domingo, 5 de abril de 2015

CLAVE OPERATIVA CRISTIANA



           Testamento pascual de Jesús de Nazaret; así  se puede denominar el Sermón de la Última Cena dirigido por el Maestro a sus discípulos antes de padecer su muerte en cruz, la cual se transformó en resurrección gloriosa. De allí el término de muerte pascual, que indica una derrota transformada en triunfo.
          Ese Testamento lo encontramos en el evangelio de Juan, capítulos del 13 al 17.  El Señor da allí sus últimas instrucciones y declara su mandato máximo y definitivo. Éste sintetiza la ética y la espiritualidad de quieran seguirlo. Es lo que se llama el “mandamiento nuevo”.
            Una vez un fariseo interrogó a Jesús, con ánimo de ponerlo a prueba, acerca de cuál era el mandamiento mayor de la Ley. Tal pregunta  no era ociosa, dada la cantidad –centenares- de preceptos que al judío observante se le ponían  por delante a la hora de mostrar su fidelidad a Dios. La cuestión tocaba lo esencial, el corazón de la moral a practicar. Según Mateo, que relata esta conversación, Jesús respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37-39).
            Estos dos mandatos no aparecen simplemente yuxtapuestos, sino en íntima conexión. Más aún, el Sermón de la Cena  prácticamente los reduce a uno, que Jesús remacha: el amor al prójimo. Como si el amor a Dios tuviese su concreción en el que se tenga al prójimo. Como lo enfatiza la Primera Carta de Juan: “quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4, 20) ¡El prójimo “presencializa” a Dios!
 “Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15, 12). Aquí hay una tonalidad, que es preciso subrayar, la del amor recíproco. Los actos de culto y las expresiones religiosas  del cristiano deben de interpretarse y vivirse a la luz de esta enseñanza. Tienen, en efecto, una direccionalidad hacia el prójimo referente a respeto, servicio, comprensión, solidaridad, convivencia, unión, comunión. A este propósito recordemos lo que la Carta de Santiago entiende por “religión pura e intachable” (St 1, 27). El encuentro con el “Otro”  exige y alimenta, el encuentro con el “otro”, especialmente si débil y necesitado.
        Cuando se habla, entonces, de “voluntad de Dios”, de mandamiento y mandamientos (pensemos en el Decálogo), es preciso interpretarlos en sentido no sólo negativo (no matar, no robar, no mentir…) sino, también y principalmente positivo, proactivo. Podemos decir, por consiguiente, que “no   matar” debe traducirse por  cultivar una cultura de la vida, defender y promover los derechos humanos y  todo aquello que sirva al desarrollo integral de la persona y de la comunidad; “no robar” debe entenderse como compromiso por la justicia y la solidaridad en los más diversos órdenes del relacionamiento interpersonal y social; y “no mentir” debe llevar a una práctica de la verdad, de la veracidad en actitudes y comportamientos en lo privado y en lo público.
           El amor a que se refiere Jesús no  se queda en  anhelo romántico sin  consecuencias sociales; en “bonachonería” que se complace con todo y se acomoda a todo.  Constituye un dinamismo exigente de cambio en positivo. Con expresiones también de crítica, denuncia, resistencia ante lo que se considera indebido, malo, perverso, pero que no se actúan en  perspectiva del odio y  retaliación, sino en la de reconocimiento de las personas y buscando su conversión hacia el bien. De amor tenemos un modelo humano-divino en Cristo; y ejemplos de nuestra misma condición, en gente como Gandhi, ML King, Mandela, Madre Teresa y Romero.

Me complace concluir estas líneas con algo que escribió Einstein a su hija Lieser: “Hay una fuerza extremadamente poderosa (…) que incluye y gobierna a todas las otras, y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo (...) Esta fuerza universal es el AMOR”.

domingo, 1 de marzo de 2015

CARTA DE CHÁVEZ



     Desde la cárcel de Yare el 31 de julio de 1993 y firmada también por otros compañeros de asonada, el Comandante Hugo Chávez me dirigió una carta en mi condición de Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana. Se la puede encontrar en mi blog perezdoc1810.blogspot.com.

