jueves, 15 de octubre de 2026

¿SOBERANO MINUSVÁLIDO?

     Para el creyente hay un soberano definitivo, ser supremo, que según la Revelación cristiana es  único, pero en comunión tripersonal (Padre-Hijo Espíritu Santo) De modo que Dios es en sí mismo encuentro, diálogo. O como lo define la Biblia: Amor ( 1Jn 4,8 ).  

     A partir de la revolución democrática de los tiempos modernos y siguiendo a Rousseau y otros pioneros se ha hecho corriente hablar del pueblo como soberano.   Para el creyente esta soberanía popular no contradice la primacía de la divina, la cual  se da en un marco distinto del societario histórico. Más aún, desde la fe se interpretan la libertad y el poder político de los humanos como excelente don divino.

     Venezuela ha experimentado un real ejercicio de soberanía democrática. Éste comenzó en el siglo XX con sus  intentos y balbuceos (1936-1945), logros y tropezones (1945-1948), hasta llegar, luego de una dictadura militar a una seria institucionalización de cuatro décadas (1958-1998), aunque aquejada a los finales por un progresivo debilitamiento, al que siguió, terminando el siglo, la metódica   imposición de un proyecto de corte totalitario  (1999-2025) hasta el pasado 3 de Enero, en que la intervención armada extranjera abrió el período esperanzador, pero confuso, incierto y multiforme en que nos encontramos.

     Una consistente experiencia democrática y de soberano activo se tuvo, pues,  en la segunda mitad del último siglo,  pero -más de uno lo advertimos en su tiempo y a tiempo- a la planta sembrada y creciente no se la cuidó con debido riego y poda-. El soberano no se educó ni fue educado debidamente en lo que en  tiempos pasados se había denominado “moral y cívica”;  las maquinarias partidistas se ensimismaron, sectores comunicacionales y empresariales se inflaron con pretendida autosuficiencia, la problemática social se fue agudizando y hacia el final cobró creciente auge un un populismo “mesiánico” de acento militarista y  tinte hegemónico. 

     El siglo y milenio presentes han sido, pues,  de progresivo y global deterioro. El soberano, afirmado de modo pomposo en la letra (ver CRBV 5) vino siendo paulatinamente desplazado por una monarquía-oligarquía de ideología socialista castromarxista de corte totalitario, conduciendo al país hacia una grave crisis económica, política y ético-cultural.

     El 3 de Enero ha implicado un cambio oficial de cúpula, pero no de mentalidad. La élite gubernamental persiste en su convicción de  iluminada y autosuficiente,  llamada a manejar un soberano minusválido, supremo en teoría , pero de facto  incapacitado y maniatado, incapaz, por ahora,  de tomar las riendas de la nación.

     La intervención de los Estados Unidos ha producido cambios positivos y generado expectativas de transición democrática. Pero la dinámica y el ritmo no aparecen claros, con el resultado de una marcada incertidumbre en la ciudadanía. Es, por ello, el momento de una amplia confluencia de los sectores democráticos para orientar y agilizar la marcha y asegurar así la reconstitucionalización del país.  

     La necesaria refundación del país -término utilizado recientemente por el Episcopado- exige favorecer la autoestima ciudadana. Creer en la gente, con un sincero sentido de projimidad. Se trata de una  población -sencilla y pobre en su mayoría-, que reclama respeto y aprecio y debe consolidarse en  fraternidad y solidaridad. El pueblo venezolano mayoritariamente aspira a vivir en paz, en una cotidianidad serena y constructiva. Pensar en esto no es simple utopía. Hay una experiencia reciente y animadora: el 28 de julio de 2024.  El recuerdo de aquella animadora jornada exige abrir camino al soberano para que decida y actúe lo qué quiere ahora para esta “tierra de gracia”. Basta ya de intérpretes autosuficientes y de hegemones que no creen en la gente sino en egos hinchados y dirigencias pretendidamente autosuficientes.

     A quienes piensan que  es preciso primero organizar la economía y asegurar la estabilidad se les puede observar que si bien tales tareas urgen, con y después de ellas es preciso un esfuerzo serio para tejer una  convivencia social libre, pacífica, participativa y establecer un firme estado de derecho.  

 

jueves, 1 de octubre de 2026

POLÍTICO DE DOS CARAS

 

    En el universo mitológico romano aparecía un dios de nombre Jano. Su característica era  tener dos caras que miraban en direcciones opuestas. Fungía como custodio de puertas, umbrales; miraba hacia el pasado y el futuro, estando como en medio de las cosas y presente en transiciones.

     El ofrecer dos caras suele sonar en el lenguaje ordinario como algo negativo, sugiriendo doblez y simbolizando hipocresía. Pero la bifrontalidad puede asumirse en sentido positivo como lo hacemos en las presentes reflexiones,  entendiendo los  dos frentes como complementarios en  una  tarea que es preciso atender.  Y aquí, en concreto, como dos componentes de un mismo pensar- quehacer político.

     La convivencia cívica ofrece dos aspectos interrelacionados: derechos y deberes. El ciudadano es sujeto, protagonista, en estos dos frentes, que han de ser asumidos conjunta e indisolublemente. Y la formación social los ha de integrar de modo orgánico, lo cual se reflejará en la correspondiente participación en la vida de la polis.

     Una mala o deficiente educación en lo referente a lo político -la cual en uno u otra forma y tarde o temprano la paga el ciudadano y el país- consiste en polarizar la atención en los derechos -cuando se los aprende-, sin afrontar seriamente lo relativo a los deberes. Estos son la otra cara reflexiva y operativa del animal político y de la comunidad  que éste conforma.

     Sobre la mesa de la actualidad está el tema de la refundación (reconstrucción) nacional. En ésta,  junto a lo socioeconómico y político  ha de explicitarse lo ético-cultural cívico como algo también obligante. Al respecto, junto a reconocer y exaltar las competencias y facultades del soberano, es preciso que éste se eduque para  el ejercicio de su responsabilidad participativa. Una tarea que corresponde también al Estado y a la sociedad civil, a las entidades político-partidistas y religiosas (pienso de modo particular a mi Iglesia católica) y, en general, a todos los componentes de la nación.

     A los regímenes autoritarios, a las dirigencias político-partidistas autoreferenciales, a las elites en-simismadas y otros de un ethos  semejante no les conviene un soberano proactivo. Pero la construcción de una nueva sociedad es necesariamente obra de una ciudadanía protagónica.

     Al hablar de educación ciudadana (en derechos y deberes) sobresalen textos pedagógicos elementales como la propia Constitución nacional (CRBV) y la Declaración Universal de los Derechos Humanos (ONU 1945). Para no ir más lejos y a título de ejemplo  pienso en el capítulo X (De los deberes) del Título III de nuestra Constitución, para no citar algo tan básico como el  Preámbulo y los Principios Fundamentales de la misma. ¿Esa misma educación podría esconder algo tan  atrevido como el 333 de esa carta fundamental?

