sábado, 29 de febrero de 2020

DESAFÍOS CULTURALES




     El término cultura es de significación polivalente y por eso, objeto de muy diversas definiciones. Simplificando las cosas podemos hablar de dos sentidos fundamentales: el primero lo entiende como algo sectorial, restringido al ámbito de lo artístico, de altas o refinadas expresiones de la inteligencia y de la creatividad humanas. Se contrapone, así, a lo simplemente socio económico y político.
Pero cultura puede ser asumida con una significación global societaria,  abarcando la totalidad de la vida de un pueblo. El Concilio Vaticano II la definió como “todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones” (Gaudium et Spes 53). Tiene que ver entonces con todo el quehacer humano, integrando lo económico, lo político y lo ético-espiritual. Entonces hay culturas como pueblos.

     Este año nuestra Iglesia conmemora el vigésimo aniversario del inicio de su Concilio Plenario (2000-2006), uno de cuyos principales documentos fue precisamente el titulado Evangelización de la cultura en Venezuela. En éste se trata del ejercicio de la misión de la Iglesia, la evangelización, en el vasto campo del quehacer humano, relacionando así dos nociones globalizantes.
El Concilio Plenario de Venezuela se desenvolvió con la acertada metodología del ver-juzgar-actuar, que parte de la realidad y termina en ella como tarea, mediando una reflexión humanista y cristiana sobre la situación concreta. La tercera parte, el actuar, se plantea en forma de desafíos, a los cuales siguen orientaciones como respuestas prácticas.
Los desafíos que se plantea la Iglesia en Venezuela en el referido documento reflejan lo que el país nos exige como ciudadanos en general y como creyentes en particular, en los distintos campos de la vida nacional. Lo cristiano, por cierto, no se yuxtapone a lo humano, sino que lo asume en una perspectiva más honda, comprehensiva y trascendente. Dichos desafíos son los siguientes:
1.      Ante el empobrecimiento de la población y cualquier hegemonía económica: “proclamar y trabajar por el respeto y promoción de la dignidad de la persona humana, la búsqueda del bien común y un desarrollo integral y sustentable”, hacia “una mayor igualdad, una economía eficiente, garante de oportunidades para todos y solidaria”.

2.      Ante el deterioro y fragilidad progresivos de la constitucionalidad y del estado de derecho: “fortalecer las comunidades e instituciones como mediaciones sociales, a través de la organización y participación de los ciudadanos y la defensa de los valores personales y familiares, para consolidar los valores democráticos y ejercer la soberanía popular”.
3.      Ante la coexistencia desigual de las culturas nacionales y el influjo de la globalizada: “trabajar por el reconocimiento efectivo de la igualdad de las culturas y el diálogo franco y sincero entre ellas, a fin de construir una comunidad nacional abierta a la integración latinoamericana y mundial, en justicia, solidaridad y paz”.

4.           Ante la grave crisis de vigencia de los valores éticos de la vida, la verdad, la justicia, la libertad, la solidaridad y la paz, “promover una auténtica cultura de la vida, de la solidaridad y de la fraternidad, mediante la educación en valores, la participación en experiencias de reconocimiento mutuo y convivencia social, acciones en defensa de los derechos humanos y el respeto a la naturaleza”
5.      Ante la falta de coherencia entre la fe y la vida: “testimonio de la persona y el mensaje de Jesucristo en la vida cotidiana, particularmente en aquellos ámbitos donde se diseñan, comunican y organizan las matrices culturales”.

Estos desafíos nos interpelan a construir una nueva sociedad, de economía sólida y solidaria, de democracia robusta en institucionalidad y participación, de diálogo cultural, de valores éticos y ecología integral, así como de coherencia entre fe y vida.     

sábado, 8 de febrero de 2020

ACTUALIDAD DEL CONCILIO PLENARIO




      Se están cumpliendo dos décadas de haberse iniciado el Concilio Plenario de Venezuela (CPV), el primero y único en los 500 años de vida de la Iglesia en nuestro país. Su plena vigencia merece un especial recuerdo, que va más allá de una mera remembranza histórica.

