece la señal simple tradicional -sin pretensiones de substituirla- y es muy fácil de  hacer: con la  mano derecha  trazamos sucesivamente cinco líneas , acompañándolas con las correspondientes palabras: 1ª de la frente al hombro izquierdo, diciendo en el Nombre del Padre; 2ª  del hombro izquierdo al derecho, diciendo y del  Hijo y 3ª  del hombro derecho a la frente, diciendo  y del Espíritu Santo; luego 4ª  vertical descendente dentro del triángulo, diciendo Jesús, y  5) horizontal  cruzando la anterior, diciendo  Cristo.
La Cruz Trinitaria (triángulo enmarcando la cruz) es  muy fácil de trazar. Ella facilita la percepción y  comunicación del misterio trinitario-cristológico, así como la identificación del cristiano y de lo cristiano. Ayuda a niños, jóvenes y adultos  a robustecer y expresar su fe. El difundir este signo en múltiples modos (dibujo, orfebrería, arquitectura…) contribuirá poderosamente a la “nueva evangelización”; destaca  lo medular de la fe y la recuerda de manera sencilla. En este sentido pensemos, a título de ejemplo, en lo bueno que es ver uno un triángulo y pensar espontáneamente en la Trinidad; y contemplar una cruz y enmarcarla en un triángulo que recuerda al Unitrino. Cristo nos revela y comunica el misterio de Dios Trinidad, Comunión, Amor.      
Sobre este tema he escrito un pequeño libro, Cruz Trinitaria, que se encuentra en la Distribuidora Paulinas. En mi blog perezdoc1810.blogspot.com se halla también algún material al respecto.

Mons. R. Ovidio Pérez Morales

miércoles, 30 de noviembre de 2016

¡PRESIDENTE, VUELVA A LA CONSTITUCIÓN!



1.            Urgencia del llamado
Bajo el título “!Presidente, vuelva al Cabildo!” dirigí un llamado al entonces Primer Mandatario  Hugo Chávez Frías, con ocasión del Bicentenario del 19 de Abril. El contenido fundamental de esa carta pública era una invitación-reclamo de asumir su responsabilidad presidencial de impulsar, perentoria y decididamente, una vuelta, según la Constitución, a la unidad de la Patria seriamente fracturada, asumiendo el pluralismo político-ideológico y cultural de nuestro pueblo.
El llamado lo hacía como cristiano, teniendo presente la exigencia del Señor Jesucristo en la Última Cena respecto de la unión y lo subrayado por Simón Bolívar en su postrer mensaje  en línea semejante, como condición de solidez y progreso de nuestros pueblos.
A un año del fallecimiento  del Presidente Chávez, aquel llamado, caído entonces en el vacío, cobra hoy mayor urgencia, dado el ahondamiento del deterioro material e institucional de la nación en los más diversos aspectos y, sobre todo, el agravamiento de la división entre los hijos de nuestro pueblo,  que se está manifestando trágicamente con la sangre de muchos , muertos y heridos, especialmente jóvenes, derramada en las calles como fruto   de la violencia, la represión y la impunidad políticas culpables..
Como persona humana, venezolano, creyente y obispo me veo en la obligación moral, junto a muchos que creemos en la primacía del espíritu sobre la fuerza bruta, de clamar, ojalá que no en el desierto: ¡Ya basta! ¿Nos vamos a devorar fratricidamente olvidando que fuimos creados por Dios para vivir como hermanos en una casa común? ¿Echaremos por tierra un país construido con tantos esfuerzos, sudores, risas y lágrimas? ¿Hemos olvidado lo (que) proclamamos en nuestro himno nacional de que “la fuerza es la unión? Y pudiera agregar: ¿No debemos avergonzarnos como pueblo  que el Bicentenario de nuestra Independencia nos encuentre enfrentados en el propio hogar, en vez de consolidar la nación en respeto y reconocimiento mutuo, en solidaridad y paz?

2.            Sentido de mi invitación
Al dirigirle este llamado no me mueve otra intención y finalidad, sino el bien de nuestro pueblo multicolor, el bien común de nuestros compatriotas. Obviamente entro de modo inevitable y necesario en el campo de la política, por cuanto siendo seres sociales, conscientes y libres,  ésta toca el bien-ser y el bien-estar de la polis, de la convivencia social, de los cuales no puede desentenderse en modo alguno nadie y menos, si cabe, el cristiano junto con su Iglesia.
Lejos de mí, por tanto, y lo expreso con plena conciencia, cualquier  motivación político-ideológico-partidista, en el sentido de favorecer un grupo determinado o un interés parcial y subalterno. Aún menos me mueve un  deseo egoísta como pudiera ser la búsqueda de poder, tener, aparecer o cosas por el estilo. No presumo de purismo;  creo con serena y humilde convicción que en esta etapa de mi vida lo que me debe preocupar, delante de Dios y de mi conciencia, es aprovechar el tiempo que  todavía me conceda la Providencia, para hacer el mayor bien posible al prójimo que ese Dios-Amor me asigna como compañía en mi peregrinar terreno.
En consecuencia, las observaciones, en general críticas, léase, de discernimiento,  que me siento obligado a expresar, deben entenderse como corrección y servicio fraternos, a los cuales uno mi oración al Dios Uno y Trino , quien nos quiere, escruta nuestros corazones y orienta nuestras acciones.