    Una sentencia de la filosofía tradicional asienta que “La raíz de la voluntad está en el intelecto”. En lenguaje más asequible se podría traducir como:“nadie quiere lo que no conoce”. Obvia consecuencia: la democracia como práctica exige una pedagogía democrática. Al autoritarismo y gestión totalitaria en  lo que va de siglo en el país se llegó en buena medida por la escasa formación de los venezolanos para una ciudadanía de  corresponsabilidad, participación y subsidiaridad efectivas. Gobierno y élites partidistas o empresariales  actuaron un “déjenos pensar por usted”.

      El mitológico Jano advertiría: hay que pensar en los derechos, pero también en los deberes, que son su  otra cara. Somos prestos, en efecto, para exigir derechos y tardos para asumir deberes. Sería deseable una Declaración Universal de Deberes Humanos. La genuina democracia es un sistema de efectiva bifrontalidad. El Juicio Final será sobre el cumplimiento de deberes (Mt 25, 31-46). Derecho humano básico es conocer el propio deber ser.  Dios nos creó bifrontes. 

 

 

 

 

 

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

GUÍA PARA UNA REFUNDACIÓN NACIONAL

     Nada hay más práctico que unas buenas ideas. Y ahora que se plantea la necesidad de una refundación del país como convivencia democrática y estado de derecho resulta indispensable contar con un conjunto teórico que guíe adecuadamente esa tarea.

    La situación  postula, para  reconstruir la nación, un instrumento conceptual hondamente renovador, pues lo que se ha venido imponiendo al país es un proyecto de corte totalitario -así lo ha identificado el Episcopado venezolano- denominado Socialismo del Siglo XXI, de inspiración marxista. La disidencia ciudadana ha sufrido notablemente las consecuencias de esa línea hegemónica generadora de manipulación y represión, que ha producido fraccionamiento, desconcierto y parálisis, con el consiguiente debilitamiento operativo y organizacional opositor. Ello no ha impedido, sin embargo,   la persistencia de una voluntad de cambio, que el 28 de julio de 2024 patentizó como genuino sentimiento del soberano.

     Los venezolanos aspiramos hoy a un cambio que responda a los valores explicitados en el Preámbulo y los Principios Fundamentales de la Constitución  de 1999. De allí la voluntad mayoritariamente manifiesta de que se posibilite a la ciudadanía el decidir cuanto antes sobre su futuro republicano. A más de 200 años de la Independencia es legítimo pensar en su mayoría de edad. 

     En este contexto, que evidencia la necesidad de contar con un ideario orgánico apto para la reestructuración y ulterior marcha del país, se manifiesta como guía oportuna la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Una síntesis actualizada de ella ofrece hoy la encíclica del Papa León XIV Magnifica Humanitas, que afronta también los desafíos emergentes de la inteligencia artificial y de una nueva cultura del poder. Una exposición también sintética y aplicada a Venezuela con la metodología del ver-juzgar-actuar la formuló el Concilio Plenario de Venezuela (2000-2006) en su tercer documento. La DSI:

     1. Es un conjunto de principios, criterios y orientaciones para la acción hacia el logro de una nueva sociedad, genuinamente humanista.

     2. Es una propuesta abierta; no un ideario cerrado o dogmático, ni una formulación identificable de modo exclusivo con un determinado partido o  programa de gobierno. Que sea ideología o no, depende de lo que se entienda por este término tan elástico y controvertido.

     3.  Si bien se la ofrece desde la Iglesia, no es es un instrumento confesional, pues se  formula en perspectiva dialogal como en círculos de convergencia aceptables también por no creyentes.

     4. Sobre la base sólida y permanente de la centralidad y dignidad inalienable de la persona humana conforma un tejido progresivo y coherente de derechos y deberes en permanente aggiornamento; atenta a los “signos de los tiempos” sigue el curso de la historia con sus “cosas nuevas” (rerum novarum).

     En perspectiva cristiana el humanismo tiene como fundamento último la fe en Dios, que no es el absoluto solitario de la Ilustración sino  el tripersonal, que el apóstol Juan (1Jn 4, 8) define como Amor, comunión. El ser humano, creado a  imagen de Dios es, por ende, social, político, cuya perfección la realiza en el encuentro con el prójimo y con el Unitrino que se ha encarnado en Jesucristo. En este marco teológico se entiende por qué el mandamiento máximo es el amor y la plenitud humana defitiva se tendrá en la unidad de una polis, que el libro bíblico Apocalipsis (ver 21) describe como Jerusalén celestial. De ésta la Iglesia terrena está llamada y desafiada a ser signo e instrumento.

     El Concilio Plenario de Venezuela en el documento citado afirmó: “Los cristianos no pueden decir que aman, si ese amor no pasa por lo cotidiano de la vida y atraviesa toda la compleja organización social, política, económica y cultural. Por ello se tiene que promover la Civilización del amor como fuente de inspiración de un nuevo modelo de sociedad” (90). Para el creyente el compromiso por la construcción de una convivencia humana libre, justa , participativa, solidaria y pacífica no es algo optativo. Constituye un imperativo.

 

domingo, 6 de septiembre de 2026

SOBERANO EXTRAVIADO

     En la Constitución de 1999  el artículo 5 reza así: “La soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, quien la ejerce directamente en la forma prevista en esta Constitución y en la ley, e indirectamente, mediante el sufragio, por los órganos que ejercen el Poder Público”.

     El Concilio Vaticano II subrayó que “la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se deje a la libre designación de los ciudadanos. Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizare siempre dentro de los límites del orden moral para procurar el bien común” (Gaudium et Spes 74). En el siglo XVIII, de novedad democrática, Rousseau formuló en su Contrato social la soberania popular como expresión de la voluntad general, que no puede ser ni alienada ni dividida (1.II, 4). Para el creyente la soberanía a nivel absoluto remite al Creador y su ejercicio humano tiene un encuadre ético.

     La soberanía como poder supremo del Estado con respecto a los ciudadanos conforma una autoridad  indispensable en la comunidad política y tiene como sentido la búsqueda del bien común, que “abarca el conjunto de aquellas condiciones de la vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección” ( Juan XXIII en la encíclica Mater et Magistra 417).

     El soberano como concepto constituye una abstracción, cuyo correspondiente real es el conjunto de los ciudadanos agrupados en una unidad social reconocida con autonomía política en el escenario internacional. De este significado concreto derivan serias consecuencias para la interpretación, aplicación y vivencia efectivas de la soberanía, tanto en el ámbito político estricto, como en el más amplio ético-cultural. Pensemos, por ejemplo, en lo que significa concebir la soberanía popular como sola formalidad o en perspectiva nominalista, o asumida como simple praxis  de ciudadanos con escasa o nula educación cívica. No puede  hablarse de una auténtico ejercicio de la soberanía popular en un régimen de fuerza,  en un sistema de procesos electorales manipulados. Y hablando en positivo, una genuina expresión soberana postula una educación cívica elemental, un real estado de derecho y un comportamiento responsable de los ciudadanos en materia política y moral. 

     La experiencia venezolana de las últimas décadas constituye una grave interpelación. A la actual situación de desconcierto social, fragilidad institucional, vacío democrático, marginación constitucional no se ha llegado por fatalidad natural sino por irreponsabilidad histórica. Por fallas en los sujetos de la polis. Hay una frase que a menudo se usa como burladero:  “no somos suizos”. No se toma conciencia de que éstos son “tales”, no por el lugar de nacimiento y causas naturales, sino por factores culturales tales como educación, tradición, estado de derecho, solidez institucional.

