Conviene recordar varias acepciones del término Iglesia para precisar su relación con la política, de la cual podemos distinguir también varios sentidos.
Iglesia es una palabra derivada
del griego ekklesía, la cual significa asamblea, congregación.
Históricamente ha quedado fijo su uso para denominar el conglomerado de los
creyentes en Cristo, conjunto que a través de los siglos se ha diversificado,
como efecto de rupturas y separaciones de distinta índole (cismas,
herejías). Un movimiento de data relativamente reciente, el ecumenismo, viene propiciando,
entre otras cosas, encuentros entre las varias confesiones para impulsar una
progresiva unidad de los cristianos.
En Venezuela y en muchos países,
particularmente del Occidente, se da una adhesión mayoritaria de la población a
la Iglesia católica; ésta se identifica como el tronco cristiano original, que
tiene como distintivo fundamental la autoridad máxima del Papa, a quien se
estima Obispo de Roma, Sucesor de san Pedro.
Volviendo al término Iglesia
(y concretándolo en la católica y, más concretamente, la de nuestro país) resulta
necesario registrar en aquél varios sentidos: a) el primero y básico es el
de conglomerado o conjunto de los creyentes, y así decimos que la gran
mayoría de los venezolanos adhiere a la Iglesia, la cual ha marcado la
historia, la cultura, de nuestro pueblo, desde el encuentro constituyente de
hace cinco siglos; b) otro, segundo,
es el de la autoridad o jerarquía, en ella, y, más concreta y centralmente
todavía, el Episcopado o Conferencia Episcopal Venezolana (asociación de
los obispos). Así corrientemente se dice que “la Iglesia ha fijado posición
ante la realidad nacional”, cuando nuestro Episcopado ha hecho una declaración.
La aplicación del término Iglesia
no se reduce a estos dos significados. Pensemos en expresiones plenamente
legítimas como las siguientes: “Todo creyente bautizado es Iglesia”, “yo
bautizado (miembro de una familia, trabajador, estudiante, político…) soy
Iglesia”, “los laicos (seglares) son la Iglesia en su casi totalidad”. San
Pablo definió a la Iglesia cuerpo de Cristo (1 Co 12), cuyos miembros todos
-con diversidad de dones, carismas, funciones- son y han de ser activos y
corresponsables, del pueblo de Dios.
“La Iglesia (en referencia a la
jerarquía) debe decir una palabra y asumir una postura proféticas en la
presente crisis nacional”. Es una frase que se escucha con frecuencia. Pero es muy
importante no identificar simplemente el decir-actuar de la Iglesia con lo que
hace-debe hacer su representación jerárquica. A los obispos les corresponde una
responsabilidad primaria en el ejercicio de la misión evangelizadora de la
Iglesia; con todo, no la totaliza. A los laicos les corresponde también un
obligante protagonismo, de modo particular en lo tocante a contribuir en la
construcción de una nueva sociedad, tarea que les es más propia y peculiar.
En esta materia socio-política, hay
dos peligros a evitar: el ausentismo y el clericalismo. A saber, la auto marginación
de la jerarquía (obispos, presbíteros) en ese campo, como si lo pastoral no
tuviese que ver con lo temporal; y la indebida injerencia del clero en tareas peculiares
de los laicos bajo propia responsabilidad, como son el ejercicio del poder y la
actividad partidista.
Algo que quisiera recalcar aquí
es la responsabilidad de los católicos, todos, en asumir la política (es decir,
presencia activa, corresponsable, en la “polis”, la ciudad, la convivencia
ciudadana) como exigencia de su condición humana y vocación cristiana. Y la
jerarquía en la Iglesia tiene como una de sus tareas indeclinables el
contribuir a la formación y el estímulo de los laicos para un protagonismo
efectivo, servicial, en ese campo, especialmente cuando la suerte de la “polis”
(dignidad del ser humano y bien común básico,) está en juego. Como sucede hoy
en Venezuela
Dios creó al ser humano como “ser
político” y de esto el Señor Jesucristo pedirá cuentas (ver Mateo 25, 31-46).
Lo “religioso” y lo “eclesial” no son alienantes de esta ciudad terrena, sino,
al contrario, exigen un ineludible compromiso cristiano para la construcción de
una “nueva sociedad”.
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