viernes, 26 de diciembre de 2025

LA OTRA CARA DE LA NAVIDAD

     Pudiera hablarse de dos caras de la Navidad. Una, la que se ha universalizado también en regiones no específicamente cristianas y consiste en un tiempo particularmente festivo, de luces y regalos, de vacaciones y encuentros.

    Para los cristianos la interpretación de la Navidad reviste un sentido de alegría, que en la práctica exhibe diversos niveles de profundidad y de acento religiosos. Para muchos la conmemoración se queda, sin embargo, en lo que pudiera llamarse superficial, prevaleciendo el ambiente general celebrativo.

    La cara navideña predominante para los cristianos subraya los aspectos bíblicos luminosos respecto de la humanización del Hijo de Dios y su comienzo visible terrenal en Belén tales como:  el canto de los ángeles, la adoración gozosa de los pastores, la visita de los magos guiada por la estrella. Alegría y luminosidad puestos ahora de relieve por el pesebre -feliz invención de Francisco de Asís- y los cantos decembrinos, que en Venezuela, por cierto, tienen un jubiloso estilo con los aguinaldos. La liturgia de la Iglesia envuelve la celebración de la Navidad con regocijo y esplendor litúrgicos, enmarcándola en varias semanas de preparación y recuerdo. En nuestro país se dan también expresiones regionales simpáticas de compartir como son, por ejemplo, las posadas.

    La Navidad es, pues, alegría y positividad porque celebra la entrada en el devenir histórico del Hijo de Dios encarnado como “camino, verdad y vida” (Jn 14, 6), salvación temporal y eterna para toda la humanidad. Ahora bien -y es la razón de puntualizar otra cara-, la humanización del Hijo de Dios se ha concretado en un mundo cargado también de negatividad, de pecado, lo que explica por qué el plan salvador de Dios ha entrañado también abnegación, trabajos, sufrimientos y muerte de Jesús. San Pablo en su Carta a los Filipenses dice que Cristo “siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo (…) y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y una muerte de cruz” (2, 6-8).

     Este misterio de vida-muerte explica el porqué de la otra cara. De ésta recordemos algunos acontecimientos del primer tiempo del Señor. La entrada de Jesús a nuestro mundo estuvo acompañada del drama existencial de José, el esposo de María. El original embarazo significó para él inicialmente causa de una profunda crisis al ignorar la verdadera causa; y para María un silencio costoso. Luego la obligación de un censo los obligó a una penosa emigración de su pueblo en Galilea. El nacimiento no pudo darse en una casa por no encontrarse posada para ellos, sino en un pesebre rodeado de animales.  La alegría con los Magos, llegados de improviso y vigilados como sospechosos, fue seguido por un exilio urgente y forzado del pequeño núcleo familiar a Egipto, a causa de la matanza de niños ordenada por el tirano Herodes. Regresados a Nazaret, siguió una vida cotidiana sostenida por el carpintero en un entorno simple y en un país sometido por legiones imperiales.

    La otra cara es este otro aspecto de la vida y acción salvadora de Jesús, la cual ha de reflejarse en algún modo en el ser y actuar de los cristianos durante su peregrinar por este mundo. La espiritualidad creyente ha de incorporar también la propia cruz (pruebas, sufrimientos, renuncias, penitencias) recordando aquello de Jesús: “El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser mi discípulo (Lc 14, 27).

    Estos son someramente algunos aspectos de la otra cara que los Evangelios dibujan someramente del primer tiempo de Jesús, quien asumió de verdad la condición humana, en coordenadas de pobreza y dificultades, de las cuales los escritores primitivos ofrecieron sólo algunos trazos.

    Esta otra cara implica una seria exigencia para quien escribe y para los hermanos en la fe: tomar la vida cristiana en serio, siguiendo los pasos de Jesús y su mandamiento máximo del amor. Y celebrar la Navidad en coherencia con el misterio de la fe.