     El citado artículo 5 de la CRBV en la realidad  nacional aparece como colgado en el aire. Comenzando por la inconstitucionalidad reinante y porque al soberano se lo tiene amordazado, paralizado; aparte del descuido formativo para su actuar responsable, en lo cual buena parte ha tenido el liderazgo político partidista.  Se ha entendido el poder de modo preponderante como instrumento de lucro, prestigio y dominación, al igual que fruto privilegiado de astucia operativa.

     El soberano real somos los venezolanos de carne y hueso. Esto urge una pedagogía responsable de las instituciones civiles, los entes educativos, las agrupaciones religiosas y partidistas,  con miras a formar a sus miembros para un responsable protagonismo democrático, soberano. A las entidades religiosas les corresponde una obligación especial; pienso de modo particular en la Iglesia católica, por congregar a la gran mayoría de los venezolanos y disponer de un instrumento valioso como es la Doctrina Social de la Iglesia.

jueves, 20 de agosto de 2026

CONVERSIÓN Y CAMBIO POLÍTICOS

 

    Están en marcha conversaciones con respecto a cambios que urge el país, hacia un modelo bien diferente -por no decir en las antípodas- del que ha sufrido en lo que va de siglo. El proceso no es nada fácil por la naturaleza impositiva del Régimen.

     Exigencia fundamental en reuniones del género es la apertura a modificar posiciones propias con el fin de lograr entendimientos en asuntos fundamentales para una genuina convivencia. El término diálogo es exigente para calificar este tipo de intercambios, pues entraña disposiciones éticas y espirituales no pequeñas, como ponerse en el lugar del otro; experiencias cercanas que lo han malbaratado  han llevado a marginar el  empleo de aquel vocablo. Hablando de acuerdos hacia una sociedad emancipada y de justicia social se cuenta con iluminaciones valiosas como las de Jurgen Habermas y su teoría crítica.   

    En cuanto a categorías que ayuden en la presente materia tenemos dos que ofrecen, en perspectiva antropológica,  un denominador común, pero guardando notable distinción: cambio y conversión.  La primero es genérica, y la segunda específica, por lo que toda conversión es cambio, pero no todo cambio es conversión. Aquél toca comportamientos, actuaciones, algo bien observable,  mientras que ésta va más en profundidad e implica orientación de la conciencia.

     Un ejemplo vivo de conversión es lo que  la Biblia narra  sobre lo acaecido con el judío Saulo (Pablo), quien de encarnizado perseguidor de cristianos paso a ser el evangelizador por excelencia en el ámbito helenístico. Otro caso notable es el de Agustín de Hipona como testimonian sus Confesiones. En la contemporaneidad tenemos a la filósofa Edith Stein, judía, carmelita, mística y fenomenóloga, mártir del nazismo en el campo de Auschwitz.

     En la conversión se produce una mudanza radical en la tabla de valoraciones. No se trata, en efecto, de un cambio de traje o de modales, un resituar la silla en una mesa de conversaciones, sino de una revisión existencial, redireccionando la brújula personal y reformulando horizontes. Algo no fácil, pero tampoco insólito  en un ser humano,  que es consciente y libre aparte de contar con el auxilio de Dios. En cuanto a construir entre distintos una sociedad libre y solidaria es iluminadora la  propuesta de Jurgen Habermas con su teoría crítica y su insistencia en la confluencia a través del lenguaje y el diálogo.

     Bajando a lo concreto situacional venezolano, se hace obligante e imprescindible un viraje en profundidad, económico, socio político y ético cultural, hacia una convivencia institucional democrática, luego del largo predominio de un proyecto -Socialismo del Siglo XXI- que el Episcopado ha calificado, sin ambages, de totalitario. El cambio exige una reorientación ciudadana, la más amplia y honda posible,  en la línea de un efectivo compromiso para  construir de una “nueva sociedad”. Ello exigirá en no pocos una verdadera conversión democrática. Cosa nada fácil cuando por dos décadas la orientación oficial se ha vaciado en módulos impositivos, inquisitoriales, excluyentes. Jóvenes generaciones han respirado sólo aires políticos represivos.

     Las conversaciones para la transición hacia una polis pluralista se dificultan por cuanto uno de los interlocutores está dominado por una mentalidad unilateral, excluyente, que cede sólo ante la presión de tutores o la inevitabilidad de alternativas. Está siempre a la defensiva de lo adquirido antes que en positiva búsqueda de nuevos caminos de convivencia. La convergencia es fruto entonces, no de convicción sino de foránea imposición o de forzada concesión. Ejemplos concretos en la actualidad nacional es la liberación, sólo por cuotas, de presos políticos, y, de migajas apenas de la hegemonía comunicacional.

     Una sociedad democrática tiene la debilidad-fortaleza que es la de registrar en su ciudadanía grupos y personas de mente no democrática. Y permanecerá democrática en la medida en que éstos no alcancen el poder. Por eso una sociedad como la formulada en nuestra Constitución ha de estar atenta a 1)  educar al soberano en una libertad responsable, 2) crear elementos de protección de supervivencia libre y 3) estar vigilante ante “cantos de sirena” populistas y lobos con piel de oveja.

martes, 11 de agosto de 2026

ENCUENTRO FUNDACIONAL

 

    El libro bíblico del Éxodo (12) narra la institución de la Pascua, con la cena celebrativa central judía en que el sacrificio de un cordero celebra el paso liberador de Dios. El ritual define la pregunta que hacen los hijos a sus padres sobre el  significado de  lo que que se  festeja. El padre da el motivo: la liberación del pueblo de Israel dominado por el Egipto del Faraón y el inicio del Éxodo hacia la tierra prometida.

     Una canción coriana inspirada en ese diálogo refiere el encuentro fundacional de Venezuela, tejido por el conquistador español don Juan de Ampíes y el cacique caquetío Martín Manaure, caballeros los dos según la apreciación del cronista versificador don Juan de Castellanos. A  la sombra de un cují,  bajo el cual se tuvo la celebración de la primera Misa en la región, se dio  el nacimiento de lo que sería nuestro país, mestizo y católico, muy pronto constituido como provincia y también como diócesis (la primera que se creó, formó y perseveró en América del Sur).  La canción relata: “¨Por aquí comenzó, de médanos y sol, el cují nos dio la Cruz y El Carrizal una flor. Don Martín y don Juan, caballeros los dos, en Coro se encontraron, Venezuela comenzó”. La Cruz, elaborada con madera del histórico cují, se conserva  en monumento erigido en la Plaza San Clemente, en el corazón de la zona colonial; y la  flor simboliza la Virgen de Guadalupe, de quien  una pintura representativa recaló  a comienzos del siglo XVIII en playa cercana a La Vela y desde entonces se venera en el vecino poblado de El Carrizal (ahora, desde 1928, como Patrona diocesana).

