lunes, 12 de enero de 2026

COMUNIDAD POLÍTICA CREYENTE

     Una lección de origen aristotélico y usada para justificar el pensar filosófico es la siguiente: “¿Que no hay que hacer filosofía? Eso es ya filosofar”. Se legitima simplemente porque el pensar filosófico se refiere a preguntas y respuestas últimas sobre las cosas.

    Esto me recuerda lo que -el ahora canonizado santo- José Gregorio Hernández escribió en el Prólogo de sus Elementos de Filosofía: “Ningún hombre puede vivir sin tener una filosofía (…) En el niño observamos que tan luego como empieza a dar indicios del desarrollo intelectual, empieza a ser filósofo: le ocupa la causalidad, la modalidad, la finalidad de todo cuanto ve”.

    Algo semejante puede decirse sobre el quehacer político del ser humano en el mundo. El negarlo como realidad es ya afirmarlo. Porque nace, se desarrolla y muere en sociedad. Así cuando alguien dice que “no se mete” en política, la verdad es que está ya metido, aunque sea mal metido o pretendiendo una inconsistente “neutralidad”. El término política equivale a ciudadanía (vocablos que vienen de civitas y polis, latino y griego, que se traducen por ciudad).

    Uno nace, pues, político y filósofo. Porque Dios nos creó a los seres humanos sociales y pensantes. Seres relacionales y preguntones.

    Ahora bien, la confusión en lo político viene de no aclararse debidamente los modos de darse y actuarse la ineludible politicidad. Se pueden señalar, en efecto, tres niveles o maneras de entenderse la palabra política: a) como actuación ciudadana simplemente tal, b) como alineamiento partidista, es decir en grupos dirigidos a tomar, ejercer, recuperar el poder o autoridad en la comunidad civil, política, c) como ejercicio de este poder.

    Cuando se habla de la relación Iglesia-política hay que tener bien presente el sentido en que se asume Iglesia, pues este término ofrece tres acepciones: a) comunidad de creyentes, b) sector de los laicos o creyentes caracterizados por su presencia en el mundo para transformarlo en la línea del Evangelio, c) jerarquía o conjunto de ministros al servicio autorizado de la comunidad eclesial.

    Cuando se combinan la tríada de niveles con la de acepciones resulta, por ejemplo, que la jerarquía no puede evadirse de su corresponsabilidad ciudadana, pero su tarea no es- ni puede ser partidista ni de ejercicio de poder; y que el laico está en la política, en todas sus acepciones, como pez en el agua y su compromiso depende entonces de capacidades, circunstancias, inclinaciones, oportunidades.

    La historia, por otra parte, ha registrado participaciones de la jerarquía en política, que hoy se consideran ya inaceptables (pensemos en los estados pontificios antes de la unificación italiana). Y hoy subsisten expresiones peculiares de la relación Iglesia-política normalmente aceptadas (Estado de la Ciudad del Vaticano, diplomacia pontificia, concordatos). La Iglesia es una entidad histórica y no puramente espiritual. De modo que la relación Iglesia-política no se la puede despachar con formulaciones simplistas. Lo que sí es cierto que la misión evangelizadora del llamado Pueblo de Dios le impone una dinámica fundamentalmente ético-espiritual en su etapa de peregrinaje terreno, temporal. Y lo cierto también es algo que el Concilio Plenario de Venezuela destacó en su documento 13, que es una especie de manual de Doctrina Social:

    “Una de las grandes tareas de la Iglesia en nuestro país consiste en la construcción de una sociedad más justa, más digna, más humana, más cristiana y más solidaria. Esta tarea exige la efectividad del amor. Los cristianos no pueden decir que aman, si ese amor no pasa por lo cotidiano de la vida y atraviesa toda la compleja organización social, política, económica y cultural”. Aquí Iglesia se entiende en su sentido global (CIGNS, 90).