    Si la publico hoy es por la actualidad que reviste su agradecimiento por mi –personal y del Episcopado- “solidaridad y preocupación” por nuestro planteamiento de medidas favorables a “los profesionales militares y civiles involucrados en el pronunciamiento militar del 4 de febrero y 27 de noviembre” de 1992. Se trataba de una Ley de Amnistía o un sobreseimiento.
La Conferencia había encargado, por cierto,  a varios de sus miembros de seguir de cerca el resguardo de la vida y derechos humanos en general de los detenidos. Eso y otras iniciativas  tenía presente la misiva.
El párrafo siguiente de la carta, que copio fielmente, se muestra muy oportuno en la circunstancia actual de la nación:
Con la libertad de quienes nos encontramos en cada una de las “Cárceles de la dignidad”,  como se ha hecho conocer ante el pueblo venezolano;  es una fórmula  para buscar la reconciliación, tranquilidad y paz social, y así poder frenar la grave crisis política que hoy atraviesa el país, con el deseo de encaminar hacia la confianza colectiva y la normalidad de Venezuela.
La carta termina manifestando el sentimiento y la seguridad de “que la acción emprendida por usted y la de otros sectores de la vida nacional, ejercerá la presión necesaria para que mediante los mecanismos legales establecidos, se apruebe la Ley de Amnistía o sobreseimiento que es una aspiración general de todos los venezolanos, en este tiempo de crisis que vive la Nación”.
En la actualidad hay presos políticos en las cárceles. Ellos han parado allí por motivos no de golpes cruentos y ni siquiera de incruentos, sino por simples razones de disidencia ciudadana. En todo caso, no es el momento de calificar razones o sinrazones. Lo indiscutible es que la existencia hoy de presos políticos agudiza la presente crisis del país y que su liberación contribuiría sin duda alguna a “buscar la reconciliación, tranquilidad y paz social” y otros bienes a los cuales el Comandante Chávez se refiere en su carta.
Es mi deseo de que la publicación de estas líneas contribuya a una cosa que quiere hoy la extragrande mayoría de los venezolanos: que se tiendan puentes y amplíen caminos hacia el encuentro o reencuentro de los compatriotas. Somos habitantes de un mismo suelo, que lo hemos recibido de Dios como terreno para la fraternidad, con nuestras diferencias, y no para que lo convirtamos en campo de batalla fratricida,  de canibalismo autodestructor.

Si la humanidad no ha desaparecido en su peregrinar histórico es porque ha sabido, o no tenido más remedio, que pasar páginas de divisiones y enfrentamientos.  

viernes, 20 de febrero de 2015

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA. CURSO INTRODUCTORIO.

 La DSI es el conjunto de enseñanzas de la Iglesia sobre cómo construir la sociedad del modo más conveniente a la dignidad y a los derechos fundamentales de la persona humana. Y ahondando en perspectiva cristiana, cómo edificar la convivencia social para que refleje cada vez mejor las exigencias del Evangelio, del “mandamiento máximo” del amor.  Esta Doctrina es, por tanto,  un “saber práctico”, que  debe estar atento a la circunstancia histórica, a la lectura de los “signos de los tiempos”, a la interpelación de Dios que le viene desde la realidad (de allí su familiaridad con el método Ver-Juzgar-Actuar). 




Para más información al respecto, haz clic en el enlace.

https://drive.google.com/file/d/0BxOAgXdJltC2aWFuYjlTR1pBalE/view?usp=sharing

SÍMBOLO MÁXIMO DE NUESTRA FE: TRINITARIA-CRISTOLÓGICA




Fe  expuesta ya por S. Pedro en su primer discurso en Pentecostés (Hch 2, 22-36). Este símbolo manifiesta, por tanto, el contenido fundamental del KERIGMA o anuncio primero y nuclear .

   La Primera Carta de Juan nos dice que Dios es  Amor, Trinidad, Comunión, Compartir  interpersonal, Familia, Encuentro) y que ha manifestado su amor hacia nosotros enviándonos  a su Hijo (1Jn 4, 8-9). Cristo nos revela y comunica, por tanto,  a Dios-Comunión. El misterio-realidad  de Cristo (Jesús de Nazaret-Hijo de Dios) se encuadra, enraíza y explica  en el de la Trinidad.