     El citado cronista ilustra lo amistoso del encuentro: el ibero, viendo en el caquetío “persona tan urbana (...) diole noticia de la fe cristiana” y lo preparó al bautismo, que recibió junto con la familia.  Fue un inicio pacífico, bien distinto del belicoso y paralizante que había fracasado en el oriente cumanés. El “por aquí” coriano ubica las bases estructurales de Venezuela en su provincia y diócesis (1531)  primeras.

     Se avecina el quinto centenario de la fundación de “Nuestra Señora Santa Ana de Coro” (26 julio 1527). El acontecimiento reclama una digna celebración, no sólo regional, sino también nacional. Fue el origen de una ciudad y con ella de un país, nuestro país.

     El escenario criollo de la conmemoración es desafiante. El encuentro amistoso fundacional interpela a los venezolanos de hoy,  en seria confrontación, de la cual palmaria expresión  constituyen a) la cuarta parte de la población forzadamente emigrada b) centenares de presos por disentir de lo que los gobernantes piensan y quieren y c) una hegemonía comunicacional tendiente a la homogeneización ideológica del pensamiento ciudadano.

     Felizmente el tiempo humano es, en perspectiva de lo disponible y operable, sólo un fugaz presente en apertura dinámica a un porvenir, que pasajero también, encierra posibilidad y entraña corresponsabilidad. Lo que pudo haber sido y no fue se queda en simple posibilidad, lamento o advertencia. Lo que  interesa es sacar lecciones para la construcción de un futuro consistente, deseable u obligante. San Pablo da a este propósito un sabio consejo: “lo que sí hago es olvidarme de lo que queda atrás y esforzarme por alcanzar lo que está delante, para llegar a la meta” (1 Cor 3, 13-14).

     Todo proceso de cambio entraña cosas de las cuales es preciso responsabilizar y responsabilizarse.  Pero la actitud rectora ha de ser eminentemente proactiva, constructiva. El Episcopado venezolano ha subrayado, ante la grave crisis, la necesidad de una refundación nacional, de un reencuentro venezolano en profundidad, apelando a lo mejor de nuestra tradición histórico cultural y de la herencia cristiana.

     Un factor negativo resaltante y causa patente del desastre venezolano ha sido un dañino nominalismo institucional, jurídico y, específicamente, constitucional. Nuestra Constitución, perfectible ciertamente,  constituye un conjunto apto para regir ordenada y democráticamente el país. Basta leer su Preámbulo y sus Principios Fundamentales, y, como muestra, el artículo 6. Pero esos textos se han quedado en palabras vacías, simples nomina. Junto a la declaración suprema de derechos-deberes ha  dominado el panorama en estas últimas décadas un proyecto que el Episcopado no ha dudado en calificar de totalitario.

     A cinco siglos del encuentro nacional fundante de los caballeros don Martín y don Juan, la mejor celebración sería el hacer de esta tierra de gracia un país reconciliado consigo mismo en verdad y libertad, justicia y fraternidad.  

 

 

  

 

 

 

 

 

viernes, 24 de julio de 2026

PROPUESTA DE NUEVA SOCIEDAD

     Hablar de una nueva sociedad es referirse a una sociedad deseable, que responda a las varias exigencias del ser humano como persona y en su convivencia ciudadana. Dada la condición histórica del hombre, en continuo devenir, no se puede pensar en una estructura política definitiva, terminal, sino en una configuración siempre abierta a un ulterior desarrollo. El movimiento puede pensare aquí entonces como en dinámica asintótica, como proceso hacia un término siempre en cercanía.

     El Concilio Plenario de Venezuela (2000-2006) -asamblea pastoral la más importante en los quinientos años de la comunidad eclesial nacional- produjo un documento (el 3o. de 16) precisamente con el título  de Contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad y el cual, por su metodología de ver-juzgar-actuar, constituye una especie de manual de Doctrina Social de la Iglesia (DSI) aplicada a nuestro país. Hablar de ésta constituye, sin duda,  un tema de particular importancia en la actual circunstancia de nuestra nación, golpeada por terremotos y aquejada por una crisis global tan grave que urge una refundación nacional, como lo ha planteado repetidas veces el Episcopado.

     La referida crisis ha envuelto no sólo las instituciones de tipo constitucional, sino también  las estructuras económicas, políticas y ético-culturales, como consecuencia de la aplicación de un proyecto de corte totalitario denominado Socialismo del Siglo XXI. Éste ha llevado, entre otras cosas, a la eliminación, absorción, fraccionamiento y manipulación de partidos y otras organizaciones políticas en el marco de una estatización centralizada. Ello se dio luego de un pragmatismo empobrecedor y del vacío de una   educación cívica en los últimos tiempos de la llamada “etapa democrática”.

     En medio de la actual incertidumbre y de ambiguas y contradictorias propuestas,  se abren, sin embargo, horizontes de cambio que generan esperanza y animan el compromiso ciudadano. En este sentido, el pueblo  -“soberano”(CRBV 5)-  manifestó en su última decisión electoral (28. 7. 2024) qué camino, constitucional, quiere para el país en línea pluralista, reconciliadora, democrática. Una vía distinta de la impuesta en lo que va de siglo por un régimen opresivo monopolizador.

     En este escenario se revela de gran valor, utilidad y necesidad,  lo que la Doctrina Social de la Iglesia ofrece para la construcción de una nueva sociedad venezolana, especialmente luego de la exposición actualizada y animadora hecha por el Papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas.

      Antes de cualquiera otra observación valga recalcar los puntos siguientes: 1) La DSI no constituye un proyecto o programa político, sino que sirve de herramienta o material para ello; 2) no es propiedad   exclusiva de  ningún partido o movimiento, pues constituye propuesta abierta; 3) no conforma un conjunto teórico u operativo cerrado, sino en continua progresión y actualización; 4) es de la Iglesia, pero no confesional, doméstica, sino abierta “a todos los hombres de buena voluntad”  en  línea humanizadora, servicial. Sobre si es “ideología” o no, la respuesta queda abierta por la equivocidad de dicho vocablo.

     No es del caso  exponer aquí los fundamentos y principios de la DSI. El citado documento del Papa es bien claro, sintético y pedagógico al respecto, especialmente en sus dos primeros capítulos; y bien actualizado por su lúcida ubicación en la nueva era digital. Sí quisiera subrayar la utilidad y oportunidad de dicha enseñanza en esta Venezuela que urge reencontrarse consigo misma para entrar sólida y eficazmente en el nuevo siglo y el nuevo milenio.

     La DSI,  abierta al mundo, interpela, sin embargo, en primer término, a los católicos, cristianos, que creemos en un Dios Trinidad, Amor, que ha creado al ser humano para amar.  Es bastante diciente lo que subrayó el Concilio Plenario de Venezuela: “ “Los cristianos no pueden decir que aman, si ese amor no pasa por lo cotidiano de la vida y atraviesa toda la compleja organización social, política, económica y cultural. Por ello se tiene que promover  la civilización del amor como fuente de inspiración de un nuevo modelo de sociedad” (Doc. 3, 90).

 

 

sábado, 11 de julio de 2026

¡ABAJO CADENAS!

 La cercanía del 5 de Julio invita a una reflexión sobre libertad y esclavitud.

