jueves, 4 de agosto de 2016

COMUNIDAD, NO COLECTIVO



Principio fundamental para la construcción de una nueva sociedad, como sinónimo de una convivencia, que corresponda a la dignidad y derechos fundamentales del hombre, es la centralidad de la persona humana. Ésta es, en efecto, “el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales”, como lo afirmara claramente el Concilio Vaticano II en su documento sobre la Iglesia y el mundo actual (GS 25).
Ello significa que el ser humano vale por sí mismo, no simplemente por una categoría agregada, adjetiva, como puede ser su pertenencia a una raza, nación, nivel social, cultura, ideología, movimiento político, religión, u otras. De allí que un genuino humanismo rechaza toda marginación o discriminación basada en esos factores como también en el sexo o las características psicofísicas de las personas. Lo mismo ha de aplicarse a la valoración del ser humano en las etapas previa a su nacimiento y  crepuscular de su vida.
Esto excluye la interpretación y el aprecio del ser humano, dependiendo sólo de su utilidad en un proceso o para el logro de determinados propósitos ajenos o sociales, a modo de simple herramienta, instrumento o medio. Y aunque sea conveniente o necesario    inventariarlo en estadísticas y analizarlo en porcentuales, resulta imperativo no ignorar los  rostros que se ocultan detrás de las  cifras.
La Revelación cristiana ahonda y enriquece esta interpretación antropológica humanista al identificar al ser humano como creado por Dios a su imagen y semejanza –Génesis 1, 26- con una vocación y una misión que se sitúan en el tiempo y el espacio, pero que trascienden estas coordenadas en virtud de la constitución ética y espiritual del hombre.
Afirmar la centralidad de la persona no significa en modo alguno encerrarla en sí misma, encapsularla en una realización individualista e intereses reducidos al ego. Porque la persona es en sí misma relación, “ser para el otro”, creada por Dios para la comunicación y la comunión. No emerge en el mundo ni alcanza su plenitud, sino en conjunción, proximidad (prójimo), compartir con los “otros”, con quienes construye un mundo como casa común. Por se  ha definido al hombre desde antiguo como  “animal político”. Es también la razón de que el “bien común” es el eje rector y ordenador de los bienes parciales y la meta de la actividad (social, económica, política y ético-cultural) de la comunidad nacional.
Un auténtico humanismo, en el que se alinea la Doctrina Social de la Iglesia, propugna, por tanto, un desarrollo integrador e integral, en el que la búsqueda de  lo común no disuelve lo subjetivo y lo social se interpreta como tejido interpersonal. Por ello excluye tanto un colectivismo masificador (monolito social), como un atomismo plurindividual (archipiélago de subjetividades).  La categoría rectora entonces en la construcción de una “nueva sociedad” es la de comunión, la cual tiene como acompañante, a modo de distintivo, consecuencia, preparación y exigencia, la solidaridad.
La ideología socialista marxista conduce a un tipo de sociedad como multitud sin rostros, en la cual la categoría dominante es lo “colectivo”; en el lado opuesto, una ideología polarizada en el sujeto individual, lleva a una forma de sociedad predominantemente competitiva, segregadora  de exclusiones y descartes de grupos humanos y de pueblos enteros.
Cuando desde la Doctrina Social de la Iglesia se habla de construir una “nueva sociedad”, se está invitando a la búsqueda de modelos –siempre perfectibles-de organización  de la convivencia, como comunidad de personas, que concreten de modo efectivo valores fundamentales como libertad responsable, justicia y solidaridad,  fraternidad y la paz. Una convivencia que conjugue de modo perceptible centralidad de la persona y  bien común  en un escenario desarrollo integral.

Comunidad es encuentro de personas. “Colectivo”, un agregado humano.

miércoles, 20 de julio de 2016

IGLESIA ANTE LA CRISIS


La Conferencia Episcopal ha hecho un pronunciamiento al término al término de su asamblea plenaria de julio. El documento resultante tiene un  título bíblico: El Señor ama al que busca a justicia.

Pudiéramos subrayar en  esta toma de posición tres elementos:  identificación de la causa de la crisis nacional; cuatro exigencias como aportes hacia la solución; oración de compromiso y esperanza.