Dios,  Unitrino, es raíz y fuente, sentido y  finalidad de toda genuina comunión. Cristo es el gran signo e instrumento (es decir, sacramento) del designio amoroso, unificante de la Trinidad sobre toda la humanidad (mundo, historia), del cual la Iglesia es también, en cuanto asumida por Cristo como cuerpo místico suyo, sacramento  de comunión (ver Lumen Gentium 1).

    La tarea de la Iglesia, la evangelización, es, por consiguiente,  proclamar, celebrar y actuar en el mundo este plan salvador, unificante, de la Trinidad. El Reino  de Dios -tema central de la predicación de Jesús- es, precisamente, ese  designio  comunional  divino, que está ya en marcha en el mundo y tendrá su completo cumplimiento en la plenitud celestial del Reino, cuando el Señor regrese glorioso.

    Todo cristiano, ciudadano del Pueblo de Dios, es-ha de ser corresponsable de la evangelización, tanto al interior de la comunidad eclesial, construyéndola como casa y escuela de comunión, como al “exterior” de la misma, en el  mundo, edificando una nueva sociedad (en verdad y libertad, justicia y solidaridad, fraternidad y paz) desde la propia familia, y difundiendo dondequiera la Buena Nueva de comunión a través de testimonio, palabra y obra.

*Este símbolo de triángulo-cruz puede enriquecer, sin pretensiones de substituirlo, el tradicional signo sencillo de la cruz. Podemos hacerlo fácilmente con la  mano derecha en cinco movimientos articulados: 1) de la frente al hombro izquierdo (diciendo Padre); 2) del hombro izquierdo al derecho  (d.Hijo) y 3) del hombro derecho a la frente (d. Espíritu Santo); 4)  línea vertical descendente dentro del triángulo (diciendo Jesús) y  5) una horizontal  cruzando la anterior (d. Cristo). Muy fácil, por tanto, de hacer. *El triángulo enmarcando la cruz (en templos…) facilita la percepción creyente y la comunicación del misterio trinitario-cristológico. 

jueves, 12 de febrero de 2015

Decálogo de Renovación

El número inicial del primero de los diez y seis documentos del Concilio Plenario (CPV), titulado La proclamación profética del Evangelio de Jesucristo en Venezuela, luego de referirse a los quinientos años de la evangelización en nuestro país, señala que la Iglesia desde 1498 “no ha cejado en su empeño de cumplir la misión fundamental que Jesús confió a sus discípulos: anunciar el Evangelio a toda criatura”.

Para más información al respecto, hacer clic en el enlace.



https://drive.google.com/file/d/0BxOAgXdJltC2c2VtMWZ1Um9kcmM/view?usp=sharing

domingo, 8 de febrero de 2015

OBISPOS Y CAUSA DE LA CRISIS



En documento del 12 de Enero 2015 la Conferencia Episcopal Venezolana expresó a propósito de la grave situación del país: “El mayor problema y la causa de esta crisis  general, como hemos señalado en otras ocasiones, es la decisión del Gobierno Nacional y de los otros órganos del Poder Público de imponer un sistema político-económico de corte socialista marxista o comunista” (Exhortación Pastoral Renovación ética y espiritual frente a la crisis, 6)
Y añadió allí mismo lo siguiente: “Este sistema es totalitario y centralista, establece el control del Estado sobre todos los aspectos de la vida de los ciudadanos y de las instituciones públicas y privadas. Además, atenta contra la libertad y los derechos de las personas y asociaciones y ha conducido a la opresión y a la ruina a todos los países donde se ha aplicado”. El documento señala de inmediato (No. 7) algunos hechos que evidencian la decisión oficial de imponer un tal sistema
De este juicio, bien serio, quisiera subrayar algunos puntos:
1.      Entre los muchos  problemas y las múltiples causas de la crisis los obispos identifican el “mayor problema” y “la causa” (principal).
2.      Califican el sistema político-económico, que se trata de imponer, como “totalitario y centralista” (no ya sólo como  semidemocrático, autocrático, tiránico, dictatorial).
3.      Es un sistema cuya aplicación ha producido opresión y ruina donde se ha aplicado.
4.      Este juicio  no es novedoso pues los Obispos  lo han emitido anteriormente.