SOBERANÍA Y SOBERANO

     Cuando se discute sobre soberanía se olvida a menudo el factor generador de su importancia. Parece una perogrullada recordar que lo fundamental de aquella es lo que le da su sentido: el soberano. No la determinación geográfica ni la positividad de la ley. Lo que importa en última instancia, por ende, es lo antropológico, lo social.

    Un pasaje de Sófocles resulta bien iluminador al respecto. Se encuentra en la invocación que el sacerdote hace al rey Edipo con miras a la salvación de Tebas. “Haz ahora lo que antes hiciste. De lo contrario no podrás reinar sobre una nación de hombres, sino sobre un desierto. Nada son los castillos, nada los barcos, si ninguna persona hay en ellos”. Lo dicho hace más de 400 años antes de Cristo en una pieza trágica tiene pleno vigor en la actualidad, cuando elementos fundamentales de una recta e integral antropología son puestos en cuestión.

    La soberanía viene a ser, en la perspectiva del derecho internacional, la libertad de un estado con respecto a un control externo. Tiene que ver con la autoridad y su ejercicio, con la potestad legislativa y el mantenimiento del orden al interno una comunidad política. Nuestra Constitución en su Preámbulo y sus Principios Fundamentales explicita elementos básicos de lo que constituye la soberanía de Venezuela. Y concretamente en el artículo 5 define el sujeto de esa soberanía y la forma de su ejercicio. La redacción de este artículo personaliza la soberanía el identificar al pueblo venezolano como quien la reviste y ejerce. En función de ella surgen órganos legislativos, ejecutivos y judiciales que la ciudadanía produce para hacerla real y actuante. Ese artículo de la Constitución es generador de una visión y una perspectiva humanistas de considerar y actuar la vida de la nación ad intra y ad extra, que anteceden a las determinaciones geográficas, legales, así como a la ubicación y ejercicio de la República en el contexto internacional.

    Lo citado de la tragedia de Edipo Rey pone de relieve el sentido profundo, el telos o finalidad de la soberanía. Parafraseando la invocación del sacerdote puede decirse que nada es la geografía del país, nada las leyes, si la condición y la suerte de la persona y la comunidad humanas no son lo prevalente. ¿Qué es una soberanía con el soberano amordazado? La realidad actual venezolana es bien interpelante al respecto, sobre todo a partir del 28 de julio 2004.

    Pensemos al trata esta materia en lo que atañe al bien común y a los derechos humanos. Éstos han de ser los determinantes en la conceptualización y manejo de la soberanía, por parte de quienes en un momento determinado se identifican como portadores. Porque, por ejemplo, si bien los países tienen fronteras geográficas, los derechos humanos no las tienen. Y no se podría invocar, por tanto, la defensa de la soberanía nacional para justificar la violación de derechos humanos fundamentales. Aquí se puede aplicar aquella enseñanza de Jesús con respecto a la observancia religiosa judía del descanso sabático: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27). Dios creó la humanidad con derechos y deberes y le dio un mundo sin fronteras.

    Principio fundamental de una ética social y, más concretamente, de una concepción cristiana de la persona humana, es el afirmar a ésta como “el principio, el sujeto y fin de todas las instituciones sociales” (Concilio Vaticano II, GS 25). El Concilio Plenario de Venezuela lo recalcó: “una de las enseñanzas fundamentales de la Revelación cristiana sobre los seres humanos es la dignidad y grandeza inalienable de cada una de las personas, creadas a imagen y semejanza de Dios” (CIGNS 94). Obviamente cuando se habla de persona humana se la ha de entender en el marco de su condición y vocación comunitaria y en amistosa unión con su hábitat cósmico.

    Lo anterior, válido en todo tiempo y circunstancia, tiene particular aplicación en situaciones de crisis como la actual venezolana, cuando tiende a eclipsarse el respeto y cuido de la persona y de la comunidad humanas en aras de dominación interna e intereses geopolíticos.  