     León XIV en su reciente encíclica Magnifica Humanitas (MH) aborda el tema  propósito de la salvaguarda de la persona humana en estos tiempos de inteligencia artificial. Esto evidencia que esclavizar no es sólo una mancha del pasado, sino amenaza permanente durante el peregrina humano.   

     Con notable retraso la sociedad y la Iglesia condenaron esa terrible práctica, aceptada en Venezuela hasta la época de los Monagas en el XIX, siglo en que el flagelo encontró de parte de la Iglesia, “una condena formal, absoluta y universal” en particular con el Papa León XIII (ver MH 176). Es bien significativo que desde tiempos remotos la esclavitud había sido  institucionalizada, como lo demuestra la estructura triádica social de los griegos: ciudadanos/otros (extranjeros, comerciantes, artesanos/-esclavos.

     Lamentablemente la vergonzosa realidad humana de la esclavitud no se restringió a un ordenamiento formal, estamental, de la sociedad; se trataba, en efecto, de un relacionamiento  inhumano  manifestado de múltiples maneras y reflejo de la condición,no sólo débil e imperfecta, sino también pecadora, malvada, del ser humano. El filósofo Hobbes (+1679) llegó hasta formular la agresiva definición del “homo homini lupus” (el hombre, lobo para el prójimo), tratamiento extendido desde la relación persona-a-persona hasta lo  macropolítico. El egoísmo humano está tentado siempre de apetencias esclavistas, cuya manifestación  ha asumido en nuestro tiempo también el ominoso aparataje de redes, carteles y asociaciones mafiosas del más diverso género, que se tejen con la  gerencia de trata de personas y  comercio de órganos, para no hablar de los mercados de armas y una “normalización” de la guerra.

     La interpretación cristiana de la historia no es una  panglosiana evasión del conlicto, pero tampoco la de una interpretación trágica de cierre de horizontes. Desde el Génesis la historia se muestra como tensión, lucha entre el egoísmo y la comunión. La victoria total y definitiva de Cristo se entiende como horizonte de un peregrinaje histórico, que junto a lo mejor va inventariando también una crónica de lo peor.

     En el ámbito político y ético-cultural se puede hablar de tendendencias, mentalidades, ideologías esclavizantes. Éstas se podrían ejemplificar fácil y dolorosamente en la contemporaneidad con los totalitarismos nazi-fascista y comunista, de los cuales el Holocausto y los gulags quedaron como símbolos máximamente expresivos.

     Pero lo de esclavitud no se reduce a sus manifestaciones más aparatosas como las mencionadas; tiene formas más sutiles y maquillajes de imposición que la presentan como inofensiva y hasta conveniente. La manipulación y el dominio inhumanos se revisten de atractivos mediante mecanismos populistas, argumentos de necesidad y conveniencia. La esclavización tiende a transformarse en ambiente, que envuelve y transforma de modo sutil a personas y grupos sociales. El documento pontificio arriba citado Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial ofrece al respecto advertencias de suma importancia. Esclavizar es una tentación omnipresente: en personas y colectividades, ciudadanos y estados. Concierne a todos los ámbitos sociales; económico, político y ético-cultural.

     Bajando a tierra y circunstanciando ideas en lo acaecido en Venezuela durante este siglo y milenio podemos identificar  hechos y tendencias manifiestamente esclavistas de parte oficial. Símbolos patentes son la hegemonía comunicacional, los presos políticos, el estatismo económico, el silencionamiento del soberano y el monopolio ideológico educativo. Todo ello contradiciendo preceptos constitucionales, exigencias del estado de derecho y requerimientos básicos de derechos humanos. No sin razón el Episcopado Venezolano calificó en repetidas ocasiones al régimen del Socialismo del Siglo XXI como proyecto de corte totalitario. 

     Liberar de la esclavitud, llamado del himno patrio, es una consigna que tiene sentido en la  Venezuela actual, desafiada para constituirse como nación genuinamente democrática.

 

domingo, 28 de junio de 2026

DEMOCRACIA Y ECOLOGÍA

 

    Lo ecológico en un tema emergente de primera importancia en materia de compromiso personal y social. Y de tal magnitud que ha llegado a sugerirse su incorporación como  complemento del título mismo de la Doctrina Social de la Iglesia . 

     Un documento de sumo valor en este campo constituye la encíclica del Papa Francisco Laudato Si´(24. 5. 2015,en que, de modo sistemático e integral, aborda desde la razón y  la fe, esta problemática en su multiforme dimensión, económica, política y ético-espiritual cultural. Llega hasta ampliar el término comunión, de raigambre típíca interpersonal, para identificar también el relacionamiento humano con el ambiente inmediato y cósmico. El Papa León XIV ha puesto igualmente de relieve la vasta comprensión de lo ambiental en su reciente documento Magnifica Humanitas, donde habla de una ecología de la comunicación, particularmente por los nuevos retos que pone la inteligencia articial.

     Democracia es un un vocablo de muy amplio sentido. De una significación inicialmente restringida a poder del pueblo, se ha ampliado para comprender también todo lo que implica servicio, participación, interés, bien, de la comunidad humana. Por ello la elección de gobernantes y la conformación de partidos políticos conforman sólo aspectos, muy importantes por lo demás, de una sociedad democrática. Es en este marco en que cabe hablar de la relación democracia- ecología.

 

Hay situaciones dramáticas en que este binomio resalta con carácter de urgencia. Es el caso de la devastación ambiental y antropológica producida por la criminal voracidad minera en el Sur del Orinoco en un escenario nacional de quiebre democrático. Se revelan allí en Guayana, de modo patente, las dañinas consecuencias del maltrato ecológico con el deterioro y muerte también de humanos explotados y explotadores. Aquí se aplica aquella advertencia de Jesús: “Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? (Mt 16, 26).

     Ahora bien, al cuido ambiental no se lo debe ver y manejar desde el solo ángulo de la mala praxis, sino, sobre todo, en perspectiva positiva del aprecio y mejoramiento; y no apenas, en lo conocido de aire, vegetación o contaminantes, sino también en otros aspectos como el urbanístico y el relacional de la convivencia. Abundan, en efecto, los depósitos de gente en aglomeraciones humanas sin lugares de encuentro y esparcimiento en marcos ambientales amigables. Más que las personas interesan los metros cuadrados comercializables y el aprovechamiento pragmático del espacio. Un genuino humanismo en seres in-corporados exige una correspondiente planificación urbanística  en perspectiva ecológica.

         Recuerdo con satisfacción y agradecimiento que en la escuela primaria de mi pueblo andino nos enseñaron tres consejos: no matar pajaritos, no desgajar plantas y ayudar a los ancianos a pasar la calle. Eso en tiempos en que de ecología no se conocía ni la palabra. Ello me invita siempre a remachar la necesidad de una educación ambiental en su sentido más amplio, como parte de una formación social y cívica, la cual en un tiempo existió, para luego desaparecer sin dolientes.

 

La democracia ecológica o ecología democrática exige variadas cosas de las cuales podrían mencionarse las siguientes: legislación favorable a la protección del ambiente con una administración que asegure su aplicación; educación ambiental en los varios niveles  pedagógicos; servicios o secciones  ad hoc en las más diversas entidades (gubernamentales, partidos políticos, instituciones sociales y religiosas); promoción del cuido ambiental en las familias y las organizaciones vecinales. Todo ello tendiente a la promoción de una cultura ambiental.