 En el presente artículo me limitaré a mostrar la validez de esta última afirmación, citando documentos de los últimos años, en que el Episcopado se ha referido al Socialismo del Siglo XXI y ulteriormente al Plan de la Patria-.
- Pensamientos de paz y no de aflicción (12 Julio 2006).
- Tiempo de diálogo para construir juntos (13 Enero 2007).
- Sobre la propuesta de reforma constitucional (19 Octubre 2007)
- Democracia y participación: compromiso de todos (12 Julio 2010).
- Anhelos de unión, justicia, libertad y paz para Venezuela (11 Enero 2011).
- Compartimos el consuelo que recibimos de Dios (11 Julio 2014).

De estos documentos llamo la atención ahora sobre el publicado con ocasión de  la propuesta de reforma constitucional en 2007, la cual, por cierto, a pesar de haber sido rechazada por la ciudadanía, se la sigue aplicando. En esa oportunidad el Episcopado precisó: “la proposición de un Estado socialista es contraria a principios fundamentales de la actual Constitución y a una recta concepción del Estado” y “moralmente inaceptable a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia”.

En 2014 el Episcopado ratificó su posición a propósito de la aprobación del así llamado Plan de la Patria.
 
La voluntad de imponer el “socialismo” de corte marxista, comunista, totalitario, no es, pues, un problema y una causa de la grave crisis nacional. Es mucho más: el Problema y  la Causa, así, con mayúscula.


martes, 3 de febrero de 2015

Carta abierta al Presidente de la República Hugo Chávez, 24 Abril 2010


¡PRESIDENTE, VUELVA AL CABILDO!

La interpelación a Emparan
El 19 de abril de 1810, cuyo bicentenario acabamos de conmemorar, Francisco Salias, interpretando la voluntad popular, conminó al Capitán General Vicente Emparan a volver al Cabildo, máximo cuerpo representativo de la ciudadanía en ese momento. El Ayuntamiento había sido convocado para resolver la confusa situación nacional, a raíz de la crisis de poder originada en España por la intervención napoleónica. Emparan había sido invitado a la reunión capitular y conocía la finalidad de la misma; pero quiso evadir una decisión y por ello se dirigió a la Catedral para asistir a la celebración litúrgica del Jueves Santo.
El Ayuntamiento, además de sus miembros, congregaba en esos momentos a diputados, delegados, de diversos sectores de la ciudadanía, acompañados por una creciente aglomeración popular. Se tenía así una asamblea, la cual, en esa circunstancia, debía abordar  la suerte política de Caracas y Venezuela, y, como se percibía en el ambiente, decidir sobre su identidad y futuro como pueblo soberano.
El volver al Cabildo, por parte del Capitán General, significaba enfrentar con realismo la desafiante situación, y responder, con receptividad y lucidez, a las profundas e ineludibles aspiraciones de libertad y autonomía de la Provincia de Caracas y de gran parte de la Nación. El margen de maniobra de Emparan era estrecho, pero su mejor opción no consistía en eludir responsabilidades, sino en enfrentar la crisis y  favorecer una salida, la menos traumática posible para todos.
El Cabildo estaba consciente de que la agenda de ese día no la ocupaban intereses simplemente de un estrato determinado de la población o problemas sólo sectoriales por grande que fuesen. Lo que estaba sobre el tapete era cómo recoger, dándoles forma institucional, los anhelos y propósitos autonómicos de un vasto conjunto humano, que el Acta de la Independencia denominaría, al año siguiente, como “la Confederación americana de Venezuela en el continente meridional”. El cuerpo capitular reflejaba y representaba, con acierto y limitaciones, un sentimiento unitario nacional. Se estaba en una etapa germinal y este sentimiento debía traducirse ulteriormente en estructuras socio-económicas, políticas y culturales coherentes con una verdadera unidad. En ese momento, en efecto, persistían discriminaciones y exclusiones, no sólo de hecho, sino también de derecho (afirmación que, a doscientos años de distancia podemos repetir con humildad y reconociendo pecados actuales).
A propósito de estos hechos es oportuno traer aquí a colación lo expresado por la Conferencia Episcopal Venezolana en su reciente carta pastoral sobre el Bicentenario: “…entre el 19 de Abril de 1810 y el 5 de Julio de 1811, los fundadores de la Patria tomaron la difícil decisión de formar la República de Venezuela y proclamaron un hermoso sueño nacional, conscientes de la grandeza del mismo, del sacrificio que implicaba, así como de las limitaciones para llevarlo a cabo”. (No.4).
“Tanto el 19 de Abril como el 5 de Julio—señala este documento—fueron dos acontecimientos  en los que brilló la civilidad. La autoridad de la inteligencia, el diálogo, la firmeza y el coraje no tuvieron que recurrir al poder de las armas o a la fuerza y a la violencia. La sensatez en el intercambio de ideas y propuestas respetó a los disidentes y propició el anhelo común de libertad, igualdad y fraternidad”. (No.5). Más allá de la ambivalencia de aquellos acontecimientos, y posteriores procesos, el gran resultado tangible fue nuestro nacimiento como país independiente y la voluntad “…de lograr formas de convivencia y libertad para toda persona sin exclusión… aspiración primordial, pero imperfecta”. (No.9).