    Si la soberanía es importante, más importante es el soberano. 

viernes, 12 de diciembre de 2025

SOBERANÍA Y SOBERANO

 

    Cuando se discute sobre soberanía se olvida a menudo el factor generador de su importancia. Parece una perogrullada recordar que lo fundamental de aquella es lo que le da su sentido: el soberano. No  la determinación geográfica ni la positividad de la ley. Lo que importa en última instancia, por ende, es lo antropológico, lo social.

    Un pasaje de Sófocles resulta bien iluminador al respecto. Se encuentra en la invocación que el sacerdote hace al rey Edipo con miras a la salvación de Tebas. “Haz ahora lo que antes hiciste. De lo contrario no podrás reinar sobre una nación de hombres, sino sobre un desierto. Nada son los castillos, nada los barcos, si ninguna persona hay en ellos”. Lo dicho hace más de 400 años antes de Cristo en una pieza trágica tiene pleno vigor en la actualidad, cuando elementos fundamentales de una recta e integral antropología son puestos en cuestión.

    La soberanía viene a ser, en la perspectiva del derecho internacional, la libertad de un estado con respecto a un control externo. Tiene que ver con la autoridad y su ejercicio, con la potestad legislativa y el mantenimiento del orden al interno una comunidad política. Nuestra Constitución en su Preámbulo y sus Principios Fundamentales explicita elementos básicos de lo que constituye la soberanía de Venezuela. Y concretamente en el artículo 5 define el sujeto de esa soberanía y la forma de su ejercicio. La redacción de este artículo personaliza la soberanía el identificar al pueblo venezolano como quien la reviste y ejerce. En función de ella surgen órganos legislativos, ejecutivos y judiciales que la ciudadanía produce para hacerla real y actuante. Ese artículo de la Constitución es generador de una visión y una perspectiva humanistas de considerar y actuar la vida de la nación ad intra y ad extra, que anteceden a las determinaciones geográficas, legales, así como a la ubicación y ejercicio de la República en el contexto internacional.

    Lo citado de la tragedia de Edipo Rey pone de relieve el sentido profundo, el telos o finalidad de la soberanía. Parafraseando la invocación del sacerdote puede decirse que nada es la geografía del país, nada las leyes, si la condición y la suerte de la persona y la comunidad humanas no son lo prevalente. ¿Qué es una soberanía con el soberano amordazado? La realidad actual venezolana es bien interpelante al respecto, sobre todo a partir del 28 de julio 2004.

    Pensemos al trata esta materia en lo que atañe al bien común y a los derechos humanos. Éstos han de ser los determinantes en la conceptualización y manejo de la soberanía, por parte de quienes en un momento determinado se identifican como portadores. Porque, por ejemplo, si bien los países tienen fronteras geográficas, los derechos humanos no las tienen. Y no se podría invocar, por tanto, la defensa de la soberanía nacional para justificar la violación de derechos humanos fundamentales. Aquí se puede aplicar aquella enseñanza de Jesús con respecto a la observancia religiosa judía del descanso sabático: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27). Dios creó la humanidad con derechos y deberes y le dio un mundo sin fronteras.

    Principio fundamental de una ética social y, más concretamente, de una concepción cristiana de la persona humana, es el afirmar a ésta como “el principio, el sujeto y fin de todas las instituciones sociales” (Concilio Vaticano II, GS 25). El Concilio Plenario de Venezuela lo recalcó: “una de las enseñanzas fundamentales de la Revelación cristiana sobre los seres humanos es la dignidad y grandeza inalienable de cada una de las personas, creadas a imagen y semejanza de Dios” (CIGNS 94). Obviamente cuando se habla de persona humana se la ha de entender en el marco de su condición y vocación comunitaria y en amistosa unión con su hábitat cósmico.

    Lo anterior, válido en todo tiempo y circunstancia, tiene particular aplicación en situaciones de crisis como la actual venezolana, cuando tiende a eclipsarse el respeto y cuido de la persona y de la comunidad humanas en aras de dominación interna e intereses geopolíticos.  

Si la soberanía es importante, más importante es el soberano.