3.            Convicción democrática
Hay algo que deseo subrayar ante todo  y es mi firme convicción de que una sociedad, toda  convivencia humana,  si pretende ser tal, no puede menos que estar abierta a la diversidad de lo radicalmente singular, al pluralismo de opiniones y posiciones en los más diversos campos, político, ideológico, religioso, cultural en general, para, desde ahí, construir verdadera unidad y esperanza de comunidad. Ese abanico es reflejo de la dignidad y los derechos de la persona, y de la trascendencia de su vocación de libertad en cuanto tal. La Declaración Universal de los Derechos Humanos es clara en ese sentido. La humanidad ha sufrido ya bastante por los fundamentalismos del más diverso género, que plantean exclusiones, apartheids y discriminaciones entre los seres humanos. Frente a ellos es preciso resaltar la “Regla de oro” moral de las grandes religiones, la cual en sentido negativo dice: “No hagas a los otros lo que no te gusta que te hagan a ti” y en sentido positivo recomienda: “Haz a los otros lo que  quisieras que te hagan a ti”.
Este pluralismo, premisa y exigencia básica de la genuina democracia, figura con nitidez como principio fundamental en  nuestra Carta Magna: “Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación, la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y en general, la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político”(Art.2).

4.  El problema
 Hay algo que, como una gran mayoría de compatriotas,  he percibido y discernido con creciente y punzante claridad  y apremio en estos últimos tiempos, y es lo siguiente: hay en el país problemas, muchos graves y acuciantes,  pero hay uno que emerge como “el problema”, por su carácter generador, por ser raíz y causa de muchos otros, vitales y cotidianos, que están haciendo sufrir a los venezolanos, como  la inseguridad y la impunidad; el desabastecimiento y la inflación; la dolorosa división en vecindarios, comunidades, ámbitos de trabajo y estudio; los enfrentamientos violentos; el éxodo o la separación de familias. Problemas hemos  tenido siempre y los hemos heredado de gobiernos o regímenes anteriores, pero no se puede ocultar que  algunos se han agravado exponencialmente y otros nuevos han surgido como efectos de “el problema” al que me referiré a continuación, el cual ha reducido, cuando no  neutralizado y hasta eclipsado, los  logros positivos de la gestión gubernamental, central, estadal y municipal,  en diversos campos a partir de 1999.
“El problema” principal, pues, al que se enfrenta  el país y  está radicalizando dramáticamente tanto los problemas  heredados  como los emergentes, es uno en su esencia, pero dual en su estructuración. En efecto, por un lado,   se trata de  la decisión de imponer institucionalmente a la nación el denominado “Plan de la Patria”, que concreta el así llamado “Socialismo del Siglo XXI”; un Socialismo que – no debemos olvidarlo - se propuso como reforma de la Constitución, fue rechazado en el referendo de 2007 y que, sin embargo, se viene poniendo en práctica desde entonces por otras vías. Por el otro lado, existencialmente,   está la convicción de poseer en exclusiva, tanto la clave de interpretación de la realidad, la historia y  la sociedad, y de la persona en ellas, como el proyecto y modelo ideales de  las mismas  e, igualmente, el método eficaz para alcanzar dichos fines.  
La Conferencia Episcopal Venezolana, con ocasión de dicho referendo, dio su juicio al respecto en su Exhortación Llamados a vivir en libertad del  19 de octubre de 2007:
 -la proposición de un Estado socialista  es contraria a los principios fundamentales de la actual Constitución, y  a una recta concepción de la persona y del Estado (…).
   -por cuanto el proyecto de Reforma vulnera los derechos fundamentales del sistema democrático y de la persona, poniendo en peligro la libertad y la convivencia social, la consideramos moralmente inaceptable (el subrayado es nuestro) a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia.
El Episcopado ha ratificado esta posición en su Asamblea de enero pasado al referirse al “Plan de la Patria” y, concretamente, al segundo objetivo histórico del mismo, que es “continuar construyendo el socialismo bolivariano del siglo XXI”. Los Obispos explicitan que dicho objetivo “está al margen de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela” y citan al respecto lo  establecido en el  artículo segundo, señalado   anteriormente.
Hay que destacar que el socialismo del que aquí se trata no es uno cualquiera, sino el que se maneja oficialmente en concreto, en la línea marxista-leninista, con una referencia muy específica, idealizada y benévola,  al vecino modelo cubano. No se tiene en cuenta, por cierto, su aleccionadora historia concreta de implantación y posterior desaparición como “socialismo real”, particularmente en Europa. Un socialismo que, en realidad,  histórica y paradójicamente, no constituye un verdadero socialismo – el cual, en fidelidad al término, evoca descentralización del poder, compartir y pluralismo sociales- sino un Estatismo de extrema concentración y radicalidad. Se da así una patente contradicción: teóricamente se postula una desaparición del Estado, pero en la práctica se lo amplía y robustece en sentido totalitario. Además, el protagonismo que debería residir en las masas populares,  en realidad  lo ejerce en exclusiva una “vanguardia ilustrada”.
El gobernante -persona o grupo- que busca imponer a la nación este socialismo tipo SXXI, automáticamente se coloca fuera y contra la Constitución. Se ilegitima, por consiguiente, cualquiera que hubiese podido ser el origen jurídico de su mandato. La Constitución es clara  igualmente (por ejemplo en el Art. 333) al hablar de la conducta de los ciudadanos cuando se rompe con ella. Por otra parte, en perspectiva ética, la calificación de  “moralmente inaceptable”, conlleva, en sana doctrina católica, un juicio acerca de la negación o amplia insuficiencia de realización del Bien Común social. Este se define, clásicamente, por su referencia a la existencia y seguridad de los miembros de una sociedad, a la vigencia de un orden de derecho y justicia en la misma, y al compartir unos ideales y valores que fundamenten la vida y obrar en común. Ante tal juicio la persona y la comunidad no pueden ni  deben declararse neutras o pasivas. Estamos, por tanto, en una encrucijada muy grave de la nación, por lo que es  preciso actuar con la mayor lucidez y responsabilidad, pues más allá de la legitimidad de hecho, cuestiona la de derecho e impugna la de valor.
 