     La democracia a más de sistema de organización política constituye un ambiente. No se reduce, por tanto a estructuras y procedimientos, sino que está llamada a conformar una atmósfera como compartir de libertades hacia el bien común de la polis. Ello exige el reconocimiento de las personas con su dignidad y derechos;  delicadeza y  solidaridad; sano pluralismo y efectiva participación. Y, por supuesto, una indeclinable lucha contra  males como corrupción administrativa, manipulación del prójimo, populismo, hegemonía partidista y  totalitarismos francos o maquillados.

     La democracia como  delicada planta requiere afectuoso cuido.

 

 

     

 

 

 

 

miércoles, 17 de junio de 2026

Democracia y verdad

 

“La verdad los hará libres”. (Jn 8,32).Frase lapidaria de Jesucristo.

 

    Con respecto a la verdad conviene recordar varias de sus significaciones: 1) concordancia de lo que lse dice con la realidad de las cosas,como cuando expreso “llueve” y està lloviendo; 2) correspondencia de lo que se afirma con lo que se piensa, lo contrario es la mentira; 3) acuerdo de la cosa con su denominación,como cuando se recalca que una joya es oro de verdad.Tenemos entonces un triple sentido de verdad: lógico,ético y ontológico. En la ordinaria comunicacion no es raro combinarlos. La  citada frase del Señor envuelve esos distintos significados, así como los envolvieron la tentación y el pecado originales de que habla el Génesis( 3). Jesús, por cierto, calificó al demonio como padre de mentira (Jn 8,44 ).

     Lo anterior nos enseña que la consistencia  de una sociedad y el bien de la humanidad  han de tener como norte la verdad. Las faltas contra ésta y particularmente la mentira, que algunas vecese toma la forma de cinismo, es fuente de opresiones y esclavitudes.

     El binomio verdad-libertad tiene una aplicación inmediata en la relación democracia-verdad. Resulta muy oportuna la enseñanza del Papá León XIV en su encíclica Magnífica Humanitas: “La búsqueda de la verdad es un elemento esencial para la democracia, que es en sí misma un instrumento de participación en el bien común. Cuando la pregunta sobre lo que es verdadero pierde interés y se impone un pragmatismo que se conforma con lo que parece útil o eficaz, la vida democrática se debilita. Esta, en efecto, no se sustenta únicamente en normas y procedimientos, sino, ante todo, en una relación leal con los hechos y en una orientación real hacia el bien de las personas y del conjunto de la sociedad. El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo (MH 134)

     Factor sobresaliente en el desastre nacional, ha sido la ausencia de la verdad, particularmente en su sentido ético. De modo especial con el cinismo del asi llamado Socialismo del Siglo XXI, pero también con un pragmatismo empobrecedor en los años precedentes. Resulta indispensable para una reconstrucción del país reeducar en materia de transparencia, coherencia,sinceridad y  otras virtudes fundamentales.Ejemplos patentes de faltas contra la verdad han sido la Constitución reducida a pura letra,la imposición ideológica con la hegemonía comunicacional, la disfrazada exhibición de graves violaciones de derechos humanos. Podrían añadirse las falsas promesas y la distorsión de los resultados electorales.

 

La inteligencia y la voluntad,facultades fundamentales del espíritu humano,no se dan en el peregrinar histórico en estado puro por razones antropológicas e históricas (pensemos en los condicionamientos de la corporeidad terrena y en la congénita concupiscencia). Los pecados capitales, comenzando por la soberbia y la avaricia, constituyen amenazas permanentes.

     La convivencia democrática, tejido de decisiones económicas, politicas y culturales,  es obra de humanos concretos, ciudadanos limitados en su entender y expuestos en su decidir. “Veo y apruebo lo mejor, pero sigo lo peor” es una sentencia que un antiguo tocayo romamo  plasmó en Las metamorfosis. Una vision cristiana enriquece lo que en este campo se puede decir y y se debe realizar en perspectiva humanista. Sinceridad,rectitud, humildad, servicio, son, entre otras, virtudes de los ciudadanos que quieren construir el bien común y el futuro deseable de la polis, como “nueva sociedad”, “civilizacion del amor”.

      Una educación ciudadana es, indispensable  para una genuina democracia. La política exige discreción, reserva, sinceridad, comportamientos que exigen la marginación de la mentira y mucho más, del cinismo. La formación cívica ha de favorecer un espíritu critico y y una gran aprecio a la libertad, la justicia y la fraternidad.

     La democracia es una planta muy delicada,que es preciso cuidar porque no tiene seguro de vida.Se deteriora con la falsedad y la inautenticidad de los gobernantes , asi como con el escepticismo e indiferencia de los ciudadanos. La primera escuela de la verdad es la familia, la cual en Venezuela es sumamente frágil. Es preciso recuperar y fortalecer el valor y la dignidad de la política, considerada lamentablemente por no pocos como ámbito de egoista promoción e hipocresía.

     Una sociedad de contextura y vocación democráticas exige una búsqueda esforzada y un incansable cuido de la verdad en su triple sentido. Procurando abrevar y fortalecerse en la fuente divina de la verdad.

 

jueves, 14 de mayo de 2026

AMOR COMO VALOR SUPREMO

 

    Se ha solido identificar de tanto en tanto el fin de la historia con acontecimientos tremendos o maravillosos. Algo de eso se fantasea actualmente con motivo de los saltos en el campo tecnológico comunicacional y muy concretamente con la denominada inteligencia artificial. De ésta, no poco estamos viendo y lo demás está por verse. Aunque cabe pensar que el devenir humano continuará siendo por un largo futuro una abundosa caja de sorpresas.

    La originalidad del ser humano radica en su condición de inteligente, poseedor de un conocimiento espiritual, que supera las limitaciones de lo material y sensible, a pesar de las exageradas interpretaciones que de éste han formulado pensadores empiristas como Hume. La capacidad de “leer en profundidad” -así se traduce el vocablo latino intellectus - acompañada por otra facultad que es la voluntad, constituye al hombre como persona. Lo volitivo es tendencia hacia lo que el conocimiento presenta como apetecible, como bueno. El ser humano no se queda, por tanto, en la mera contemplación de la realidad, sino que tiende a su fruición en base a opciones. En ello se fundamenta el ser libre, capaz de decidir.  Al animal lo guían sus instintos, la persona se autodetermina por decisiones.  Esto entraña un valor de inmensurable riqueza; pero también una tentación, por el peligro de escoger lo malo y dañino bajo la apariencia de bien.  Pero la libertad en su definición positiva, antes que decisión ante alternativas, entraña la posibilidad de adherirse a un bien, en lo cual consiste la perfección personal. La libertad no se reduce a voluntarismo, pues tiene, como norte y plenitud, lo bueno en su apertura infinita.