Doscientos años después
En verdad, la Venezuela que conmemora su Bicentenario reconoce los límites de aquel sueño y esa aspiración, pues si “de derecho todos estaban incluidos en la esperanza y en la bendición de Dios, invocada para… una forma de convivencia que… fuera ámbito de vida, de libertad y de dignidad para todos, de hecho… la gran mayoría de los sectores populares quedó excluida”(id.), pero, además, tras comenzar en 1998 “…un proyecto… de “refundar” la República… (cuya) ambición no sólo toca el tejido material y organizativo… sino también y, sobre todo, afecta el fondo íntimo, espiritual, del alma nacional” (id. 20), la Patria es hoy, en primera instancia, un país desgarrado, que se desangra e involuciona. Decir esto no significa en modo alguno ser “profeta de lamentaciones y desgracias” e ignorar la positividad tanto del existir mismo de la comunidad nacional en cuanto crisol de razas y pueblos, como de los valores y logros que registra el haber de su peregrinaje. Significa, sí, rememorar responsablemente, dar un aldabonazo a la conciencia de todos mis hermanos para un “despierta y reacciona”, ante la grave crisis que nos amenaza e interpela.
Sin pretender, obviamente, ser exhaustivo, expongo algunos elementos sobresalientes de esa crisis:
1. Venezuela, en efecto, ya no es una como sueño ni una como experiencia de convivencia.  Por motivos ideológico-políticos se la ha dividido artificialmente, Por lo menos a la mitad se la califica de apátrida y hasta de antipatriótica, decretándosela excluida del goce pleno de los derechos ciudadanos. ¿Cómo se va a celebrar festivamente, en democracia, el cumpleaños de una República cuya unidad se niega? Ya no se la considera la casa común que soñaron los fundadores, amplia, acogedora, tolerante, pacífica, fraterna, sino el recinto cerrado, exclusivo, único, de una secta maniquea. No ya la gran familia sino un ámbito inclemente de rechazos, y de apartheid superado en otras latitudes. ¡Los Derechos Humanos no son ya de todos los humanos!
2. Venezuela tampoco es ya plural. No se quiere que sea el hogar de un pueblo variado, multicolor, multicultural, donde los diferentes y también los díscolos tienen su lugar. A pesar de que en el Referéndum de 2007 se dijo “no a la propuesta de convertir la República en un “Estado Socialista”, porque contradice a “la Constitución, y a una recta concepción de la persona y del Estado”—Conferencia Episcopal Venezolana, 19 de octubre de 2007—, se persiste, desde el Poder, en la desobediencia manifiesta al mandato referendario y en la imposición, mediante hechos y “leyes”, de un tal sistema. La Constitución, en efecto, está siendo violada; más aún, no se oculta su interpretación y utilización como simple función del proyecto “socialista”, distorsionándola radicalmente. Está así en juego, obviamente, la legalidad del régimen. El proceso de dependencia de los poderes de uno solo, de estatización global, de centralismo nominalmente comunitario, de hegemonía masificante, acelera su marcha en los distintos campos de lo económico, lo político y lo ético-cultural. La democracia es, por el momento, soportada, pero está acosada, paulatinamente, por un voluntarismo “revolucionario” de vocación autocrática y “mesiánica”, y de desconocimiento o desvirtuación del derecho del hombre.
3. Venezuela ya no es ámbito de vida. Somos un país en monstruosa hemorragia culpable. Ocupamos lugar destacado en el mundo en materia de violencia y criminalidad. Nuestras calles son escenario de incontrolada delincuencia e impunidad; nuestras morgues, abarrotados lugares de doloroso compartir; nuestros juzgados y tribunales, recintos de injusticia por corrupción de venalidad o politización; nuestras cárceles recintos de inhumanidad, antítesis de reeducación, antesalas de muerte. Todo esto no era totalmente inédito, pero se ha exacerbado exponencialmente, al tiempo que el gobierno, de palabra y obra, siembra violencia cuando descalifica, injuria, amenaza y discrimina; cuando exhibe y acrecienta su arsenal bélico, radicaliza la militarización de la población y acentúa la represión de la disidencia. El lema “Patria, socialismo o muerte” es la correspondiente consigna militarista necrófila, de trágicas memorias históricas. No faltan quienes ante la galopante e irrefrenada inseguridad se plantean el interrogante de si ella no correspondería a una política de Estado, tendiente a que muerte y miedo conduzcan  a una parálisis que facilitaría la sumisión de la ciudadanía.
4. Venezuela ya no es una nación en “vías de desarrollo. Tenemos un petrocapitalismo de Estado, con liberalidades selectivas hacia afuera y populismo dentro. Motivos ideológico-políticos y el afianzamiento del poder privan sobre las verdaderas necesidades y aspiraciones de la población. Todo ello, unido a una ineficaz, ineficiente y dolosa gestión, está llevando a la caída de la producción nacional, del abastecimiento y del consumo, agravada por crisis inéditas previsibles en los servicios eléctrico e hídrico, configurando un cuadro de carencias y dependencia, objetivamente funcional también al “Proyecto” de concentración y control.
5. Venezuela ya no es respetada en su alma e identidad. La subjetividad y centralidad, la moralidad y espiritualidad de la persona humana se diluyen, para privilegiar la base material productiva y lo simplemente colectivo-estructural, literalmente “alienantes”. Se habla de refundar el país. ¿Sobre qué valores? El “socialismo del siglo XXI” (de creciente referencia marxista-leninista y con confeso modelo castro-comunista) se erige como fin y criterio supremos; se absolutiza y sacraliza la “Revolución”, hecha régimen establecido, convirtiéndola en norma definitiva de lo verdadero y lo bueno. Y todo esto tiende a personificarse en el líder máximo, inobjetable, inapelable, insustituible, omnipotente. En este marco se reformulan los símbolos, se rehace la memoria histórica y se decreta alianzas o mancomunidades con otros Estados, al margen de sentimientos nacionales y populares; se monopoliza la comunicación social, se reestructura la educación, la mentira se hace anti-cultura, se redefine el arte, se instrumentaliza lo religioso.