    Concilio designa en la Iglesia una reunión fundamentalmente de obispos para intercambiar y tomar decisiones acerca de sus responsabilidades pastorales. Los concilios son tan antiguos como la Iglesia misma; se les llama plenarios cuando abarcan una nación (o conferencia episcopal) y ecuménicos cuando implican a todo el orbe, como fue el caso del Vaticano II.
El CPV, que sesionó del 2000 al 2006, tiene la particularidad de ser el único celebrado hasta ahora en la Iglesia universal durante el presente siglo. Dedicó sus trabajos al ejercicio de la misión de la Iglesia -la evangelización- en sus varios objetivos específicos o dimensiones. Siguió la muy fructuosa metodología del ver-juzgar-actuar, lo que dio a sus deliberaciones un efectivo situarse en la realidad venezolana.
     
     Ahora bien, como dentro del quehacer de la Iglesia está no sólo el compartir de la comunidad de creyentes, sino también la activa participación de éstos en la vida económica, política y ético-cultural del país, resulta obvia la incidencia de los trabajos conciliares en la suerte del mismo. Entre los l6 documentos del Concilio Plenario encontramos, por ende, tanto los que se refieren a la vida interna eclesial -por ejemplo, los relativos a la catequesis y la liturgia- como los que tocan la participación, especialmente de los laicos, en la marcha de la polis -es el caso de los relativos a la educación y la cultura en su sentido más amplio-.

     Quisiera subrayar aquí algunos documentos de especial interés general. En primer lugar, el titulado La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad, especie de manual en materia de Doctrina Social de la Iglesia aplicada a Venezuela. Reviste peculiar interés para los laicos, cuya misión propia es el de asumir las realidades temporales en la perspectiva de los valores humano-cristianos. En íntima relación con el mismo, a manera de binomio, está el de Evangelización de la cultura en Venezuela.

   Dado que la casi totalidad de la Iglesia son laicos, cuyo protagonismo eclesial y su misión transformadora en la sociedad destaca el CPV, especial importancia reviste El laico católico, fermento del Reino de Dios en Venezuela. No se considera ya al laico como simple colaborador del clérigo -clericalismo que también el Papa Francisco insiste se ha de superar-, sino como evangelizador a título propio en la Iglesia y en el mundo.
Un aspecto que no quisiera pasar por alto es el concepto de fe. Ésta no es principalmente la aceptación de un conjunto de verdades (credo), sino un encuentro personal con Jesucristo, del cual deriva adhesión, seguimiento, obediencia y comunicación a otros, del Señor. Algo, pues, muy existencial y generador. Alguien se puede considerar así muy creyente y practicante, pero, en realidad, serlo poco o prácticamente nada. Este tema se trata en La proclamación profética del Evangelio de Jesucristo en Venezuela
     
    El CPV se ofrece como un conjunto armónico doctrinal y práctico y no como un simple agregado de reflexiones y propuestas. Adoptó, en efecto, una noción o categoría que sirve de eje articulador o núcleo organizador de dicho conjunto. Tal es el concepto comunión (equivalente a amor), que viene a ser, por tanto, respuesta a la pregunta ¿Qué es? relativa a los más varios elementos fundamentales, tanto prácticos como operativos, del mensaje cristiano. Ejemplos: Dios es comunión, el plan creador y salvador divino es comunional, el cielo es la plenitud de la comunión, el mandamiento máximo es el amor (comunión).
En su substancia el CPV conserva plena actualidad. Con obvias y necesarias adaptaciones, que el mismo Concilio prevé y postula, constituye hoy la brújula para el caminar de la Iglesia y de los católicos singularmente considerados en Venezuela. Y ello, por muchos años, aún en la muy cambiante realidad.