domingo, 8 de octubre de 2023

DE AYUDANTE A PROTAGONISTA

 

    Los miembros de la Iglesia -me refiero concretamente a la católica- se suelen distribuir en tres sectores: los laicos -denominados también seglares- con una mayoría que casi totaliza el conjunto; los ministros, pastores o clérigos (es la jerarquía de obispos, presbíteros -llamados ordinariamente sacerdotes- y diáconos); los consagrados, denominados de ordinario religioso(a)s.

    Tradicionalmente los laicos, a pesar de su extragrande mayoría y aún de ocupar eventualmente funciones importantes en la sociedad (en lo varios ámbitos económico, político y ético-cultural), ejercieron siempre en cuanto a la dirección y ordenamiento de la comunidad eclesial un papel secundario respecto de los clérigos y también de los consagrados. Esto no obstante que no pocos alcanzaron un lugar relevante en influjo y reconocimiento de la Iglesia, como el caso de san Luis Rey de Francia, santo Tomás Moro, mártir, Canciller del Reino de Inglaterra, beato Federico Ozanam académico y apóstol en el campo social y entre nosotros el beato doctor José Gregorio Hernández, científico y médico de los pobres.

    Con el movimiento democrático moderno, la emergencia de la soberanía popular y la efervescencia de los movimientos políticos y sociales del siglo XIX, se generaron en la Iglesia agrupaciones de seglares con viva conciencia de su corresponsabilidad cristiana, los cuales buscaron orientar la dinámica societaria como expresión de su fe y organizar una presencia activa de la Iglesia en la marcha de la sociedad. El papa León XIII fue sensible en acoger y animar las novedades en este campo. Ya en el siglo XX, otro Papa, Pío IX se distinguió en la década de los treinta por su iniciativa en estimular la presencia organizada de los laicos, no sólo al interior de la Iglesia sino en la arena política y social en especial, con la organización de la Acción Católica tanto de adultos como de jóvenes. La presencia devota en templos derivó en presencia comprometida en el ámbito público, con miras a que el mensaje cristiano se encarnase de veras en el entramado de una sociedad en ágil movimiento.

    En los comienzos, esta participación de laicos particularmente ad extra de la Iglesia, se interpretó como una colaboración de aquellos en la misión pastoral característica de la jerarquía eclesiástica, interpretándose al laico como un brazo largo del pastor en la cristianización de la sociedad, particularmente en los ambientes más problemáticos. Se entendía así al seglar como un cooperador, un asistente del sacerdote en la tarea evangelizadora especialmente en la transformación de las realidades temporales según la misión encomendada por Cristo.

    Más pronto que tarde el sentido de la actuación del laico se fue profundizando en lo doctrinal y práctico, y así su identificación como colaborador y ayudante de los sacerdotes fue cambiando por la de protagonista, apóstol, por título propio. Es lo que asumió, maduró y relanzó con vigor el Concilio Vaticano II (1962-1966). Éste desarrolló la noción de la Iglesia como Pueblo de Dios en la línea de una corresponsabilidad de todos sus miembros en el ejercicio de la misión evangelizadora. Se subrayó el papel del bautismo como sacramento básico y motivación fundamental del actuar cristiano, razón y sentido del compromiso misionero común, al tiempo que se destacó como lo peculiar del seglar su presencia transformadora de la convivencia social, de la cultura -en la vasta acepción de este término-, comenzando por el círculo familiar y el entorno inmediato. Se acentuó así la ineludible tarea laical de contribuir con su Iglesia a edificar en este mundo concreto una “nueva sociedad”, libre, justa, próspera, fraterna, pacífica.  El destacar la naturaleza y misión propia del laico no margina o minimiza las del ministro eclesial o pastor, pero sí las redimensiona, precisando lo específico de cada sector.

    Un documento que sintetiza bien este proceso de reformulación del ser y quehacer del laico en una Iglesia renovada lo tenemos en El laico católico, fermento del Reino de Dios en Venezuela, producido por el Concilio Plenario de Venezuela justo hace veinte años y el cual constituye, con obvias actualizaciones, un valioso manual teórico y práctico sobre este importante tema.

 

 

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