    El presente artículo busca facilitar la comprensión del tema explicitando los sentidos de las palabras clave, que si no, se vuelve todo un revoltillo con la inevitable confusión resultante. Todos, creyentes y no creyentes, en nuestra cédula de identidad tenemos necesariamente esta inscripción: “político de nacimiento”. 

jueves, 1 de enero de 2026

FORMACIÓN DE CUADROS

     Los desafíos que plantean las novedades históricas para nuestra Iglesia y su marco situacional nacional y global han de llevan a una actualización continua con miras a respuestas que correspondan a la densidad y amplitud de los escenarios en los cuales se sitúa la misión evangelizadora y el quehacer concreto.

    La historia es continuidad y ruptura, herencia y creación continua por su condición temporal, que es permanente sucesión. Hay momentos, y en uno de ellos estamos, en que ésta se manifiesta de modo extraordinario si se toman en cuenta la profundidad y alcance de los cambios.

    Quienes protagonizaron el Concilio Plenario de Venezuela, muy conscientes de lo anterior, formularon toda una serie de decisiones y propuestas como respuesta a la realidad nacional y a las perspectivas que encaraban. Ello los llevo a producir 16 documentos sobre los principales aspectos que reclamaban la atención de la Iglesia en las varias dimensiones de su misión. A 25 años del inicio de aquella asamblea el balance de aplicación, que registra innegables aplicaciones, exhibe también decisiones que esperan adecuada respuesta. A ello habría que añadir nuevos desafíos que esperan ineludibles compromisos.

    Nada decide la voluntad que antes no haya pasado por la inteligencia. Esto lleva a la necesidad de una formación adecuada para una respuesta conveniente. El compromiso cristiano y el de la comunidad Iglesia reclaman una formación correspondiente e las tareas que se plantean en el escenario de la acción. Una tarea fundamental consiguientemente es la educación que haga posible un actuar a la altura de las exigencias.

    Individualmente y con las comunidades en que está integrado, el creyente debe prepararse en doctrina y práctica para ponerse a la altura de las exigencias situacionales que les plantea el ejercicio de la encomienda evangelizadora. 

    Urge, por tanto, la organización de iniciativas y de centros formativos que capaciten para el ejercicio de la misión en sus diversos campos de quehacer. Y esa formación ha de tenerse en los varios niveles de Iglesia y en los diversos sectores del Pueblo de Dios. A título de ejemplo valga la pena recordar que el Arzobispo de Caracas Arias Blanco por los años cincuenta del siglo pasado y el Papa Juan Pablo II unos veinte años después a propósito del Sínodo sobre Catequesis, subrayaron la necesidad de preparar en Doctrina Social de la Iglesia a partir de la etapa más elemental de la formación en la fe.

    ¿Cómo se está hoy en materia de formación del laicado, cuya misión es una presencia transformadora en el mundo a la luz del Evangelio? A menudo se espera ver florecer lo que no se ha sembrado, o se tienen que llorar las consecuencias de la ausencia de orientaciones sociales en los ámbitos económico, político y ético-cultural, tarea a la cual no se le ha dado la importancia que merece.  Hay grandes vacíos que es preciso llenar.

    El Concilio Plenario de Venezuela insistió por activa y por pasiva en este aspecto de la necesidad de formación. Como ejemplo valga el Desafío 3, del documento 7 sobre los laicos: “Proporcionar a los laicos, en todas las etapas de su vida, una formación desde la fe integral, gradual y permanente”.  Laicos y no laicos hemos de actuar esta interpelante, básica y urgente tarea. 

viernes, 26 de diciembre de 2025

LA OTRA CARA DE LA NAVIDAD

     Pudiera hablarse de dos caras de la Navidad. Una, la que se ha universalizado también en regiones no específicamente cristianas y consiste en un tiempo particularmente festivo, de luces y regalos, de vacaciones y encuentros.