5. Los problemas
Este Socialismo,  apellidado del Siglo XXI, “Bolivariano” y de otros modos, no sólo ha fracasado históricamente , sino que su progresiva introducción inconstitucional y subrepticia en Venezuela, como lo hemos expresado más arriba, ha chocado y choca con un muy amplio y decidido rechazo de la población, y está agravando o generando muy diversos problemas en el orden social (violencia desatada, inseguridad, división de nuestro pueblo, polarización y enfrentamientos, crisis de la salud); económico (inflación, baja de la producción por el acoso a la propiedad no oficial, desabastecimiento, creciente dependencia de las importaciones); político (extinción real de la  especificidad y complementariedad de poderes, ahogo del pluralismo y creciente represión; amenazas permanentes, alineamientos y alianzas internacionales “sui generis”); ético ( perversión del sentido de la justicia y de la legalidad, ejemplarizado en el sistema carcelario; vigencia de la “doble verdad y la doble moral”, insensibilidad e irrespeto por el Bien Común); cultural (control  hegemónico de los MCS, sustitución de la realidad por la imagen  y las estadísticas, pensamiento único educativo, restricción de la libertad artística, intentos de revisión y reescritura de la historia); espiritual (ideológica devaluación de la palabra pública y descalificación del testimonio ajeno,  relativización del valor y aprecio de la vida, banalización mistificadora de lo religioso). Ligado a esto se profundiza y crece la corrupción, entre otras causas, por la ausencia de autonomía de los poderes contralor y judicial.
Estos problemas los sufre la población sin distingo de colores políticos. Producen un malestar y una incertidumbre colectivos, que impiden una marcha  pacífica, solidaria, productiva del país. Un clima tal de permanente crispación no favorece la educación escolar, el trabajo sostenido, el tejido amistoso ciudadano, la salud mental de personas, familias y grupos sociales.
En sana lógica, la solución de estos problemas depende primordialmente de la que se dé al problema principal.  Marginar la imposición del socialismo permitirá un reencuentro nacional, que estimulará, sin duda alguna, conjugar esfuerzos para atacar los problemas arriba mencionados y otros que afectan seriamente a la población. Entonces se promoverán, en concreto,  la producción y la iniciativa de los particulares en muchas direcciones como efecto del clima de confianza y de seguridad jurídica, así como del cese de las estatizaciones y de la proliferación de controles; se enfrentará de modo efectivo la inseguridad mediante un funcionamiento genuino y mancomunado de la educación, la acción policial, la justicia penal y la realidad carcelaria; se mejorarán los servicios públicos como efecto de la despartidización de la administración y la incorporación de cuadros preparados y eficientes; se elevará el nivel de la educación, liberándola de cargas político-ideológicas, que marginan talentos, empobrecen contenidos y bajan la calidad pedagógica; se ampliará la información, la formación y el desarrollo de potencialidades del pueblo con una genuina libertad de la comunicación social. Por último y no como último, se impulsará una cultura de la solidaridad y de la paz, que propiciará  superar el enfrentamiento y la mutua marginación producidos o reforzados  tanto por la exclusión  heredada como por una nueva ideología del conflicto. . 
Con un país ampliamente fracturado y para no pocos al borde de la ruptura, no se puede pensar en verdadero progreso nacional, pues las energías  se consumen negativamente en divisiones fratricidas y en la subordinación de lo conveniente a lo ideológico. Al final de su vida y con  base en  la experiencia de los primeros años republicanos el Libertador percibió agudamente los efectos tanto negativos de la división como positivos de la unidad de la convivencia. ¿Se podría evocar aquí la reflexión sobre las causas  de la guerra civil hecha años más tarde por un pensador español: todos intuían que estaban al borde del abismo,  prácticamente nadie hizo nada eficaz para evitar caer en él?

