jueves, 30 de abril de 2020

EDIPO INSEPULTO




   Olvido del pasado. Esta expresión formó parte del lema revolucionario de liberales y conservadores cuando Julián Castro entró con el Ejercito Libertador a Caracas y asumió el poder en 1858.  El año anterior el General José Tadeo Monagas en el marco de su dictadura había derogado la Constitución de 1830, e incluido en la nueva suya, la reelección y el aumento del período presidencial a seis años. Por supuesto aplicando esta norma a él mismo.

   Olvido del pasado. Esta consigna, que resulta positiva cuando se la aplica a situaciones personales y sociales, merecedoras de borrón y cuenta nueva, ha sido fatal en el peregrinar del país. Nuestra historia republicana registra un repetitivo matar al padre, resolviendo mal el complejo de un Edipo insepulto, con todo lo que ello significa de autonegación, así como de continuos y frustrados intentos de renacer. Venezuela identidad y ruptura de Angel Bernardo Viso es un libro bien ilustrativo al respecto. El pensamiento de Simón Bolívar se alineó, potenciándola, en esta tendencia negativa, al enjuiciar el pasado colonial pura y simplemente como trescientos años de tiranía. Como si él y quienes protagonizaron la Independencia hubiesen sido extraterrestres y no humanos concretos, que llevaban en su sangre y su identidad cultural lo bueno y lo malo de la herencia hispana.

   Una expresión funesta, patente, de la recaída en el parricidio de Edipo está en la raíz del desastre nacional por obra del Socialismo del Siglo XXI, en lo que va de milenio. La historiografía oficial ha pretendido reducir nuestro pasado republicano a lo pensado y hecho por el Libertador (de quien bastante se abusa), su maestro Simón Rodríguez y el general Ezequiel Zamora. Bastante ilustrativos resultan también al respecto a) el derribo de la estatua de Colón en el Paseo Los Caobos, justo al comienzo mismo de este régimen y b) la demonización de los cuarenta años del período democrático (1958-1998), durante el cual, por universidades y academias públicas pasaron los líderes de la actual Nomenklatura comunista.

   Indicador significativo del parricidio venezolano -para no mencionar otros países del Continente- ha sido la proliferación de Constituciones, que, como trajes a la medida, han reflejado los quiebres constantes de la institucionalidad del país. Cartas magnas interpretadas voluntaristamente como pócimas mágicas para curar todos los males y procurar todos los bienes del país.

   Lo humanos hemos sido creados como seres para el cambio. Este no es, sin embargo, total novedad y dinamismo absoluto; se inscribe en la biografía de un animal racional, cuyo dinamismo tiene memoria e historial. Y que, como en el buen vino, la edad cuenta mucho. Fidelidad creativa constituye un binomio que sintetiza bien lo que ha de implicar una sana praxis humana.

   La comparación con el árbol genealógico viene a ser aquí bastante útil: es una planta que no se puede podar, porque es un factum inmutable. Si mutilamos nuestro árbol genealógico desaparecemos del mapa. Me decía humorísticamente un amigo descendiente de europeos establecidos en el Caribe, que lo más probable era contar entre sus ascendientes algunos piratas, filibusteros o contrabandistas. La verdad es que somos herederos de héroes y villanos. El asumir el propio pasado individual y colectivo es signo de inteligencia y madurez. Un buen ejemplo de lo que significa realismo inteligente y honesto es lo que encontramos en los evangelistas Mateo (1, 17) y Lucas (3, 23-38), cuando narran la genealogía de Jesús. No depuran el árbol genealógico del Señor. Entre los ascendientes del Hijo de Dios hecho hombre figuran santos y no santos A la adúltera Betsabé y al cruel rey Roboam no se los desgaja de su planta. La encarnación sucedió en una historia concreta, de luces y sombras, de pecado y de gracia. 

  Consecuencia del referido complejo es la fragilidad institucional de Venezuela. No han fraguado instituciones por la manía de considerarnos creadores ex nihilo (a partir de la nada) y no existentes con pretérito. Edipo insepulto, Edipo autodestructivo.

viernes, 17 de abril de 2020

EL FUTURO ES YA




Hablamos de pasado, presente y futuro, como de tres momentos con peso propio y realidad distinta. Los entendemos como residencia, respectivamente, de la memoria, del compromiso y del proyecto. Y a menudo somos vividos por lo quedó atrás o prefiguramos, sin tomar en serio y responsablemente, lo que tenemos entre manos. Por ello no es extraño que nos dejemos absorber por recuerdos y aplastar por angustias, sin asumir en toda su densidad, las exigencias y posibilidades del ya, del presente de nuestra libertad y compromiso.

Es preciso recordar siempre que el único tiempo de que disponemos y nos es posible manejar, es el presente. Porque lo que fue, fue, y lo que puede ser, no es. El ya es la única duración que podemos manejar en la praxis. Somos veraces y honestos hoy, no en el pasado ni en el futuro. Una sentencia del libro bíblico Eclesiástico señala que sólo “al final del hombre se descubren sus obras. Antes del fin no llames feliz a nadie, que sólo a su término es conocido el hombre” (Si 11, 27-28). En términos parecidos concluye Sófocles su Edipo, Rey.