Volver al Cabildo
A partir de esta celebración del Bicentenario del 19 de abril, considero, pues, un urgente deber de conciencia, como ciudadano, creyente y obispo, retomar la interpelación de Francisco Salias e instar al comandante Hugo Chávez Frías: ¡Ciudadano Presidente, “vuelva usted al Cabildo”!
Le hago este llamado, con el debido respeto a la investidura y a la función, pero también con la claridad y la sinceridad que me exige, desde mi fidelidad a Dios y a mi conciencia, el servicio a Venezuela. Lo hago con esperanza creyente, sabiendo que Dios nos ama a todos, sin excepción, y nos ayuda en cualquier circunstancia a rehacer caminos para el mayor bien de nuestro prójimo. Lo hago también sin juzgar intenciones—cosa que sólo a Dios corresponde—ni considerarme sin responsabilidad respecto de los males que sufre el país. Lo hago, finalmente, sin pretender infalibilidad en mis apreciaciones. Sólo quiero y debo servir.
¿Qué significa hoy “volver al Cabildo”? Ante todo, no se trata de una vuelta “mecánica o anacrónica” a formas u organismos desaparecidos o históricamente datados, sino fidelidad creadora, memoria crítica, despertar consciente, sueño esperanzador.
En pocos puntos le sintetizaré lo que entiendo por ello.
1. Volver a la unidad de la Patria. Esta unidad no podría ser pseudo-armonía etérea o bucólica, tampoco uniformidad monolítica ni homogeneidad masificadora, asfixiantes, sino compartir plural, diversificado. Esto obliga a promover la efectiva participación de todos, individual y grupalmente considerados; a impulsar la solidaridad que integra, así como la subsidiaridad que estimula y conjuga la actividad de los cuerpos sociales intermedios, articulándola con la tarea que corresponde al Estado, en aras del bien común y de su punto culminante: la paz en la justicia y la verdad. Esto recuerda y exige, en lo concreto y cercano, saldar una deuda pendiente con nuestra memoria histórica integral y una responsabilidad con hombres y mujeres reales caídos, mutilados, exiliados, presos o absueltos, convocando a una “comisión de la verdad” sobre los sucesos de Abril 2002. Tarea prioritaria de un Presidente es, en efecto, buscar la cohesión, la confraternidad de todos los ciudadanos, por encima de distingos de cualquier género, con miras a un trabajo corresponsable y compartido para lograr el progreso material, moral y espiritual de la Nación. El Primer Magistrado lo es de todos los venezolanos, no de un “proyecto”, ideología o partido, sino de una sola y misma patria. Nada debe estar más presente en la función presidencial que la prédica y acción convocantes, congregantes, a todos, de quienes es, a la vez, mandatario y servidor (y quienes, si pragmáticamente a ver vamos, son también contribuyentes que pagan los gastos presidenciales).
El retorno a la unidad es volver a la gente con miras a una convivencia ciudadana, viva y polícroma. Esto implica romper el encierro y la polarización en el yo, una idea o la secta. Liberar al país del símbolo por antonomasia de toda hegemonía oficial, y que arbitrariamente secuestra el tiempo y la privacidad del pueblo soberano: las “cadenas”. Abrirse al compartir ciudadano y a las preocupaciones de la entera comunidad; al diálogo sereno y a la discusión respetuosa, que  tendrían  expresión simbólica en una impostergable iniciativa de reconciliación nacional y en el debate civilizado de un “cabildo” (Asamblea, Gobernaciones, Alcaldías, Comunas) multicolor.
2. Volver a Venezuela como ámbito de vida. Recordemos que el primer instinto es el de conservación y el derecho primordial humano es el de la vida. La primera tarea de una sociedad es la de preservar y resguardar la supervivencia de sus miembros. El primer deber de un Estado es asegurar y favorecer la salud física, mental y moral de sus ciudadanos. De allí lo necesario y urgente de promover una cultura de la vida, frente a la proliferación y arraigamiento en muchas formas de una anticultura de muerte. En documento sobre La violencia y la inseguridad publicado a raíz de su última asamblea plenaria, el Episcopado expresó lo siguiente: “Es un deber de la ciudadanía exigir a los poderes del Estado, principalmente