 6. Hacia una solución
Un país no puede, en efecto,  caminar partido por la mitad. Jesús, el Señor, advirtió: “Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá subsistir (Mt 12, 25). Resulta apropiada aquí una expresión que se suele utilizar en situaciones de crisis: “O nos unimos o nos hundimos”.
Se viene  hablando de paz y de diálogo, con respecto a los cuales están en curso algunas iniciativas a nivel presidencial. Desde la Conferencia Episcopal Venezolana se ha insistido bastante al respecto. La paz, lo mismo que la reconciliación, para ser verdadera, durable, integral,  supone ausencia de violencia, coacción y amenazas, pero, positivamente y más de fondo, voluntad efectiva de justicia y solidaridad, promoción libre del bien, vida en la verdad y la autenticidad, esperanza eficaz de unidad en la diversidad.
El diálogo, por su parte,  es bastante exigente. No se le puede imponer, pero sí tiene intrínsecamente condiciones y so pena de idealismo o intento de manipulación, posee  también condicionantes, porque supone actitud previa de reconocimiento mutuo, aceptación de una común racionalidad,  aspiración a consensos sobre situaciones y temas específicos,  disponibilidad a ofrecer gestos, tanto más necesarios y valorados cuanto mayor es la responsabilidad por la investidura que se ejerce. En concreto, el diálogo  implica encuentro, clima de respeto, comprensión y aprecio, que permita valorar posiciones y lograr puntos de progreso compartido, pues al no haber enemigos, sino a lo sumo adversarios, hay elementos comunes de base y destino.
Estimo, por tanto,  que condición indispensable (conditio sine qua non) para el diálogo auténtico y la verdadera paz en nuestro país,  es la renuncia, de parte de sector oficial, a la pretensión de imponer el Socialismo tal como  lo entiende y ha venido aplicando, y el cual, como lo ha declarado el Episcopado venezolano, no sólo va contra la Constitución, sino igualmente contra principios morales fundamentales. Esa pretensión, repito serena pero diáfanamente,  cuestiona  la legitimidad de ejercicio o desempeño del  Gobierno y de su  relacionamiento con los otros poderes del Estado y, más importante aún, con el conjunto de los venezolanos, encarnación primera y última de la soberanía; por ello, dicha pretensión plantea en conciencia el firme retiro o rechazo del reconocimiento de valor por parte de la ciudadanía. Algo muy delicado que no se resuelve con procedimientos coactivos y abre alternativas muy graves para la nación.
Con relación a lo anterior, he venido proponiendo, como una vía posible de solución, o más ampliamente aún, de respuesta   al actual drama nacional, la formación de un gobierno de transición, que abra paso a una gobernabilidad  sólida y estable a través de   los mecanismos que posibilita la Carta Fundamental. No es de mi competencia, por supuesto, entrar en mayores especificaciones al respecto, pero sí diría que lo de transición consistiría, en una primera instancia,  en asumir como referencia insoslayable los resultados de las últimas elecciones presidenciales, con vistas a formar un Gobierno de Integración, que no sería exagerado calificar de unión  o de emergencia  o incluso de salvación nacional, para caracterizar tanto su urgencia como su significación e importancia. No se trataría entonces de un quitar a unos para poner a otros, sino de tejer una conducción del país, que siendo ella misma   fruto de una voluntad de reencuentro,  se haga signo y produzca más y mejor encuentro y reconocimiento. Hay experiencias ajenas de concertación, que estimulan al respecto: la historia enseña, cómo  se han producido impensables acontecimientos  de reunión, de unión, sin pagar el precio de catástrofes e inundaciones de sangre que se habían  “profetizado” (ejemplo concreto: la reunificación de Alemania a raíz de la caída del Muro de Berlín).
Parece obvio que para llegar a una tal integración  es indispensable  un diálogo serio de parte suya y del sector oficial con la Mesa de la Unidad y con representantes calificados tanto de la sociedad civil organizada como de Instituciones básicas representativas de la vida nacional, para lo cual estimo que la Conferencia Episcopal Venezolana estaría dispuesta, si se le solicita consensualmente,  a prestar un servicio de facilitación.

7. Interpelación del Bicentenario
La celebración del Bicentenario de la Independencia nos interpela a los venezolanos de la hora presente a recoger responsable y proactivamente la herencia de una Patria soberana, libre de injerencias y dependencias externas, pero ante todo, por ejercicio de la primera soberanía, la de las personas como sujetos y la del pueblo como protagonista. Bastante sangre se derramó entonces para lograrla y no poca, especialmente joven, se ha derramado en estos últimos meses y días, interpretando servirla. Por encima y más allá de toda interpretación parcial creo un deber moral lanzar un grito de llamado a la conversión  intelectual, moral y espiritual a la presente generación de compatriotas: ¡Ya basta de sangre fratricida! ¡Ya basta de autodestrucción nacional! ¡No podemos seguir convirtiendo la casa común recibida de Dios en una jaula de fieras! ¿Tendremos que sufrir aún más y avergonzarnos de dilapidar la valiosa herencia recibida de nuestros próceres? 
Todos hemos de convertirnos, pues,  a la unión fraterna a la que Dios nos convoca, Simón Bolívar nos lo reclama y un mínimo  instinto de supervivencia nacional nos lo exige.  Unión que significa no la eliminación de nuestras diferencias ni el desconocimiento de ciertas incompatibilidades en  los principios, pero sí la aceptación tolerante de algunos compromisos razonables y prudentes en vez del “todo o nada” pretensioso y destructivo, así como   la conjunción de fines en aras del bien común de todos los venezolanos y de cuantos comparten la suerte de este país.
Ciudadano Presidente, Ud. tiene hoy la primera responsabilidad histórica de procurar  esa unión de los venezolanos. Una responsabilidad ante nuestro pueblo,  ante Usted mismo y ante Dios.
A este llamado con “temor y temblor” como expreso San Pablo, uno mi oración, convencido ante todo, como dice el Salmo 127: que “Si Dios no construye la casa, en vano se afanan los constructores; si Dios no guarda la ciudad, en vano vigila la guardia”.