Lo que llamamos tiempo se hace real sólo en el presente; éste viene a ser como un punto matemático, que, en su progresivo desplazarse, va construyendo lo que llamamos el futuro. Por eso es preciso vivir el presente con toda hondura, intensidad y responsabilidad; no sólo en lo pequeño y cotidiano, sino cuando hablamos de construir una nueva sociedad, como convivencia correspondiente a dignidad del hombre y sus derechos y deberes fundamentales. Esa sociedad se hace real sólo y desde el actual obrar, positivo y solidario, y en el ámbito concreto, menudo o grande en que nos encontramos; de otro modo se quedará en simple fantasía e idealidad. Hay un refrán alemán que suena así: “Mañana, mañana, no hoy, dice toda la gente floja”.
Esta afirmación de lo presente como marco de la praxis y única realidad disponible no significa que la previsión y la planificación no son indispensables. El ser humano ha sido creado como ser para progresar, proyectar, renovarse e innovar; volar alto y lejos. El simple animal, al contrario, ha permanecido en cuevas sin construir ciudades. Lo que se quiere subrayar con todo esto es que el cambio comienza en el aquí y ahora o nunca cristalizará. El que quiere el fin (intención) pone los medios (realidad concreta).     

Hay una exhortación de Jesús, que resulta muy iluminadora y se ha de entender como antídoto contra el dejarse devorar por la angustia ante lo mentalmente anticipado, sin acometer lo actualmente debido: “No andéis, pues, preocupados, diciendo: ¿Qué vamos a comer? (…) pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal” (Mt 7, 31-34). 7, 33). Del mismo Señor es la parábola del “rico necio” (Lc 12, 16-21). Éste, habiendo obtenido una gran cosecha proyectó ampliar sus graneros para almacenarla y poder decirse: “tienes muchos bienes guardados para muchos años. Descansa, come, bebe y alégrate”. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche te reclamarán tu alma”.
El presente es el momento de la decisión, de la opción, de la praxis, que concreta la obediencia a Dios y el servicio al prójimo, es decir, del cumplimiento del mandato principal, el amor. Una vieja sentencia advierte: “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. Se dice que los que no quieren adelgazar mudan siempre su ayuno para la próxima semana.
Sólo en el presente se demuestra la autenticidad de la fe y de las convicciones. No se es justo y recto por lo que se hizo, o por lo que se desea ser, sino por lo que aquí y ahora se está siendo. En el presente se juega el futuro, lo definitivo, el cual para el creyente consiste también y sobre todo en la vida eterna. Se ha de enfrentar y aprovechar el aquí y ahora, pues, con toda intensidad y profundidad.


    

jueves, 2 de abril de 2020

TIERRA Y CIELO NUEVOS



    El último libro de la Biblia, Apocalipsis, habla en su conclusión de la nueva Jerusalén, como símbolo de lo definitivo de la historia humana e inicio de una etapa de duración, que ya no será tiempo, sino eternidad.

     En el penúltimo capítulo, el 21, comienza diciendo el autor: “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva (…) la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios (…) y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21, 1-2.4). Y agrega: “La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero” (Ap 21, 23).

    La historia no es, pues, como una serpiente que se muerde la cola, en giro incesante sobre sí misma; ni tampoco como una línea, ascendente o no, que se prolonga indefinidamente. En la tradición judeo cristiana se interpreta como un segmento, con un inicio creacional y un término que se identifica con la plenitud del Reino de Dios. La historia se desarrolla entonces en un marco de esperanza con un horizonte luminoso, el compartir perfecto humano-divino.

   Esto es oportuno recordarlo en la proximidad de la Semana Santa, en que los cristianos celebramos la pasión, muerte y resurrección del Señor. En estos tiempos de renovación, la Iglesia en su liturgia acentúa de modo creciente la Pascua al celebrar la Semana Mayor. Ésta se entendía antes, fundamentalmente, como conmemoración de la pasión y muerte de Jesús, hasta el punto de que se solía hablar de la Semana de Dolor, la cual, polarizada en el Viernes Santo, concluía, en tono menor, el Sábado de Resurrección.  Actualmente la Iglesia, remontándose a sus orígenes y en la línea del culto de Israel, asume la Pascua en sentido más global, que comprende sacrificio y prueba, pero destaca liberación y gloria. El momento culminante de la Semana Santa viene a ser entonces la solemne Vigilia Pascual, que celebra el paso (pascua, hebreo pesaj) de la muerte a la vida, primariamente de Cristo, y en él, de los creyentes. En la primera predicación cristiana, tenida por Pedro en Pentecostés, el mensaje central es la muerte y resurrección de Cristo, fuente de vida para los que creen en él. En esta perspectiva pascual el sacramento del bautismo viene a ser el paso inicial y clave del cristiano.

    La resurrección no se reduce a una afirmación de fe, sino que entraña conversión hacia una novedad de vida. Este es un tema que san Pablo desarrolla en sus cartas bajo la figura del hombre nuevo, que implica revestirse, entre cosas, de “misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia” y por encima de todo ello, “del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3,12-14).
La pascua posibilita y exige novedad vital en la línea de la buena nueva de Jesús y, por tanto, un compromiso operativo personal y comunitario. Una existencia nueva hacia una nueva sociedad, que tiene que ver, por tanto, con lo individual y familiar, pero también con la Iglesia y la polis. Esto evita interpretar lo cristiano en términos puramente privados, religiosos y cultuales.

   Entre tiempo y eternidad se da, pues, ruptura y continuidad. En lo transitorio se anticipa lo definitivo. El Concilio Vaticano II en su documento sobre la Iglesia en el mundo actual afirma, al respecto, algo muy esclarecedor: “Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna  y la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal (…) ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección” (GS39).
La tierra y cielo nuevos los comenzamos a construir aquí y ahora en nuestra situación concreta.