En primer lugar resulta muy significativa y útil la identificación que hacen los obispos  con respecto a la causa de la grave crisis del país, lo cual formulan en términos breves y claros: “La raíz de los problemas está en la implantación de un proyecto político totalitario, empobrecedor, rentista y centralizador que el Gobierno se empeña en mantener”.  Señalan así  el origen del desastre global que está acabando con Venezuela.  De nada valen  paliativos,  paños calientes, programas altisonantes y decisiones  epidérmicas si no se va a al fondo, a la fuente de los males. La causa de estos reside en el SSXXI, en el Plan de la Patria, en el querer imponer a los venezolanos un socialismo marxista leninista históricamente fracasado en todas partes y abiertamente contrario tanto a un humanismo fundamental como  a la Constitución de la República. Resulta entonces obligante un substancial cambio de rumbo, que va más allá de un simple cambio de gobierno.
En segundo lugar el Episcopado hace cuatro exigencias con carácter de urgencia: Referendo Revocatorio para este año; permiso para entrada de medicamentos; apertura de la frontera colombo-venezolana y liberación de presos políticos.               
Al exigir el Referendo Revocatorio para este año no se está haciendo otra cosa que realizar algo previsto en la Constitución y que en alguna forma ya está andando. En una crisis tan grave como la que experimenta el país, nada más oportuno y  necesario que preguntarle al pueblo, al soberano, qué futuro-destino quiere. Qué le duele y aspira. Al Consejo Nacional Electoral no le queda  otra cosa que ponerse a la orden de quien es la fuente primera del poder político.
Cuando  se plantea al Ejecutivo la urgencia de otorgar el permiso de entrada a medicamentos (y otras ayudas básicas) estamos frente a una exigencia humanitaria  fundamental, ante la cual no se pueden oponer razones de prestigio o de soberanía retórica. Está de por medio la gente de carne y hueso, que se está muriendo y clama por auxilio oportuno. Hay aportes en el exterior listos para ser embarcados y una red nacional de entidades de solidaridad (Caritas y otras) preparadas  para una adecuada distribución.  
La apertura de la frontera  se plantea como requerimiento que asume y supera lo meramente socioeconómico; la frontera ha de interpretarse en perspectiva político-cultural, sobre todo tratándose de países hermanos y en el marco de una  creciente globalización. Suena ridículo en una “aldea global” estar levantando empalizadas para aislar a vecinos, máxime cuando se   los califica también de hermanos  “bolivarianos”.
La última exigencia se refiere al creciente “número de ciudadanos venezolanos recluidos en las cárceles y en distintos lugares de jurisdicción policial, injustamente privados de libertad, muchos de ellos por razones políticas”. En Venezuela hemos inaugurado un siglo y un milenio con medidas y métodos políticos represivos (criminalizaciones, crueldades, torturas…) que se creían hechos para tiempos pasados  de intolerancia y fanatismo .

Los Obispos venezolanos  terminan su documento haciendo una firme  profesión de fe y esperanza en Jesucristo, Señor de la historia En esta perspectiva se comprometen en la construcción de la unión y de la paz; ofrecen sus “buenos oficios para facilitar el encuentro entre los contrarios y el entendimiento en la búsqueda de soluciones efectivas”; invitan a sus hermanos en la fe, a todos los creyentes, a las mujeres y hombres de buena voluntad, a la oración y al ayuno, como herramientas de reconciliación con Dios y con el prójimo.  

domingo, 10 de julio de 2016

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (DSI) EN PERSPECTIVA VENEZOLANA




Identificación de la DSI.

       Como identificación inicial de la DSI podría usarse esta descripción: conjunto de enseñanzas de la Iglesia sobre los principios, criterios y lineamientos para la acción con respecto de la construcción de una nueva sociedad” (“civilización del amor”), es decir de una polis o convivencia humana que responda, del  modo  más conveniente y siempre perfectible, a la dignidad, derechos y deberes fundamentales de la persona y de la comunidad humanas, de acuerdo a una recta razón enriquecida con en el aporte del mensaje cristiano. Por Doctrina se entiende ese corpus o conjunto orientador de ideas; lo Social define el  campo al que aquella se circunscribe, a saber  se refiere a la vida y organización de la societas del ser humano en su concreto entorno ecológico; de  la Iglesia significa que ese corpus es elaborado y propuesto por la Iglesia católica en documentos  de su dirección jerárquica, con base en la Escritura y la Tradición, pero integrando aportes de muy diversa índole y proveniencia no solo eclesiales, sino también del variado ámbito secular. Es Doctrina de la Iglesia, pero no confesional, en cuanto en sus elementos fundamentales tiene una sustentación racional, abiertamente  dialogal (diálogo fe-razón, LS 63). El surplus específico cristiano significa un enriquecimiento de perspectivas, un ahondamiento valorativo y una ampliación de horizontes.