Caracas, 19 de marzo de 2014.
Ramón Ovidio Pérez Morales

Arzobispo-Obispo Emérito de Los Teques

jueves, 24 de noviembre de 2016

PLANTEAMIENTOS ANTE EL “DIÁLOGO”



He aquí algunos puntos que estimo de necesaria consideración sobre el “Diálogo” en curso entre oficialismo y oposición.
Primero. Escribo Diálogo entre comillas  porque éste exige igualdad fundamental de potencialidades entre las partes. He comparado el desequilibrio del actual “Diálogo” con  la lucha entre un león furioso suelto y  un conejo amarrado. El Gobierno dispone, en efecto, de la Fuerza Armada, cuya cúpula está alineada; de los órganos del Poder Público Nacional, con excepción de la Asamblea; de todos los órganos del Poder Ciudadano; del Poder Electoral. Cuenta con los recursos del petroestado manejados sin control y una comunicación social hegemonizada.
Segundo. El interlocutor oficial busca imponer el Socialismo del Siglo XXI (SSXXI)- Plan de la Patria, violando así la Constitución. Basta una ligera hojeada al Preámbulo y Principios Fundamentales de ésta para percibir el carácter no sólo dictatorial sino totalitario de ese proyecto, “moralmente inaceptable” según  lo calificó la Conferencia Episcopal Venezolana. La oposición ha de tener clara y saber manejar lúcidamente la identidad (ideología, lógica, intereses) de quien se sienta al frente.
Tercero. El “Diálogo” está abordando problemas derivados, consecuencias y causas secundarias, pero no la raíz-fuente-causa principal de la crisis del país, como es el SSXXI de corte marxista-leninista, de la familia del “socialismo real” históricamente fracasado. Este proyecto se trata de imponer en base a un fundamentalismo  ideológico, acompañado de una fuerte carga de corrupción.  Oscar Arias, Nobel de la Paz, ha mencionado también algo ligado a lo narco.
Cuarto. Mientras se tiene el “Diálogo” muchos venezolanos sufren la condición de presos políticos,  comenzando, nada más ni nada menos (hasta comienzos de semana), por el Alcalde Metropolitano de la ciudad capital sede del “Diálogo”. Los “presos políticos” constituyen una especial categoría de esclavos en estos nuevos tiempos. Como esclavos, son mercancía objeto de compraventa, regateo y publicidad. Negocio es negocio.
Quinto. El diálogo -sin comillas- es algo consustancial al ser humano. Éste ha sido creado por Dios a imagen y semejanza suya, como ser para la comunicación y la comunión; constitutivamente relacional  no surge, se desarrolla y alcanza su perfección sino a través del compartir, del encuentro interpersonal.  “Animal dialogante” se lo podría definir. Por eso el diálogo es exigente en disposiciones o requisitos espirituales, éticos y psíquicos, tales como el “ponerse en el pellejo del otro” para aceptarlo, comprenderlo, estimarlo. Por eso hay que cuidar la palabra diálogo para no desmerecerla, depreciarla y hasta prostituirla.
Sexto. El diálogo no excluye otras formas menores de intercomunicación humana para con-vivir y mejorar societariamente, como son  las conversaciones o negociaciones para convenios y acuerdos. Aún en medio de un conflicto bélico se suele tener el “alto al fuego” para posibilitar aunque sea  el retiro de muertos o un canje de prisioneros. La humanidad ha podido sobrevivir porque los humanos han  tenido que buscar formas de interlocución para superar o aminorar enfrentamientos. La vida ordinaria es, por lo demás, una escuela permanente de cómo habérselas con el que está al lado.
Séptimo. Si se acepta que la causa principal y central de la grave  de la crisis nacional es el proyecto SSXXI, no se podrá abordar adecuadamente una solución a la actual problemática nacional, si no se da un cambio de dirección política al país, para reencausarlo por vía democrática. Esto trata de posibilitar el Referéndum Revocatorio 2016 (RR16), el cual no sería la solución de los problemas, pero sí abriría  puertas a la solución de los mismos.