    Para los cristianos la interpretación de la Navidad reviste un sentido de alegría, que en la práctica exhibe diversos niveles de profundidad y de acento religiosos. Para muchos la conmemoración se queda, sin embargo, en lo que pudiera llamarse superficial, prevaleciendo el ambiente general celebrativo.

    La cara navideña predominante para los cristianos subraya los aspectos bíblicos luminosos respecto de la humanización del Hijo de Dios y su comienzo visible terrenal en Belén tales como:  el canto de los ángeles, la adoración gozosa de los pastores, la visita de los magos guiada por la estrella. Alegría y luminosidad puestos ahora de relieve por el pesebre -feliz invención de Francisco de Asís- y los cantos decembrinos, que en Venezuela, por cierto, tienen un jubiloso estilo con los aguinaldos. La liturgia de la Iglesia envuelve la celebración de la Navidad con regocijo y esplendor litúrgicos, enmarcándola en varias semanas de preparación y recuerdo. En nuestro país se dan también expresiones regionales simpáticas de compartir como son, por ejemplo, las posadas.

    La Navidad es, pues, alegría y positividad porque celebra la entrada en el devenir histórico del Hijo de Dios encarnado como “camino, verdad y vida” (Jn 14, 6), salvación temporal y eterna para toda la humanidad. Ahora bien -y es la razón de puntualizar otra cara-, la humanización del Hijo de Dios se ha concretado en un mundo cargado también de negatividad, de pecado, lo que explica por qué el plan salvador de Dios ha entrañado también abnegación, trabajos, sufrimientos y muerte de Jesús. San Pablo en su Carta a los Filipenses dice que Cristo “siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo (…) y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y una muerte de cruz” (2, 6-8).

     Este misterio de vida-muerte explica el porqué de la otra cara. De ésta recordemos algunos acontecimientos del primer tiempo del Señor. La entrada de Jesús a nuestro mundo estuvo acompañada del drama existencial de José, el esposo de María. El original embarazo significó para él inicialmente causa de una profunda crisis al ignorar la verdadera causa; y para María un silencio costoso. Luego la obligación de un censo los obligó a una penosa emigración de su pueblo en Galilea. El nacimiento no pudo darse en una casa por no encontrarse posada para ellos, sino en un pesebre rodeado de animales.  La alegría con los Magos, llegados de improviso y vigilados como sospechosos, fue seguido por un exilio urgente y forzado del pequeño núcleo familiar a Egipto, a causa de la matanza de niños ordenada por el tirano Herodes. Regresados a Nazaret, siguió una vida cotidiana sostenida por el carpintero en un entorno simple y en un país sometido por legiones imperiales.

    La otra cara es este otro aspecto de la vida y acción salvadora de Jesús, la cual ha de reflejarse en algún modo en el ser y actuar de los cristianos durante su peregrinar por este mundo. La espiritualidad creyente ha de incorporar también la propia cruz (pruebas, sufrimientos, renuncias, penitencias) recordando aquello de Jesús: “El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser mi discípulo (Lc 14, 27).

    Estos son someramente algunos aspectos de la otra cara que los Evangelios dibujan someramente del primer tiempo de Jesús, quien asumió de verdad la condición humana, en coordenadas de pobreza y dificultades, de las cuales los escritores primitivos ofrecieron sólo algunos trazos.

    Esta otra cara implica una seria exigencia para quien escribe y para los hermanos en la fe: tomar la vida cristiana en serio, siguiendo los pasos de Jesús y su mandamiento máximo del amor. Y celebrar la Navidad en coherencia con el misterio de la fe.

SOBERANÍA Y SOBERANO

     Cuando se discute sobre soberanía se olvida a menudo el factor generador de su importancia. Parece una perogrullada recordar que lo fundamental de aquella es lo que le da su sentido: el soberano. No la determinación geográfica ni la positividad de la ley. Lo que importa en última instancia, por ende, es lo antropológico, lo social.