El contenido de la DSI es muy amplio y en continua progresión. Basta dar una hojeada al índice de un manual cualquiera en la materia. No es un conjunto proposicional estático, sino en desarrollo permanente, pues trata de responder a los requerimientos y desafíos de una realidad histórica siempre cambiante. No es “ideología” (aun en el sentido positivo del término) porque sin quedarse en formulaciones puramente teóricas, va más allá, con todo, de un proyecto societario concreto cerrado y subrayando lo estructural y organizativo. No es pura teoría (busca iluminar la situación, se orienta a la acción), ni simple utopía (trata sobre una sociedad deseable-factible), como tampoco “vía media” entre capitalismo y comunismo, pues invita a la construcción de modelos –no un modelo- siempre perfectibles. Puebla dice que la Iglesia “no se atribuye la competencia para proponer modelos alternativos” (P 1211), aunque si tiene derecho de “dar testimonio de su mensaje y de usar su palabra profética de anuncio y denuncia en sentido evangélico, en la corrección de las imágenes falsas de la sociedad, incompatibles con la visión cristiana”(P 1213).

Para  continuar leyendo sobre el IFEDEC FORO  MAYO 2016,  haz clic en el siguiente enlace:

martes, 5 de julio de 2016

DOCTRINA SOCIAL EN FRANCISCO



El inicio formal de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) se suele fijar con la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII (15.5.1891).
La DSI es un conjunto de principios, criterios y orientaciones para la acción en el campo social, formulado por el magisterio oficial de la Iglesia, con características como las siguientes: a) se declara en continuo aggiornamento,  porque la sociedad está siempre planteando nuevos problemas; b) se formula en la Iglesia pero destinada no sólo al conglomerado eclesial, pues se entiende como útil y conveniente para toda la humanidad; c) se  desarrolla a la luz del mensaje específico cristiano (Evangelio, Revelación), pero no es “confesional”, por cuanto tiene un contenido básico de diversa proveniencia (también de sectores no creyentes), de aceptación no condicionada a la fe cristiana y de elaboración multidisciplinar; d) se concibe abierta a distintos modelos societarios –factibles y perfectibles- y por ello no se reduce a una “ideología” identificada con proyectos históricos (sistemas, movimientos, programas) concretos. Eso hace de la DSI un corpus  armónico, pero al mismo tiempo flexible y dialogable.
La DSI se inscribe, por consiguiente, en una secuencia histórica. Aplicando a los Papas esto quiere decir que cada uno de ellos encuadra su magisterio en una sucesión, actuando en ésta con fidelidad creadora. Y en una “circunstancia” de Iglesia y mundo de dinámica interrelación.
 Lo anterior sirve para entender el aporte del Papa Francisco a la DSI, quien ha enriquecido la presencia de la Iglesia en lo social no sólo con su mensaje sino también con su testimonio de sencillez, cercanía y servicio evangélicos. Dos documentos suyos son particularmente resaltantes en esta materia: la Exhortación Evangelii Gaudium (24.11.13) y la Encíclica Laudato Si´ (24.5.15). En éstos  recoge  puntos fundamentales que forman parte ya de la DSI (centralidad de la persona, solidaridad, participación,  opción por los pobres, derechos humanos, destinación universal de los bienes,), pero “situándolos” en el presente tiempo (cambio de época , era del conocimiento y de la información, salto científico-tecnológico), que junto a sus innegables positividades, exhibe también economía de exclusión e inequidad, cultura del descarte, globalización de la indiferencia y del paradigma tecnocrático (cf. EG 52-54; LS 106-109).
Del aporte  de Francisco quisiera, con todo, destacar dos elementos propios, de los cuales el primero es particularmente clarificador y el segundo ciertamente  novedoso. Los desarrollo a continuación.
El primero se sintetiza en el título mismo del capítulo IV de  Evangelii Gaudium: “La dimensión social de la evangelización”. La preocupación y  actuación de la Iglesia y de los cristianos en lo social no es algo sólo importante e ineludible en la misión de la Iglesia (evangelización), sino que constituye parte esencial de la misma. Esto se patentiza justo desde el inicio  de la evangelización, a saber, desde el primer anuncio de la Buena Nueva, llamado  kerygma, que  expresa lo nuclear, central, del mensaje cristiano. Éste presenta al  Dios uno y único no como un ser solitario sino como Trinidad, tejido de relaciones personales, comunión, amor. Y Dios ha  creado y salvado al ser humano, a imagen y semejanza suya,  para la comunión (encuentro, compartir) con Él y con el prójimo.
 El segundo punto es la  “comunión universal”, que Francisco subraya en la Laudato Si´ y coloca como título de la sección V del capítulo II de esta Encíclica. El Papa amplía la comprensión y extensión del término comunión, que en sentido estricto significa relación interpersonal, para aplicarlo a  la relación Dios Trinidad-seres humanos-naturaleza. Dice: “todos los seres del universo (…) conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión” (LS 89).  Interpreta así lo ecológico en términos de relacionamiento amistoso, amoroso, asumiendo teológico-pastoralmente la espiritualidad del poverello de Asís.
En Doctrina Social de la Iglesia, Francisco continúa e innova.
 