Octavo y último. El resultado del “Diálogo” depende, pues, entre otras cosas importantes, de entender sus comillas, de percibir y enfrentar la causa central de la crisis, de identificar bien a los interlocutores. Y de que, en cualquier hipótesis, tendrá que haber intercomunicación.           

miércoles, 9 de noviembre de 2016

REFERÉNDUM REVOCATORIO 2016 YA



Sentido del “Diálogo”: que hable el soberano. Para eso RR16. El tiempo urge. No perderlo. RR16: puerta para reconstruir el país. Dios primero. Éste fue un “tuiter” lanzado hace poco a las redes.
La presente semana es de particular densidad. Se está jugando, en efecto, el futuro de la nación, la cual se encuentra en grave crisis, global, pues envuelve lo socioeconómico, lo político y lo ético-cultural. La crisis toca  estómago y salud por la escasez-carestía de comida y medicinas, causante de enfermedades y muertes. Toca las mentes, asediadas por el SSXXI con el “pensamiento único”. Toca los Derechos Humanos con presos políticos convertidos en objeto de compraventa, como sucedía en siglos anteriores con el comercio de esclavos. Toca la dignidad humana con un proyecto ideológico deshumanizante -acompañado de narcorrupción-, que pretende convertirse en “el fin de la historia”.
“Diálogo” entre comillas quiere decir que aquí no se da entre iguales. Como la  pelea entre un león furioso y suelto con un conejo inerme y amarrado. Por eso lo extraño de consejos como el siguiente: “las dos partes tienen que ceder por igual para llegar a un entendimiento”. El diálogo ha de  partir del reconocimiento respetuoso  y la atenta escucha del otro. Ha de fundarse en la verdad y orientar al  encuentro en aras del bien común. Por eso el diálogo debe ser bien preparado en organización y espíritu. Pues también existen acuerdos y negociaciones. Hasta en medio de una guerra se tienen conversaciones, aunque sea para el canje de muertos o prisioneros.    
La Mesa de “Diálogo” en la  actual crisis nacional  debe acordar con urgencia que sea el pueblo mismo, al que la Constitución caracteriza como soberano (CRBV Art. 5), quien decida  el futuro del   país. No bastan  los representantes. Debe optar el máximo y primer protagonista de la República. Es lo que justifica la celebración del Referéndum Revocatorio, y con urgencia, para este año 2016. Porque el mal que sufrimos no se cura con el tiempo, pues el problema se agrava a pasos agigantados (baste pensar en el acelerado empequeñecimiento del nano bolívar).
EL RR es un dato o hecho ciertamente de tipo político ¿Significa esto no tener en cuenta lo dramático del desabastecimiento y lo trágico de la inseguridad, u olvidar la devastación ecológica y el exilio forzado de gran parte de la juventud venezolana? De ningún modo. Lo que pasa es que si no se da un cambio substancial en lo político, no se tendrá un cambio significativo en lo social, lo económico  y lo ético-cultural. Por ejemplo ¿Cómo van a mejorar la producción y el abastecimiento, si continúa el proyecto monopólico estatista-“socialista” del Régimen? ¿Cómo van a respetarse y promoverse los Derechos Humanos si persiste el plan dictatorial totalitario oficial? El RR16 no se plantea como la solución de los problemas, que son muchos y serios, pero sí será puerta, puente, camino  consistentes hacia una solución global de la crisis nacional.
El Referéndum Revocatorio contemplado en la Constitución, e instrumento pacífico y civilizado de cambio, debe ser puesto, por tanto,  en la Mesa de “Diálogo”, como prioridad No 1  para este 2016. Hay tiempo todavía para celebrarlo. No está muerto; sólo que lo forzaron a dormir.
El Papa, a petición de aquí, ha ofrecido servicialmente su apoyo al “Diálogo”. Pero los de aquí son o somos los llamados y obligados a lograr que éste sea un instrumento efectivo y eficaz.

Comencé con un “tuiter” y concluiré con la primera de las “Propuestas Urgentes” de la Conferencia Episcopal Venezolana en su Exhortación del pasado 12 de julio: “El Consejo Nacional Electoral tiene la obligación de cuidar el proceso del referéndum revocatorio para que se realice este año. Es un camino democrático, un derecho político contemplado en la Constitución. Impedirlo o retrasarlo con múltiples trabas es una medida absurda, pues pone en peligro la estabilidad política y social del país, con fatales consecuencias para personas, instituciones y bienes”. 