    Un pasaje de Sófocles resulta bien iluminador al respecto. Se encuentra en la invocación que el sacerdote hace al rey Edipo con miras a la salvación de Tebas. “Haz ahora lo que antes hiciste. De lo contrario no podrás reinar sobre una nación de hombres, sino sobre un desierto. Nada son los castillos, nada los barcos, si ninguna persona hay en ellos”. Lo dicho hace más de 400 años antes de Cristo en una pieza trágica tiene pleno vigor en la actualidad, cuando elementos fundamentales de una recta e integral antropología son puestos en cuestión.

    La soberanía viene a ser, en la perspectiva del derecho internacional, la libertad de un estado con respecto a un control externo. Tiene que ver con la autoridad y su ejercicio, con la potestad legislativa y el mantenimiento del orden al interno una comunidad política. Nuestra Constitución en su Preámbulo y sus Principios Fundamentales explicita elementos básicos de lo que constituye la soberanía de Venezuela. Y concretamente en el artículo 5 define el sujeto de esa soberanía y la forma de su ejercicio. La redacción de este artículo personaliza la soberanía el identificar al pueblo venezolano como quien la reviste y ejerce. En función de ella surgen órganos legislativos, ejecutivos y judiciales que la ciudadanía produce para hacerla real y actuante. Ese artículo de la Constitución es generador de una visión y una perspectiva humanistas de considerar y actuar la vida de la nación ad intra y ad extra, que anteceden a las determinaciones geográficas, legales, así como a la ubicación y ejercicio de la República en el contexto internacional.

    Lo citado de la tragedia de Edipo Rey pone de relieve el sentido profundo, el telos o finalidad de la soberanía. Parafraseando la invocación del sacerdote puede decirse que nada es la geografía del país, nada las leyes, si la condición y la suerte de la persona y la comunidad humanas no son lo prevalente. ¿Qué es una soberanía con el soberano amordazado? La realidad actual venezolana es bien interpelante al respecto, sobre todo a partir del 28 de julio 2004.

    Pensemos al trata esta materia en lo que atañe al bien común y a los derechos humanos. Éstos han de ser los determinantes en la conceptualización y manejo de la soberanía, por parte de quienes en un momento determinado se identifican como portadores. Porque, por ejemplo, si bien los países tienen fronteras geográficas, los derechos humanos no las tienen. Y no se podría invocar, por tanto, la defensa de la soberanía nacional para justificar la violación de derechos humanos fundamentales. Aquí se puede aplicar aquella enseñanza de Jesús con respecto a la observancia religiosa judía del descanso sabático: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27). Dios creó la humanidad con derechos y deberes y le dio un mundo sin fronteras.

    Principio fundamental de una ética social y, más concretamente, de una concepción cristiana de la persona humana, es el afirmar a ésta como “el principio, el sujeto y fin de todas las instituciones sociales” (Concilio Vaticano II, GS 25). El Concilio Plenario de Venezuela lo recalcó: “una de las enseñanzas fundamentales de la Revelación cristiana sobre los seres humanos es la dignidad y grandeza inalienable de cada una de las personas, creadas a imagen y semejanza de Dios” (CIGNS 94). Obviamente cuando se habla de persona humana se la ha de entender en el marco de su condición y vocación comunitaria y en amistosa unión con su hábitat cósmico.

    Lo anterior, válido en todo tiempo y circunstancia, tiene particular aplicación en situaciones de crisis como la actual venezolana, cuando tiende a eclipsarse el respeto y cuido de la persona y de la comunidad humanas en aras de dominación interna e intereses geopolíticos.  

    Si la soberanía es importante, más importante es el soberano. 

viernes, 12 de diciembre de 2025

SOBERANÍA Y SOBERANO

 

    Cuando se discute sobre soberanía se olvida a menudo el factor generador de su importancia. Parece una perogrullada recordar que lo fundamental de aquella es lo que le da su sentido: el soberano. No  la determinación geográfica ni la positividad de la ley. Lo que importa en última instancia, por ende, es lo antropológico, lo social.