lunes, 27 de junio de 2016

SOCIALISMO DEMASIADO COSTOSO



Sobre el “socialismo”, que el Gobierno trata  de imponer en Venezuela, se debe aclarar que no se trata de un genuino socialismo, sino del llamado “real”, que sigue el modelo soviético  y, más cercano a nosotros, el cubano. Consiste en una organización de la sociedad que, antes que repartir, desconcentrar, “socializar”, el poder, lo centraliza en forma de pirámide (masa-base, partido, comité central),  que culmina en el  Jefe o Líder supremo. En vez de socialismo se da un estatismo radical, que se traduce en capitalismo de Estado. Los organismos teóricamente de base se convierten en correas de transmisión del alto mando.
Aquí se buscó implantar este “socialismo” mediante una Reforma Constitucional en 2007. Como ésta fue negada por el soberano, se la buscó aplicar por caminos verdes, de acuerdo al principio de que la “Revolución” está por encima de todo. A ésta se la tiene como norma-criterio jurídico y ético fundante de toda legalidad y moralidad. Por eso se siguió adelante con el Socialismo Siglo XXI, Plan de la Patria y todos sus derivados.
Los Obispos venezolanos se opusieron a la referida reforma porque establecía “el dominio absoluto del Estado sobre la persona”, contrariaba  “la visión cristiana del hombre” así como “principios fundamentales de la actual Constitución”. A estos argumentos añadieron uno de orden histórico-práctico: “Experiencias de otros países demuestran que en tal sistema, el Estado y su gobierno se convierten en opresores de las personas y de la sociedad, coartan la libertad y la expresión religiosa, y causan un gravísimo deterioro en la economía, produciendo una pobreza generalizada. Ejemplo de ello han sido los países  de Europa Oriental, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y, más cerca de nosotros, la República de Cuba”. Y en lógica bolivariana  la Conferencia Episcopal Venezolana agregó: “Un modelo de Estado socialista, marxista-leninista, estatista, es contrario al pensamiento del Libertador Simón Bolívar”. (Exhortación…,19. 10. 2007).
El Régimen ha venido introduciendo este “socialismo” con retórica bolivariana y apelación indigenista,  pretensiones de liderazgo internacional nutridas con pródigas donaciones, fuerte carga de corrupción y narco-connivencias y hasta ingredientes caribeños de brujería. Lo que  ha venido perdiendo progresivamente de respaldo ciudadanos lo ha tratado de compensar con la intervención abusiva y amedrentadora de cuerpos armados, legales o delincuenciales.
La aplicación del SSXXI le sigue costando muy caro a Venezuela. El precio pagado por el soberano ha sido de sufrimiento en los  distintos ámbitos sociales. Economía por el suelo, reflejada dramáticamente en hambre y muertes por carencia y carestía de alimentos y medicinas; política en ascuas, por criminalización de la disidencia, vía libre a la delincuencia, fractura de la convivencia, instrumentalización ejecutiva desvergonzada de los órganos electorales y judiciales; cultural, con la institucionalización de la mentira, la hegemonía comunicacional y la manipulación “revolucionaria” de la educación. Proyectamos una imagen lastimera de país: rico convertido en mendigo, demócrata venido a menos y gente seria caída  en hazmerreír de no pocos.
¿Visión pesimista? Ser realista no significa hundirse en desesperanza. Personalmente estoy esperanzado, no sólo por razones de fe, sino al comprobar las manifestaciones de los compatriotas, que quieren mayoritariamente un cambio nacional hacia la construcción de algo verdaderamente  nuevo y beneficioso para todos. El 6D fue una muestra de ello;  y ahora es la voluntad de llegar al Revocatorio, no obstante los obstáculos que está poniendo el organismo electoral del Régimen.