miércoles, 26 de octubre de 2016

PEDIR LO QUE SE DEBE HACER



En el actual escenario venezolano se nos invita a los creyentes a pedir a Dios la paz en justicia, libertad y solidaridad para el pueblo venezolano.
Por otra parte, construir  o reconstruir la convivencia nacional en coordenadas de respeto mutuo, fraterna cooperación y tejido democrático es tarea obligante para todos nosotros, ciudadanos de este país.
Ahora bien, ¿no peca lo anterior de contradictorio ¿Cómo suplicar al Omnipotente lo que ha de ser fruto del esfuerzo conjunto de un pueblo?
Para el creyente ciertamente es una paradoja el suplicar lo que se debe hacer. Pero no una contradicción. Hay una sentencia bastante tradicional que suena así: pedir a Dios algo como si todo dependiese de Él y hacerlo como si todo dependiese de uno.
La contradicción se disuelve con la correcta consideración de los planos en que Dios y el ser humano se mueven. Estamos hablando de Creador y creatura; del Ser y de los seres. Dios trasciende la condición creatural como infinito y absoluto que es. Cuando se habla de dinamismo, capacidad, poder, referidos a Dios y a la creatura, no se trata de fuerzas que pueden sumarse, agregarse, como es el caso de humanos que juntamos nuestros esfuerzos para mover un objeto determinado o concretar un valor. Sin olvidar, por lo demás, que todo término –incluido el de trascendencia- es imperfecto para designar la diferencia de niveles o las desemejanzas entre la Divinidad y lo que es creación o producto suyos.
Lo anterior se aplica también cuando uno pide a Dios la perseverancia en el buen obrar y la fortaleza en la virtud, las cuales exigen, ciertamente, un constante compromiso de parte nuestra. La inevitable paradoja ha de interpretarse en perspectiva de la referida distinción, que se muestra bajo figuras y relatos en los dos primeros capítulos del  libro del Génesis. Dios crea al ser humano como existente libre, llamado a desarrollarse en y con su mundo, pero recordando siempre su relación con Él, que no es limitante sino, antes bien, capacitante y posibilitante.
La paradoja, pero no contradicción, la percibimos en dos enseñanzas de Jesús que nos trae el evangelista Mateo en el así llamado Sermón de la Montaña. La primera pone de relieve la parte de Dios y la necesidad de la súplica: Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca halla; y al que llama se le abrirá (Mt 7, 7-8). La segunda subraya la obligante tarea humana: No todo el que me diga: “Señor, Señor” entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial (Mt 7, 21). 
El salmo 127 constituye una bella y poética síntesis de esa peculiar sinergia humano-divina: “Si el Señor no construye la casa, en vano se afán los constructores; si el Señor no guarda a ciudad, en vano vigila la guardia”.
Hoy cuando la nación se encuentra en gravísima crisis, los creyentes hemos de orar al todopoderoso y misericordioso Dios, que bendiga y haga fructuoso nuestro trabajo por lograr el urgente cambio que el país requiere, hacia la edificación de nuestra patria como “casa común” de todos los venezolanos sin excepción. Un hogar multicolor y polifónico en que “no a pesar de” sino “precisamente por”  nuestras diferencias, labremos un progreso compartido, consistente, duradero.

Oración y acción componen un binomio inseparable para quienes creemos  en un Dios generador de protagonistas, de  seres humanos corresponsables constructores de nuestra propia historia. 

jueves, 13 de octubre de 2016

BRÚJULA DE LA IGLESIA VENEZOLANA



¿Hacia dónde ha de encaminar la Iglesia en Venezuela sus pasos en los inicios de un nuevo siglo-milenio? Responder a este interrogante fue lo que se preguntaron los obispos venezolanos a finales de la década de los noventa. Estaba a las puertas el V Centenario de haberse comenzado a sembrar el Evangelio en esta “tierra de gracia” (1498) y  también venía encima el año 2000.
El marco de tiempo o situación, tanto de mundo como de Iglesia, en el cual se planteó aquella pregunta era de peculiar significación y trascendencia. Bastaría decir que a nivel global se ha tenido que inventar un término, “cambio epocal”, para calificar la dimensión de las transformaciones histórico-culturales en curso. El país se encontraba en seria crisis, que desembocaría en un  remedio “revolucionario” peor que la enfermedad. La Iglesia a nivel latinoamericano se autointerpretaba en “nueva evangelización”, siguiendo el llamado de Juan Pablo II a propósito de los Quinientos Años (1492-1998). Para la Iglesia universal, en renovación, el momento era muy  estimulante con la proximidad del Bimilenario de la Encarnación.
Los obispos consideraron que el mejor modo de celebrar el  V Centenario en tal contexto era congregar una gran asamblea eclesial con fuerte participación de los distintos sectores del Pueblo de Dios (laicado, jerarquía, vida  consagrada) ¿Objetivo? configurar una respuesta  efectiva  a los desafíos, que desde dentro de la Iglesia y desde su entorno nacional se planteaban a su misión, evangelizar. Esta fue la génesis del Concilio Plenario de Venezuela (CPV), el primero en la historia nacional.
Este Concilio sesionó del 2000 al 2006, cuando el siete de octubre  tuvo su clausura  solemne. Estas líneas las escribo precisamente en el décimo aniversario. Hubo cinco sesiones de trabajo, de una semana cada una, con la participación de todos los miembros conciliares.
El CPV produjo diez y seis documentos relativos a los principales aspectos y dimensiones de la misión de la Iglesia, formando un corpus,  articulado en torno a la categoría de comunión, a la cual se le dio como acompañante la noción de participación. Dichos documentos tratan entonces desde lo referente al primer anuncio del mensaje cristiano (kerygma) y al culto litúrgico, hasta la contribución de la Iglesia a la construcción de una nueva sociedad y el diálogo ecuménico e interreligioso. La Iglesia es signo e instrumento de la comunión de los seres humanos con Dios   y  entre sí; en este sentido debe vérselas con la necesaria incidencia del Evangelio en lo económico, lo político y lo ético-cultural. Sobre esto último merecen subrayarse los documentos relativos a La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad (No. 3) y Evangelización de la cultura en Venezuela (No. 13).
La situación nacional-marco del CPV, signada por la progresiva imposición del modelo “socialista”, fue bastante revuelta. Hubo momentos en los que se preguntó si no era mejor hacer una pausa y esperar tiempos más serenos para continuar las sesiones; predominó, sin embargo, la memoria de que históricamente los concilios  se habían dado para hacer frente a  serias  confrontaciones internas y externas. La metodología conciliar,  Ver-Juzgar-Actuar, permitió un seguimiento atento  de la realidad.
El CPV surgió como búsqueda de respuesta a desafíos.   Pues bien, ahora él mismo se convierte en reto para la Iglesia que lo celebró y debe llevarlo a la práctica, con las debidas actualizaciones y adaptaciones. Un Concilio no se realiza para un tiempo corto, sino mirando lejos.