    Un pasaje de Sófocles resulta bien iluminador al respecto. Se encuentra en la invocación que el sacerdote hace al rey Edipo con miras a la salvación de Tebas. “Haz ahora lo que antes hiciste. De lo contrario no podrás reinar sobre una nación de hombres, sino sobre un desierto. Nada son los castillos, nada los barcos, si ninguna persona hay en ellos”. Lo dicho hace más de 400 años antes de Cristo en una pieza trágica tiene pleno vigor en la actualidad, cuando elementos fundamentales de una recta e integral antropología son puestos en cuestión.

    La soberanía viene a ser, en la perspectiva del derecho internacional, la libertad de un estado con respecto a un control externo. Tiene que ver con la autoridad y su ejercicio, con la potestad legislativa y el mantenimiento del orden al interno una comunidad política. Nuestra Constitución en su Preámbulo y sus Principios Fundamentales explicita elementos básicos de lo que constituye la soberanía de Venezuela. Y concretamente en el artículo 5 define el sujeto de esa soberanía y la forma de su ejercicio. La redacción de este artículo personaliza la soberanía el identificar al pueblo venezolano como quien la reviste y ejerce. En función de ella surgen órganos legislativos, ejecutivos y judiciales que la ciudadanía produce para hacerla real y actuante. Ese artículo de la Constitución es generador de una visión y una perspectiva humanistas de considerar y actuar la vida de la nación ad intra y ad extra, que anteceden a las determinaciones geográficas, legales, así como a la ubicación y ejercicio de la República en el contexto internacional.

    Lo citado de la tragedia de Edipo Rey pone de relieve el sentido profundo, el telos o finalidad de la soberanía. Parafraseando la invocación del sacerdote puede decirse que nada es la geografía del país, nada las leyes, si la condición y la suerte de la persona y la comunidad humanas no son lo prevalente. ¿Qué es una soberanía con el soberano amordazado? La realidad actual venezolana es bien interpelante al respecto, sobre todo a partir del 28 de julio 2004.

    Pensemos al trata esta materia en lo que atañe al bien común y a los derechos humanos. Éstos han de ser los determinantes en la conceptualización y manejo de la soberanía, por parte de quienes en un momento determinado se identifican como portadores. Porque, por ejemplo, si bien los países tienen fronteras geográficas, los derechos humanos no las tienen. Y no se podría invocar, por tanto, la defensa de la soberanía nacional para justificar la violación de derechos humanos fundamentales. Aquí se puede aplicar aquella enseñanza de Jesús con respecto a la observancia religiosa judía del descanso sabático: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27). Dios creó la humanidad con derechos y deberes y le dio un mundo sin fronteras.

    Principio fundamental de una ética social y, más concretamente, de una concepción cristiana de la persona humana, es el afirmar a ésta como “el principio, el sujeto y fin de todas las instituciones sociales” (Concilio Vaticano II, GS 25). El Concilio Plenario de Venezuela lo recalcó: “una de las enseñanzas fundamentales de la Revelación cristiana sobre los seres humanos es la dignidad y grandeza inalienable de cada una de las personas, creadas a imagen y semejanza de Dios” (CIGNS 94). Obviamente cuando se habla de persona humana se la ha de entender en el marco de su condición y vocación comunitaria y en amistosa unión con su hábitat cósmico.

    Lo anterior, válido en todo tiempo y circunstancia, tiene particular aplicación en situaciones de crisis como la actual venezolana, cuando tiende a eclipsarse el respeto y cuido de la persona y de la comunidad humanas en aras de dominación interna e intereses geopolíticos.  

Si la soberanía es importante, más importante es el soberano.

jueves, 27 de noviembre de 2025

DIVINIDAD COMO ENCUENTRO

 

    Concilio es una reunión de obispos con miras a decidir asuntos doctrinales y prácticos, algo que se comenzó a tener desde los orígenes mismos de la Iglesia. Se inició con reuniones pequeñas, regionales, para responder a problemas circunstanciales muy concretos. El primero de carácter universal, representando la globalidad de la comunidad eclesial, fue el de Nicea en Asia Menor; convocado por el emperador Constantino se tuvo en el año 325. Estamos, por tanto en un cumpleaños muy especial de dicho acontecimiento.