al gobierno, que cree las condiciones necesaria para que el derecho a la vida, a la integridad física, a la protección a la propiedad, al libre tránsito, entre otros, sean derechos al alcance de todos. Actualmente, la respuesta ante la violencia social es el miedo, que nos lleva a encerrarnos y a protegernos, a desconfiar de todos. Sálvese quien pueda y como pueda, parece ser la consigna ante un Estado indolente y cómplice” (No. 12). Volver a la vida es asumir prioritariamente y con decisión la defensa de la vida integral de los venezolanos, de todos los compatriotas hastiados de la delincuencia, irreductibles ante la impunidad, militantes contra toda prepotencia que descalifica y excluye, que pretende penalizar expresiones legalmente reconocidas o descalificar reclamos judicialmente garantizados. Volver a la vida es reconocer al otro como persona, creado a imagen y semejanza de Dios y portador, por tanto, de derechos inalienables; merecedor de respeto a su integridad física y moral, a la promoción y defensa de sus derechos inalienables, a la solidaridad con él, especialmente si es pobre y necesitado; es trabajar por la fraternidad y la paz, sobre el fundamento de la verdad y del bien. A quien preside la República le toca en esta tarea una responsabilidad de primer protagonismo. De allí que le corresponde acercarse con amorosa sencillez a las personas concretas, con sus logros y frustraciones, sus alegrías y tristezas, sus derechos humanos inalienables, su anhelo muy sentido de vivir en paz y seguridad, sin un continuo sobresalto y zozobra, y una permanente y agotadora confrontación verbal de tono militarista y nihilista, e iniciativas sociales con proclamas belicistas.
3. Volver al progreso en el marco de la Constitución. El pueblo venezolano se la ha dado como expresión de su soberanía; ella ilustra y garantiza el Estado de Derecho para todos, la estabilidad jurídica de las instituciones y el bienestar integral  de la Nación. La Constitución, establece, en su letra, el marco normativo tanto de la ciudadanía para el ejercicio de sus derechos y deberes, humanos y cívicos, como del Estado y de sus órganos, servidores de aquélla; y en su espíritu encarna el consenso fundamental de convivencia, el pacto social de principios y valores compartidos. Es necesario y urgente rescatarla,  no sólo como “ley de leyes” y paradigma de toda legalidad, sino también para revalorizar la función humanizadora, radicalmente ética, del derecho. Según el artículo 2 de nuestra Carta Magna, “Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación, la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y en general, la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político”. Sobre estos principios fundamentales ha de construirse el progreso integral y compartido que requiere el país, el cual exige, además, la participación de todos los ciudadanos, grupos y entidades sociales, cuya iniciativa es indispensable acoger y promover, evitando exclusiones y sumando esfuerzos.
4. Volver a Venezuela. Apreciando sus raíces; haciendo memoria, crítica sí, pero fiel, realista y comprensiva, de su pasado; aceptando con humildad que somos herederos de “héroes y villanos”, no pretendiendo recomponer al arbitrio árboles genealógicos, practicar saltos antihistóricos ni violentar la biografía o el mensaje de los antecesores. No se puede pretender una refundación del país, pasando por encima de la identidad del pueblo; vaciando el alma nacional de sus vivencias espirituales y religiosas; minusvalorando el vecindario natural y la fisonomía cultural para priorizar extrañas alianzas; copiando modelos ideológico-políticos fracasados y lejanos a la idiosincrasia y a los verdaderos intereses venezolanos. Volver a Venezuela entraña también preocuparse ante todo por la propia Nación, no cayendo en aquello de “luz en la plaza y oscuridad en la casa”. La solidaridad internacional tiene que liberarse de tentaciones criptoimperialistas favorecidas por la potencia petrolera, de un lado, y recaídas neocolonialistas por sujeciones ideológicas, del otro. Venezuela es y ha de ser de todos como casa común y ámbito de acogida fraterna.
………