    La dinámica personal no se queda, pues, en una simple adhesión o fruición de cosas, ni aun en el relacionamiento funcional o utilitario entre personas, sino que tiende al encuentro o compartir interpersonal. Éste significa una genuina comunión de libertades. Los pecados capitales, comenzando por la soberbia y la avaricia, constituyen entonces un desvío del camino humano hacia su verdadera perfección. Por cierto que el Papa Pablo VI formuló el concepto de civilización del amor como sinónimo de una nueva sociedad, de la deseable convivencia humana, la cual entraña, más allá de leyes o estructuras justas, una co-existencia solidaria, servicial, fraterna.

    En la Biblia aparecen tres cartas de Juan, discípulo del Señor Jesucristo. En la primera de ellas encontramos la siguiente frase de un contenido sumamente rico y profundo: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1 Jn 4, 8). Conjuga dos principios de máxima profundidad, uno cognoscitivo, epistemológico, y otro entitativo, ontológico, que tienen, como connatural acompañante o consecuencia,  el precepto ético primario y radical del amor. De la riqueza encerrada en aquella sentencia valga enunciar ahora una tríada de expresiones.

    Una primera sería lo que sirve para valorar la inteligencia artificial. El devenir humano no se juega sólo o principalmente en lo intelectivo, sino en la orientación de la voluntad, en la decisión libre. No en simples logros o selecciones, sino en selecciones y adhesiones.

    Una segunda es lo que ayuda a orientar la socialidad humana en el ámbito económico, político o ético-cultural, en lo científico, técnico y tecnológico. El norte definitivo a seguir es el encuentro, la comunión de personas y comunidades, más allá de simples convergencias y acuerdos.

    Una tercera indica por dónde va una auténtica espiritualidad y religiosidad. Ya para los judíos y luego para los cristianos la revelación divina puso bien en claro que por encima de ofrendas, sacrificios rituales, observancias legales, debía prevalecer el cuido de los más débiles, el trato mutuo respetuoso y fraterno, la apertura del corazón a Dios y al prójimo.  

    En situaciones como la actual venezolana esto tiene aplicaciones muy concretas a la hora de formular propuestas, así como de jerarquizar orientaciones y decisiones, superando interpretaciones reductoramente economicistas y soluciones estrictamente políticas. Lo cultural, y dentro de ello lo ético espiritual, ha de jugar un papel primordial.

viernes, 8 de mayo de 2026

TRIADA PRIORITARIA NACIONAL

     Prioridad es una necesidad que ocupa un primer plano en el orden operativo. Constituye, por tanto, una tarea que interpela con especial urgencia. Una buena planificación exige una adecuada selección en lo tocante a prioridades.

    Personalmente me gusta pensar y trabajar con tríadas. Ayuda a precisar y jerarquizar ideas y prácticas. Entre los pensadores Hegel destaca por su sistematización triádica. Desde el punto de vista de la reflexión y la acción cristianas no tiene nada de extraño lo relativo a tríadas, ya que centro y eje la fe es la afirmación de Dios creador y salvador como Trinidad, comunión, amor. El Papa Francisco en su encíclica ecológica Laudato Si´, citando a San Buenaventura subraya: “cada criatura lleva en sí una estructura específicamente trinitaria tan real que podría contemplarse fácilmente si la mirada humana no fuera tan parcial, oscura y frágil” (LS 239). 

    Volcando los ojos a nuestra situación de crisis global nacional y a los imperativos que se plantean para la reconstrucción del país, podría estructurarse una tríada de prioridades a la hora de jerarquizar decisiones. En la línea de búsqueda de soluciones no resulta extravagante que Washington haya planteado formal y oficialmente su intervención en forma también triádica.

    Antes de formular una trilogía de prioridades para la recuperación nacional no podría menos de manifestar extrañeza ante el planteamiento, que no raramente se hace, de subrayar lo económico como el primer ámbito de atención.  No porque lo económico no juegue un papel fundamental en el funcionamiento social (marxista y liberales coinciden en esto), sino porque después de 25 años de progresivo deterioro del país, no hay duda de que el daño ha tenido su raíz fundamental en el proyecto ideológico-político de corte totalitario del llamado Socialismo del Siglo XXI. Causante principal de la crisis no ha sido un mal manejo técnico de la economía, sino una concepción homoneizante y hegemónica de la convivencia social, dentro de la cual ha entrado en juego la centralización económica, conjugada con factores ético-culturales como el pecado capital de la avaricia y una generalizada corrupción administrativa.

    En lo tocante prioridades respecto de la urgente reconstrucción nacional, pueden señalarse las siguientes:

1.       Desmonte de la represión o, en positivo, restablecimiento del estado de derecho, de la vigencia de la Constitución, del clima de libertad y respeto de los derechos humanos; esto implica, entre otros, la libertad incondicionada de todos los presos políticos, civiles y militares, así como el poner término a la hegemonía comunicacional.

2.       Agenda electoral, reestructurando organismos como el CNE y el TSJ, fijando fechas para el proceso, estableciendo mecanismos y garantías de transparencia (registro de votantes, veeduría internacional).

3.       Regreso de exiliados o, en otros términos, reintegración abierta a la cuarta parte de la población venezolana (¡!), hoy ex patriada.

     Hablar adecuadamente de prioridades se lo entiende, obviamente, en el marco situacional de un país que sufre una patente contradicción: riqueza en potencial económico (petróleo, minas, tierras…) junto a un pueblo viviendo mayoritariamente en pobreza y con fuertes índices de miseria. Y de una nación que exige particular cuidado de su educación y de una pedagogía ciudadana hacia la corresponsabilidad y la solidaridad.

     Cambiar cosas importa, pero, todavía más, cambiar personas y comunidades en orden a una calidad de vida moral y espiritual. No pocas veces se restringe el llamado al cambio ético a lo relativo a corrupción administrativa e irrespeto a los derechos humanos; pero no se pone la debida atención a la formación de personas y comunidades en la positividad de valores como gratuidad social, fraterna convivencia y calidad de vida. En esto tienen particular responsabilidad las instituciones religiosas, que se contraen con frecuencia a lo íntimo personal, sin extender la mirada al relacionamiento interpersonal y la comunión social también en perspectiva trascendente. Los cristianos, que creemos en un Dios Trinidad, amor, tenemos en esto una vocación-misión muy especial.

   

lunes, 20 de abril de 2026

TRANSICIÓN A LA VENEZUELA IRREMPRASABLE

     Aunque alguna vez el tono o la explicitación no hayan sido lo suficientemente expresivos, eso no mengua la línea dominante crítica y la denuncia persistente de la representación oficial de la Iglesia con respecto al régimen gobernante de nuestro país en todo el presente siglo-milenio. El Episcopado ha utilizado calificativos que hasta ni políticos ni politólogos se han atrevido a emplear.

    Prueba de lo anterior es lo dicho por la Conferencia Episcopal Venezolano en “Carta fraterna” de su CXIII Asamblea Extraordinaria (12 enero 2020), publicada en Compañeros de camino, 2008-2021, serie que recoge la documentación del Episcopado: “Para quienes hoy están al frente del gobierno, lo que cuenta no es el bien común sino el interés desmedido de riqueza y poder hegemónico, capaz de resquebrajar todo intento de vivir en auténtica democracia. Vivimos en un régimen totalitario e inhumano en el que se persigue la disidencia política con tortura, represión violenta y asesinatos, a esto se añade la presencia de grupos irregulares bajo la mirada complaciente de las autoridades civiles y militares, la explotación irregular de recursos mineros que destruyen amplias extensiones del territorio venezolano, el narcotráfico y la trata de personas”.

