Cuando se habla del cambio
situacional global contemporáneo se suele utilizar el calificativo epocal para
significar su magnitud y peculiaridad. No se queda, simplemente en algo grande,
impresionante. Es tan especial que para calificarlo hay que inventar un
término. Se trata de un cambio de época, cuyas manifestaciones se dan
particularmente en las ciencias de la vida y en la esfera comunicacional.
No es de extrañar que ante tan
peculiar metamorfosis no falten quienes piensan que estamos llegando a las
últimas páginas de la historia (tiempos apocalípticos), cosa que, por lo demás,
ya se ha dicho antes en tiempos de extraordinarias transformaciones. Conviene a
este propósito recordar que el paso de lo temporal a lo definitivo,
escatológico, es secreto de quien tiene en sus manos el poder supremo, creativo.
Si es así, podría pensarse que en los inicios de este tercer milenio estaríamos
apenas comenzando a tejer historia.
Lo cierto es que lo que está
sucediendo con la inteligencia artificial es algo que supera lo inimaginable y
deja en el estupor. Y, más cierto todavía, que lo por ver dejará pequeño a lo visto.
Un pensamiento que surge fácil en
medio de la estupefacción es que parecería que el ser humano se desvanecerá
ante la dimensión y el poder de la máquina. Y que robots y utensilios por el
estilo serán entes más útiles y confiables que el frágil homo del
devenir histórico. Y que ya no será necesario pensar, porque habrá otro que lo
hará -y todavía mejor - que nosotros. Y que pensando, ni se cansará, ni se
aburrirá.
La inteligencia artificial -apenas
en sus comienzos- constituye un imponderable desafío a la actual humanidad. El Génesis
dice que el Ser Supremo hizo al hombre a su imagen y semejanza. Cabe pensar
entonces que ésta tiene bastante todavía por producir.
La inteligencia artificial
exige que tomemos en serio la natural con su haber, sus posibilidades, la
responsabilidad que exige y, sobre todo, su sentido -telos-. La Biblia
insiste, a este propósito, en el valor de la sabiduría, que es más que
simple conocimiento (ofrece, por cierto, un libro específico sobre el tema).
Es aquí donde el intelecto humano ha de tomar viva conciencia de que no se
da como única facultad del hombre, que es espíritu in-corporado. A más
de la inteligencia, que adquiere sus ideas abstrayéndolas de los datos
sensoriales y tiene como horizonte la verdad, el hombre cuenta con otra
facultad, la voluntad, cuyo objetivo es el bien, el cual introduce
al mundo de los valores, a la esfera de lo ético, es decir, a lo más profundo y
trascendentemente personal.
Una afirmación iluminadora en
este tema es la definición que ofrece Juan en su Primera Carta: “Quien
no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4, 8). Allí
aparece que lo más definitorio humano no es el conocimiento, sino la
orientación de la voluntad y la realización de ésta en el amor, que teje
la comunión interpersonal. En el “último día” seremos juzgados, no simplemente
en base al producto de nuestras manos o al contenido y producto de nuestro
cerebro, sino, fundamentalmente, a la orientación de nuestro corazón. Léase, al
ejercicio de nuestra libertad, como escogencia personal ante lo que la
inteligencia le presenta como bien y la conciencia como deber.
La inteligencia artificial es un
instrumento que amplía de modo inimaginable el conocimiento y la praxis del ser
humano; pero es eso, un instrumento que la persona y su comunidad han de
utilizar para su perfeccionamiento, el cual se ha de orientar hacia la verdad y
el bien y, en última instancia, hacia el amor.
El problema clave no es lo que el
hombre alcance o no con la inteligencia natural ayudada por la artificial, sino
lo que el ser humano haga con ésta de bueno. Lo definitivo lo juega la voluntad
en el ejercicio de la libertad. Y la persona alcanza su plenitud mediante la
decisión existencial que pone la voluntad al servicio de lo noble y digno, hacia
la construcción de sí mismo en amoroso relacionamiento con Dios y con el
prójimo.
Una antropología integral implica
desarrollar y articular las potencialidades del ser e instrumental humanos y,
por ende, de la inteligencia artificial, hacia la mayor y mejor auto
realización y relación interpersonal.
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