“Volver al Cabildo” exige, de modo prioritario y patente, que asuma Usted su responsabilidad de Presidente de la República. Este delicado cargo implica la escucha y dedicación a todos los venezolanos, trabajando por su unión en pro del bien común nacional. Nada más contradictorio con ello, que la identificación, implícita o explícita—y, peor, cuando se la exhibe—con sólo un sector de la población, despreciando y marginando a los demás, con base en motivos ideológico-políticos, raciales, religiosos o de cualquier otro género. El Presidente lo es, de verdad, cuando respeta a los ciudadanos “no a pesar de”, sino “precisamente por” sus diferencias, conviviendo en la diversidad comprensible e inevitable de una sociedad democrática, pluralista. Cuando tiene el reconocimiento de todos: los que lo eligieron y los que no votaron por él o lo adversan, pero que, en todo caso, deben y necesitan percibirlo sensible, cercano, humano, como su Presidente. De otro modo, está en juego la legitimidad de su ejercicio como mandatario.
La “vuelta al Cabildo”, Ciudadano Presidente, no podría menos que acarrear al país la alegría del reencuentro de los venezolanos, con la esperanza de lógicos frutos: progreso compartido, vigencia de la justicia y el derecho, fraterna solidaridad, paz estable, cultura de civilidad.
Como cristiano pido a Dios por Usted, para que, superando obstáculos y no dejándose amilanar por dificultades, prejuicios e intereses, presentes y pasados, pueda contribuir eficazmente, desde su alta responsabilidad, a reencauzar a esta nación por el camino de la unidad, en la verdad y la paz, la cual Cristo Jesús enfatizó en la Última Cena, en perspectiva religiosa, como valor máximo, y Simón Bolívar subrayó, en su postrer mensaje,  como condición de solidez y progreso de nuestros pueblos. ¡Señor Presidente, vuelva al Cabildo!