    Decisión resaltante de Nicea fue la definición de Jesucristo como Hijo de Dios, no creado y de la misma substancia del Padre celestial. Se comenzó a precisar así dogmáticamente el misterio de Dios Uno y Trino, que el pueblo cristiano venía confesando en su fe y venerando en su devoción, pero que las controversias y herejías surgidas en el camino obligaron a una clara formulación. Luego, a finales del mismo siglo (año 381), el concilio también ecuménico de Constantinopla completó el dogma de la Santísima Trinidad (Dios Padre-Hijo-Espíritu Santo).  

    Tenemos así que en el centro o corazón de la fe cristiana está la afirmación de Dios no como un ser solitario, individualidad unipersonal, sino como divinidad interpersonal, encuentro, comunión. El cristianismo no adora varios dioses (politeísmo) sino uno solo (monoteísmo) al igual que el judaísmo y el islam, pero, a diferencia de éstos, como Trinidad.  Según lo expresa la Escritura: “Dios es amor” (1 Juan 4, 8). 

    La filosofía personalista contemporánea ha roto la concepción cerrada de la persona, matriz antropológica del pensamiento moderno, al afirmar lo `personal no como algo “ensimismado”, sino como ser cuya realización y perfeccionamiento se afirma en apertura interpersonal, en bidimensionalidad del en sí-hacia el otro. Pensadores como Mounier y Lévinas han aportado bastante en esto.

    El Dios uno y único revelado por Cristo como Trinidad, comunión, no se queda en misterio trascendente para la simple aceptación y contemplación, sino que ilumina el ser y quehacer del hombre y de la sociedad que éste ha de construir en el mundo. Cuando el Génesis afirma la creación del ser humano por Dios “a su imagen y semejanza” (1, 26) establece las bases de una antropología relacional, social, política, y da la clave de una historia en la cual la acción creadora y salvadora divina se irá manifestando en un sentido no reductivo individualista, sino comunional. Temas como Pueblo de Dios, amor como mandamiento máximo, obligante edificación de la sociedad terrena en convivencia fraterna, plenitud definitiva en la “polis” celestial, son expresiones hondamente significativas al respecto. El Concilio Vaticano II ha sido explícito en este sentido al afirmar que Dios ha querido “santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión de unos con otros, sino constituyendo un pueblo” (Cf. Constitución sobre la Iglesia 9). En este mismo documento se define a la Iglesia en términos de signo e instrumento de la acción global divina.

 Cuando los cristianos manifestamos nuestra fe en Dios Unitrino confesamos una verdad bien interpelante acerca de nuestro relacionamiento fraterno como conducta coherente con la fe. En tiempos de globalización (mundialización) acelerada, así como de inéditas tensiones en la convivencia mundana, el horizonte “unificante” humano (en el mejor sentido del término) planteado en perspectiva cristiana es máximamente positivo y exigente. La persona constituye ciertamente el centro y fin del dinamismo histórico, social, cultural, pero no como ente encerrado, sino como ser en y para la comunión.

    Todo lo que se diga de solidaridad, participación, sinodalidad, tiene su sentido y finalidad en esta línea.  Así como lo que se plantee en materia de libertad, responsabilidad y derechos (deberes) humanos. La fe cristiana no se identifica con intimismo y pura relación vertical con Dios; es apertura y comunicación. Y para la Iglesia las exigencias en este campo son más agudas por su autodefinición como signo e instrumento del plan comunional de Dios.

lunes, 17 de noviembre de 2025

DESAFÍO CULTURAL

     De los tres ámbitos sociales fundamentales, económico, político y ético cultural, este último constituye en definitiva el más determinante, aunque en perspectiva marxista clásica se lo minusvalore, conceptuándolo como superestructural respecto del primero de esta tríada.