El corpus documental conciliar no constituye un proyecto, en el sentido estricto del término, pero  ofrece, sí, el material y el espíritu para los proyectos de la Iglesia en los próximos años y décadas. Para la evangelización en Venezuela el CPV es, pues, una brújula.   

lunes, 26 de septiembre de 2016

ARMONÍA DEL MENSAJE CRISTIANO



Cuando un cristiano quiere manifestar el contenido fundamental de su fe, recita el Credo, síntesis que proviene de los orígenes de la Iglesia y consiste en un listado de proposiciones, que identifican al creyente  al tiempo que constituyen la razón de ser de su vida.
Y cuando quiere conocer o exponer las normas y orientaciones de su acción como cristiano, apela a un conjunto moral, que tiene como columnas primarias los Diez Mandamientos y las exigencias que Jesús plantea en el Sermón de la Montaña.
El corpus doctrinal y práctico de cristiano se ha venido desarrollando a través de los siglos mediante un trabajo reflexivo teológico en el marco de la experiencia de vida eclesial y cristiana en general; labor realizada en campo católico bajo la guía de un magisterio, que se entiende dotado de autoridad. Un compendio de todo ello ofrecen  los catecismos y textos similares. La profundización y explicación del mensaje ha entrado también con rigor metodológico al ámbito  académico.
El mensaje cristiano no se queda, sin embargo, en un agregado de proposiciones doctrinales o de proposiciones prácticas, como de elementos yuxtapuestos  o simple agregado de cuestiones o temas. Constituye, en efecto, un conjunto armónico que se organiza en torno a un eje, que le confiere unidad y permite ver la interrelación de las partes; esto es posible en cuanto se da una noción o categoría que sirve de núcleo articulador o eje armonizador de los distintos elementos y es la de comunión (corresponde al término griego koinonía). Comunión dice compartir, encuentro y  tiene como sinónimos unidad, unión, pero entendidos en perspectiva de interrelación personal. Es conveniente subrayar que comunión en el orden práctico es lo mismo que  amor (explicitado por Jesús como el mandamiento máximo y referencia última del actuar cristiano). El amor teje la comunión, es comunión.
Esta función de núcleo articulador del conjunto doctrinal y práctico del mensaje cristiano se percibe fácilmente cuando se formula dicha categoría comunión como respuesta a las distintas preguntas que se pueden plantear, por ejemplo, sobre qué es Dios, el Reino o Reinado de Dios como divino plan creador y salvador, el mismo Cristo y el sentido de su obra, el ser y la misión de la Iglesia, el norte de la conducta  cristiana y la plenitud terminal de la historia.
El Dios uno y único según la relevación cristiana no es un sujeto solitario sino comunión de vida, relación trinitaria de Padre, Hijo y Espíritu. No es soledad, sino compartir; por eso el evangelista Juan dice que “Dios es amor” (1Jn 4, 8). A partir de esta condición misma de Dios se explican la estructura antropológica del ser humano, creado  como ser-para-la-comunión, así como, entre otros, la dinámica comunional, amorizante, del plan divino creador y salvador y con ello la misión de Cristo y de su Iglesia.
¿Cuál es-ha de ser entonces la tarea de la Iglesia y, correspondientemente, de los cristianos en el mundo, según el designio de Dios? No otra que ser y hacer comunión (unión, compartir, unidad) con Dios y con el prójimo. Esto lo afirmó justamente el Concilio Vaticano II en el primer número de su documento principal, la Constitución Lumen Gentium. Es así como la Iglesia tiene que estructurarse y actuar entonces como comunidad (grande o pequeña) y trabajar por la comunión (unidad, solidaridad, fraternidad, paz) en el  entorno mundano. Cuando el Papa Francisco subraya la dimensión social del Evangelio no hace otra cosa que recalcar las consecuencias “comunionales” que la fe tiene en el plano de la convivencia social (económica, política y cultural). Lo cristiano no se encierra en intimidades ni se recluye en sacristías.

El mensaje cristiano es, pues, no un agregado de doctrinas y mandatos sino un conjunto armónico doctrinal y práctico que se teje en torno a la noción o categoría de comunión. Y la razón última de todo esto es que Dios no es soledad sino comunión. Y nos tiene en la historia para generar una convivencia del compartir.