    La palabra episcopal no se ha quedado en denuncias; ha formulado propuestas. Ha planteado repetidas veces la necesidad de una refundación del país, precisando aspectos concretos de la necesaria reconstrucción, tanto en lo económico, como en lo político y lo ético cultural. Ha insistido en la participación y corresponsabilidad de todos los ciudadanos para la realización de esta obligante tarea, que exige la toma de “conciencia del protagonismo de todos los miembros del pueblo venezolano, único y verdadero sujeto social de su ser y quehacer” (Exhortación 12 de julio 2021).

    Lo pasado es fundamentalmente material de archivo y consulta. El presente es la realidad con que contamos y con la cual hemos edificar, desde ya, el proyecto nacional deseable y obligante. En relación a éste subrayaré cinco puntos del último mensaje del Episcopado, a raíz de su asamblea de febrero pasado, explicitando la numeración correspondiente:

    1.” Una sociedad se reconcilia y se reconstruye, no con héroes, sino con personas libres, responsables, capaces de convivir dignamente y de construir un futuro lleno de esperanza” (10).

    2. La soberanía, que reside intransferiblemente en el pueblo (11), se vio desconocida el 28 de julio 2024. “Los hechos del tres de enero de este año (…) muchos estiman que abren caminos para lograr la democratización” (No. 12). “En función de garantizar la soberanía y la autodeterminación sobre nuestro destino (…) necesitamos: reconstruir la institucionalidad democrática; restituir la independencia de los poderes públicos; contar con un Tribunal Supremo de Justicia y un Consejo Nacional Electoral creíbles y que garanticen elecciones libres y justas (…) En este proceso debemos participar todos los venezolanos que estamos aquí y los que están fuera” (No. 14).

    3. “Una vez más, solicitamos la plena liberación de todos los presos políticos o detenidos por causas injustas” (No. 17).

    4. “Un aspecto fundamental (…) debe ser la superación del empobrecimiento que hoy azota a un porcentaje mayoritario de la población, y que es una de las causas del inmenso y doloroso éxodo de muchísimos compatriotas. En este sentido, es imperativo que los recursos que se reciban por la reactivación de la industria petrolera se destinen a mejorar la calidad de los salarios y a implementar programas sociales” (No. 19).

    5. “Como Iglesia católica, nos comprometemos a que nuestras diócesis, parroquias, comunidades, instituciones educativas y sociales, sean espacios de encuentro, escucha y acompañamiento, que generen signos claros y creíbles de fraternidad y reconciliación” (No. 20).

    La Iglesia plantea con carácter de urgencia la reconstitucionalización (democratización, estado de derecho) del país; lo hace dentro de su misión de ser signo e instrumento de efectiva comunión también ciudadana. La interpelación es de Jesús el Señor “(…) toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá subsistir” (Mateo 12, 25).

                              

 

sábado, 4 de abril de 2026

LAICOS EN LA IGLESIA

     La Iglesia en cuanto comunidad cristiana se distribuye en tres sectores: ministerio pastoral o jerárquico (clérigos), laicado y vida religiosa (consagrada).

    El primero está constituido por una tríada: obispos, presbíteros (ordinariamente llamados sacerdotes) y diáconos.  El segundo lo integran los laicos, denominados también seglares. Y el tercero lo forman los religiosos (as), que profesan tres votos (promesas, compromisos), a saber:  castidad, pobreza y obediencia.

    De estos tres sectores el de los laicos totaliza prácticamente la entera Iglesia. Pensemos que los católicos en Venezuela sean unos 20 millones; pues bien de estos todos son laicos menos unos 10.000, que suman, más o menos por partes iguales, los miembros de los otros dos sectores. Es decir, la Iglesia está compuesta fundamentalmente por laicos, con muy pocas excepciones. Esto significa que en la generalidad de las parroquias… ¡el único no laico es el párroco!

    Esto ha de llevar a los católicos a una seria reflexión acerca de la responsabilidad cristiana no sólo respecto de la Iglesia sino del país.

    Lamentablemente la mentalidad dominante es de un marcado clericalismo, que en la práctica identifica a la Iglesia con el clero. Lo cual no es ninguna innovación, pues tiene una larga tradición, reforzada a partir de la separación protestante del siglo XVI. Ésta en general minimizó la función de la jerarquía y subrayó el papel de los laicos. La respuesta católica, de carácter beligerante, acentuó todavía más la potestad del clero. Se recalcó la distinción de Iglesia docente/discente (del latín aprender) u oyente, y de pastores/fieles. En los tratados teológicos sobre la Iglesia la reflexión sobre el laicado (y los religiosos) estaba ausente. Resultado: una concepción bien piramidal en cuanto a autoridad, disciplina, iniciativa… Ello no implicaba, por supuesto, la ausencia de los “fieles”, quienes actuaban su vida cristiana, practicaban la religiosidad popular, y realizaban obras caritativas, hasta expresiones de notable santidad como es el caso de un Tomás Moro, una Teresa de Jesús y un José Gregorio Hernández.

    El Concilio Plenario o Sínodo Nacional de Venezuela (2000-2006) en uno de sus 16 documentos, el dedicado a los laicos, expuso muy bien esta materia con su metodología de ver-juzgar-actuar; destacó, justo al comienzo, una significativa afirmación con tintes de proclama: “Los signos de los tiempos muestran que el presente milenio será el del protagonismo de los laicos”. Un innegable desafío al ejercicio de la misión de estos en la Iglesia y en el mundo.

    Afirmar el protagonismo laical no implica en modo alguno opacar el papel del ministerio pastoral o jerárquico -fundado en la institución de los Apóstoles por el Señor Jesucristo- pero sí lo relativiza dentro del conjunto eclesial y, además, subraya el papel transitorio de obispos, presbíteros y diáconos para el sólo tiempo del peregrinar de la Iglesia en la historia. En el cielo no habrá jerarquía sino sólo la de Dios Trinidad y Cristo Señor.

    Resulta clave, en consecuencia, identificar bien lo propio y peculiar del laico, a saber, su condición secular (palabra procedente de saeculum en latín, que quiere decir siglo, mundo), llamado, por tanto, a vitalizar la convivencia humana histórica en el sentido del Evangelio, del amor. El laico se ha de definir como miembro de la Iglesia en el corazón del mundo, constructor de una nueva sociedad abierta a lo definitivo.

    El laico está llamado a actuar en comunión con la jerarquía, con los pastores, pero con responsabilidad inalienable. Tomando iniciativas que le corresponden por su fe y su bautismo. No es un brazo largo del clero, sino protagonista de una misión que le es propia, la evangelización de lo económico, lo político y lo ético-cultural. Miembro participativo y corresponsable de la comunidad eclesial, el campo propio de su misión evangelizadora es el ancho y vasto mundo, comenzando por el inmediato familiar, que es su Iglesia doméstica.

    Esta Venezuela en aguda crisis urge un laicado protagonista de nuevos tiempos.