    El fenómeno de la galopante islamización Europa justifica la reconsiderar de la presencia e influjo de los factores de la tríada. Ciertamente en aquél causa no pequeña ha sido el debilitamiento espiritual del continente europeo, la marginación de sus raíces histórico-religiosas, una excesiva confianza en la razón encerrada en sí misma y en la avasallante tecnología, así como en una concepción libertina de la libertad. No se trata de abogar por esquemas dominantes del pasado en una historia siempre cambiante, pero sí se hace necesario un ojo más crítico frente a la crisis, para orientarse mejor hacia un futuro deseable.

    En tiempos de la caída del Muro de Berlín se habló del fin de la historia. En ese momento se pensó en el triunfo de un binomio (libre mercado y democracia), sin apreciar debidamente el tercer elemento de la mencionada tríada y los efectos de construir un futuro consistente. Ilustrativa resulta al respecto la notable metamorfosis del marxismo, al no polarizarse ya en la tradicional lucha de clases, sino en animar una batalla cultural formulando nuevos binomios de oposición (razas, géneros, woke…). El Socialismo del Siglo XXI ha surgido adoptando el marxismo en otro marco de interpretación en que se reconocen diversos y aun contrastantes factores, en lo cual cuentan no poco las alianzas geopolíticas (piénsese en la que se teje con el islamismo radical). La escogencia del nuevo alcalde de New York tiene en este lado del Atlántico un alto valor simbólico.

    Cuando se dirige la mirada a nuestro país en grave crisis y hondos anhelos de cambio en estos inicios de siglo y milenio se ha de tomar muy en serio la integralidad de la tríada mencionada, no olvidando la experiencia de una riqueza mal administrada y de una democracia vaciada de autenticidad.

    Dos hechos no positivos y de escasa divulgación invitan a reflexionar sobre la compleja realidad y sus requerimientos. El primero se refiere a la defectuosa realidad familiar: el preponderante matricentrismo existente, que no ofrece un piso consistente para una nueva sociedad. La familia, es en efecto, el núcleo básico generador de la convivencia, la primera escuela y el centro introductor a la cultura de un pueblo. No es del caso entrar aquí en causas, efectos, manifestaciones de esa crítica realidad. Lo imprescindible es tomar conciencia de ella y atenderla positivamente.

    El segundo hecho concierne a la educación, como formadora no sólo de cerebros y habilidades, sino de conciencias y personas. Se trata del Programa Educación Religiosa Escolar, fruto de un convenio Estado-Iglesia firmado en los inicios de los años noventa para servir a los escolares de la llamada primaria. Ese Programa, abierto a un ámbito confesional más amplio que el católico, atendía junto a la formación en la fe, al fomento de valores fundantes de una sociedad genuinamente humana y humanizante. Con el régimen autodenominado revolucionario dicho Programa se desvaneció.

    Hoy en la crisis del país destacan factores de tipo económico y político como son la inflación del poder y la deflación de la ciudadanía en tener y soberanía. Pero resulta obligante subrayar también la urgencia de una recuperación moral y espiritual, en el sentido de libertad responsable, solidaridad, honradez, fraternidad, sentido ambiental, sensibilidad hacia los más débiles, cultivo de valores no rentables, apertura a lo trascendente divino.  El futuro deseable exige ciudadanos corresponsables, verdaderos padres de familia, auténticos educadores, serviciales dirigentes y agentes sociales y políticos.

    A las instituciones educativas y religiosas les cabe un deber especial en este campo. En lo que toca a la Iglesia católica, mayoritaria, la obligación se acentúa; debe integrar debidamente el compromiso por la edificación de una nueva sociedad con su deber evangelizador; no obviando lo “político” sino asumiéndolo seriamente como indisolublemente unido a su misión.