El precio pagado por el “socialismo” que se ha tratado de imponer ha sido muy alto. Pero la mayoría de los venezolanos, cristianos y no cristianos,  no queremos pagar más ese proyecto inmoral e inconstitucional. Lo vamos a devolver. ¡Ya!

Carta de Mons. Romero (Beato)

A continuación encontrarás un valioso documento, escrito por el Beato Mons. Romero hacia Mons. Ovidio Perez Morales, cmo signo de unidad espiritual.

https://drive.google.com/file/d/0BxOAgXdJltC2dG9FZ3J0SG1sUWM/view?usp=sharing

jueves, 9 de junio de 2016

¿DIÁLOGO GOBIERNO-OPOSICIÓN?



El término diálogo se encuentra muy devaluado en nuestro ámbito político, al igual que el adjetivo bolivariano (¿Hablar de prostituido sería muy fuerte?).  Bastantes cosas más, desgraciadamente siguen un camino semejante de depreciación, comenzando por la moneda nacional.
Por eso es preferible buscar un sucedáneo para el vocablo diálogo. Por ejemplo, conversación, intercambio, negociación.
Diálogo , del griego, dia-logos, significa un hablar compartido, bien diferente, por tanto, de lo que  a no pocos les gusta mantener, un mónos-logos, es decir una perorata en solitario, que equivale a un discurso en cadena
Del diálogo es bueno destacar ante todo su positividad. El ser humano ha sido creado y es estructuralmente ser-para-la comunicación,  ser-para-el-diálogo. En el primer libro de la Biblia Adán aparece ya como protagonista de un diálogo que Dios inaugura. Y si la humanidad ha sobrevivido es porque nuestros antepasados no dejaron nunca de dialogar.
El ser humano, sin embargo, no se ha conducido con pura razón y bondad. En el caso de  Caín y Abel, en vez de haber entrado en  diálogo, el primero se encerró en sí mismo y terminó por explotar en violencia. Los cristianos   llamamos pecado a  la ruptura de una genuina comunicación con el otro y el Otro. El egoísmo y la mentira cortan  puentes, para aislar en pensamientos y proyectos malos, perversos.
Pero el diálogo es muy exigente, fundamentalmente por las condiciones que plantea a los inter-locutores. Por cierto que el Papa Papa Pablo VI, continuador de  Juan XXIII  en la realización del renovador Concilio Vaticano II, dejó oportunas indicaciones al respecto en la encíclica Ecclesiam Suam (6.8.1962),  con la cual promovió el diálogo al interior de la Iglesia y desde ésta con toda la humanidad.
De los participantes en el diálogo se espera, entre necesarias disposiciones:  respeto y aceptación del otro, ponerse en su lugar (en su pellejo) para comprender sus planteamientos y valorarlos debidamente; confianza en la palabra que se da y se recibe; verdad, que implica sinceridad y excluye la mentiras y dobleces; una buena dosis de mansedumbre, evitando lo que pueda ofender, herir, violentar y propiciando un ambiente pacífico; paciencia y constancia para perseverar en el compartir y asegurar resultados; claridad de ideas con propiedad del lenguaje y prudencia para ordenar bien los pasos y escoger el momento oportuno.
Se debe estar consciente de que al frente se tienen personas y no simplemente ideologías o partidos, procurando el encuentro y superando la confrontación. De allí que no se puede entrar a un diálogo sin dar pruebas fehacientes de buena voluntad, sin la cual no se puede pensar en la factibilidad de lograr bienes concretos.
Por eso el diálogo es una actividad conjunta de altura ética y espiritual, cualquiera sea la medida de los resultados definitivos. Postula, consiguientemente, liberación de etiquetas, pacificación previa de los participantes, atmósfera sana y amistosa,  disposición a aprender-cambiar  y no puramente  a enseñar-imponer.
Los quienes que comparten han de estar en una situación de equilibrio e igualdad. Caricaturizando escenarios podría decirse que un león furioso suelto y un conejo amarrado no son sujetos adecuados para un diálogo de paz, pues lo menos que se puede pedir en este caso es que el león suelte al conejo. Un diálogo de Hitler con los judíos hubiese requerido echar abajo previamente las Leyes de Nuremberg.

Todo lo anterior me hace pensar que en Venezuela no se puede hablar de un diálogo político entre Gobierno y Oposición mientras aquél persista en su proyecto SSXXI totalitario. Esto no excluye en modo alguno conversaciones y negociaciones  del oficialismo y la disidencia con vistas a un cambio que comience a sacar a Venezuela del marasmo en que se encuentra. Más aún, el parlamentar obliga en esta circunstancia trágica.